30.1.25

Parece cortesía


Voy a la parada del colectivo, elijo una parada de colectivo al azar. Es la parada del 109, no conozco muy bien el recorrido, no sé adónde va. Me paro en la parada hasta que viene el colectivo. Hay gente detrás mío, es lo normal.
–Adelante, pase –me aparto un poco–. Suba por favor –y no subo, me quedo en la calle. El colectivo espera unos tres segundos más y se va. Repito la maniobra con el siguiente colectivo, y me voy a tomar un café por ahí.
Voy a un negocio del barrio, una fiambrería.
–Necesito medio kilo de dulce de membrillo –digo, pero justo entra una señora–. Atienda, atienda a la señora, no hay problema.
La señora me agradece y comienza su compra, yo miro mi teléfono celular y me retiro como si hubiera recordado algo, algo importante que debo hacer, alguien que me espera en algún lugar.
La práctica, el proceso con tanta precariedad descripto, lo ejecuto con algunas insignificantes variantes al menos una vez por semana, sin falta.
Es que a mí me dejaron mucho, me dejaron siempre, me dejaron desde que puedo recordar. Y por esas caprichosas piruetas de la vida me ha tocado ver, enterarme, de cómo les fue casi invariablemente, a todas esas maravillosas chicas que me dejaron. Esas chicas que tenían prodigiosos planes, un fantástico potencial.
Es algo no demasiado elaborado, no requiere de complicadas argumentaciones ni pulidos razonamientos, tiene la contundencia de lo fáctico. Una de las cosas que mejor me ha hecho, en la vida, es dejarte pasar.

20.1.25

Lo normal


Nos agarramos a trompadas. La primera mano me tomó por sorpresa un poco cuando la quise esquivar, me dio de lleno en un oído.
Eso te marea, te marea mal, me fui derecho al piso. Me pateó, en los riñones primero, las patadas ahí sí que duelen, en el estómago después. Me hice bolita, aguanté unas patadas más. Todavía estaba aturdido y necesitaba un par de bocanadas de aire.
Logré engancharle una patada y lo hice trastabillar, era mi oportunidad. Me incorporé y embestí con la cabeza como un animal herido. Lo tiré, lo pasé por encima.
Sentía la sangre que me caía de una ceja y en la boca, me debía haber partido un diente. Le pegué con fuerza, dos o tres trompadas netas. Escuché el cricri de su nariz que se partía.
Le hice rebotar la cabeza contra el cordón de la vereda, lanzó un grito.
Me salía sangre de los nudillos. Me dio una trompada en la garganta, no sé cómo, desde el piso.
Nos separaron dos o tres tipos, y un policía al que se le había caído la gorra. Una señora se tapaba la cara con las manos.
–Basta, che –dijo un tipo– ¡Ya está, loco!
Entonces lo miré. Me faltaban casi todos los botones de la camisa. Tenía un feo rasguño que me cruzaba la cara en diagonal. Debió engancharme con el reloj, o con un anillo.
El pibe también me miraba. No supe si acabábamos de chocar, si el pibe me recriminaba que yo le había quitado la novia, si me había tratado de robar, si él era de Chacarita y yo de Atlanta, si le había pateado sin querer el perro, si en la adolescencia habíamos sido amigos.

10.1.25

No me despertaba


Volví a casa. Jueves, más o menos las siete de la tarde. Pasé por el chino y compré unas latas de cerveza, un paquete de grisines, un pedazo de queso Port Salut.
Me sorprendió al llegar ver cierto amontonamiento de gente. Vecinos, curiosos. Policías. Ver vecinos, curiosos o policías por separado ya suele ser lo suficientemente malo, una traumática experiencia. Pero juntos, qué se podía esperar.
Había un par de periodistas de un noticiero, una chica con un micrófono en la mano, un tipo con una cámara cubriendo la noticia. El asunto era qué noticia.
–¿Qué pasa? –le pregunté al portero que no terminaba de decidir si le molestaba tanta gente en la puerta del edificio, o si mandar un mensaje por celular para que alguien lo viera aparecer en televisión.
–El del séptimo B –dijo, con su chaqueña inexpresividad que venía de los indios wichis, de la mismísima Pacha Mama, de un ancestral retraso madurativo tal vez–. Se suicidó.
Me hizo un gesto con la mano como de zambullida, de alguien que se había tirado por la ventana a ninguna pileta.
–No, no puede ser –dije, y lo miré. Para ver si se reía, pero no se reía, nadie se reía. La presencia de la muerte suele quitarle la gracia a tantísimas cosas.
Lo miré porque el portero sabía perfectamente, tan perfectamente como yo sabía, que el del séptimo B era yo.
–No era un mal chico –la vecina del quinto, con su perro salchicha de agudos ladridos–. Muy reservado y respetuoso. A mí siempre me preguntaba cómo estoy, me saludaba bien.
–Traía mujeres –dijo otra señora, mi vecina del séptimo A, que tenía al marido en silla de ruedas–. Y tomaba mucho. Yo veía las botellas en la basura, no es que me interese, pero tomaba. Whisky, principalmente. Y vino. ¡Lo que debía gastar ese tipo en vino!
La policía recababa información sobre los hábitos del fallecido. Sí, vivía solo, sí, trabajaba, lo veían salir de traje todas las mañanas, no, no tenía mascotas ni se le conocían episodios de violencia doméstica.
Al parecer se había suicidado, me había suicidado, arrojándome por la ventana. Había caído en el patio del primer piso. Una señora que escuchó un grito había llamado a la policía.
Ya sé, estoy soñando, pensé. Ahora me voy a despertar, he visto películas parecidas.
Pero no, no me despertaba. La gente seguía diciendo cosas no demasiado favorables sobre mi persona. Vendía droga, estaba en la droga, seguro, dijo uno. No te hablaba en el ascensor, se creía superior, siempre con un libro en la mano, dijo una piba. No tenía lavarropas, dijo una mujer, muy seria, para que el resto tomara conciencia. Si alguien no tenía lavarropas, si alguien llevaba la ropa a lavar al laverap bueno, algo muy malo tenía que suceder con esa persona.
Me acerqué a un policía.
–¿Puedo ver el cuerpo? –Pregunté.
–Sí –dijo–. Tenemos que hacer un reconocimiento y es mejor acá, antes que lo lleven a la morgue. ¿Usted lo conocía?
Hice una pausa para ver si me despertaba pero no me despertaba. Fuimos al patio del primero con dos policías. Levantaron la sábana con la que habían cubierto la cabeza del muerto.
–Sí –dije. Ahí estaba yo, muerto, inmóvil. Con el cuerpo algo retorcido y un curioso rictus en el rostro–. Era un buen tipo, me caía bien.

30.12.24

Obsolescencia controlada


–Si hay algo que me revienta –dije–, algo que muestra que está todo podrido, que el mundo no da más, es la obsolescencia controlada.
–Eh –dijo ella.
–Sí –seguí–. Esa es la clave. Lo que deja en evidencia que el capitalismo es una trampa. Las bases, los cimientos del sistema, están podridos. Nada bueno puede ser construido cuando uno se basa en la mentira, en el engaño. Cuando te das cuenta que una lamparita está hecha de determinada manera para que comience a fallar, o que un desodorante en barra está puesto en un estuche que hace que se desperdicie, no sé, el último once por ciento. A propósito, para que tengas que comprar más. Y lo mismo ocurre con la puerta de los automóviles, con los interruptores de la luz, con la forma en que se colocan los tornillos en las sillas o el material empleado para hacer neumáticos. Todo está hecho a sabiendas para gastarse, para fallar. La génesis del sistema se apoya en el engaño, en la mentira. Obsolescencia controlada.
–Sí, puede que tengas razón –dijo ella–. Aunque tampoco sé muy bien por qué me decís todo esto. Digo, ahora, acabamos de coger.
–Es que no puedo creer lo arruinada que estás –dije–. Lo tuyo realmente es caída libre, después te quejás que no se me para.

*para estas fechas, es de lo más normal, el universo entero parece llenarse de pelotudos con mensajes más o menos edificantes. alguien tiene que compensar. saludos.

20.12.24

Exit sin o


Ella me dijo ‘tenemos que hablar’ y cuando una mujer te dice ‘tenemos que hablar’ es para despedirse. En realidad no ‘tenemos que hablar’, se trata de ella, ella quiere hablar, decirte por qué la relación no va más. Y la relación no va más por vos, claro que por vos, es fundamental que lo que sale mal en cualquiera de sus formas, en cualquiera de sus manifestaciones, sea por culpa de otro. Porque si la cosa que no anduvo, o que anduvo pero dejó de andar, si lo que no va más es por culpa del otro bueno, entonces cuando ella se despida habrá terminado con la presencia del otro y ahí sí podrá seguir de algún modo, ella, con ella, con su vida. Si la culpa no fuera del otro, si la culpa fuera de ella y ella se fuera con ella, entonces el problema no estaría resuelto, la situación sería mucho más compleja.
Así que me cita en un bar cerca de la facultad, la facultad donde está estudiando algo, algún posgrado de lo más importante con la cual sin dudas hará que el mundo sea un lugar mejor. Supongo que tratar que el mundo sea un lugar mejor es algo que todos queremos, aunque cada uno a su manera y ahí la cosa se complica.
Llego, me siento, es temprano, pido un café. Llega ella apurada, nerviosa, con el cabello mojado. Lleva además de la cartera una bolsa con libros, papeles, apuntes. Se sienta, deja sus cosas, o al revés. Primero deja sus cosas, después se sienta. Apoya el celular también, sobre la mesa. Por si recibe un wasá, por si la llama alguien. Lo importante es estar conectado, si permanecés seis minutos sin chequear un mail, sin mirar una pantalla de una computadora o el teléfono bueno, te morís. O no te morís pero desaparecés, dejás de existir. Lo virtual ganó la batalla sobre lo real, estar conectado es tu aire y tu alimento. Así se vive, signo de los tiempos diría el Prince.
–Bueno –intenta sonreír, se pasa una mano por el pelo como si acomodara un mechón de cabello detrás de una de sus fantásticas orejas–. Ya sabés lo que te quiero decir, Juan. Creo que lo nuestro no va más, deberíamos tomarnos un tiempo para ver cómo nos sentimos y…
–Mirá Adriana –la interrumpo, levanto un índice pero no mucho, queda, el índice, mi índice, entre nosotros, a la altura de mi esternón, quizás un poco más abajo–. Sería bueno que me digas algo, pero algo interesante. Quiero decir, es preciso que sepas que me han dejado muchas veces. Y por lo general las mujeres que han estado conmigo, la verdad que no tenían gran cosa para decir mientras estaban conmigo y bueno, tampoco tenían mucho para decir durante la despedida. Dos o tres imbecilidades de rigor, media foto, varios reproches, quizás el recuerdo de un amanecer compartido. Y la verdad que me gustás, no sé, cómo te acurrucás para dormir o la forma en que sostenés la taza de café con leche con las dos manos como si estuvieras bebiendo una pócima, un brebaje, esas cosas. Así que por favor te pido que si me estás dejando trates de decir algo original, así me quedo con un buen recuerdo de vos. Te pido por favor que no lo arruines, dejame bien.

10.12.24

Formas de ver


Cada tanto viene alguien, aparece alguien en la calle o en un bar o en la cola del supermercado. Alguien que me conoce, eso dice. Alguien que fue a la primaria o a la secundaria conmigo, alguien que me vio levantar la mano en la facultad y decir algo. Alguien que jugó al ajedrez o al waterpolo conmigo o contra mí. Alguien que me vio agarrarme a trompadas en Villa Gesell contra varios, alguien que leyó algo que yo escribí.
Y la persona que me habla sonríe, recuerda algún atributo de mi persona, mi manera de decir las cosas o de beber. Recuerda algo, algo mío, algo que era genial.
Pero cuando yo consigo recordar lo que me dice, la situación, lo que sea que me describen. Bueno. Lo que recuerdo era mi tristeza y mi angustia de saber que nada tenía el menor sentido, yo tuve la crisis de los cuarenta a los once años, la certeza de saber que mi fracaso era inevitable.
Nada de lo que me cuentan tiene el menor punto de contacto con cómo me sentía, lo que me pasaba, cómo lo viví.
Te lo digo por si te parece que lo estamos pasando bárbaro, no sé, lo bueno que es estar juntos. Los momentos compartidos.

30.11.24

Método


Estaba triste, estaba mal, venía en caída. Me habían echado del laburo que igual era una mierda, Mónica me había dicho que necesitaba tiempo para pensar, se volvió al pueblo donde vivían sus padres. Así todo, la sola posibilidad de tener que decirle a la piba de la fiambrería que quería doscientos gramos de salame me daban ganas de llorar.
Decidí que iba a escribir. Había leído que Woody Allen decía que escribía dos carillas por día durante noventa días, y entonces tenía el guión de una película. Había leído que Martin Amis había dicho que mientras todos sus compañeros de curso se preparaban para escribir la gran novela, o la obra de teatro que revolucionaría el arte moderno, él se sentaba a las seis de la mañana y escribía una hora.
Empecé a ir a un bar. A las ocho de la mañana, me compré un cuaderno y un par de biromes. Dije ‘me voy a sentar de lunes a viernes, una hora’. Iban a ser, ponele, doscientos cuarenta días, a dos carillas por día, bueno. Después de limpiar, corregir, quitarle la grasa. Ver lo que quedaba.
Nada. Me sentaba en el bar, abría el cuaderno, pedía un café y una medialuna de grasa, al mes siguiente un cortado y una medialuna de manteca. A los pocos días pensé ‘con una carilla por día también está muy bien’.
Nada, cero, kaputt. Ni un miserable párrafo, ni una oración. De mi mente no surgía una palabra.
Pasó el año. El cuaderno se había gastado un poco de tanto llevarlo en la mano. Había perdido algunas biromes y había comprado otras. El mozo me conocía, me saludaba.
Y entonces me di cuenta que no iba a escribir nunca nada. No sabía escribir, no quería escribir, no tenía nada para decir. Pero vivir también era desayunar, tomar un café con leche en invierno, ver por un instante el humito saliendo de la taza. Esas cosas.

20.11.24

La velocidad del sonido


No soy ingeniero en aeronáutica, es más, no soy ingeniero en nada y más aún, no soy muy bueno con las matemáticas, con las ciencias denominadas ‘duras’ en general.
Pero hay una velocidad, entre los mil kilómetros por hora y los mil cien, no tengo precisión en la materia, ya lo dije. Hay una velocidad, entonces, decía, que es conocida por todos, los que entienden y los que no, como ‘la velocidad del sonido’. Pasada esa velocidad las cosas cambian, podríamos decir que cambia todo. Porque es una velocidad, esa marca en el cielo, es la que deja de un lado lo subsónico y del otro lado, lo supersónico.
Mundos diferentes si los hay. Afectados por diferentes leyes científicas podríamos decir, por qué no naturales. Cambia la intrínseca naturaleza de las cosas, las propiedades. Lo que es importante de un lado deja de ser importante del otro. Lo que funciona en un campo deja de funcionar, sí claro, en el otro. Un avión subsónico para hacerla corta, en una velocidad supersónica se desintegraría. Como si sacáramos a un pez de su pecera y lo pusiéramos en otra pecera pero llena de vino. El pez, por decirlo técnicamente, no funcionaría.
Lo mismo sucede analogía mediante con el dinero, con la plata. La guita.

10.11.24

Cuenten conmigo


En la esquina. De la avenida. Espero que el semáforo cambie de color. Espero que suelten los autos como si de una carrera de galgos se tratara. Y empiezo a cruzar bien despacio. Sin mirar claro, para el lado de los autos. Miro para arriba o para abajo, son diferentes clases de asfalto. Hay frenazos, gritos. Furibundas puteadas.
Veo un perro, un perro vagabundo bigotudo, aturdido, asustado. Lo llamo, vení loco le digo, qué te pasa, enfocamos nuestras miradas. Cuando se acerca agachando la cabeza un poco, moviendo apenas la cola, inseguro, me incorporo y le doy un tremendo patadón, lo engancho en las costillas, de costado. El perro lanza un lastimero aullido y casi parece que va a llorar pero los perros no lloran, con lágrimas digo. Se aleja rengueando.
Veo a una señora bastante mayor. Viene de la verdulería o de la frutería o ambas cosas. Camina con lentitud, lleva un par de bolsas en cada mano. Asoma de una de las bolsas, un paquete de acelga. En otra bolsa se distinguen peras, varios pomelos, duraznos. Me acerco sigiloso, por detrás. Rasgo el nylon de una bolsa, de un tirón. Le cuesta a la mujer permanecer de pie, conservar el equilibrio. Cae una bolsa. Ruedan los duraznos. Oigo los sollozos de la mujer mientras pisho contra un árbol.
Sé perfectamente desde hace tiempo que el mundo es una rotunda mierda. Me parece que debo hacer mi aporte, colaborar.

19.10.24

Miedo al miedo


Te explico lo que pasa. En realidad no te explico, te cuento. Yo hace años que dejé de explicar. Explicar es algo tan antiguo como los pantalones pata de elefante.
Viste que hubo una pandemia. No se sabe, parece que un chino estaba de excursión y le agarraron ganas de defecar, viste como son esas cosas. Y no va que el chino caga en medio del bosque y manotea buscando algo, una hoja, algo con qué limpiarse el culo para ser más exacto. Y no va que justo agarra un murciélago, un murciélago que justo estaba descansando por ahí, y el chino va y se limpia el culo con el murciélago. Y después alguien agarró el murciélago para hacerse una sopa, en fin. Mejor no sigamos.
Y desde entonces se expandió por el mundo la pandemia, nada volvió a ser, ni va a ser nunca más, como antes. Cambiaron los hábitos, se suspendieron los recitales y los eventos deportivos, cerraron los restaurantes y no hubo más viajes en avión. Y ahora cuando caminás por la calle y te cruzás con un conocido, en lugar de saludarlo primero lo mirás, lo mirás como si estuvieras buscando algún gesto, un moco, la más mínima confirmación que el tipo que tenés enfrente tiene la peste bubónica y que debés salir corriendo lo más rápido posible sin siquiera preguntarle cómo está, si terminó la secundaria, si se casó, por qué peló semejante cara de boludo, si tuvo hijos.
Pero todo eso es materia conocida, ya sabés. La gente se enojaba en la calle si no tenías puesto el barbijo pero después iba y manoseaba todas las mandarinas en la verdulería mientras trataba de acertar y elegir la que tenía menos carozos. La gente es una mierda pero eso no tiene nada que ver con la pandemia. Eso es de siempre.
¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí, que hubo una pandemia, que llegó el fin del mundo, que la gente es la mierda más pura. Me distraje, disculpame.
No, no tengo la solución, no tengo la vacuna, no sé cómo hacer para que la gente sea feliz. Podríamos decir que soy parte del problema.
Pero noté algo, eso sí. Si te fijás bien, si prestás atención, cuanto más pelotuda es la persona, cuanto más insípida y anodina y absurda es su existencia, bueno. Era la persona que usana triple barbijo y que llevaba una garrafa de alcohol en gel colgada de la espalda y que tratana de dar dos respiraciones máximo por cuadra y así. Repito entonces, cuando ves a una persona cuya vida no tiene el menor sentido, que se ha pasado quizás los últimos diez años gritándole a su propio perro para que aprenda a cagar parado en dos patas o que quiere discutir en el ascensor sobre cómo puede ser qué caro que está todo, algo así. Una persona que jamás practicó una actividad artística ni deportiva, que se limita a pagar el gas y ver programas de entretenimientos y se hace chequeos, muchos chequeos de salud, si pudiera se haría un análisis de sangre tres veces por semana. Bueno, esa persona es la que tiene más miedo de morirse.
Y a mí me parece una maravillosa broma del universo. Quiero decir hay algo ahí que no deja de ser curioso.

10.10.24

Lo único que importa de breaking bad


Estuve viendo breaking bad. No, pará, ya sé, genio de nefli, breaking bad fue hace veinte años o algo así, ya la vio todo el mundo y ya se dijo todo lo que había que decir sobre la serie. Lo que me pasó fue que tengo, por suerte, tiempo libre a la tarde, y ya no se me ocurre nada para hacer. No quiero leer ni escribir, la sola idea de trotar me produce náuseas, así que elijo una serie y miro un capítulo por día. Pero como las series son malísimas miro las que me gustaron que son las que le gustaron a todo el mundo, los soprano, succession, peaky blinders, en fin, tampoco estoy inventando el agua caliente.
Miro un capítulo de una serie, fumo un cigarrillo, tomo un café, y me parece que el mundo todavía es un lugar amable o no demasiado hostil. Después o antes hay que lavarse los dientes, pagar el gas, quizás hervir arroz. Vivir es una maldita cosa detrás de la otra, como todos sabemos y creemos saber quién lo dijo aunque no sabemos muy bien en qué estaba pensando cuando lo dijo pero nos sirve igual.
Acá viene el tema, sobre breaking bad. No, no importa, todos los personajes están bien, y todos nos volvimos expertos en metanfetamina y todos vimos la transformación de w. white de apocado profesor de química en narco sanguinario y el derrumbe de pinkman y la obstinada muerte de hank y el genial gustav fring y la pasmosa sabiduría de ehrmantraut y está todo lo más bien aunque lo estés viendo por tercera vez y ya te des cuenta que la serie se puso vieja pero sigue siendo mejor que una boludez nueva. Por lo menos para mí.
Y se me estaba acabando, la serie quiero decir pero podría decir la vida o la alegría también. Estoy en el capítulo 15 de la temporada 5, o sea el anteúltimo capítulo de la serie.
Acá viene la cuestión, por favor no te detengas en detalles técnicos ni me corrijas un nombre o alguna boludez por el estilo. Me pasa todo el tiempo, cuando hablo con alguien, que estoy diciendo algo genial y la pregunta suele ser ‘pero en realidad te bajaste en callao o en uruguay?’. No importa pibe, tratá de seguir el foco de la maravillosa linterna con la que alumbro lo que estoy contando y capaz aprendés algo. El multitasking le pudrió el bocho a la gente, quedaron todos más boludos que antes esperando la app que les explique cómo rascarse el culo. En fin.
Estamos en el capítulo 15 de la quinta temporada, la serie se termina. W. White está escondido en una cabaña en Alaska o donde quiera que sea, después de que le ha pasado de todo. Ha logrado escapar, le han hecho un cambio completo de identidad recurriendo a los servicios del tipo con la pantalla de service de aspiradoras.
Entonces. Está W. White, solo, enfermo, ha perdido a su familia que lo odia, lo busca la justicia. Está en la cabaña, hace veinte grados bajo cero. Y llega el tipo de las aspiradoras, que se había comprometido a venir a verlo una vez por mes con las provisiones. Le trae comida, le trae periódicos, le trae lentes con distintos tipos de aumento. Le hace, incluso, una improvisada quimio porque a W. White le ha vuelto su cáncer.
Y el tipo que fue el que le inventó la nueva identidad y lo puso en esa cabaña y le trajo las provisiones está por irse apenas terminado el encargo. Y W. White le pregunta si se puede quedar un par de horas.
–¿Un par de horas? –dice el tipo–. No. Tengo dos mil kilómetros de viaje. Me tengo que ir.
Y entonces W. White le ofrece veinte mil dólares por dos horas. Y el tipo lo piensa y regatea. Le dice que acepta los veinte mil dólares por una sola hora. Y W. White lo piensa con apenas una resignada sonrisa y dice ‘bueno’.
Y entonces pasa algo más importante todavía. Acaban de arreglar que el tipo se queda una hora más por veinte mil dólares. El tipo va hasta una mesa, agarra inmediatamente un mazo de cartas y dice.
–¿Cards?
Porque tampoco se conocen ni son amigos ni tienen de qué hablar. Pero se puede jugar a algo.
Y lo que tenés que entender es que W. White se ha pasado las 5 temporadas de la bellísima breaking bad haciendo barbaridades, fabricando metanfetamina, mintiendo, matando. Y termina en una cabaña y está en presencia física de un barril de plástico con unos once millones de dólares que es el producido, lo que le ha quedado de su espectacular via crucis. Y lo único que quiere es que alguien le haga compañía. Estar con alguien, que haya alguien además de él en la cabaña aunque tenga que pagar por eso, jugar a las cartas sin el menor interés.
Y es todo tan redondo y tan perfecto y hay tanto para aprender ahí que yo lo tenía que escribir, porque le tenía que contar a alguien lo único que hay que entender, lo único que importa de breaking bad.

30.9.24

Gente corriendo


Me ha tocado ver a la gente que corre. Pobrecitos, no tienen la culpa, son parte de una colectiva desesperación que los excede, los contiene y los abarca. Ni siquiera saben por qué corren, qué les pasa. Es la imbecilidad hecha pulsión.
El domingo a la mañana quise ir a Palermo a dar una vuelta, caminar un poco antes de desayunar. Era temprano y estaba bastante fresco, poca gente, más no se puede pedir por la sencilla razón que más no hay.
Pero justo iba a empezar y pasó un carrito, una especie de jeep, bien despacio, y un sujeto con un altavoz dijo ‘¡Cuidado, señores! ¡Se está corriendo una maratón, cuidado por favor!’.
Y era verdad. Me detuve junto a un poste de luz, y comenzaron a pasar. Los más veloces primero, veinte o treinta. Un poco después el promedio, todos los demás. Tres o cinco mil almas sin paz.
Remeras naranjas o verdes casi fosforescentes, hombres en su mayoría aunque había mujeres también, y gente grande. Me quedé ahí parado unos buenos diez minutos. El chuic chuic de las suelas de goma. No vi una sola sonrisa, ni una sola, el sufrimiento tatuado sobre los rostros, profundas gestos de estupor, de contrariedad.
Se me ocurrió pensar que si se filmara lo que yo estaba viendo, gente corriendo, filmados bien de cerca, verlos pasar, cualquier maratón de cualquier ciudad, algo fácil de realizar. Si se filmara una de esas carreras de domingo a la mañana y se pasara la filmación en los televisores de las salas de terapia intensiva de cualquier hospital. Si se les mostrara a los enfermos terminales, a la gente que arrastra crónicas penurias o resiste cruentos tratamientos, si se les mostrara lo que hace la gente que está sana, se sentirían mejor con sus vidas casi de inmediato. Se darían cuenta que no es tan mala la situación que les toca atravesar.

20.9.24

Lo vamos viendo


Sé, lo sé perfectamente, los que escriben muchas veces quisieran pintar. Poder pintar, hundir un pincel en algún color para luego deslizarlo por el blanco lienzo en esa sensación única tan particular, tan característica. Ver surgir las formas venidas de quién sabe dónde, crear.
Y sé que quienes pintan desearían hacer música. Tocar un instrumento. Un piano, un violín, escupir música, llenar el espacio con sonidos que surgen del movimiento de tus manos mientras la gente presta atención, cierran los ojos, hacen silencio.
También es cierto que quienes hacen música, quienes tienen ese extraño don, esa curiosa habilidad, muchas veces desearían saber hacer otra cosa. Ser abogados, contadores, arquitectos. No tener que ganarse la vida cobrando migajas, dando clases de guitarra o de bajo a pequeños retardados que viven en barrios privados y que sueñan con tomar una fanta con bizarrap o armar bandas de rock que los lleven a la MTV o símil para poder quedarse en pausa en una entrevista como si de verdad estuvieran pensando. Para luego balbucear alguna imbecilidad.
Los abogados, los médicos, sueñan con vivir en una cabaña frente al mar, coger con jovencitas algo desaliñadas de tetas pequeñas pero muy firmes. Hacer surf hasta que anochezca y fumar, fumar porro mientras esperás hasta el próximo porro y no mucho más.
Todos estamos tristes, de eso estamos hechos.

10.9.24

Humanum est


Leo un libro. Para eso están, los libros. También podés subir algo en tu instagram o jugar con la play, pero yo prefiero leer un libro. No sé, vos hacé lo que te resulte más cómodo.
¿Qué te estaba diciendo? Ah sí, leo en un libro. Lo siguiente:
El ser humano es la única criatura que puede reflexionar sobre su propia existencia, imaginar su propia muerte, y simular un orgasmo.
Brillante la frase por donde la mires. Sé cuando estoy en presencia de algo brillante en cualquier disciplina, lo sé de inmediato. Aunque no practique la disciplina en cuestión, aunque no tenga la más puta idea de nada al respecto. Pero algo resuena en mí ante la brillantez, y yo quiero creer que es también, no sé cómo decirlo, la brillantez que hay en mí lo que reconoce la brillantez en cualquiera de sus formas y eso me hace sentir un poco mejor. Tampoco molesto a nadie.
Pero vuelvo a leer la frase. Y se me da por pensar que el ser humano, además de poder reflexionar sobre su propia existencia, también puede imaginar su propia existencia, y quizás también simularla. Y el ser humano, además de poder imaginar su propia muerte, también es la única criatura que puede reflexionar sobre su propia muerte, y también puede simular la propia muerte. Y desde ya el ser humano además de poder simular un orgasmo, también puede reflexionar sobre un orgasmo, y también por qué no, imaginar un orgasmo.
También el ser humano tiene la capacidad de comer unas rabas o unos langostionos a la provenzal con una buena cerveza, en algún barcito frente al mar. O dar vueltas por un supermercado de barrio buscando dos latas de garbanzos y un sobre de queso rallado.
El ser humano puede, como la mayoría de las otras especies aunque quizás con un touch de sofisticación, hacerse bien la paja.

30.8.24

Para finalmente cambiar tu vida


Años y años de gente sufriendo, el tema que atormenta a casi todos, la sociedad que no puede evitar asociar la delgadez con la felicidad como si eso fuera cierto. El tema de las dietas.
Te explico lo que hay que hacer. El método definitivo. La solución al problema.
La duración del tratamiento es treinta días. Para cambiar tu vida.
Acá viene la parte técnica, instrumental, los detalles.
Durante diez días, durante los primeros diez días, vas a comer en el desayuno un tubo de pringles y una lata de coca cola. Podés elegir el tubo de pringles del gusto que sea de tu interés. Pero el sabor original, las rojas, está muy bien. La coca cola debe ser la roja, ni zero ni light ni nada por favor, ni se te ocurra.
Eso. Cuando te levantás a la mañana, desayunás un tubo de pringles y una coca cola de lata y te vas a trabajar, lo que sea que hagas con tu vida. Nada más, durante el resto del día, nada. Podés tomar agua eso sí, a lo sumo un té. Podés fumar dos o tres cigarrillos por día sin problemas, lo más bien.
Hacés eso, durante diez días.
Luego de los diez días, viene la segunda fase. Lo que podríamos llamar ‘fase 2’.
Ahora pasás a comer el doble. Dos tubos de pringles, dos latas de coca cola. Durante el desayuno. Diez días. El resto del día no comés nada más. Agua, té, un cafecito si precisás. Diez días.
Y luego viene la fase 3, diez días más. Los últimos diez días.
Ahora bajás a la mitad. La mitad del comienzo, medio tubo de pringles, media lata de coca cola. Diez días.
Listo. Eso es todo. Treinta días en total, fácil de entender.
No, no sé si vas a bajar de peso. Pero te vas a sentir distinto, te vas a quedar pensando cosas que nunca pensaste. Eso te lo puedo asegurar.

20.8.24

Salita azul


Qué querés que haga, me acordé y la cuento como me sale, como me viene a la mente. Podés considerarlo un homenaje porque el pibe murió, alguien me vino a contar que el pibe murió. Debe ser por eso.
Trabajaba, yo, en una oficina. No quiero contar mucho de qué trabajaba pero si querés podés decir que era en el sector financiero. Tenía la fuerza de un toro, yo, me había cansado de ser pobre y quería subir en la pirámide hecha de la mierda más pura, cosas que pasan.
El asunto, lo que me quiero acordar, cerró una empresa del grupo donde trabajaba, y como yo venía siendo un empleado correcto, en lugar de echarme me pasaron a otra empresa del mismo grupo. Y como yo encima había mostrado ciertas capacidades dentro de las finanzas, bueno, me pasaron a otra empresa y me pusieron de jefe.
Y en el sector que me ponen de jefe había tres tipos, pero había uno, P. que creía que le tocaba, le correspondía ser jefe a él. Así que le caí mal desde el principio, éramos muy jovencitos todos, menos de treinta años, te creés que te comés el mundo, o que otro no te deja comerte la porción del mundo que te corresponde y no lo podés creer. Después, cuando pasa el tiempo y te venis grande, si tenés suerte vas a entender aquella maravillosa frase de Lily Tomlin creo: el problema con una carrera de ratas es que aún si ganás, seguís siendo una rata. Se refería a Hollywood, supongo, la estimada Lily. Pero se aplica a cualquier oficina, en fin.
El asunto es que el pibe, P., se puso mal de ver que le traían a un jefe de afuera. Y como yo estaba lanzado a conseguir algo parecido a mi progreso personal, bueno. Me di cuenta que el pibe me trataba de complicar las cosas y lo empecé a maltratar un poco. Y yo era bueno en eso, además de ser bueno en mi trabajo. Así que el día a día era una mierda y todos la pasábamos lo peor posible y eso era lo más normal del mundo.
Y el tema fue que un día nos había venido a ver mi jefe, un tipo importante dentro de la organización, y vino de visita con el dueño de la organización, que era entre otras cosas un banco.
Vinieron de recorrida y me estaban consultando sobre un tema y yo le dije a P. algo como ‘bueno, entonces fíjate la variación de los fondos del año pasado’, o ‘Fijate por qué no hicimos las ventas en descubierto la semana pasada’, o cualquier cosa por el estilo. Y entonces el pibe, P., se dio cuenta que no podía responder lo que yo le estaba preguntando, y que por no poder responder lo que le estaba preguntando estaba quedando mal conmigo que era su jefe, y con mi jefe, y con el dueño del banco, todo al mismo tiempo y a la vista de cinco o siete personas más.
–Pero no puedo hacer eso –dijo P. –. No tengo las herramientas.
Acá estamos en la parte de la historia que quería contar.
Yo tenía algo, quizás por haber querido ser escritor, no sé, algo relativo a la facilidad de palabra. Solía decir alguna que otra cosa original o divertida, me salía naturalmente.
–Si tuvieras las herramientas no sería trabajo. Sería salita azul.
Eso dije, delante de todos, delante de mi jefe y del dueño del banco. Eso le dije a P. que sólo atinó a volver a su escritorio y tratar de esconderse detrás del monitor mientras la gente se reía. Porque si le va mal a otro hay que reírse, porque para eso son las oficinas.
El asunto es que pasó el tiempo, pasó la vida podríamos decir, P. se fue del trabajo, yo también seguí mi camino. Y hoy a la mañana estaba en el supermercado y me saludó un tipo que trabajó con nosotros. Nos acordamos de tal o cual cosa y me dijo ‘che, no sabés, murió P.’. Y me contó que a P. se le había desatado una enfermedad de las más terribles, ultraviolenta, que se lo llevó en seis meses. Estaba casado, tenía tres hijos, le gustaba mucho hacer asado, jugaba al fútbol los miércoles con sus amigos.
Entonces me acordé la vez que me dijo que no tenía las herramientas. Y yo te pido disculpas con estas precarias palabras, P., por lo mal que te traté aquella vez, y porque la vida se encarga de recordarnos de muy mala manera lo lindo que era, las ganas que tenemos todos de volver a salita azul.

10.8.24

Todos tenemos un don


Quizás se te escapó viendo breaking bad por quinta vez o leyendo la condorito, no sé cuál es tu situación mental y tampoco me importa. Lo mismo da.
Pero hubo una pandemia. O quizás deba decir hay una pandemia, no, de boludos no, esa pandemia es eterna. El covid podés llamarlo, o facundito, llamálo como quieras. Puede ser una gripe mitad chancho mitad pollo, en fin.
Se habla de eso, la gente se muere además y eso desde ya es tan triste, pero se habla todo el día de eso, en las noticias. Cierran los aeropuertos, te obligan a ponerte una bombacha usada en la cara para entrar al supermercado a comprar doscientos gramos de salchichón y entonces el chino dice ‘non tendo’, como decía siempre, pero ahora non tendo tiene muchísima más fuerza, significa mucho más.
No, ya sé, todavía no dije, nada, no es eso lo que quería decir, adonde quería llegar.
Hay una pandemia entonces, se vino el fin del mundo y quedó al descubierto lo peor de nosotros, hay vecinos que denuncian a un vecino porque dicen que trabaja de enfermero en un hospital y va a traer la peste, del hospital, a sus preciados departamentos de dos ambientes contrafrente donde tienen colgadas unas simpáticas grullas de papel que aprendieron a hacer con un tutorial, origami. Y entonces le pintan la puerta, al vecino, le escriben ‘asesino’ o ‘te vamos a matar’, mientras en la puerta de al lado hay un vecino, otro vecino, que se masturba viendo pornorgrafía infantil pero a ese no le dicen nada porque ese saluda en el ascensor y dice ‘qué caro está todo’ o ‘qué país le vamos a dejar a nuestros nietos’, y toca el botón del ascensor con los dedos pegoteados de esperma y mermelada de arándanos que usa especialmente para meterse los dedos en el culo.
El asunto es que hay una pandemia y nadie quiere morirse porque después que te morís parece que no podés seguir viendo programas de preguntas y respuestas por televisión ni partidos de fútbol de la Cadorna Champions Melba International Ligue, y eso es tan triste.
Pero en medio de lo impensado, de la tristeza y el miedo y el dolor, hubo gente que aprovechó para hacer algo con sus vidas. Quizás viendo que debían aislarse de tantas tareas que antes consumían la mayor parte de su tiempo, quizás para no enloquecer. Como la flor de loto que aparece en medio del barro más infecto y tiene una deliciosa fragancia.
Entonces hubo gente, personas que aprendieron finalmente a tocar el acordeón, o decidieron comprarse un perro y llevarlo a pasear, o dedicarse a estudiar matemáticas o python y encontraron no sé, que las criptomonedas podían cambiar sus vidas o que podían hacerlos parecer interesantes diciendo varias veces en medio de cualquier conversación la palabra ‘blockchain’. Hay maravillosas historias así.
Te cuento que hice yo.
Empecé a comer empanadas. Al mediodía. Bajaba a dar una vuelta y al principio estaba todo cerrado, pero encontré una panadería. Y te atendían sin dejarte pasar, vos estabas en la calle y le gritabas a una piba que estaba detrás de un mostrador, con guantes quirúrgicos y una cofia en la cabeza. Entonces descubrí que las panaderías, la mayoría, también venden empanadas.
Empecé a comprar empanadas en cualquier panadería que encontrara en mi camino, porque bajaba a caminar, aunque fuera veinte minutos para mover las piernas. Para no volverme loco.
Y luego, a los seis meses, ya tenías rotiserías abiertas también, y las rotiserías también venden empanadas. Y después estaban las casas de empanadas propiamente dichas, que oh casualidad no me los vas a creer, venden empanadas. Y las pizzerías claro.
Así que estuve tres años comiendo empanadas al mediodía, eso es lo que hice durante la pandemia. Y entonces me sucedió, porque el conocimiento llega de las más variadas formas, de las más extrañas maneras, que desarrollé una capacidad, un don.
Vos me das una empanada de cualquier lado, de la capital federal, vas y comprás empanadas y traés las empanadas a mi casa. Y yo me vendo los ojos, doy dos mordiscos, lo que equivale a decir que como media empanada. Unos treinta segundos ponele, y te digo de qué negocio es. La empanada.
Listo, eso es todo. Tengo una efectividad del 98%. En empanadas de carne mi efectividad es del 100%, pero en jamón y queso o queso y cebolla bajo un poco. La gente no lo puede creer, vienen amigos y hacen la prueba de alejarse de mi barrio, van a una panadería de morondanga no sé, en floresta. Pero yo no fallo. Toco la empanada, como si la sopesara por un instante en una mano, luego la muerdo, dos mordiscos. Cierro los ojos. Y te digo de dónde es la empanada, de qué negocio es.
¿Cómo? Ah, claro. Vos querés saber la utilidad de mi don. Para qué carajo sirve lo que hice, la facultad que me llevó dos años desarrollar.
Mirá no sé. Tenía hambre.

30.7.24

Algo relacionado con el uso excesivo de la fuerza


Te tengo que decir algo fuerte, es difícil, son temas de una profundidad tremenda y quizás no estás preparada. Sí sentate si querés, pero no pichona, dejar qué, cómo te voy a dejar si sos lo mejor que me pasó en la vida. Me levanto a la mañana cuando te quedás a dormir y no lo puedo creer, te veo ahí al lado mío durmiendo con el flequillo sobre la frente y me dan ganas de arrodillarme al lado de la cama y rezar, decir una plegaria de agradecimiento.
¿Qué? Ah, sí, que te iba a decir algo importante, bueno, sí, ahí vamos.
Mirá, no me gusta que me chupen la pija.
Nooo, pará, no te pongas así. Qué puto ni que no puto, si a los putos también les gusta que les chupen la pija, pero por tipos supongo y entiendo. No tiene nada que ver con lo que estamos hablando.
Es un tema técnico, no, ya te dije que no. No tiene nada que ver con vos, no hiciste nada mal, no me lastimaste. ¿Me dejás hablar?
El tema es así, me gusta que me chupen la pija, claro que me gusta que me chupen la pija, me encanta que me chupen la pija, quedate tranquila. Pero acá viene la cuestión, no tanto que me la chupen. Que la tengan en la boca se podría decir.
Es una diferencia no menor y para nada sutil, porque la gente tiene mucha pornografía encima, supongo que es el signo de los tiempos. Entonces vos vas y te prendés a la pija como una garrapata y empezás a cabecear como un oso hormiguero succionando como si tuvieras que raspar el fondo del tarro donde quedó la última cucharadita de miel de la vida misma.
Pero no, eso me incomoda un poco y quizás en parte me intimida, no es lo que yo preciso. Lo que me gusta, lo que me sirve a mí, es que la pija, mi pija, descanse. Descanse en una boca, en tu boca claro, porque la pija descansa y se siente muy cómoda, es un estímulo placentero pero no excesivo. Y sí claro, hay un crescendo, puede haber algún ínfimo movimiento de la parte receptora que serías vos, o que el portador de la poronga, de la pija propiamente dicha o sea yo, en algún momento acelere un poco de algún modo, intensifique el contacto de la herramienta dentro del recipiente por decirlo así buscando el resultado por todos conocido.
O sea, en algún momento algo, la plácida criatura descansando en el líquido amniótico de la vida misma si nos ponemos poéticos, despertará, abrirá los ojos, y es probable que con algunos movimientos no demasiado efusivos eyacule como un chancho pecarí, como un maldito mono carayá. Adentro de tu boca, claro.
Y eso es todo lo que tenés que saber por ahora. Y puede que no haya sido así desde siempre, desde muy jovencito ahora que me lo preguntás y que lo pienso. Lo importante es que quizás como en tantos otros órdenes de la vida no haga falta que te exijas tanto, no es necesario hacer gran cosa. La experiencia resulta de lo más satisfactoria sin que sea preciso tan elaborado esfuerzo. Sucede igual.

20.7.24

Tantos Rodolfos


Pasa algo, nada genial desde ya, hace rato que no me suceden cosas geniales. Las cosas geniales pasan hasta los treinta años, treinta y cinco como mucho. Lo que queda después bueno, fatiga de materiales, decadencia y caída. Podríamos decir, la vida.
En fin. Tenía que reunirme con uno por un tema, un tema de laburo, pero después de la pandemia el laburo ya no es lo que era antes, demos gracias a Dios por eso. Quiero decir, ya no es necesario que las reuniones sean en la oficina, uno puede tener algo de libertad ambulatoria, reunirse en cualquier lado.
Y eso hago, cito a A. en un bar de chacharita, por lacroze, a las 11 de la mañana.
Camino un poco, llego antes, hace frío pero el bar tiene mesas sobre la vereda y una especie de carpa de nylon que no protege de nada pero para el viento. Y la gente se sienta adentro del local, claro, porque es más calentito o para agruparse. Y yo me siento afuera entonces, claro también.
Eso es todo o casi todo lo que tengo para contar, lo que quiero contar, ya llego.
Llega una mujer. O no llega, la traen, porque está en silla de ruedas. Es muy mayor, la mujer, se nota que le han cepillado un poco el pelo hacia atrás, entre blanco y gris. Tiene manchas, esas manchas tan características que te deja el paso del tiempo en el rostro, en las manos. La trae una enfermera. La enfermera es realmente un mamut, una mujer de más de cien kilos que bufa y resopla mientras corre una silla para poner directamente la silla de ruedas, con la mujer, a la mesa. Afuera claro, porque es más cómodo. La enfermera, que es realmente una heladera de dos puertas y lleva un uniforme azul y un pulover, acomoda a la mujer y se sienta a su lado, ambas frente a mí.
Viene a atenderlas un mozo, chiquito, con barbita candado y el cabello imitando el corte de algún jugador de fútbol. Es muy afeminado y excesivamente amable. Le dicen que todavía no le van a hacer el pedido porque están esperando a alguien. El chico se va, la mujer saca un celular de su abrigo e intenta parecer mundana y desenvuelta, pero se nota que apenas puede manipular el pequeño artefacto. Le tiemblan las manos. La enfermera ha sentado a la mujer en el bar, ése era su encargo, y se desentiende por completo. Está aburrida, de la vida y de la mujer y de su trabajo. Mira su reloj.
Mientras tanto pasa gente, por la calle. Gente que sale de una verdulería con alcauciles y zanahorias, chicos con gorritas con visera y miradas ávidas que buscan algo para robar, suenan las bocinas de los automóviles. La ciudad se ha vuelto la mierda más pura o quizás fue siempre así pero yo no me daba cuenta porque estaba ocupado o entusiasmado con algo que no consigo recordar. Pienso en eso.
Llega entonces el otro invitado. Es un hombre mayor, mayor todavía que la mujer que lo aguarda, y en silla de ruedas también. Tiene las venas muy azules marcadas sobre un cráneo que parece un huevo a punto de romperse y yo no puedo evitar preguntarme qué pasará cuando eso suceda. Le han puesto un buzo polar que le queda grande, y el hombre tiene las manos sobre el regazo. El buzo es color verde botella, reconozco la marca por el logo de una suerte de montaña.
Al hombre lo trae otro hombre, otro enfermero o cuidador, debe tener unos cincuenta años y tiene bigote, algo de rulos, nada en él llama excesivamente la atención.
El cuidador hace de maestro de ceremonias, saluda a la mujer con una sonrisa excesiva y un beso en la mejilla.
–Cómo está, Rodolfo –dice la mujer.
–Bien, Rosita, bien, me duelen las rodillas de tanto subir al podio –dice Rodolfo, mientras corre otras sillas para acomodar al hombre que ha traído. El hombre en silla de ruedas debe ser un familiar de la mujer, quizás un primo, quizás un hermano.
Y yo que no tengo nada para hacer mientras espero que venga la persona que debo ver, presto atención y sé que me molesta Rodolfo. Me molesta su bigote y su ropa ordinaria y las boludeces que dice, veo claramente que el hombre se ha ido yendo a pique y no le ha quedado otra alternativa que trabajar de enfermero o cuidador de ese pobre viejo.
Vienen a tomarles el pedido, otra vez.
–Bueno –dice Rodolfo–, vamos a pedirle a mi amigo un asado con papas fritas…
Se ríe, Rodolfo, y se ríe Rosita. El hombre que ha traído Rodolfo no se ríe, tampoco gesticula. Es evidente que su situación vital es mucho más comprometida, además de la edad. Ha debido tener un ataque o algo que lo ha dejado prácticamente incapaz de moverse.
Me entra un mensaje al teléfono, A. me avisa que va demorado, que va a tardar como media hora. Corto, puteo un poco, miro el tráfico.
Y entonces pasa algo. Vuelvo a prestar atención a la mesa, a la mujer que mira a su primo o a su hermano y que apenas puede probar su café con leche, al paquidermo que bufa y mira su celular y espera que se pase el tiempo, al pobre hombre que no puede mover ni sus pies ni sus manos y que está mucho más cerca del reino vegetal que del animal.
Y ahí está Rodolfo, contando algún chiste de hace más de treinta años que le contó el mismísimo facha martel, acercando la taza de café con leche a los labios del pobre hombre que babea, limpiándole la cara con una servilleta, riendo, gesticulando, contando una anécdota de una pelea de mano de piedra durán, sosteniendo como puede los frágiles piolines de esa mesa que se derrumba, tratando que parezca una reunión normal, familiares que se encuentran porque se quieren ver y tomar algo.
Y por un momento quizás recuerdo los últimos versos de ‘los justos’, y sé que Rodolfo está haciendo lo que puede por salvar al mundo y me dan ganas de pararme, de ir hasta la mesa y pedirle diculpas y abrazarlo y decirle ´gracias, loco’.

10.7.24

El delicado momento en que descubrís que no sos tan genial


Mirá, fue de casualidad, así es como se producen los descubrimientos. Me estaba cogiendo a una francesa, o sea una piba de Francia que había venido a la Argentina a estudiar no sé qué. La verdad que la piba cogía con entusiasmo, con alegría, y para mí eso era más que suficiente. Me pedía que la lleve a comer a parrillas, a bodegones, y después íbamos a coger. Se levantaba a la mañana de buen humor, se bañaba pero no mucho, una enjuagada apenas, tomábamos un café y se iba fresca como un tomate. Alegría.
Y alguna vez haciendo tiempo para entrar a un cine o porque sí, habíamos entrado a alguna librería. Hubo un tiempo que fue hermoso, no, digo, hubo un tiempo en que yo creí que estaba destinado a ser el mejor escritor de la argentina, y eventualmente del mundo. Sabía que tenía una misión, la misión de contar, no sé, de escribir. Y durante esa época, es de lo más natural si querés escribir, leía. Compraba libros, iba a librerías.
Pero se me había ido pasando, la vida desde ya en general, y eso de escribir en particular. El delicado momento en que descubrís que no sos tan genial, que no tenés nada para decirle al universo pero que aún así vas a tener que seguir viviendo. La vida que te va pasando la lija triple cero por las bolitas hasta que no podés más, lavarse los dientes, pagar el gas. En fin.
Y al haber pasado mi tiempo de escribir creí que había pasado también mi tiempo de leer, así que había dejado de ir a librerías.
El asunto fue que entré a una librería con la chica francesa, y A. me hizo un comentario. Me dijo algo como ‘acá, en esta librería, hay más libros de Foucault que en toda Francia. No sé qué carajo les pasa en Argentina’. No lo dijo exactamente así desde ya, lo dijo algo risueña y sorprendida y mechando un poco alguna palabra en francés que yo no entendía pero que sonaban hermosas. Pero eso fue lo que dijo.
Sí, no va a ningún lado lo que te estoy contando pero no me jodas, es mi manera de estar en el mundo, soy así. No, no tiene nada que ver con la tristeza de saber que uno no tiene nada para decir, que la vida no tiene ningún propósito en particular (el glorioso mantra de Richard Sylvester: hopeless, helpless, meaningless), ni con la chica francesa que terminó lo que tenía que hacer en la argentina y se volvió a Francia.
Pero el otro día estaba haciendo tiempo antes de entrar al laburo, pasé por una librería, me senté en un bar a tomar un café, me acordé de la chica francesa. Y ahí me di cuenta.
Me di cuenta que no hacía falta ni saber francés ni leer a Foucault, pero que se podía contestar prácticamente todo, cualquier pelotudez que te preguntaran. Usando los títulos, los títulos y nada más, de los libros de Foucault.

Ejemplo 1.
–Che, Juan, ¿vos qué opinás del matrimonio igualitario?
–Bueno –dije yo–. Ni apocalípticos ni integrados.

Ejemplo 2
–No tengo pastrón –dice el chino del supermercado, que además tiene la fiambrería o algo parecido a una fiambrería adelante, junto a la caja–. Pero tengo salchichón.
–Ay, maldito hijo del sol naciente –respondo–. Las palabras y la cosas.

Ejemplo 3
–La puta madre que te remil parió, Hundred –El tipo tiene barba candado y se peina con gel, debe medir más de un metro noventa, se lo ve atlético y enojado–, dice mi hermana que además de no llamarla nunca más, le quedaste debiendo guita.
–Vigilar y castigar –digo y enciendo un cigarrillo.

Listo, no hace falta más, creo que ya entendiste la idea. Lo interesante es que vos decis un título de algún libro de Foucault y la gente se queda pensando. Te lo digo porque lo tengo bien estudiado.