5.10.12

La vida


         El doctor miró mis análisis, y negó con la cabeza. Casi pude intuir un atisbo de contenida sonrisa. Me dijo, se sacó los lentes y me dijo que tenía que empezar a cuidarme. Apretándose los globos oculares con las yemas del índice y el pulgar de la misma mano, me dijo que yo tenía que adelgazar, caminar, dejar algunas cosas, cosas que me gustaban. Medicarme.
         –El cuerpo es una maquinaria que se va atrofiando con el paso del tiempo –dijo–. La vida.
         –¿Le puedo comentar algo, doctor?
         Suspiró, asintió. Esperando lo habitual, la negación, el desesperado intento de creer que alcanza con comer un diente de ajo a la mañana o tomar una cucharada de aceite de oliva, o quizás miel. Medidas distractivas.
         Debía tener casi sesenta años, el doctor. Canoso, peinado para el costado, delgado, con el rostro y los antebrazos bronceados de jugar al golf los domingos. Chorreaba dinero de sus lentes Armani sin marco, su discreto Rolex, sus zapatos Salvatore Ferragamo. Se lo veía satisfecho, omnisapiente, poseedor del don de curar, de administrar (y conocer) la diferencia entre lo bueno y lo malo, la vida y la muerte. Respetado profesional, merecía, sin dudas, haber llegado adonde había llegado. Una hija casada con un prestigioso oftalmólogo, un hijo que tocaba la guitarra pero ya se le pasaría. Vacaciones en su departamento en Punta del Este, frente a la mansa, parada 23, semanita de esquí en invierno, sexo ocasional con alguna enfermera de la clínica, una copa de vino italiano en las cenas de los viernes.
          –Sí –dijo, volvió a ponerse los lentes con un estudiado, casi teatral movimiento–. Lo escucho.
         –Me estoy cogiendo a su mujer –dije.
         –¿Qué? –se sorprendió, se inclinó hacia delante, como si alguien, desde atrás, le hubiera dado un empujoncito.
         –Que me estoy cogiendo a su mujer.
         –No –dijo–. Es un error, además de una falta de respeto inadmisible.
         –Le explico, doctor. Tres veces por semana su mujer va al Megatlón de Migueletes, a hacer su clase de gimnasia, de Pilates, de Taebo. La paso a buscar por ahí, los miércoles por lo general. Nos vamos a coger a un hotel de la Panamericana. Andrea, porque su mujer se llama Andrea, ¿no? –asintió, abrió la boca como un pez– me dice que debe estar en su casa al mediodía. Porque almuerza con su hijo, Cristian. Bastante vago, y ya está grandecito para seguir boludeando, pero buen chico.
         –Pero –dijo el doctor, que parecía haber recibido un impacto en el pecho, y se curvaba hacia adentro–. Pero.
         –Sigo. Usted lo único que quiere es irse a jugar al golf con sus amigos todos los domingos. Pero aunque Andrea insiste, yo los domingos no la veo, no me la cojo. Los domingos yo veo a mi novia, y a mi madre también, al mediodía. Mi mamá por lo general los domingos hace lasaña, o arroz con pollo. Le dije a Andrea que no puedo, que no insista.
         –No puede ser –dijo el doctor.
         –Sí puede ser, doc. Andrea viene con su Honda Civic, más de una vez me ha tirado de la goma en ese automóvil. Le gusta mucho que la pajeen, que le metan los dedos, se moja enseguida, me deja la mano hecha un pegote. Dice que usted la coge poco, igual todavía lo quiere. Debe ser por la diferencia de edad, la convivencia, eso desgasta mucho. Está buena su mujer, doc. Todavía joven, bastante firme el culito, y tiene una cosa más, un gesto, como si por un instante saboreara el esperma, antes de tragarlo. Eso está bien, se ve que conserva algo de iniciativa.
         El doctor se dejó caer sobre el escritorio, la cabeza entre los brazos, como si quisiera dormir un poco. Escuché que lloriqueaba.
         –No la culpe, doctor –por un momento pensé en darle una palmada en la cabeza, pero me salió apretarle un hombro, dos segundos–. La vida.
         Salí del consultorio. La secretaria me preguntó si necesitaba pedir un turno, pero dije que no. Dije, señalando los análisis que tenía en la mano, que tenía que esperar dos meses y repetir los estudios. Llamaba por teléfono más adelante.
         Bajé en el ascensor. De más está decir que todo lo que le dije al doctor era mentira. Pero me tuvieron más de una hora en la sala de espera, y justo pasó la mujer del doctor, a retirar unas bolsas con unas cremas. La escuché hablar con la secretaria sobre el turno con el chapista para reparar el Honda, y después por teléfono celular. Hablaba del gimnasio, de tomar café en el Starbucks al lado del gimnasio el miércoles a la mañana, después de la clase, con una amiga. Vi la foto de su hijo sobre un estante de la biblioteca del doctor, la escuché quejarse porque le cambiaban el horario de una clase de gimnasia, y habló con otra amiga sobre el plan del domingo, quizás ir al cine después de caminar, sin los maridos.
         No me fue difícil unir los puntos, inventar el resto. Si me vas a decir que estoy hecho mierda, no te la podés llevar de arriba.

10 Comments:

At 8:16 a. m., Blogger A.Torrante said...

Tal vez ud. sea de los que alguna vez se compró una remera con la siguiente frase: "Even though I walk through the valley of shadow and death, I shall fear no evil for Im the meanest motherfucker in the whole fucking valley".

 
At 9:34 a. m., Blogger Juan Sebastián Olivieri said...

¡Qué lindo!, ¡Qué lindo cuando se tiene la voluntad de buscar el equilibrio y la capacidad de lograrlo!
Qué placer colgarle a los lentes Armani y al discreto Rólex el contrapeso que corresponde.

"Si me vas a decir que estoy hecho mierda, no te la podés llevar de arriba"...Genial

 
At 10:23 p. m., Anonymous Angel said...

Excelente remate y más que sabrosa venganza, hay que admitir que el doc tiene un saque fuerte, pero su revez lo dejó anodadado.

 
At 9:02 a. m., Blogger J. Hundred said...

*a. torrante! la única remera con una inscripción interesante que vi alguna vez, decía, todo en minúscula, con la clásica letra de las viejas máquinas de escribir, remera blanca, letras negras. ah, sí, decía ‘only visiting this planet’.

*juan sebastián olivieri! cada tanto uno ve que alguien parece lograr, de milagrosa manera, como un avezado malabarista, mantener todos los platitos en el aire, casi sin esfuerzo. los platitos, metáfora mediante, bien podrían ser los grandes rubros del horóscopo. el malabarista, entonces, parece regodearse en exhibir al público en general, lo fantástica que resulta su vida, sin excesivas dificultades, quizás sin esfuerzo. ese sujeto debe recibir, sin mayores dilaciones, un existencial correctivo. porque sí, no puedo darle mayores precisiones al respecto.

*angel! digamos que fue en defensa propia.

 
At 10:30 p. m., Blogger Dany said...

Juan....me parece bárbaro que luego de esa descripción del médico y el diagnóstico que le dió, le pegue debajo del cinturón. Pero después pienso que yo puedo ser el paciente con el turno que sigue....

Abrazo!

 
At 9:26 a. m., Blogger J. Hundred said...

*dany! lo mejor es que vaya pensando, mientras espera, cómo decirle al doctor que tiene filmado al hijo tocándole las bolas a un chimpancé en el zoológico. 1abrazo.

 
At 9:04 p. m., Blogger Zeithgeist said...

me quede pensando como 2 minutos que poner, pero me salio una carcajada nomas.
jajajajajajajaja
Ta bien asi?

 
At 8:09 a. m., Blogger J. Hundred said...

*zeithgeist! sí, está muy bien.

 
At 2:37 p. m., Anonymous el Satán said...

Ah no no no, Juan Hundred sos un fenómeno, jajajajajaja, realmente brillante.

Gracias, nada más.

 
At 7:27 a. m., Blogger J. Hundred said...

*el satán! be my guest.

 

Publicar un comentario

<< Home