24.12.14

Música para meditar


Las cosas que no te dicen.
Después de trabajar, ponele, diez años en el centro, no queda nada. No queda nada de vos. Imaginate, para que lo entiendas, que tu sistema nervioso central fuera un paquete de fideos ‘Don Vicente’. Bueno, ahora imaginate que agarrás el paquete de fideos, lo sacás de la bolsa, y lo partís en dos, como te salga, como puedas. Ahí está, eso es lo que sucede si trabajás diez años en el centro, en algunos casos con cinco años alcanza, es suficiente. No servís más.
A Moni se le había ocurrido que yo tenía que meditar. Ella decía que desde que había empezado a meditar veía la vida en colores. Pero yo no tenía tiempo para meditar, a decir verdad no tenía tiempo ni para rascarme el culo, mucho menos para meditar. 
Pero Moni me quería ayudar, tuvo una idea. Me grabó en su Ipod música para meditar. Lo único que yo tenía que hacer era aprovechar cada viaje en subte. Transformar ese calvario en mi terapia, cerrar los ojitos, escuchar la música. Y meditar.
–El símbolo de tortura, una vez trascendido, se transforma en la salvación. Fijate, por ejemplo, Cristo en la cruz –dijo Moni, muy seria. 
Ahí iba yo, a las ocho de la mañana, me subía al subte en Lacroze, cerraba los ojos, de pie, en medio de un millón de almas. Prendía el Ipod.
La verdad que lo más difícil era vencer mi propio escepticismo. Mi constante angustia de sentir que la vida, mi vida, había tenido la relevancia de un pedo en una tormenta eléctrica. No me había salido nada, nada de lo que yo había querido, y lo que se venía era peor.
La música era primero ínfima, mezclada con el sonido del viento, y después con el sonido del agua, agua cayendo. Como si estuvieras en presencia de una cascada. Unas pocas instrucciones, cerrar los ojos, sentir, sentir el cuerpo, cualquier sensación corporal que te arrastraba de inmediato hacia el presente. Respirar, sentir la respiración, la respiración era el ancla, prestar atención a los intervalos, a lo que no tiene forma, al silencio. Venían los pensamientos, claro que venían, los pensamientos, pero no importaba. No luchés, no hay que luchar, si luchás con la mente vas a perder, la mente come de vos, se alimenta de tu atención y se hace más fuerte. ‘What you resist, persists’, entender que la mente no es un objeto, es una acción.
Nada, escuchás la música. Luego la música era como la música de las películas del espacio, como si estuvieras fuera de la tierra, flotando en la inmensidad de la galaxia. Esa música, agradable por cierto, y vos sos el observador, el eterno testigo, lo que eras antes de nacer. Estás fuera de todo lo observado, ni cuerpo ni mente, ‘I am that by which I know I am’, somos presencia consciente. Pausa, silencio, un tintineo como de un xilofón, y más pausa. Silencio y pausa. Silencio.
Me había ido, lejos de mi vida, a otra parte. Era yo, todavía era yo, pero no era yo, era una especie de yo sin centro, una sensación de dicha sin causa, algo tan placentero. La meditación funcionaba, le iba a contar a Moni apenas llegara a la oficina. Se iba a poner contenta.
Abrí los ojos, estaba en Carlos Pellegrini. En el vagón, de pie. Me habían robado el Ipod. Tuvieron la delicadeza de dejarme los auriculares puestos, y me robaron el Ipod, son unos fenómenos, ni me di cuenta.

4 Comments:

At 11:04 a. m., Blogger Dany said...

Creo que volví porque el whisky que me regalaron anoche es pésimo. Y me acordé donde servían del bueno. Siempre dije que Moni era una gran mina......
Abrazo!

 
At 8:31 a. m., Blogger J. Hundred said...

*dany! una sorpresa verlo por acá, y un lujo. por lo general, una de las cosas que mejor me salen es ser una etapa superada. lo abrazo.

 
At 2:31 p. m., Blogger Mr. Kint said...

Muy bueno eso de "era una especie de yo sin centro, una sensación de dicha sin causa".
Usted sí que entiende, su sabiduría me sigue sorprendiendo. Ah, y detrás de todo gran Juan hay una gran Moni. Me cae bien la señorita, aunque no la conozca.
Le mando un abrazo.

 
At 8:04 a. m., Blogger J. Hundred said...

*mr. kint! en una oportunidad le consulté a una señorita, si alguna vez había experimentado, ella, un satori. me respondió, con absoluta convicción, que prefería la ropa de kosiuko. un abrazo.

 

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