29.7.05

Egoísta

Entro a la farmacia. Me acerco al mostrador. La chica me mira, aburrida. Sobre su delantal blanco tiene bordado, a la altura del corazón, su nombre. El bordado es azul, grueso, tosco. El nombre es ‘María’.
–Buenas noches –digo–. Necesito un remedio.
La chica, en adelante ‘María’, me mira, más aburrida.
–Unas pastillas –sigo–, un jarabe. Algo que me cure.
María me mira. En ningún momento se observa en ella un mínimo interés.
–Me siento mal, y preferiría sentirme bien.
María, aún con ambas manos apoyadas sobre el mostrador, retrocede un paso.
–Estoy triste, y preferiría estar alegre, María –digo–. No sé –también digo.
Una de las manos desaparece, con lentitud de reptil, de mi vista. Casi puedo sentir cómo uno de sus dedos pulsa un oculto botón. Está pidiendo ayuda, María, pero no para mí, no, para ella.