16.12.06

Flaca

En el supermercado, una mujer se despoja de su abrigo; queda en ropa interior, me atrevería a decir con excesivo uso, y de calidad dudosa.
Acto seguido toma una botella de leche, la abre y se la arroja sobre el cuerpo. El método que utiliza consiste en sostener la botella por sobre su cabeza, y dejar que el contenido se derrame de manera anárquica sobre su cabello, su rostro, su dermis.
Repite la operación, con una segunda botella. El grupo de personas que la rodea ya es numeroso. Alguien ha llamado al personal de seguridad.
La mujer toma una tercera botella de leche. Abre la tapa, rompe el aluminio con el pulgar, y repite otra vez la operación. Parte de su rostro, y sus muslos, se encuentran cubiertos del níveo líquido. Se ha formado un pequeño charco a sus pies.
Observo que lleva las uñas de los pies pintadas de negro. Y no todas las uñas; una sí, una no.
Entonces la mujer extrae un encendedor que llevaba enganchado y oculto bajo el elástico de su bombacha. Lo manipula. Intenta encenderse un brazo extendido, luego una pierna. Luego el abdomen. La llama es amarilla y azul, pero la combustión no prospera.
La mujer insiste, se inclina, intenta encenderse una rodilla. La contrariedad asoma en su rostro.
–¡Era con kerosene, con alcohol! –acota alguien de la multitud, alguien que ha alcanzado a comprender las secretas intenciones de la maniobra.
La mujer deja caer el encendedor al piso y mira a la multitud amorfa que la rodea.
–Sí –dice–, pero el alcohol fija las grasas. Yo usé leche parcialmente descremada, ultra pasteurizada, fortificada con hierro, enriquecida con vitaminas A y D...