7.3.08

Cortinas

Sábado, nueve de la mañana, el otoño mancha las cosas de un melancólico gris. Bajo con mi bolsa de ropa para lavar. Voy al lavadero. Al lavadero de los chinos. El chino se llama, así me lo ha dicho, o yo lo he establecido y él no ha considerado relevante desmentirlo, se llama, decía, Li.
Conozco a Li desde hace unos cuatro años. El primer año, le enseñé a decir ‘buen día’. El segundo año, le enseñé a decir ‘¿todo bien?’. El tercer año, le enseñé a decir ‘nos vemos’. El parece disfrutar nuestro diálogo semanal, hecho de una sola oración.
Yo: Buen día, Li.
Li: Mdía.
Al año siguiente.
Yo: ¿Todo bien?
Li: ¿Tuwein?
Al año siguiente. Cuando ya he dejado mi ropa y le he pagado.
Yo: Nos vemos.
Li: Lemos.
Estoy pensando cuál será la frase del año en curso. Aún no lo he decidido. Li me recibe expectante, con interés, cuenta las camisas para planchar, y distribuye mi ropa en un par de canastos de plástico azul, usando un criterio que no consigo descifrar.
Luego debo darle veinte pesos, y él debe darme las camisas, planchadas, de la semana anterior. Hasta que me decida, hasta que agregue una nueva frase al repertorio, diré ‘nos vemos’. Tal vez la frase de este año sea ‘Calor’, o quizás, arriesgándome en las procelosas aguas del lenguaje, la frase sea ‘Mucho calor’.
Entra al local una mujer. La mujer es igual, en sus medidas, de ancho que de alto. Va vestida de manera tosca, con un arrugado vestido floreado. El vestido es verde, las flores amarillas. Lleva zapatos muy antiguos, y las piernas enfundadas en medias de color carne. Su cabello es corto, entrecano, y el ceño fruncido no podría ser alterado ni a punta de cincel.
Estamos en el local, solamente, Li y yo.
–Necesito que las cortinas tengan mucho suavizante, y cuidado con los bordes porque las puntillas…
La mujer parece no haber registrado mi presencia. Ha extraído dos gruesas cortinas de un bolso negro que ha dejado junto a su cartera, por seguridad, como si alguien pudiera querer robarle algo, entre sus piernas. Apoyó las cortinas sobre la mesa, sobre mi ropa. La mujer levanta un dedo, da instrucciones, su expresión es severa.
–Señora –le digo–. Estoy yo.
–La última vez las cortinas quedaron con manchitas, y eso es porque las lavaste junto con otra cosa, un par de medias, no sé –La mujer sigue con su diatriba.
–Señora –digo. Tiene que verme. Es imposible que no me vea. Mido un metro noventa.
–Y las voy a venir a buscar hoy a la tarde, Li. No quiero esperar un día. Ustedes los chinos son muy haraganes, y este país les dio todo.
–Señora, va a tener que esperar que me terminen de atender, va a tener que esperar que yo me vaya –algo me pasa, me conozco. Algo en mí se ha corrido de lugar, algo no está bien. Estoy perdiendo el control.
–Para la tarde, entonces. ¿A las cinco?
–Vas a tener que esperar, vieja de mierda, porque si no te voy a cagar las cortinas –Tomo las cortinas y las arrojo al piso, hechas un bollo. Me bajo los shorts y los calzoncillos en un solo movimiento, y me acuclillo sobre el montón de género. Hago fuerzas, ahora he logrado captar su atención. Se lleva el dorso de una mano a los labios, y retrocede un paso, aterrada. Li, por primera vez desde que lo conozco, se toma la frente y niega con la cabeza.
–Ahora vas a ver –digo. Me pongo rojo, hago un esfuerzo importante pero estoy incómodo. Me duelen las rodillas, y las cortinas me hacen cosquillas en los testículos. No consigo defecar, por más que lo intento.
La mujer logra recuperar las cortinas de un tirón, y huye despavorida, olvidando el bolso. Oigo el taconear de sus zapatones en retirada.
Me pongo de pie. Me subo los shorts. Li me mira con las manos a la espalda.
–Va a hacer calor, Li, mucho calor. –Le doy veinte pesos, me da mis camisas.
–Calol –dice Li.

1 Comments:

At 12:53 p. m., Anonymous Mar said...

Mi muy estimado Sr. Centena

Muy azorada he comprobado que en el día de hoy, sábado, no ha realizado ningun posteo tal y como lo viene haciendo en los últimos 842374827489234 sábados.
Generalmente entre las 7.30 y las 8.57 minutos es de esperar encontrar nuevo material para saciar la necesidad imperiosa de leerlo.(por favor, que mis palabras no le suenen a adicción severa, ni a presión histérica, ni a nada que se le parezca)
Leerlo es como...lavarse los dientes a la mañana o prepararse el nesquick. Son esas tiernas rutinas en las que uno se ampara.
Pero cabe preguntarse frente a la inestabilidad de la vida cotidiana...¿Qué carajos pasó que no hay nada?

Suya
Mar

PD: El post del chino era lo suficientemente bueno como para reirme ayer y hoy.
A falta de novedades, uno se consuela con risas ya reidas

 

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