9.12.06

Otro cuento de hadas

Sapo: ¡Princesa! ¡Eh, princesa!
Princesa: ¿Sí? ¿Qué sucede?
Sapo: Aquí abajo, princesa. Al borde de la laguna.
Princesa: Ah, sí. Ya veo.
Sapo: Princesa, ¿no me darías un beso?
La princesa retrocede un paso. Con una mano cubre el camafeo que reposa entre sus cremosos pechos. Su cabello apenas se agita por una brisa que es un dulce soplido. Sus labios refulgen de un rojo que el sapo ha visto o ha soñado en algunas cerezas.
Princesa: Disculpe usted, señor sapo. Pero no acude a mi mente ningún motivo por el cual debiera o debiese acometer tal acción.
Sapo: Entiendo. Claro que te entiendo, dulce criatura. Permíteme que explique. Es que me paso la vida aquí, como puedes ver, en medio del barro. Esperando alguna lluvia, tal vez, algún insecto del cual alimentarme. Soy una criatura abyecta, una repulsiva creación del reino de Dios, una mala broma. Mi piel es fría y verrugosa. Mis ojos exoftálmicos mueven al rechazo inmediato. Mi voz semeja el eructo más soez, por más que recite la más bella de las poesías. Para resumir, princesa, es duro ser yo, día tras día. Un beso tuyo me transportaría al país de los sueños. Un beso tuyo me daría una razón para despertarme por las mañanas con una sonrisa. Un beso tuyo me haría feliz.
Princesa: Ajá. Has sido muy claro, repelente adefesio. Más no puedo aceptar tus motivos. No fui puesta sobre la faz de la tierra para satisfacer apetitos ajenos. ¡Imagina lo que sería mi vida si así lo hiciera! Lo siento, pero la respuesta es no.
Sapo: ¿No?
Princesa: No. Y te recomiendo laves al menos una vez por semana tus oídos purulentos. No puede ser que tenga que andar repitiéndote todo.
Sapo: Pero debieras darme un beso, princesa. No te he contado toda la verdad, todos los motivos.
Princesa: Te escucho, sapo. Pero sé concreto. Mi tiempo es una valiosa mercancía.
La princesa mira su reloj, hecho de esmeraldas y rubíes. Su mano es delgada y sus dedos son largos. El sapo, arrobado, siente que la mano tal vez esté al alcance de un salto y un lengüetazo. El sapo piensa en el tacto de su lengua sobre la tibia epidermis.
Sapo: Es que verás, princesa, soy víctima de un hechizo. No deseo aburrirte con los detalles. El punto es que si logras vencer la repugnancia primera y me das un beso, me transformaré en el más bello príncipe que jamás has conocido. Un príncipe encantado que dedicará su vida a complacerte, a que seas feliz. Un beso tuyo quebrará el hechizo, y seremos felices para siempre. Tan sólo un beso.
Princesa: Conozco la historia, me la han contado. Lo del hechizo, el príncipe encantado, y blablablá.
Sapo: ¡Eso mismo! Se trata de quebrar el hechizo, con un beso. Como verás, la propuesta es más que conveniente.
Princesa: Lo siento, horripilante alimaña, pero la respuesta sigue siendo no. Verás, ya no soy una niña, cómo decirlo, he perdido esa ingenuidad adolescente. Me he vuelto más pragmática, por decirlo de alguna forma. Esto de darte un beso primero, y ver si te conviertes en príncipe después, mmm, no me convence. Me suena a plan de ahorro previo. Prefiero, en todo caso, que hagamos al revés. Conviértete en un príncipe, primero, y te daré los besos que quieras, después.
Sapo: Pero… Es que no funciona de esa forma. Hay que romper la maldición, el hechizo.
Princesa: No. No hay beso, y no quiero volver a repetirlo. No puedo darte crédito.
La princesa decide reanudar su marcha. Sus pies parecen deslizarse, su lánguido desplazamiento semeja el tenue vuelo de una mariposa. Se escucha el frufrú de tules y gasas.
Sapo: ¡Alto!
Princesa: ¿Qué sucede?
Sapo: Entiendo tus razones. Tan solo deseaba agradecer tus palabras y tu paciencia. Además, por las tardes, suele pasar justo por aquí otra princesa. Es grácil, y joven, y más delgada que tú. Tal vez ella tenga la voluntad de atender mis razones. Se la suele ver sin prisa, canturreando, y me ha mirado en alguna oportunidad, sin recelo ni repulsa.
La princesa se detiene. Vuelve sobre sus pasos. Lanza una mirada fugaz en todas direcciones. Luego, con ampulosidad de gestos, se inclina, sin llegar a flexionar sus rodillas. Es una inclinación pronunciada que permite adivinar exquisitas redondeces escondidas. El beso es desapasionado pero generoso; extenso hasta lo inusual, incluso para los habituales espectadores de telenovelas.
Finalmente, y con estudiada lentitud, la princesa vuelve a erguirse; sus níveas palmas tantean que todo haya vuelto a su lugar bajo los tules.
Princesa: Conozco a la princesa que tú dices. Es algo más delgada que yo, puede ser. Pero convengamos que es una tabla, no tiene nada de teta.
La princesa reanuda su marcha, recuperadas sus etéreas cualidades. Se alcanza a oír el piar de un ruiseñor.
Sapo: ¡Princesa! ¡Eh, princesa! Aguarda un instante. Debe estar por desaparecer el hechizo. De un momento a otro me transformaré en príncipe.
La princesa sigue su camino. La princesa no se detiene; no mira hacia atrás. La princesa se aleja.