30.12.21

El mago Wilkins se gana la vida


Me lo pidió Moni y bueno. Estamos saliendo, nos conocimos ya grandes, cuando ves que la curva de la vida te va a llevar a la mismísima remierda y lo único que te queda es agarrarte fuerte del volante porque no hay adónde doblar.
Nos vemos, salimos a cenar una vez por semana, elijo algún restaurante y vamos a comer algo rico, tomamos vino caro y nos venimos a dormir a casa. Después la veo un fin de semana sí y uno no porque ella, Moni, tiene una nena. Eso quería decir.
La nena se llama Delfina pero todos le dicen Delfi, tiene 7 u 8 años y es un sol. Tampoco es que me interesen demasiado los chicos, quiero decir. Me parece que los chicos y los animales tienen inmunidad e impunidad, son puros, los adultos son una mierda repugnante, ese es mi sentir. No me molesta estar en absoluto en algún lugar donde haya un par de niños o perros, o gatos. Tampoco es que interactúe demasiado, pero siento que transmiten otra energía. Yo voy hace más de diez años al microcentro a trabajar a una oficina, así que te podés imaginar.
El asunto es que con Moni estamos bien, cogemos, dormimos juntos una o dos veces por semana, fumamos un cigarrillo en silencio mirando cualquier cosa por televisión. No sé, no creo que haya mucho más para pedirle a la vida.
Y Moni me dijo que tenía todo arreglado. Era sábado y la nena, Delfina, tenía un cumpleaños de una amiguita. Y me pidió que la acompañe porque no quería ir sola y para ella era importante. Me dijo que después Delfina se quedaba a dormir en lo de una amiga, otra amiga no la del cumpleaños, y nosotros estábamos sueltos para hacer lo que quisiéramos. Era un trato de lo más justo.
Y fui, total no pasaba nada. Era entrar y saludar, chicos por todas partes, las mamás de los chicos, y varios padres también. Para Moni era importante no ir sola, así me lo dijo, y nosotros estábamos saliendo hacía más de seis meses y jamás me había pedido que la acompañara a ningún lado. Una vez nomás salimos con su hermana y el marido a cenar, buena gente, sencillos.
El departamento estaba en Almagro, entramos, hacía calor y eso me ponía un poco en estado de alerta porque la incomodidad hace que empiece a transpirar como un chancho pecarí. Era diciembre y debía hacer treinta grados y no había un puto aire acondicionado prendido, en fin. Chicos corriendo, platos con papas fritas y maníes, una chocotorta para la nena que cumplía años. Se llamaba Astrid, me pareció raro el nombre.
Saludé aquí y allá, un par de madres amigas de Moni, algún marido. Me trataron bien, alguien me acercó una cerveza, la dueña de casa me agradeció por ir, saludamos a Astrid que no tenía la más remota idea de quiénes éramos.
Acá viene la cuestión, el asunto. Le habían preparado como acto principal, a la homenajeada, a Astrid, un acto. Un mago.
La mamá se paró en el medio del living, y lo anunció: ¡Con ustedes, el mago Wilkins!
Prendieron las luces, los chicos estaban sentados en el piso, haciendo un semicírculo. Apareció el mago Wilkins.
El mago Wilkins estaba grande, algo excedido de peso. Le sobresalían las orejas de la galera, y de las orejas salían unos mechones de pelo oscuros. Le quedaba chica la capa.
–¡Ahora necesito un voluntario para hacer el truco de la moneda del fararón! –gritó el mago Wilkins. Los chicos estaban encantados. Daban grititos de satisfacción cuando desaparecía la moneda y el mago la encontraba en el bolsillo de uno de los chicos. Aplaudían.
–¡Lo tiene en la muñeca, lo escondió en la muñeca! –Gritó. Era uno de los padres, apoyado contra el marco de la puerta. Tenía en par de sánguches de miga enrollados en una mano, daba un mordisco y salpicaba miguitas.
Siguió el acto. El mago Wilkins sabía perfectamente que ser mago de fiestas infantiles era el equivalente para un médico de tener que hacer revisaciones en un natatorio. El escalón más bajo de su profesión, pero lo hacía con el poco entusiasmo que le quedaba, tratando de esparcir algo de alegría, de recordar por qué había elegido la magia alguna vez en la vida.
–¡La paloma estaba en la galera, jaaaa! ¡Se veía! –Otra vez, el mismo sujeto. se tomó el vaso de coca cola de un trago y se sirvió más de una botella de dos litros, se reía.
Llevo algunos años trabajando en oficinas y he visto todo, sé que el ser humano es la mierda pura, no tiene remedio. Es descriptivo.
Me acerqué, tuve que pedir permiso dos veces y tener cuidado de no pisar algún chico.
–Escuchame –lo rodeé con un brazo y sonreí como si lo conociera, como si fuéramos amigos de toda la vida–, si prestás atención ahí, te vas a dar cuenta que tu señora está muy cerca de ese pelado –dije–. Fijate, ya sé que hay poca luz pero fíjate, parece que están uno al lado del otro pero no es así, no exactamente. La está apoyando, el pelado, a tu señora, porque esa es tu señora, ¿no?
–Sí –dijo el tipo, se había puesto serio.
–Bueno –dije yo–. Yo estoy hace un par de horas acá, jamás te había visto en mi vida, y me di cuenta bien fácil que sos un imbécil. Y tu señora te detesta, se queda con vos porque no le queda otra, porque no tiene quizás la fuerza para escapar, por los chicos. Pero si te fijás bien,si prestás atención, cada vez que vos hacés un comentario ella hace un rictus, una mueca de profundo desprecio. Y se acurruca, se deja apoyar. Por el pelado.
–Pero..
–Así que ya sabés, descubriste dónde el mago esconde la moneda, pero no descubriste que a tu señora la están apoyando. No sos tan vivo.
Me iba a alejar, terminé mi cerveza de un trago. Volví.
–Algo más –dije–. Si volvés a hablar durante el acto, si decis una palabra más, te siento de una trompada. Se van a acordar de vos, de este cumpleaños, toda la vida. Pensalo.
Me separé para que pudiera verme. Fui jugador de waterpolo, y aunque estoy arrasado por la vida mido un metro noventa, cien kilos.
Le palmeé la cara como si nos acordarámos de una anécdota de la infancia, de algún chiste compartido.
Volví adonde estaba parado antes. El mago hizo un par de trucos más, dejamos a Delfina con su amiga y nos fuimos. Cuando salimos a la calle Moni me preguntó de qué hablaba con Héctor.
-Nada –dije-. Me pareció que lo conocía.

20.12.21

Llega el miedo


Los sueños, se ha estudiado el tema hasta agotarlo, supongo. No tenés más que ir a un psicólogo de barrio y decirle que querés hablar de tus sueños. Te vas a dar una panzada de interpretaciones. Andá a ver a una psicóloga y contale que soñaste que cogías con un delfín y fijate qué pasa. Te vas a divertir muchísimo.
Pero están los sueños que te hacen daño, los sueños que te atormentan y te dejan boqueando como un pez fuera del agua. Por ejemplo, dentro de los clásicos, los sueños donde te caés, te caés en un precipicio o de una terraza, te caés y sentís cómo te caés, cómo te vas cayendo de un lugar muy alto.
También están los sueños donde fallás, donde no tenés fuerza. Angustiantes sueños donde das un par de trompadas y las trompadas llegan a destino, impactan en un rostro que permanece impertérrito porque tu trompada no causa efecto. Tu trompada no consigue cambiar nada, no lastima.
Y después están los sueños donde te persiguen. Sos perseguido por mitológicos monstruos todavía no inventados, mezcla de víboras con insectos que se paran en dos patas, tienen colmillos, también, rugen, y una venenosa y fosforescente baba. Y te pasás el sueño escapando, escapando, luchando por tu vida.
Esos serían más o menos, en grandes rubros, con variaciones, los sueños que te lastiman el alma.
Pero últimamente me pasa algo peor, algo más jodido. Sueño que soy yo. Y en el sueño, mientras sueño, me doy cuenta que soy yo. Me doy cuenta que no hay escapatoria, me parece que voy a seguir siendo yo toda la vida.

10.12.21

Esas cosas


Empezó de la nada, cómo lo explico. Me despierto un domingo a la mañana, voy a calentar agua para tomar un par de mates, para arrancar. Y hay agua en el piso de la cocina. Tardé en darme cuenta, estaba borracho de la noche anterior. Cerré los ojos mientras esperaba que se calentara el agua, y sentí esa sensación de jugar con el agua entre los dedos de los pies.
‘Estoy en Villa Gesell, a la noche voy a coger con Elina, tengo veinte años’, pensé. Y abrí los ojos. Venía el agua del lavadero. Estaba mojada la pared, muy mojada, caía agua a borbotones de la llave de paso. Empecé a luchar para mandar el agua por la rejilla del lavadero, pero la rejilla regurgitaba y me devolvía el agua con más fuerza. Domingo a la mañana, repito.
Esa semana, ponele el miércoles a la noche, abrí la heladera. El freezer. ¡Pum!, hubo un fogonazo desde atrás de la heladera. Se quemó el motor, me dijo el técnico. Nada, muerte cerebral, kaput, imposible repararla.
Al día siguiente se rajó un vidrio, de punta a punta. Una ventana del dormitorio principal. Como si me hubieran tirado un piedrazo a la noche, mientras dormía. Imposible, séptimo piso, desde dónde.
Se empezó a levantar el parquet, baldosita por baldosita. Cada paso que daba por el comedor, clac clac clac.
Y así podría seguir. Dejó de salir agua de la ducha. Un mísero hilito de agua para enjabonarme las bolas y el resto de mi atribulado ser. Olvidate de bañarte. Se rompió el botón del inodoro, mi silla preferida comenzó a renguear de una pata. Las puertas de los placares dejaron de cerrar, apretaba los botones y las luces no encendían.
Pero no, lo pensé un poco y no. No se trataba de un embrujo ni de una maldición, tampoco era una racha de mala suerte. Mi departamento de un día para el otro se había cansado de mí, dejó de soportarme, no quería verme más. Como te pasó a vos, más o menos eso.

30.11.21

Podés llamarlo literatura


Leo un cuento. Un buen cuento. Hay una escena en el cuento, una escena maravillosa. Te la resumo.
Hay un hombre, un hombre mayor, casado, que ha perdido el olfato. Tiene un nombre, esa singular patología, esa enfermedad. El hombre está casado, tiene una esposa. A la esposa, que se empieza a sentir mal, débil, le descubren una enfermedad degenerativa que va directamente y con paciencia de boa, contra la motricidad. Nada se ha inventado para combatirla. La enfermedad avanza, la mujer está consciente, y no mucho más.
Ante la progresión de la enfermedad internan a la mujer. La mujer se pone peor, cada vez puede moverse menos, los miembros, los brazos y las piernas, se le dificulta hablar, la tienen que alimentar.
La mujer va a morir. El hombre, su marido, la visita, en terapia. Le lleva el hombre diversas hierbas. Tomillo, romero, flores de lavanda, orégano. El hombre acerca las hierbas a la nariz de su mujer que permanece con los ojos cerrados, para que recuerde olores, fragancias de situaciones donde fueron felices, ella y él, juntos. Árboles de eucalipto debajo de los cuales se sentaron a conversar, especias que utilizaron para condimentar cenas familiares, y así.
La escena del hombre junto a la cama donde yace su mujer con los ojos cerrados, el hombre metiendo la mano en una de las tres bolsas que ha llevado al hospital, acercando alguna ramita a las exánimes fosas nasales de su esposa que apenas conserva fuerzas para respirar. Bueno, es una escena de una ternura infinita.
Después levantás la vista del libro y te das cuenta que no importa lo fétida, abyecta y absurda que sea la realidad. Algo bello surge de alguna parte y es una maravilla comparable con la multiplicación de los peces y los panes. Y entonces podés continuar.

*el cuento es ‘pulso’, de Julian Barnes

20.11.21

Nirvanita


Si te fijás un animal, si te fijás bien. Tampoco hace falta que veas a una jirafa o a un rinoceronte, con un perro nomás lo entendés.
El animal no conceptualiza, tiene cerebro, claro que tiene cerebro, los mamíferos medianos fueron diseñados así. Y por lo tanto tienen mente. Quiero decir, en el sentido que un humano entiende la mente. Digamos, podríamos definir la mente desde ya no como un objeto, sino como una acción. La mente como funcionalidad.
Por eso estar con un animal te hace bien de inmediato. Es la alegría del ser en estado puro, no hay preocupaciones. No hay pasado ni futuro. El animal no recuerda ni anhela. Sí, quiere comida cuando tiene hambre, pero eso es imperativo categórico, biología. El animal es puro presente.
Lo mismo ocurre con los bebés. Mirá a un bebé a los ojos. Mirá al bebé descubriendo todo lo que lo rodea, sin analizar nada. Sin conceptos ni expectativas. No hay allí noción de ‘yo’, ni de ‘mío’. Es percepción pura, no hay individuo. Y por eso es feliz, tan despreocupado y feliz como un pedo en una tormenta eléctrica.
El adulto, lo sepa o no, intenta de algún modo alcanzar ese estado, volver a ser y nada más que ser, sin pensamientos, pura presencia. Para eso recurre por ejemplo a las drogas, por ejemplo al alcohol. Lo que pasa es que la herramienta no logra elevarlo por encima de los pensamientos sino que lo cansa, lo aturde, lo duerme. Pero en cualquier caso, lo que el hombre está buscando es apagar aunque sea por un rato la maldita fábrica de pensamientos. El paraíso es no pensar, tan simple como eso.
Ahora tu caso es por demás curioso, complejo quizás, distinto. Has llegado a tu particular manera a un curioso pedestal. Pensás, pero todas boludeces.

10.11.21

Cuenta la historia


Cuenta la historia que una mujer, cansada que su marido la engañara con otras mujeres, le cortó la poronga. Lo esperó al hombre como todas las noches, le preparó la cena, le sirvió un vaso de vino. En el vino había colocado un poderoso somnífero. Cuando el hombre se durmió la mujer, que trabajaba de enfermera en el Hospital Rivadavia, le cortó, a su marido claro, la poronga. Con un bisturí.
Bajó la mujer en mitad de la noche con la poronga de su marido envuelta en un repasador, fue hasta el parque más cercano al departamento donde vivía, el parque Centenario, y enterró la poronga junto a un árbol. Después la mujer se fue a la comisaría del barrio y se entregó. Contó lo que había hecho, lo que le había hecho a su marido.
Fueron a buscarlo al hombre, que despertó ensangrentado y al borde de la muerte. Sin pito.
El asunto es que si vas una mañana cualquiera al parque Centenario, te vas a dar cuenta que hay un lugar junto a un árbol donde crecen unas bellísimas flores. Muchas chicas, adolescentes que pasean en bicicleta, mujeres que van a fumar o a leer un rato. Se sientan justo ahí.

30.10.21

La persona que estás conociendo


No te podés equivocar, aunque en realidad sí que te podés equivocar. Tricky sería la palabra que utilizarían los norteamericanos, pero estamos en Argentina y en Argentina vale piquete de ojos vale patada voladora. El tema es prestar atención y entonces sí, te das cuenta enseguida.
Conocés a una persona, digamos una persona del sexo opuesto, hasta ahí estamos más o menos normal, todo bien.
Vas, salís. Vas a tomar algo, a comer. Lo que se estile, no tiene importancia.
Lo que sí es importante es de qué te habla, la otra persona. Aquí es donde nos volvemos todos más o menos iguales. Porque hay dos tipos de personas, no mucho más que eso.
La persona te puede hablar de tal o cual logro, de cosas que hizo y todavía hace. De cosas que está aprendiendo porque sí, porque le gusta. De cosas que le gustaría hacer.
O. Sino. Te puede hablar de cosas que hace pero que en realidad no hace, porque son parte de un sufrimiento encubierto. Te puede hablar de lo que no hace, de lo que se priva. Lo que dejó.
Por ejemplo, aunque no hacen falta los ejemplos. Una persona que está haciendo un curso de pintura o de fotografía, por estúpido que parezca, está hablando de algo que hace, sería una persona perteneciente al primer grupo. Una persona que habla de una dieta, de lo que no come, o que dejó de fumar, o que corre. Bueno, es una persona que está orgullosa de algo, de algo de lo que se priva, de un sufrimiento. Sería una persona perteneciente al segundo grupo.
Y listo, eso es todo
Si la persona que conociste, la persona que estás conociendo, pertenece a lo que podríamos denominar el ‘grupo 1’. Bueno, tenés que saber que todo termina mal. Tarde o temprano las cosas se arruinan, fatiga de materiales, decadencia y caída, las fuerzas de la naturaleza. Durará un tiempo y luego el avión pondrá la nariz hacia abajo y comenzará a caer.
Ahora, si la persona que estás conociendo pertenece al ‘grupo 2’, entonces parate y andate. No vale la pena, ni lo intentes.

20.10.21

Empiecen sin mí


Sucede cada seis meses más o menos, quizás algo más, nueve meses ponele, que alguien me llama. Suena el teléfono.
–Hola, ¿Juan? –dicen del otro lado. Y es alguien, una chica que fue a la primaria conmigo, o es un muchacho que fue compañero de la secundaria.
Van a hacer un encuentro, me dicen. Están armando un encuentro de todos los que fuimos juntos a esa división, a ese grado.
Va a estar éste y éste otro, y ese también, se ríen, se entusiasman.
Me preguntan si voy a ir.
–¿Vas a venir? –dicen, y se hace una pausa.
–No –contesto, y entonces se hace una pausa, otra pausa, más larga. Esperan, del otro lado, que yo diga por qué no voy a ir, que diga que tengo un hijo bobo, que estuve preso por violar chicas muy jovencitas en Parque Patricios, o que tengo unas hemorroides que debo cargar a un costado de mi atribulado ser, en un carrito de supermercado.
Pero no, nada de eso.
Sucede que para ser lo que soy, la inmunda basura que me habita, la repugnante alimaña en que me he convertido, este despreciable ser, tengo que haber venido de algún lugar, de alguna parte.
Y se me da por pensar que cada colegio al que fui, cada persona que me conoció, bueno, son parte del problema. Así que no se ofendan pero no voy a ir, hace tiempo que estoy tratando de dejar de ser yo.

10.10.21

Básicamente


A veces pasa que arranco el día, voy a una florería y compro una flor. Una flor amarilla de tallo largo. Voy de acá para allá, me subo a un taxi, hago trámites, almuerzo. Paso a visitar a un familiar, pago el gas. Con la flor en la mano. Siempre con la flor, todo el día.
A veces voy y compro en una pescadería, bien temprano, un pescado. Un besugo ponele, una merluza. Puede ser una brótola también, perfectamente, sin problemas. Te lo dan envuelto en un sedoso papel. Y así voy todo el día, llevando el besugo, la merluza, la brótola. Hablo por teléfono, tomo café.
Si me cruzo con alguien, con alguien que me conoce o incluso algún extraño, puede suceder que la persona me pregunte. Algo como ‘¿Qué hacés con esa flor en la mano?’. O ‘¿Adónde vas con ese pescado?’.
Yo lo miro. No contesto nada y lo miro. Sonrío, apenas. Sigo hablando de otra cosa.
La idea era no twittear nada, no mandar fotos ni videos a ninguna parte. La idea era no ser como vos.

30.9.21

Te llamo para contarte


Ana llamó por teléfono a Laura. Era lunes. Eran las diez y media de la noche.
–Hola, Laurita querida. ¿Te enteraste lo que pasó?
–No –respondió Laura– ¿Qué pasó?
–Se suicidó Mónica.
Se hizo una pausa. Un silencio cargado de estática, los celulares últimamente andaban para la mierda. Mónica era una amiga, una amiga de Ana, una amiga de Laura. Mónica era, en rigor de verdad había sido, una amiga de las dos. Habían ido juntas, las tres, al mismo colegio secundario.
–¿Qué? –dijo Laura.
–Sí –dijo Ana–. Se mató Mónica, ayer. Se tiró por el balcón.
–Pero –dijo Laura–, No lo puedo creer. Es increíble. ¿Estás segura?
–Sí –dijo Ana–. Es increíble. Me llamó Claudia para contarme.
–¿Qué Claudia?
–Claudia, la hermana de Mónica.
–¿La más grande?
–Sí –dijo Ana. Había prendido un cigarrillo. Laura escuchó que Ana pitaba–. La más grande.
–Qué mal –dijo Laura– ¿No se estaba por ir de vacaciones?
–¿Qué?
–A Buzios –dijo Laura–. Había reservado para la primer quincena de Febrero.
–Sí, no sé. Puede ser –dijo Ana.
–No te matás –Laura resopló–. Si reservaste para irte de vacaciones dentro de menos de dos meses no te matás. No tiene sentido.
–No sé –dijo Ana–. Se mató.
–¿Qué tenía puesto? –Preguntó Laura.
–¿Qué?
–Qué tenía puesto –insistió, Laura–. Cómo estaba vestida.
–No sé. Un jogging, una remera –dijo Ana.
–Porque tampoco te vas a tirar en pollerita. Quiero decir, imaginate quedar ahí tirada muerta sobre la calle, con el culo al aire.
–Sí, es un bajón –se escuchó un ladrido de fondo. Ana tenía un perro. Un simpático pointer que se llamaba Berugo.
–Mirá vos, hasta para matarte tenés que pensar cómo estás vestida –dijo Laura–. Como cuando te presentan a un tipo. Además de no saber qué pelotudo puede aparecer, las boludeces que vas a tener que escuchar. Tenés que acordarte por las dudas de ponerte una bombacha más o menos decente.
–Y sí –dijo Ana.
–Porque no sea cosa que vayas a coger, que te guste el tipo. Y te acuerdes que estás con una bombacha con el elástico medio vencido.
–Un bajón –dijo Ana.
–O toda desteñida. Y que el tipo crea que sos una mugrienta.
–Además de querer que les chupes la pija, los tipos quieren que estés limpita. Que te tragues la leche sí, pero que además seas fina y delicada. Qué forros.
–Cuando yo estaba con la regla Gustavo se mantenía a cinco metros de distancia –dijo Laura.
–Y sí.
–Decía que le daba asco el olor, la sangre. Hay que ser hijo de puta –Laura tosió.
–Bueno, era para eso. Para avisarte que se mató Mónica –dijo Ana–. La velan ahí, no me acuerdo la calle. Córdoba al fondo. Thames, creo que es. Sí, Thames.
–¿Vas a ir? –Preguntó Laura.
–Sí, mañana a la mañana. Pero al cementerio no. Vos sabés que yo no voy al cementerio porque me hace mal.
–Bueno, paso a saludar a la familia, entonces. A eso de las nueve de la mañana.
–Dale.
–Te veo ahí, entonces –dijo Laura–. Podemos irnos a tomar un café ya que estamos. Hace mucho que no nos vemos. Así nos ponemos al día.
–Perfecto –dijo Ana–. Porque yo tengo que hacer tiempo hasta el mediodía para pasar a retirar unos análisis.
–Bueno, te veo ahí entonces –Laura se sonó la nariz–. Mirá vos, pobre Mónica. Lo mal que estaría para hacer una cosa así.
–La verdad que sí. Me dejó remal.
–Bueno, te veo mañana y charlamos.
–Sí, nos vemos mañana.

20.9.21

La deliciosa fuente de todo lo que me falta


Adolezco de falta de convicción, eso es lo que puedo decirte. Si tuviera que definir lo que me pasa, la situación. Desde que puedo recordar, lo que equivale a decir desde siempre.
Porque si te fijás un poco, si vas y mirás. Vas a ver que alguien decidió que Villa Gesell era su lugar en el mundo, ir a la playa todos los días a surfear o a fumar. Alguien descubrió que su trabajo lo sostiene, que siempre quiso ser abogado o dentista o profesora de educación física. Alguien dice ‘Martita es la mujer de mi vida’, y en sus ojos te das cuenta que es cierto, que el sujeto no podría concebir la existencia, la propia, sin Martita. Ejemplos sobran, ejemplos miles.
Pero fijate vos que a mí no. Porque yo, como te decía al comienzo, jamás tuve la convicción. De nada. Ni en el trabajo ni en el deporte, ni en el amor. Ninguna pulsión, ni el arte ni la ciencia. Jamás sentí que algo fuera lo mío, lo que en verdad saciaba mis ansias. Algo que me completara y me dejara satisfecho como para decir ‘bueno, sí, era esto’. Nunca me sucedió nada parecido, desconozco esa experiencia.
Entonces descubro que lo que me ha mantenido andando es el fastidio. Hay una sensación de existencial incomodidad que me acompaña desde siempre. Y eso que alguna vez me preocupó por el hecho de no poder encajar en ninguna parte, por sentir que no había nada en el universo para mí, eso se ha transformado en un exquisito motor. Única y particular manera que tengo de continuar. De seguir. 

10.9.21

Agudo, crónico


Hay, existen, dos clases de dolor. El dolor agudo y el dolor crónico. Lo que genera, lo que provocan, es bien distinto. Las implicancias también.
No es tan difícil de entender lo que estoy diciendo. El dolor agudo es bien fácil de identificar, de reconocer. Si te clavan un cuchillazo, ahora, eso te provocaría un dolor agudo. Es una experiencia totalizadora, se pone primera en la lista de prioridades, te obliga a dejar de pensar en todo lo demás. No hay que ser tan dramático, no tienen por qué acuchillarte. Imaginate un martillazo en el dedo gordo de una mano, la picadura de un aguaviva en los huevos, en fin.
El dolor crónico actúa de diferente manera. Es como la música de fondo, va y ocupa el espacio, sin gritar, sin estridencias. Te permite seguir con aquello que podríamos llamar, de alguna manera hay que llamarlo, tu vida. Pero está ahí, es una presencia, su trabajo es demoler. La gota en la piedra sería una imagen más que apropiada.
Si se tratara de un combate de boxeo, la diferencia sería entre un boxeador que te arrasa por nocáut, te pega como el Tyson de su mejor momento, no más de un round. La otra es la de Monzón que te iba pegando, te pegaba y te pegaba hasta que no servías más.
Quizás te llama la atención mi insistencia en hablar sobre el tema en particular. No alcanzás a entender. Es que elegir entre lo bueno y lo malo es para las películas, pero la vida no es mucho más que elegir entre lo malo y lo peor. Y ni siquiera elegir la mayoría de las veces.

30.8.21

No deja de ser curioso


Espero el día justo, sé que está el dinero para pagar las jubilaciones y los sueldos de los empleados públicos. Entro al banco a la mañana, llevo puestos anteojos negros, me tapo un poco la cara con una bufanda.
El guardia toma café en un vasito de plástico, alguien en la cola lanza un chistido de impaciencia, le parece que los empleados lo hacen a propósito, eso de no atender con la velocidad que deberían. Cuando vos no manejás el ritmo de tu trabajo, porque la gente viene cuando quiere y sigue viniendo, cualquier excusa es buena para hacer una pausa. Como si hasta se saludaran con alguien en cámara lenta.
–¡Al suelo, al suelo todos, no se hagan los héroes! ¡Esto es un asalto! –me subo a un mostrador de un salto y grito. Señalo a uno que permanece de pie, no atina a moverse del susto– ¡Vos también, pelotudo! ¡Qué te pasa!
El policía intenta sacar el arma pero se le cae de las manos, una señora se pone de rodillas y llora. Alguien grita: ¡Por favor tengo familia, no me mate!. 
O en el subte, un día de semana a las nueve de la mañana. En la B, ponele, cuando el subte está entre Pueyrredón y Pasteur y el fastidio se puede sentir como una nube gris y pegajosa que nos envuelve, nos aturde, nos abarca.
–¡Tengo una bomba! –grito– ¡Esto es una reivindicación para la libertad del pueblo rumano! ¡Todos al piso, vamos a volar por el aire!
Se oyen gritos del terror más puro, caen los cuerpos unos sobre otros, ni siquiera hay lugar para tirarse. La gente golpea las puertas pidiendo ayuda.
Lo que me jode, la verdad, lo que no consigo entender es que después de todas las cosas que juré que iba a hacer y que no hice, todas las promesas incumplidas, bueno, la gente me sigue creyendo. Yo ya ni me presto atención.

20.8.21

Delicadeza


Es un tema delicado, opinable quizás, como todo lo que sucede en este mundo no está sujeto a un dogma. Hay que ir caso por caso, por decirlo de algún modo. No existe un manual definitivo.
Fijate por ejemplo el caso, si yo supiera que tu mujer sale con otro. Sí, claro, con otro tipo, la vi en la calle a los besos, o en un bar, de la manito, embobada. Alguien que la coge y la hace sentir bien. Ahora, si yo soy tu amigo y la vi, ¿debo decírtelo? Porque si no te lo digo capaz que nos vemos en una salida de parejas. Vos estás ahí con tu mujer, lo más tranquilo, diciéndole ‘gordita’ o ‘pichona’, ella cuenta una anécdota y ambos se ríen. Pero en ese caso, lo que yo sé me pone mal, por vos, siento como si yo también te estuviera haciendo de algún modo trampa, como si yo también fuera cómplice de esa mentira. Pero si te digo, si te cuento lo que sé, lo que vi, es probable que no puedas aceptarlo, que me odies por lo que te estoy diciendo. Que pienses que te lo digo porque no soporto tu felicidad. Que de algún modo deseo hacerte daño. Que te envidio.
O fijate el ejemplo, otro ejemplo. Fuiste al médico, le llevaste los estudios, y resulta que yo soy amigo del médico, jugamos al fútbol los jueves con un grupo de amigos. Y me cuenta que tenés una enfermedad incurable, que te vas a morir y no lo sabés. Ahí tenés. O me estoy cogiendo a la secretaria del médico si querés y me lo contó ella (porque también coge con el médico, ponele). Otra vez. Si no te lo cuento, si no digo nada cuando vamos a comer una pizza y te escucho haciendo planes o proyectos en lugar de ocuparte de la enfermedad que igual no tiene arreglo, bueno. Con qué cara te escucho, cómo hago para opinar sobre que vas a cambiar el auto el año que viene o que querés organizarte un viaje a Sudáfrica para ver a las jirafas. Pero si te lo digo, si te digo lo que sé, de algún modo te estoy dando la sentencia de muerte, soy yo quien te causa semejante daño. Por qué hacer eso, si sos mi amigo.
¿Conviene saber o no saber? Esa es la cuestión que me atormenta para las más diversas situaciones de la vida. Porque está la frase, tan delicada y precisa a la vez, eso de ‘ignorance is bliss’. Pero no sé si tiene sentido vivir en el engaño, en la mentira.
Pero vos sos un pelotudo y te lo digo. Aunque no cambie nada, aunque no puedas hacer nada al respecto.

10.8.21

Dormido


Soñé que caminaba por Bélgica, sí, por Bélgica, no, no sé qué calle. Y me encontraba con una chica que conocí hace muchos años. La chica me contaba que estaba por hacer una exposición, una exposición de sus fotografías. Las fotografías eran de porongas, de porongas que ella había degustado por decirlo de algún modo. Porongas con las que había tenido alguna clase de interacción. Era de un período particular de su vida, la muestra, una retrospectiva. Iba a exponer unas treinta porongas en una sala de un importante museo de España. Tenía almacenadas más porongas, o mejor dicho más fotografías, para próximas exhibiciones. Entonces yo le preguntaba si las porongas, las porongas de las fotografías, estaban paradas, lo que no quería decir necesariamente de pie, o en posición de descanso.
–¡Ves, ves cómo sos! –Me gritaba ella, y se largaba a llorar desconsolada.
Después soñaba que estaba en El Cuartito, comiendo una pizza con un amigo. Mientras comíamos una chica de fugazzeta, mientras tomábamos una Isenbeck de litro, mi amigo me explicaba que el mundo no daba más. Que estaban contaminando los mares y los ríos, las capas más profundas de la tierra. Y por lo tanto no había escapatoria. Te comías un tomate y el tomate tenía polonio como para construir una bomba atómica, y nicotina como si te hubieras fumado dos paquetes de parliament. El agua, te tomabas un vaso de agua y era equivalente a tomarse un vaso de lustramuebles. Los laboratorios más importantes del mundo habían inventado unas tabletas que reemplazaban la ingesta de comida. Lo único que tenías que hacer era tomar una tableta por día, en poco tiempo se dejaría de usar la comida. Lo que se estaba discutiendo era si las tabletas tenían que ser redondas o cuadradas, no lograban decidirse. Yo le decía que sí claro, asentía con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?) mientras me servía otra porción, el queso chorreaba un poco sobre el plato, sobre un pedazo de fainá a medio comer. Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta.
Después soñaba que era piloto, era piloto de Fórmula 1. Iba manejando, era la última carera y yo todavía tenía posibilidades de salir campeón. Iba a más de trescientos kilómetros por hora y decidía no sacar el pie del acelerador, agarrar las curvas y que fuera lo que Dios quiera. Había estado esperando ese momento, esa oportunidad para ser campeón del mundo. Toda mi vida. Entonces me tocaban el hombro, una sensación. Sentía algo extra. Y de atrás me decían ‘flaco, tenés que poner más fichas’.
–Juan, ¡Juan! –Mónica me zamarreaba un poco, pero con cariño.
–Eh. Sí –dije.
–Estabas soñando, Juan.
–Sí –Dije otra vez.
–Son las siete, voy a hacer café –dijo Mónica–. Después me tenés que explicar por qué cuando soñás tenés carita de contento. No sé, cuando estás despierto no te pasa.

30.7.21

Escritor frustrado


Cogíamos los jueves, con Vanesa. A veces llegaba yo de traje, gastado por todo un día de reuniones, gritando por el teléfono celular. ‘¡Antes que abra Japón pónganse a comprar todo lo que puedan!’, o ‘Mirá, viajamos el martes, cerramos el trato en Dubai y nos volvemos’. Ella había preparado algo de comer y yo devoraba mi plato en dos bocados después de cogerla contra una puerta, medio vestida. Otras veces caía con lentes oscuros aunque fuera de noche, pantalón ajustado, remerita. Le decía ‘no sabés, parece que al final vamos a ser teloneros de los parcels, vienen en junio’. Me tomaba una raya de una cocaína buenísima y la hacía chuparme la pija en la terraza muy despacio, bajo una fina llovizna. O caía con ropa deportiva, transpirado, y le decía ‘no puedo más, nos están haciendo entrenar en doble turno. Se desmayó uno en medio del partido’. Me iba a dormir sin tocarla hasta el día siguiente de lo fundido que estaba.
Un día Vanesa, ni bien pasé la puerta, se animó a preguntarme.
–Mirá Juan, a mí me divierte el acting que hacés. Cuando te hacés el rockero o el ejecutivo, hasta venís con un casco de moto a veces, pero después te veo por el balcón que te vas caminando a tomar un taxi con el casco en la mano. Por qué no venís como sos, no sé, no inventes nada. Tranquilo.
–Lo que pasa es que lo que me divierte es imaginar que soy otro –dije–. Si me acuerdo que soy yo, venir a coger con vos me parecería la cosa más aburrida del mundo. La verdad, ni te hablaría.

20.7.21

Creo que es por eso


Se suele decir, es una frase, aquello de ‘cuanto más hacés más hacés’. Pero no, no es verdad, no funciona así. Por el sencillo hecho que cuanto más tenés que hacer, más tenés que hacer, o si querés, más deberías hacer. Podríamos decir, por decirlo de algún modo, que lo que hacés crece de manera aritmética y entonces, lo que deberías hacer se multiplica, al mismo tiempo, de geométrica manera. Lo que hacés es lineal, lo que deberías hacer es exponencial.
Una manera más simpática de verlo sería con lo que tenés. Cuanto más tenés más querés tener. De ningún modo resulta que cuanto más tenés más tenés. Porque cuando tenés más querés muchísimo más. El río de lo que te falta no se detiene nunca.
Y después pasa algo que es muchísimo peor. Porque vos vas y anhelás algo, llegar a algo, una situación, un lugar. Y cuando llegás, después de anhelar, después de hacer todo lo que hacía falta, pensás que bueno, ahora que llegaste te vas a querer quedar. Ahí, con esa persona, con ese auto, en esa playa. Pero no funciona, no puede funcionar porque lo que no te explicaron es que para estar vivo el jueguito tiene que cambiar de pantalla. Si no te secás, te apagás, te morís. Así que llegaste adonde no creías que ibas a poder llegar nunca, y te vas a tener que mover.
Acercarse y nunca llegar, decía la canción. No, no tengo la solución, nadie tiene la solución porque el problema no tiene solución. Por eso vinimos a coger.

10.7.21

Primer acto


Mañanas donde me emociona hasta las lágrimas ver un perro que mueve la cola, tan feliz como sólo un perro podría estarlo. Mañanas donde me emociona ver a una madre en una esquina, pasando los dedos por entre los cabellos de su hijo que se dirige al colegio aún sin saber si está dormido o despierto. Mañanas donde me emociona ver que un auto se detiene para permitir que un anciano de bastón termine de cruzar la avenida sobre la que se ha lanzado ignorando las mínimas normas de tránsito.
En minutos nomás, el perro morderá al niño en el rostro deformándolo para siempre, el taxi atropellará al anciano y la sangre de su cráneo burbujeará en ocre por lo que dura un instante sobre la senda peatonal, la madre del niño lanzará un aullido infinito hasta que un rayo o la policía consiga que se calle pero que de ningún modo entienda qué fue lo que pasó.
Es como si la realidad te sugiriera que mejor vayas a laburar, que hagas algo, que ni se te ocurra andar por ahí emocionándote.

30.6.21

A modo de explicación


En el libro el hombre vuelve al pueblito donde nació, a pedido de sus padres. Está casado, el hombre, debe tener como cincuenta años, tiene hijos, es escritor.
Es italiano él, sus padres, sus hermanos. El padre le pide un último favor, que lo ayude con un trabajo de albañilería. El padre es mujeriego, borracho, jugador, un personaje.
El asunto es que pasan algunas cosas, y el padre muere. Hacia el final del libro el padre muere, en su ley. Están velando a su padre en su casa de toda la vida, están los amigos de su padre, la mujer o sea su madre, su propia familia (su esposa e hijos) que han venido para la ocasión.
El hombre se va por un instante a la biblioteca pública del pueblo. Entra, camina de memoria hasta un sector en particular. Saca un libro, un ejemplar de ‘Los hermanos Karamazov’.
Palpa el libro, lo abraza contra su pecho. Y dice, más o menos, o piensa: mi padre había desaparecido, pero Fiódor Mijáilovich estaría conmigo hasta el fin de mis días.
Ahí está todo lo que tenés que saber sobre la literatura. Y por qué escribo, también.

*El libro es ‘La hermandad de la uva’, de John Fante.

20.6.21

Tengo mil boomerangs


Me pasó algo extraño. La verdad que no pasó de una sola vez, de un saque. Fue pasando pero yo tardé en darme cuenta. Estaba distraído tratando de pagar el gas o de lavarme los dientes, de mantenerme con vida por decirlo de algún modo. Tardé en juntar los pedazos.
Pasa que alguien me perjudica. Ponele, alguien en el trabajo me traba un ascenso, o me complica la vida porque sí, porque tiene ganas. Y a mí eso me molesta, claro, me enfurece. Al poco tiempo llego un día a la oficina y alguien dice ‘¿Viste lo que le pasó a Garfagnoli? Estaba tomando sol en el jardín y lo picó un escorpión. Está internado hace tres días, no creen que se salve’.
O ponele que invito a salir a una chica y me dice que no, que no quiere salir conmigo ni con la cara de boludo que tengo, de ninguna manera. A la semana me entero que se enfermó de brucelosis comiendo en una parrillita de Palermo, o que la atropelló un ciclomotor y se rompió la columna en diecinueve pedazos.
Cuando me di cuenta, cuando detecté la relación, lo que te estoy contando. Que a la gente que me lastima, la gente que me perjudica, la gente que me hace daño, le empiezan a suceder desgracias, bueno, la verdad que me preocupé. Me considero una buena persona, tengo lo mío por cierto, como todos, pero creo que uno no debe desearle el mal a nadie. Lo mejor en la vida es hacer un ejercicio de rendición, así lo podríamos llamar. Aceptar lo que te pasa como si fuera ajeno a tu voluntad por la sencilla razón que es ajeno a tu voluntad, lo que te pasa no puede ser modificado porque ya te pasó. Vos entrás al partido cuando lo que te pasó ya te pasó, llegás a la fiesta cuando están cagando a piñas al disc-jockey por decirlo de algún modo. Pero si a la gente que me fastidia le suceden cosas horribles quizás haya una velada intención en mí, un oculto deseo, y creo que eso me transformaría sin demasiados atenuantes en una alimaña de pantano, una basura inmunda.
Sí, ya sé, ahora me vas a decir que no escribo tan mal, pero a mí no me sirve. Qué sé yo, tené cuidado.