20.3.22

Supernatural


Cada tanto, como relleno en los noticieros de televisión o sino en los programas de la tarde, se presenta alguien, una persona, un sujeto que dice haber visto una nave espacial. Iba por la ruta la persona, era de noche y estaba yendo a Necochea o a San Clemente cuando se le apareció la nave. Vio extrañas luces, o de pronto quiso esquivar algo pero dejó de responderle el volante de su vehículo. El hombre, la persona, quería doblar o frenar pero no podía.
Y la persona cuenta que se bajaron de la nave unos hombrecitos de no más de un metro de altura, con cabezas con forma de huevos acostados y manos que terminaban en tres dedos. Y los hombrecitos, sin hablar, comunicándose de algún otro modo, le decían a la persona que habían venido a conquistar la tierra, que les gustaban mucho los perros Schnauzer miniatura y el dulce de batata solo, sin chocolate.
O alguien por televisión también, va y cuenta que iba caminando por la playa fuera de temporada y surgió del agua un monstruo, una especie de elefante pero en dos patas y todo recubierto de escamas, como si tuviera puesto un traje metalizado. Y la criatura de pronto apuntaba con uno de sus plateados dedos hacia un edificio y lo hacía desaparecer, para luego volver a sumergirse entre las olas sin dejar rastros.
Y así. Alguien que va y cuenta una experiencia de sobrenatural carácter, variaciones por el estilo.
Pero nunca vi a nadie contar que hubieran visto a alguien riéndose en el subte. Esa no se le ocurrió jamás a nadie.

10.3.22

No me ves


Hay noches que sueño que soy un avezado ajedrecista. Juego un interminable match con Kasparov y lo derroto en la última partida, con una exquisita combinación que comienza en la movida 23 y lo deja sin ninguna posibilidad en la movida 29. En el auditorio se hace un enigmático silencio hasta que Kasparov niega con la cabeza y por un momento parece que sonríe, me extiende la mano aceptando su derrota. La gente aplaude, la gente se pone de pie. Me voy a dar una ducha y luego a cenar. Pido un whisky single malt, hace frío, un fantástico frío en Budapest.
Hay noches que sueño que soy un piloto de fórmula 1. Corro en Montecarlo, hago imposibles maniobras. Paso por un lugar por el cual es imposible pasar, venzo las leyes de la física, parece como si me deslizara en la velocidad. Y triunfo. Subo al podio, bebo de la gigantesca botella de Dom Pérignon. La gente de la televisión que me entrevista me dicen que jamás han visto nada igual, esa manera de conducir. Voy a boxes a saludar a los mecánicos y me aguardan nueve jovencitas en bombacha y corpiño. Son de distintas nacionalidades, desde alemanotas de turgentes tetas hasta delicadas filipinas de compactos culitos. Elegí, elegí, me dice el jefe de la escudería y me palmea la espalda. Elegí y dejanos algo para los demás.
Después me despierto. Tomo un mate cocido, me lavo los dientes. Viajo en subterráneos, compro una revista, fumo un cigarrillo, entro a trabajar. No pasa gran cosa, mi día transcurre más o menos como de costumbre. Nadie parece darse cuenta, nadie advierte que en mis sueños soy genial.

28.2.22

Dos hermanas


Eran dos hermanas. Vanesa nació primero. Marisa un año después. Familia normal, mamá y papá, automóvil, perro, vacaciones en la playa. Clase media, en el sentido amplio del término. Hasta acá estamos, hasta acá todo bien.
Pero.
Con Vanesa estaba todo mal. O no, no está bien dicho, para nada. Con Marisa estaba todo demasiado bien.
Al principio nadie se dio cuenta, eran ínfimas diferencias, las nenas eran muy chicas. A lo sumo Vanesa tenía un dientito torcido y otro superpuesto, mientras que Marisa tenía una dentadura perfecta, o Vanesa tenía caspa y seborrea, y Marisa tenía el pelo lacio y brillante, sedoso y fuerte a la vez.
Pero eran detalles apenas, recién empezaban las nenas en el camino de la vida. La cosa siguió.
En el colegio Vanesa tenía problemas para adaptarse. Le costaban mucho las matemáticas, los números. Marisa fue mejor promedio desde tercer grado. Las chicas la eligieron como mejor compañera, también.
A Vanesa le descubrieron un soplo en el corazón. Marisa jugaba al hockey, hacía gimnasia artística. Vanesa comenzó a engordar, las rodillas hacia adentro, los modales torpes, el busto excesivo que la hacía caminar encorvada. Marisa tenía una hermosa figura, estilizada, largas piernas, culito firme. Llegaban los pretendientes, los noviecitos, en la playa nadie le podía quitar los ojos de encima.
Marisa se casó pronto, jovencita, con un empresario. Se fue a vivir a San Isidro, casa con pileta, autos importados, quedó embarazada enseguida. Tuvo dos hijos divinos, con menos de dos años de diferencia, Adolfo y Julieta. Vanesa se casó de grande, a los 37, con un corredor de artículos de limpieza que no paraba de sudar aunque estuviera desnudo en medio de la nieve. Beto tenía un problema en los riñones, lo iban a tener que trasplantar. Logró tener un hijo, Vanesa, Javiercito. Nació con el labio leporino, le habían dicho que se podía más adelante intentar algo, operar.
Y así siguieron. Marisa era una prestigiosa abogada de famosos. Salía por televisión a veces, respondiendo sobre algunos casos de importancia. Con su fantástica melena algo más corta y sus carteras importadas. Se iba a Punta del Este con su familia a pasar el verano. Vanesa daba clases en una escuela primaria, siempre con problemas de dinero, asma, siempre tratando de adelgazar.
Un día Vanesa se enfermó. Algo del corazón se agravó. Quedó internada, la operaron y a la semana se murió. Tenía 51 años. En el entierro de su hermana Marisa usó un trajecito negro algo ajustado que dejaba intuir sus todavía apetitosas curvas, lentes negros muy parecidos a los que solía usar Graciela Borges y una capelina para que no se la viera llorar.
Y listo, esa es la historia. Puede que vos esperaras que en algún momento cambiaran las cosas, alguna suerte de cósmico equilibrio, pero no. Quizás te parece injusto, también eso es muy normal.

20.2.22

Modo catástrofe


Cuando chocan los trenes, cuando se caen los aviones, cuando se produce un terremoto y la tierra abre la boca y se mastica una ciudad, un pueblo entero, como si fuera un alfajor de maizena.
Cuando pasa algo así y te lo muestran en los noticieros, en las redes la gente tiene algo para decir, la gente opina al respecto.
Vos te angustiás. Te das cuenta de los frágiles piolines que sostienen una vida. Dudás de todo, de la existencia de Dios, de las precarias nociones del bien y el mal, de las leyes que rigen la rotación y traslación del planeta tierra.
Ahora. Si yo te digo que me parece que me estoy quedando pelado, que tengo una furibunda busarda o que hace bastante tiempo que no la pongo. Bueno, eso no te genera la menor contrariedad ni excesiva preocupación.
Somos esclavos de la desmesura, ávidos de grandilocuencia. Si pensás salvar al mundo va a tener que ser de a uno, la gente no presta atención a los detalles.

10.2.22

El cuadrado, el círculo


Un abuelo lleva a su nietito al colegio, y en un accidente de tránsito lo atropellan, al chico, y lo matan.
El abuelo no puede soportar las recriminaciones de su hija. La hija, ciega de furia ante la divina injusticia, el universal absurdo, se interna en un hospital psiquiátrico, busca ayuda.
Su madre, la madre de la chica, va de visita y ve los despojos en los que se ha convertido su hija, vuelve a la casa y una noche deja el gas de la cocina encendido. Para que muera su marido, involuntario causante de la tragedia, junto con ella, que no puede soportar lo que tiene que soportar en esta última etapa de su vida.
La hija, al enterarse de la muerte de sus padres, y recordando la muerte de su hijo, salta por la ventana. Se suicida.
El marido de la mujer, habiendo perdido a su hijo y a su mujer, escapa a San Bernardo, a un departamentito que tiene de toda la vida. Un día que siente que no da más, que no puede dormir de la taquicardia, concurre a la salita y conoce a una enfermera. La mujer lo revisa y le ofrece un té, él llora, arreglan para verse al día siguiente para almorzar, porque ella está de guardia y debe seguir con su trabajo. La mujer es divorciada, él no logra encontrarle un sentido a la vida, caminan por la playa. Empiezan a salir.
La mujer sabe que se está viniendo grande. Le cuenta, al hombre, que quiere ser madre, que quiere tener un hijo. El hombre recuerda a su hijo muerto y le dice que no, que de ninguna manera, el fantasma de su dolor le impide siquiera pensar en esa posibilidad.
La mujer, una noche que el hombre concurre a su departamento a cenar, lo apuñala en la cocina con un cuchillo manchado de salsa portuguesa. El hombre muere.
La mujer alega defensa propia, y que el hombre había venido a su domicilio con otros fines, a pedirle dinero. El hombre ya la había golpeado un par de veces, testifican algunas personas que también trabajan en el hospital. La conocen a la mujer de años. El hombre había llegado de la nada, sin motivos, solo, quizás un turista.
La conocí en el juzgado de Mar del Plata, yo había ido a declarar como testigo en el robo de un automóvil, el mío, mientras pasaba unos días en Miramar. Me pidió prestada una birome, le traje un café de la máquina. Me contó que le hacía acordar a un actor de cine, uno que siempre hacía papeles secundarios, ayudante de detective. Cambiamos teléfonos y quedamos en hablarnos, me pareció una buena mina.

30.1.22

Siete minutos


Hacía tiempo que Leticia no quería más a su marido. Más de diez años de matrimonio, doce para ser precisos. Tenía dos chicos y una más que buena posición económica. Eduardo era escribano, un escribano reconocido.
Leticia sabía que lo que debía soportar para continuar con su estilo de vida no era tan grave. Siete minutos durante la cópula, lo había leído en un libro. Una vez por semana Eduardo, por lo general los domingos a la mañana o los sábados a la hora de la siesta, se le echaba encima.
Leticia cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. Jadeaba un poco, daba tres o cuatro soplidos, o decía ‘Aaa’, y otra vez ‘aaa’, o ‘sí, sí, así’, y listo. Eduardo aceleraba un poco y emitía un ronco gruñido para luego echarse de lado y quedarse dormido.
Los chicos crecían bien, Leticia vivía en un regio barrio privado, iba al gimnasio. Había cumplido 41 pero todavía tenía todo más o menos en su lugar. Veraneaba en Punta del Este y la miraban cuando se tiraba a tomar sol. Estudiaba pintura con un pintor reconocido que le enseñaba a pintar naranjas y jarrones y a veces la cogía. No era su único amante, también había un chico de menos de treinta, cadete del estudio de arquitectura, con abdominales bien marcados y el cabello largo.
Leticia cenaba los miércoles con sus amigas, cambiaba de amante y cambiaba la camioneta cada dos años, la vida no se había ensañado con ella. Se aburría un poco y a veces, viendo películas de Meg Ryan o de Sandra Bullock le entraba una congoja, unas ganas de llorar. Se fumaba un par de cigarrillos mentolados, iba a la peluquería.
Un sábado a la tarde Leticia se preparaba para el clásico ataque de Eduardo con el televisor encendido, pero Eduardo se paró, fue a la cocina y volvió con un vaso de jugo de pomelo rosado.
–Deberíamos separarnos –dijo Eduardo, y se sentó en la cama. Le explicó que no tenía demasiado sentido seguir juntos si ya no se querían. Sabía Eduardo y se lo dijo, de los amantes de Leticia. También le dijo que el dinero no sería un problema. Él estaba dispuesto a dejarle la casa y alguno de los autos. Se iría a vivir a un departamento que tenía sobre la calle Talcahuano. Vendría a buscar a los chicos todos los fines de semana. Ella tenía derecho a ser feliz, dijo, a rehacer su vida. Lo mejor era conservar una buena relación, separarse en los mejores términos. Ella era una buena mujer a pesar de todo, él lo sabía.
Ella se puso a llorar, dijo que no, que jamás había pensado en separarse.
–No entiendo –dijo ella–. Si estamos bien.

20.1.22

Bienvenido bienvenido amor


Durante mucho tiempo Alicia creyó que el amor era una caminata de la mano a la salida del colegio. Un chico de sonrosados cachetes con una flor en la mano, una lata de gaseosa compartida. Cartas escritas en hojas mal arrancadas de un cuaderno, respuestas de un rosa fuerte llenas de corazoncitos dibujados con una temblorosa mano. Y promesas que superaban las leyes de la física.
Después hubo un tiempo en que Alicia creyó que el amor era una peluda entidad embistiendo contra ella, ella siendo atravesada por el urgente tren del deseo, ella abrazando hasta que se apagaran los jadeos del animal satisfecho contra su pecho, ella arqueando la espalda y empujando también hacia atrás, contra peludos muslos y alguien que le tiraba del pelo.
Después vino una etapa en que Alicia creyó que el amor era cotidianeidad, compañía. Levantarse a la mañana y rascar un brazo que no era suyo, escuchar a alguien lavándose los dientes del otro lado de la puerta del baño, ver una película en el living mientras alguien fumaba o terminaba su whisky. El ruido del hielo golpeando contra las paredes del vaso, particular, característico, inconfundible.
Y después Alicia se dio cuenta que el amor podía ser cualquier cosa. La lluvia contra una ventana o el humito saliendo del café con leche o un perro que salta a tu encuentro y parece inagotable de agudos ladridos o la fragancia de la ropa recién lavada o un pedazo de chocolate con avellanas. Porque el amor jamás había existido, el amor era un estado de la mente.

10.1.22

Última vértebra


Hago un movimiento, irrelevante por cierto, ínfimo, hacia delante y hacia el costado, inclino mi cuerpo. Para guardar ropa sucia en una bolsa, en una bolsa donde suelo guardar la ropa sucia antes de llevarla a lavar.
Escucho un ‘cric’ apenas, casi inaudible, en la base de mi espalda, un sonido similar al de partir un cigarrillo entre los dedos.
Y se desata el caos. Caigo al piso. La columna deja de sostenerme. Dolor en estado natural, dolor puro. Algo, la última vértebra, ha tocado un nervio. El dolor me ha tirado al piso.
Es ridículo, lo sé, pero he caído como si me hubieran pegado un piedrazo. Siento un pavoroso adormecimiento detrás de las piernas y sé, porque lo sé, porque lo siento, que no podría ponerme de pie aunque me fuera la vida en ello.
Al dolor le sigue el miedo, el miedo de morir ahí sobre el parquet, de inanición quizás por no poder llegar hasta el teléfono para pedir una pizza o socorro. Intento arrastrarme pero no, tampoco puedo. Quedo de espaldas, los brazos en cruz, junto a la bolsa de basura tamaño consorcio que uso para juntar la ropa sucia de la semana.
Nada, cierro los ojos, sé que moriré ahí, mientras el dolor agujerea la espalda como un aplicado pájaro de filoso pico.
Pero sucede algo extraño además, al mismo tiempo. Mientras me duele, mientras me duele y me aturde y es el dolor más profundo que yo pueda recordar, descubro. Descubro que mientras me duele, mientras el dolor baila su lacerante danza sobre mi atribulado cuerpo, ya no importa. No importa si me dejaste, no importa ese feo rayón que le hice al auto de la manera más absurda en el estacionamiento de la calle Beruti, no importa si jamás pude escribir un cuento decente. No importa si no volveré a tomar un vaso de vino rojo con un pincho de tortilla en Madrid algún otro diciembre.
El dolor es una experiencia totalizadora como quizás ninguna otra y no importa, mientras el dolor duele, nada más. Nada de nada.
Entonces, desde el piso me brota una carcajada venida de quién sabe dónde. Me duele y me río.

30.12.21

El mago Wilkins se gana la vida


Me lo pidió Moni y bueno. Estamos saliendo, nos conocimos ya grandes, cuando ves que la curva de la vida te va a llevar a la mismísima remierda y lo único que te queda es agarrarte fuerte del volante porque no hay adónde doblar.
Nos vemos, salimos a cenar una vez por semana, elijo algún restaurante y vamos a comer algo rico, tomamos vino caro y nos venimos a dormir a casa. Después la veo un fin de semana sí y uno no porque ella, Moni, tiene una nena. Eso quería decir.
La nena se llama Delfina pero todos le dicen Delfi, tiene 7 u 8 años y es un sol. Tampoco es que me interesen demasiado los chicos, quiero decir. Me parece que los chicos y los animales tienen inmunidad e impunidad, son puros, los adultos son una mierda repugnante, ese es mi sentir. No me molesta estar en absoluto en algún lugar donde haya un par de niños o perros, o gatos. Tampoco es que interactúe demasiado, pero siento que transmiten otra energía. Yo voy hace más de diez años al microcentro a trabajar a una oficina, así que te podés imaginar.
El asunto es que con Moni estamos bien, cogemos, dormimos juntos una o dos veces por semana, fumamos un cigarrillo en silencio mirando cualquier cosa por televisión. No sé, no creo que haya mucho más para pedirle a la vida.
Y Moni me dijo que tenía todo arreglado. Era sábado y la nena, Delfina, tenía un cumpleaños de una amiguita. Y me pidió que la acompañe porque no quería ir sola y para ella era importante. Me dijo que después Delfina se quedaba a dormir en lo de una amiga, otra amiga no la del cumpleaños, y nosotros estábamos sueltos para hacer lo que quisiéramos. Era un trato de lo más justo.
Y fui, total no pasaba nada. Era entrar y saludar, chicos por todas partes, las mamás de los chicos, y varios padres también. Para Moni era importante no ir sola, así me lo dijo, y nosotros estábamos saliendo hacía más de seis meses y jamás me había pedido que la acompañara a ningún lado. Una vez nomás salimos con su hermana y el marido a cenar, buena gente, sencillos.
El departamento estaba en Almagro, entramos, hacía calor y eso me ponía un poco en estado de alerta porque la incomodidad hace que empiece a transpirar como un chancho pecarí. Era diciembre y debía hacer treinta grados y no había un puto aire acondicionado prendido, en fin. Chicos corriendo, platos con papas fritas y maníes, una chocotorta para la nena que cumplía años. Se llamaba Astrid, me pareció raro el nombre.
Saludé aquí y allá, un par de madres amigas de Moni, algún marido. Me trataron bien, alguien me acercó una cerveza, la dueña de casa me agradeció por ir, saludamos a Astrid que no tenía la más remota idea de quiénes éramos.
Acá viene la cuestión, el asunto. Le habían preparado como acto principal, a la homenajeada, a Astrid, un acto. Un mago.
La mamá se paró en el medio del living, y lo anunció: ¡Con ustedes, el mago Wilkins!
Prendieron las luces, los chicos estaban sentados en el piso, haciendo un semicírculo. Apareció el mago Wilkins.
El mago Wilkins estaba grande, algo excedido de peso. Le sobresalían las orejas de la galera, y de las orejas salían unos mechones de pelo oscuros. Le quedaba chica la capa.
–¡Ahora necesito un voluntario para hacer el truco de la moneda del fararón! –gritó el mago Wilkins. Los chicos estaban encantados. Daban grititos de satisfacción cuando desaparecía la moneda y el mago la encontraba en el bolsillo de uno de los chicos. Aplaudían.
–¡Lo tiene en la muñeca, lo escondió en la muñeca! –Gritó. Era uno de los padres, apoyado contra el marco de la puerta. Tenía en par de sánguches de miga enrollados en una mano, daba un mordisco y salpicaba miguitas.
Siguió el acto. El mago Wilkins sabía perfectamente que ser mago de fiestas infantiles era el equivalente para un médico de tener que hacer revisaciones en un natatorio. El escalón más bajo de su profesión, pero lo hacía con el poco entusiasmo que le quedaba, tratando de esparcir algo de alegría, de recordar por qué había elegido la magia alguna vez en la vida.
–¡La paloma estaba en la galera, jaaaa! ¡Se veía! –Otra vez, el mismo sujeto. se tomó el vaso de coca cola de un trago y se sirvió más de una botella de dos litros, se reía.
Llevo algunos años trabajando en oficinas y he visto todo, sé que el ser humano es la mierda pura, no tiene remedio. Es descriptivo.
Me acerqué, tuve que pedir permiso dos veces y tener cuidado de no pisar algún chico.
–Escuchame –lo rodeé con un brazo y sonreí como si lo conociera, como si fuéramos amigos de toda la vida–, si prestás atención ahí, te vas a dar cuenta que tu señora está muy cerca de ese pelado –dije–. Fijate, ya sé que hay poca luz pero fíjate, parece que están uno al lado del otro pero no es así, no exactamente. La está apoyando, el pelado, a tu señora, porque esa es tu señora, ¿no?
–Sí –dijo el tipo, se había puesto serio.
–Bueno –dije yo–. Yo estoy hace un par de horas acá, jamás te había visto en mi vida, y me di cuenta bien fácil que sos un imbécil. Y tu señora te detesta, se queda con vos porque no le queda otra, porque no tiene quizás la fuerza para escapar, por los chicos. Pero si te fijás bien,si prestás atención, cada vez que vos hacés un comentario ella hace un rictus, una mueca de profundo desprecio. Y se acurruca, se deja apoyar. Por el pelado.
–Pero..
–Así que ya sabés, descubriste dónde el mago esconde la moneda, pero no descubriste que a tu señora la están apoyando. No sos tan vivo.
Me iba a alejar, terminé mi cerveza de un trago. Volví.
–Algo más –dije–. Si volvés a hablar durante el acto, si decis una palabra más, te siento de una trompada. Se van a acordar de vos, de este cumpleaños, toda la vida. Pensalo.
Me separé para que pudiera verme. Fui jugador de waterpolo, y aunque estoy arrasado por la vida mido un metro noventa, cien kilos.
Le palmeé la cara como si nos acordarámos de una anécdota de la infancia, de algún chiste compartido.
Volví adonde estaba parado antes. El mago hizo un par de trucos más, dejamos a Delfina con su amiga y nos fuimos. Cuando salimos a la calle Moni me preguntó de qué hablaba con Héctor.
-Nada –dije-. Me pareció que lo conocía.

20.12.21

Llega el miedo


Los sueños, se ha estudiado el tema hasta agotarlo, supongo. No tenés más que ir a un psicólogo de barrio y decirle que querés hablar de tus sueños. Te vas a dar una panzada de interpretaciones. Andá a ver a una psicóloga y contale que soñaste que cogías con un delfín y fijate qué pasa. Te vas a divertir muchísimo.
Pero están los sueños que te hacen daño, los sueños que te atormentan y te dejan boqueando como un pez fuera del agua. Por ejemplo, dentro de los clásicos, los sueños donde te caés, te caés en un precipicio o de una terraza, te caés y sentís cómo te caés, cómo te vas cayendo de un lugar muy alto.
También están los sueños donde fallás, donde no tenés fuerza. Angustiantes sueños donde das un par de trompadas y las trompadas llegan a destino, impactan en un rostro que permanece impertérrito porque tu trompada no causa efecto. Tu trompada no consigue cambiar nada, no lastima.
Y después están los sueños donde te persiguen. Sos perseguido por mitológicos monstruos todavía no inventados, mezcla de víboras con insectos que se paran en dos patas, tienen colmillos, también, rugen, y una venenosa y fosforescente baba. Y te pasás el sueño escapando, escapando, luchando por tu vida.
Esos serían más o menos, en grandes rubros, con variaciones, los sueños que te lastiman el alma.
Pero últimamente me pasa algo peor, algo más jodido. Sueño que soy yo. Y en el sueño, mientras sueño, me doy cuenta que soy yo. Me doy cuenta que no hay escapatoria, me parece que voy a seguir siendo yo toda la vida.

10.12.21

Esas cosas


Empezó de la nada, cómo lo explico. Me despierto un domingo a la mañana, voy a calentar agua para tomar un par de mates, para arrancar. Y hay agua en el piso de la cocina. Tardé en darme cuenta, estaba borracho de la noche anterior. Cerré los ojos mientras esperaba que se calentara el agua, y sentí esa sensación de jugar con el agua entre los dedos de los pies.
‘Estoy en Villa Gesell, a la noche voy a coger con Elina, tengo veinte años’, pensé. Y abrí los ojos. Venía el agua del lavadero. Estaba mojada la pared, muy mojada, caía agua a borbotones de la llave de paso. Empecé a luchar para mandar el agua por la rejilla del lavadero, pero la rejilla regurgitaba y me devolvía el agua con más fuerza. Domingo a la mañana, repito.
Esa semana, ponele el miércoles a la noche, abrí la heladera. El freezer. ¡Pum!, hubo un fogonazo desde atrás de la heladera. Se quemó el motor, me dijo el técnico. Nada, muerte cerebral, kaput, imposible repararla.
Al día siguiente se rajó un vidrio, de punta a punta. Una ventana del dormitorio principal. Como si me hubieran tirado un piedrazo a la noche, mientras dormía. Imposible, séptimo piso, desde dónde.
Se empezó a levantar el parquet, baldosita por baldosita. Cada paso que daba por el comedor, clac clac clac.
Y así podría seguir. Dejó de salir agua de la ducha. Un mísero hilito de agua para enjabonarme las bolas y el resto de mi atribulado ser. Olvidate de bañarte. Se rompió el botón del inodoro, mi silla preferida comenzó a renguear de una pata. Las puertas de los placares dejaron de cerrar, apretaba los botones y las luces no encendían.
Pero no, lo pensé un poco y no. No se trataba de un embrujo ni de una maldición, tampoco era una racha de mala suerte. Mi departamento de un día para el otro se había cansado de mí, dejó de soportarme, no quería verme más. Como te pasó a vos, más o menos eso.

30.11.21

Podés llamarlo literatura


Leo un cuento. Un buen cuento. Hay una escena en el cuento, una escena maravillosa. Te la resumo.
Hay un hombre, un hombre mayor, casado, que ha perdido el olfato. Tiene un nombre, esa singular patología, esa enfermedad. El hombre está casado, tiene una esposa. A la esposa, que se empieza a sentir mal, débil, le descubren una enfermedad degenerativa que va directamente y con paciencia de boa, contra la motricidad. Nada se ha inventado para combatirla. La enfermedad avanza, la mujer está consciente, y no mucho más.
Ante la progresión de la enfermedad internan a la mujer. La mujer se pone peor, cada vez puede moverse menos, los miembros, los brazos y las piernas, se le dificulta hablar, la tienen que alimentar.
La mujer va a morir. El hombre, su marido, la visita, en terapia. Le lleva el hombre diversas hierbas. Tomillo, romero, flores de lavanda, orégano. El hombre acerca las hierbas a la nariz de su mujer que permanece con los ojos cerrados, para que recuerde olores, fragancias de situaciones donde fueron felices, ella y él, juntos. Árboles de eucalipto debajo de los cuales se sentaron a conversar, especias que utilizaron para condimentar cenas familiares, y así.
La escena del hombre junto a la cama donde yace su mujer con los ojos cerrados, el hombre metiendo la mano en una de las tres bolsas que ha llevado al hospital, acercando alguna ramita a las exánimes fosas nasales de su esposa que apenas conserva fuerzas para respirar. Bueno, es una escena de una ternura infinita.
Después levantás la vista del libro y te das cuenta que no importa lo fétida, abyecta y absurda que sea la realidad. Algo bello surge de alguna parte y es una maravilla comparable con la multiplicación de los peces y los panes. Y entonces podés continuar.

*el cuento es ‘pulso’, de Julian Barnes

20.11.21

Nirvanita


Si te fijás un animal, si te fijás bien. Tampoco hace falta que veas a una jirafa o a un rinoceronte, con un perro nomás lo entendés.
El animal no conceptualiza, tiene cerebro, claro que tiene cerebro, los mamíferos medianos fueron diseñados así. Y por lo tanto tienen mente. Quiero decir, en el sentido que un humano entiende la mente. Digamos, podríamos definir la mente desde ya no como un objeto, sino como una acción. La mente como funcionalidad.
Por eso estar con un animal te hace bien de inmediato. Es la alegría del ser en estado puro, no hay preocupaciones. No hay pasado ni futuro. El animal no recuerda ni anhela. Sí, quiere comida cuando tiene hambre, pero eso es imperativo categórico, biología. El animal es puro presente.
Lo mismo ocurre con los bebés. Mirá a un bebé a los ojos. Mirá al bebé descubriendo todo lo que lo rodea, sin analizar nada. Sin conceptos ni expectativas. No hay allí noción de ‘yo’, ni de ‘mío’. Es percepción pura, no hay individuo. Y por eso es feliz, tan despreocupado y feliz como un pedo en una tormenta eléctrica.
El adulto, lo sepa o no, intenta de algún modo alcanzar ese estado, volver a ser y nada más que ser, sin pensamientos, pura presencia. Para eso recurre por ejemplo a las drogas, por ejemplo al alcohol. Lo que pasa es que la herramienta no logra elevarlo por encima de los pensamientos sino que lo cansa, lo aturde, lo duerme. Pero en cualquier caso, lo que el hombre está buscando es apagar aunque sea por un rato la maldita fábrica de pensamientos. El paraíso es no pensar, tan simple como eso.
Ahora tu caso es por demás curioso, complejo quizás, distinto. Has llegado a tu particular manera a un curioso pedestal. Pensás, pero todas boludeces.

10.11.21

Cuenta la historia


Cuenta la historia que una mujer, cansada que su marido la engañara con otras mujeres, le cortó la poronga. Lo esperó al hombre como todas las noches, le preparó la cena, le sirvió un vaso de vino. En el vino había colocado un poderoso somnífero. Cuando el hombre se durmió la mujer, que trabajaba de enfermera en el Hospital Rivadavia, le cortó, a su marido claro, la poronga. Con un bisturí.
Bajó la mujer en mitad de la noche con la poronga de su marido envuelta en un repasador, fue hasta el parque más cercano al departamento donde vivía, el parque Centenario, y enterró la poronga junto a un árbol. Después la mujer se fue a la comisaría del barrio y se entregó. Contó lo que había hecho, lo que le había hecho a su marido.
Fueron a buscarlo al hombre, que despertó ensangrentado y al borde de la muerte. Sin pito.
El asunto es que si vas una mañana cualquiera al parque Centenario, te vas a dar cuenta que hay un lugar junto a un árbol donde crecen unas bellísimas flores. Muchas chicas, adolescentes que pasean en bicicleta, mujeres que van a fumar o a leer un rato. Se sientan justo ahí.

30.10.21

La persona que estás conociendo


No te podés equivocar, aunque en realidad sí que te podés equivocar. Tricky sería la palabra que utilizarían los norteamericanos, pero estamos en Argentina y en Argentina vale piquete de ojos vale patada voladora. El tema es prestar atención y entonces sí, te das cuenta enseguida.
Conocés a una persona, digamos una persona del sexo opuesto, hasta ahí estamos más o menos normal, todo bien.
Vas, salís. Vas a tomar algo, a comer. Lo que se estile, no tiene importancia.
Lo que sí es importante es de qué te habla, la otra persona. Aquí es donde nos volvemos todos más o menos iguales. Porque hay dos tipos de personas, no mucho más que eso.
La persona te puede hablar de tal o cual logro, de cosas que hizo y todavía hace. De cosas que está aprendiendo porque sí, porque le gusta. De cosas que le gustaría hacer.
O. Sino. Te puede hablar de cosas que hace pero que en realidad no hace, porque son parte de un sufrimiento encubierto. Te puede hablar de lo que no hace, de lo que se priva. Lo que dejó.
Por ejemplo, aunque no hacen falta los ejemplos. Una persona que está haciendo un curso de pintura o de fotografía, por estúpido que parezca, está hablando de algo que hace, sería una persona perteneciente al primer grupo. Una persona que habla de una dieta, de lo que no come, o que dejó de fumar, o que corre. Bueno, es una persona que está orgullosa de algo, de algo de lo que se priva, de un sufrimiento. Sería una persona perteneciente al segundo grupo.
Y listo, eso es todo
Si la persona que conociste, la persona que estás conociendo, pertenece a lo que podríamos denominar el ‘grupo 1’. Bueno, tenés que saber que todo termina mal. Tarde o temprano las cosas se arruinan, fatiga de materiales, decadencia y caída, las fuerzas de la naturaleza. Durará un tiempo y luego el avión pondrá la nariz hacia abajo y comenzará a caer.
Ahora, si la persona que estás conociendo pertenece al ‘grupo 2’, entonces parate y andate. No vale la pena, ni lo intentes.

20.10.21

Empiecen sin mí


Sucede cada seis meses más o menos, quizás algo más, nueve meses ponele, que alguien me llama. Suena el teléfono.
–Hola, ¿Juan? –dicen del otro lado. Y es alguien, una chica que fue a la primaria conmigo, o es un muchacho que fue compañero de la secundaria.
Van a hacer un encuentro, me dicen. Están armando un encuentro de todos los que fuimos juntos a esa división, a ese grado.
Va a estar éste y éste otro, y ese también, se ríen, se entusiasman.
Me preguntan si voy a ir.
–¿Vas a venir? –dicen, y se hace una pausa.
–No –contesto, y entonces se hace una pausa, otra pausa, más larga. Esperan, del otro lado, que yo diga por qué no voy a ir, que diga que tengo un hijo bobo, que estuve preso por violar chicas muy jovencitas en Parque Patricios, o que tengo unas hemorroides que debo cargar a un costado de mi atribulado ser, en un carrito de supermercado.
Pero no, nada de eso.
Sucede que para ser lo que soy, la inmunda basura que me habita, la repugnante alimaña en que me he convertido, este despreciable ser, tengo que haber venido de algún lugar, de alguna parte.
Y se me da por pensar que cada colegio al que fui, cada persona que me conoció, bueno, son parte del problema. Así que no se ofendan pero no voy a ir, hace tiempo que estoy tratando de dejar de ser yo.

10.10.21

Básicamente


A veces pasa que arranco el día, voy a una florería y compro una flor. Una flor amarilla de tallo largo. Voy de acá para allá, me subo a un taxi, hago trámites, almuerzo. Paso a visitar a un familiar, pago el gas. Con la flor en la mano. Siempre con la flor, todo el día.
A veces voy y compro en una pescadería, bien temprano, un pescado. Un besugo ponele, una merluza. Puede ser una brótola también, perfectamente, sin problemas. Te lo dan envuelto en un sedoso papel. Y así voy todo el día, llevando el besugo, la merluza, la brótola. Hablo por teléfono, tomo café.
Si me cruzo con alguien, con alguien que me conoce o incluso algún extraño, puede suceder que la persona me pregunte. Algo como ‘¿Qué hacés con esa flor en la mano?’. O ‘¿Adónde vas con ese pescado?’.
Yo lo miro. No contesto nada y lo miro. Sonrío, apenas. Sigo hablando de otra cosa.
La idea era no twittear nada, no mandar fotos ni videos a ninguna parte. La idea era no ser como vos.

30.9.21

Te llamo para contarte


Ana llamó por teléfono a Laura. Era lunes. Eran las diez y media de la noche.
–Hola, Laurita querida. ¿Te enteraste lo que pasó?
–No –respondió Laura– ¿Qué pasó?
–Se suicidó Mónica.
Se hizo una pausa. Un silencio cargado de estática, los celulares últimamente andaban para la mierda. Mónica era una amiga, una amiga de Ana, una amiga de Laura. Mónica era, en rigor de verdad había sido, una amiga de las dos. Habían ido juntas, las tres, al mismo colegio secundario.
–¿Qué? –dijo Laura.
–Sí –dijo Ana–. Se mató Mónica, ayer. Se tiró por el balcón.
–Pero –dijo Laura–, No lo puedo creer. Es increíble. ¿Estás segura?
–Sí –dijo Ana–. Es increíble. Me llamó Claudia para contarme.
–¿Qué Claudia?
–Claudia, la hermana de Mónica.
–¿La más grande?
–Sí –dijo Ana. Había prendido un cigarrillo. Laura escuchó que Ana pitaba–. La más grande.
–Qué mal –dijo Laura– ¿No se estaba por ir de vacaciones?
–¿Qué?
–A Buzios –dijo Laura–. Había reservado para la primer quincena de Febrero.
–Sí, no sé. Puede ser –dijo Ana.
–No te matás –Laura resopló–. Si reservaste para irte de vacaciones dentro de menos de dos meses no te matás. No tiene sentido.
–No sé –dijo Ana–. Se mató.
–¿Qué tenía puesto? –Preguntó Laura.
–¿Qué?
–Qué tenía puesto –insistió, Laura–. Cómo estaba vestida.
–No sé. Un jogging, una remera –dijo Ana.
–Porque tampoco te vas a tirar en pollerita. Quiero decir, imaginate quedar ahí tirada muerta sobre la calle, con el culo al aire.
–Sí, es un bajón –se escuchó un ladrido de fondo. Ana tenía un perro. Un simpático pointer que se llamaba Berugo.
–Mirá vos, hasta para matarte tenés que pensar cómo estás vestida –dijo Laura–. Como cuando te presentan a un tipo. Además de no saber qué pelotudo puede aparecer, las boludeces que vas a tener que escuchar. Tenés que acordarte por las dudas de ponerte una bombacha más o menos decente.
–Y sí –dijo Ana.
–Porque no sea cosa que vayas a coger, que te guste el tipo. Y te acuerdes que estás con una bombacha con el elástico medio vencido.
–Un bajón –dijo Ana.
–O toda desteñida. Y que el tipo crea que sos una mugrienta.
–Además de querer que les chupes la pija, los tipos quieren que estés limpita. Que te tragues la leche sí, pero que además seas fina y delicada. Qué forros.
–Cuando yo estaba con la regla Gustavo se mantenía a cinco metros de distancia –dijo Laura.
–Y sí.
–Decía que le daba asco el olor, la sangre. Hay que ser hijo de puta –Laura tosió.
–Bueno, era para eso. Para avisarte que se mató Mónica –dijo Ana–. La velan ahí, no me acuerdo la calle. Córdoba al fondo. Thames, creo que es. Sí, Thames.
–¿Vas a ir? –Preguntó Laura.
–Sí, mañana a la mañana. Pero al cementerio no. Vos sabés que yo no voy al cementerio porque me hace mal.
–Bueno, paso a saludar a la familia, entonces. A eso de las nueve de la mañana.
–Dale.
–Te veo ahí, entonces –dijo Laura–. Podemos irnos a tomar un café ya que estamos. Hace mucho que no nos vemos. Así nos ponemos al día.
–Perfecto –dijo Ana–. Porque yo tengo que hacer tiempo hasta el mediodía para pasar a retirar unos análisis.
–Bueno, te veo ahí entonces –Laura se sonó la nariz–. Mirá vos, pobre Mónica. Lo mal que estaría para hacer una cosa así.
–La verdad que sí. Me dejó remal.
–Bueno, te veo mañana y charlamos.
–Sí, nos vemos mañana.

20.9.21

La deliciosa fuente de todo lo que me falta


Adolezco de falta de convicción, eso es lo que puedo decirte. Si tuviera que definir lo que me pasa, la situación. Desde que puedo recordar, lo que equivale a decir desde siempre.
Porque si te fijás un poco, si vas y mirás. Vas a ver que alguien decidió que Villa Gesell era su lugar en el mundo, ir a la playa todos los días a surfear o a fumar. Alguien descubrió que su trabajo lo sostiene, que siempre quiso ser abogado o dentista o profesora de educación física. Alguien dice ‘Martita es la mujer de mi vida’, y en sus ojos te das cuenta que es cierto, que el sujeto no podría concebir la existencia, la propia, sin Martita. Ejemplos sobran, ejemplos miles.
Pero fijate vos que a mí no. Porque yo, como te decía al comienzo, jamás tuve la convicción. De nada. Ni en el trabajo ni en el deporte, ni en el amor. Ninguna pulsión, ni el arte ni la ciencia. Jamás sentí que algo fuera lo mío, lo que en verdad saciaba mis ansias. Algo que me completara y me dejara satisfecho como para decir ‘bueno, sí, era esto’. Nunca me sucedió nada parecido, desconozco esa experiencia.
Entonces descubro que lo que me ha mantenido andando es el fastidio. Hay una sensación de existencial incomodidad que me acompaña desde siempre. Y eso que alguna vez me preocupó por el hecho de no poder encajar en ninguna parte, por sentir que no había nada en el universo para mí, eso se ha transformado en un exquisito motor. Única y particular manera que tengo de continuar. De seguir. 

10.9.21

Agudo, crónico


Hay, existen, dos clases de dolor. El dolor agudo y el dolor crónico. Lo que genera, lo que provocan, es bien distinto. Las implicancias también.
No es tan difícil de entender lo que estoy diciendo. El dolor agudo es bien fácil de identificar, de reconocer. Si te clavan un cuchillazo, ahora, eso te provocaría un dolor agudo. Es una experiencia totalizadora, se pone primera en la lista de prioridades, te obliga a dejar de pensar en todo lo demás. No hay que ser tan dramático, no tienen por qué acuchillarte. Imaginate un martillazo en el dedo gordo de una mano, la picadura de un aguaviva en los huevos, en fin.
El dolor crónico actúa de diferente manera. Es como la música de fondo, va y ocupa el espacio, sin gritar, sin estridencias. Te permite seguir con aquello que podríamos llamar, de alguna manera hay que llamarlo, tu vida. Pero está ahí, es una presencia, su trabajo es demoler. La gota en la piedra sería una imagen más que apropiada.
Si se tratara de un combate de boxeo, la diferencia sería entre un boxeador que te arrasa por nocáut, te pega como el Tyson de su mejor momento, no más de un round. La otra es la de Monzón que te iba pegando, te pegaba y te pegaba hasta que no servías más.
Quizás te llama la atención mi insistencia en hablar sobre el tema en particular. No alcanzás a entender. Es que elegir entre lo bueno y lo malo es para las películas, pero la vida no es mucho más que elegir entre lo malo y lo peor. Y ni siquiera elegir la mayoría de las veces.