20.6.24

Acerca de los monos


–Dejame que te comente dos cosas –dije–. Lo vi por televisión en el canal de la National Geographic. Me gusta mirar la National Geographic, no sé muy bien por qué. Quizás me parecen más interesantes los animales que las personas, debe ser eso.
Este programa, el programa que te estoy contando, era sobre monos. Sobre chimpancés.
Primero hacían una prueba con dos chimpancés. Tenían a los dos chimpancés en la misma habitación. Agarraban a uno de los chimpancés, llamalo el chimpancé 1, y le hacían una prueba. Una prueba cualquiera, sencilla, imitar al humano que se tapaba la cara con una mano o se tocaba la cabeza, algo así. Cuando el chimpancé 1 cumplía la prueba, entonces le daban como recompensa una banana. Entonces agarraban al otro chimpancé, al chimpancé 2 que había estado presente durante la prueba del chimpancé 1, y le pedían que hiciera la misma prueba. Cuando el chimpancé 2 hacía la prueba con corrección, entonces le daban una uva. El chimpancé 2 esperaba un poco, pero no le daban nada más. Los asistentes que llevaban adelante la prueba se ponían a hablar entre ellos, se desentendían de los monos. El chimpancé 2, viendo que había recibido sólo una uva, enloquecía de furia.
La otra prueba. Sí, no te dejé hablar, ya termino. La otra prueba era que ponían a un chimpancé en la tierra, en el piso, cerca de un árbol, y le ponían cerca un racimo de bananas. Al otro chimpancé lo ponían arriba del árbol. Cuando el chimpancé que estaba arriba del árbol, después de curiosear un poco, empezaba a bajar del árbol, el chimpancé que estaba abajo hacía un sonido, una suerte de chillido. Los chillidos que hacía eran los que en el idioma de los chimpancés significan peligro, está por venir un león. El chimpancé que estaba por bajar del árbol escuchaba los chillidos y escapaba, volvía a subir al árbol. El otro chimpancé terminaba su banana y se comía otra y después otra más, tranquilo.
Lo que te quiero decir, lo que te digo, lo que te estoy diciendo, es que hasta para los chimpancés el mundo es injusto y lo perciben, y además están preparados para mentir de acuerdo a su conveniencia. Ahora sí querida, te escucho.

10.6.24

Hoy estoy así


Después de una experiencia traumática, después de un incendio que se llevó puesta tu casa o un divorcio donde tu mujer te dejó fotos de ella abrazada a la garompa de un senegalés, esas garompas como ramas de árboles azules que vos creías sólo eran posibles en las películas pornográficas. Después de una cirugía que te dejó con algún rasgo de invalidez, después de ser víctima de un asalto donde el ladrón hizo pis sobre tus hombros, mientras otro ladrón te apuntaba con un arma y antes de irse te gatilló en la cabeza y vos pensaste que ese clic era el último y definitivo clic, un clic que no podrás olvidar jamás, después de un viaje en avión donde el avión por lo que dura un minuto pareció rendirse, dejar de volar y vos sentiste que te caías, que eras perfectamente capaz de explicar la ley de gravedad que nunca entendiste en las clases de física del colegio secundario.
Después de una experiencia traumática decía, quedan no mucho más que variaciones de dos caminos.
Uno de los caminos es el rencor, el profundo fastidio, el odio en cualquiera de sus manifestaciones, el por qué a mí, el esto no es justo, yo no me lo merecía.
El otro camino es alegrarse que no te hayan arrebatado todo, que aún seas capaz de revolver el café con leche, que puedas ver un perro moviendo la cola, oír el mar, cosas así.
Ajustar las expectativas es una de las cosas más difíciles de hacer. Y tal vez mucho me temo, la única manera de seguir.

30.5.24

Qué te gusta


Para saber si estás deprimido/a, para saber si no das más, para saber si estás a punto de subir a la terraza y mirar para abajo como si fuera una posibilidad, lo que se debe hacer es bastante sencillo. O no es excesivamente complejo, por decirlo de otra forma.
Hay que sentar a la persona en cuestión en una silla, se le puede ofrecer un café, un té, un vaso de agua. Y se le pregunta, a la persona, se le hace una pregunta, una sola pregunta.
Ah, la pregunta, sí.
–Dígame qué le gusta.
Si la persona repregunta, por ejemplo, si dice ‘¿qué cosas o qué actividades?’.
Si la persona busca un cigarrillo y pregunta si se puede fumar.
Si la persona dice ‘¿Cómo? ¿Me repetís la pregunta? Estaba distraído, no escuché bien’.
Si la persona se alisa el pelo o se rasca la nariz o mira por la ventana haya o no ventana en la habitación. Si resopla o suspira.
Si la persona tantea con una mano para sentir, desde el tacto, dónde está su billetera o su teléfono celular.
En cualquier caso, si la persona no contesta en menos de nueve segundos sin dudar, sin subir el tono de voz, sin gesticular demasiado ni reírse, si la persona no consigue contestar de inmediato bueno. No, no importa si tenés la foto de tus hijos de protector de pantalla o si reservaste para la segunda quincena de Enero en Buzios, tampoco importa si te nombraron subgerente regional ni si vas al gimnasio tres veces por semana ni si tu último chequeo te dio que tenés los glóbulos rojos peinados con gomina. Tampoco importa lo que vas a decir, en esta preciosa ocasión no tiene importancia nada de lo que estás pensando.

20.5.24

No culpes a la iuvia


Llueve. Qué cagada. Porque son las ocho de la mañana, y llueve.
Tengo que aclarar un par de cosas. Me encanta la lluvia. Desde chico, desde siempre. La lluvia me parece genial, para nadar en el mar, para tomar whisky mirando por la ventana, para coger, para dormir, para caminar bajo la lluvia bien despacito, para acariciar a un perro que también se moja y no puede creer que alguien lo quiera acariciar y mueve la cola, para comer pizza casi tibia en la barra de dos o tres pizzerías que son todo lo que me interesa de Buenos Aires, para llorar.
Pero no me gusta la lluvia cuando tengo que ir a trabajar. Porque no me gustan los paraguas, no creo en los paraguas, pero tampoco creo en los pilotos ni en los sobretodos ni en las gabardinas. Soy demasiado grandote, si me pongo un piloto arriba del traje siento que no me puedo mover, que no te voy a poder tirar una trompada cuando me vengas a pedir dinero, que no me voy a poder ir corriendo cuando me digas que fuiste conmigo a la primaria, me pongo mal. Y tampoco puedo mojarme justo al ir a trabajar porque, precisamente, estoy yendo a trabajar. No es por mí, es por el traje, por los papeles que llevo, quiero cobrar, y uno de los requisitos para cobrar el sueldo es no aparecer arrasado por cualquier fenómeno climático. No transpirar demasiado en verano, no llegar tiritando en invierno. Parecer normal.
Llueve entonces, ya lo dije. Son las ocho de la mañana y llueve. Espero un poco pero es evidente que va a seguir lloviendo. Tengo que caminar cinco cuadras hasta el subte. Agarro el paraguas y salgo.
Camino media cuadra, menos, veinte pasos. Y para de llover. De un saque. Increíble. No cae una gota. Me voy a tomar un café a un bar. Pienso que voy a tener que cargar el paraguas todo el día y eso me hincha las bolas con locura. Es incómodo llevar algo que no sea un libro ni un cuaderno, moverse en el microcentro, molesta, si es que todavía en el microcentro existe algo que pueda molestar por encima de todas las molestias aún más.
Es fácil pienso. Vuelvo a casa, dejo el paraguas y ahí sí, voy al subte y a trabajar. Eso hago.
Bajo de mi casa por segunda vez. Camino media cuadra. Y se larga a llover. Con todo. Llueve como si fuera a llover toda la vida, como si no fuera a parar de llover nunca más.
Me empiezo a reír. Porque Dios existe. Porque está claro que Dios existe pero no, no para que vayas a la iglesia y le pidas que te crezca el pelo, o que Facundito consiga trabajo, o que vuelva tu patético novio. No, nada de eso. Lo que a Dios le gusta como a todos nosotros cada tanto, es bromear.

10.5.24

Como vos querías


Es bastante gracioso. Es me atrevería a decir, divertido. Aunque por lo general nadie se ríe. Lo normal es que ya nadie se ría.
Es muy probable que no te salga nada, nada de lo que vos quieras. Es lo que pasa todo el tiempo, no hace falta hablar de eso.
Pero están también los que les sale algo, algo de lo que querían. Acá la cosa se complica.
Uno ve a alguien al que le salió algo de lo que quería. Y lo ve hinchado las pelotas también. Enojado, triste.
Y es que lo que querías cuando lo querías mientras lo querías, estaba revestido del fulgurante brillo del deseo.
Cuando lo tenés, si lo tenés, cuando llegás, se salpica de la fastidiosa realidad. A tu flamante Audi A4 se le clava la computadora en el kilómetro 193 y no, no vas a llegar a Cariló, y sí, el fin de semana largo va a ser bien largo. Andrea, la chica de la primaria por la que hubieras estado dispuesto a dejarte quemar los pelos de los huevos con un encendedor con tal de que bailara un lento con vos, uno solo, para tener algo que recordar por el resto de tu vida cada vez que llueva, tiene un flujo vaginal algo excesivo, algo fuerte, una sola gota de ese flujo sería suficiente para quemarte una baldosa del parquet. Y apesta.
Y así vamos viviendo. Los que no tenemos nada y cada tanto, por un acto reflejo, nos pegamos una vuelta por el bar de los anhelos. Y los que tienen algo, algo de lo que quisieron, y se quedan parados en una esquina cualquiera con la boca entreabierta, moviendo un poco las manos, tratando de comprender dónde doblaron mal, en qué esquina de la vida estaba la deliciosa trampa.

30.4.24

Me tengo que sacar una muela


El dentista me dijo que me tenía que sacar una muela. La muela tuvo varias caries primero, luego necesitó un tratamiento de conducto, después perno y corona. Pero se siguió pudriendo, la muela junto conmigo, se partió algo de lo que quedaba, de la muela, la corona se cae, no queda de dónde sujetarla.
–Hay que sacarla –dijo el dentista.
Odio a los dentistas. Por haber elegido una profesión donde hay que meterle las manos en la boca a la gente, una profesión que requiere un grado de intimidad aún mayor que el de la prostitución misma, los odio porque de chico la pasé remal cada vez que tuve que ir al dentista, sufría como un condenado, te arreglaban las caries sin anestesia de boludos que eran o para ahorrar, cómo saberlo. Y los odio por las dudas también, un odio que surge en mí como un géiser venido de cualquier parte, un odio que podríamos decir es parte constitutiva de mi fracasado ser, una especialidad de la casa.
Fui el lunes al dentista. Me dio la mala noticia y fijamos fecha para la extracción de la muela para el jueves a las dos de la tarde.
El jueves a la mañana estaba por irme a trabajar y sonó el teléfono. Temprano a la mañana, raro. En mi domicilio por lo general hace años que no suena el teléfono. En mi domicilio por lo general, si suena el teléfono no lo atiendo.
Atendí. Era una mujer, la mujer del dentista. Para avisarme que la noche anterior había fallecido la madre, la madre del dentista. Un imprevisto, una desgracia. Me dijo que el dentista, su marido, le había pedido que me llame. El dentista estaba mal, estaba triste por la muerte de su madre, me pasaban el turno para el martes siguiente, el martes de la otra semana.
De más está decir que la noche anterior al llamado, la noche anterior al día de la extracción de la muela yo no dormí. Tuve palpitaciones, transpiraba, cerraba los ojos y soñaba que la anestesia no me tomaba, el dentista tomaba una pinza, una pico de loro y tiraba con todas sus fuerzas desde adentro de mi boca hasta que algo se rompía.
Esperé hasta el martes siguiente, seguí tomando los antibióticos, lloraba de noche, pensaba en lo triste que es perder una muela como un avión que va perdiendo los tornillos, parte del fuselaje en pleno vuelo, la vida.
Llegó el martes, yo estaba psicológicamente destrozado. Pensé en volcarme a la religión, pensé en urdir un robo a un banco y huir a la costa, vivir con dos o tres perros de playa, dejarme la barba, bañarme una vez por semana.
Estaba por irme a trabajar y sonó el teléfono, otra vez. Martes a la mañana.
Era la esposa del dentista, casi en un hilo de voz. Su marido, el dentista, no había podido resistir la muerte de su madre. Se había suicidado, se tiró por el balcón el fin de semana. Tuvo un acceso de llanto, la mujer, y después cortó. Dijo ‘disculpe’, y cortó.
Yo llevaba cinco noches soñando con la gigantesca tenaza, el tirón, el dolor más allá de lo imaginable, la tibia sangre manchándome la pechera de la camisa. Mientras tanto no me habían sacado la muela, se había muerto la madre del dentista, el dentista se había suicidado, se había tirado por el balcón después de fumar un parliament.
Bajé a la calle, tenía tiempo para tomar un café, los árboles siseaban una dulce melodía de otoño. A veces estás vivo y todavía existe el café y un perro mueve la cola y eso alcanza.

20.4.24

Claramendi


Estoy en un bar tomando una cerveza, una cerveza bastante berreta la verdad, los tristes afeminados de palermo han hecho moco la cerveza, la cerveza ya no es como antes, y viene alguien y me pregunta si hay vida después de la muerte.
–No sé –le digo, porque no lo sé.
Estoy en la calle, en una esquina esperando para cruzar, y viene alguien y me pregunta si hay vida en Marte, si es cierto que ya hay marcianos en la tierra viviendo entre nosotros preparando un plan para transformarnos en sus esclavos. Si es verdad que los marcianos son fanáticos de las minas más bien culonas y de comer galletitas con dulce de membrillo.
–No sé –le digo, porque no lo sé.
Estoy comprando fruta en una frutería, si estuviera comprando carne sería en una carnicería, así funciona la cosa, estoy comprando un kilo de duraznos blancos y una señora viene y me pregunta si hay vida en el fondo del mar, si existió alguna vez la Atlántida.
–No sé –le digo, porque no lo sé.
Soy un genio, todo el mundo se da cuenta. Un genio que sólo sabe de qué gusto pedir la pizza, a veces empanadas.

10.4.24

Arriba los corazones


Lo que deberías saber es que Argentina es una escalera mecánica que va para abajo. Siempre. Cuando pares a tomar aire, a atarte un cordón, te vas a dar cuenta lo más bien.
Lo que deberías saber es que el amor es una mercadería perecedera, como un durazno olvidado por demasiado tiempo en la heladera. Se pudre, toma mal olor. Se arruina.
Lo que deberías saber es que el segundo vaso de agua da menos satisfacción que el primero y el tercero da menos que el segundo, lo mismo se aplica para ese whisky single malt tan particular o para un alfajor de nuez o para coger con esa piba que sabe levantar tan bien el culito cuando la ponés en cuatro patas y te mira por encima de un hombro y dice que sí con la cabeza y sonríe o para caminar por Madrid. Detrás de esa ley económica se oculta la deliciosa trampa, el exquisito truco del deseo.
Lo que deberías saber es que lo que tiene explicación no tiene sentido, son hámsters subidos a rueditas diferentes. La explicación no es otra cosa que la necesidad de convencerse a uno mismo que en verdad entendiste algo, cualquier cosa que sea lo que está pasando, el asentimiento del otro suaviza nuestras pegoteadas dudas por un minuto. O dos.
Lo que deberías saber es que fracasaste, no importa lo bien que te hayan quedado las uñas, no importa que el peluquero te diga que ese color de pelo hace juego con tu personalidad. Es el color que mejor te queda.

29.3.24

En la mitad


Estamos en la confitería Richmond, en el centro. La Richmond es una confitería vieja para viejos, para garcas, para turistas. Un interminable living rectangular, antiguo, arañas que cuelgan del techo, cómodas sillas con apoyabrazos recubiertas de cuerina verde.
Y aunque no creemos pertenecer a ninguna de las categorías mencionadas entramos en la Richmond, es martes, son las seis de la tarde, tomamos un café.
–¿Sabés cuál es mi problema? –dice M–. Mi problema es que no tengo el colmillo, la voracidad, para venir a trabajar al centro no sé, veinte años más y arrancarle el corazón a alguien. Pero tampoco sé tocar la guitarra como Spinetta, ni siquiera como algún primo bobo del flaco. No tengo el ánimo, la vocación ni el interés para poner un local de venta de empanadas, para tratar de romper la lógica de oficina y horario y algún ascenso tal vez mientras esperás la oportunidad de afanarte algo. Pero tampoco estoy dispuesto a cantar tangos en un cabaret por unas monedas en medio de patéticos borrachos y viejas prostitutas. No tengo los anticuerpos necesarios para estar casado con una mujer veinte o treinta años, no podría resistir esa monumental catarata de fastidio derramándose sobre mí como si yo fuera el culpable hasta de los fenómenos climáticos. Pero tampoco soy un galán, no estoy dotado genéticamente, no recibí ninguna gracia que se acomode con el patrón estético imperante. Coger siempre me costó, tuve que convencer, insistir, mendigar. No tengo la fuerza, carezco de la capacidad para viajar en subte por más tiempo, pero no podría asaltar un banco.
–En definitiva –siguió M. después de terminar de un sorbo su café que ya debía estar frío–, no voy a poder, no veo cómo hacer para torcer mi vida, pero tampoco veo que la pueda soportar así como está. Estoy así, tengo treinta y cinco años, no doy más.
–Vayamos a comer una pizza al Palacio –dije–. Napolitana con ajo, un par de cervezas.
Salimos caminando muy despacio por Florida hasta Corrientes. Hace calor, Enero en Buenos Aires es el horror de estar vivo. Lo que mata es la humedad.

*la Richmond cerró hace algunos años, cosas que pasan.

20.3.24

Unas ojotas tres números más grandes


Hace tiempo, más de un año seguro pero menos de cinco, que no me pasa nada. Me lavo los dientes antes de ir a dormir eso sí, después de cenar un plato de pastas y un vaso de vino de calidad media. A veces hiervo arroz. Miro la tele un poco aunque no miro, da lo mismo un partido de fútbol que el canal de cocina, hasta que me quedo dormido.
Me encuentro con gente a la que no le pasa nada. Un divorcio, un infarto, un hijo que quiere estudiar programación o hacerse un poco puto. Me cuentan que se encontraron con alguien, alguien que me conoce, alguien a quien no le pasa nada tampoco.
Llevo la ropa al Laverap y el chico que me atiende, quizás sea japonés, quizás sea coreano, usa unas ojotas tres números más grandes que el tamaño que precisarían sus pequeños y mugrientos pies, unas ojotas que se debe haber olvidado alguien y que el chico usa hace como cinco años, me dice ‘mdía’, y no le pasa nada.
Viajo en subte, en taxi, en colectivo, viajo con gente que habla por celular a los gritos de todo lo que no les pasa.
Voy a trabajar, trabajo en una oficina donde la gente en sus casas ve fútbol o queda embarazada (por lo general los que ven fútbol son hombres, por lo general las que quedan embarazadas son mujeres), alguien cambia el auto, alguien se pone tetas, alguien pregunta si se puede pedir para el almuerzo peceto al horno con papas, igual si te traen una porción de tarta de verdura da lo mismo, no pasa nada (las de carne son de pollo quizás sea una de mis mejores frases, significa tanto que me da un poco de miedo).
El otro día le comenté el tema, el tema es que a nadie le pasa nada, se lo comenté a un amigo mientras tomábamos una cerveza que debería ser artesanal y sólo era una cosa tibia y adulterada.
–Pero no entiendo –dijo mi amigo– ¿Vos qué querés que pase?
–No sé –dije–. Algo.

10.3.24

Algo trivial, ponele


Vivimos en un mundo muy extraño.
Vivimos en un mundo donde los peluqueros por lo general son pelados.
Vivimos en un mundo donde el que maneja un automóvil sueña con manejar un automóvil más caro y el que maneja un automóvil más caro le paga a alguien para que maneje su automóvil más caro. Y a otro alguien para que lo saque a caminar, a él.
Vivimos en un mundo donde todo lo que te gusta hace mal y a medida que vas soltando todo lo que te gusta porque hace mal sabés que te estás haciendo un bien pero estás cada vez más triste. Y después estás rebien pero no te reís nunca más.
Vivimos en un mundo donde las secretarias se ponen tetas de doscientos cincuenta megahertz pero le lloran a sus respectivos psicólogos porque nadie las invita a caminar de la mano.
Vivimos en un mundo donde la gente está dispuesta a comprar todos los artilugios que sean necesarios para no mojarse cuando llueve. Y a poder prender el aire acondicionado con el teléfono celular, a distancia, treinta kilómetros antes de llegar a casa. Podés controlar la temperatura de todo man, llegaste.
Vivimos en un mundo donde los millonarios viajan al Tibet para que algún peladito de escuálido torso les de un puñado de arroz al día y les enseñe que para vivir hace falta en principio respirar y no mucho más que eso. Mirá vos, qué loco todo.
Vivimos en un mundo donde mujeres algo mayores miran fotos y estarían dispuestas a jurar y perjurar que ahí justo ahí fueron felices y plenas y radiantes, pero cualquiera que haya estado presente en la escena congelada por la fotografía o a unos veinte metros de distancia sabe que es mentira, lo que equivale a decir que no es cierto. No eras feliz, yo te vi.
Vivimos en un mundo muy extraño.

29.2.24

A tu manera


Entre la suerte y el talento lo mejor es, sin dudas, la suerte. La suerte te mantendrá contento y expectante, como una novia nueva con una bombacha nueva. La suerte hará que te den ganas de silbar una canción mientras la gente que espera el colectivo se muere de pena. La suerte es un perro que te mueve la cola y una lluvia divina y una maceta que cae justo sobre la cabeza de otra persona porque vos paraste un instante para desenvolver un alfajor. El talento es un poco más problemático, el talento es un don y en algún momento te preguntarás si es justo que sepas tocar así el piano, si no podrías haber sido el mejor del mundo, si no se apagará también porque sí, algún día, la deliciosa llama que te acompaña.
Entre el talento y el esfuerzo lo mejor es el talento, así de una. El talento es nadar en medio del mar con elegancia y desdén mientras el resto de los mortales boquean, se arrastran. El talento es pararse frente a un blanco lienzo, blanquísimo, levantar tu pincel cargado de témpera verde y sentir (no saber) que hacés magia. El talento te hará decir exactamente, como un láser, las dos palabras que harán que ella no pueda evitar la carcajada. El esfuerzo en cambio es picar y picar la misma piedra hecha de voluntad y frustración hasta que crezca una forma. El esfuerzo te dejará extenuado y triste aún cuando llegues en tu absurda y caprichosa carrera a cualquier parte. El esfuerzo hará que cuando mires atrás te parezca que la recompensa ha sido poca, insuficiente, nunca alcanza.
Si lo tuyo es el esfuerzo entonces mejor que ni lo sepas. Vas por la vida y bueno.

20.2.24

Jugador


El hombre entra al bar. Alguna vez, hace muchos años, fue un ídolo del fútbol. Un extraordinario jugador, llegó a la selección, inclusive. Se le atribuían romances con bellas modelos de la época, se subía a su descapotable, lentes oscuros, cabello al viento. Lo iban a transferir al exterior y se jodió una rodilla. Ligamentos cruzados. Difícil que vuelvas a trabar una pelota con la misma convicción. Como la primera vez que no se te para, que no tenés ganas, jamás volvés a entrar con la misma confianza al césped del amor. O como si te robaron en la calle y parás en esa esquina esperando que cambie el semáforo pero mirás a los costados un poco más de lo necesario, pensando si habrá alguna forma, si será posible sacudirse del cuello al chimpancé del temor.
Deben haber pasado veinte años pero lo reconocí de inmediato. Está gordo, con poco pelo, con ese andar que tienen los futbolistas cuando se retiran, ese andar que hace que un futbolista pueda decir si alguien fue futbolista o no con sólo verlo cruzar la calle. Un rictus en la cara, algo en el tobillo o en la rodilla siempre, un persistente dolor. La camisa gastada por el uso, la mirada algo embotada de quien se ha pasado la noche bebiendo vino barato, o ginebra tal vez. Prende un cigarrillo ya sentado, desdobla un diario, las carreras. Pide un café sin levantar la vista, intenta juntar fuerzas para otro día completo hecho de noticieros y recuerdos y el tiempo que gotea como melaza sobre el parquet.
Pienso, no puedo evitar pensar, qué es peor. Si no haber saboreado jamás la mermelada del éxito, la tribuna que ovaciona, el aplauso, los reportajes, la mirada de alguien que te reconoce y de inmediato sonríe por un gol que recuerda o una canción que compusiste, alguien que te quiere abrazar o decirte ‘gracias’, o ‘grande, campeón’. O haberlo tenido, haber estado ahí, haber sentido que la vida era como deslizarse por una pista de esquí con el sol en la cara y la nieve que parece acariciarte la planta de los pies y perderlo todo después, saber que no vas a volver a sentirlo, no vas a volver a rozar esa sensación nunca más.
Pienso qué es peor, y termino mi café.

10.2.24

Leche deprimida


Tomábamos mucho en esa época. Y mal. Éramos jóvenes, el cuerpo aguantaba cualquier cosa. Después de los treinta mejor que empieces a pensar un poco lo que hacés, es triste, claro, pero se te vuela el fuselaje del avión y querés seguir volando. La vida.
Teníamos más de quince años y menos de veinte, éramos siempre más de cinco y menos de diez. Vacaciones en Villa Gesell. La vida desplegándose como un multicolor abanico repleto de exquisitas posibilidades.
Íbamos a bailar todas las noches, para eso íbamos a Villa Gesell. Antes de salir, a eso de las doce de la noche nos sentábamos alrededor de la mesa de la cocina, cada uno en el mismo lugar de siempre, a beber. Bebíamos como leones enjaulados, un vodka barato y a veces caliente, una basura que hoy no calificaría como lustramuebles, con tónica o con seven up o con sprite (en ese orden).
Y charlábamos, una hora o dos. Todos jóvenes y alegres y borrachos, hacíamos confesiones, jurábamos lealtades para toda la vida, nos preparábamos para salir con el incontenible deseo de fornicar, de pelear, de darle un par de mordiscones a la vida y su paleta de sabores.
El colo estaba triste, no melancólico, triste, cuando todos nosotros todavía no sabíamos muy bien qué era, en qué consistía la tristeza de verdad. Hijo de un reconocido médico, practicaba lucha y boxeo, iba a ser médico él también, sus padres tenían una clínica, toneladas de dinero, andaba en un automóvil japonés, su vida parecía estar encaminada cuando muchos de nosotros todavía ni siquiera sabíamos cómo íbamos a hacer para zafar.
–Colo, ¿qué te pasa? ¿Se puede saber qué carajo te pasa? –el que hablaba era G. Bebió de su vaso, se acomodó el flequillo, la noche estaba por comenzar–. Sos joven, tenés guita, ayer cogiste. ¿Qué carajo te pasa, colo?
Se hizo un silencio, una pausa. Alguien, A., encendió un cigarrillo. Se escucharon un par de ladridos de afuera, de la casa de al lado.
–Es que a mí me amamantaron con leche deprimida –dijo el colo–. Cuando mi mamá me dio la teta estaba con una profunda depresión, lo tengo chequeado. Así que eso es todo, esa es la explicación. No tiene cura. Estoy triste, voy a estar triste siempre, nada más.
Esa noche el colo en algún momento se fue del boliche y se mató con el auto en la ruta, yendo de Gesell a Pinamar.

30.1.24

Estuve triste


He estado triste. He estado triste con una tristeza que vos no te podés imaginar. Una tristeza como si te abrazara una mujer de ciento cincuenta kilos o más pintada de mermelada de durazno, o de naranja.
Tuve una tristeza que no sé de dónde vino y me volteó en la calle de una trompada, me dejó sentado, temblando y confundido, sentado en una calle por la que todavía me cuesta volver a pasar.
Estuve triste, asustado, emocionalmente destruido, viendo cómo el dique de mi ser era incapaz de soportar las filtraciones, los agujeros por donde entraba la tristeza más pura que yo jamás hubiera conocido, la tristeza inundándolo todo, tristeza tapando mis descalzos pies cada mañana, tristeza sobre las baldosas de la cocina.
La tristeza cansa, la tristeza duele además. La tristeza es un agujero por el cual se escapa cada miserable rayito de energía. Te pinchan los dedos de las manos, te dan mareos, querés quedarte en la cama muy quieto sin abrir los ojos, que no comience otro día.
Pude llegar, no sé cómo, a la otra orilla. Nadé y nadé en un agua negra y viscosa y muy fría. Pensé que me ahogaba, pensé que jamás llegaría.
No sé cómo se sale pero se sale, así como un pintor te diría que pintar no es fácil ni difícil, pintar es imposible. Algo, no sé, una lluvia, un chocolate, la sonrisa de un niño, un perro que mueve la cola, un whisky de madrugada en un bar de mala muerte, la espalda de una mujer en bombacha abriendo la heladera, cosas así.
Y entendés que no hay más nada para vos ni para nadie, no hay que buscar nada, te hace bien caminar un poco y un café y mirar el mar, o ver a una mujer por televisión en el canal de cocina preparando puré, agregando leche, manteca, pimienta o quizás nuez moscada, aplastando las humeantes papas de la vida.

20.1.24

Pomadita


Todo lo que escucho son calamidades. La gente habla de catástrofes aéreas, de niños mordidos en el rostro por famélicos dogos, de un cáncer que se masticó a alguien como si fuera un muñequito de hojaldre. Alguien le cuenta a alguien que otro alguien fue atropellado por una camioneta cargada de heladeras o vaquillonas, alguien tiene un sarpullido por comer camarones mezclados con dulce de batata, alguien tiene el pito verde por coger con una negra de una tribu africana, alguien quedó en medio de un terremoto y vio cómo la tierra se tragaba su ciclomotor recién comprado, alguien estaba colgando la ropa en la terraza y un halcón le picoteó un ojo.
Y así seguimos mientras vemos cómo se nos acaba el frasco de mermelada de la vida, con el único consuelo de saber que al resto de los mortales también les va para el culo, los choca una nave espacial, se les quema el televisor, quizás los pica una araña.

10.1.24

Parecía mongol


El joven Tenshi habitaba en la aldea Imawi, cerca del monte Emei. Siendo huérfano, su tío Em había logrado que fuera aceptado en el monasterio Turuca en las afueras de Kyoto, y puesto a las órdenes del gran maestro Tomai. El gran maestro, considerado casi una divinidad en todo el Japón, había pasado los noventa años y necesitaba asistentes. A cambio el joven Tenshi se libraba de su destino de labriego, huérfano y analfabeto. Parecía un trato justo. Tenshi tenía 15 años recién cumplidos y ya sabía leer y escribir. También le habían enseñado a coser, a preparar distintos platos clásicos de la comida japonesa y a jugar al go.
Como cada mañana desde que tenía once años, el joven Tenshi se despertó a eso de las 5, después de lavarse la cara, beber un insípido té verde y darle de comer a las cabras de su tío, partió presuroso hacia el monasterio Turuca. Debía llegar antes de las 0800, el gran maestro Tomai precisaba ayuda para darse su baño matinal, y luego para la preparación del desayuno. El joven Tenshi debía recorrer los once kilómetros de un escarpado terreno, con el final de una pronunciada subida por la ladera del monte Emei. Iba con su precaria túnica y unas gastadas sandalias que ya le apretaban los pies, pero no sentía tristeza ni dolor. Sabía que el gran maestro Tomai lo bendeciría con su sabiduría, mostrándole algún halo de luz en el camino de la vida.
A poco de emprender su caminata, algo llamó la atención de Tenshi. Al costado del camino, sobre unos desordenados pastizales, yacía un burro.
Se acercó dado que todavía no amanecía. El burro no estaba muerto pero agonizaba, quizás destrozado por las pesadas tareas a las que había sido sometido a lo largo de su vida, o quizás por el abrasador sol de cada día o el frío de las noches. Podía también haber sido atacado por una serpiente o picado por una araña, cómo saberlo.
Yacía el burro de costado, con la boca abierta y algo de sangre alrededor de su hocico. Los ojos miraban la nada misma, apenas algún movimiento convulso en una de sus patas traseras a intervalos regulares.
Dudaba, Tenshi. Debía volver a la aldea y avisar que el burro necesitaba ayuda. Pero si lo hacía llegaría tarde a ver al maestro Tomai, y el maestro Tomai tenía poca paciencia. El desayuno del maestro Tomai era sagrado.
Entonces vio venir en dirección contraria, es decir, hacia la aldea de Imawi, a un granjero con su hijo. El hijo, no mucho mayor que el propio Tenshi, sostenía sobre su cuello dos o tres cañas de bambú, que hacían de soporte de dos grandes tinajas de una rústica terracota que colgaban a ambos lados de su cuerpo. Debían contener sake artesanal para vender en el pueblo. Su padre, un campesino tosco pero amable a quien Tenshi se había cruzado varias veces, se llamaba Sunito.
–Hermano Sunito, qué alegría verlo –dijo Tenshi e hizo una reverencia–. Acabo de encontrar a este pobre burro que agoniza. Es preciso que usted me ayude. Quizás pueda usted ir a la aldea y conseguir que vengan otros campesinos, con 5 o 6 sería suficiente. Así cargamos al burro y lo llevamos para que alguien lo asista. El doctor Imao siempre está dispuesto a curar hombres y animales.
–¡Pero qué dices, muchacho! –dijo Sunito y negó con la cabeza–. Este burro ya está casi muerto. Lo que debemos hacer es llamar a uno de los guerreros de la guardia imperial para que venga con su katana y corte el cuello del animal. Así podemos trocearlo sin dificultades y llevarlo para que coman en la aldea. La señora Sasimi sabe hacer manjares con cualquier tipo de carne, tiene arroz y especias que ella misma cultiva. La aldea está sufriendo horrores la sequía, y la carne de este animal sería una bendición. El pueblo estará de fiesta.
–¡No! –Tenshi dio una patada en el piso, indignado. Lo sorprendió la vehemencia de su propio gesto–. El maestro Tomai nos enseña la divinidad que habita en todas las criaturas vivientes. La vida de este burro es tan sagrada como la suya o la mía. Es nuestro deber socorrerlo. Eso es lo que mandan las sagradas escrituras.
–Pero querido –dijo Sunito negando con la cabeza. Su hijo había dejado la carga de ambos toneles en el piso para poder descansar un poco, empezaba a hacer calor–. Entiendo que has elegido el camino de la fe y la beatitud, pero la madre naturaleza en toda su sabiduría no nos deja interferir en su ciclo. A la vida sigue la muerte y no está en nuestras manos modificar eso. Las serpientes se comen a las ranas, los zorros cazan gallinas, y eso es algo que no podemos modificar ni interferir.
Se hizo una pausa, los argumentos habían sido expuestos. Tenshi sabía que no podía ni pensar en arrastrar al burro, y también había entendido con toda claridad que Sunito no lo ayudaría. Se encontraba inquieto, preso de un dilema que lo incomodaba en lo profundo de su ser.
Entonces apareció de la nada un hombre. Parecía pequeño y curtido por el sol, llevaba también una suerte de túnica y sandalias. Se quitó el cónico sombrero hecho de paja trenzada, llevaba la cabeza rapada. Sus ojos eran achinados y sus pómulos salientes, quizás fuera mongol.
El hombre no saludó ni expresó ningún comentario. Se arrodillo junto al animal, y le palmeó dos veces un anca.
Luego, sin mediar palabra, se acostó sobre la tierra, junto al animal y desde atrás, como si fuera a dormir en la posición que se conoce como ‘cucharita’. Se remangó la túnica, y ya estaba con la pija muy parada. Incluso la pija parecía algo desproporcionada, por tamaño y por el color púrpura reluciente, en relación a la totalidad de su cuerpo. Se apretó al burro, y lo penetró de un saque.
Siendo el burro, por decirlo de algún modo, un masculino, la penetración estaba ocurriendo por el culo, no cabía otra posibilidad. El sujeto se aferró a las ancas del animal y empujó varias veces, con los ojos en blanco, murmurando algunas incoherencias. El burro no mostraba mayor contrariedad ni reacción.
–¡Ahhhh! –dijo el hombre, dio un par de empujones más contra el animal– ¡Tomá, tomá hija de mil puta!
Concluido su afán se puso de pie, tenía la pija manchada de mierda. Sosteniendo todavía su túnica en alto con una mano, usó un puñado de pasto para limpiarse un poco la pija.
–Ya ven –dijo el hombre, dejando caer su túnica, y pasándose un antebrazo por la sudorosa frente. Recuperaba el aliento–. Mientras ustedes discuten sobre el bien y el mal, quizás el destino del universo, yo me recontracogí al burro. Ahora me siento mucho mejor, estaba cargado como una pila varta. Sigo mi camino, me esperan y llego tarde. ¡Que viva nuestro sagrado imperio del sol naciente! Les deseo el bien.
El hombre desapareció a paso vivo por donde había venido. Lo vieron perderse detrás de los árboles.
–Bueno, Sunito, nos vemos –dijo Tenshi. Quería llegar al templo lo antes posible y ver al gran maestro Tomai. Tenía tantas cosas para contarle.

*sí, y es gratis. quiero decir, no me debés nada.

30.12.23

Creo que entiendo


Ahora me ofrecen trabajo. Distintos trabajos, de muchas horas. Trabajos de oficina donde hay que estar sentado frente a una computadora hasta que se te pudran los ojos, o dar charlas y viajar en avión, sentarse en un avión y ver a una aburrida azafata que repite la explicación de cómo abrocharse el cinturón y dónde están las salidas de emergencia. Pero para ella la única emergencia es tener que tirarle de la goma al piloto otra vez, y pasar una noche en Ámsterdam o en Estambul escuchando promesas, haciendo planes que no se realizarán jamás. Me ofrecen trabajos donde hay que estar en un restaurante en la caja de noche, hasta que soñás con supremas maryland que cantan canciones de los rolling stones, trabajos donde hay que manejar una camioneta por las rutas argentinas y parar en estaciones de servicio a comer una y otra vez el mismo plastificado alfajor.
Me ofrecen trabajar, y lo que yo necesito es dinero.
Ahora me ofrecen amor. Mujeres divorciadas con una hija pequeña, mujeres que dicen que tienen mucho para dar ahora que han aprendido después de tantas vueltas en la calesita del amor. Jovencitas, jovencitas estudiantes de filosofía o de literatura que además saben programar en python y javascript y dicen que les encanta como escribo, quieren que las acompañe a la placita de Serrano a comprar collares hechos con uñas de focas y fideos dedalitos, quieren que caminemos de la mano y que yo les diga que me hacen acordar a la maga de Cortázar aunque no saben si se escribe ‘rayuela’ o ‘rashuela’. Me ofrecen amor mujeres con una leve bizquera o algo rengas o con una quemadura en el rostro que les hizo el padre con una plancha cuando eran niñas, mujeres que dicen después de la primer cerveza que están dispuestas a que nos vayamos a vivir juntos de inmediato. Mujeres que dicen que saben hacer pastel de papas y strudel de manzanas, también.
Me ofrecen amor, y lo que yo necesito es sexo. Nada sofisticado, pim pam pum, el viejo y conocido metesaca. Clasicón.
Lo que sucede me temo, es que el mundo está lleno de gente que ofrece lo que ni siquiera se dan cuenta que sobra, lo que chorrea por todas partes. Y eso no tiene nada que ver con lo que a mí me falta.

20.12.23

Me gustaría conocerte


Podés probar en cualquier parada de colectivos, no importa el barrio ni la línea de colectivos, lo único necesario es que haya algo de gente esperando. No importa la hora. Puede ser de día, puede ser de nochecita, también.
Podés probar en un andén del subterráneos, en cualquier estación de cualquier línea de subterráneo.
Te acercás a alguien. No importa a quién. Puede ser una mujer o un hombre, puede ser joven o viejo, puede usar anteojos o pollera, puede tener una mochila, un portafolios, puede tener buenas tetas o ser calvo (no las dos cosas al mismo tiempo, desde ya).
Te acercás despacio, con buenos modales, con respeto, con una sonrisa de genuino interés. Y le decís ‘disculpame, pero parecés una persona interesante, me gustaría que conversemos durante el viaje, de cualquier tema, o vayamos a tomar un café’. O le decís ‘disculpame, la verdad es que me gustaría conocerte, saber qué pensás sobre el futuro de la humanidad. Si estás apurada ahora, dame un número de teléfono y te llamo en otro momento’. O le podés decir ‘mirá, te vi y me dieron ganas de conversar un poco con vos. Saber qué hacés de tu vida, sin ningún compromiso’.
Vas a ver, en cualquier caso, que la respuesta puede ser una puteada, o la persona intenta huir, al trote, o se protege el rostro con las manos, o pide ayuda a la policía. O grita.
Si te hubieras acercado a cualquiera de esas personas y le hubieras pedido dinero, o la hubieras empujado, o le hubieras dicho algo amenazante, una barbaridad, es probable que te hubieran escuchado con resignación y algo de respeto.
Lo que quiero decir es que todo el mundo espera lo peor, no tiene arreglo.

10.12.23

Acerca de correr


No es con ellos. Si hubiera sabido jamás los hubiera criticado con una tan desproporcionada fiereza. Yo no sabía.
Los que corren, de ellos hablo. Los que trotan por la mañana en los parques y muchas veces en las calles, en las plazas de lo que podríamos denominar, principalmente, occidente civilizado capitalista. Planeta tierra.
Quiero decir que nunca me gustó correr, ni de chico. Imaginate ahora que me vine grande y tengo panza, me crujen las rodillas. El otro día estaba cogiendo y mientras estaba cogiendo, no sé cómo describirlo. Sí sé cómo describirlo, puse a la afortunada en cuatro patas, en el piso, para embestirla por detrás. Venir desde atrás y desde arriba como un tornado, una fuerza de la naturaleza, un aguilucho cogedor. Y sentí que no podía. Estaba cogiendo y eso me encantaba, pero al mismo tiempo mis rodillas parecían gritar ‘¿por qué nos hacés esto?’. Volví a la cama como un exhausto jabalí y completé la faena con la chica encima mío. O sea, correr no es lo mío. Cuando coger tampoco sea lo mío veré qué hacer.
Si les mirás la cara a la gente que corre. Si vas a cualquier maratón que se organiza un domingo a la mañana y los ves pasar. Mirás esas caras. No hay una puta sonrisa, nadie la está pasando bien.
Yo siempre quise saber qué me estaba perdiendo porque soy así, la cabeza me funciona así, de esa forma. Como me gustaría saber qué se siente estar casado, volver una y otra vez al mismo lugar para hablar de lo mismo con la misma persona, muerte por repetición. No creo que me suceda.
Me fui un poco del tema, me pasa seguido. Pero el domingo fui como te dije, a eso de las nueve de la mañana. Me paré sobre la Avenida del Libertador, dejé el auto. Los vi pasar durante unos buenos cinco o diez minutos. Los vi correr.
Están corriendo hacia el futuro. Ya está, eso es todo. A nadie le gusta correr, no hay nada interesante ni entretenido en la tarea. Se trata de escapar, de escapar del presente de sus estúpidas vidas, del horror de estar vivo y no saber ni siquiera para qué.
Así que sigan corriendo, muchachos y muchachas, boludos grandecitos también. Corran todo lo que quieran, pensé. En el futuro no se van a encontrar con otra cosa que con ustedes mismos. La misma desesperación de no saber.