Quizás
no tenga demasiado sentido contar esto. Éramos jóvenes, primer año de la
secundaria. Hace quizás ya demasiado tiempo.
Colegio
de varones, del estado, barrio de Caballito, no es preciso dar más datos.
Habíamos comenzado las clases en Marzo, y entre las cosas que tenían planeadas
para nosotros, para que nos formáramos antes de salir al mundo, para que nos
convirtiéramos en hombres de bien, útiles a la patria, estaba el hacer
gimnasia.
En
las clases de gimnasia, en las clases de educación física, nos explicaron que una
de las ventajas que tenía pertenecer a ese colegio, era que el colegio poseía
un natatorio. Una pileta.
Estábamos,
qué remedio, en nuestra primer clase de natación. Más de treinta muchachitos de
unos trece años, en fila, uno al lado del otro, al borde de la pileta (de ambos
lados, en la parte honda). En shorts, todos, shorts azules, con el escudo del
colegio cosido al short, un escudo de felpa que ni bien nos tiráramos a la
pileta se haría moco y que, por órdenes de las máximas autoridades de la
escuela, debía estar siempre visible y en buen estado.
Era
Mayo, y hacía algo de frío. Tenés que remontarte a esa época, un frío que no se
usa más, un frío que se dejó de fabricar.
El
profesor Palmero nos daba la bienvenida a nuestras clases de natación. Flaco,
severo, con el cabello teñido de un negro absoluto, peinado hacia atrás, con
gomina. Iba de traje, porque habían venido, justamente para la ocasión,
autoridades del colegio. Había conseguido, el colegio, un crédito para reparar
la pileta. Tenían que mostrar, los funcionarios, que mientras se afanaban lo
que podían, la pileta, bueno, funcionaba. Eso les garantizaba seguir afanando.
Y
ahí estábamos nosotros, entre fastidiados y aburridos, todavía sin saber muy
bien para qué habíamos sido puestos sobre la faz de la tierra, para mostrar, en
principio, que el colegio contaba con una regia pileta. Que la pileta, por
decirlo de algún modo, tenía agua. Funcionaba.
El
profesor Palmero, severísimo, con militar cadencia, daba órdenes. Miraba a los
alumnos, o sea a nosotros, como si fuéramos excremento, o quizás algo todavía
más inútil. Las manos cruzadas a la espalda.
–¡Ahora,
cuando yo les indique, van a saltar a la
pileta! –caminaba, Palmero, detrás nuestro, iba y venía, quizás demasiado
cerca– ¡Van a saltar al agua! ¡El ejercicio es flotar, de cualquier forma, en
el agua! ¡En el agua se flota! ¿Está claro?
–¡Sí,
profesor! –gritamos todos. Estaba uno, pelirrojo, al que le decíamos colorado.
Había un negro, con el pelo mota, con el cabello duro como el acero, al que le
habían puesto una gorra de baño para intentar domesticarle un poco la pelambre. Había un ucraniano demasiado grandote, del
doble del tamaño de nosotros. Los brazos le llegaban casi a las rodillas, yo
jamás había visto brazos tan largos. En fin, muchachos de clase media como
mucho, otra Argentina, cuando todavía había esperanzas, cuando todavía no se
había ido todo a la mismísima mierda, un
crisol de razas.
–¡Repito
la orden! ¡Cuando yo diga que salten, ustedes saltan al agua! ¡Y flotan!
¿Estamos?
–¡Sí,
profesor! –gritamos todos. Al profesor Palmero le gustaba que respondiéramos a
sus órdenes, todos juntos. Gritando.
–¡Si
alguno tienen algún problema…! –dijo Palmero, que miró por un momento a un
chico que parecía tener abultado el short, como si tuviera el pito parado– ¡Si
alguno no sabe nadar, lo dice ahora! ¿Alguien no sabe nadar?
Nada.
No hubo respuesta. Hacía frío, tenía la piel de gallina. Seguro que había un
problema con la calefacción.
–¡Repito,
alumnos! ¡Se van a tirar al agua cuando yo lo diga! ¿Algún problema?
Nada.
Hagámoslo de una vez, y vayámonos de esta inmunda pileta donde todo parece de
un desteñido verde y el olor a cloro casi marea. Los funcionarios de la escuela
y de la ciudad miraban sus relojes y cuchicheaban. Querían seguir con sus vidas
de funcionarios, irse.
–¡Al
agua! –gritó Palmero.
Saltamos.
Saltamos todos. De cabeza, parados. Ruido, ruido de gente cayendo al agua.
Tocar el fondo y subir. Moverse, mover los brazos, para flotar, y porque el
agua estaba bastante fría.
Miro.
Estoy flotando en el agua, tratando de entrar en calor, y miro. No pasa nada,
flotar es fácil, y es una actividad que conviene practicar. Para el resto de la
vida, digo.
Pero
algo está mal. Algo está muy mal. Se escuchan gritos y gargajeos. Alguien se
está ahogando. Uno de los chicos se ahoga, se va para abajo.
Se
llama Yung. Manuel Yung, le decimos ‘Chino’, aunque no es chino, pero es
oriental. Es muy flaquito, algo encorvado, usa lentes, no, no ahora que se está
ahogando, cuando está en clase. Anota todo, todo lo que dicen los maestros. No
tiene amigos, no habla prácticamente con nadie.
El
profesor Palmero, obligado por la situación, mientras el resto de nosotros
lucha por mantenerse a flote, salta al agua.
De
cabeza, se tira, Palmero. Y de traje.
Rescata
al chico. Lo junta del fondo, y lo sube a la superficie. Nada, con el pobre
chico agarrado del cuello, hasta la parte baja del natatorio. Lo saca.
Manuel
Yung está azul, o casi azul, tendido boca arriba al costado de la pileta. De
rodillas, el profesor Palmero le hace respiración boca a boca, primero, y
masaje cardíaco, después. Le levanta los pies y le flexiona las piernas,
fuerte, contra el pecho del chico, como si estuviera intentando empujar una
carretilla.
De
pronto, Manuel Yung lanza un grito. Escupe agua y algo de vómito. Su rostro se
va poniendo menos y menos morado.
Lo
sientan. Hemos ido saliendo todos, yendo hasta donde está Manuel Yung, ahora
sentado. Lo dejan respirar. El profesor Palmero chorrea agua de los bolsillos
del saco. Le falta un zapato.
–¡Les
pregunté si alguno no sabía nadar! –está, el profesor Palmero, visiblemente
ofuscado. Mira el estado de su traje y niega con la cabeza. Debe ser su único
traje– ¡Les pregunté si había algún problema con tirarse al agua! ¿Qué carajo
les pasa?
–Non
tendo –dijo Manuel Yung, secándose las lágrimas con el antebrazo. Manuel Yung,
tiempo después, nos contaría que había llegado de Corea hacía menos de tres
meses. Sabía, como mucho, quince palabras en castellano.