8.10.05

Lecciones de la selva

El safari estaba resultando mucho más agotador de lo que yo esperaba. Y los tigres que habíamos ido a buscar, con el único afán de retratar la magia en extinción, no estaban en ninguna parte. Como si los tigres se negaran a colaborar, eso parecía. Ya iban tres días y nada, ni una foto que valiera la pena. Las fotos de jirafas masticando y de hipopótamos bostezando ya no le interesaban a nadie.
Agazapados en el follaje, aturdidos, transformados en una mezcla de sudor y mosquitos, esperábamos mientras el entusiasmo se evaporaba como cualquier otro líquido puesto a hervir.
De los tigres, nada.
De pronto, en un claro a escasos metros de nuestras cámaras, se desató un griterío infernal. Chillidos endemoniados capaces de enloquecer a un monje tibetano.
Monos. Cientos de monos. Monos de tamaño medio, con cola, con dientes, con agilidad inconcebible, chillando, peleando.
El matrimonio de suecos se cubrió la cabeza con las manos; la mujer lloraba, y su marido no sabía qué hacer para consolarla, además de no poder ocultar su propio pánico.
El americano se aprestó a tomar fotografías, ya que, dijo, el chillido de los monos delataba la presencia de los tigres. Digo ‘los tigres’, y no ‘el tigre’. Dijo que estaba claro que eran más de uno.
Ingrid, la antropóloga austriaca, inició un curioso discurso respecto a la particularidad semiótica en los monos adultos. A cómo funcionaban de manera similar a una sociedad organizada. A sus códigos secretos. Sacó un grabador y sostuvo un micrófono en alto.
El grupo, todos nosotros, permanecíamos en un estado de tensión insostenible.
Miré a nuestro guía. Osabi, sentado contra el tronco de un árbol, encendió uno de sus cigarrillos caseros y dio una larga pitada. Una araña caminaba sobre su pie desnudo, pero su pie desnudo era una compleja maquinaria diseñada para caminar por la selva, y la araña era apenas una irrelevancia más del camino.
Le pregunté, con una corta seña, qué pasaba. Tal vez era el momento de buscar resguardo y abandonar la cacería.
Nada, no pasa nada, dijo. Más monos que bananas, dijo, y me pareció que sonreía.