4.12.04

El canon

Cuando se finaliza la lectura de alguno de los denominados ‘clásicos’ de la literatura universal, el afortunado lector experimenta variadas sensaciones.
En primer lugar, beatitud. En segundo lugar, admiración por esos magos capaces de transformar al mero acto de escribir en algo equiparable con la capacidad de un Dios. En tercer lugar, y quizás no en ese orden, una mezcla de perplejidad y gratitud por haber podido participar de tan fascinante viaje.
En mi caso personal, deseo agregar a estas sensaciones un profundo hambre. Ganas de comer. De morfar, si se me permite el término.