30.4.25

Hablemos de amor


No, pibe, te lo explico porque te veo medio perdido y es un tema que deberías saber. Te lo debería haber explicado tu viejo no sé, un hermano, un amigo. Son cosas que no sirven para nada en la adolescencia porque en la adolescencia sos adolescente y te importan otras cosas. Pero cuando salís de la adolescencia ya deberías saberlo, tener al menos una intuición, para no ser tan pelotudo.
Sí, las minas, claro que las minas. Porque cuando sos adolescente y un poco después también desde ya, lo que querés es ponerla. Querés coger como un monito carayá arriba de un árbol, como un chancho pecarí, querés eyacular como un maldito babuino, matraquear, ñaca ñaca y no mucho más que eso.
Pero. Siempre hay un pero, la vida es un poco más compleja. Cuando te baje un poco la espuma, la leche podríamos decir, tenés que fijarte de estar con una mujer que tenga algunos otros atributos, no, no físicos. Cualidades humanas por decirlo de algún modo.
Sí, ¡ya sé! ¡Ya sé que tenés los ojos blancos de leche como el maestro Po! Pero creéme, no todo es coger. Es mucho no lo niego, es importante y relevante y todo lo que vos quieras. Pero no es todo.
Y entonces, cuando tengas que elegir una compañera, una muchacha, una mujer más allá de esos fantásticos polvorones. De eso vamos a tener que hablar un poco.
Así que ya entendiste que no va por el garche, bien ahí. Cuesta un poco, sobre todo si tenés menos de 66 años ponele. Lo único que mirás por la calle son chicas, mujeres que tengan buenas tetas o buen culo o si es posible las dos cosas según el caso. Te las imaginás en cuatro patas o chupándote la pija. Pero no, no sabés que lo que el hombre precisa no es eso o no es solamente eso.
No, no importa si estudia, si quiere ser filósofa transpersonal, si le preocupa el hambre en Etiopía, si quiere salvar a los delfines, si siempre soñó con ser enfermera o maestra jardinera. Podés ser todo eso y una basura inmunda también, encima con la excusa de sentirse que está salvando al mundo o que es buena persona. Una mugre que encima te va a hacer sentir mal porque vos tenés un negocio de venta de artículos de limpieza, te van a decir que te faltó vuelo intelectual o artístico, no tenés sensibilidad, nunca le djiste que tu sueño es ir a escuchar ópera a la Scala de Milán. Te van a decir que te quedaste corto, que sos un maldito vendedor de odex que lo único que quiere es que san lorenzo salga campeón. Las mujeres que leyeron tres libros y la van de intelectuales son las peores, creen que entendieron algo de la vida que los demás no y además lo quieren explicar. La vas a pasar mal.
Hay una aproximación bastante buena pero que no alcanza. En una película donde actúa Robert de Niro y Chazz Palminteri. No, no tenés por qué saber quién fue Chazz Palminteri, con que sepas que no fue el 4 del Chelsea alcanza. La película se tradujo creo como algo de ‘una luz en el infierno’ (A Bronx tale). Y en un momento, un chico que es el hijo de De Niro y es italiano, conoce y se enamora de una muchacha que es negra. Y está todo mal, le dicen al chico que se tiene que pelear con la chica porque él es italiano y la chica es negra y no va. Y Chazz Palminteri, que hace de mafioso italiano y lo hace genial le presta el auto, al chico, para que salga con la chica. Y le explica una prueba que debe tomarle a la chica. Resumo. Es que el chico sea caballero, haga entrar a la chica abriéndole la puerta del acompañante del auto. Y luego rodee el auto, por el frente del auto, para ver si la chica se inclina para abrirle el ‘piquito’ de la puerta del conductor para que el chico pueda entrar al auto. Eso para ver si la chica es egoísta o no y la idea y la escena es hermosa y la recuerdo con mucho cariño pero tampoco es eso.
Ya estamos, ya termino.
En algún momento, si estás con una chica, vas a estar en tu casa o en la de ella o en la de tus viejos, en la de un tío, o en un departamentito que alquilaste en la costa por el fin de semana, en fin.
Y entonces. Antes o después de coger, ya sé que querías coger. Van a comer, o van a tomar whisky o seven up, o van a comer un par de sanguchitos de miga o una milanesa o lo que sobró del mediodía, no importa.
Y hay que lavar. Acá viene la cuestión. La piba va a lavar, no importa si va a lavar siempre pero va a lavar alguna vez, esa vez. No importa si vos te ofreciste a secar, no sé si sos tonto, si tus papás son parientes (siempre me gusta decir esa frase).
Acá viene lo importante, prestá atención. Estás en la cocina, la piba va a lavar lo que usaron durante la cena.
La piba tiene el detergente y la esponjita y va a empezar a lavar.
Tiene que lavar primero un plato. Listo, eso es todo lo que tenés que saber. Para saber si vas a querer estar con esa mujer no te digo toda la vida pero un tiempito, algo de mayor duración que el garche, el escopetazo en sí mismo.
Sí, hay vasos o hay tazas, y hay platos, pueden ser platos grandes o chicos, pueden ser muchos o pocos. Puede haber algún cuenco. Lo importante, la clave, es que la tipa tiene que lavar primero un plato, debe pasar la esponjita primero por un plato, antes que por un vaso.
Porque si la tipa arranca lavando primero un vaso entonces es una tremenda hija de puta y vos tenés que saber que está todo mal y te tenés que ir.

20.4.25

Dixit


–Quisiera hacer lo que quiero, solamente lo que quiero, siempre lo que quiero.
–Y sí, claro.
–Pero para hacer lo que uno quiere, nada más que lo que uno quiere, todo el tiempo lo que uno quiere, se necesita dinero. Mucho dinero.
–Seguro que sí.
–Y para conseguir el dinero, el dinero que necesitás para hacer lo que vos querés, tenés que hacer otras cosas. Cosas que no querés.
–Absolutamente.
–Después de conseguir el dinero haciendo algo que no querés para poder hacer lo que querés, bueno, lo que querés ya no es lo mismo. Se adultera por decirlo de algún modo, algo le pasa.
–Estoy de acuerdo.
–Haber hecho, haber tenido que hacer lo que no querías hacer, infecta lo que querías hacer. La zanahoria jamás alcanzará para compensar los palos recibidos. En algún lugar late un rencor, se esconde un fastidio, quedan las marcas.
–Sí.
–Me gusta este bar, está bien decorado.
–Tiene un lindo ventanal –dije–. Y el café no es malo.

10.4.25

Para ponerlo en perspectiva

Tenés que entender que los aviones se caen. Tenés que entender que los trenes chocan, se salen de las vías. Tenés que entender que la tierra se abre y se puede tragar ciudades enteras como si fueran de hojaldre. Tenés que entender que el mar se fastidia sin que sepamos muy bien por qué y de pronto se fuma en dos pitadas con una ola de más o menos treinta y siete metros a los japoneses que toman sol en una playa y se lleva los frascos de cremas hidratantes y los teléfonos celulares de pantallas táctiles de última generación y esas sandalias tan lindas que compraste en oferta. Tenés que entender que el médico mira los análisis y ve una mancha algo que no debería estar está y algo que no está debería estar y es un algo tan pequeño que si fuera una arveja caída en el piso de la cocina lo resolverías de una patada y tu vida cambia. Tenés que entender que a veces no se me para, también.

30.3.25

Mirá Cecilia


Mirá Cecilia, si querés que él vuelva tenés que comprar un kilo de tomatitos cherry y hacer una cruz. Una cruz de tomatitos cherry perfectamente alineados. Sobre el piso, debajo de la cama, del lado de él, donde solía acostarse. Tenés que hacer una cruz de tomatitos cherry y dejarla, la cruz, sin tocar, por lo menos una semana. Avisale a la señora de la limpieza.
Si querés que él vuelva tenés que conseguir un sapo, un sapo adulto machazo, de los grandes, ponerlo en una olla y hervirlo. Hervirlo un rato, cinco o diez minutos, sin llegar a matarlo. El sapo está casi muerto pero no está muerto, vive todavía, te vas a dar cuenta que vive. Entonces apagás el fuego y lo sacás, al sapo, con un repasador. Lo sostenés en alto frente a vos, como si te mirara a vos, cara a cara por decirlo de algún modo. Y lo apretás, al sapo, de la panza, con las dos manos y con todas tus fuerzas. El sapo va a largar una escupida, una terrible escupida que es de un verde muy claro, como un ácido. Es importante que esa escupida te de en el rostro o en las tetas. Soltás al sapo y te masajeás esa escupida por la cara, por el pecho, por los brazos. Y esperás que tu piel absorba todo el líquido.
Si querés que él vuelva tenés que prender una vela roja una vela verde y una vela negra, arriba de cada artículo de tu domicilio que tenga enchufe. Sí, tres velas arriba de la heladera y sí, tres velas arriba del lavarropa, y sí claro que sí, tres velas arriba de cada televisor. Si tenés microondas también, si tenés una computadora también. Prendés el grupo de tres velas sobre cada artículo de tu domicilio para cuyo funcionamiento deba ser enchufado y esperás que las velas se consuman por completo. Si alguna se apaga por cualquier motivo, la volvés a encender. Lo tenés que hacer de noche, depués de las doce de la noche.
O también podés no hacer absolutamente nada, limitarte a esperar mientras seguís siendo como sos. Igual no creo que vuelva, vos tampoco vas a cambiar, quién te aguanta.

20.3.25

Mismo barco


El doctor miraba los estudios y arrugaba la frente. Dio vuelta una página, levantó la vista y me miró. Negó casi de manera imperceptible con la cabeza (no sé con qué querés que niegue, ¿con la poronga?), luchó por contener el gesto.
El consultorio era deprimente. Un talonario de recetas sobre el metálico escritorio de un descascarado verde. Había una computadora también, una pc de escritorio con un remolino de cables colgando, el monitor debía tener diez años o más.
Detrás de su silla había una pequeña biblioteca de pino con libros, los lomos deteriorados, se mezclaban temas médicos con ‘Los Hollister’, y títulos de la colección ‘Bomba’.
El diploma, presumiblemente su diploma, colgaba de un oxidado clavo.
–Mire –dijo, se sacó los lentes y por un instante se oprimió los globos oculares con los dedos índice y pulgar de una mano. Suspiró–. La verdad que no me gusta nada de lo que veo. Me atrevería a decirle que la totalidad de sus análisis no son buenos. Colesterol, azúcar, ácido úrico, glóbulos blancos. Todo, todo no está bien. Los indicadores que debieran estar altos están bajos, y los indicadores que debieran estar bajos están altos. Para resumir y sin deseos de alarmarlo, su estado no es bueno. Como le dije, no me gusta lo que veo.
–No se haga problema, doctor –dije–. Yo hace años que no me soporto.

10.3.25

Alien


Si voy a comprar zapatillas, ponele que necesito zapatillas, las zapatillas que me traen para probar me queda grandes o me quedan chicas. Las zapatillas siempre son medio número más o medio número menos. Mi número no existe, no hay.
Si compro un pantalón que me queda bien de ancho me queda mal de largo y al revés, y al revés todas las veces que sea necesario.
Si voy a un bar y pido un café con una medialuna de grasa me traen un cortado con una medialuna de manteca. Si quiero agua con gas me traen sin gas. Si pido dos porciones de fugazzeta me traen napolitana.
Si conozco una mujer inteligente, una mujer con la que puedo conversar y tomar un café, es una intocable porcina con un flujo vaginal capaz de quemar una baldosa del parquet. Si conozco una mujer que coge con entusiasmo, que tiene un culo corto más que apetitoso para ponerla en cuatro patas y empujar un rato bueno, viene la piba además de con ese culo con un retraso evolutivo más que evidente, como si su desarrollo cerebral hubiese alcanzado hasta la condorito y a partir de ahí la nada misma.
Y así voy viviendo, en un mundo que se empeña en recordarme cada vez que puede que no es para mí.

28.2.25

Cotidiano


Moni entró a casa. Yo había llegado antes, me había bañado y me había puesto un short. Buenos Aires en Enero era el horror de estar vivo y no mucho más que eso.
Me había preparado un fernet con soda y unos daditos de queso. El televisor encendido en la National Geographic con el volumen bajito. Anochecía.
–No sabés lo que me pasó en la clínica –dijo Mónica. Y contó una historia de un paciente que había entrado con una herida de bala y cuando descubrió que los médicos habían dado aviso a la policía, era el protocolo, había intentado escaparse, medio desnudo, como en las películas.
–Increíble –dije yo.
Después Moni se cambió, se sirvió un vaso de jugo y me contó que se había reunido con Mariana. Mariana había quedado embarazada pero no le había contado nada a su novio. Finalmente, Mariana había decidido abortar, sin decir nada. Moni no estaba de acuerdo.
–Para mí es una decisión de los dos, ¿no te parece? –dijo Moni.
–No sé –dije–. Son situaciones.
Moni me dijo que iba a hacer arroz con pollo para la cena. Me dijo que había visto un auto precioso estacionado en la puerta de la clínica. Me dijo que le había encantado pero no sabía ni el nombre ni la marca.
–Los autos modernos vienen con todos los chiches –dije–. Son una computadora.
–¿No te interesa mucho lo que te cuento, no? –Me miraba, Moni, de pie, con los brazos cruzados.
–No –dije–. La verdad que no.
–¿Y se puede saber por qué estamos juntos, entonces? –Dijo y dijo un golpecito con el taco de un zapato sobre el parquet– ¿Eh?
–La verdad que no sé –dije–. Esperamos que pase alguna desgracia. La muerte o la cena. No sé, algo.

20.2.25

Modo avión


Es fácil, es muy fácil darse cuenta, es lo más fácil del mundo. Cuando ves una parejita en un bar cualquiera, si están por ir a coger o si, por decirlo de algún modo, vienen de coger. Si ya han cogido.
No, qué pelo mojado, el pelo mojado de la chota querido, no entendés. Estamos hablando de lo más profundo del ser humano, aquello que resulta la parte basal y constitutiva de su ser, aquello que lo habita.
Si están por coger, si dentro del plan en algún más o menos remoto después está el hecho de ir a coger, entonces el hombre habla. Gesticula, el masculino, mueve las manos, cuenta una historia. Se ríe o habla, ya lo dije, presta atención. A la mujer que tiene enfrente.
Si ya cogieron, si vienen de coger, si cogieron hace un rato o la noche anterior, entonces el hombre no habla. El hombre apenas toma un sorbo de café o mira por la ventana. Al hombre no le interesa en absoluto nada de lo que pudiera decirle la persona que tiene enfrente.
Ya que el hombre, su pulsión, su anhelo, aquello que lo ordena desde la dinámica de los fluidos, es ponerla. Es por eso que también resulta bien fácil darse cuenta cuando un hombre está en pareja y convive, cuando tiene a su disposición, se podría decir al ‘alcance de la mano’, la posibilidad de coger, de dar un escopetazo. Se le apaga la mirada, pierde el interés, deja de hablar más allá de lo necesario. Entra en modo avión.
Después de ponerla, después de coger, al hombre le importa técnicamente un pomo lo que suceda en el resto del planeta tierra. No quiere salvar a las ballenas ni saber si está por impactar contra la tierra un gigantesco meteorito. No le interesa al hombre el hambre en Etiopía ni si Estados Unidos está preparando una bomba nuclear hecha a base de pasta de maní. El hombre quiere un whisky o un cigarrillo o las dos cosas, poca luz, poco ruido.

10.2.25

No sé si te acordás


Te acordás cuando compartíamos un sándwich de milanesa con lechuga y tomate en pan francés, Villa Gesell, un sándwich que te secaba hasta el alma, y lo comíamos sentados en la calle dando un bocado cada uno, pasándonos el sándwich, una Fanta de litro a nuestros pies, todavía dormidos con el sol reventándonos la frente, y era el mejor almuerzo del mundo, el mejor almuerzo que podíamos imaginar. ¿Te acordás?
Te acordás cuando caminábamos por la playa de la mano jugando a chocar flanco contra flanco para volver a separarnos, para dar un tirón de un meñique o un pulgar y volver a chocar, la lluvia en el pelo, tus pequeños pies en el mar. ¿Te acordás?
Te acordás cuando nos mordía el deseo como un animal enfurecido y subíamos a una terraza y te apoyabas contra una pileta donde alguien se había olvidado una media de toalla de un desteñido rojo, y nuestras enloquecidas manos luchaban con elásticos y botones, y tus erizados pezones y mi mirada de loco y tus tobillos de reina. ¿Te acordás?
No llores, tonta. ¿Te acordás?

30.1.25

Parece cortesía


Voy a la parada del colectivo, elijo una parada de colectivo al azar. Es la parada del 109, no conozco muy bien el recorrido, no sé adónde va. Me paro en la parada hasta que viene el colectivo. Hay gente detrás mío, es lo normal.
–Adelante, pase –me aparto un poco–. Suba por favor –y no subo, me quedo en la calle. El colectivo espera unos tres segundos más y se va. Repito la maniobra con el siguiente colectivo, y me voy a tomar un café por ahí.
Voy a un negocio del barrio, una fiambrería.
–Necesito medio kilo de dulce de membrillo –digo, pero justo entra una señora–. Atienda, atienda a la señora, no hay problema.
La señora me agradece y comienza su compra, yo miro mi teléfono celular y me retiro como si hubiera recordado algo, algo importante que debo hacer, alguien que me espera en algún lugar.
La práctica, el proceso con tanta precariedad descripto, lo ejecuto con algunas insignificantes variantes al menos una vez por semana, sin falta.
Es que a mí me dejaron mucho, me dejaron siempre, me dejaron desde que puedo recordar. Y por esas caprichosas piruetas de la vida me ha tocado ver, enterarme, de cómo les fue casi invariablemente, a todas esas maravillosas chicas que me dejaron. Esas chicas que tenían prodigiosos planes, un fantástico potencial.
Es algo no demasiado elaborado, no requiere de complicadas argumentaciones ni pulidos razonamientos, tiene la contundencia de lo fáctico. Una de las cosas que mejor me ha hecho, en la vida, es dejarte pasar.

20.1.25

Lo normal


Nos agarramos a trompadas. La primera mano me tomó por sorpresa un poco cuando la quise esquivar, me dio de lleno en un oído.
Eso te marea, te marea mal, me fui derecho al piso. Me pateó, en los riñones primero, las patadas ahí sí que duelen, en el estómago después. Me hice bolita, aguanté unas patadas más. Todavía estaba aturdido y necesitaba un par de bocanadas de aire.
Logré engancharle una patada y lo hice trastabillar, era mi oportunidad. Me incorporé y embestí con la cabeza como un animal herido. Lo tiré, lo pasé por encima.
Sentía la sangre que me caía de una ceja y en la boca, me debía haber partido un diente. Le pegué con fuerza, dos o tres trompadas netas. Escuché el cricri de su nariz que se partía.
Le hice rebotar la cabeza contra el cordón de la vereda, lanzó un grito.
Me salía sangre de los nudillos. Me dio una trompada en la garganta, no sé cómo, desde el piso.
Nos separaron dos o tres tipos, y un policía al que se le había caído la gorra. Una señora se tapaba la cara con las manos.
–Basta, che –dijo un tipo– ¡Ya está, loco!
Entonces lo miré. Me faltaban casi todos los botones de la camisa. Tenía un feo rasguño que me cruzaba la cara en diagonal. Debió engancharme con el reloj, o con un anillo.
El pibe también me miraba. No supe si acabábamos de chocar, si el pibe me recriminaba que yo le había quitado la novia, si me había tratado de robar, si él era de Chacarita y yo de Atlanta, si le había pateado sin querer el perro, si en la adolescencia habíamos sido amigos.

10.1.25

No me despertaba


Volví a casa. Jueves, más o menos las siete de la tarde. Pasé por el chino y compré unas latas de cerveza, un paquete de grisines, un pedazo de queso Port Salut.
Me sorprendió al llegar ver cierto amontonamiento de gente. Vecinos, curiosos. Policías. Ver vecinos, curiosos o policías por separado ya suele ser lo suficientemente malo, una traumática experiencia. Pero juntos, qué se podía esperar.
Había un par de periodistas de un noticiero, una chica con un micrófono en la mano, un tipo con una cámara cubriendo la noticia. El asunto era qué noticia.
–¿Qué pasa? –le pregunté al portero que no terminaba de decidir si le molestaba tanta gente en la puerta del edificio, o si mandar un mensaje por celular para que alguien lo viera aparecer en televisión.
–El del séptimo B –dijo, con su chaqueña inexpresividad que venía de los indios wichis, de la mismísima Pacha Mama, de un ancestral retraso madurativo tal vez–. Se suicidó.
Me hizo un gesto con la mano como de zambullida, de alguien que se había tirado por la ventana a ninguna pileta.
–No, no puede ser –dije, y lo miré. Para ver si se reía, pero no se reía, nadie se reía. La presencia de la muerte suele quitarle la gracia a tantísimas cosas.
Lo miré porque el portero sabía perfectamente, tan perfectamente como yo sabía, que el del séptimo B era yo.
–No era un mal chico –la vecina del quinto, con su perro salchicha de agudos ladridos–. Muy reservado y respetuoso. A mí siempre me preguntaba cómo estoy, me saludaba bien.
–Traía mujeres –dijo otra señora, mi vecina del séptimo A, que tenía al marido en silla de ruedas–. Y tomaba mucho. Yo veía las botellas en la basura, no es que me interese, pero tomaba. Whisky, principalmente. Y vino. ¡Lo que debía gastar ese tipo en vino!
La policía recababa información sobre los hábitos del fallecido. Sí, vivía solo, sí, trabajaba, lo veían salir de traje todas las mañanas, no, no tenía mascotas ni se le conocían episodios de violencia doméstica.
Al parecer se había suicidado, me había suicidado, arrojándome por la ventana. Había caído en el patio del primer piso. Una señora que escuchó un grito había llamado a la policía.
Ya sé, estoy soñando, pensé. Ahora me voy a despertar, he visto películas parecidas.
Pero no, no me despertaba. La gente seguía diciendo cosas no demasiado favorables sobre mi persona. Vendía droga, estaba en la droga, seguro, dijo uno. No te hablaba en el ascensor, se creía superior, siempre con un libro en la mano, dijo una piba. No tenía lavarropas, dijo una mujer, muy seria, para que el resto tomara conciencia. Si alguien no tenía lavarropas, si alguien llevaba la ropa a lavar al laverap bueno, algo muy malo tenía que suceder con esa persona.
Me acerqué a un policía.
–¿Puedo ver el cuerpo? –Pregunté.
–Sí –dijo–. Tenemos que hacer un reconocimiento y es mejor acá, antes que lo lleven a la morgue. ¿Usted lo conocía?
Hice una pausa para ver si me despertaba pero no me despertaba. Fuimos al patio del primero con dos policías. Levantaron la sábana con la que habían cubierto la cabeza del muerto.
–Sí –dije. Ahí estaba yo, muerto, inmóvil. Con el cuerpo algo retorcido y un curioso rictus en el rostro–. Era un buen tipo, me caía bien.

30.12.24

Obsolescencia controlada


–Si hay algo que me revienta –dije–, algo que muestra que está todo podrido, que el mundo no da más, es la obsolescencia controlada.
–Eh –dijo ella.
–Sí –seguí–. Esa es la clave. Lo que deja en evidencia que el capitalismo es una trampa. Las bases, los cimientos del sistema, están podridos. Nada bueno puede ser construido cuando uno se basa en la mentira, en el engaño. Cuando te das cuenta que una lamparita está hecha de determinada manera para que comience a fallar, o que un desodorante en barra está puesto en un estuche que hace que se desperdicie, no sé, el último once por ciento. A propósito, para que tengas que comprar más. Y lo mismo ocurre con la puerta de los automóviles, con los interruptores de la luz, con la forma en que se colocan los tornillos en las sillas o el material empleado para hacer neumáticos. Todo está hecho a sabiendas para gastarse, para fallar. La génesis del sistema se apoya en el engaño, en la mentira. Obsolescencia controlada.
–Sí, puede que tengas razón –dijo ella–. Aunque tampoco sé muy bien por qué me decís todo esto. Digo, ahora, acabamos de coger.
–Es que no puedo creer lo arruinada que estás –dije–. Lo tuyo realmente es caída libre, después te quejás que no se me para.

*para estas fechas, es de lo más normal, el universo entero parece llenarse de pelotudos con mensajes más o menos edificantes. alguien tiene que compensar. saludos.

20.12.24

Exit sin o


Ella me dijo ‘tenemos que hablar’ y cuando una mujer te dice ‘tenemos que hablar’ es para despedirse. En realidad no ‘tenemos que hablar’, se trata de ella, ella quiere hablar, decirte por qué la relación no va más. Y la relación no va más por vos, claro que por vos, es fundamental que lo que sale mal en cualquiera de sus formas, en cualquiera de sus manifestaciones, sea por culpa de otro. Porque si la cosa que no anduvo, o que anduvo pero dejó de andar, si lo que no va más es por culpa del otro bueno, entonces cuando ella se despida habrá terminado con la presencia del otro y ahí sí podrá seguir de algún modo, ella, con ella, con su vida. Si la culpa no fuera del otro, si la culpa fuera de ella y ella se fuera con ella, entonces el problema no estaría resuelto, la situación sería mucho más compleja.
Así que me cita en un bar cerca de la facultad, la facultad donde está estudiando algo, algún posgrado de lo más importante con la cual sin dudas hará que el mundo sea un lugar mejor. Supongo que tratar que el mundo sea un lugar mejor es algo que todos queremos, aunque cada uno a su manera y ahí la cosa se complica.
Llego, me siento, es temprano, pido un café. Llega ella apurada, nerviosa, con el cabello mojado. Lleva además de la cartera una bolsa con libros, papeles, apuntes. Se sienta, deja sus cosas, o al revés. Primero deja sus cosas, después se sienta. Apoya el celular también, sobre la mesa. Por si recibe un wasá, por si la llama alguien. Lo importante es estar conectado, si permanecés seis minutos sin chequear un mail, sin mirar una pantalla de una computadora o el teléfono bueno, te morís. O no te morís pero desaparecés, dejás de existir. Lo virtual ganó la batalla sobre lo real, estar conectado es tu aire y tu alimento. Así se vive, signo de los tiempos diría el Prince.
–Bueno –intenta sonreír, se pasa una mano por el pelo como si acomodara un mechón de cabello detrás de una de sus fantásticas orejas–. Ya sabés lo que te quiero decir, Juan. Creo que lo nuestro no va más, deberíamos tomarnos un tiempo para ver cómo nos sentimos y…
–Mirá Adriana –la interrumpo, levanto un índice pero no mucho, queda, el índice, mi índice, entre nosotros, a la altura de mi esternón, quizás un poco más abajo–. Sería bueno que me digas algo, pero algo interesante. Quiero decir, es preciso que sepas que me han dejado muchas veces. Y por lo general las mujeres que han estado conmigo, la verdad que no tenían gran cosa para decir mientras estaban conmigo y bueno, tampoco tenían mucho para decir durante la despedida. Dos o tres imbecilidades de rigor, media foto, varios reproches, quizás el recuerdo de un amanecer compartido. Y la verdad que me gustás, no sé, cómo te acurrucás para dormir o la forma en que sostenés la taza de café con leche con las dos manos como si estuvieras bebiendo una pócima, un brebaje, esas cosas. Así que por favor te pido que si me estás dejando trates de decir algo original, así me quedo con un buen recuerdo de vos. Te pido por favor que no lo arruines, dejame bien.

10.12.24

Formas de ver


Cada tanto viene alguien, aparece alguien en la calle o en un bar o en la cola del supermercado. Alguien que me conoce, eso dice. Alguien que fue a la primaria o a la secundaria conmigo, alguien que me vio levantar la mano en la facultad y decir algo. Alguien que jugó al ajedrez o al waterpolo conmigo o contra mí. Alguien que me vio agarrarme a trompadas en Villa Gesell contra varios, alguien que leyó algo que yo escribí.
Y la persona que me habla sonríe, recuerda algún atributo de mi persona, mi manera de decir las cosas o de beber. Recuerda algo, algo mío, algo que era genial.
Pero cuando yo consigo recordar lo que me dice, la situación, lo que sea que me describen. Bueno. Lo que recuerdo era mi tristeza y mi angustia de saber que nada tenía el menor sentido, yo tuve la crisis de los cuarenta a los once años, la certeza de saber que mi fracaso era inevitable.
Nada de lo que me cuentan tiene el menor punto de contacto con cómo me sentía, lo que me pasaba, cómo lo viví.
Te lo digo por si te parece que lo estamos pasando bárbaro, no sé, lo bueno que es estar juntos. Los momentos compartidos.

30.11.24

Método


Estaba triste, estaba mal, venía en caída. Me habían echado del laburo que igual era una mierda, Mónica me había dicho que necesitaba tiempo para pensar, se volvió al pueblo donde vivían sus padres. Así todo, la sola posibilidad de tener que decirle a la piba de la fiambrería que quería doscientos gramos de salame me daban ganas de llorar.
Decidí que iba a escribir. Había leído que Woody Allen decía que escribía dos carillas por día durante noventa días, y entonces tenía el guión de una película. Había leído que Martin Amis había dicho que mientras todos sus compañeros de curso se preparaban para escribir la gran novela, o la obra de teatro que revolucionaría el arte moderno, él se sentaba a las seis de la mañana y escribía una hora.
Empecé a ir a un bar. A las ocho de la mañana, me compré un cuaderno y un par de biromes. Dije ‘me voy a sentar de lunes a viernes, una hora’. Iban a ser, ponele, doscientos cuarenta días, a dos carillas por día, bueno. Después de limpiar, corregir, quitarle la grasa. Ver lo que quedaba.
Nada. Me sentaba en el bar, abría el cuaderno, pedía un café y una medialuna de grasa, al mes siguiente un cortado y una medialuna de manteca. A los pocos días pensé ‘con una carilla por día también está muy bien’.
Nada, cero, kaputt. Ni un miserable párrafo, ni una oración. De mi mente no surgía una palabra.
Pasó el año. El cuaderno se había gastado un poco de tanto llevarlo en la mano. Había perdido algunas biromes y había comprado otras. El mozo me conocía, me saludaba.
Y entonces me di cuenta que no iba a escribir nunca nada. No sabía escribir, no quería escribir, no tenía nada para decir. Pero vivir también era desayunar, tomar un café con leche en invierno, ver por un instante el humito saliendo de la taza. Esas cosas.

20.11.24

La velocidad del sonido


No soy ingeniero en aeronáutica, es más, no soy ingeniero en nada y más aún, no soy muy bueno con las matemáticas, con las ciencias denominadas ‘duras’ en general.
Pero hay una velocidad, entre los mil kilómetros por hora y los mil cien, no tengo precisión en la materia, ya lo dije. Hay una velocidad, entonces, decía, que es conocida por todos, los que entienden y los que no, como ‘la velocidad del sonido’. Pasada esa velocidad las cosas cambian, podríamos decir que cambia todo. Porque es una velocidad, esa marca en el cielo, es la que deja de un lado lo subsónico y del otro lado, lo supersónico.
Mundos diferentes si los hay. Afectados por diferentes leyes científicas podríamos decir, por qué no naturales. Cambia la intrínseca naturaleza de las cosas, las propiedades. Lo que es importante de un lado deja de ser importante del otro. Lo que funciona en un campo deja de funcionar, sí claro, en el otro. Un avión subsónico para hacerla corta, en una velocidad supersónica se desintegraría. Como si sacáramos a un pez de su pecera y lo pusiéramos en otra pecera pero llena de vino. El pez, por decirlo técnicamente, no funcionaría.
Lo mismo sucede analogía mediante con el dinero, con la plata. La guita.

10.11.24

Cuenten conmigo


En la esquina. De la avenida. Espero que el semáforo cambie de color. Espero que suelten los autos como si de una carrera de galgos se tratara. Y empiezo a cruzar bien despacio. Sin mirar claro, para el lado de los autos. Miro para arriba o para abajo, son diferentes clases de asfalto. Hay frenazos, gritos. Furibundas puteadas.
Veo un perro, un perro vagabundo bigotudo, aturdido, asustado. Lo llamo, vení loco le digo, qué te pasa, enfocamos nuestras miradas. Cuando se acerca agachando la cabeza un poco, moviendo apenas la cola, inseguro, me incorporo y le doy un tremendo patadón, lo engancho en las costillas, de costado. El perro lanza un lastimero aullido y casi parece que va a llorar pero los perros no lloran, con lágrimas digo. Se aleja rengueando.
Veo a una señora bastante mayor. Viene de la verdulería o de la frutería o ambas cosas. Camina con lentitud, lleva un par de bolsas en cada mano. Asoma de una de las bolsas, un paquete de acelga. En otra bolsa se distinguen peras, varios pomelos, duraznos. Me acerco sigiloso, por detrás. Rasgo el nylon de una bolsa, de un tirón. Le cuesta a la mujer permanecer de pie, conservar el equilibrio. Cae una bolsa. Ruedan los duraznos. Oigo los sollozos de la mujer mientras pisho contra un árbol.
Sé perfectamente desde hace tiempo que el mundo es una rotunda mierda. Me parece que debo hacer mi aporte, colaborar.

19.10.24

Miedo al miedo


Te explico lo que pasa. En realidad no te explico, te cuento. Yo hace años que dejé de explicar. Explicar es algo tan antiguo como los pantalones pata de elefante.
Viste que hubo una pandemia. No se sabe, parece que un chino estaba de excursión y le agarraron ganas de defecar, viste como son esas cosas. Y no va que el chino caga en medio del bosque y manotea buscando algo, una hoja, algo con qué limpiarse el culo para ser más exacto. Y no va que justo agarra un murciélago, un murciélago que justo estaba descansando por ahí, y el chino va y se limpia el culo con el murciélago. Y después alguien agarró el murciélago para hacerse una sopa, en fin. Mejor no sigamos.
Y desde entonces se expandió por el mundo la pandemia, nada volvió a ser, ni va a ser nunca más, como antes. Cambiaron los hábitos, se suspendieron los recitales y los eventos deportivos, cerraron los restaurantes y no hubo más viajes en avión. Y ahora cuando caminás por la calle y te cruzás con un conocido, en lugar de saludarlo primero lo mirás, lo mirás como si estuvieras buscando algún gesto, un moco, la más mínima confirmación que el tipo que tenés enfrente tiene la peste bubónica y que debés salir corriendo lo más rápido posible sin siquiera preguntarle cómo está, si terminó la secundaria, si se casó, por qué peló semejante cara de boludo, si tuvo hijos.
Pero todo eso es materia conocida, ya sabés. La gente se enojaba en la calle si no tenías puesto el barbijo pero después iba y manoseaba todas las mandarinas en la verdulería mientras trataba de acertar y elegir la que tenía menos carozos. La gente es una mierda pero eso no tiene nada que ver con la pandemia. Eso es de siempre.
¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí, que hubo una pandemia, que llegó el fin del mundo, que la gente es la mierda más pura. Me distraje, disculpame.
No, no tengo la solución, no tengo la vacuna, no sé cómo hacer para que la gente sea feliz. Podríamos decir que soy parte del problema.
Pero noté algo, eso sí. Si te fijás bien, si prestás atención, cuanto más pelotuda es la persona, cuanto más insípida y anodina y absurda es su existencia, bueno. Era la persona que usana triple barbijo y que llevaba una garrafa de alcohol en gel colgada de la espalda y que tratana de dar dos respiraciones máximo por cuadra y así. Repito entonces, cuando ves a una persona cuya vida no tiene el menor sentido, que se ha pasado quizás los últimos diez años gritándole a su propio perro para que aprenda a cagar parado en dos patas o que quiere discutir en el ascensor sobre cómo puede ser qué caro que está todo, algo así. Una persona que jamás practicó una actividad artística ni deportiva, que se limita a pagar el gas y ver programas de entretenimientos y se hace chequeos, muchos chequeos de salud, si pudiera se haría un análisis de sangre tres veces por semana. Bueno, esa persona es la que tiene más miedo de morirse.
Y a mí me parece una maravillosa broma del universo. Quiero decir hay algo ahí que no deja de ser curioso.

10.10.24

Lo único que importa de breaking bad


Estuve viendo breaking bad. No, pará, ya sé, genio de nefli, breaking bad fue hace veinte años o algo así, ya la vio todo el mundo y ya se dijo todo lo que había que decir sobre la serie. Lo que me pasó fue que tengo, por suerte, tiempo libre a la tarde, y ya no se me ocurre nada para hacer. No quiero leer ni escribir, la sola idea de trotar me produce náuseas, así que elijo una serie y miro un capítulo por día. Pero como las series son malísimas miro las que me gustaron que son las que le gustaron a todo el mundo, los soprano, succession, peaky blinders, en fin, tampoco estoy inventando el agua caliente.
Miro un capítulo de una serie, fumo un cigarrillo, tomo un café, y me parece que el mundo todavía es un lugar amable o no demasiado hostil. Después o antes hay que lavarse los dientes, pagar el gas, quizás hervir arroz. Vivir es una maldita cosa detrás de la otra, como todos sabemos y creemos saber quién lo dijo aunque no sabemos muy bien en qué estaba pensando cuando lo dijo pero nos sirve igual.
Acá viene el tema, sobre breaking bad. No, no importa, todos los personajes están bien, y todos nos volvimos expertos en metanfetamina y todos vimos la transformación de w. white de apocado profesor de química en narco sanguinario y el derrumbe de pinkman y la obstinada muerte de hank y el genial gustav fring y la pasmosa sabiduría de ehrmantraut y está todo lo más bien aunque lo estés viendo por tercera vez y ya te des cuenta que la serie se puso vieja pero sigue siendo mejor que una boludez nueva. Por lo menos para mí.
Y se me estaba acabando, la serie quiero decir pero podría decir la vida o la alegría también. Estoy en el capítulo 15 de la temporada 5, o sea el anteúltimo capítulo de la serie.
Acá viene la cuestión, por favor no te detengas en detalles técnicos ni me corrijas un nombre o alguna boludez por el estilo. Me pasa todo el tiempo, cuando hablo con alguien, que estoy diciendo algo genial y la pregunta suele ser ‘pero en realidad te bajaste en callao o en uruguay?’. No importa pibe, tratá de seguir el foco de la maravillosa linterna con la que alumbro lo que estoy contando y capaz aprendés algo. El multitasking le pudrió el bocho a la gente, quedaron todos más boludos que antes esperando la app que les explique cómo rascarse el culo. En fin.
Estamos en el capítulo 15 de la quinta temporada, la serie se termina. W. White está escondido en una cabaña en Alaska o donde quiera que sea, después de que le ha pasado de todo. Ha logrado escapar, le han hecho un cambio completo de identidad recurriendo a los servicios del tipo con la pantalla de service de aspiradoras.
Entonces. Está W. White, solo, enfermo, ha perdido a su familia que lo odia, lo busca la justicia. Está en la cabaña, hace veinte grados bajo cero. Y llega el tipo de las aspiradoras, que se había comprometido a venir a verlo una vez por mes con las provisiones. Le trae comida, le trae periódicos, le trae lentes con distintos tipos de aumento. Le hace, incluso, una improvisada quimio porque a W. White le ha vuelto su cáncer.
Y el tipo que fue el que le inventó la nueva identidad y lo puso en esa cabaña y le trajo las provisiones está por irse apenas terminado el encargo. Y W. White le pregunta si se puede quedar un par de horas.
–¿Un par de horas? –dice el tipo–. No. Tengo dos mil kilómetros de viaje. Me tengo que ir.
Y entonces W. White le ofrece veinte mil dólares por dos horas. Y el tipo lo piensa y regatea. Le dice que acepta los veinte mil dólares por una sola hora. Y W. White lo piensa con apenas una resignada sonrisa y dice ‘bueno’.
Y entonces pasa algo más importante todavía. Acaban de arreglar que el tipo se queda una hora más por veinte mil dólares. El tipo va hasta una mesa, agarra inmediatamente un mazo de cartas y dice.
–¿Cards?
Porque tampoco se conocen ni son amigos ni tienen de qué hablar. Pero se puede jugar a algo.
Y lo que tenés que entender es que W. White se ha pasado las 5 temporadas de la bellísima breaking bad haciendo barbaridades, fabricando metanfetamina, mintiendo, matando. Y termina en una cabaña y está en presencia física de un barril de plástico con unos once millones de dólares que es el producido, lo que le ha quedado de su espectacular via crucis. Y lo único que quiere es que alguien le haga compañía. Estar con alguien, que haya alguien además de él en la cabaña aunque tenga que pagar por eso, jugar a las cartas sin el menor interés.
Y es todo tan redondo y tan perfecto y hay tanto para aprender ahí que yo lo tenía que escribir, porque le tenía que contar a alguien lo único que hay que entender, lo único que importa de breaking bad.