29.7.06

Tus tetas

Le hablé.
Le hablé y le hablé y le hablé. Y mientras hablaba me di cuenta que ella estaba fascinada con mis palabras, como sólo puede estarlo alguien que desea con todas sus fuerzas ser discípulo/a, sin importar de qué. Se lo dije, incluso, arriesgué la invención de un verbo. Le dije que lo que ella quería, y tal vez lo que necesitaba, era ‘discipulear’. Para luego, en un año como mucho, descubrir que el maestro, el objeto de adoración, tampoco sabe nada, o casi nada. También está perplejo. Y si no está perplejo, entonces peor, mucho peor. Porque el que no está perplejo de vez en cuando es un imbécil rematado.
Ella asentía. Sonreía. Mitad aburrida, mitad fascinada.
Entonces le dije que era todo mentira. Que todo lo que yo había dicho la última hora era falso. Le dije que yo era un mentiroso, un farsante, un impostor.
Le dije que lo único que me apetecía en el momento era agarrarle esas exquisitas tetas y tenerlas en mis manos un rato largo, quince minutos, tal vez, media hora. Tocar esas tetas, apretar esas tetas con la intensidad con que un chico apretaría su chocolate preferido, plagado de maravillosos futuros, de infinitas posibilidades.
Agarrar esas tetas antes que dejaran de ser tetas, antes que un maldito simio con visera y chaleco hiciera chasquear su reloj y ¡plop!, las tetas mutaran en glándulas mamarias.
Y ella se puso a llorar, por sus tetas. Lloró como se llora por la pérdida de un familiar, de alguien muy querido. Lloró como se llora cuando la mala suerte te da un cachetazo que te hace picar la cara.
Entonces se hizo un silencio y no supe si yo debía pedirle perdón; si ella debía darme las gracias.