10.11.12

Perspectiva


         Mi amigo RM recibió instrucción militar, siendo jovencito. Después, pasada la adolescencia, salió de ahí, la vida lo llevó hacia otro lado.
         Cada tanto, en algún asado con amigos o en una pizzería, se le da por recordar un par de anécdotas de aquella época en que abrazaba la carrera militar. El territorio de la adolescencia revisitado desde la adultez, con nostalgia y cariño. Algo de lo más normal, a todos nos pasa.
         Una de las historias que RM recuerda de esa época, es una historia que se contaba entre los novatos, los jóvenes que hacían sus primeros pasos en la escuela militar.
         Se contaba, recuerda RM, que después de tres años de instrucción, se seleccionaba a los mejores, eran detectados aquellos con mayores aptitudes. Y se les ofrecía, lo cuento con mis palabras, carezco de la exacta jerga y tampoco importa, se les ofrecía, entonces, decía, pertenecer a un sofisticado grupo de elite. Ser los más especiales y únicos soldados de la patria, para secretas misiones. Ser comandos.
         Entre las tremendas pruebas a las que eran sometidos en una impiadosa instrucción, los comandos, había una, una que se contaba y que RM solía recordar.
         La prueba era, más o menos, así. Se llevaba al aspirante a comando a la selva, al monte. En Chaco, en Formosa.  Se lo desnudaba y se lo molía a golpes, entre varios. Luego se lo encerraba en una jaula construida con cañas de bambú sobre el barro, aunque no sé si era bambú, pero tipo Vietnam. Se le daba, solamente, al aspirante a comando, un vaso de agua y un pedazo de pan por día como único alimento. El pan podía haber sido pishado, o utilizado por alguien para limpiarse el culo, esos detalles. Debía permanecer, el soldado, encerrado e indefenso, en medio de la selva.
         No, no terminé. ¿Te aburriste? Sigo.
         Pasaba algo, durante el encierro. A los tres o cuatro días, como por casualidad, aparecía un perro. Un cachorrito, atorrante, venido de quién sabe donde. Del monte, de la zona.
         El cachorrito aparecía y se metía en la jaula. El perrito, era de lo más normal, se pegaba al prisionero, al soldado, al aspirante a comando, ya que los encargados de la vigilancia no le daban bola, o sencillamente lo pateaban, intentaban quemarlo con un cigarrillo. Y el soldado, que no tenía absolutamente nada para hacer más que soportar que lo despertaran en mitad de la noche y lo baldearan con agua helada o le pusieran música a todo volumen para no dejarlo ni siquiera dormir, para que enloqueciera, bueno, el soldado jugaba un poco con el perrito.
         El soldado y el perrito dormían juntos. El soldado le daba cobijo a su mascota, su amigo.
         Pasadas un par de semanas, transcurrido ese plazo donde el soldado había sido picado por insectos, había tenido que dormir junto a sus excrementos, había recibido nuevas y variadas palizas y demás humillaciones de carácter tan inconcebible como vejatorio, al final, se le decía al soldado que la prueba había finalizado. Lo felicitaban, la capacitación había concluido.
         Antes de liberarlo y que pasara a integrar el selecto grupo, faltaba una cosa más, sólo una cosa. Debía, el soldado, matar a la mascota. Matar al perrito, con sus propias manos, y comérselo. Eso era todo.
         Aquí terminaba la historia, la historia que cada tanto RM recordaba y solía contarnos. Se hacía entonces un particular silencio, la gente soltaba los cubiertos y dejaba de comer. Alguien, pasados unos minutos y todavía sin hablar, se animaba a servir más vino.
         Y a mí se me ocurre ahora, se me da por pensar con la prístina claridad de concepto que suele dar una adecuada distancia de los hechos, que el entrenamiento descripto, con sus peculiaridades, no debiera ser para los aspirantes a un sanguinario grupo de elite dentro de las fuerzas armadas.
         Quiero decir, si no podés hacer eso, te va a costar conseguir trabajo, formar una familia, viajar en colectivo.

10 Comments:

At 11:41 p. m., Blogger LaLa said...

despiadada forma, pero no más real que la vida misma...
beso
LaLa

 
At 7:43 a. m., Blogger J. Hundred said...

*lala! decía un inspiradísimo marlon brando en la piel del coronel kurtz: the horror. le mando un beso en la frente.

 
At 12:04 a. m., Blogger Mr. Kint said...

Yo soy de los que salen a la mañana de la puerta de su casa con una pinta de que hay nada que me haga mella, que me como al cachorrito vivo y lo paso con un vaso largo de ginebra bols. Uno logra engatusar algunos, distraer a otros, pero engañarse 24/7 es un trabajo esclavo y fácilmente caigo en cuenta de que no puedo comerme ni un cachorro quente sin recurrir a un uvasal.
un abrazo para usted

 
At 1:28 a. m., Blogger N. said...

Y podríamos agregar bancarse el ruido del despertador cada mañana y escuchar durante todo el día pelotudeces propias y ajenas. No le parece?

Sdos.

N.

 
At 7:52 a. m., Blogger J. Hundred said...

*mr. kint! durante tantísimo tiempo yo también, bajaba a la calle dispuesto a darle una patada en el culo al universo todo. ahora pongo un primer piecito en la vereda como quien se mete a una pileta que puede estar demasiado caliente, demasiado fría, demasiado llena de algo que sabés que te va a molestar con una intolerable intensidad. un abrazo.

*n! cuando uno lee por primera vez la frase de sartre, aquello de ‘el infierno son los demás’, uno no lo entiende. pero después sí, después uno lo entiende sin dificultades. y después uno se da cuenta que el infierno es uno también. quiero decir, la cosa se pone peor, la cosa sigue y uno preferiría no entender ninguna frase, uno preferiría un lugar blando donde se pudiera flotar, olvidarse un poco. quiero decir que claro, que me parece, que entiendo lo que usted dice y lo lamento de una forma que quizás no alcanzo a expresar con la debida claridad. la saludo.

 
At 9:16 a. m., Blogger A.Torrante said...

Un típico día para un Jamal en Mumbai. Pero está claro que los urbanus occidentalis nos las pasamos quejándonos por cualquier pelotudez. Inclusive por no poder comprar dólares al cambio oficial. Generación de caniches con tendencia al Yorkie.

 
At 9:17 a. m., Blogger A.Torrante said...

Un típico día para un Jamal en Mumbai. Pero está claro que los urbanus occidentalis nos las pasamos quejándonos por cualquier pelotudez. Inclusive por no poder comprar dólares al cambio oficial. Generación de caniches con tendencia al Yorkie.

 
At 11:40 p. m., Blogger Dany said...

A toda esa supuesta elite habria que mandarla a laburar 12 horas con 2 horas de viaje.
Ya me meto en los anteriores Juan.
Abrazo!

 
At 7:28 a. m., Blogger J. Hundred said...

*a. torrante! si se fija usted bien, si presta atención, en la mayoría de los casos, cuando le quitan a un sujeto la posibilidad de quejarse, bueno, no queda prácticamente nada de él. quiero decir, es como si le quitaran su esencia, su alma.

*a. torrante! si se fija usted bien, si presta atención, en la mayoría de los casos, cuando le quitan a un sujeto la posibilidad de quejarse, bueno, es como si a una chica le quitaran las siliconas, las dos o tres frases que recuerda de su psicólogo, y esa película que vio. Quiero decir, es como si le quitaran su esencia, su alma.

*dany! cuando alguien, en alguna circunstancia de carácter social o por televisión, cuenta alguna proeza como haber escalado el everest o haber corrido el cuatritlón de los volcanes, a mí se me da por pensar ‘este pelotudo no resistiría caminar por florida, desde rivadavia hasta córdoba, un día de semana cualquiera, a las seis de la tarde’. 1abrazo.

 
At 9:32 a. m., Blogger A.Torrante said...

Por eso prefiero las desalmadas. Se me hacen más soportables.

 

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