25.9.10

Hace tiempo que escribo

Escuché los timbrazos, todavía dormido, y supe, no tengo otra forma de describirlo, que había llegado el día. Hacía tiempo que venía escribiendo, relatos cortos, y los mandaba a las revistas. Escribía cuentos como Chéjov, como Carver, como un centauro hecho de la precisión de Abelardo Castillo, una mitad, y la furia desatada, la potencia expresiva de Charles Bukowski, la otra mitad.
Había escrito dos novelas, también, y las había enviado a las más importantes editoriales españolas, prolijamente encuadernadas, por triplicado, dirigidas al Departamento de Lectores que tienen las editoriales del mundo civilizado. Mis novelas eran como las de Saer, como las de Onetti, como las de Anthony Burgess, la soledad del hombre y su desesperada lucha contra lo imposible, las más preciosas batallas for ever perdidas.
Escribía poemas, también. Poemas como cuchilladas, poemas que mordían y goteaban veneno, poemas de amor y de caminatas bajo la lluvia y de aquella vez que fui feliz. Poemas con el vuelo de Dylan Thomas, poemas como los de Ferlinghetti, poemas como los de Ezra Pound antes de perder definitivamente la cordura. Y mandaba los poemas a concursos, a todos los concursos, aunque fueran de la cooperadora de una escuela perdida en una ignota provincia.
Escuché los timbrazos y supe que era mi día. Finalmente me habían descubierto. Leería mis poemas en Madrid, whisky en mano. Mis novelas venderían miles de ejemplares, me comprarían los derechos para hacer películas. Vendrían las adolescentes a la feria del libro en Barcelona o en Frankfurt a pedirme que les firmara mis volúmenes de cuentos, y por qué no los corpiños. Comería los más sabrosos manjares, daría lecturas por el mundo, me reconocerían en los aeropuertos, en fin.
Todavía ebrio ya que últimamente me había inclinado a la bebida, pero no movido por una dipsómana vocación, de ninguna manera, sino por que no había encontrado ninguna inclinación más satisfactoria. Todavía ebrio, entonces, vestido con un shorcito manchado de fugazzeta, abrí la puerta. Había llegado el reconocimiento, al final (Cerati dixit) hay recompensa, el cambio de vida.
Era el portero. Me dijo, no de la mejor manera, que se estaba inundando todo el piso de abajo. Que me fijara si no había soltado mal la cadena del inodoro, o si había dejado abierta una canilla.

11 comentarios:

Jazmin dijo...

Yo lo leería.

Si fuera editora, correctora, directora, o yo.


Preferentemente, bajo los efectos...




Por lo menos no se jodió solo. El de abajo está peor.

sergio dijo...

De ultima puede ser critico, al parecer leyó bastantes libros de bastantes personas. Con eso, algo de critica constructiva se logra.
Ademas lo coloca a usted en una situación de poder.

Anónimo dijo...

ahi mismo comiendo el pedacito de fugazzeta que se le pego hubiese firmado unos corpiños...
tiremelo, lo estoy esperando...
LaLa

Jazmín, un gusto. dijo...

Deci que a vos no se inundo el piso

Desencantada dijo...

Bueno, pero el flasheo antes de que te dieras cuenta que era el portero, valió la pena. Yo me fui de viaje con vos por un ratito también...

Caia dijo...

Yo esucharía como me leés tus poemas, disfrutaríamos de un whisky, y después el intercambio de fluidos quizás alcance a inundar algunas cosas, no creo que un depto. Y no, al final no hay recompensa, o quizás sí.

J. Hundred dijo...

*jazmin! yo sería capaz de escribir, sólo para que usted me lea.

*sergio! ‘situación de poder’, mirá vos.

*lala! es que la veo así, sin corpiño, y bueno, me da no sé qué devolvérselo. como dijo el poeta ‘una cosa bella es una alegría para siempre’, y en este caso, dos cosas bellas, supongo que serán dos alegrías para dos siempres. digo, más o menos las cuatro operaciones matemáticas básicas las manejo.

*jazmín, un gusto! mal de muchos y el viento nos amontona, se podría decir en una waldorf de frases hechas.

*desencantada! si usted viajó conmigo, si yo viajé con usted, si viajamos juntos, aunque sea por un ratito, claro que valió la pena.

*caia! probemos con una pizza y un vino decente, la recompensa suele estar donde uno menos la imagina.

Alelí dijo...

los porteros desde el vamos me caen mal...


recorrer con mis pies tus fantasías se volvió por un momento supremo.

dónde es la firma de corpiños?

Mr. Kint dijo...

¿Libros de plomería no escribió, don Hundred? No sé, digo.
Yo también soy un prolífico escritor que cuenta en su haber con largos y enciclopédicos tomos como los de Sócrates y hermosas novelas como las de Borges.

Saludos.

J. Hundred dijo...

*alelí! para la firma de corpiños y rubricazos en general, comuníquese por favor por línea privada.

*mr. verbal kint! pareciera que usted anda por la vida con un paquete de celusal, buscando heridas. un saludo.

La lectora dijo...

Bueno, viéndolo por el lado bueno, tal vez era mejor que fuera el portero el que lo viera en ese estado y no una agente literaria que tal vez se echaría atrás al ver ese estado.
Para la próxima, tal vez con peinarse y ordenar un poco la casa interfiera en quién venga a tocarle el timbre, digo nomás.