18.6.13

Motivado


         Después de un divorcio más o menos traumático, Gabriel empezó a juntar los pedazos de los vidrios rotos de su existencia. Empezó a ir a un psicólogo que le recomendaron. Un hombre de unos sesenta años que usaba camisas a cuadros, siempre, y jugaba a vaciar o llenar una pipa que jamás encendía, mientras le decía cosas como ‘no hay que dejar que la tristeza pase al cuerpo’, o ‘ponerlo en palabras es darle vida’.
         Empezó a ir a correr, Gabriel. Primero los sábados a la mañana, más que nada para sentir un poco de solcito en la cara, pero después le tomó el gusto. Se anotaba en cualquier carrera de cinco o diez kilómetros. Le gustaba estar ahí, en medio de un esfuerzo colectivo. La gente era amable, había mujeres en calzas, fijaba la vista en algún culito, y corría.
         Se puso pelo, Gabriel. Un amigo le habló maravillas de una nueva técnica de implante. No era doloroso, y su amigo andaba con el pelo por los hombros, y flequillo.
         Iba al teatro. Había un circuito de teatro under que Gabriel jamás había conocido. Buenas obras de profundos significados, al final se quedaba conversando con alguien, se levantaba alguna mina.
         El negocio empezó a repuntar. Gabriel decidió que era el momento de invertir, abrió una sucursal en Villa Urquiza. La cosa caminaba, su contador le preguntó si no se había dado cuenta que estaba facturando más del doble que el año anterior.
         Un sábado a la mañana, cuando fue a la casa de su ex a buscar a su hija Cecilia, Karina salió a la puerta, a saludarlo.
         –Te veo bien –le dijo Karina–. Mirá qué flaco que estás, y con pelo. Cambiaste el auto y todo. Lo que no entiendo, lo que no puedo entender, es por qué no intentaste hacer, mientras estábamos juntos, ni el diez por ciento de lo que hiciste después.
         –No sé –dijo Gabriel–. Da muchas más ganas saber que lo que hacés va a molestar a alguien, que lo que hacés es contra alguien, que a favor de sostener algo. Creo que hacer algo contra alguien siempre es más entretenido que hacer algo a favor. La motivación es distinta, supongo que pasa por ahí.

12.6.13

Arrabalero


         Me quedé en el centro. Tenía que ir a una reunión que se suspendió, una reunión que no se hizo, y me dio fiaca volver a las seis y pico, con todo el malón de gente.
         Me senté en la barra de un bar, un pebete de salame y manteca y una cerveza de tres cuartos, lo más cerca que podés estar de la felicidad si pasaste la 9 de julio, para el lado de Alem. En medio de la gente que salió a matar (y a morir) por unas monedas. En la ciudad se respira desesperación y fracaso, lo demás lo podés ver por televisión. Más desesperación, más fracaso.
         Había más gente, en la barra, se mezclan los que no almorzaron con los que se acuerdan que no cenaron. Había una prostituta muy cascoteada, sentada en una mesa, que abría un poco las piernas cada vez que entraba alguien al establecimiento. Había una parejita que discutía, si todavía tenían fuerzas para discutir es porque no trabajaron lo suficiente. Te espero en la bajadita, nada para decirles, te espero en alguna curva de la vida después de los treinta años y vemos qué pasa.
         El tipo, a dos butacas de distancia, habla. Conmigo, con los mozos que están detrás de la barra, con los que están sentados en las mesas. Con un triple de jamón y queso de un pan que parece gris, y debería ser blanco. Quizás es un efecto de la luz, no sé. Toma moscato.
         Habla, el tipo. Se acomoda los anteojos sobre el puente de la nariz con el dedo mayor de una mano, como si estuviera afirmando un clavo. Una de las patillas de los lentes está pegada con cinta adhesiva. El tipo debe tener, calculo, setenta años.
         Habla, el tipo, el traje le brilla de mugre. Dice que era cantor de tangos. Que una vez se fue a las manos con Canaro. Cuenta que Piazzolla le pidió por favor que viajara con él a Paris. Habla de su amistad con Leopoldo Federico, dice que fueron como hermanos. Dice, el hombre, mientras las miguitas del sánguche se le prenden de las solapas del saco como animales persistentes y decisivos, que fue el único que le podía seguir el tren, con la merluza, la sarlanga, al polaco Goyeneche. Cuenta una anécdota con Edmundo Rivero y varias mujeres en un tren. Habla de piringundines y milongas. La dulzura de Cardei, Virulazo una vez le pidió, a él, que le enseñara un paso.
         –Pero qué decís –dice un hombre que come dos empanadas y ha dejado su maletín en el piso–, todo lo que contás es mentira. Estás mezclando personas y fechas, confundís quintetos con cuartetos, decís que jugabas a las cartas con Pichuco y que tomabas whisky con el negro Lavié. Es cualquier cosa, no dan las fechas, es todo mentira. No se entiende nada.
         Se hace una pausa. El hombre tose y después termina, de un trago, su vaso de moscato.
         –Puede ser –dice, y vuelve a llenar el vaso con la jarrita de metal–, como usted dice, que sea todo mentira. Pero aún así es infinitamente más interesante que su triste vida. Qué carajo tiene eso que ver con lo que estoy contando.

6.6.13

Manuel Yung se hunde


         Quizás no tenga demasiado sentido contar esto. Éramos jóvenes, primer año de la secundaria. Hace quizás ya demasiado tiempo.
         Colegio de varones, del estado, barrio de Caballito, no es preciso dar más datos. Habíamos comenzado las clases en Marzo, y entre las cosas que tenían planeadas para nosotros, para que nos formáramos antes de salir al mundo, para que nos convirtiéramos en hombres de bien, útiles a la patria, estaba el hacer gimnasia.
         En las clases de gimnasia, en las clases de educación física, nos explicaron que una de las ventajas que tenía pertenecer a ese colegio, era que el colegio poseía un natatorio. Una pileta.
         Estábamos, qué remedio, en nuestra primer clase de natación. Más de treinta muchachitos de unos trece años, en fila, uno al lado del otro, al borde de la pileta (de ambos lados, en la parte honda). En shorts, todos, shorts azules, con el escudo del colegio cosido al short, un escudo de felpa que ni bien nos tiráramos a la pileta se haría moco y que, por órdenes de las máximas autoridades de la escuela, debía estar siempre visible y en buen estado.
         Era Mayo, y hacía algo de frío. Tenés que remontarte a esa época, un frío que no se usa más, un frío que se dejó de fabricar.
         El profesor Palmero nos daba la bienvenida a nuestras clases de natación. Flaco, severo, con el cabello teñido de un negro absoluto, peinado hacia atrás, con gomina. Iba de traje, porque habían venido, justamente para la ocasión, autoridades del colegio. Había conseguido, el colegio, un crédito para reparar la pileta. Tenían que mostrar, los funcionarios, que mientras se afanaban lo que podían, la pileta, bueno, funcionaba. Eso les garantizaba seguir afanando.
         Y ahí estábamos nosotros, entre fastidiados y aburridos, todavía sin saber muy bien para qué habíamos sido puestos sobre la faz de la tierra, para mostrar, en principio, que el colegio contaba con una regia pileta. Que la pileta, por decirlo de algún modo, tenía agua. Funcionaba.
         El profesor Palmero, severísimo, con militar cadencia, daba órdenes. Miraba a los alumnos, o sea a nosotros, como si fuéramos excremento, o quizás algo todavía más inútil. Las manos cruzadas a la espalda.
         –¡Ahora, cuando yo les indique, van a  saltar a la pileta! –caminaba, Palmero, detrás nuestro, iba y venía, quizás demasiado cerca– ¡Van a saltar al agua! ¡El ejercicio es flotar, de cualquier forma, en el agua! ¡En el agua se flota! ¿Está claro?
         –¡Sí, profesor! –gritamos todos. Estaba uno, pelirrojo, al que le decíamos colorado. Había un negro, con el pelo mota, con el cabello duro como el acero, al que le habían puesto una gorra de baño para intentar domesticarle un poco la pelambre. Había un ucraniano demasiado grandote, del doble del tamaño de nosotros. Los brazos le llegaban casi a las rodillas, yo jamás había visto brazos tan largos. En fin, muchachos de clase media como mucho, otra Argentina, cuando todavía había esperanzas, cuando todavía no se había ido todo a  la mismísima mierda, un crisol de razas.
         –¡Repito la orden! ¡Cuando yo diga que salten, ustedes saltan al agua! ¡Y flotan! ¿Estamos?
         –¡Sí, profesor! –gritamos todos. Al profesor Palmero le gustaba que respondiéramos a sus órdenes, todos juntos. Gritando.
         –¡Si alguno tienen algún problema…! –dijo Palmero, que miró por un momento a un chico que parecía tener abultado el short, como si tuviera el pito parado– ¡Si alguno no sabe nadar, lo dice ahora! ¿Alguien no sabe nadar?
         Nada. No hubo respuesta. Hacía frío, tenía la piel de gallina. Seguro que había un problema con la calefacción.
         –¡Repito, alumnos! ¡Se van a tirar al agua cuando yo lo diga! ¿Algún problema?
         Nada. Hagámoslo de una vez, y vayámonos de esta inmunda pileta donde todo parece de un desteñido verde y el olor a cloro casi marea. Los funcionarios de la escuela y de la ciudad miraban sus relojes y cuchicheaban. Querían seguir con sus vidas de funcionarios, irse.
         –¡Al agua! –gritó Palmero.
         Saltamos. Saltamos todos. De cabeza, parados. Ruido, ruido de gente cayendo al agua. Tocar el fondo y subir. Moverse, mover los brazos, para flotar, y porque el agua estaba bastante fría.
         Miro. Estoy flotando en el agua, tratando de entrar en calor, y miro. No pasa nada, flotar es fácil, y es una actividad que conviene practicar. Para el resto de la vida, digo.
         Pero algo está mal. Algo está muy mal. Se escuchan gritos y gargajeos. Alguien se está ahogando. Uno de los chicos se ahoga, se va para abajo.
         Se llama Yung. Manuel Yung, le decimos ‘Chino’, aunque no es chino, pero es oriental. Es muy flaquito, algo encorvado, usa lentes, no, no ahora que se está ahogando, cuando está en clase. Anota todo, todo lo que dicen los maestros. No tiene amigos, no habla prácticamente con nadie.
         El profesor Palmero, obligado por la situación, mientras el resto de nosotros lucha por mantenerse a flote, salta al agua.
         De cabeza, se tira, Palmero. Y de traje.
         Rescata al chico. Lo junta del fondo, y lo sube a la superficie. Nada, con el pobre chico agarrado del cuello, hasta la parte baja del natatorio. Lo saca.
         Manuel Yung está azul, o casi azul, tendido boca arriba al costado de la pileta. De rodillas, el profesor Palmero le hace respiración boca a boca, primero, y masaje cardíaco, después. Le levanta los pies y le flexiona las piernas, fuerte, contra el pecho del chico, como si estuviera intentando empujar una carretilla.
         De pronto, Manuel Yung lanza un grito. Escupe agua y algo de vómito. Su rostro se va poniendo menos y menos morado.
         Lo sientan. Hemos ido saliendo todos, yendo hasta donde está Manuel Yung, ahora sentado. Lo dejan respirar. El profesor Palmero chorrea agua de los bolsillos del saco. Le falta un zapato.
         –¡Les pregunté si alguno no sabía nadar! –está, el profesor Palmero, visiblemente ofuscado. Mira el estado de su traje y niega con la cabeza. Debe ser su único traje– ¡Les pregunté si había algún problema con tirarse al agua! ¿Qué carajo les pasa?
         –Non tendo –dijo Manuel Yung, secándose las lágrimas con el antebrazo. Manuel Yung, tiempo después, nos contaría que había llegado de Corea hacía menos de tres meses. Sabía, como mucho, quince palabras en castellano.

30.5.13

Linda


         A Linda le decían Linda desde que podía recordar, desde siempre. Le decían Linda, justamente, porque era linda. Esas bellezas naturales, como la lluvia, como el amor, sin explicación. Sin causa.
         Hasta que un día, Linda, que estudiaba para bioquímica como su papá, trabajando en un laboratorio, manipulando unos reactivos, tuvo un accidente. Se tropezó, Linda, y una probeta que llevaba en una mano cayó al piso, al tiempo que Linda caía al piso, también. Y un ácido la salpicó, le quemó un costado de la cara.
         Le quedó una mancha, a Linda, en el rostro. Una mancha bastante grande, que le cubría prácticamente el costado derecho de la cara. Morada, era la mancha, entre morada y púrpura. El ácido le había achicharrado la piel. Como esas personas que a veces uno ve que han nacido con esas manchas de nacimiento, pero peor, mucho peor. Porque no era de nacimiento. Porque Linda había sido linda siempre, y ahora costaba mirarla a la cara.
         Pasaba algo  más, también. Los que conocían a Linda, no sabían si debían continuar diciéndole Linda, porque Linda no se llamaba Linda, y ahora tampoco era linda.
         Los que conocían a Linda, entonces, si le decían Linda sentían que se estaban burlando, que quizás la molestaban por estar diciéndole, a Linda, algo que no era verdad, no era cierto. Y si decidían llamarla por su nombre, a Linda, bueno, era demasiado grosero, como si le recordaran a Linda que ya no era más linda, y Linda se los quedaba mirando.
         A Linda le parecía que si le decían Linda estaba mal. Y si no le decían Linda, bueno, las cosas se habían puesto aún peor.
         Mientras tanto, yo recorro la ciudad y sueño con conocerla. Ya no es linda, brilla algo.

24.5.13

Caída libre


         Sucedía, qué novedad, que yo andaba con ganas de coger. Por lo general, por todo lo que sufrí de chico, por larguísimos períodos de abstinencia que comenzaron en la adolescencia y se extienden sin dificultades en mi vida adulta, tengo ganas de coger. Sucede que a veces esas ganas se intensifican, me aturden, me impiden pensar en otra cosa.
         Me despertaba a la mañana con el pito muy parado, me quedaba con el labio inferior apenas entreabierto mirando el escote de la señora que me cortaba doscientos gramos de salame en la fiambrería, con el particular detalle que la señora de la fiambrería debía tener unos setenta años o quizás más, cuando pasaban cerca mío chicas que iban al colegio secundario en pollera, olisqueaba el aire para sentir esa deliciosa fragancia a culo sin demasiado uso. Bocanadas de culo fresco.
         Fui a ver a una prostituta. No es lo ideal, por cierto, conviene por lo general coger con alguien que tenga ganas de coger también, eso hace que todo, la situación, se vuelva más amable. Pero sentía que si no la ponía un poco me iba a estallar un huevo. Notaba que mis escleróticas pasaban del blanco a un marfileño matiz, inequívoca señal que la leche me había subido a los ojos. Necesitaba desfogarme.
         Agarré los clasificados en el trabajo, me encerré, hice un par de llamadas. Nada original, por cierto. Arreglé para ir a las seis de la tarde a un departamento en Marcelo T. de Alvear y Suipacha. Trescientos pesos, la chica, decía el aviso, se llamaba Nancy.
         Fui caminando. Luego hice la parte difícil, detenerme en la entrada del edificio, tocar el timbre bajo la despreciativa mirada de un portero, una mirada que parecía decir ‘otro retardado más que tiene que pagar para coger’. Eso hacía que me sintiera mal, un despreciable ser, solo, enfermo.
         Pero las ganas de coger se imponen por sobre casi todas las cosas. Las ganas de coger pueden aparecer en medio de un velorio o después de un terremoto. Las ganas de coger son uno de los motores del universo.
         Toqué timbre arriba, al final del pasillo, 9E. Me abrió una chica, usaba una bata de toalla de un desteñido verde, y dejaba entrever que iba, debajo, en bombacha y corpiño. Tenía el cabello húmedo y recogido. Morocha, no muy alta, culona, con antropomórficos rasgos de haber nacido en el noroeste argentino.
         –Hola, ¿Nancy? –sonreí, transpiraba un poco–. Qué tal, soy Mariano –dije.
         Sonrió ella también, dominaba el oficio. Me hizo sentar en un silloncito y me ofreció un vaso de gaseosa sin gas.
         Hablamos un par de minutos, del clima, del tráfico, generalidades. Le pregunté, otra vez, la tarifa. Me dijo, otra vez, trescientos pesos, un servicio. Saqué trescientos cincuenta pesos y se los di. Me miró.
         –Tratame bien –dije. Siempre creí que es un noble gesto apostar a lo mejor del alma humana. La propina, por algo que no recibiste. La propina por adelantado. No, el mundo no se ordena lustrando a los delfines con Blem, ni impidiendo que se hagan zapatillas con piel de culo de niños africanos. El mundo mejora dando propina, podés ir anotando.
         Fue a guardar la plata a la cocina y volvió. Me puse de pie. Nos abrazamos. Es una parte difícil también, el preámbulo, sin excederse. No te podés poner a besuquearla como si fuera tu novia, las prostitutas no aceptan que las beses. Pero podés tocar un poco, una nalga, las tetas. El cuerpo es la mercadería que viniste a utilizar, para eso pagaste.
         Nancy se sacó con un estudiado movimiento la bata, luego el corpiño, tenía buenas tetas, generosos pezones. Ella me pasó el dorso de la mano por la bragueta, yo le apreté un poco las nalgas mientras me la apoyaba.
         Antes de desvestirme, antes de proceder con la fornienda, algo más. Bajé la cabeza, y me zambullí entre sus tetas. Quería rozar con mi nariz esos maravillosos pezones, retener un pezón en la boca y recordar esa sensación tan cálida, tan dulce. Ya podía sentir mi erección, el desbocado caballo del deseo cruzando las colinas de la desesperación. Sabía que en cuanto la pusiera, acabaría en menos de un minuto. Yo era un kalashnikov, una metralleta uzi.
         Había poca luz. Apoyé una mejilla contra sus tetas, mientras ella me tenía agarrado de la japi, ya me había bajado la bragueta y su mano hurgaba con solvencia. Faltaba que me separase para terminar de desvestirme, y acometiera entonces la tarea como un famélico chancho pecarí, y listo. Fumar un cigarrillo, quizás, saludar. Desde la cocina se escuchaba el sonido de un televisor encendido. Dibujitos animados.
         Pero sentí algo raro. Me separé, había sentido algo extraño. No, ahí no, más arriba. Me pasé una mano por la mejilla, y la tenía húmeda. Instintivamente, me pasé la mano por la mejilla y me llevé los dedos a la nariz, era un olor lejano y familiar. Un dulzón aroma que yo, desesperado por coger, no conseguía descifrar. Pero tenía húmeda la mejilla, y eso era raro.
         –Uy, perdoná –dijo Nancy, fue a la cocina y volvió con una toalla de mano–. Es que fui mamá hace tres meses, y todavía me sale un poco de leche de los pechos.
         Me pasó la toalla por la mejilla. Me volví a sentar en el silloncito, con la desteñida toalla en las manos. Se me había muerto la japi, había desaparecido por completo, muerta para siempre. Mis huevos eran dos arvejas, yo era un asco de persona, un despreciable ser, manoseando las tetas de una mujer que quizás acababa de amamantar a su bebé en la cocina.
         –Bueno, ¿vamos? –Dijo Nancy, y se arrodilló para ayudarme con el pantalón.
         No había ninguna posibilidad de redención para mí. Había caído a lo más bajo, no habría perdón para mi alma.
         Me puse de pie. Para irme. Debía bañarme con detergente, con lavandina, abrazar la religión, irme a meditar a una cueva en el Himalaya, visitar geriátricos y leerle a los viejitos libros de Coelho, no sé.
         –Dale, levantá la pierna –me miró, Nancy, me miró y sonrió lo mejor que pudo–. Yo te ayudo con los zapatos.

18.5.13

Sueño que estoy muerto


         Sueño que estoy muerto. Nada, eso, estoy muerto, y el mundo sigue existiendo. Veo todo con claridad, perfectamente. Hay árboles y flores, perros que ladran y mueven la cola, llueve en alguna ruta mientras alguien conduce y escucha música clásica en la radio. Creo que Shostakovich. Alguien fuma, alguien da la primer pitada a un cigarrillo y siente que el mundo se ordena. Alguien asoma la nariz a un café con leche y deja que el delicioso humito ascienda por sus fosas nasales. Risas, oigo risas de niños pequeños, risas como pedacitos de magia.
         Todo está allí, todo lo que siempre me gustó de estar vivo está ahí, pero yo no estoy, porque estoy muerto. Quiero gritar, quiero decir algo al respecto pero no me sale nada, muevo los labios, tenso las venas del cuello, pero soy un televisor en blanco y negro en mute.
         De pronto me despierto. En realidad no me despierto, me despiertan. Moni me está tocando un hombro.
         –¿Eh? –digo– Qué hora es.
         –Nada, las cinco de la mañana –pasa una mano por mi sudado torso–. Me pareció que llorabas. No puede ser, decías, puta madre, no puede ser. Estoy segura que decías eso.
         –Ah, sí.
         –¿No me traés un vaso de agua? Estoy muerta de sed.
         –Claro –me siento en la cama. Me pongo de pie. Voy a la cocina. Abro la canilla. Lleno un vaso con agua. Vuelvo. Doy un sorbo, al  agua, al vaso, para que no se me vuelque mientras camino por el pasillo. Le paso el vaso a Moni, que está sentada contra una almohada.
         –Gracias –dice–. No sé qué haría sin vos.
         –No sé –digo–. Supongo que te irías a buscar el agua vos, seguirías.

12.5.13

Niñez extraviada


         Camino por la calle, voy hacia alguna parte. Si vivís en una ciudad, si sos un occidental adulto más o menos civilizado y vivís en una ciudad, bueno, por lo general caminás por la calle, por lo general vas a alguna parte. Es lo que podríamos decir, parte de tu cotidianeidad. Rutina.
         Entonces veo algo.
         La verdad que no hay que ver nada, por la sencilla razón que no hay nada para ver. Si levantás la vista no vas a ver mucho más que enloquecidos rostros, presos del espanto y el más puro estupor. Todo el mundo apurado, todo el mundo tiene algo tremendamente importante para hacer, aunque si los pararas de a uno y les preguntaras por qué, por qué hacen lo que hacen, o para qué. En el 97% de los caso no sabrían qué responder.
         Lo que vi fue a un hombre, bastante mayor, más de setenta años, seguro. Una boina escocesa, gruesos lentes, de esos que dejan los ojitos chiquititos, casi traslúcidos, bien atrás, como medio metro atrás de la cara. Una de las patillas de los anteojos pegada con cinta scotch. El hombre tenía un bastón, también. Mal afeitado, con medias y una especie de pantuflas, como si hubiera bajado a la calle a comprar un remedio, o pan. Casi te diría que tenía puesto el pantalón del pijamas, y en la parte de arriba una camiseta, y un pulóver. Tenía un ínfimo y repetitivo movimiento de cabeza, lateral. Lucía algo confundido, inestable.
         Estaba parado, el hombre, frente a la vidriera de una veterinaria. Miraba, con fascinación, una jaula con pajaritos.
         Me detuve, lo miré. El hombre seguía con los ojos el movimiento de uno de los pajaritos en particular, quizás era un gorrión, la verdad no sé, no entiendo un pomo de pájaros. Parecía, el hombre, sonreír, apenas, para después murmurar algo, como si le estuviera hablando al pajarito, o quizás, me pareció, cantaba una canción.
         Me enternecí, me quebré. Quizás el hombre recordaba alguna escena de su niñez, en un alejado pueblito de su provincia natal, una infancia donde los gorriones cantaban en los árboles mientras él juntaba ciruelas o naranjas para que su madre preparara mermelada. El hombre soñaba con los ojos abiertos, llevado por pajarito de inflamado pecho, recordaba alguna lluvia donde fue feliz, el olor de la tierra mojada, los ladridos de su perro.
         Entré a la veterinaria, fue un impulso. Me atendió un muchacho con los dos dientes delanteros el triple de grandes de lo normal, como si fuera un descendiente de un roedor o un marsupial. Aburrido hasta el cansancio que todo el mundo entrara a preguntar por los cachorritos, pero después nadie compraba nada.
         Compré el pajarito. Sí, lo compro, lo llevo, envolvemeló, no, es un chiste. Sí, te compro también, para llevarlo, una pequeña jaula.    
         Pagué, salí.
         –Tome –le dije al hombre que todavía seguía ahí. Se sorprendió. Me miró, retrocedió medio paso, se rascó la barba–. Es para usted.
         Sostuve la jaula en alto, frente a su acuosa mirada. Me pareció que lagrimeaba un poco, emocionado, no se lo esperaba.
         Tomó la jaula, con las dos manos. Enganchó el bastón debajo de una axila.
         –Gracias –dijo, en un hilo de voz–. Gracias.
         Corrió la traba de la metálica puertita, con cuidado, con mucho cuidado, metió la mano. Ahí entendí, el hombre deseaba liberar al ave, ver al pájaro elevarse en el cielo, recordar aquella sensación, la infancia perdida. Había una canción, una canción que yo había escuchado hacía muchísimo tiempo, ‘niñez extraviada’.
         Sacó el pajarito y lo sostuvo, con ternura, en una mano. Ya casi estaba llorando yo también. En un mundo tan horrendo quedaban todavía pinceladas de belleza, cuando se lo contara a la noche a Moni.
         Puso una mano sobre la cabeza del pajarito. Una bendición, una caricia de despedida.
         Hizo un movimiento, giró ambas manos, en sentido contrario, el movimiento que uno haría para abrir un frasco de mayonesa.
         Crac.
         Tiró un poco, y le arrancó la cabeza, al pajarito, su ojito lateral me miró de la manera más extraña.
         –Mi tío los hacía a la cacerola –se lo guardó, el cuerpo, el pajarito, en un bolsillo del pantalón–. Con papitas, cebollas, zanahorias y morrones. Una delicia.

6.5.13

Empírica evidencia


         Entro a un bar, a desayunar. Es, que yo recuerde, una de las pocas cosas interesantes que tiene estar vivo. Sí, desayunar. Si algún día te parece que la vida no tiene sentido, si algún día no das más y te estás por matar, andá a un bar. A desayunar.
         Me siento.
         El mozo viene a tomarme el pedido, y por cortesía, porque debe ser el estilo del bar, me trae un diario. Mientras le digo (café con leche, una medialuna), deja el diario sobre la mesa. El mozo se va.
         El mozo vuelve, con mi café con leche, con mi medialuna. Yo estoy mirando por la ventana del bar.
         –Te traje el diario –me dice el mozo, señalando, con el mentón, el diario que ha dejado sobre la mesa.
         –Sí –le digo, porque lo que ha dicho es cierto. El diario está ahí, como empírica evidencia.
         –Pensé que querías leer el diario –dice el mozo. Ha dejado el café con leche y la medialuna, pero no se retira. Al parecer no ha terminado el contacto.
         –No –digo, y vuelvo a mirar por la ventana. Pasan los autos, si vivís en una ciudad pasan autos, siempre. Una mujer que quizás de joven fue linda pero ya no, con el cabello teñido de un amarillo excesivo, baldea la vereda. Un hombre desayuna sentado en una mesita de afuera, a pesar del frío. Tiene dos bull dogs a sus pies y le limpia, a uno, la boca, con una servilleta de papel. Pasa un paseador de perros llevando diez perros o más, y empujando una bicicleta con la otra mano. Se produce una breve disputa de perros, entre el grupo del paseador, y el par de bull dogs. Un concierto de ladridos que el paseador se encarga de sofocar retando a dos o tres perros por su nombre. Alguien sale a la calle y enciende un cigarrillo, alguien habla por teléfono en un tono de voz que parece querer decirle, al universo todo, que quizás parece un boludo pero no es ningún boludo, a él le suceden cosas importantes.
         –¿Por qué no? –dice el mozo.
         –¿Eh? –me sorprende, la pregunta. Me sorprender verlo todavía de pie, junto a la mesa, con el diario ahora en la mano.
         –Por qué no querés leer el diario –dice el mozo, y sonríe, apenas. Mueve, el diario, dos veces, cerca de mi rostro, como si me estuviera abanicando.
         –Porque no –le digo–. Porque el diario es una estupidez inventada para tipos como vos que no tienen la más puta idea de qué va la cosa. El diario es para gente que necesita que le expliquen lo que está pasando, así como hay gente que necesita escuchar el pronóstico meteorológico por televisión para saber si tienen frío o calor. El diario es para pelotudos que jamás tuvieron una idea ni la van a tener. El diario es para tipos que se atiborran los domingos viendo tres partidos de fútbol por televisión, después de una semana de ver programas de concursos donde la gente baila o canta y sueña con dejar de ser lo que son, mientras bailan, mientras cantan. Un tipo que lee el diario es un fracasado, sin excepción. Y además, porque no me interesa la realidad. Prefiero la ficción.
         Se queda muy quieto, el mozo, mientras yo doy el primer sorbo al café con leche. Me parece que separa un poco las piernas, para estabilizarse, como si se hubiera mareado, y hace un sonido, con la garganta, un hipo que bien puede ser un contenido sollozo venido de quién sabe dónde, de alguna parte.
         –No me hagas caso, loco, era un chiste –extiendo la mano, hacia el diario– ¿No sabés cómo salió Atlanta?

30.4.13

Empanada de choclo


         Gisela le contó a su psicólogo cómo había resuelto, finalmente, el problema que la atormentaba desde hacía tanto tiempo. Su maldita anorgasmia.
         Era bonita, Gisela, aunque ya había pasado los treinta y tres años, y como cualquiera sabe, después de los treinta y tres años todo se vuelve un cachitín más cuesta arriba. La vida.
         Tenía ese problema, no acababa.  No podía experimentar placer sexual con un hombre encima, o detrás de ella. No, tampoco ella arriba. Y ella quería coger, sabía que coger era una actividad de lo más importante, un motor de la existencia. Y la querían coger, a ella, muchos hombres, había estado casada, inclusive. Pero sencillamente coger no le producía satisfacción. Así como el insomne se fastidia al descubrir que ya es de noche, que está acostado pero no se ha dormido, Gisela veía la escena, la escena sexual en la cual ella participaba, en la cual ella era protagonista, pero se observaba como si todo transcurriera en tercera persona. Hacía esto o aquello, le hacían con cuidado o con rudeza, tal o cual posición, la chupaban o le metían los dedos también, pero nada. No acababa, se frustraba, algo fallaba, un mecanismo, como el piloto de un calefón que no encendía.
         Y no, no le gustaban las mujeres, la cosa no iba por ahí. Había estado una vez con una chica, y después de los besos y el manoseo, había sentido deseos de vomitar, repulsa. No le interesaban las chicas, en lo más mínimo.
         Su psicólogo la ayudaba. Buscaba con instrumental meticulosidad en cada recóndito pliegue de la niñez de Gisela. La dejaba hablar sobre experiencias que ella había tenido durante la adolescencia, aquel novio con el pito excesivamente peludo y con las plantas de los pies siempre tan sucias, o su marido que se solía rascar el culo y después se olía los dedos. Le preguntaba cuál había sido la primera vez que recordaba haber sentido la pulsión del deseo, si había visto desnudo a su padre haciendo pis cuando ella era todavía una nena, si la había manoseado alguna vez un tío o si había visto hipopótamos fornicando en el zoológico, esas cosas.
         Gisela le contó al psicólogo, entusiasmada, lo que había sucedido.
         Había cortado una punta, una punta de una empanada. De una empanada de choclo. Con un cuchillo. Para jorobar, para ver el relleno. Estaba en su casa, Gisela, viendo televisión, en bombacha y remera. Había pedido empanadas para la cena, y habían sobrado. Sabía que si las dejaba en la heladera, al día siguiente estarían horribles.
         Se había metido, como jugando, la empanada, la punta de la empanada, la punta cortada de esa empanada, la punta cortada de esa empanada de choclo. En la vagina.
         Estaba sentada en el sillón del living, Gisela, con las piernas abiertas. Y se mandó la empanada.
         Después de un ir y venir, de un básico, esencial vaivén, pasado un breve lapso de tiempo, apretó. Apretó la empanada todavía tibia. Con una mano, bien fuerte.
         La empanada de choclo explotó en su interior, y Gisela acabó. Tuvo un regio orgasmo, al rato se quedó dormida.
         Empezó a usar ese método, Gisela, y funcionaba. Siempre, un relojito. Pedía empanadas de distintos lugares, para la cena, y siempre dos de choclo (una de repuesto, por las dudas). Había probado con otros sabores, con empanadas de carne o de jamón y queso, pero no. Mucho menos de verdura. Tenía que ser una empanada de choclo, eventualmente de humita.
         Gisela tenía un regio orgasmo, todos los viernes. Ponía algo de música, tomaba un vaso de vino blanco. Y usaba su empanada de choclo. Conocía las empanadas de choclo de toda la ciudad, si eran al horno o fritas, si venían bien cargadas de  granitos enteros de choclo en su interior o con más salsa blanca, si el choclo era de lata o natural, si tenían pimienta negra, si eran dulces, podía adivinar, con solo acariciar el repulgue, dónde había sido comprada la empanada dentro de la capital federal y algunas zonas del gran Buenos Aires. Tenía sus orgasmos, su vida funcionaba como de costumbre. Hacía planes, cambiaba el autito, se compraba ropa. Seguía.
         Al poco tiempo su psicólogo dejó la profesión. Se fue a vivir a la costa y puso un pequeño almacén. La gente que lo conocía le mandaba mails, algún amigo lo pasaba a visitar y le preguntaba qué le había sucedido. Era un profesional respetado, solían consultarlo del exterior, publicaba papers, daba clases en la facultad. Por qué de pronto se había cansado y había tirado una exitosa carrera por la ventana, era algo que nadie lograba entender.

24.4.13

Hombre al volante


         El hombre había empezado manejando un remise, pero luego, al poco tiempo, le ofrecieron manejar una pequeña combi. Estaba jubilado, el hombre, pero  necesitaba trabajar, necesitaba el dinero. Y además, necesitaba tener algo para hacer. Había visto lo que le pasaba a sus amigos cuando dejaban de trabajar, después de haber despotricado durante tantos años contra sus respectivos trabajos. Al poco tiempo, la bovina mirada como si la vida se hubiera transformado en un televisor en blanco y negro con el volumen bajito, el labio inferior algo entreabierto. Las conversaciones sobre enfermedades, sobre glaucoma o reuma, los planes de ir a pescar un fin de semana largo a San Pedro o a Chascomús.
         Al poco tiempo, un año como máximo, no servían más. Perdían el apetito, no querían coger, ni tampoco tenían nada para decir, se marchitaban como un ficus. Eso no iba a sucederle a él.
         Un amigo que trabajaba en una escuela primaria le ofreció lo de la combi escolar. Estaban buscando, en el colegio, un chofer. Se presentó, tenía referencias laborales, era viudo, su amigo habló bien de él.
         La paga era poca, un trabajo de seis horas, pasar a buscar a los chicos por las casas, y llevarlos al colegio, a la mañana, bien temprano. Luego esperar unas horas, aprovechar para hacer trámites o hacer tiempo en algún bar, y retirarlos del colegio al mediodía, llevar a cada chico a su casa. Dejaba al último chico, y a eso de las dos de la tarde se iba a almorzar a un bodegón, se comía su buen bife con papas o ensalada, se tomaba un tinto de medio, y se iba a dormir la siesta. El resto del día era para él.
         Tenía que mantener cuidada la combi. Iba a un taller mecánico por Villa del Parque, gente amiga. Le cobraban poco, tomaban mate mientras le revisaban el motor o los amortiguadores, lo trataban bien.
         Una mañana, era viernes, juntó a todos los chicos como de costumbre. Dieciséis chicos de menos de diez años. En lugar de agarrar Constituyentes derecho, pegó una vuelta, dobló en el Boulevard,  cruzó Triunvirato, dobló otra vez. No eran ni las ocho de la mañana, aceleró. Aceleró un poco más, y antes de escuchar los primeros gritos de los chicos, subió a la vereda y puso la combi, quizás a unos buenos ochenta kilómetros por hora, contra una pared.
         El hombre pensó que moriría con el impacto, pero no. Aunque no se había puesto el cinturón de seguridad, sólo se fracturó la pierna izquierda en cuatro pedazos, una costilla, y tuvo un feo golpe en la cabeza. Conmoción cerebral, pero a los tres días ya se sentaba en la cama del hospital, para comer.
         Una tragedia, salió en los diarios. Murieron seis chicos, había una nena en coma, y el resto con fracturas o golpes. Cuando lo vino a ver la policía al hospital, querían saber si la combi había tenido algún mecánico desperfecto. Se hablaba también que alguien había intentado subir al vehículo para secuestrar a los chicos. Quizás el hombre había tenido un ataque de epilepsia o un infarto, una verdadera desgracia.
         Pero el hombre declaró que nada de eso había sucedido. Simplemente, había acelerado todo lo que pudo, y había puesto la combi contra aquel paredón. Su intención había sido matarlos a todos, que murieran todos los chicos. Los escuchaba hablar cada mañana mientras conducía y se daba cuenta que los chicos eran malos, los chicos eran pura maldad y cuando fueran grandes serían todavía peor. Tan sencillo como eso.

18.4.13

La importancia de tener algún conocimiento científico


         –Fijate vos que con un único fotón que choque con un semiconductor se libera un electrón, y de este modo nace la electricidad, así de sencillo –dije.
         Ella hizo una pausa, una inspiración seguida de una exhalación que superó a la inspiración, tanto en longitud de tiempo como en intensidad.
         –No entiendo –dijo.
         –Que me la chupes con un poco más de entusiasmo, pichona, si no no se me va a terminar de parar nunca.

12.4.13

Una secreta armonía


         Los domingos a la mañana no me gusta que me molesten. Quiero decir, en verdad, no me gusta que me molesten ningún día de la semana, pero durante la semana hay que ir a trabajar. Y bueno, te movés en la ciudad, y una de las distintivas características de la ciudad, no digo la única, es que en todas partes hay gente. No sé si soy claro, no sé si me entendés.
         Entonces, los domingos me levanto bien temprano, antes de las ocho de la mañana, ponele. Saco el auto, y aprovecho que no hay nadie, o casi nadie, en ninguna parte.
         Elijo un lugar. A veces es un lugar donde me gustaría desayunar, a veces es un lugar donde me gustaría sentarme a mirar por la ventana, a veces es un lugar donde me gustaría leer un poco, o escribir. Aunque ya prácticamente me dejó de interesar, quiero decir, leer o escribir. Pero desayunar todavía me interesa.
         Y camino un poco, también. Quince o veinte minutos, estiro las piernas. Hace bien, caminar, con eso es suficiente para verificar la propia existencia. Si podés caminar estás vivo, acordate. Una vez una amiga me explicó el criterio de las tres ‘c’. Si cogés, comés, y caminás, estás vivo, eso me dijo, por ese entonces yo andaba con una galopante depresión, una tristeza que me masticaba el alma como un hurón en camiseta. ¿Con dos de tres se aprueba?, recuerdo que le pregunté.
         Camino, entonces, un rato, doy una vuelta, y después desayuno. No, no me interesa tirarme en una reposera en República Dominicana a tomar adulterados martinis, y no, me parecen particularmente pelotudos quienes lustran con énfasis los cromados de sus autos antiguos. Disculpame, no me sale, no soy así.  
         Camino, entonces. Camino y veo la fauna, las distintas tribus. Están los que corren, los que van a correr para siempre, con esa expresión tan triste en los rostros, la voluntad derramada y la decepción dándose la mano, pobrecitos. Están los ciclistas, muy equipados, con sus casquitos tan absurdos donde supongo, de ser necesario, uno puede sentarse a defecar al costado de las rutas argentinas. Están los que practican gimnasia, se cuelgan de una barra y levantan el propio cuerpo con los brazos, chicas en cuatro patas que patean hacia el cielo, hacia atrás y hacia arriba, intentando mantener las nalgas fortalecidas. Paso y observo, me imagino lo lindo que sería meter un poco el hocico ahí, olfatearles a esas chicas sus transpirados culos.
         Están los que practican artes marciales, son menos, muchos menos, pichones de wanchankeins danzando con palos o con sus espadas samurai en precisas coreografías, permanecen al acecho, en posiciones que semejan el comportamiento del tigre o de la grulla. Están los que hacen tai chi, moviéndose apenas como si estuvieran en cámara lenta, inmutables, tan perfectos. Están los que hacen yoga, con el secreto anhelo, supongo, de lograr algún día la necesaria flexibilidad para chuparse la poronga, la propia, y no necesitar hablar nunca más con nadie, están los que respiran, los que se han dado cuenta que respirar puede ser una experiencia significativa. Respirar está bien, con respirar y tener algo de queso rallado en la heladera supongo que alcanza.
         Sigo mi camino, me falta poco para terminar la vuelta e ir por un suculento desayuno. Veo a un hombre abrazado a un árbol. El hombre está de pie y abraza, sí, con ambos brazos, el tronco de un árbol, no demasiado grueso. Tiene la cabeza (el hombre, no el árbol), una mejilla para ser más exacto, apoyada contra el rugoso tronco del árbol, como si lo hubiera sacado a bailar, al árbol, no sé, un lento, como si estuviera escuchando algo, algo que le dice el árbol al oído, algo romántico tal vez, un vegetal susurro. Está descalzo, con los ojos cerrados, en la comunión más perfecta con la naturaleza que yo jamás haya visto. Una secreta armonía.
         Es una bellísima imagen. Siento deseos de preguntarle cuál es la actividad que realiza, pero no quiero interrumpirlo. Permanezco a una respetuosa distancia, esperando que termine su energética práctica.
         Me deslizo con dos o tres pasos laterales, en silencio. Entonces, veo que abre los ojos, me observa.
         –Disculpe –digo, sonrío–. No quisiera molestarlo, pero desearía saber cuál es la disciplina que practica. ¿Es un ejercicio zen? ¿Es meditación? ¿Wu wei? ¿Es la búsqueda del Dharma? ¿Es usted taoísta?
         –No –dice el hombre, veo lágrimas de beatitud, se percibe su conexión con lo supremo–. Hace un rato pasó una bandita y me afanó todo, hasta las zapatillas. Desatame, flaco, casi me cogen los hijos de puta.

6.4.13

Serías capaz

         Me invitan a un cumpleaños. Al parecer, todavía la gente cumple años. Yo tenía entendido que se había dejado de usar, eso de cumplir años, como los pantalones pata de elefante. En fin, si te querés coger una lechuza embalsamada, cogete una lechuza embalsamada, si querés cumplir años, cumplí años. Yo hace tiempo que no siento nada, quiero decir, si veo a un perro rengueando en la calle lo ayudo, lo acaricio, lo llevo a una veterinaria o le compro comida, pero si veo a una persona tirada no me conmueve en lo más mínimo, es como si me mostraras una baldosa rota. Así vivo, en eso me transformé, es la única manera de seguir, de no volverse absolutamente loco. Soy una palta sin carozo, no sé, disculpame.
         Voy al cumpleaños, es un amigo. Paso a saludar. Debe haber, como mucho, veinte personas, quizás menos, la mayoría parejas. Alguna divorciada que busca dónde aterrizar antes que se le vuele el fuselaje a la mierda, alguien que la mantenga antes de no poder volver a ponerse jamás una bikini, de tener que bajar a la playa con poncho, hay también un muchacho bastante amanerado que cuenta que es vegano, que no come ni carne ni leche, ni  queso ni huevo, ni nada. Toma té, sostiene la taza, pobrecito, con las dos manos, y parpadea mucho, como si estuviera esperando una lluvia, una tormenta eléctrica de porongas que le permitan volver a sonreír.
         El asunto es que a mi amigo, por su cumpleaños, le han comprado un televisor. La mujer, y su pequeño hijo, le han dicho que cerrara los ojos, y cuando entró al comedor, al volver de su trabajo, ahí estaba. Un gigantesco televisor colgado en la pared, 99 pulgadas.
         Olvidé decir que mi amigo es fanático de los deportes, le encanta ver partidos de fútbol, de básquet, de tenis también. Le encanta echarse en su sillón y ver la televisión. El regalo lo ha conmovido, es exactamente lo que quería. Está feliz.
         Enciende el televisor, mientras abraza a su esposa, le da un beso en el pelo. Quiere mostrarnos la magia del regalo.
         Enciende el televisor, entonces. En cualquier canal. Justo están dando una película donde Robert Redford es un millonario y le compra la esposa a un tipo, por una noche, por un millón de dólares. Todo el mundo ha visto esa película, pero básicamente en eso consiste, esa es la trama.
         De inmediato, comienza una discusión, un debate. Estamos la mayoría de pie, algunos sentados en los sillones, tomando un vino bastante ordinario, también hay platitos con comida. Fiambre, queso, frutos secos, cosas para picar.
         Se debate entonces, sobre qué serías capaz de hacer, por un millón de dólares. El remanido tema de cuál es el precio para torcer tu voluntad. Un tipo (no, no el vegano, otro, con una dramática barbita candado) dice, muy serio, que se dejaría coger, una chica que creo que es psicóloga dice que ahogaría a su pequeño perro en la bañera, otro amigo mío dice que se dejaría cortar el meñique de una mano, como ha visto que se hace en la mafia japonesa, y alguien le dice que no es lo mismo, si se lo dejaría cortar, que si se lo cortaría él, otra piba dice que le chuparía los dedos de los pies a un enano, o los huevos, a un chimpancé, en el zoológico, delante de los niños de los colegios que estén de visita, otro dice que iría caminando en cuatro patas, con el culo al aire, por la ruta, de acá a Pinamar, y así.
         La conversación continúa, cuál es el límite, hasta dónde serías capaz de llegar.
         Pero yo creo que no importa, que en verdad nada dice de vos, no te define, el saber qué harías por un millón de dólares.
         Lo tremendo es saber lo que hacés, lo que venís haciendo más o menos todos los días, porque sí, por unos pocos pesos, para mantenerte vivo. Porque no se te ocurre más nada.

30.3.13

De peluquería

         En el barrio más aristocrático de Buenos Aires, en la Recoleta. La peluquería más lujosa, ubicada sobre la calle más lujosa. Preferiría no decir el nombre, de la peluquería, tampoco de la calle.
         Entro. Hay una pequeña recepción, un mostrador. La chica que atiende sentada en una sinuosa butaca tiene las piernas largas, los tobillos perfectos. Podría ser modelo, tranquilamente, o una estrella de la televisión. Pero no lo es.
         –Sí –me dice. Todos los objetos que hay sobre el mostrador, una pequeña lámpara, la computadora, una birome, su taza de café, son de un refinado diseño. Todo hace juego con todo, eso que se ha dado en llamar, porque de alguna manera hay que llamarlo, decoración.
         –Quiero pedir un turno –digo–. Quiero que me corte el pelo el peluquero de más renombre en este prestigioso establecimiento, que es, justamente, el que le da el nombre a esta notable institución. También quiero el tratamiento más exclusivo, y por lo tanto más caro, que tengas. Acondicionamiento, baño de crema, tintura, masaje capilar, todo, lo que sea.
         La chica, que consulta una pequeña pantalla táctil para fijarse los turnos disponibles, me mira. Se mira las uñas, también, pintadas de un sangrante bordó, una en particular. Toma un sorbo de café.
         –Pero, señor –me mira otra vez, como alguien miraría a un animal repugnante y primitivo. Espera que yo diga algo más, quizás algún cómplice guiño de mi parte. Permanezco muy serio, atento–. No se ofenda, pero usted necesita un corte bien sencillo. Quiero decir, con todo respeto, usted, prácticamente no tiene cabello. Usted es pelado.
         –Sí –respondo–, lo que manifiesta usted es bien probable. Pero si me permite el  arrebato de una comparación, el ímpetu de una analogía, al igual que cuando uno concurre a una prostituta, la gente cree que quien concurre a una prostituta, bueno, fue a coger. Pero, cualquiera lo sabe, coger tiene un volitivo componente que no puede ser comprado. Lo que uno está pagando, en el caso que acabo de describirle, o aquí, ahora, es para recibir un inverosímil servicio, fuera del gusto y la lógica de quien lo brinda. Lo que yo quiero es que me laven la cabeza, y me corten el cabello, como si tuviera cabello. Cualquiera se puede cortar el pelo, si tiene pelo, en cualquier lado, por poca plata. Te pago, burrita, para que te lo imagines.

24.3.13

Fiucher

         Estamos en el futuro. El futuro, para definírtelo de alguna forma, para que vos lo entiendas, es un lugar muy distinto al presente. Pasaron, más de cien años.
         Los autos vuelan, por ejemplo. Por raro que te parezca. Tenés dos modelos, los autos que saltan, y los autos que vuelan (los que vuelan son más caros). Era imprescindible, alguien se dio cuenta, que los autos tenían que poder saltar. Era la única forma de atenuar, en parte, los embotellamientos de tránsito. Imaginate, para que lo entiendas, como si fuera un partido de damas en un tablero gigante. Vos apretás un botón, de tu auto, y tu auto puede permanecer en el aire por casi veinte segundos. Si encontrás un lugar dónde avanzar, dónde colocar tu auto, lo alumbrás con una luz, tenés una especie de joystick junto al volante. Cuando el lugar tiene tu luz, nadie más puede aterrizar ahí, se genera un campo magnético que rechaza a los otros autos en caso que alguien se equivoque o tenga mala intención. Si ‘saltaste’, y no hay lugar adónde avanzar, mientras estás en el aire, conservás la luz del lugar de donde partiste. O sea, mientras vos no alumbrás ningún lugar nuevo, conservás la luz del lugar original, y cuando se cumplen los veinte segundos, es automático, volvés. Esas luces funcionan a la perfección, no fallan, además si hacés alguna pelotudez las multas son carísimas, te quitan el registro de por vida. Y si te quitan el registro, no podés salir más de tu casa.
         Otra cosa, por contarte algo. Los hijos se eligen. Vas a un banco de niños, sacás número, y llenás el formulario 574. El formulario para tener un hijo. Lo elegís, color de ojos, altura, sexo, tipo de cabello, habilidades especiales. Lo elegís, lo pagás, y te lo entregan en un mes. Te lo entregan con papeles, y es tu hijo. Antes, mientras lo están armando, te lo dejan ver por pantalla, un prototipo. Te lo dejan ver, antes de terminarlo, para ver si está todo como lo pediste. Igual, los hijos vienen con seis meses de garantía, como las heladeras o las planchas.
         Te podría contar más cosas, muchas más cosas. Cómo se sortean los lugares para pasar las vacaciones, para que la gente pueda ver, cada cinco años, durante tres días como máximo, una montaña, o el mar. Hace muchos años los científicos se dieron cuenta que la mirada humana gasta todo lo que observa, hubo que racionar entonces la posibilidad de ver los lugares naturales, para que no se hagan mierda y queden como si los miraras en un televisor en blanco y negro. Está todo muy bien organizado, aunque los permisos para ver las estrellas, o para sentarte al lado de un árbol, o para caminar bajo la lluvia cinco minutos, se compran y se venden en un mercado negro, cuestan una pila de plata. También están las máquinas donde programás cuántas horas querés dormir. Apretás un botón y la máquina larga una sustancia en el aire del cuarto, parecido a una anestesia pero muchísimo más placentero. Una mezcla de morfina con extracto de dulce de batata con chocolate (hay con dulce de membrillo, también). Descanso garantizado.
         Te cuento cómo me volví genial, en el futuro. Cómo me volví uno de los tipos más importantes del planeta, una mezcla, ponele, para que te ubiques, de Tinelli y Sai Baba, todo junto.
         Lo único que hice, de casualidad, porque ni lo pensé. Lo único que hice fue, te decía, una vez que me hicieron una pregunta, quedarme en silencio. Y entonces la gente descubrió que el futuro era ruido, puro ruido, ruido todo el tiempo.
         La gente empezó a pagar para verme. Me alquilaban estadios para que hiciera recitales en distintas partes del mundo. La gente enloquecía, como esos videos donde las chicas veían cantar a los Beatles de jovencitos.
         Yo salía al escenario y no decía nada. Me sentaba en una silla y me quedaba callado.

18.3.13

Película de acción

         A veces voy al cine, al Village Recoleta. A veces voy al Abasto. No, no entiendo nada de cine, nunca entendí nada de cine, tampoco me interesa la película que voy a ver.
         Lo importante es que salgo del centro, me voy del trabajo,  ponele, a las cuatro de la tarde. Digo que voy a ver a un cliente, que tengo una reunión. Y me voy al cine. Me tomo un café, miro las vidrieras, cosas que no me interesan y que jamás voy a comprar.
         Elijo una película. Pido última o anteúltima fila, cuerpo central, en un extremo. Y me siento. Por lo general no hay casi nadie, y las butacas son cómodas. Hay aire acondicionado, oscuridad. Es todo lo que necesito, un par de horas fuera del planeta tierra en general, de mi vida en particular.
         Lo ideal es ir al Abasto, sí, porque salvo que te metas a ver ‘Alvin y las ardillas’, o una película donde actúa Ricardo Darín, entonces no va a haber casi nadie. La gente hace rato fue lobotomizada, quieren que Boca salga campeón, recuperar las Malvinas tirándole a los ingleses alfajores de maizena, y twittear que se tiraron un pedo, o que se comieron un durazno, o que se están por cagar. Entrás al Abasto, lo digo con respeto por nuestros hermanos latinoamericanos, y sos más extranjero que si estuvieras en el Machu Pichu, o haciendo la ruta del inca. Entrás al Abasto, y sentís una pachamamización infinita (sí, el verbo que acabo de inventar es ‘pachamamizar’, no me lo agradezcan).
         Saqué mi entrada, anteúltima fila, cuerpo central, en un extremo. Dejé mis cosas en la butaca de al lado, me senté. Cerré los ojos, respiré un par de veces, estaba vivo, estaba vivo y afuera estaba la calle. Había sobrevivido, un día más.
         –Perdón –abrí los ojos. Un muchacho, quizás veinte años, pantalones adidas tipo pescadores, gorrita. Quería pasar.
         –Sí –dije, y me puse de costado. Raro, el cine debía tener como diecisiete filas, y en total no había más de cinco butacas ocupadas. Vi las orejas del muchacho, las orejas que sólo había visto en Carlos Monzón, y en algunos programas periodísticos donde entrevistan presos que están confinados en cárceles de máxima seguridad. Las orejas, esas orejas, Dios me perdone, eran mala señal.
         Las cosas no paraban de empeorar. Estaba yo, sentado en un extremo de la anteúltima fila. En la butaca de al lado, mis cosas, mi saco, mi libro, mi cuaderno, mi mochila, una botella de vino que acababa de comprar para la cena. El muchacho se sentó en la butaca de al lado, de al lado de mis cosas. La fila estaba vacía, el cine entero estaba vacío, pero el pibe se sentó al lado. Mal, muy mal.
         Se apagaron las luces, comenzaban las propagandas y la promoción de próximos estrenos. Había tenido la precaución, al sentarme, de sacar la billetera del bolsillo interior del saco, y guardarla en uno de los bolsillos de mi pantalón. Para resumir, no había nada demasiado importante que el muchacho pudiera robarme. Mi cuaderno, a quién le importa, un libro, para qué, la botella de vino quizás, el celular.
         –Ey –me dijo, y se inclinó un poco sobre mis cosas–. Ey.
         Lo miré.
         –Dame todo –dijo.
         –¿Qué?
         –Dame todo –se abrió un poco la campera, vi un brillo, algo de metal–. Dame todo lo que tengas, no te hagás el loco. Tengo un cuchillo. Dame la billetera, el teléfono, la guita, porque te corto de una.
         –No, loco –dije–. No te voy a dar nada.
         –¿Cómo? –dijo.
         –Que no te voy a dar nada –dije, y lo dejé de mirar. Volví a concentrarme en la pantalla.
         Se hizo una pausa, un silencio. La pantalla mostraba el trailer de una película de terror. Unos adolescentes que vivían en un pueblito, era otoño, era de noche. Cerca de un cementerio. Siniestras fuerzas hacían abrir las ventanas, se movían las mesas de lugar. Soplaba un viento muy fuerte, las fuerzas del mal o lo que corno fuese, venían a buscarlos. Los pibes corrían y gritaban, no paraban de gritar.
         –Ey –otra vez, el pibe. Con la visión periférica no distinguí ningún cuchillo, se inclinaba otra vez, para murmurar.
         Decidí no decir nada, no contestar.
         –Sí –dije.
         –Te la chupo –dijo el pibe.
         –¿Qué?
         –Dale, te la chupo –sonrió–. Dame cien pesos y te la chupo acá. Te hago acabar al toque, soy bueno de verdad. Además me gustás –me tocó con dos dedos el antebrazo.
         –No –dije, moví el brazo–. Prefiero las chicas, disculpá.
         Otra pausa. Otro trailer. Ahora de una película donde Julia Roberts paseaba por Nepal, le tocaba la trompa a un elefante, hablaba con un chiquito de cabeza afeitada y túnica naranja, como si fuera un Dalai Lama en miniatura. Un chiquito que al parecer le decía un par de giladas, pero en realidad le decía el sentido de la vida. Julia Roberts hacía un esfuerzo, ponía cara como de estar pensando.
         Bajaron todavía más las luces. Se ensanchó la pantalla. Ahora sí, empezaba la película.
         –Ey –dijo el muchacho, otra vez.
         Lo miré, le señalé, con un índice, la pantalla. Indicándole que la película estaba por comenzar.
         –¿De qué trata? –se inclinó hacia mí, se levantó un poco la gorrita–. La película, digo. De qué es.
         –De acción –dije–. Un asesino a sueldo que se da cuenta que está viejo, y le piden que haga un último trabajo. Se esconde en un pueblito de Italia, pero sabe, mientras se prepara, que también a él lo van a venir a matar. Actúa George Clooney, la crítica que leí dice que es buena. Igual es martes, son las cuatro de la tarde. Debería alcanzar.

12.3.13

Quizás algo trillado


         Voy hacia la costa. Escapo. Tengo un amigo que me presta el departamento que tiene en Pinamar, total fuera de temporada no lo usa.
         Cuando siento que no doy más, cuando la realidad me pasa por encima, encuentro el hueco y me voy. Una semana, aunque sea cinco días.
         Vas y no hay nadie. Desayunás café con leche con medialunas en alguno de los pocos bares abiertos. Después camino una hora por la playa. Nadie, o casi nadie, algún tipo pescando, un perro mugriento y bigotudo que duda entre ladrar o seguir moviendo la cola, una mujer con un sombrero tipo ‘Piluso’ que junta pequeñas piedras y las guarda en una bolsa.
         Al mediodía almorzar rico, comida casera, un poco de vino. Fumar dos o tres cigarrillos y quedarme dormido. Siesta. A la noche, algo de la rotisería, más vino, escribir un poco. El particular encanto de no tener absolutamente nada para hacer, más que darme un baño. Al día siguiente, lo mismo.
         Voy por la ruta, es temprano, no paré en Dolores. Mayo, el cielo a punto de romperse, las nubes como bolsas de residuos. No hace frío.
         De pronto, adelante, al costado de la ruta, algo capta mi atención. Bajo la velocidad. Es una chica. Es una chica, veinte años quizás, como mucho. Lleva un vestido clarito, se ve su cuerpo a través de la tela. Casi adivino las pequeñas y compactas mejillas del culo. El cabello hasta los hombros, como si hubiera salido de la ducha y se hubiera peinado hacia atrás, la espalda tan perfecta. Va descalza, también, metiendo los pies en el pastito que crece al costado de la ruta.
         Disminuyo la velocidad, más todavía, al llegar a su lado. Ella avanza, camina, con una sonrisa en los labios.  Lleva ambas manos junto a su pecho, sostiene un ramo de girasoles. Sí,  son girasoles, grandes, de un amarillo demasiado intenso. Un amarillo que parece de dibujitos animados.
         Ella camina.
         –Ey, disculpame –he bajado la ventanilla del lado del acompañante, y me inclino un poco para hablarle, sin soltar el volante– ¿Necesitás que te lleve? ¿Te pasa algo?
         Sonríe, niega con la cabeza.
         Me adelanto unos metros, detengo el automóvil.  Bajo, dejo la puerta del conductor abierta, no hay nadie más. Espero que avance, me pongo en su camino, abro los brazos, como si estuviera por atajar un penal, sonrío yo también.
         –Dejame que te lleve –digo–. Sos perfecta, sos la mujer más hermosa que yo jamás haya visto. Casi parece un sueño. No sé quién sos, pero dejame conocerte. Jurame, por favor, que no estoy soñando.
         –No –dice ella, se detiene a dos pasos de distancia–. No estás soñando. Chocaste, eso sí. Se te pinchó un neumático y chocaste, volcaste el auto. En la radio sonaba un tema de Oasis, y te golpeaste la cabeza. Estás muerto, te acabás de morir.
         Dijo, y me dio un girasol.

*el tema era don’t look back in anger, claro.

6.3.13

El cristal con que se mira


         La mejor parte de coger con ella era cuando en determinado momento soltaba un suave soplido, una sostenida exhalación, y era como si finalmente todo su cuerpo se abriera al paso del tren de mi deseo. Se mordía, apenas, un poco, el labio inferior, o a veces el labio superior. Era imposible para mí adivinar cuál de los labios iba a morderse, y si eso dependía de tal o cual variante de mi proceder. A veces no se mordía, pero se relamía, sí, y alzaba más las piernas mientras yo volvía a embestir como si quisiera llegar al centro de la tierra a través de la vagina misma.
         La mejor parte de coger con ella era cuando pasaba, ahora en cuatro patas, de estar con la cabeza hundida en el acolchado, a erguirse sobre sus brazos, arqueaba la espalda como un gato, y empujaba hacia atrás, respondiendo a cada empujón de mi parte con un empujón de similar intensidad, cinco, siete, nueve veces, en sincronía. Entonces yo, con una de las manos que tenía agarradas a su culo, y sin soltarme, le introducía un pulgar, en el agujero del culo. Apenas la primer falange de un pulgar, como si quisiera tapar un ojo que me estaba observando. Ahí ella parecía rendirse, dejar de empujar,  lanzaba un gemido de satisfacción, y yo aceleraba como un embravecido chancho pecarí que corre por su vida.
         La mejor parte de coger con ella era cuando yo estaba por acabar, cuando ella percibía de algún modo que yo no iba a poder contenerme por mucho más tiempo, y entonces, con pornográfica destreza para nada exenta de cuidado, ella me hacía salir de su interior con un movimiento de cadera. Yo me ponía de pie, ella se arrodillaba, y por un instante sostenía mi pito en sus manos como si estuviera en presencia de un prodigioso animal, un gorrión con un ala rota. Tanta ternura. Y entonces se metía el pito en la boca, bien adentro, succionaba apenas (mucho más constricción que succión, aprovechen, pueden tomar nota), una sensación tan cálida para mí, tan dulce, hasta que yo vertía la totalidad de mi ser y ella miraba un poco hacia arriba, buscando contacto visual, satisfecha. Una mirada que era al mismo tiempo mirada y sonrisa.
         La mejor parte de coger conmigo, bueno. Ella me dijo que necesitaba el dinero, a eso se dedicaba. Yo solía dejar buenas propinas.