11.10.06

Un Magritte, en el Reina Sofía

España. Madrid. Museo Reina Sofía. Un hombre, en adelante el ‘Hombre 1’, contempla un cuadro. El cuadro es un Magritte. El cuadro es de Magritte, pero no, no es el cuadro del hombre con bombín, y una manzana que le cubre parte del rostro. Es un Magritte, pero otro.
El Hombre 1 contempla el cuadro en silencio; lleva en tal actitud sus buenos diez minutos. Dada la hora del día (es de mañana, temprano; también es diciembre y en la calle hace un frío que pela) la sala está casi vacía.
Se acerca un hombre, en adelante el ‘Hombre 2’. Por la sonrisa en sus labios, y la familiaridad con que se acerca, es evidente que se conocen, que son amigos. Tal vez han venido juntos, no digo a Madrid, pero sí al Museo Reina Sofía.
Se produce entonces, entre el ‘Hombre 2’ y el ‘Hombre 1’, el siguiente diálogo.
H2: ¿Y? Estás mirando el mismo cuadro hace media hora.
H1: Está torcido. Si te fijás bien, está torcido.
H2: ¿Eso? Pensé que te fascinaba esa pintura. No, no está torcido.
H1: Te digo que está torcido.
H2: No creo, che. Quizás sea otra cosa. Quizás tengas un huevo más pesado que el otro.