12.5.13

Niñez extraviada


         Camino por la calle, voy hacia alguna parte. Si vivís en una ciudad, si sos un occidental adulto más o menos civilizado y vivís en una ciudad, bueno, por lo general caminás por la calle, por lo general vas a alguna parte. Es lo que podríamos decir, parte de tu cotidianeidad. Rutina.
         Entonces veo algo.
         La verdad que no hay que ver nada, por la sencilla razón que no hay nada para ver. Si levantás la vista no vas a ver mucho más que enloquecidos rostros, presos del espanto y el más puro estupor. Todo el mundo apurado, todo el mundo tiene algo tremendamente importante para hacer, aunque si los pararas de a uno y les preguntaras por qué, por qué hacen lo que hacen, o para qué. En el 97% de los caso no sabrían qué responder.
         Lo que vi fue a un hombre, bastante mayor, más de setenta años, seguro. Una boina escocesa, gruesos lentes, de esos que dejan los ojitos chiquititos, casi traslúcidos, bien atrás, como medio metro atrás de la cara. Una de las patillas de los anteojos pegada con cinta scotch. El hombre tenía un bastón, también. Mal afeitado, con medias y una especie de pantuflas, como si hubiera bajado a la calle a comprar un remedio, o pan. Casi te diría que tenía puesto el pantalón del pijamas, y en la parte de arriba una camiseta, y un pulóver. Tenía un ínfimo y repetitivo movimiento de cabeza, lateral. Lucía algo confundido, inestable.
         Estaba parado, el hombre, frente a la vidriera de una veterinaria. Miraba, con fascinación, una jaula con pajaritos.
         Me detuve, lo miré. El hombre seguía con los ojos el movimiento de uno de los pajaritos en particular, quizás era un gorrión, la verdad no sé, no entiendo un pomo de pájaros. Parecía, el hombre, sonreír, apenas, para después murmurar algo, como si le estuviera hablando al pajarito, o quizás, me pareció, cantaba una canción.
         Me enternecí, me quebré. Quizás el hombre recordaba alguna escena de su niñez, en un alejado pueblito de su provincia natal, una infancia donde los gorriones cantaban en los árboles mientras él juntaba ciruelas o naranjas para que su madre preparara mermelada. El hombre soñaba con los ojos abiertos, llevado por pajarito de inflamado pecho, recordaba alguna lluvia donde fue feliz, el olor de la tierra mojada, los ladridos de su perro.
         Entré a la veterinaria, fue un impulso. Me atendió un muchacho con los dos dientes delanteros el triple de grandes de lo normal, como si fuera un descendiente de un roedor o un marsupial. Aburrido hasta el cansancio que todo el mundo entrara a preguntar por los cachorritos, pero después nadie compraba nada.
         Compré el pajarito. Sí, lo compro, lo llevo, envolvemeló, no, es un chiste. Sí, te compro también, para llevarlo, una pequeña jaula.    
         Pagué, salí.
         –Tome –le dije al hombre que todavía seguía ahí. Se sorprendió. Me miró, retrocedió medio paso, se rascó la barba–. Es para usted.
         Sostuve la jaula en alto, frente a su acuosa mirada. Me pareció que lagrimeaba un poco, emocionado, no se lo esperaba.
         Tomó la jaula, con las dos manos. Enganchó el bastón debajo de una axila.
         –Gracias –dijo, en un hilo de voz–. Gracias.
         Corrió la traba de la metálica puertita, con cuidado, con mucho cuidado, metió la mano. Ahí entendí, el hombre deseaba liberar al ave, ver al pájaro elevarse en el cielo, recordar aquella sensación, la infancia perdida. Había una canción, una canción que yo había escuchado hacía muchísimo tiempo, ‘niñez extraviada’.
         Sacó el pajarito y lo sostuvo, con ternura, en una mano. Ya casi estaba llorando yo también. En un mundo tan horrendo quedaban todavía pinceladas de belleza, cuando se lo contara a la noche a Moni.
         Puso una mano sobre la cabeza del pajarito. Una bendición, una caricia de despedida.
         Hizo un movimiento, giró ambas manos, en sentido contrario, el movimiento que uno haría para abrir un frasco de mayonesa.
         Crac.
         Tiró un poco, y le arrancó la cabeza, al pajarito, su ojito lateral me miró de la manera más extraña.
         –Mi tío los hacía a la cacerola –se lo guardó, el cuerpo, el pajarito, en un bolsillo del pantalón–. Con papitas, cebollas, zanahorias y morrones. Una delicia.

6.5.13

Empírica evidencia


         Entro a un bar, a desayunar. Es, que yo recuerde, una de las pocas cosas interesantes que tiene estar vivo. Sí, desayunar. Si algún día te parece que la vida no tiene sentido, si algún día no das más y te estás por matar, andá a un bar. A desayunar.
         Me siento.
         El mozo viene a tomarme el pedido, y por cortesía, porque debe ser el estilo del bar, me trae un diario. Mientras le digo (café con leche, una medialuna), deja el diario sobre la mesa. El mozo se va.
         El mozo vuelve, con mi café con leche, con mi medialuna. Yo estoy mirando por la ventana del bar.
         –Te traje el diario –me dice el mozo, señalando, con el mentón, el diario que ha dejado sobre la mesa.
         –Sí –le digo, porque lo que ha dicho es cierto. El diario está ahí, como empírica evidencia.
         –Pensé que querías leer el diario –dice el mozo. Ha dejado el café con leche y la medialuna, pero no se retira. Al parecer no ha terminado el contacto.
         –No –digo, y vuelvo a mirar por la ventana. Pasan los autos, si vivís en una ciudad pasan autos, siempre. Una mujer que quizás de joven fue linda pero ya no, con el cabello teñido de un amarillo excesivo, baldea la vereda. Un hombre desayuna sentado en una mesita de afuera, a pesar del frío. Tiene dos bull dogs a sus pies y le limpia, a uno, la boca, con una servilleta de papel. Pasa un paseador de perros llevando diez perros o más, y empujando una bicicleta con la otra mano. Se produce una breve disputa de perros, entre el grupo del paseador, y el par de bull dogs. Un concierto de ladridos que el paseador se encarga de sofocar retando a dos o tres perros por su nombre. Alguien sale a la calle y enciende un cigarrillo, alguien habla por teléfono en un tono de voz que parece querer decirle, al universo todo, que quizás parece un boludo pero no es ningún boludo, a él le suceden cosas importantes.
         –¿Por qué no? –dice el mozo.
         –¿Eh? –me sorprende, la pregunta. Me sorprender verlo todavía de pie, junto a la mesa, con el diario ahora en la mano.
         –Por qué no querés leer el diario –dice el mozo, y sonríe, apenas. Mueve, el diario, dos veces, cerca de mi rostro, como si me estuviera abanicando.
         –Porque no –le digo–. Porque el diario es una estupidez inventada para tipos como vos que no tienen la más puta idea de qué va la cosa. El diario es para gente que necesita que le expliquen lo que está pasando, así como hay gente que necesita escuchar el pronóstico meteorológico por televisión para saber si tienen frío o calor. El diario es para pelotudos que jamás tuvieron una idea ni la van a tener. El diario es para tipos que se atiborran los domingos viendo tres partidos de fútbol por televisión, después de una semana de ver programas de concursos donde la gente baila o canta y sueña con dejar de ser lo que son, mientras bailan, mientras cantan. Un tipo que lee el diario es un fracasado, sin excepción. Y además, porque no me interesa la realidad. Prefiero la ficción.
         Se queda muy quieto, el mozo, mientras yo doy el primer sorbo al café con leche. Me parece que separa un poco las piernas, para estabilizarse, como si se hubiera mareado, y hace un sonido, con la garganta, un hipo que bien puede ser un contenido sollozo venido de quién sabe dónde, de alguna parte.
         –No me hagas caso, loco, era un chiste –extiendo la mano, hacia el diario– ¿No sabés cómo salió Atlanta?

30.4.13

Empanada de choclo


         Gisela le contó a su psicólogo cómo había resuelto, finalmente, el problema que la atormentaba desde hacía tanto tiempo. Su maldita anorgasmia.
         Era bonita, Gisela, aunque ya había pasado los treinta y tres años, y como cualquiera sabe, después de los treinta y tres años todo se vuelve un cachitín más cuesta arriba. La vida.
         Tenía ese problema, no acababa.  No podía experimentar placer sexual con un hombre encima, o detrás de ella. No, tampoco ella arriba. Y ella quería coger, sabía que coger era una actividad de lo más importante, un motor de la existencia. Y la querían coger, a ella, muchos hombres, había estado casada, inclusive. Pero sencillamente coger no le producía satisfacción. Así como el insomne se fastidia al descubrir que ya es de noche, que está acostado pero no se ha dormido, Gisela veía la escena, la escena sexual en la cual ella participaba, en la cual ella era protagonista, pero se observaba como si todo transcurriera en tercera persona. Hacía esto o aquello, le hacían con cuidado o con rudeza, tal o cual posición, la chupaban o le metían los dedos también, pero nada. No acababa, se frustraba, algo fallaba, un mecanismo, como el piloto de un calefón que no encendía.
         Y no, no le gustaban las mujeres, la cosa no iba por ahí. Había estado una vez con una chica, y después de los besos y el manoseo, había sentido deseos de vomitar, repulsa. No le interesaban las chicas, en lo más mínimo.
         Su psicólogo la ayudaba. Buscaba con instrumental meticulosidad en cada recóndito pliegue de la niñez de Gisela. La dejaba hablar sobre experiencias que ella había tenido durante la adolescencia, aquel novio con el pito excesivamente peludo y con las plantas de los pies siempre tan sucias, o su marido que se solía rascar el culo y después se olía los dedos. Le preguntaba cuál había sido la primera vez que recordaba haber sentido la pulsión del deseo, si había visto desnudo a su padre haciendo pis cuando ella era todavía una nena, si la había manoseado alguna vez un tío o si había visto hipopótamos fornicando en el zoológico, esas cosas.
         Gisela le contó al psicólogo, entusiasmada, lo que había sucedido.
         Había cortado una punta, una punta de una empanada. De una empanada de choclo. Con un cuchillo. Para jorobar, para ver el relleno. Estaba en su casa, Gisela, viendo televisión, en bombacha y remera. Había pedido empanadas para la cena, y habían sobrado. Sabía que si las dejaba en la heladera, al día siguiente estarían horribles.
         Se había metido, como jugando, la empanada, la punta de la empanada, la punta cortada de esa empanada, la punta cortada de esa empanada de choclo. En la vagina.
         Estaba sentada en el sillón del living, Gisela, con las piernas abiertas. Y se mandó la empanada.
         Después de un ir y venir, de un básico, esencial vaivén, pasado un breve lapso de tiempo, apretó. Apretó la empanada todavía tibia. Con una mano, bien fuerte.
         La empanada de choclo explotó en su interior, y Gisela acabó. Tuvo un regio orgasmo, al rato se quedó dormida.
         Empezó a usar ese método, Gisela, y funcionaba. Siempre, un relojito. Pedía empanadas de distintos lugares, para la cena, y siempre dos de choclo (una de repuesto, por las dudas). Había probado con otros sabores, con empanadas de carne o de jamón y queso, pero no. Mucho menos de verdura. Tenía que ser una empanada de choclo, eventualmente de humita.
         Gisela tenía un regio orgasmo, todos los viernes. Ponía algo de música, tomaba un vaso de vino blanco. Y usaba su empanada de choclo. Conocía las empanadas de choclo de toda la ciudad, si eran al horno o fritas, si venían bien cargadas de  granitos enteros de choclo en su interior o con más salsa blanca, si el choclo era de lata o natural, si tenían pimienta negra, si eran dulces, podía adivinar, con solo acariciar el repulgue, dónde había sido comprada la empanada dentro de la capital federal y algunas zonas del gran Buenos Aires. Tenía sus orgasmos, su vida funcionaba como de costumbre. Hacía planes, cambiaba el autito, se compraba ropa. Seguía.
         Al poco tiempo su psicólogo dejó la profesión. Se fue a vivir a la costa y puso un pequeño almacén. La gente que lo conocía le mandaba mails, algún amigo lo pasaba a visitar y le preguntaba qué le había sucedido. Era un profesional respetado, solían consultarlo del exterior, publicaba papers, daba clases en la facultad. Por qué de pronto se había cansado y había tirado una exitosa carrera por la ventana, era algo que nadie lograba entender.

24.4.13

Hombre al volante


         El hombre había empezado manejando un remise, pero luego, al poco tiempo, le ofrecieron manejar una pequeña combi. Estaba jubilado, el hombre, pero  necesitaba trabajar, necesitaba el dinero. Y además, necesitaba tener algo para hacer. Había visto lo que le pasaba a sus amigos cuando dejaban de trabajar, después de haber despotricado durante tantos años contra sus respectivos trabajos. Al poco tiempo, la bovina mirada como si la vida se hubiera transformado en un televisor en blanco y negro con el volumen bajito, el labio inferior algo entreabierto. Las conversaciones sobre enfermedades, sobre glaucoma o reuma, los planes de ir a pescar un fin de semana largo a San Pedro o a Chascomús.
         Al poco tiempo, un año como máximo, no servían más. Perdían el apetito, no querían coger, ni tampoco tenían nada para decir, se marchitaban como un ficus. Eso no iba a sucederle a él.
         Un amigo que trabajaba en una escuela primaria le ofreció lo de la combi escolar. Estaban buscando, en el colegio, un chofer. Se presentó, tenía referencias laborales, era viudo, su amigo habló bien de él.
         La paga era poca, un trabajo de seis horas, pasar a buscar a los chicos por las casas, y llevarlos al colegio, a la mañana, bien temprano. Luego esperar unas horas, aprovechar para hacer trámites o hacer tiempo en algún bar, y retirarlos del colegio al mediodía, llevar a cada chico a su casa. Dejaba al último chico, y a eso de las dos de la tarde se iba a almorzar a un bodegón, se comía su buen bife con papas o ensalada, se tomaba un tinto de medio, y se iba a dormir la siesta. El resto del día era para él.
         Tenía que mantener cuidada la combi. Iba a un taller mecánico por Villa del Parque, gente amiga. Le cobraban poco, tomaban mate mientras le revisaban el motor o los amortiguadores, lo trataban bien.
         Una mañana, era viernes, juntó a todos los chicos como de costumbre. Dieciséis chicos de menos de diez años. En lugar de agarrar Constituyentes derecho, pegó una vuelta, dobló en el Boulevard,  cruzó Triunvirato, dobló otra vez. No eran ni las ocho de la mañana, aceleró. Aceleró un poco más, y antes de escuchar los primeros gritos de los chicos, subió a la vereda y puso la combi, quizás a unos buenos ochenta kilómetros por hora, contra una pared.
         El hombre pensó que moriría con el impacto, pero no. Aunque no se había puesto el cinturón de seguridad, sólo se fracturó la pierna izquierda en cuatro pedazos, una costilla, y tuvo un feo golpe en la cabeza. Conmoción cerebral, pero a los tres días ya se sentaba en la cama del hospital, para comer.
         Una tragedia, salió en los diarios. Murieron seis chicos, había una nena en coma, y el resto con fracturas o golpes. Cuando lo vino a ver la policía al hospital, querían saber si la combi había tenido algún mecánico desperfecto. Se hablaba también que alguien había intentado subir al vehículo para secuestrar a los chicos. Quizás el hombre había tenido un ataque de epilepsia o un infarto, una verdadera desgracia.
         Pero el hombre declaró que nada de eso había sucedido. Simplemente, había acelerado todo lo que pudo, y había puesto la combi contra aquel paredón. Su intención había sido matarlos a todos, que murieran todos los chicos. Los escuchaba hablar cada mañana mientras conducía y se daba cuenta que los chicos eran malos, los chicos eran pura maldad y cuando fueran grandes serían todavía peor. Tan sencillo como eso.

18.4.13

La importancia de tener algún conocimiento científico


         –Fijate vos que con un único fotón que choque con un semiconductor se libera un electrón, y de este modo nace la electricidad, así de sencillo –dije.
         Ella hizo una pausa, una inspiración seguida de una exhalación que superó a la inspiración, tanto en longitud de tiempo como en intensidad.
         –No entiendo –dijo.
         –Que me la chupes con un poco más de entusiasmo, pichona, si no no se me va a terminar de parar nunca.

12.4.13

Una secreta armonía


         Los domingos a la mañana no me gusta que me molesten. Quiero decir, en verdad, no me gusta que me molesten ningún día de la semana, pero durante la semana hay que ir a trabajar. Y bueno, te movés en la ciudad, y una de las distintivas características de la ciudad, no digo la única, es que en todas partes hay gente. No sé si soy claro, no sé si me entendés.
         Entonces, los domingos me levanto bien temprano, antes de las ocho de la mañana, ponele. Saco el auto, y aprovecho que no hay nadie, o casi nadie, en ninguna parte.
         Elijo un lugar. A veces es un lugar donde me gustaría desayunar, a veces es un lugar donde me gustaría sentarme a mirar por la ventana, a veces es un lugar donde me gustaría leer un poco, o escribir. Aunque ya prácticamente me dejó de interesar, quiero decir, leer o escribir. Pero desayunar todavía me interesa.
         Y camino un poco, también. Quince o veinte minutos, estiro las piernas. Hace bien, caminar, con eso es suficiente para verificar la propia existencia. Si podés caminar estás vivo, acordate. Una vez una amiga me explicó el criterio de las tres ‘c’. Si cogés, comés, y caminás, estás vivo, eso me dijo, por ese entonces yo andaba con una galopante depresión, una tristeza que me masticaba el alma como un hurón en camiseta. ¿Con dos de tres se aprueba?, recuerdo que le pregunté.
         Camino, entonces, un rato, doy una vuelta, y después desayuno. No, no me interesa tirarme en una reposera en República Dominicana a tomar adulterados martinis, y no, me parecen particularmente pelotudos quienes lustran con énfasis los cromados de sus autos antiguos. Disculpame, no me sale, no soy así.  
         Camino, entonces. Camino y veo la fauna, las distintas tribus. Están los que corren, los que van a correr para siempre, con esa expresión tan triste en los rostros, la voluntad derramada y la decepción dándose la mano, pobrecitos. Están los ciclistas, muy equipados, con sus casquitos tan absurdos donde supongo, de ser necesario, uno puede sentarse a defecar al costado de las rutas argentinas. Están los que practican gimnasia, se cuelgan de una barra y levantan el propio cuerpo con los brazos, chicas en cuatro patas que patean hacia el cielo, hacia atrás y hacia arriba, intentando mantener las nalgas fortalecidas. Paso y observo, me imagino lo lindo que sería meter un poco el hocico ahí, olfatearles a esas chicas sus transpirados culos.
         Están los que practican artes marciales, son menos, muchos menos, pichones de wanchankeins danzando con palos o con sus espadas samurai en precisas coreografías, permanecen al acecho, en posiciones que semejan el comportamiento del tigre o de la grulla. Están los que hacen tai chi, moviéndose apenas como si estuvieran en cámara lenta, inmutables, tan perfectos. Están los que hacen yoga, con el secreto anhelo, supongo, de lograr algún día la necesaria flexibilidad para chuparse la poronga, la propia, y no necesitar hablar nunca más con nadie, están los que respiran, los que se han dado cuenta que respirar puede ser una experiencia significativa. Respirar está bien, con respirar y tener algo de queso rallado en la heladera supongo que alcanza.
         Sigo mi camino, me falta poco para terminar la vuelta e ir por un suculento desayuno. Veo a un hombre abrazado a un árbol. El hombre está de pie y abraza, sí, con ambos brazos, el tronco de un árbol, no demasiado grueso. Tiene la cabeza (el hombre, no el árbol), una mejilla para ser más exacto, apoyada contra el rugoso tronco del árbol, como si lo hubiera sacado a bailar, al árbol, no sé, un lento, como si estuviera escuchando algo, algo que le dice el árbol al oído, algo romántico tal vez, un vegetal susurro. Está descalzo, con los ojos cerrados, en la comunión más perfecta con la naturaleza que yo jamás haya visto. Una secreta armonía.
         Es una bellísima imagen. Siento deseos de preguntarle cuál es la actividad que realiza, pero no quiero interrumpirlo. Permanezco a una respetuosa distancia, esperando que termine su energética práctica.
         Me deslizo con dos o tres pasos laterales, en silencio. Entonces, veo que abre los ojos, me observa.
         –Disculpe –digo, sonrío–. No quisiera molestarlo, pero desearía saber cuál es la disciplina que practica. ¿Es un ejercicio zen? ¿Es meditación? ¿Wu wei? ¿Es la búsqueda del Dharma? ¿Es usted taoísta?
         –No –dice el hombre, veo lágrimas de beatitud, se percibe su conexión con lo supremo–. Hace un rato pasó una bandita y me afanó todo, hasta las zapatillas. Desatame, flaco, casi me cogen los hijos de puta.

6.4.13

Serías capaz

         Me invitan a un cumpleaños. Al parecer, todavía la gente cumple años. Yo tenía entendido que se había dejado de usar, eso de cumplir años, como los pantalones pata de elefante. En fin, si te querés coger una lechuza embalsamada, cogete una lechuza embalsamada, si querés cumplir años, cumplí años. Yo hace tiempo que no siento nada, quiero decir, si veo a un perro rengueando en la calle lo ayudo, lo acaricio, lo llevo a una veterinaria o le compro comida, pero si veo a una persona tirada no me conmueve en lo más mínimo, es como si me mostraras una baldosa rota. Así vivo, en eso me transformé, es la única manera de seguir, de no volverse absolutamente loco. Soy una palta sin carozo, no sé, disculpame.
         Voy al cumpleaños, es un amigo. Paso a saludar. Debe haber, como mucho, veinte personas, quizás menos, la mayoría parejas. Alguna divorciada que busca dónde aterrizar antes que se le vuele el fuselaje a la mierda, alguien que la mantenga antes de no poder volver a ponerse jamás una bikini, de tener que bajar a la playa con poncho, hay también un muchacho bastante amanerado que cuenta que es vegano, que no come ni carne ni leche, ni  queso ni huevo, ni nada. Toma té, sostiene la taza, pobrecito, con las dos manos, y parpadea mucho, como si estuviera esperando una lluvia, una tormenta eléctrica de porongas que le permitan volver a sonreír.
         El asunto es que a mi amigo, por su cumpleaños, le han comprado un televisor. La mujer, y su pequeño hijo, le han dicho que cerrara los ojos, y cuando entró al comedor, al volver de su trabajo, ahí estaba. Un gigantesco televisor colgado en la pared, 99 pulgadas.
         Olvidé decir que mi amigo es fanático de los deportes, le encanta ver partidos de fútbol, de básquet, de tenis también. Le encanta echarse en su sillón y ver la televisión. El regalo lo ha conmovido, es exactamente lo que quería. Está feliz.
         Enciende el televisor, mientras abraza a su esposa, le da un beso en el pelo. Quiere mostrarnos la magia del regalo.
         Enciende el televisor, entonces. En cualquier canal. Justo están dando una película donde Robert Redford es un millonario y le compra la esposa a un tipo, por una noche, por un millón de dólares. Todo el mundo ha visto esa película, pero básicamente en eso consiste, esa es la trama.
         De inmediato, comienza una discusión, un debate. Estamos la mayoría de pie, algunos sentados en los sillones, tomando un vino bastante ordinario, también hay platitos con comida. Fiambre, queso, frutos secos, cosas para picar.
         Se debate entonces, sobre qué serías capaz de hacer, por un millón de dólares. El remanido tema de cuál es el precio para torcer tu voluntad. Un tipo (no, no el vegano, otro, con una dramática barbita candado) dice, muy serio, que se dejaría coger, una chica que creo que es psicóloga dice que ahogaría a su pequeño perro en la bañera, otro amigo mío dice que se dejaría cortar el meñique de una mano, como ha visto que se hace en la mafia japonesa, y alguien le dice que no es lo mismo, si se lo dejaría cortar, que si se lo cortaría él, otra piba dice que le chuparía los dedos de los pies a un enano, o los huevos, a un chimpancé, en el zoológico, delante de los niños de los colegios que estén de visita, otro dice que iría caminando en cuatro patas, con el culo al aire, por la ruta, de acá a Pinamar, y así.
         La conversación continúa, cuál es el límite, hasta dónde serías capaz de llegar.
         Pero yo creo que no importa, que en verdad nada dice de vos, no te define, el saber qué harías por un millón de dólares.
         Lo tremendo es saber lo que hacés, lo que venís haciendo más o menos todos los días, porque sí, por unos pocos pesos, para mantenerte vivo. Porque no se te ocurre más nada.

30.3.13

De peluquería

         En el barrio más aristocrático de Buenos Aires, en la Recoleta. La peluquería más lujosa, ubicada sobre la calle más lujosa. Preferiría no decir el nombre, de la peluquería, tampoco de la calle.
         Entro. Hay una pequeña recepción, un mostrador. La chica que atiende sentada en una sinuosa butaca tiene las piernas largas, los tobillos perfectos. Podría ser modelo, tranquilamente, o una estrella de la televisión. Pero no lo es.
         –Sí –me dice. Todos los objetos que hay sobre el mostrador, una pequeña lámpara, la computadora, una birome, su taza de café, son de un refinado diseño. Todo hace juego con todo, eso que se ha dado en llamar, porque de alguna manera hay que llamarlo, decoración.
         –Quiero pedir un turno –digo–. Quiero que me corte el pelo el peluquero de más renombre en este prestigioso establecimiento, que es, justamente, el que le da el nombre a esta notable institución. También quiero el tratamiento más exclusivo, y por lo tanto más caro, que tengas. Acondicionamiento, baño de crema, tintura, masaje capilar, todo, lo que sea.
         La chica, que consulta una pequeña pantalla táctil para fijarse los turnos disponibles, me mira. Se mira las uñas, también, pintadas de un sangrante bordó, una en particular. Toma un sorbo de café.
         –Pero, señor –me mira otra vez, como alguien miraría a un animal repugnante y primitivo. Espera que yo diga algo más, quizás algún cómplice guiño de mi parte. Permanezco muy serio, atento–. No se ofenda, pero usted necesita un corte bien sencillo. Quiero decir, con todo respeto, usted, prácticamente no tiene cabello. Usted es pelado.
         –Sí –respondo–, lo que manifiesta usted es bien probable. Pero si me permite el  arrebato de una comparación, el ímpetu de una analogía, al igual que cuando uno concurre a una prostituta, la gente cree que quien concurre a una prostituta, bueno, fue a coger. Pero, cualquiera lo sabe, coger tiene un volitivo componente que no puede ser comprado. Lo que uno está pagando, en el caso que acabo de describirle, o aquí, ahora, es para recibir un inverosímil servicio, fuera del gusto y la lógica de quien lo brinda. Lo que yo quiero es que me laven la cabeza, y me corten el cabello, como si tuviera cabello. Cualquiera se puede cortar el pelo, si tiene pelo, en cualquier lado, por poca plata. Te pago, burrita, para que te lo imagines.

24.3.13

Fiucher

         Estamos en el futuro. El futuro, para definírtelo de alguna forma, para que vos lo entiendas, es un lugar muy distinto al presente. Pasaron, más de cien años.
         Los autos vuelan, por ejemplo. Por raro que te parezca. Tenés dos modelos, los autos que saltan, y los autos que vuelan (los que vuelan son más caros). Era imprescindible, alguien se dio cuenta, que los autos tenían que poder saltar. Era la única forma de atenuar, en parte, los embotellamientos de tránsito. Imaginate, para que lo entiendas, como si fuera un partido de damas en un tablero gigante. Vos apretás un botón, de tu auto, y tu auto puede permanecer en el aire por casi veinte segundos. Si encontrás un lugar dónde avanzar, dónde colocar tu auto, lo alumbrás con una luz, tenés una especie de joystick junto al volante. Cuando el lugar tiene tu luz, nadie más puede aterrizar ahí, se genera un campo magnético que rechaza a los otros autos en caso que alguien se equivoque o tenga mala intención. Si ‘saltaste’, y no hay lugar adónde avanzar, mientras estás en el aire, conservás la luz del lugar de donde partiste. O sea, mientras vos no alumbrás ningún lugar nuevo, conservás la luz del lugar original, y cuando se cumplen los veinte segundos, es automático, volvés. Esas luces funcionan a la perfección, no fallan, además si hacés alguna pelotudez las multas son carísimas, te quitan el registro de por vida. Y si te quitan el registro, no podés salir más de tu casa.
         Otra cosa, por contarte algo. Los hijos se eligen. Vas a un banco de niños, sacás número, y llenás el formulario 574. El formulario para tener un hijo. Lo elegís, color de ojos, altura, sexo, tipo de cabello, habilidades especiales. Lo elegís, lo pagás, y te lo entregan en un mes. Te lo entregan con papeles, y es tu hijo. Antes, mientras lo están armando, te lo dejan ver por pantalla, un prototipo. Te lo dejan ver, antes de terminarlo, para ver si está todo como lo pediste. Igual, los hijos vienen con seis meses de garantía, como las heladeras o las planchas.
         Te podría contar más cosas, muchas más cosas. Cómo se sortean los lugares para pasar las vacaciones, para que la gente pueda ver, cada cinco años, durante tres días como máximo, una montaña, o el mar. Hace muchos años los científicos se dieron cuenta que la mirada humana gasta todo lo que observa, hubo que racionar entonces la posibilidad de ver los lugares naturales, para que no se hagan mierda y queden como si los miraras en un televisor en blanco y negro. Está todo muy bien organizado, aunque los permisos para ver las estrellas, o para sentarte al lado de un árbol, o para caminar bajo la lluvia cinco minutos, se compran y se venden en un mercado negro, cuestan una pila de plata. También están las máquinas donde programás cuántas horas querés dormir. Apretás un botón y la máquina larga una sustancia en el aire del cuarto, parecido a una anestesia pero muchísimo más placentero. Una mezcla de morfina con extracto de dulce de batata con chocolate (hay con dulce de membrillo, también). Descanso garantizado.
         Te cuento cómo me volví genial, en el futuro. Cómo me volví uno de los tipos más importantes del planeta, una mezcla, ponele, para que te ubiques, de Tinelli y Sai Baba, todo junto.
         Lo único que hice, de casualidad, porque ni lo pensé. Lo único que hice fue, te decía, una vez que me hicieron una pregunta, quedarme en silencio. Y entonces la gente descubrió que el futuro era ruido, puro ruido, ruido todo el tiempo.
         La gente empezó a pagar para verme. Me alquilaban estadios para que hiciera recitales en distintas partes del mundo. La gente enloquecía, como esos videos donde las chicas veían cantar a los Beatles de jovencitos.
         Yo salía al escenario y no decía nada. Me sentaba en una silla y me quedaba callado.

18.3.13

Película de acción

         A veces voy al cine, al Village Recoleta. A veces voy al Abasto. No, no entiendo nada de cine, nunca entendí nada de cine, tampoco me interesa la película que voy a ver.
         Lo importante es que salgo del centro, me voy del trabajo,  ponele, a las cuatro de la tarde. Digo que voy a ver a un cliente, que tengo una reunión. Y me voy al cine. Me tomo un café, miro las vidrieras, cosas que no me interesan y que jamás voy a comprar.
         Elijo una película. Pido última o anteúltima fila, cuerpo central, en un extremo. Y me siento. Por lo general no hay casi nadie, y las butacas son cómodas. Hay aire acondicionado, oscuridad. Es todo lo que necesito, un par de horas fuera del planeta tierra en general, de mi vida en particular.
         Lo ideal es ir al Abasto, sí, porque salvo que te metas a ver ‘Alvin y las ardillas’, o una película donde actúa Ricardo Darín, entonces no va a haber casi nadie. La gente hace rato fue lobotomizada, quieren que Boca salga campeón, recuperar las Malvinas tirándole a los ingleses alfajores de maizena, y twittear que se tiraron un pedo, o que se comieron un durazno, o que se están por cagar. Entrás al Abasto, lo digo con respeto por nuestros hermanos latinoamericanos, y sos más extranjero que si estuvieras en el Machu Pichu, o haciendo la ruta del inca. Entrás al Abasto, y sentís una pachamamización infinita (sí, el verbo que acabo de inventar es ‘pachamamizar’, no me lo agradezcan).
         Saqué mi entrada, anteúltima fila, cuerpo central, en un extremo. Dejé mis cosas en la butaca de al lado, me senté. Cerré los ojos, respiré un par de veces, estaba vivo, estaba vivo y afuera estaba la calle. Había sobrevivido, un día más.
         –Perdón –abrí los ojos. Un muchacho, quizás veinte años, pantalones adidas tipo pescadores, gorrita. Quería pasar.
         –Sí –dije, y me puse de costado. Raro, el cine debía tener como diecisiete filas, y en total no había más de cinco butacas ocupadas. Vi las orejas del muchacho, las orejas que sólo había visto en Carlos Monzón, y en algunos programas periodísticos donde entrevistan presos que están confinados en cárceles de máxima seguridad. Las orejas, esas orejas, Dios me perdone, eran mala señal.
         Las cosas no paraban de empeorar. Estaba yo, sentado en un extremo de la anteúltima fila. En la butaca de al lado, mis cosas, mi saco, mi libro, mi cuaderno, mi mochila, una botella de vino que acababa de comprar para la cena. El muchacho se sentó en la butaca de al lado, de al lado de mis cosas. La fila estaba vacía, el cine entero estaba vacío, pero el pibe se sentó al lado. Mal, muy mal.
         Se apagaron las luces, comenzaban las propagandas y la promoción de próximos estrenos. Había tenido la precaución, al sentarme, de sacar la billetera del bolsillo interior del saco, y guardarla en uno de los bolsillos de mi pantalón. Para resumir, no había nada demasiado importante que el muchacho pudiera robarme. Mi cuaderno, a quién le importa, un libro, para qué, la botella de vino quizás, el celular.
         –Ey –me dijo, y se inclinó un poco sobre mis cosas–. Ey.
         Lo miré.
         –Dame todo –dijo.
         –¿Qué?
         –Dame todo –se abrió un poco la campera, vi un brillo, algo de metal–. Dame todo lo que tengas, no te hagás el loco. Tengo un cuchillo. Dame la billetera, el teléfono, la guita, porque te corto de una.
         –No, loco –dije–. No te voy a dar nada.
         –¿Cómo? –dijo.
         –Que no te voy a dar nada –dije, y lo dejé de mirar. Volví a concentrarme en la pantalla.
         Se hizo una pausa, un silencio. La pantalla mostraba el trailer de una película de terror. Unos adolescentes que vivían en un pueblito, era otoño, era de noche. Cerca de un cementerio. Siniestras fuerzas hacían abrir las ventanas, se movían las mesas de lugar. Soplaba un viento muy fuerte, las fuerzas del mal o lo que corno fuese, venían a buscarlos. Los pibes corrían y gritaban, no paraban de gritar.
         –Ey –otra vez, el pibe. Con la visión periférica no distinguí ningún cuchillo, se inclinaba otra vez, para murmurar.
         Decidí no decir nada, no contestar.
         –Sí –dije.
         –Te la chupo –dijo el pibe.
         –¿Qué?
         –Dale, te la chupo –sonrió–. Dame cien pesos y te la chupo acá. Te hago acabar al toque, soy bueno de verdad. Además me gustás –me tocó con dos dedos el antebrazo.
         –No –dije, moví el brazo–. Prefiero las chicas, disculpá.
         Otra pausa. Otro trailer. Ahora de una película donde Julia Roberts paseaba por Nepal, le tocaba la trompa a un elefante, hablaba con un chiquito de cabeza afeitada y túnica naranja, como si fuera un Dalai Lama en miniatura. Un chiquito que al parecer le decía un par de giladas, pero en realidad le decía el sentido de la vida. Julia Roberts hacía un esfuerzo, ponía cara como de estar pensando.
         Bajaron todavía más las luces. Se ensanchó la pantalla. Ahora sí, empezaba la película.
         –Ey –dijo el muchacho, otra vez.
         Lo miré, le señalé, con un índice, la pantalla. Indicándole que la película estaba por comenzar.
         –¿De qué trata? –se inclinó hacia mí, se levantó un poco la gorrita–. La película, digo. De qué es.
         –De acción –dije–. Un asesino a sueldo que se da cuenta que está viejo, y le piden que haga un último trabajo. Se esconde en un pueblito de Italia, pero sabe, mientras se prepara, que también a él lo van a venir a matar. Actúa George Clooney, la crítica que leí dice que es buena. Igual es martes, son las cuatro de la tarde. Debería alcanzar.

12.3.13

Quizás algo trillado


         Voy hacia la costa. Escapo. Tengo un amigo que me presta el departamento que tiene en Pinamar, total fuera de temporada no lo usa.
         Cuando siento que no doy más, cuando la realidad me pasa por encima, encuentro el hueco y me voy. Una semana, aunque sea cinco días.
         Vas y no hay nadie. Desayunás café con leche con medialunas en alguno de los pocos bares abiertos. Después camino una hora por la playa. Nadie, o casi nadie, algún tipo pescando, un perro mugriento y bigotudo que duda entre ladrar o seguir moviendo la cola, una mujer con un sombrero tipo ‘Piluso’ que junta pequeñas piedras y las guarda en una bolsa.
         Al mediodía almorzar rico, comida casera, un poco de vino. Fumar dos o tres cigarrillos y quedarme dormido. Siesta. A la noche, algo de la rotisería, más vino, escribir un poco. El particular encanto de no tener absolutamente nada para hacer, más que darme un baño. Al día siguiente, lo mismo.
         Voy por la ruta, es temprano, no paré en Dolores. Mayo, el cielo a punto de romperse, las nubes como bolsas de residuos. No hace frío.
         De pronto, adelante, al costado de la ruta, algo capta mi atención. Bajo la velocidad. Es una chica. Es una chica, veinte años quizás, como mucho. Lleva un vestido clarito, se ve su cuerpo a través de la tela. Casi adivino las pequeñas y compactas mejillas del culo. El cabello hasta los hombros, como si hubiera salido de la ducha y se hubiera peinado hacia atrás, la espalda tan perfecta. Va descalza, también, metiendo los pies en el pastito que crece al costado de la ruta.
         Disminuyo la velocidad, más todavía, al llegar a su lado. Ella avanza, camina, con una sonrisa en los labios.  Lleva ambas manos junto a su pecho, sostiene un ramo de girasoles. Sí,  son girasoles, grandes, de un amarillo demasiado intenso. Un amarillo que parece de dibujitos animados.
         Ella camina.
         –Ey, disculpame –he bajado la ventanilla del lado del acompañante, y me inclino un poco para hablarle, sin soltar el volante– ¿Necesitás que te lleve? ¿Te pasa algo?
         Sonríe, niega con la cabeza.
         Me adelanto unos metros, detengo el automóvil.  Bajo, dejo la puerta del conductor abierta, no hay nadie más. Espero que avance, me pongo en su camino, abro los brazos, como si estuviera por atajar un penal, sonrío yo también.
         –Dejame que te lleve –digo–. Sos perfecta, sos la mujer más hermosa que yo jamás haya visto. Casi parece un sueño. No sé quién sos, pero dejame conocerte. Jurame, por favor, que no estoy soñando.
         –No –dice ella, se detiene a dos pasos de distancia–. No estás soñando. Chocaste, eso sí. Se te pinchó un neumático y chocaste, volcaste el auto. En la radio sonaba un tema de Oasis, y te golpeaste la cabeza. Estás muerto, te acabás de morir.
         Dijo, y me dio un girasol.

*el tema era don’t look back in anger, claro.

6.3.13

El cristal con que se mira


         La mejor parte de coger con ella era cuando en determinado momento soltaba un suave soplido, una sostenida exhalación, y era como si finalmente todo su cuerpo se abriera al paso del tren de mi deseo. Se mordía, apenas, un poco, el labio inferior, o a veces el labio superior. Era imposible para mí adivinar cuál de los labios iba a morderse, y si eso dependía de tal o cual variante de mi proceder. A veces no se mordía, pero se relamía, sí, y alzaba más las piernas mientras yo volvía a embestir como si quisiera llegar al centro de la tierra a través de la vagina misma.
         La mejor parte de coger con ella era cuando pasaba, ahora en cuatro patas, de estar con la cabeza hundida en el acolchado, a erguirse sobre sus brazos, arqueaba la espalda como un gato, y empujaba hacia atrás, respondiendo a cada empujón de mi parte con un empujón de similar intensidad, cinco, siete, nueve veces, en sincronía. Entonces yo, con una de las manos que tenía agarradas a su culo, y sin soltarme, le introducía un pulgar, en el agujero del culo. Apenas la primer falange de un pulgar, como si quisiera tapar un ojo que me estaba observando. Ahí ella parecía rendirse, dejar de empujar,  lanzaba un gemido de satisfacción, y yo aceleraba como un embravecido chancho pecarí que corre por su vida.
         La mejor parte de coger con ella era cuando yo estaba por acabar, cuando ella percibía de algún modo que yo no iba a poder contenerme por mucho más tiempo, y entonces, con pornográfica destreza para nada exenta de cuidado, ella me hacía salir de su interior con un movimiento de cadera. Yo me ponía de pie, ella se arrodillaba, y por un instante sostenía mi pito en sus manos como si estuviera en presencia de un prodigioso animal, un gorrión con un ala rota. Tanta ternura. Y entonces se metía el pito en la boca, bien adentro, succionaba apenas (mucho más constricción que succión, aprovechen, pueden tomar nota), una sensación tan cálida para mí, tan dulce, hasta que yo vertía la totalidad de mi ser y ella miraba un poco hacia arriba, buscando contacto visual, satisfecha. Una mirada que era al mismo tiempo mirada y sonrisa.
         La mejor parte de coger conmigo, bueno. Ella me dijo que necesitaba el dinero, a eso se dedicaba. Yo solía dejar buenas propinas.

28.2.13

Presentoyentregovanallevar

         Entré al subte. Sí, entré al subte. No, no vivo en Montecarlo, ni estoy filmando un documental en el Congo sobre la vida del gorila plateado. Te cuento lo que me pasa.
         Entré al subte, debían ser las nueve de la mañana. A esa hora la línea B estalla de gente.
         –¡A ver, forros, si me escuchan! –Hice parlante con las manos, grité bien fuerte. Soy alto, además, casi un metro noventa– ¡Presten atención, les voy a contar algo!
         Alguien tosió, un chico cerró el libro que estaba leyendo. Había un vendedor que vendía unas linternitas. Apagó la linternita, hizo silencio.
         –Fracasamos –dije–. Fracasamos todos. Estamos acá porque fracasamos. No nos salió nada de lo que queríamos ser cuando éramos chicos. Estar acá es la muerte, es peor que estar muerto.
         –No se hagan ilusiones –proseguí–. Ni se les ocurra pensar que esto es temporario. Lo temporario es permanente. Vas a seguir casada con ese imbécil hasta que se muera de un infarto, y después vas a tratar, con lo que queda de vos, tu mendicante fuselaje, de buscar otro imbécil, más o menos parecido. Vas a trabajar en esa oficina otros veinte o treinta años. Y te vas a poner triste cuando te digan que se vendió, el banco, la empresa, a otro banco, a otra empresa.
         –No hay más nada –tuve, por un instante, un acceso de llanto, pero logré sofocarlo–. La vida es una mierda, vamos como valijas en una cinta transportadora que gira y gira sin que nadie nos elija. Vivimos de imaginar una semana en Pinamar, un cumpleaños, cambiar el auto. Pero  no sirve, vivimos de algo que existe solamente en nuestras mentes y no sucederá jamás. Y si sucediera, algo de lo que esperamos, jamás será como lo esperamos. Se enchastraría inmediatamente de nuestra pútrida y pestilente realidad. La única forma de no estar acá sería ser otro, pero no nos sale ser otro. ¿No sienten? ¿No sienten cómo gotea la tristeza de nuestros mugrientos corazones?
         –Estamos muertos –hice una pausa, respiré hondo– ¡Estamos muertos, pelotudos! La vida no tiene sentido. Nada, eso.
         Dos o tres personas aplaudieron. Una señora se acercó, me tocó un hombro, y me dio dos pesos. Un pibe muy flaquito, de lentes con vidrios verde claro, me preguntó si yo daba clases de stand-up comedy. Me dijo que tenía todos los capítulos de Seinfeld grabados.
         El vendedor de linternitas volvió a encender la linternita. De algún celular sonó el chikichi de una cumbia. Me tenía que bajar en Callao, pero justo se desocupó un lugar y me senté. Me quedé sentado.

24.2.13

De la vida


         Te explico más o menos todo lo que tenés que saber de la vida. Bueno, no, en realidad no. No te explico, te cuento. Hace tiempo que, la vida, sí, claro, a mí también, me sentó de una patada en el pecho. Cada tanto, cuando te creés que sabés algo, la vida hace eso, como un anticuado y severo padre que decide aplicarte un correctivo. Yo ya no explico más nada.
         En la vida hay un montón de cosas, muchísimas cosas, que te faltan. La vida se estructura, entonces, consiste, en luchar contra esas carencias. Conseguir, por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo, lo que te falta.
         La situación es acompañada de tener, de poseer si querés, de una o dos cosas, demasiado. Son como las condiciones iniciales del problema. Así entrás a la cancha, con eso arrancás.
         Acá es donde se pone divertido. Como lo que te falta te falta, nunca sabés dónde está la línea (que por otra parte, para tu conocimiento, tampoco existe, o mejor dicho, se mueve), en la cual lo que te falta deja de faltarte. Lo que te falta te faltó por tanto tiempo, esa necesidad fue tan intensa, que aunque pudieras lograrlo, jamás sabrías hasta dónde, el punto exacto en el que estás satisfecho y no necesitás más de eso, de eso que te faltaba.
         Por lo tanto, es inevitable y al mismo tiempo el mejor de los casos, vas viviendo con lo que te falta, hasta que de pronto, por una curiosa mezcla de azar y destreza, puede que tengas demasiado.
         Mientras tanto, con paciencia de araña, aquello de lo que tenías demasiado, comenzará a faltarte. Esas dos o tres cosas que en verdad importaban y a las que no les llevaste demasiado el apunte.
         Te encontrarás entonces, si tenés suerte, en determinado momento de tu vida adulta, con que ahora sí tenés demasiado de aquello que te faltaba. Y no tenés, ya casi no te queda nada,  de aquello que al principio te sobraba (sí, claro, pensé que no hacía falta que lo dijera: tiempo, salud, amor, ganas, ganas de cualquier cosa, ganas de comer dulce de membrillo o de acariciar un perro o  de ver llover, alegría de vivir, en fin, esas cosas).
         Sí, claro que sí, tiene que existir un lugar entre lo que te falta y tener demasiado. Es un pueblito llamado ‘Suficiente’. Yo estuve de vacaciones una vez, un clima de mierda, no había casi  nadie. No pasaba nada.

18.2.13

Un millón cuatrocientos setenta y tres mil doscientos cincuenta y cuatro dólares


         La verdad es que no sé cómo ocurrió con exactitud. Yo me tenía que encontrar con la escribana en la esquina de Riobamba y Bartolomé Mitre para darle el certificado de defunción y el documento de la abuela Martita. La sucesión no termina nunca, y hasta que no termine no podemos vender esa casita en Villa Domínico. La hicimos tasar, y parece que vale como setenta y cinco lucas. Dividido tres, menos los gastos, sirve. Pero la escribana tiene sus tiempos, y siempre pasa algo. Después de casi siete años de tener a la pobre Martita en el geriátrico, que ni siquiera nos reconocía.
         Me llamó al celular, la escribana, habíamos quedado a las seis en esa esquina cerca de su roñosa oficina. Me dijo que se había caído del colectivo, estaba en la guardia del San Camilo. No sabían si era una fractura de tobillo, le tenían que poner una bota de yeso. Sí, claro, dejábamos la reunión para otro día.
         Caminé hasta Callao, entré a tomar una cerveza en ‘La Academia’. De la mufa que tenía, y para dejar pasar un rato antes de volver a casa. No me salía una.
         Se armó un quilombo tremendo. Entró la policía. Hubo un par de tiros y todo, un tipo de bigotes sacó un arma, otro tipo peinado con gel trató de escapar por la parte de atrás del local. La gente gritaba, se hizo un tumulto. Lo tiraron, al de bigotes, al piso, y lo esposaron. En la calle sonaba una sirena, una chica lloraba y gritaba que se había cortado, al caerse, con un vidrio.
         No sé cómo quedó la valija, junto a mis pies.  La agarré, no me preguntes por qué, la agarré y salí caminando, muy despacio, la carpeta con papeles para la escribana en una mano, la valija con rueditas, como si fuera mía.
         Me volví a casa en subte. Me bajé en Lacroze, caminé muy despacio las cinco cuadras, arrastrando la valija. Prendí un cigarrillo. Moni todavía no había llegado de dar clases. Me duché, me puse un short y una remera, me senté en el dormitorio, con la puerta cerrada.
         Abrí la valija.
         Plata. Mucha plata. Toda la plata del mundo. Guita. Tardé un rato largo, porque desarmaba los fajos y contaba, y miraba, y fumaba, y tomaba un poco de tónica de la botella. Y no me lo creía.
         Un millón, cuatrocientos setenta y tres mil, doscientos cincuenta y cuatro dólares (1.473.254 dólares). Ahí, en fajos de diez mil. Crujientes dólares, nuevitos. El olor de la guita inundó la habitación. Como un olor a podrido, pero agradable a la vez. Había un arma, también, en uno de los bolsillos de la valija. Una Ruger 380 lcp, busqué las características por internet. Una pistola que cabía en una mano, chiquita.
         Fumé otro cigarrillo en el balcón, sentado en la silla de plástico Mascardi, viendo cómo pasaban los autos por la avenida. Abril y no refrescaba. Estaba nublado, eso sí, a la noche llovería.
         Al rato llegó Moni.
         –¿Ya llegaste? –dijo desde la cocina.
         –Sí, vení –le grité desde el balcón.
         Entró al cuarto, vio lo que pasaba. Todo el dinero desparramado sobre la cama. La pistola no la vio, la había guardado en un cajón de mi mesita de luz.
         –¿Y esto? –me miró, la miré, me rasqué la panza con el revés de un pulgar– ¿Qué es esta plata?
         –La encontré en un bar –dije–. Entró la policía a detener a unos tipos, y en el barullo quedó la valija junto a mi mesa. Me levanté y me fui, con la valija. No sé por qué.
         –Pero la robaste –dijo ella.
         –No –negué con la cabeza–. Bueno, sí. Me tomé una cerveza, me paré y me fui. Nadie me dijo nada. Nadie me paró.
         Se hizo un silencio. La luz del cuarto estaba apagada, el dinero ahí. Desde el balcón entró, apenas, una brisa.
         –Y qué vamos a hacer –Moni se alisó el pelo, hacia atrás, con ambas manos–. Quiero decir qué vamos a hacer, con esta plata.
         –No sé –dije–. Hoy no cocines. Pedite una pizza, napolitana con ajo  podría ser. O mejor fugazzeta.

12.2.13

Profesionales y amateurs


         En Lavalle y Florida, justo en la esquina de Lavalle y Florida. Deben ser las doce del mediodía, hay un faquir. Lo tengo visto, al tipo. Habla a los gritos, para atraer a la gente. Usa un multicolor pañuelo en la cabeza, y se pone en cueros, para realizar su acto. Pareciera como si se maquillara los ojos, con delineador, lo he notado. En conjunto, berreta por cierto pero estamos en Argentina, podría decir que está caracterizado como una especie de Jack Sparrow, de Burzaco quizás, de Ezpeleta.
         Se ha juntado gente, mucha gente. Se juntaría gente también frente a la vidriera de Frávega o de Garbarino, si dieran por televison Argentina–Holanda del 78, como si Kempes pudiera errar un gol treinta y cinco años después, no sé. No tengo explicación. Hay tantas cosas para las que no tengo explicación, la gente está muy sola.
         El hombre, el faquir, pide la colaboración de alguien del público, supongo que para verificar la autenticidad de sus actos.
         Levanto la mano, pido pasar.
         –Yo –digo, y doy un paso al frente.
         –Pero no –agrego–. No voy a asistirte ni a mirar de cerca. Voy a hacer los actos yo, si te parece.
         El tipo me mira con cara de pocos amigos, no consigue entender por qué le estoy complicando la vida. Pero la gente aplaude, yo sonrío, y me saco el saco. Me saco la camisa, los zapatos. Las medias, también. Ya es tarde para echarme, y no puede putearme delante de todos. Se esfuerza por parecer amable.
         –¿Sabe usted caminar sobre vidrio? –habla una especie de portugués muy cerrado, puede ser italiano, cocoliche. Puede ser que el faquir esté empastillado, que simplemente le cueste expresarse con claridad.
         –Sí, claro –digo. Hay un montón de vidrios rotos, botellas partidas en pedazos pequeños, sobre una manta. Me paro encima. Camino un par de pasos, ida y vuelta. Doy varios saltitos, la gente grita, mientras los vidrios me destrozan las plantas de los pies. Aplauden a rabiar.
         –¿Puede usted atravesar la carne con agujas? –dice el faquir y cruza los brazos, pero en medio de su desconfianza, aparece algo de respeto.
         –Cómo no –digo. Tomo las agujas. Son agujas de unos treinta centímetros de largo, y gruesas, Me clavo, de un golpe, una aguja en un hombro. Sale un chorro de sangre, la gente grita más fuerte, algunos sacan fotos con sus teléfonos celulares. No he hecho la clásica de atravesar algún tejido blando. La aguja queda colgando. Tomo otra aguja, y con otro golpe me la clavo en un muslo. Atraviesa el pantalón, el músculo. Ahí queda. Lo invito, al faquir, para que me coloque un par de agujas más.
         Se ha juntado más gente todavía. Hay policías, una cámara de televisión de un noticiero transmitiendo en directo. Venían por un conflicto sindical, pero les ha llamado la atención lo que está sucediendo conmigo.
         Me saco las agujas. Seguimos con el fuego. El faquir enciende un soplete casero. La llama es larga y azul, como un tercio de un tubo fluorescente. Le indico que me queme, la espalda, las manos. Las orejas, también. Procede. Me quema.
         Me siento en un banquito. El faquir me envuelve en una toalla húmeda que huele a mentol. Saludamos dándonos una mano en alto, como se saluda en los teatros al final de la función. La gente deja buen dinero y viendo que nada más va a suceder, siguen su camino. Van a Falabella a comprar un cenicero o un jarrón, o a Farmacity a comprar una piedra para rasparse los callos plantales, una crema para suavizarse la piel de la vagina, algo.
         Tomo un vaso de gaseosa adulterada y tibia. Me visto con lentitud. El faquir mira el dinero que hay en la gorra, esperando a ver cuánto le reclamo.
         –Olvidate –le digo–. La plata es tuya.
         Se alivia, se relaja. Sonríe, enciende un cigarrillo.
         –¿Dónde estudiaste? –me ofrece un cigarrillo–. ¿Sos Shaolin? Ya sé, sos acróbata, viviste en un circo de chico. La verdad que sos buenísimo, podríamos hacer algo juntos. Pareciera que te salen todas, sin esfuerzo. No sé cómo hacés, pero sos bárbaro.
         –Hace más de diez años que trabajo en una oficina –digo, me termino de acomodar la camisa adentro del pantalón–. No siento nada, no siento absolutamente nada de nada. De otro modo sería imposible soportarlo.

*Donde dice ‘trabajo en una oficina’, puede decirse ‘estoy casado’. El sentido del fragmento permanece intacto.

6.2.13

Últimas fichas


         –Me tenés que acompañar –me dijo Gabriel.
         Éramos amigos desde siempre, desde toda la vida, desde donde valía la pena recordar. Habíamos ido juntos a la secundaria. Ya estábamos grandes, él, y también yo. La vida no se había ensañado de particular manera con nosotros, pero nos había pasado por encima, como a todo el mundo. Algo de la celeste misericordia nos había permitido, a cada uno por su lado, esquivar devastadoras tragedias, caídas de aviones, terminales enfermedades, esas cuestiones. Pero la sumatoria de ínfimos y cotidianos fracasos, como un aplicado escultor con metódico cincel, iba logrando el similar efecto de dejarte estupefacto, vacío, demasiado cerca de la lona como para poder sentir de unívoca manera, con absoluta claridad, el olor a pata de la derrota. Tristes también, sin alma.
         Divorciado, Gabriel, una hija adolescente se negaba a verle la cara. Detestado por su ex mujer, y por sus dos hermanos que lo acusaban de haber sido, de niño, una carga, y de adulto, un problema para la familia. Poco afecto al trabajo desde siempre, consideraba, el hecho de trabajar, un absurdo teórico, un defecto de carácter. Perder el tiempo para conseguir dinero sólo para veinte o treinta años después descubrir que habías conseguido algo de dinero, pero ya no tenías tiempo. La más perversa y evidente de todas las trampas, y aún así, dotada de una pasmosa eficacia. Como la gambeta de Mané Garrincha, que hacía siempre la misma, amagaba hacia adentro, y luego desbordaba. El defensor sabía con toda claridad lo que Garrincha iba a hacer. Lo sabía, pero no podía evitarlo. Garrincha pasaba.
         Así había vivido, Gabriel, a los trompicones, haciendo guantes con la vida que le había dejado tatuado el jab de izquierda en la cara.
         Y ahora se había venido grande, y necesitaba dinero. Quería hacerle un regalo, el mejor regalo, a su hija Natalia, para el cumpleaños de quince. Quería entrar a la fiesta siendo otro, impecable, perfecto, con un reloj Cartier que había visto una vez en una vidriera, y zapatos italianos. Quería entrar, bailar con su hija el vals, decirle ‘perdón’ al oído, y desaparecer para siempre. Irse a vivir a Buzios, o a Bahía, comprar una casita y vivir junto al mar.
         Pero para ser otro, la mejor manera de ser otro, es con guita. Eso cualquiera lo sabe.
         –Me tenés que acompañar, Juan –dijo Gabriel–. Vamos al casino de Miramar este fin de semana. Tengo un método, un infalible método que me llevó tres años de trabajo. Voy a saltar la banca.
         Olvidé decir que Gabriel fue siempre considerado un matemático loco. Desde chico, tenía una particular habilidad para los números. Le habían hecho un test para medirle el coeficiente una vez, y había dado que su mente era una extraña combinación de Euclides, Newton, Gauss, y Euler. Algo nunca visto. Resolvía teoremas en el pizarrón mientras la profesora, siguiendo el desarrollo con un índice en el libro, se babeaba. Hacíamos apuestas, y él  multiplicaba tres números de nueve cifras en el aire, y acertaba siempre. después los dividía o los volvía a multiplicar, les calculaba el logaritmo, la raíz cuadrada. Dio clases en Exactas durante algún tiempo, después de recibirse de licenciado en matemáticas, hasta que se aburrió. En realidad enloqueció, decía que Einstein se había equivocado y que él tenía la refutación de la teoría de la relatividad, la envió a la Asociación de Matemáticos y Físicos de Zurich. Después Martita se cansó de él y lo dejó. Gabriel se deprimió, iba al parque a darle de comer a las palomas, dijo que había inventado un juego de mesa, mezcla de ajedrez y backgammon, que cambiaría la industria del entretenimiento para siempre. Quiso ir a vender la licencia de su juego a Singapur, y lo detuvieron cuando se bajó del avión con tres cigarrillos de marihuana. Estuvo preso allá, creyeron que era un narcotraficante, lo torturaron. En fin.
         Me explicó Gabriel, su método. Sólo puedo decir que revolucionaba la teoría de las probabilidades, que era absolutamente infalible, y que no entendí casi nada.
         Nos fuimos, el viernes, al departamentito que me dejó mi abuela en Miramar. Siete de diciembre. Gabriel me dijo que solamente necesitaba dos noches, ni siquiera tres, para volver con una fortuna.  Dos noches, me dijo, tres horas cada noche. Dos horas de precalentamiento, la parte más importante, mirando una mesa, estudiando la caída de la ruleta, memorizando los números que iban saliendo, estableciendo patrones, haciendo cálculos en su prodigiosa mente. Y después sí, iba a hacer entre cinco y diez plenos seguidos. En realidad menos de diez, para no forzar las matemáticas leyes que rigen nuestro precario universo, eso dijo. Diez lucas por pleno, lo había chequeado y era la apuesta máxima.
         –Trescientos sesenta lucas, por cinco, hacé la cuenta –me dijo Gabriel–. Al día siguiente lo mismo, y nos volvemos.
         –Quedate tranquilo, vos sos un amigo –dijo también, me vio la cara–. Ya pedí las diez lucas prestadas, a mi vieja. Pobre vieja, ya está grande. tiene el departamentito hipotecado, la están por desalojar. La hice empeñar las joyas de su casamiento. Pero yo lo arreglo.
         Según los números de Gabriel, si no estaba muy inspirado, volvía con seiscientos mil dólares. Pero podía ser más, había que verlo en el momento.
         –Táctica es sobre el terreno –dijo Gabriel–. Pero tengo el método. Jamás estuve tan seguro de algo en mi vida. Voy a ir al cumpleaños de Natalia con el mejor regalo, le voy a dejar algo de guita a mi vieja, y después voy a desaparecer para siempre.
         Gabriel era mi mejor amigo, así que me pedí el viernes en el laburo. Fuimos.
         Entramos al casino a las ocho de la noche. No quiso ir a cenar, Gabriel, dijo que necesitaba estar con el estómago vacío, la mente despierta.
         Entramos, había pocas mesas habilitadas. Miró las patas de las mesas, las caras de los croupiers, se puso en cuatro patas y metió por un instante la nariz en la alfombra. Luego estudió con un dedo ensalivado primero, y la llama de un encendedor después, para identificar posibles corrientes de aire. Eligió una mesa. Se paró a un costado, las manos cruzadas a la espalda.
         –No me hables, por dos horas no me hables –dijo. Así que fui a fumar, a dar una vuelta, me senté en unos silloncitos de pana que alguna vez debieron haber sido elegantes. Se me acercó una desvencijada puta que dijo que no tenía problemas en coger conmigo y con Gabriel a cambio de un plato de comida caliente, y que la dejáramos dormir (y bañarse) en el hotel, con nosotros. Le dije que después veíamos.
         Me acerqué a la mesa. A las dos horas y pico. Gabriel sacó del bolsillo las dos fichas que le habían dado en la caja y pidió que le dieran, en la mesa, fichas de mil pesos.
         Éramos pocos. Un matrimonio de jubilados, la puta, dos tipos con pinta de ser policías de civil, y otro par que parecían ser de la zona, de trabajar en la construcción y haber decidido pegarse una vuelta por el casino de puro aburridos nomás.
         Gabriel miraba la mesa, miraba y murmuraba como si estuviera rezando. Números, eso era lo que murmuraba, progresiones de números, hacía cálculos en el aire, repasaba.
         De pronto, cuando el croupier dijo ‘no va máaas…’, y por sobre la frase, porque parte del método consistía en efectuar la apuesta cuando la bolita estuviera fuera del contacto  de la mano del croupier. Justo entonces, Gabriel agarró las diez fichas rectangulares, y las puso sobre el 27.
         Se hizo silencio. Cinematográfico momento de diez o quince segundos de duración. Hasta un policía de uniforme y un mozo del bar se acercaron a ver la jugada. La mesa casi vacía, y el 27 coronado de fichas turquesas. Gabriel miraba la mesa pero miraba mucho más allá de la mesa, su mirada llegaba al centro de la tierra. Le había agarrado un tic que le hacía parpadear mucho un ojo, como si le temblara.
         –Negro el cuatro –dijo el croupier.

         A la hora, en el club  de pescadores. Gabriel apenas había mordisqueado su milanesa. Yo había terminado mi bife, mojé un pedazo de pan en la salsita de las papas al horno, me serví lo que quedaba del vino.
         –No sé qué pudo haber fallado –dije, por decir algo–. Lo que me explicaste era infalible. Quizás alguien se apoyó sobre la mesa justo en el momento de tirar, y se descalibró algo. Quizás abrieron una ventana.
         No me respondió. Pagué la cuenta. Volvimos al departamento caminando muy despacio, fumando.
         –Tenés que pensar en algo para hacer con las matemáticas –le dije con la intención de animarlo–. Podés volver a dar clases, o escribir teoremas, o laburar en una compañía de seguros. Diseñar algoritmos. Lo tuyo fueron los números desde siempre. Sos un genio, todos los que te conocen lo saben.
         –Y sé cocinar bastante bien –dijo Gabriel–. Si consigo algo de capital podría poner una rotisería. Acá mismo, se debe hacer buena guita durante la temporada.