20.8.23

Todos tus Kevin


Cuando llueve y cada vez que llueve la gente se fastidia, la gente se fastidia mucho, por la lluvia. La gente intenta refugiarse bajo inexistentes techos porque la ciudad aprovecha, cuando llueve, para llorar, para llorar por todas partes, para llorar amargamente por todo lo que no fue, por todo lo que no será nunca jamás.
Cuando hace frío y cada vez que hace frío la gente se enoja, frunce el ceño, la gente se pone abrigos y bufandas y tiemblan un poco o se frotan las manos mientras ven algún afiche o un comercial de televisión donde otra gente camina por playas donde los ananás cuelgan de los árboles y hay multicolores pájaros y hay palmeras. La gente se sube el cuello del abrigo y maldice el frío como quien maldice todas esas vaginas que alguna vez fueron tibios y fantásticos refugios esperando todas esas pijas mustias y arrugadas para siempre.
Cuando hace calor y cada vez que hace calor la gente se queja y resopla al subir diez o quince peldaños de una escalera, la gente se abanica un poco con radiografías de columnas torcidas para nunca más volver, con revistas de espectáculos en cuyas tapas una feliz pareja se abraza y se besa después de haber descendido esquiando una montaña de Austria o de Suiza. La gente lee que esa pareja fue a celebrar el nacimiento de su hijo Brian o Jonathan o quizás Kevin, usan guantes y gorros de lana multicolores y tienen las mejillas sonrosadas por el frío mientras en Buenos Aires no hay ni siquiera la posibilidad de consumir una bocanada de aire más o menos decente. Buenos Aires en verano es la muerte y saber que estás muerto.
Y yo, que estoy fastidiado desde que puedo recordar, que estoy amargado desde siempre (desde que Andrea o Gisela no quisieron bailar un lento conmigo en aquel baile de la primaria, más que probablemente), que me he quejado, sabe Dios que me he quejado desde mi más tierna infancia, he maldecido mi suerte y bueno, no puedo hacer otra cosa que maravillarme ante tu candorosa superficialidad, tu climático tormento.

10.8.23

Ni víctimas ni verdugos


Me han dejado, claro que me han dejado. Me han dejado casi siempre, me han dejado mucho. Y cuando me han dejado, cada vez que me han dejado, me sentí para el culo. Cuando alguien te dice que lo tuyo no alcanza, no sirve, cuando sos informado que vivir justamente sin vos es algo perfectamente normal, una experiencia de lo más vivible por decirlo de algún modo. Cuando te recuerdan que vivir sin vos es algo absolutamente posible (menos para vos, qué curioso) te ponés triste, te ponés mal.
También, a veces, he dejado a alguien. Y cuando dejás a alguien te sentís mal, seguro. Porque no odiás a la persona que dejás, al menos no es mi caso, sino que lamentás. Lamentás que la persona no tenga el talento o la capacidad para que no la dejes. Porque la culpa no es de la persona, lo sabés, la culpa es tuya porque no sabés cómo carajo vas a hacer para poder volver a entusiasmarte con el mismo truco de magia, una magia berreta además, una magia donde ya todos conocen prácticamente todos los trucos de memoria. Sin sorpresa no hay posibilidad de magia.
Así que ahí estamos en medio de la escalera mecánica de la alegría que va siempre hacia abajo, tratando de coger un poco, compartir un vaso de vino, reírnos de cualquier cosa porque estaba bueno reírse, quedarse mirando la risa que flota en el aire como quien mira un pájaro que despliega sus alas, dormir juntos, las ganas de abrazarse bien fuerte antes del próximo fracaso.

30.7.23

Curando al ave


Íbamos por la calle. La había ido a buscar para llevarla a renovar el documento. Me había dicho que tenía que renovar el documento, o le habían robado el documento. No había prestado atención, quizás no me importaba. Me había pedido que la acompañara y la dependencia ministerial para el trámite quedaba por el centro. Así que la idea era que desayunáramos juntos y después nos tomáramos un taxi al centro. Yo trabajaba en el centro que es todo lo malo, es la muerte, pero supongo que lo mismo podría decirse prácticamente de cualquier trabajo.
No me gustaba ir con el auto al centro ni loco, a duras penas podía cuidarme yo como para tener que andar arrastrando un automóvil. Viajar en subte o en colectivo era sencillamente morir, era estar muerto y saber que estás muerto. Las delicias de la vida de ciudad, tampoco estoy dispuesto a cosechar frutos en el bosque o a levantarme a las cinco de la mañana para ordeñar una vaca, y me molestan los mosquitos. La elección es entre lo malo y lo peor, siempre. Lo bueno buscalo en netflix no sé, lo bueno no vino, olvidate.
Caminábamos dos cuadras hasta Directorio para tomar un taxi. Era muy temprano, porque la idea de renovar el documento, al parecer, consiste en llegar temprano, lo más temprano posible, y esperar. El 97% de la vida es esperar, no sé si te comenté.
Hacía calor, me olvidé de decir que hacía calor. Un calor del carajo. Enero en Buenos Aires, el horror de estar vivo.
Íbamos caminando entonces, decía, y debemos haber mirado los dos lo mismo, al mismo tiempo. Una paloma, blanca, eso era lo raro, una paloma blanca caída de costado sobre la mugrienta vereda. Fulminada por el impiadoso calor, todavía viva pero exánime, sin fuerzas para remontar vuelo, vencida por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo.
Nos detuvimos junto a la paloma. Nos soltamos nuestras transpiradas manos. Gisela se arrodilló, se puso en cuclillas junto a la paloma. No tuve más remedio que arrodillarme yo también. Crujieron mis fatigados meniscos.
Gisela, muy seria, se descolgó la cartera del hombro para estar más cómoda. Cerró los ojos, hizo un par de pausadas respiraciones. Y aplicó ambas manos sobre el minúsculo y extenuado pecho de la paloma, casi sin tocarlo, o rozándolo apenas. La paloma viéndolo todo con su ojo lateral, aterrorizada sin dudas por la crueldad del mundo.
Es que Gisela, entre las cosas que hacía, entre pilates y taebo y dos veces por semana a la psicóloga y cursos de fotografía, había empezado a practicar reiki. El poder de sanar con las manos, de rectificar estados anómalos, de transmitir energía.
Me puse de pie, con respeto, con cuidado. Me alejé dos o tres pasos mientras Gisela permanecía con las manos apoyadas sobre el cuerpo del ave, encendí un cigarrillo. La otra noche había hecho algo similar, bastante similar, conmigo podríamos decir, y no había conseguido gran cosa. Ni una chispa ni nada.

20.7.23

Para que te sientas cada vez mejor


Es de lo más común, lo sabe todo el mundo mayor de treinta años, la vida en la ciudad enloquece. No importa mucho si sos profesor de un colegio secundario o ingeniero industrial, si te casaste hace siete años y tenés tres hijos divinos o si ya te divorciaste y tenés tres hijos horrendos, si estás haciendo algo de dinero o todavía no la encontraste, si cambiaste el auto o tenés una amante en la oficina.
Estás triste, claro que estás triste, todos están tristes. Angustiados, deprimidos, ansiosos. No es tu culpa tampoco, así se vive. Está en el aire, en las antenas de los celulares, en los noticieros que repiquetean cada desgracia ad nauseam, en el ruido de la calle que no va a parar jamás.
Así que vas al psicólogo, claro que vas al psicólogo que no te medica pero te escucha, o vas al psiquiatra que no te escucha pero te medica. Estás mal y te gustaría estar bien, es de lo más normal.
Pero sentís que no le encontrás la vuelta. El tratamiento se alarga. Te ayuda a acomodar algunas tristezas, o te bajan las vueltas a rivotazo limpio para que puedas volver a dormir, o te vas dando cuenta que todo el mundo tiene problemas, que envejecer es eso, mantener algunos platitos en el aire mientras todos los demás se van cayendo, mientras los demás platitos de tu vida se hacen moco contra el piso y vos los mirás. Prioridades, prioridades.
Acá entro yo. Acá viene mi infinito aporte, mi refulgente, áurica ayuda, mi toque de magia. Para que estés mejor, para que te sientas cada vez mejor. Para que quizás incluso te cures.
Subí por las escaleras. Nada más, eso. Cuando vas al psicólogo, subí al consultorio por las escaleras. Despacio, a tu ritmo, al ritmo de una caminata lenta. Tienen que ser dos o tres pisos, si vas a un psicólogo que tiene un consultorio arriba de un tercer piso tenés que hacer la cuenta para subir como máximo tres pisos por las escaleras. Supongo que sabés sumar. Si sabés sumar es bien probable que sepas restar, también.
Subí por las escaleras, entonces. Entre uno y tres pisos. Llegás, pasás, y te sentás. Vas a ver que tus problemas te importan cada vez menos, mucho menos. Querés hablar menos, querés un vaso de agua y respirar un poco, con eso te arreglás.

pd. Podés no ir al psicólogo, podés subir un par de pisos por la escalera yendo a la casa de tu tía Berta, lo más bien.

10.7.23

No hace falta que me lo recuerdes


Sucede últimamente, me pasa, que alguien me habla. En la calle, en la parada de un colectivo, o si estoy esperando para cruzar. Me gusta esperar que el semáforo cambie de color. No importa qué color, me gusta el color, algún color. La cáscara de las mandarinas, un ovejero belga al que le brilla el pelo, esas cosas. Si vivís en un ciudad te vas acostumbrando a las distintas tonalidades de gris, ya casi no hay color. Se debe haber dejado de fabricar.
El asunto es que alguien me habla. Alguien me dice ‘hola, Juan’, o ‘¿vos sos Hundred, no?’. Y cuando digo que sí, cuando no tengo más remedio que decir que sí, entonces la persona se ríe, se pone contenta y me cuenta algo. Algo que yo hice o que yo dije alguna vez, algo fuera de lo común, fantástico. La vez que levanté la mano en sexto grado y dije algo que hizo reír a carcajadas a la maestra, o la partida de ajedrez que le gané al que luego sería campeón argentino, o la trompada que le di a un rosarino en Villa Gesell, no sé. Chicas que se acuerdan de mi entusiasmo al coger y me dicen que nunca más volvieron a ver algo semejante, mis ganas de chupar la concha, de meter el hocico como si adentro de la concha hubiera algún secreto que no se me podía escapar. Jamás volvieron a sentirse tan deseadas como aquella vez.
El problema es que la persona insiste en repasar una anécdota que me involucra. Y cuando finalmente insiste en el detalle, logro recordar, qué remedio, la situación, el contexto. Y recuerdo con toda claridad, con fulgurante estupor, que cuando pasaba lo que pasaba, cuando sucedía lo que sucedió, eso que vos no podés olvidar, lo fantástico que fue, bueno, yo no estaba bien. Yo estaba triste, angustiado, la estaba pasando mal.
Pero, no deja de ser curioso, eso no me impidió hacerte feliz o divertirte, ser tan genial. Como ahora, más o menos.

30.6.23

Pesadilla


Tuve un sueño, soñé que me moría. No, peor, mucho peor. Me perseguía un monstruo, un horrible monstruo como jamás hayas visto. Me perseguía y yo corría. Sabía que tenía que correr, escapar, pero estaba al límite de mis fuerzas, corría y sabía que sería inútil, que finalmente me alcanzaría.
Después caía. Tropezaba y caía a un infinito precipicio, caía y caía. Seguía cayendo y mientras caía esperaba el impacto, pero el impacto no llegaba y era peor, imaginar el impacto, preparar tantas veces el inaudito dolor.
Corría, nadaba, al límite de mi ser. Me disparaban de lejos con flechas, con cerbatanas, dardos con curare. Había cocodrilos, podía oír el chasquido de sus fauces en medio de la cenagosa noche. Y en cada chasquido esperaba descubrir con absoluto espanto que me habían mutilado, que me faltaba una pierna o un brazo.
Había víboras también, deambulaba desnudo en medio de una selva, oía el siseo de las víboras, sentía un pinchazo y pensaba ya está, ya fui mordido por una mamba negra pero no. Había sido el chicotazo de una rama arañándome el rostro o una pierna. Lloraba, me salían sollozos de niño porque sabía que nadie vendría en mi ayuda. Lloraba y corría.
Lanzaba trompadas al aire intentando una vana defensa. Pero mis golpes carecían de potencia y de puntería. Cuando lograba pegarle a algo, ese algo no se inmutaba, sonreía.
Entonces me desperté. Agitado, sudoroso, exhausto, impregnado aún del horror, de la pesadilla.
Era domingo, supe que era domingo y ahí estabas vos. Cerré los ojos bien fuerte. Ahí estaba vos. Era Domingo y amanecía.

20.6.23

En el desierto


A veces me parece que sólo yo envejezco. Sólo yo soy arrasado por el twister del tiempo mientras todos los demás siguen tal como los conocí, cuando los conocí, cuando era interesante o entretenido conocerlos. Hace tanto tiempo.
A veces me parece que todos hacen algo, a todo el mundo le pasan cosas, todos se casan o tienen hijos o construyen casas o se van a estudiar a Europa o les descubren una incurable enfermedad o aprenden a hacer esquí acuático o aladeltismo. Mientras yo sigo más o menos igual que siempre parado en esa esquina, con una particular mezcla de estupefacción y congoja, esperando a esa chica que nunca vino.
A veces me parece que todo el mundo es feliz, todo el mundo se coge a una secretaria o a un primo y se filman con sus teléfonos celulares recién comprados y suben los videos a instagram para que la gente deje emotivos comentarios sobre los respectivos tamaños de tetas o garompas o quizás de las dos cosas. Todo el mundo es invitado a fantásticas fiestas de disfraces donde sirven cocaína de la mejor con Pommery Brut Royal y podés disfrazarte de conejo o de hombre araña y podés bailar con gatúbela o la mujer maravilla que te ata de la cintura con su lazo dorado hasta que ambos caen abrazados sobre la pista. Todo el mundo sale después de fornicar con una preciosa chica con el pelito cortado a lo varón, salen al balcón, decía, y es de noche y se escucha el sonido del mar, se puede oler el mar aunque no se lo ve y el viento te da en la cara y el whisky está riquísimo.
A veces me parece que sólo yo escribo.

10.6.23

Sabor a multiple choice


Fuimos al velatorio de la mamá de M. Era un mujer muy mayor, la mamá de M., y había estado enferma bastante tiempo, pero aún así podríamos decir que la muerte llegaba de improviso, siempre. La muerte, por paradójico que parezca, resulta un acontecimiento inesperado a pesar de su certeza. Que no hay manera de prepararse, eso quise decir.
Habíamos estado un par de horas con M. en la sala de velatorio. Clima particular si los hay, el de una sala de velatorio. Ese olor tan característico. Y los dolientes, los que lloran, los que parecen sumergidos en una congoja que va a durar para siempre, los callados, los que saben que la única manifestación posible es el silencio ante la totalizadora experiencia de la muerte, los expansivos, los que creen que uno debe comportarse como si se tratara de cualquier evento social, de una fiesta, y contar chistes, alguna anécdota a los gritos, y piden que alguien les convide un cigarrillo.
Nos despedimos de M., le prometimos volver al día siguiente, bien temprano, para el entierro. Nos dijo que se quería quedar con su familia, nos pidió que nos fuéramos.
Debían ser las doce de la noche, salimos por Juan B. Justo. Éramos Matías, el Pipi y yo. Matías dijo que tenía hambre.
–Vamos a comer un par de porciones a Angelín, que está acá nomás –dijo el Pipi.
–Sí, vamos –yo tampoco había cenado.
Pedimos la pizza y un par de cervezas. Las cosas que nos alejan de la muerte.
Pero el tema estaba ahí, demasiado contundente.
Matías contó que había ido a ver a la mamá de M. cuando estaba internada en terapia intensiva. Dijo que cuando lo dejaron entrar vio gente ahí, uno al lado del otro, separados apenas por una cortina, un biombo. Gemían de dolor, algunos, mientras un cáncer les masticaba el páncreas o el hígado, dolores en fila.
–El dolor, lo peor es el dolor –dijo Matías, y se comió media porción de fugazzetta de un bocado.
–No sé, che –dijo el Pipi–. Mi viejo tuvo demencia senil, se chifló. Ir a ver a un tipo que no sabe quién es ni quién sos, que no te reconoce, un tipo que se pisha encima y sigue viviendo como una planta. Creo que peor es eso.
–Tenés razón –dijo Matías–, quizás tenés razón, eso también es una cagada. No sé qué es peor, te digo la verdad, si el dolor físico, o la inconsciencia esa.
–Lo que me gustaría saber –dije, serví más cerveza–, es por qué siempre hay que elegir entre lo malo y lo peor, hasta para morirse –levanté la botella y la miré a trasluz, un innecesario gesto porque el peso indicaba la ausencia de líquido–. Pido otra.

30.5.23

Podés llamarlo experiencia


Me pasa que cuando tengo infectado un dedo del pie o de la mano por haber estado jorobando quizás, arrancándome un pedacito de uña, voy a un bar y pido un café con leche. Y meto el dedo.
Me pasa que cuando me duele la espalda, cuando me quedo duro de las cervicales o cuando me mata el ciático, lleno la bañera con agua bien caliente para hacerme un baño de inmersión. Tiro, antes de meterme al agua, un tercio de una botella de whisky. Del bueno.
Me pasa que cuando alguna noche estoy con tag o con toc o tctp (tachín tapún), cuando tengo pánico o miedo del sencillo, a la muerte, al mundo en general y a los boludos en particular, pongo debajo de la almohada un pedazo de mortadela Paladini y un poco de queso parmesano o provolone, o port salut, y me acuesto a dormir.
Me pasa que son muy pocas las cosas me han permitido seguir adelante, sin importar lo que me pasa.

20.5.23

En círculos


El hombre se saca sangre, una lluviosa mañana. Es un análisis de sangre, rutina. Pero las cosas salen mal. Lo llaman al hombre, antes que el hombre se presente a buscar los resultados del análisis, a los tres días.
Lo llaman al hombre, del laboratorio. Le dicen que pase, por favor, que tienen que hablar con él. Una doctora quizás excesivamente delgada y mal dormida le comunica, al hombre, lo peor. O algo parecido a lo peor. Le dice, la doctora, al hombre, que tiene sida. La doctora habla de las contrapruebas, de los reactivos, de que hoy existe nueva medicación, no se muere más de eso, hay que adaptarse a una nueva vida.
El hombre vuelve a su casa. Vive con su mujer aunque no están casados, hace cinco años. No tienen hijos. El hombre coge, regularmente, con su mujer. Una vez por semana, y los domingos.
El hombre tira los análisis sobre la mesa, y reputea a su mujer.
–Sos una puta hija de puta –le dice. También le dice que ya no tiene sentido vivir juntos, que se va a alquilar un departamento, que no quiere verla nunca más en su vida.
La mujer va a su trabajo, al día siguiente. Pide hablar con su jefe, entra a su oficina.
Le dice la mujer a su jefe que los descubrieron, que su marido, el de ella, aunque técnicamente no es su marido, sabe todo. Que ella va a ir a hablar con recursos humanos, porque fue él, el jefe, el que la invitó aquella vez a que se quedara trabajando después de hora. Y ello no quería, no quería pero él la alcanzó con el auto, y paró el auto. Y él le había dicho que ella le gustaba tanto y ella estaba tan aburrida. Ella le hizo una felación, sexo oral, creo que así le dicen, en el auto, fueron un par de veces, hacía como tres meses o seis, y después nunca más nada. Cogieron una vez en un hotel de San Cristóbal donde el acolchado era violeta y tenía pulgas. La cosa no pasó de ahí.
Le dice la mujer al jefe que tiene el teléfono de su casa, de la casa del jefe. Que va a llamar y le va a contar todo a su mujer, a la mujer del jefe porque él, el jefe, le arruinó la vida.
El jefe, que viene mal, que viene con un trastorno de ansiedad que le mastica el corazón en treinta y tres pedazos y no da más, que no aguanta mucho a su mujer ni a sus hijos ni tener que ir a la oficina cada maldito día, se mata. Ese mismo domingo, mientras toda su familia está en la quinta en Benavidez dice que tiene mucho trabajo atrasado, vuelve al departamento de Palermo, se toma media botella de whisky y se pega un tiro en la boca con la Glock calibre .40 que compró por motivos de seguridad. Se pega un tiro sentado en el sillón del comedor, con la televisión encendida. Viendo dibujitos animados en un canal que repite programas muy viejos, los dibujitos animados que veía en la niñez y que lo hacían reír. Recuerda que los dibujitos lo hacían reír aunque no consigue recordar su risa, cómo era su propia risa cuando era chico.
Como se murió el jefe, como se pegó un tiro, me llaman a mí. Soy subgerente de casa central de Garomp Inc., y me ofrecen finalmente el cargo de Gerente General. Buen sueldo, auto, tarjeta corporativa, las delicias de la vida de ejecutivo. Cuando ya había abandonado esa ambición, cuando pensé que ya no sucedería.
Me encuentro con una piba, por el centro. Fuimos juntos a la primaria. Está divorciada, es bioquímica, usa lentes sin marco, fuma mucho. Empezamos a coger, yo ando mucho más suelto de plata, la llevo a cenar afuera, nos vamos un fin de semana a Pinamar. La pasamos bien.
–Te cuento una –me dice, mientras se seca el pelo con un toallón verde algo desteñido–. Hace poco pasó algo jodido. Le dijimos a un tipo que tenía sida y al final los análisis no eran los de él, la boluda de la secretaria pegó mal una etiqueta en el tubito. Lo tuve que llamar yo para decirle que había sido un error, que le habíamos dicho que tenía sida y en realidad no tenía. El tipo me miraba y era evidente que estaba contento, pero no podía salir del shock. Se puso a silbar. Hacía dos semanas que le habíamos dado la mala noticia y ahora le decíamos que era un error. El tipo me dijo gracias, muchas gracias, como veinte veces. Después se desmayó, le bajó la presión. Cuando reaccionó lloraba, de la emoción. Lloraba y se reía.
A la semana me llama ella para decirme que quiere tomar un café conmigo. En el laboratorio le salió que tiene sida. No entiende cómo, quizás se pinchó alguna vez con una aguja durante el trabajo. Sí, lo chequeó dos veces. Quizás en el dentista. Convendría que yo, bueno, que me haga ver.

10.5.23

Inercia


Si te parás en una esquina. Si vas al centro y te parás en una esquina. Florida y Corrientes, puede ser, Córdoba y Maipú, también puede ser, Sarmiento y Carlos Pellegrini, Alem y Paraguay, no sé, elegila vos. Si te parás y mirás, bueno, no vas a poder creer lo que ves.
Es un minuto o dos, no hace falta más. Prestá atención a los gritos, los gestos, las voces, la locura enchastrándolo todo como si algún celeste Dios hubiera decidido baldear la realidad con mermelada de durazno.
Si te parás en el medio de la tribuna de un espectáculo deportivo, o de un recital, si te parás un minuto y mirás. Mirás las caras, sobre todo las caras, las expresiones, los saltos, los gritos, la explosión de una rabia quién sabe por cuánto tiempo contenida, las ganas de aullar como un enardecido lobo, de prenderse a un culo como una garrapata, de pegarle a alguien, a cualquiera, sentir el sonido de un puño contra una mejilla, el seco tambor de unas patadas contra un riñón o un corazón, una nariz o un diente que se quiebra con un particular cri cri, la sangre sigue siendo roja.
Si te parás un domingo a la mañana, un domingo cualquiera. Vas y te parás a un costado del punto de largada de cualquier maratón, no importa si es una carrera de cuarenta y dos kilómetros, o veintiuno, o diez.
Te parás a un costado, puede ser tres o cinco cuadras delante, y los ves pasar. La desesperación en el estado más puro capaz de imaginar, el terror a la muerte que nos arroja tan lejos de lo que alguna vez creímos que fuimos, el pánico más absoluto que no se puede aplacar ni con un millón de chuic chuics, suelas de goma rezándole a un indiferente asfalto, la energía derramándose como la eyaculación de una orca (¿se dice orco?) en el medio del mar.
Por eso está muy bien que hagas cualquier cosa con tu vida, podés coleccionar pornografía ordenada por un meticuloso índice temático, podés participar de un concurso fotográfico sobre insectos de la Guinea Ecuatorial, podés lustrar el automóvil hasta que veas si lográs que tu cara de pelotudo se refleje sobre el guardabarros, podés ir a clases de gimnasia hasta que descubras que todavía no se inventó la gimnasia para que se te vayan las ganas de llorar. Podés volverte un experto en olfatear culos o vinos, podés ir a tomar café a La Mallorquina, podés ir a charlar con un monje a Nepal.
Lo que no podés hacer, lo que no sabés hacer, es parar.

30.4.23

Arranque a patada


Ella me vino a decir que se iba a matar, se iba a tirar por la ventana, no podía soportar más el calvario de su vida. Le recordé que vivíamos en un contrafrente bastante cerrado, que si se iba a tirar por la ventana lo mejor era tirarse cuando viviéramos al frente. Tirarse de un contrafrente y que no la viera prácticamente nadie, además de caerle justo en el patio al gordo de la planta baja B, el gordo que se pasaba todos los sábados a la tarde escuchando una y otra vez el mismo disco Julio Iglesias y tenía ese caniche horrible no sé, era un bajón.
Ella me vino a decir que se iba a tomar un blister de pastillas, Rivotril, Alplax, Lexotanil, con alcohol. Se iba a sentar a ver la tele mientras se quedaba, suponía, dulcemente dormida, para no volver a despertar jamás. Le dije que ni se le ocurriera usar mi whisky, me habían regalado un single malt del carajo (un laphroaig). Total ella no entendía un pomo de bebidas, le ponía jugo al vino, cualquier cosa.
Ella me vino a decir que se iba a cortar las venas, se iba a meter en la bañera llena de agua caliente y se iba a cortar las muñecas con un cuchillo opinel que nos habían regalado especial para filetear pescado. Se iba a sumergir por completo en el agua muy despacio para luego desangrarse, se iría de viaje, se hundiría su nave. Le recordé que no dejara la canilla abierta de la bañera, ya habíamos tenido quilombo con los del sexto B por una pérdida de nuestro baño y el consorcio había dicho que ese gasto no le correspondía. Le dije que pusiera unos toallones al costado de la bañera por si caía algo de agua, esa rejillita de morondanga a veces tardaba un montón en absorber el agua.
Entonces ella descubrió que si se suicidaba el mundo seguiría girando. Seguiría habiendo fútbol los domingos, alguna de sus amigas adelgazaría, alguien cambiaría el auto.
Ella vino y me dijo que lo había pensado bien y ya no le interesaba. Se ponía mal sólo de oír hablar del tema.

20.4.23

Todos tus dentistas


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas para mí. No quiero sufrir.
–Tengo miedo –le digo al dentista.
–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos setenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
–¿Me va a doler?
–No. –Dice el dentista.
–Tengo miedo –digo, otra vez.
–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre, en medio de sangre y saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de morder. ¿Eh?
–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.4.23

Sananding


Hay una cadena de gimnasios en la ciudad de nombre muy conocido. Dentro de esa cadena hay diferentes tipos de abonos. Pero hay uno especial, llamalo el plan ‘platino’, que te permite usar todos los gimnasios de la red, y son muchos. Además te permite usar tres o cuatro gimnasios especiales que se encuentran ubicados en distintos shopping-centers, o en los barrios más caros de la ciudad. Los gimnasios cuentan con maquinaria de última tecnología, personalizada atención, pileta climatizada, clases prácticamente de todo, de lo que se te ocurra, crossfit o spinning. Es caro, el carnet de la membresía ‘platino’, en relación al carnet común, casi como la diferencia que existe entre sacar un pasaje de avión en ‘primera’ en lugar de ‘turista’. Dos o tres veces el precio básico, más o menos.
Pagué un año por adelantado del plan ‘platino’. Un par de veces por semana voy a alguno de los gimnasios. Elijo el barrio al azar o si estoy por la zona, pero trato de rotarlos, de no ir siempre al mismo.
Voy al vestuario, me cambio. Zapatillas, shorts, una remerita.
Y entro a cualquier lado. Al gimnasio repleto de máquinas y aparatos, o a una sala donde veinte o treinta personas pedalean bicicletas fijas mientras resoplan o gritan, o a un salón donde mujeres en multicolores mallas saltan sobre pequeñas plataformas.
Me tiro a un costado sobre una delgada colchoneta o sobre el piso directamente. Y me quedo dormido. Por lo general duermo dos horas hasta que alguien, un profesor o el personal de limpieza o alguien que cree que me descompensé, que estoy muerto, me habla, me toca, me despierta.
Yo tengo un trabajo estresante, por lo general estoy ansioso, angustiado, con infinidad de preocupaciones, triste. Con todos los trastornos psicofísicos que esa situación perpetuada en el tiempo conlleva.
Y he descubierto que una de las pocas cosas que me permite descansar, que me da paz y me relaja, es estar en presencia de la energía mal canalizada, el esfuerzo sin sentido, la más pura imbecilidad ajena.

30.3.23

Ojalá no te salga


Si alguna vez deseaste, y seguro que alguna vez deseaste (quién no) a alguien. O algo, una situación, un objeto, que ocurriera una magia, bueno, cualquier cosa que se te haya ocurrido haber deseado.
Sabés que cuando finalmente sucedió, cuando estuviste desnudo con esa persona, cuando conseguiste ese diploma o ese auto, cuando pisaste descalzo esa playa no era, claro que no era como lo deseaste, como lo imaginaste, como lo esperabas.
Sucede que el deseo brilla demasiado, hay tanta luz ahí que cuando finalmente ocurre lo que deseaste algo se ensucia, la realidad salpica tu deseo, la zanahoria jamás será suficiente para compensar los palos recibidos durante la espera, quedan las marcas.
No, doblaste mal, parece lo más lógico pero no. No se trata de no desear, se trata en todo caso de desear cosas que no ocurran nunca. Bañarnos en las refrescantes aguas del deseo mientras nada ocurre, mientras te sucede como de costumbre cualquier otra cosa. Seguir deseando.

20.3.23

Secreta armonía


Pasó lo siguiente. Perdí el cuaderno. Ando siempre con un cuaderno, siempre escribo. Bah no, no siempre escribo, no escribo casi nunca. Pero ando con el cuaderno en la mano, eso sí. Es más barato que un teléfono celular, supongo. Y no suena.
Hay gente que habla por teléfono, hay gente que escucha música. Yo ando con un cuaderno, pienso que voy a estar en un bar y voy a escribir algo y me siento mejor. No me jodas.
Y lo perdí, al cuaderno. Me subí a un taxi a la nochecita, volví a mi casa. Llevaba una mochila porque había ido a nadar. Llevaba una bolsa, también, un pulóver, alguien que conozco cumple años, compré algo para regalar.
Bajé del taxi, pagué, o al revés, primero pagué, si no no bajás, y me fui a mi casa.
Nada, lo normal. Me hice un arroz para cenar, con cebollita cortada, un poco de queso azul que había comprado el domingo, un poco de mortadela Paladini que corté en daditos, aceite de oliva, pimienta, queso rallado. Me tomé dos vasos de vino, un Malbec que no le había ganado a nadie, miré un poco de televisión pero como miro yo, sin ver, hasta que me dormí.
Al día siguiente, hoy, cuando me desperté, mientras preparaba el café vi que no estaba el cuaderno, ni el libro, porque también siempre estoy leyendo un libro. Van juntos, siempre, el libro y el cuaderno, como si algo que lo que estoy leyendo pudiera traspasar la materia, no sé. No estaba, ninguno de los dos en el lugar donde tenían que estar. Donde los dejo siempre.
Había leído bastante del libro, y era muy bueno (‘Que el vasto mundo siga girando’, de Mc Cann). Había escrito bastante, en el cuaderno, también. Tenía un par de meses de fragmentos que me pertenecían, algunos me gustaban lo suficiente.
Me puse remal. Jamás me había pasado. Son cosas importantes para mí, el libro que estoy leyendo, y mi cuaderno. Si pierdo eso entonces estoy perdido, valga la redundancia, yo, en el planeta tierra. Es una pésima señal.
Me iba a costar no sentirme un pelotudo por el resto del día, me conozco, soy así, lo supe apenas descubrí la pérdida, el descuido, la falta.
Bajé a la calle temprano, debían ser las ocho y algo, tenía que ir a una reunión, a trabajar. Milagro. Miracolo. En el buzón de entrada del edificio, metido como una carta mal colocada, oblicuos a la realidad, acomodados apenas, ahí estaban.
El libro y el cuaderno. ¡El libro y el cuaderno! No podía ser, pero podía ser. El portero lustraba el portero eléctrico, lo que equivalía a decir que quizás lustraba una versión más moderna, una versión mejorada de sí mismo, con su existencial indiferencia.
El taxista, el taxista que me había llevado el día anterior, debió recordar dónde me había bajado, a qué edificio había entrado. Cuando alguien le mostró que un pasajero se había olvidado algo en el asiento de atrás, el taxista recordó al pasajero, recordó la dirección, de inmediato.
Y eso que ni había cruzado palabra con el tipo. Me pareció básico, primitivo, hizo un comentario sobre San Lorenzo, la importancia de jugar con un 9 de área, alguna boludez por el estilo y nada, me dediqué a mirar por la ventanilla el resto del viaje. Debió pasar a la mañana bien temprano sin saber mi nombre ni el departamento en el que vivo, clavó el libro y el cuaderno en el buzón.
Notable gesto, me alegró el día, me devolvió la fe en la humanidad. Por lo general estamos condicionados por nuestra formación, por nuestra experiencia, y en mi caso espero siempre lo peor, o quizás no necesariamente lo peor pero sí la idiotez y la maldad. Estoy poseído por una mala disposición existencial en lugar de simplemente ver qué pasa. Las cosas nunca son tan malas.
Abrí el cuaderno, mi cuaderno. Alguien, el taxista, había escrito unas líneas a mano con birome negra en la contratapa.
Decía: el libro es bueno, una novela bastante buena, pero tus escritos son malos. Escribís mal, no tenés nada para decir. Te devuelvo el cuaderno para que reflexiones, te hice algunas correcciones, subrayé algunas cosas, escribí algunas notas al pie de varias páginas. Quiero que entiendas que lo que escribís es una cagada.

10.3.23

Loop


Resulta que a la psiquiatra se le rompe una muela masticando un turrón que le trajo un paciente de su viaje a España. Se sentía mejor, después de siete o nueve años de tratamiento, el paciente, y se animó a viajar.
La psiquiatra pide un turno de urgencia con un dentista que le recomendaron. Un dentista algo gordo y algo mayor, quizás bastante más que algo en ambos casos. Un buen dentista que se siente muy solo, tremendamente solo, en particular los viernes.
El dentista concurre justamente los viernes a coger con una prostituta que atiende en un departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear, entre Suipacha y Esmeralda. Coge diez o doce minutos y después se queda dormido mientras la prostituta pone la televisión en el canal de dibujitos animados. Antes de irse el dentista pasa al baño a pishar y se lava las manos por un rato quizás demasiado largo.
La prostituta viaja en taxi cuando termina su día de trabajo porque no da más, y porque quiere volver a su casa a ver a su pequeña nena que se llama Iris y es un encanto. La nena cree que su mami trabaja en un supermercado y su mami cree que quizás no le ha mentido, que en el fondo ella no hace otra cosa que manipular un par de artículos, acomodar algo en alguna otra parte, cobrar.
El taxista va a un banco a pedir un préstamo. Quiere dejar de tener que trabajar como peón y tener por fin su propio taxi. Ha estado ahorrando por tres años y lo único que necesita es un empujón para saltar, algo de plata, tiene un amigo bastante mayor que quiere vender la licencia de su taxi y retirarse.
El empleado bancario tiene un hijo adolescente que va al colegio secundario, le falta un año y algo más para recibirse de perito mercantil pero el chico no quiere saber nada con seguir estudiando ciencias económicas como su papá. El chico quiere viajar un año por Europa, quizás armar una banda de rock en Inglaterra, no hacer otra cosa todo el día que tocar la guitarra y fumar.
La maestra del colegio ve al chico triste, disperso. Le parece que consume drogas, varias veces lo ha encontrado llorando a la vuelta del colegio. Le dio el teléfono de una amiga para que el chico vaya a hacer una consulta. Su amiga se llama Viviana, es psiquiatra.
Alguien, alguno de ellos, la psiquiatra o el dentista o la prostituta o el taxista o el empleado bancario o el hijo o la maestra, de casualidad me lee. Lee algo mío, uno de mis fragmentos, nada importante.
Es como una enfermedad venérea, como una copa de vino que se vuelca y algo cambia.

28.2.23

Como le pasa a todo el mundo


Lo que te pasa, cuando estás conmigo, lo que te sucede cuando estamos juntos, no parece nada especial. No parece gran cosa.
Vamos y hacemos lo que hace todo el mundo. Una cena, una botella de vino, cogemos un poco. Unos mates a la mañana, dos o tres cuadras que caminamos juntos, la gente que me repugna por lo general sin ninguna razón, un perro que mueve la cola y se me acerca como si supiera algo, algo que sólo él y yo sabemos.
O vamos al cine a ver una película malísima pero nos reímos de una chica que come un balde de cinco kilos de pochoclo o de un señor con una rotunda peluca de un desteñido rubio ceniza. Pedimos una pizza, miramos por televisión la National Geographic donde los leones atacan a las cebras o los cocodrilos esperan haciéndose los distraídos para comerse algo. Me contás que querés cambiar de trabajo, te cuento que escribí un cuento, no sé, nos dormimos.
Así pasamos un tiempo sin hacer nada demasiado importante, tres meses, seis como mucho.
Hasta que te das cuenta que no te alcanza. Que no se puede flotar por flotar y nada más esperando que el tiburón de la vida te arranque a mordiscones los tobillos. Planes, proyectos, cosas por las que vale la pena luchar, cosas que hay que hacer. Me lo explicás, a tu manera, y sin excesivo rencor me decís que te vas. Nos despedimos.
Al poco tiempo te das cuenta que no das más, que mi ausencia es desgarradora, como si abrieras una palta y le faltara el carozo. Algo está mal, algo falta, y lo que falta es, aunque no lo puedas explicar, lo que le daba a las cosas algún sentido.
Somos estatuas de sal queremos volver, cantaba Carlos Alberto García Moreno cuando era Charly García. No se te ocurra mirar hacia atrás, yo también estoy remal. Hay que seguir.

20.2.23

Me desperté, abrí los ojos


Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera me estaba cambiando el suero. Me secó, con una pequeña toalla de un acuoso y desteñido verde, el sudor de la frente. Me explicó, apenas en un susurro, porque yo alcancé a balbucear la palabra ‘qué’. Me explicó, decía, que había tenido un accidente con mi motocicleta. Me había fracturado ambos brazos. En el izquierdo, además de las múltiples fracturas, me había roto la clavícula, y la muñeca. Me habían operado tres veces. Había tenido un severo traumatismo de cráneo, y una complicada contusión en la columna. Me preguntó si podía sentir los pies.
Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera le susurraba algo a un joven doctor de lentes que observaba algunos indicadores con severa expresión. Me explicó, la enfermera, que había recibido un balazo en el cráneo en un asalto a un supermercado. Habían logrado extirpar el proyectil que se había alojado en mi cerebro. Había permanecido en coma once días después de la operación. Me quedarían graves secuelas, sin dudas, que todavía no se podían determinar con precisión. Tendría una complicada y extensa recuperación, pero la medicina había hecho asombrosos avances en áreas que antes hubieran resultado impensadas. Me preguntó, la enfermera, cómo me sentía. Me preguntó también si yo tenía fe, si era creyente.
Me desperté, abrí los ojos. Estaba en mi casa, supe de inmediato que era domingo. Y estabas vos, claro que estabas vos, a mi lado. Todavía dormida.

10.2.23

Y decidió buscar otro camino


Cuenta la leyenda, aunque quizás no esté bien utilizar el término ‘leyenda’, quizás estoy siendo blasfemo u ofensivo desde ya sin pretenderlo. Está escrito, son sagradas escrituras, pero yo lo he leído en internet en alguna parte.
Se cuenta entonces que el Buda se iluminó cuando al lograr escapar de su palacio en el que había sido criado y vivía como un príncipe, siendo ya un adolescente escapó un día del palacio, con un amigo. Y recién ese día, en un paseo, descubrió, pudo ver, la vejez, la enfermedad, la muerte. Al parecer, ese primer contacto con la muerte lo perturbó de peculiar manera.
‘¿A todos nos sucede esto?’, preguntó el Buda, que todavía no era el Buda. Y el amigo que lo acompañaba le explicó que sí, que todas las personas envejecían, todas las personas enfermaban, todas las personas se morían.
Si esto es todo lo que hay, si es así como sucede, entonces nada tiene sentido, dijo el joven. Y decidió buscar otro camino. El camino que lo llevaría a la iluminación, justamente. A trascender.
En lo personal, este último tiempo no hago otra cosa que ver vejez, enfermedad, y muerte. Pero no se me ocurre nada, no me ilumino ni un cachito.
No sé, mostrame un poco las tetas o haceme una paja. Y servime más whisky si sos tan amable.