23.9.06

Valeria, Vanesa, Verónica, Victoria, Violeta, Virginia, Viviana

Entonces metí la mano por debajo de la camisa, costó un poco, se escuchó un sonido apagado, grave, sordo, tuve que tirar con fuerza, dar un verdadero tirón.
Apoyé mi corazón todavía palpitante, todavía caliente, húmedo, sobre la mesa del bar, entre el plato donde descansaba una medialuna, de grasa, y la jarrita de agua.
Ella pitó un cigarrillo. Jugó con un índice a enroscar y desenroscar uno de sus demasiado maravillosos para ser descriptos bucles color miel. Hizo luego un imperceptible gesto, hacia atrás, dejando que su antebrazo se apoyara contra el filo, el borde donde concluía la superficie de la mesa. El cigarrillo era un dedo más, displicente, humeante, apuntando hacia abajo, a mi corazón.
Y bajó, por un momento, por lo que dura un momento, nada más, sus ojos, para mirarse el vestido, para constatar que no la hubiera salpicado en la maniobra.