30.7.22

Sensibilidad superior


Los hombres y las mujeres son diferentes. Ya está, ya te lo dije, quizás no lo sabías. Es antropomórfico y no es antropomórfico. O mejor dicho, lo antropomórfico tiene consecuencias que no son antropomórficas, y lo que no es antropomórfico tiene consecuencias antropomórficas.
Vamos a lo importante, a cosas de carácter definitivo. Vamos a la masturbación.
La mujer a la hora de masturbarse, a la hora de proporcionarse alguna suerte de placer sexual sin la intervención de la otredad, de otro humano. Bueno, la mujer no tiene mayores pruritos en buscar un objeto. Un consolador puede ser, claro, desde ya, o un zapato, o un control remoto, un estuche de anteojos, una botella, un envase de algo, un cartón de leche descremada larga vida, un paraguas, un palo de hockey, en fin, una cosa.
Pero el hombre a la hora de proporcionarse algo de placer sexual recurrirá, en el 97% de los casos, a su mano. Son excepciones y merecen ser tratadas como tal, los casos en que un hombre para masturbarse utiliza trescientos gramos de carne picada en un florero de tallo largo (buk dixit), o el pie de un maniquí. No es lo habitual, no es la norma, implica, por lo general, severos trastornos conductuales de quienes recurren a esos implementos, quizás podríamos decir mecanismos.
Y esto que acabo de expresar con prístina claridad viene a dejar en claro por qué el mamífero mediano de sexo masculino está dotado de una sensibilidad superior. La mujer sale al mundo a munirse del implemento, del artilugio que le permite de algún modo completarse. La búsqueda del hombre está revestida de un superior grado de existencialidad. Me atrevería a afirmar que es más sofisticada.

20.7.22

A lo nefli


Él entró a robar el banco, esa sucursal de Villa Urquiza, con otros tres tipos. Intercambió un par de palabras con la cajera de la caja 4. La verdad que a pesar de la adrenalina del momento la piba le encantó. Le hizo acordar a una chica que había conocido en la primaria, una chica que se llamaba Bettina.
El robo se complicó, un guardia se puso nervioso y uno de los muchachos tuvo que rematarlo de un tiro. Escaparon con poca plata. Un mal día.
Al mes, haciendo las compras en un supermercado de Boedo un domingo a la mañana, la vio, a la cajera. Se animó a hablarle, pensó que la piba se iba a asustar. Pero no, la piba sabía que era él, se acordaba de su rostro perfectamente. Él la invitó a salir, ella aceptó.
Empezaron a verse, un amor apasionado, total, inoportuno pero aún así. Como en las películas.
Él quería cambiar, dejar la mala vida. Se anotó en la nocturna para terminar la secundaria, sentía que se venía grande y quería ser papá. Ir a trabajar y volver y que su señora le estuviera preparando una cena caliente. Ver la televisión. Ella quería participar de algún robo, que la dejaran manejar el auto aunque sea, andar armada, tomar cocaína desde tempranito. Tirotearse con la policía.
Se terminaron separando. Él terminó la secundaria, y pensó que quizás podía seguir estudiando, quería ser abogado. Consiguió un trabajo en un estudio donde no les importaba que tuviera antecedentes. Alquiló un departamentito más grande por San Cristóbal. Los sábados iba al cine a cualquier shopping en la función del mediodía, y después se iba a visitar a su mamá en Ituzaingó. Volvió a hablarse con su hermana, jugaba con sus sobrinos.
Ella se fue a vivir a Barracas, a una casa tomada que parecía un conventillo. Empezó a salir con un pibe de la banda de él, un pibe que andaba todo el día empastillado y que tenía una poronga desproporcionada para el resto de su cuerpo tan huesudo, tan flaquito. Un chico que cuando venía demasiado subido en anfetas la obligaba a prostituirse por poca plata. Le gustaba, al pibe, sentarse y verla coger con otros tipos. Vendían drogas por la zona oeste, cada tanto robaban alguna motocicleta, entraban en la casa de algún viejo y le robaban los ahorros.
Él se empezó a cansar de ir todos los días a la misma oficina. Se trabó en la carrera, le empezó a doler una pierna, flebitis. Andaba corto de guita. Ella estuvo internada por sobredosis, cayó en cana dos o tres veces. En una revisación le dijeron que tenía sida.
Y nada. La mejor forma de vivir es seguir siendo más o menos lo que sos. Anhelar ser otro, cómo no, y no serlo nunca. Podés creer en el karma si querés, en la reencarnación. También los viernes a la noche podés pedirte una pizza.

10.7.22

Es una cuestión de energía


Iba caminando por la calle, volvía a mi casa. Había pasado a tomar unos mates con mi hermana, paré en una verdulería, que también es frutería, y compré tomates, cebollas, bananas. Estaba tratando de comer un poco más sano, después de diez años de almorzar en el microcentro perdés hasta el gusto de la comida. Sos arrasado por un twister hecho de una tristeza que es como un sarro, se te mete en la sangre y no se te va más. Perdés el sabor de las cosas. Las de carne son de pollo, así se va a llamar mi próxima novela.
Volvía despacio, caminando unas cuadras, pasé por la puerta de un Farmacity y noté que el perro venía hacia mí. Fue un instante nomás, levanté la vista y miré al perro a los ojos y el perro salió como disparado.
Era un setter irlandés mezclado con algo, tenía el pelo brillante y oscuro. Arrancó desesperado pero sintió el tirón de la correa. Lo tenía una chica de veintipico en jogging y remera que parecía haber bajado a comprar algo.
El perro insistía con todas su fuerzas por venir a mi encuentro, la chica avanzó unos pasos Era claro que el perro no era agresivo ni quería hacerme daño. Desbordaba entusiasmo.
–Bueno, bueno –me arrodillé, lo abracé, pareció calmarse un poco. No hay nada más lindo que abrazar a un perro, es la verdad–. Ya está, master. Acá estamos.
–No entiendo –me hablaba, la chica, desde arriba–. Por lo general no se deja ni tocar por extraños. Te debe haber confundido con alguien.
–No –dije, el perro me lamía una mejilla–. Es una cuestión de energía. El perro siente mi energía, yo permanezco abierto a la apertura, como diría Heidegger, pero lo puede haber dicho Gary Cahill lo más bien. Soy el espacio que celebra su existencia, de hecho, en este instante somos lo mismo, podríamos decir que soy él. Eso es lo que pasa.
–Es raro –la chica me miraba y negaba con la cabeza–. Nunca me había pasado.
–Bueno, campeón –lo rasqué un poco en el cuello, lo miré a los ojos–. Me tengo que ir. ¿Te trata bien?
Ladró el perro, como si hablara.
–Bueno, bueno, está bien.
–¿Qué te dijo? –Me preguntó la chica, se reía, era linda.
–Dice que lo querés –me puse de pie–. Pero que lo retás cuando quiere dormir arriba del sillón. Y dice que también, bueno, una vez hiciste algo –hice una pausa–. Algo que no corresponde, pero no vamos a hablar de eso.
–¡Es increíble! –se ruborizó, la chica–. O sea, no puede ser.
–Bueno, el perro está bien –le dije, le apoyé una mano en el hombro–. Cuidalo mucho, te quiere de verdad.
Se pasó la mano por el pelo.
–Si querés dame tu teléfono y te invito un día a tomar algo –dije–. Si no querés no pasa nada, está todo bien.
Me dio el teléfono. Se llamaba Tamara, nos despedimos con un beso en la mejilla.
La verdad que el perro no me dijo nada. Pero la mayoría de las veces para saber lo que te pasa, lo que hacés, no hay más que mirarte un poquito la cara.

30.6.22

Ya que estás


–¿Cómo puede ser?
–¿Eh?
–¿Cómo puede ser? –Me acerqué un poco al hombre, algo mayor, que esperaba el subte en el andén– ¿Cómo puede ser que la felicidad sea tan fugaz, tan efímera, apenas un parpadeo, y la tristeza dure como una pila sulfatada en medio del océano? ¿Eh?
Vino el subte, el tipo renqueaba un poco. Se apuró para entrar en el vagón y caminó empujando hasta que sintió que se había perdido entre la gente.
Entré a una fiambrería de barrio. Estaban atendiendo a una señora. La chica que atendía cortaba salame con la máquina, iba sujetando las fetas con una pinza de metal y las dejaba caer sobre las otras fetas recién cortadas. Podía verse el brillo de la grasa, su untuosidad.
–Ya lo atiendo –me dijo con una sonrisa.
–Yo lo que quiero saber es qué sentido tiene todo esto –dije, tosí–. Porque no termino de entender, por más que lo he pensado, cuál es nuestro rol sobre el planeta tierra. No puede ser que Dios nos haya puesto acá, no sé, para cortar salame.
La chica miró hacia atrás en dirección a un estante donde había dejado apoyado su teléfono celular entre unas latas de duraznos en almíbar. Dudaba si agarrarlo, cómo hacer para que yo no me diera cuenta y poder llamar a la policía.
Y así voy tres o cinco veces por día, preguntando a cualquier persona lo que me gustaría saber. Qué carajo me importa cómo estás, si querés cambiar el auto o volviste de vacaciones o tu bebé se cagó fuerte o cómo subió el precio de las mandarinas. Las dos o tres boludeces que vos creés que te pasan, eso que vos llamarías, porque de alguna manera hay que llamarlo, tu vida.

20.6.22

Instrucciones para viajar en avión


Tenía que viajar en avión, a otro país, por trabajo. No importa el trabajo, no importa el país. Tratá de prestar atención a las cosas importantes. ¿Qué? ¿Que cómo hacés para saber cuáles son las cosas importantes? Muy sencillo, son las cosas que te estoy contando.
Tenía que viajar en avión a otro país por trabajo. Así que hice lo que se estila, pasaporte, dinero, valija, remise, aeropuerto, y así. Lo más importante de una carrera con vallas es entender que las vallas se saltan de a una.
Estaba finalmente sentado en el avión, en el aire. Y faltaban ponele seis horas de viaje o más. Te sirven algo para comer, sí, y te dan unos auriculares para que puedas ver alguna película en la diminuta pantalla ubicada en el respaldo del asiento de adelante, ‘Misión Imposible 33’, alguna tontería por el estilo.
Estaba incómodo, estaba fastidioso, estaba inquieto. No podía moverme demasiado, estaba obligado a estar con personas que no hubiera elegido estar más de cinco minutos y quizás incluso menos, y a comer un tarrito inmundo con un arroz pegoteado o unos fideos que alguien se había pasado previamente por el culo. Para resumir, tenía que soportar una situación en la que me estaban sucediendo varias cosas que me molestaban al mismo tiempo, y que iba a durar por bastante tiempo.
Y de pronto entendí todo. Aquello de ‘what you resist persists’. No había que hacer nada, no había que intentar modificar ninguna condición. Sólo quedarse así, sentado, quieto.
Y me di cuenta de algo más. Afuera del avión, abajo, era lo mismo. Era igual.

10.6.22

Cada día


Empezó como una casualidad. Me había quedado sin trabajo y me di cuenta que me iba a volver loco. No dejaba de ser curioso, uno se pasaba la vida quejándose de todos los sinsabores de la vida laboral, pero te dejaban tres meses en tu casa y estabas para pegarte un tiro en las rebolas.
Creo que me di cuenta una mañana después del café, que me había servido un whiskicito, supe que tenía que hacer algo. Empecé a bajar a caminar, me ponía un jogging y salía. Caminaba por el parque una hora y después me sentaba a fumar un cigarrillo viendo a los perros. Al rato cuando volvía a mirar todavía faltaban un par de horas para el almuerzo, el día no se me pasaba nunca.
Abrí una cuenta de instagram, me enseñó un amigo. Con el pretexto de leer alguna noticia, enterarme cosas que llegarían más tarde a los diarios, poder comentar algo, sentirme conectado sin saber muy bien a qué.
Y fue de casualidad, dije. Me saqué una foto. Con el celular. Una foto en primerísimo plano, del dedo gordo de un pie. Y la subí a mi cuenta. Puse ‘día 1’. Y la foto, para practicar nomás.
Al día siguiente repetí el procedimiento. Me saqué una foto, esta vez de una oreja. Casi desde adentro de la oreja, de tan cerca. Puse ‘día 2’.
Y así siguió. Todos los días me sacaba una foto y la subía. Empecé a tener ideas. Una foto de medio tomate sobre la palma de mi mano. una foto de mis huevos y en el lugar donde debía estar la poronga una banana, una banana comprada en la verdulería tapando la poronga. Una foto de un plato con arroz blanco recién hervido y mi mano hundiéndose en el arroz, encima. Todos los días una foto de una parte de mi cuerpo, con algo más, un lápiz faber 2b en el culo, un alfajor fantoche triple aplastado bajo la planta de mi pie derecho.
Al poco tiempo tenía más de setenta y dos mil seguidores. La gente me mandaba mensajes para felicitarme, me escribían mujeres, chicas jóvenes que me decían que querían conocerme. Me escribieron de una universidad para que fuera a dar una conferencia, me contactaron editores para que hiciera un libro de fotografías.
Yo había leído a Joyce y a Thomas Mann, tenía estudios universitarios y de posgrado, me había pasado trabajando unos buenos veinte años sin haber logrado mucho más que una modesta supervivencia. Ahora me ofrecían sexo, dinero, viajes a distintas capitales de Europa.
No dejaba de ser curioso, me pareció prudente no cuestionarme demasiado.

30.5.22

Tenemos que hablar


Vino ella aunque en realidad no vino, me dijo que nos encontráramos en el bar que estaba sobre Cabildo donde nos encontrábamos siempre. ‘Tenemos que hablar’, me dijo, y cuando una mujer que no te digo lo único que hace pero prácticamente todo lo que hace es hablar te dice ‘tenemos que hablar’, bueno. Ya sabés.
Llegué antes, yo. Me gustan los bares, me gusta mirar por la ventana y ver que la gente pasa y yo no paso, porque yo estoy sentado justamente en el bar. Me pedí una tónica y un árabe de salame y manteca, tenía hambre, me pareció que era demasiado temprano para empezar a tomar. Una de las pocas reglas que había logrado mantener a lo largo de mi vida había sido no empezar a tomar alcohol antes de las seis de la tarde, o de las cinco quizás. Si no fuera por esa regla estaría muerto, supongo.
Llegó ella, se sentó, dejó sus cosas, carpetas, papeles, bolso. Se la veía nerviosa, había tomado envión para decir lo que tenía que decir.
–Mirá, Juan, necesito tiempo, no sé lo que me pasa –dijo. Y siguió. Hizo un catálogo más o menos descriptivo de todas las cosas que yo no había hecho o había hecho mal, o había hecho cuando no había que hacerlas. Todo lo que le molestaba de mí, alguien pasaba hablando del otro lado del vidrio a los gritos, por su celular.
Di un bocado del sándwich, después otro más. Hay gente que cree que el salame va mejor con mayonesa pero no, la combinación con manteca es de lo más genial. Así como la gente se pasa la vida comiendo queso con dulce de batata o de membrillo sin enterarse, sin que nadie les diga que prueben comer el queso con dulce de leche. Te toca el alma, te hace sentir que vale la pena estar vivo, te dan ganas de llorar.
Habían pasado unos minutos desde que ella se sentó, más de cinco, pero menos de diez.
–Bueno –dijo y se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.
–Sí –dije yo. La miré, era linda y era joven y yo no era ninguna de las dos cosas. La iba a extrañar.
–Estoy esperando, Juan –los puños crispados sobre la mesa, junto a la cucharita del café con leche– ¿No me vas a decir nada?
–No –dije–. Sucede que me han dejado mucho. Dejarme a mí podría ser una disciplina olímpica, te digo la verdad.

20.5.22

Transparente, cristalino


Está claro que es verdad lo que se dice, la frase, aquello que después de los treinta años tenés la cara que te merecés. Es como si te hubieras ido tallando tu propio rostro.
Lo interesante, lo que es fácil de interpretar, son las intenciones de una persona. Vos ves a una persona que te saluda y sonríe, pero quizás no te saluda ni sonríe. Detrás de ese saludo, detrás de esa sonrisa ves que te detesta, o que está esperando que te caigas por las escaleras y te rompas una pierna en diecinueve pedazos, o que no ve la hora de terminar de preguntarte cómo estás tanto tiempo qué es de tu vida, para pedirte prestado dinero.
Lo que subyace, lo que habita bajo la superficie, la verdadera intención. La esencia es algo que siempre resulta evidente para mí. Veo a alguien y sé que detrás de su amabilidad hay rencor, o que bajo esos suaves modales habita la violencia, las ganas de hacer daño, o que bajo esa tierna mirada se esconde el espanto de envejecer, el horror de estar vivo, la codicia. Y así.
Por eso te voy a pedir por favor que no me subestimes porque mi cara, lo que me sucede a mí, podríamos decir que soy un caso atípico. Mi cara refleja exactamente lo que me ocurre, estoy dotado de una singular transparencia.
Me importa un pomo lo que me contás, lo que te pasa, y se me nota. Lo único que quiero es coger.

10.5.22

Iceberg


Empezó como una boludez. Me desperté un día cualquiera, un martes, para ir a trabajar. Después de pishar, después de de lavarme la cara, cuando iba para la cocina a prepararme un café, vi que asomaba un papel. La punta de un papel por debajo de la puerta. Seguro algún impuesto, las expensas, no le presté atención. Pero cuando abrí la puerta al rato para arrancar el día, para salir, vi el papel otra vez.
No era un impuesto, no era publicidad. Un papel, una hoja de papel pequeña arrancada de un anotador. El papel decía, con letra imprenta escrita con birome negra. Decía: ¡Forro!
Así empezó.
Al día siguiente, a la mañana bien temprano, otro papel. Pelotudo, decía esta vez.
No quise darle mayor importancia, tengo enemigos en el trabajo como todo el mundo. Aunque enemigos no es la palabra correcta, gente que no me quiere. Lo normal. Después hay vecinos, algún que otro vecino al que no le gusta mi cara o que quiere saber a qué me dedico, por qué llegaste a vivir donde vive él. Aunque donde vive él no sea gran cosa, igual el pobre tipo no lo puede entender. Alguna ex novia que llamaba por teléfono a cualquier hora para no decir nada, se quedaba del otro lado de la línea respirando. En fin.
Siguieron apareciendo los papeles dos o tres veces por semana. Las palabras se fueron transformando en una oración. ‘No servís para nada’, o ‘Sos horrible, horrible’, o ‘Dios te va a castigar, ya te castigó’. Variaciones por el estilo.
Me preocupé. Por la insistencia y porque llegaba la cuestión hasta la puerta de mi departamento. Necesitaba aclarar el tema.
Agarré el auto una noche. Fui a cenar. Después estacioné el auto enfrente del edificio, un poco en diagonal a la puerta. Me compré un café XL y me puse una gorrita con visera. Nada, nada de nada. A las cinco de la mañana subí, hecho moco de la cintura. Ningún papelito en ningún lado. Quedaba claro para mí que la amenaza no venía de la calle, de afuera. O me habían descubierto en mi burda tarea de vigilancia.
Al día siguiente me preparé para hacer lo mismo pero del lado de adentro. A las doce de la noche apagué todo, las luces, el televisor, y me senté en el living agazapado. Esperando escuchar el ascensor o pasos en las escaleras. Al menor ruido descubriría al agresor.
Nada. Nada de nada. A las cinco y media volví a la cama para tratar de dormir un par de horas.
A la semana siguiente volví a mi rutina y volvieron las notas. Sólo una línea, algo como ‘Fracasaste’, o ‘Sos un imbécil’, o ‘Das asco’.
Pero un día a la tarde, mientras me preparaba unos mates a la vuelta del trabajo, dejé de preocuparme. El entendimiento es algo bastante ajeno a la voluntad, como una movida de ajedrez que de pronto aparece de la nada y resuelve la partida. De dónde vienen los pensamientos creativos si antes no estaban ahí, dónde está la fuente.
No faltaba mucho para que me diera cuenta en medio de la noche que ahí estaba yo, de pie frente a la mesa, sacando una hoja de un anotador escondido en un cajón. Escribiéndome algo.

30.4.22

Nociones de alpinismo


Lo sabe cualquier estudiante de primer año de psicología, deberías saberlo vos también. El estado de deseo es lo que te mantiene vivo, es lo que vibra, la pulsión. Te parece que querés algo y entonces algo se desacomoda y te perdés en el camino. Lo que querés es querer algo, esa cosa, pero no tenerlo, no. Y cada tanto ves que lográs algo de lo que querías pero descubrís que la existencial incomodidad vuelve a abrazarte como una manta polar.
Cuando el ‘there’ se vuelve ‘here’ se arruina, se pudre, aunque haya sido alguna vez una de tus más inalcanzables fantasías. El momento más alto es antes, siempre antes, después la realidad se transforma en experiencia, acercarme y nunca llegar decía la canción.
Así que ya sabés, mientras no logres lo que querés, mientras todavía desees existe algo de potencialidad en vos, eso que te permitirá salir de la cama a la mañana, podés llamarlo motor.
Cada vez que logres algo descenderás un peldaño de la escalera de la alegría, aunque puede no lo alcances a entender todavía. Puede que te cueste verlo así.

*el deseo se satisface en el recorrido. me lo explicaron después.

20.4.22

Desde aquí


Muchas veces viene alguien, alguien que me conoce de algún lado, alguien que fue al colegio secundario conmigo o que jugó al ajedrez conmigo o que nadó conmigo, alguien que me conoce podríamos decir de la vida. Y ese alguien me dice que me ve más gordo, más pelado, más deteriorado en general, más viejo.
O viene alguien, una alguien, un femenino, una mujer podríamos decir. Y me dice que se dio cuenta que ya no me quiere más o quizás es todavía algo más intenso, se dio cuenta que me odia. Me dice que me dio los mejores años de su vida (suponiendo que alguna vez los haya tenido), que soy un sujeto egoísta, malo, vil.
O viene alguien, me encuentro con alguien, cualquiera, en el trabajo o en la tintorería o en la cola del Carrefour Express donde la cajera va pasando mis productos con extraordinaria lentitud, cosas que desde ya no me gustan ni me interesa comprar pero que debo comprar para seguir con vida, como si mis compras, como si yo mismo quizás estuviera hecho de la más pura mierda. Y alguien se me acerca y dice algo sobre lo caro que está todo, o el calor que nos va a dejar pegados al pavimento porque Diciembre en Buenos Aires es ni más ni menos que el horror de estar vivos, o me dice que Estados Unidos está por bombardear Dinamarca porque Donald Trump no puede soportar que exista gente más rubia que él, o me explica que los marcianos ya llegaron a la tierra y están entre nosotros y vinieron a llevarse a todos los delfines porque son fanáticos de la sopa de delfín.
Y entonces en cualquiera de los casos la persona se sorprende un poco de ver que yo no respondo, hago silencio y sigo mirando por la ventana, termino de hacer mis compras o tomo un sorbo de mi café.
Es que yo ya sé.

10.4.22

Confusión


Por algún motivo que no alcanzo a descifrar del todo, por alguna manera particular de interpretar las cosas una y otra vez, la gente confunde conveniencia personal con orden universal.
Eso es básicamente lo que pasa. Cuando lo que sucede resulta favorable a la persona en cuestión, a lo que podríamos denominar sus deseos, entonces por decirlo de algún modo el universo está en perfecto orden. Dios acertó. Las cosas son como deben ser.
Cuando el resultado de los actos no es el esperado bueno, es bien sencillo, sólo un idiota no sería capaz de darse cuenta. Algo está mal.
Pero yo desde que puedo recordar, lo que  equivale a decir desde siempre, he considerado las consecuencias de mis actos como algo ajeno a mí, animales con patas propias. Quizás tiene que ver con haber fracasado tanto lo admito, pero que las cosas no resulten como yo esperaba se me antoja una situación de lo más normal. Cuando todo sale mal me siento en mi elemento, nada que discutir.

30.3.22

Tenemos que hablar


La primera vez que Mónica después de terminar de levantar los platos de la cena vino y se sentó en el sillón y me dijo ‘tenemos que hablar’, me sorprendió.
–Tenemos que hablar, Juan –dijo, con las rodillas muy juntas, cruzó los brazos primero pero después le pareció que estaba incómoda y apoyó las manos sobre los muslos. Me pidió que apague el televisor. Puse el volumen en mute pero ella me hizo que no con la cabeza, tenía que apagar la tele.
Me dijo que se estaba viendo con alguien de la oficina. Empezó como una pavadita pero después se fue poniendo más y más serio. No había sido sólo un recreo, algo para cortar de algún modo la monotonía. Se querían de verdad, más allá de la pasión por la novedad.
A las dos semanas durante el desayuno, Mónica me puso el café sobre la mesa y se quedó de pie, muy cerca de mí. ‘Tenemos que hablar, Juan’, dijo.
Volvió a contar que había conocido a alguien, un tipo de la oficina que la había encandilado. La escuchaba, tomaban café juntos en algún bar, caminaban de la mano. Alguien al que le importaba lo que le pasaba, a ella. Cómo se sentía.
Volvió del trabajo, Mónica, yo salía de bañarme, hacía un calor del carajo. Me había preparado un fernet con soda y un cigarrillo.
–Tenemos que hablar, Juan.
–Ya me lo contaste –le dije–. Ya está claro. Te estás viendo con alguien, con otro, un tipo de la oficina que te quiere de verdad. Alguien con quien vas a poder, por decirlo de algún modo y porque de algún modo hay que decirlo, rehacer tu vida. Lo que no termino de entender es por qué carajo no te vas de una vez, qué estás esperando.
Me miró, Mónica, entre risueña y sorprendida.
–Me parece que no me entendiste –dijo–. Yo a vos te quiero, no te dejo ni loca. Pero me gusta hacerte sentir mal.

20.3.22

Supernatural


Cada tanto, como relleno en los noticieros de televisión o sino en los programas de la tarde, se presenta alguien, una persona, un sujeto que dice haber visto una nave espacial. Iba por la ruta la persona, era de noche y estaba yendo a Necochea o a San Clemente cuando se le apareció la nave. Vio extrañas luces, o de pronto quiso esquivar algo pero dejó de responderle el volante de su vehículo. El hombre, la persona, quería doblar o frenar pero no podía.
Y la persona cuenta que se bajaron de la nave unos hombrecitos de no más de un metro de altura, con cabezas con forma de huevos acostados y manos que terminaban en tres dedos. Y los hombrecitos, sin hablar, comunicándose de algún otro modo, le decían a la persona que habían venido a conquistar la tierra, que les gustaban mucho los perros Schnauzer miniatura y el dulce de batata solo, sin chocolate.
O alguien por televisión también, va y cuenta que iba caminando por la playa fuera de temporada y surgió del agua un monstruo, una especie de elefante pero en dos patas y todo recubierto de escamas, como si tuviera puesto un traje metalizado. Y la criatura de pronto apuntaba con uno de sus plateados dedos hacia un edificio y lo hacía desaparecer, para luego volver a sumergirse entre las olas sin dejar rastros.
Y así. Alguien que va y cuenta una experiencia de sobrenatural carácter, variaciones por el estilo.
Pero nunca vi a nadie contar que hubieran visto a alguien riéndose en el subte. Esa no se le ocurrió jamás a nadie.

10.3.22

No me ves


Hay noches que sueño que soy un avezado ajedrecista. Juego un interminable match con Kasparov y lo derroto en la última partida, con una exquisita combinación que comienza en la movida 23 y lo deja sin ninguna posibilidad en la movida 29. En el auditorio se hace un enigmático silencio hasta que Kasparov niega con la cabeza y por un momento parece que sonríe, me extiende la mano aceptando su derrota. La gente aplaude, la gente se pone de pie. Me voy a dar una ducha y luego a cenar. Pido un whisky single malt, hace frío, un fantástico frío en Budapest.
Hay noches que sueño que soy un piloto de fórmula 1. Corro en Montecarlo, hago imposibles maniobras. Paso por un lugar por el cual es imposible pasar, venzo las leyes de la física, parece como si me deslizara en la velocidad. Y triunfo. Subo al podio, bebo de la gigantesca botella de Dom Pérignon. La gente de la televisión que me entrevista me dicen que jamás han visto nada igual, esa manera de conducir. Voy a boxes a saludar a los mecánicos y me aguardan nueve jovencitas en bombacha y corpiño. Son de distintas nacionalidades, desde alemanotas de turgentes tetas hasta delicadas filipinas de compactos culitos. Elegí, elegí, me dice el jefe de la escudería y me palmea la espalda. Elegí y dejanos algo para los demás.
Después me despierto. Tomo un mate cocido, me lavo los dientes. Viajo en subterráneos, compro una revista, fumo un cigarrillo, entro a trabajar. No pasa gran cosa, mi día transcurre más o menos como de costumbre. Nadie parece darse cuenta, nadie advierte que en mis sueños soy genial.

28.2.22

Dos hermanas


Eran dos hermanas. Vanesa nació primero. Marisa un año después. Familia normal, mamá y papá, automóvil, perro, vacaciones en la playa. Clase media, en el sentido amplio del término. Hasta acá estamos, hasta acá todo bien.
Pero.
Con Vanesa estaba todo mal. O no, no está bien dicho, para nada. Con Marisa estaba todo demasiado bien.
Al principio nadie se dio cuenta, eran ínfimas diferencias, las nenas eran muy chicas. A lo sumo Vanesa tenía un dientito torcido y otro superpuesto, mientras que Marisa tenía una dentadura perfecta, o Vanesa tenía caspa y seborrea, y Marisa tenía el pelo lacio y brillante, sedoso y fuerte a la vez.
Pero eran detalles apenas, recién empezaban las nenas en el camino de la vida. La cosa siguió.
En el colegio Vanesa tenía problemas para adaptarse. Le costaban mucho las matemáticas, los números. Marisa fue mejor promedio desde tercer grado. Las chicas la eligieron como mejor compañera, también.
A Vanesa le descubrieron un soplo en el corazón. Marisa jugaba al hockey, hacía gimnasia artística. Vanesa comenzó a engordar, las rodillas hacia adentro, los modales torpes, el busto excesivo que la hacía caminar encorvada. Marisa tenía una hermosa figura, estilizada, largas piernas, culito firme. Llegaban los pretendientes, los noviecitos, en la playa nadie le podía quitar los ojos de encima.
Marisa se casó pronto, jovencita, con un empresario. Se fue a vivir a San Isidro, casa con pileta, autos importados, quedó embarazada enseguida. Tuvo dos hijos divinos, con menos de dos años de diferencia, Adolfo y Julieta. Vanesa se casó de grande, a los 37, con un corredor de artículos de limpieza que no paraba de sudar aunque estuviera desnudo en medio de la nieve. Beto tenía un problema en los riñones, lo iban a tener que trasplantar. Logró tener un hijo, Vanesa, Javiercito. Nació con el labio leporino, le habían dicho que se podía más adelante intentar algo, operar.
Y así siguieron. Marisa era una prestigiosa abogada de famosos. Salía por televisión a veces, respondiendo sobre algunos casos de importancia. Con su fantástica melena algo más corta y sus carteras importadas. Se iba a Punta del Este con su familia a pasar el verano. Vanesa daba clases en una escuela primaria, siempre con problemas de dinero, asma, siempre tratando de adelgazar.
Un día Vanesa se enfermó. Algo del corazón se agravó. Quedó internada, la operaron y a la semana se murió. Tenía 51 años. En el entierro de su hermana Marisa usó un trajecito negro algo ajustado que dejaba intuir sus todavía apetitosas curvas, lentes negros muy parecidos a los que solía usar Graciela Borges y una capelina para que no se la viera llorar.
Y listo, esa es la historia. Puede que vos esperaras que en algún momento cambiaran las cosas, alguna suerte de cósmico equilibrio, pero no. Quizás te parece injusto, también eso es muy normal.

20.2.22

Modo catástrofe


Cuando chocan los trenes, cuando se caen los aviones, cuando se produce un terremoto y la tierra abre la boca y se mastica una ciudad, un pueblo entero, como si fuera un alfajor de maizena.
Cuando pasa algo así y te lo muestran en los noticieros, en las redes la gente tiene algo para decir, la gente opina al respecto.
Vos te angustiás. Te das cuenta de los frágiles piolines que sostienen una vida. Dudás de todo, de la existencia de Dios, de las precarias nociones del bien y el mal, de las leyes que rigen la rotación y traslación del planeta tierra.
Ahora. Si yo te digo que me parece que me estoy quedando pelado, que tengo una furibunda busarda o que hace bastante tiempo que no la pongo. Bueno, eso no te genera la menor contrariedad ni excesiva preocupación.
Somos esclavos de la desmesura, ávidos de grandilocuencia. Si pensás salvar al mundo va a tener que ser de a uno, la gente no presta atención a los detalles.

10.2.22

El cuadrado, el círculo


Un abuelo lleva a su nietito al colegio, y en un accidente de tránsito lo atropellan, al chico, y lo matan.
El abuelo no puede soportar las recriminaciones de su hija. La hija, ciega de furia ante la divina injusticia, el universal absurdo, se interna en un hospital psiquiátrico, busca ayuda.
Su madre, la madre de la chica, va de visita y ve los despojos en los que se ha convertido su hija, vuelve a la casa y una noche deja el gas de la cocina encendido. Para que muera su marido, involuntario causante de la tragedia, junto con ella, que no puede soportar lo que tiene que soportar en esta última etapa de su vida.
La hija, al enterarse de la muerte de sus padres, y recordando la muerte de su hijo, salta por la ventana. Se suicida.
El marido de la mujer, habiendo perdido a su hijo y a su mujer, escapa a San Bernardo, a un departamentito que tiene de toda la vida. Un día que siente que no da más, que no puede dormir de la taquicardia, concurre a la salita y conoce a una enfermera. La mujer lo revisa y le ofrece un té, él llora, arreglan para verse al día siguiente para almorzar, porque ella está de guardia y debe seguir con su trabajo. La mujer es divorciada, él no logra encontrarle un sentido a la vida, caminan por la playa. Empiezan a salir.
La mujer sabe que se está viniendo grande. Le cuenta, al hombre, que quiere ser madre, que quiere tener un hijo. El hombre recuerda a su hijo muerto y le dice que no, que de ninguna manera, el fantasma de su dolor le impide siquiera pensar en esa posibilidad.
La mujer, una noche que el hombre concurre a su departamento a cenar, lo apuñala en la cocina con un cuchillo manchado de salsa portuguesa. El hombre muere.
La mujer alega defensa propia, y que el hombre había venido a su domicilio con otros fines, a pedirle dinero. El hombre ya la había golpeado un par de veces, testifican algunas personas que también trabajan en el hospital. La conocen a la mujer de años. El hombre había llegado de la nada, sin motivos, solo, quizás un turista.
La conocí en el juzgado de Mar del Plata, yo había ido a declarar como testigo en el robo de un automóvil, el mío, mientras pasaba unos días en Miramar. Me pidió prestada una birome, le traje un café de la máquina. Me contó que le hacía acordar a un actor de cine, uno que siempre hacía papeles secundarios, ayudante de detective. Cambiamos teléfonos y quedamos en hablarnos, me pareció una buena mina.

30.1.22

Siete minutos


Hacía tiempo que Leticia no quería más a su marido. Más de diez años de matrimonio, doce para ser precisos. Tenía dos chicos y una más que buena posición económica. Eduardo era escribano, un escribano reconocido.
Leticia sabía que lo que debía soportar para continuar con su estilo de vida no era tan grave. Siete minutos durante la cópula, lo había leído en un libro. Una vez por semana Eduardo, por lo general los domingos a la mañana o los sábados a la hora de la siesta, se le echaba encima.
Leticia cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. Jadeaba un poco, daba tres o cuatro soplidos, o decía ‘Aaa’, y otra vez ‘aaa’, o ‘sí, sí, así’, y listo. Eduardo aceleraba un poco y emitía un ronco gruñido para luego echarse de lado y quedarse dormido.
Los chicos crecían bien, Leticia vivía en un regio barrio privado, iba al gimnasio. Había cumplido 41 pero todavía tenía todo más o menos en su lugar. Veraneaba en Punta del Este y la miraban cuando se tiraba a tomar sol. Estudiaba pintura con un pintor reconocido que le enseñaba a pintar naranjas y jarrones y a veces la cogía. No era su único amante, también había un chico de menos de treinta, cadete del estudio de arquitectura, con abdominales bien marcados y el cabello largo.
Leticia cenaba los miércoles con sus amigas, cambiaba de amante y cambiaba la camioneta cada dos años, la vida no se había ensañado con ella. Se aburría un poco y a veces, viendo películas de Meg Ryan o de Sandra Bullock le entraba una congoja, unas ganas de llorar. Se fumaba un par de cigarrillos mentolados, iba a la peluquería.
Un sábado a la tarde Leticia se preparaba para el clásico ataque de Eduardo con el televisor encendido, pero Eduardo se paró, fue a la cocina y volvió con un vaso de jugo de pomelo rosado.
–Deberíamos separarnos –dijo Eduardo, y se sentó en la cama. Le explicó que no tenía demasiado sentido seguir juntos si ya no se querían. Sabía Eduardo y se lo dijo, de los amantes de Leticia. También le dijo que el dinero no sería un problema. Él estaba dispuesto a dejarle la casa y alguno de los autos. Se iría a vivir a un departamento que tenía sobre la calle Talcahuano. Vendría a buscar a los chicos todos los fines de semana. Ella tenía derecho a ser feliz, dijo, a rehacer su vida. Lo mejor era conservar una buena relación, separarse en los mejores términos. Ella era una buena mujer a pesar de todo, él lo sabía.
Ella se puso a llorar, dijo que no, que jamás había pensado en separarse.
–No entiendo –dijo ella–. Si estamos bien.

20.1.22

Bienvenido bienvenido amor


Durante mucho tiempo Alicia creyó que el amor era una caminata de la mano a la salida del colegio. Un chico de sonrosados cachetes con una flor en la mano, una lata de gaseosa compartida. Cartas escritas en hojas mal arrancadas de un cuaderno, respuestas de un rosa fuerte llenas de corazoncitos dibujados con una temblorosa mano. Y promesas que superaban las leyes de la física.
Después hubo un tiempo en que Alicia creyó que el amor era una peluda entidad embistiendo contra ella, ella siendo atravesada por el urgente tren del deseo, ella abrazando hasta que se apagaran los jadeos del animal satisfecho contra su pecho, ella arqueando la espalda y empujando también hacia atrás, contra peludos muslos y alguien que le tiraba del pelo.
Después vino una etapa en que Alicia creyó que el amor era cotidianeidad, compañía. Levantarse a la mañana y rascar un brazo que no era suyo, escuchar a alguien lavándose los dientes del otro lado de la puerta del baño, ver una película en el living mientras alguien fumaba o terminaba su whisky. El ruido del hielo golpeando contra las paredes del vaso, particular, característico, inconfundible.
Y después Alicia se dio cuenta que el amor podía ser cualquier cosa. La lluvia contra una ventana o el humito saliendo del café con leche o un perro que salta a tu encuentro y parece inagotable de agudos ladridos o la fragancia de la ropa recién lavada o un pedazo de chocolate con avellanas. Porque el amor jamás había existido, el amor era un estado de la mente.