6.12.13

Magia negra


         Fui a ver a una curandera. Sí, ya sé, te parezco un pelotudo, a mí también me daba una vergüenza enorme. Pero el asunto es que no me salía una, había entrado en una racha negativa. Sin entrar en detalles, me estaba yendo para el culo en todos los grandes rubros del horóscopo. No me salía nada, cuando me despertaba a la mañana, antes de abrir los  ojos, de pronto venía todo, llamalo la conciencia de mí, de saber quién soy, dónde estaba, lo que me pasaba. Y no quería abrir los ojos, sencillamente no quería tener que arrancar.
         A la curandera me la recomendó una amiga con la que cogía de vez en cuando, Mariana. Me dijo que ella había ido cuando habían tenido que operar a su pequeña hija de urgencia, y le había ido bárbaro. Se había sacado la angustia de encima, la tristeza, en fin.
         Me insistió, Mariana, que fuera, me dijo que ella me pedía un turno para el jueves, y después nos veíamos el viernes, para coger, y de paso le contaba. Me dijo que iba a ver cómo me volvían las ganas de vivir, de hacer cosas, y me dijo que me iba a chupar la pija (ella, no la curandera). Buenísima, Mariana, había logrado sobreponerse de temas bien chivos, el marido la molía a golpes, un tío la violaba cuando era una nena de doce años, y ella había logrado seguir, avanzar con su vida. Se juntan los pedazos y se sigue, solía decir y se reía, con una sonrisa algo tristona. Tenía buen pelo, un pelo para meter los dedos y apretar.
         El asunto es que fui, a la curandera. Un minúsculo departamentito en Once, en un edificio sobre la calle Larrea donde parecía que no tenías más que golpear una puerta al azar para comprar cocaína berreta o coger con alguna puta en caída libre. Los coreanos habían derrotado a las judíos en su momento por el control territorial de la zona, y ahora los peruanos y los bolivianos los empujaban a ellos. Guerra todo el tiempo, diría el viejo Buk.
         Me recibió una mujer algo excedida de peso, vestida como una gitana o alguien que acabara de volver de la India, de pasarse un par de años en un ashram cantando boludeces. Tenía un pañuelo fucsia en la cabeza, y muchas pulseras en ambas manos. Usaba chinelas con medias de toalla, unas pantuflas como las que solía usar mi abuelo.
         El comedor estaba casi a oscuras, apenas dos o tres velas encendidas, las persianas bajas. Había un escritorio con dos sillas, una biblioteca repleta de libros de esoterismo, y una camilla.
         Me hizo sentar y me dio un té, en un vasito de plástico.
         –Bueno –me dijo, tomándome una mano por encima del escritorio–. Te escucho.
         Hablé un poco. Le expliqué que no me salía una. Que mi mujer me había dejado por un compañero de trabajo, que mi hija no me daba ni bola, que mi trabajo era una mierda. Le dije que la rutina me estaba comiendo el alma, me había venido grande y sentía que la vida no tenía sentido. Tenía, todo el tiempo, esa horrible sensación, esas ganas de correr, de salir corriendo, y de saber al mismo tiempo que no había adónde escapar.
         –Estoy harto de ser yo –dije, y me terminé el té.
         Me hizo desvestir. Me dijo que me quedara en calzoncillos y me acostara, boca arriba, en la camilla. Me tocó los pies, las plantas de los pies, dejó sus manos sobre las plantas de mis pies un rato largo, hasta que sentí calor.
         Después me hizo un asterisco gigante, con una cuchara cargada con mayonesa Hellmann’s que trajo de la cocina, sobre el torso. Me dijo que cerrara los ojos, la dejé hacer.
         Después trajo una paloma del cuarto, una paloma gris, común y silvestre, de las que se ven en las plazas. Le arrancó la cabeza de un mordisco, y apoyó la cabeza de la paloma, todavía latiendo, sobre mi corazón pintado de mayonesa. Lanzó conjuros, gritó. Después comenzó a pasarme por todo el cuerpo una rama con hojas, parecía una rama de eucalipto, no lo sé, las hojas secas me pinchaban la piel. Se hizo un buche con alcohol y escupió sobre mí.
         –¡Aham! –gritó– ¡Soham!
         Y listo. Al rato me dijo que me podía sentar. Me dio un desteñido toallón para que me limpiara en un mohoso bañito de pálidos azulejos. Me volví a vestir.
         Le pregunté cuánto le debía. Trescientos cincuenta pesos. Se los di. Me dijo que todas las curanderas cobran antes, antes de dar el servicio, pero ella no. Las que cobran antes son como las prostitutas que temen que el cliente no quede conforme.
         –¿Le parece que voy a mejorar? –dije. 
         –No sé –dijo–, no creo. Pero no me digas que todo lo que hice no estuvo bueno. La mayoría de las veces lo que la gente necesita es sentir que todavía tienen alguna posibilidad.

9 comentarios:

Juan Sebastián Olivieri dijo...

¡Excelente!

Angel dijo...

con varios años de terapia puedo decirle que me atreveria a la mayonesa, la sangre de paloma y al eucalipto. En especial a las hojas, me gusta su aroma en primavera.

Lo saludo

J. Hundred dijo...

*juan sebastián olivieri! gracias.

*angel! alto, alto! usted hace trampa. ha omitido, del tratamiento, la parte donde le tocan las plantas de los pies. usted no confía del todo, usted se automedica, eso es muy grave.
sigo con algo más relevante. la medicina tiene en sus cimientos, y se regodea por cierto, con la noción de ‘guerra’. es decir, se lucha contra la enfermedad, se debe matar, destruir, vencer. no olvidemos las palabras de carl jung (o quizás fue jay jay okocha). aquello de ‘what you resist, persists’. parecen haber olvidado que el objetivo primordial del tratamiento, más allá del resultado, debiera ser que el paciente, además de ser paciente, la pase lo mejor posible. 1saludo.

Bob Harris dijo...

El problema con su curandera es que olvidó que el principio del placebo es la mentira y que para que funcione hay que mantenerla.
Muy bueno lo de "Tenía buen pelo, un pelo para meter los dedos y apretar."
Abrazos

J. Hundred dijo...

*bob harris! puede que usted no me haya sabido interpretar, puede que yo no lo haya sabido escribir. en cualquier caso, cada uno tiene el placebo que se merece. lo abrazo con módica decepción.

Yoni Bigud dijo...

Toda la vida me han cobrado antes. Las prostitutas, las curanderas y las mujeres en general. Por eso me concentro en producir sin mirar a los costados. Para cubrir esos gastos, que no sé si son los que valen, pero sí que son ineludibles.

Le mando un saludo más que efusivo.

J. Hundred dijo...

*yoni bigud! dentro del resbaladizo campo de las confesiones, podría yo contarle que las mujeres con las cuales he, por decirlo de algún modo, interactuado, me han odiado desde mucho antes de conocerme. lo que ha seguido no ha sido mucho más que un proceso de confirmación. estar a la altura de su odio no ha sido una tarea fácil para mí. he dejado allí, quizás, mi mejor empeño.
en cuanto a sus palabras, me place repetir aquello que se acuñaba en titanes en el ring: esto es para profesionales, no lo intenten en sus casas. da gusto escucharlo, usted pertenece a la categoría de los entendidos. lo saludo.

Mr. Kint dijo...

Muy bueno, Juan.
Es importante eso que dijo al final de sentir que todavía hay una posibilidad. También puede ayudar el método inverso: pensar que siempre se puede estar peor.

Cuando usted cuenta que le sale todo mal, que todo lo que le pasa es horrible, mi magia negra consistiría en leerle en unos minutos el relato "El hombre de Bogotá" de la fabulosa Amy Hempel, eso sí, lo hago mientras le tiro cucharazo de Hellman's en la espalda. Hay que mantener la mística.

Referencia obligada: http://wesleyhill.tumblr.com/post/76478942/amy-hempel-the-man-in-bogota
(recomiendo la recopilación de cuentos de Hempel, genial)

J. Hundred dijo...

*mr. kint! ‘la importancia de la mayonesa en la sociedad occidental’, he ahí un campo de investigación para aquella juventud maravillosa que decida incursionar en el abstruso campo de las ciencias sociales. después, en una etapa ulterior, pueden también escribir sobre la importancia del queso rallado. leeremos a amy hempel. lo saludo.