20.2.26

Un juego


Empezó de casualidad, como empiezan tantas cosas. Podríamos decir que no fue mucho más que un mecanismo de negación, un juego.
Bajé a la calle y estaba tan podrido, tan hinchado las pelotas por decirlo de técnica manera, que cerré los ojos. Eso fue todo, eso hice.
Y caminé. Mi idea era dar tres pasos con los ojos cerrados. Dobles, los pasos, quiero decir, izquierda-derecha contaba como ‘uno’. Listo. Le tomé el gustito, cuando bajaba de mi casa para ir a trabajar, cuando salía de una reunión o de comprar algo en un negocio, cuando salía del subterráneo en pleno microcentro (aunque parecía un poco más difícil). Tres pasos, con los ojos cerrados.
Me afiancé, no me costaba nada, sin esfuerzo. Así que decidí que podía aumentar la cantidad de pasos, me sentía más confiado. Uno le va tomando la mano a cualquier cosa que practica.
Una cosa fue llevando a la otra, más pasos, más pasos, y un día me di cuenta que había caminado casi una cuadra completa con los ojos cerrados.
Para no aburrirte, para resumir. Empecé a andar con los ojos cerrados, o abiertos pero sin mirar nada de nada, porque si entraba a la fiambrería a comprar doscientos gramos de mortadela y un mendicrim con los ojos cerrados el fiambrero me decía ‘señor, ¿le pasa algo?’. Así que si tenía que hablar con alguien abría los ojos pero sin ver nada, la mirada perdida un poco más arriba de la línea de los ojos del ocasional interlocutor. Los ojos abiertos para disimular.
Me empezó a ir mejor y mejor, el universo todo se volvía infinitamente más amable. Las cosas que me molestaban dejaron de molestarme. Volví a reírme, volví a coger. Y yo no sé si fue un regalo o un don o instinto de supervivencia. Quizás perdí el interés.

10.2.26

Ese sabor


Alquilo una caja de seguridad en un banco. El procedimiento para su utilización es algo complicado, algo misterioso. Uno debe descender por prodigiosos pasadizos hasta las entrañas de la ciudad misma, uno debe ingresar en lúgubres catacumbas comparables a las que se exhiben en esos documentales que pasan por televisión donde un grupo de arrojados exploradores se aventuran en el corazón de alguna pirámide y entonces ya nada vuelve a ser igual, ya nada vuelve a ser lo mismo.
Se accede finalmente a un recinto protegido por barrotes de acero templado, donde el aire es puro pero irrespirable, oxidado por el contacto con la riqueza en cualquiera de sus manifestaciones.
Luego se debe utilizar una llave mientras un cancerbero utiliza otra llave y recién entonces se obtiene una porción de espacio sagrado, una caja rectangular, un receptáculo donde esconder lo más íntimo, lo más precioso, lo más privado.
Dejo en la caja de seguridad una bolsa que extraigo de mi maletín. La bolsa contiene, según obra en letra impresa sobre el nylon, un kilogramo de arroz yamaní que compré en la esquina de las flores. Es un buen arroz, me gusta comerlo con oliva y orégano y un poco de queso rallado. Le pongo queso blanco también, algún queso untable tipo Finlandia, no sé de dónde lo aprendí, supongo que de chico aunque no existía el queso Finlandia pero sí algún otro y me quedó ese recuerdo. Ese sabor.
Repito el procedimiento con idéntico cuidado al mes siguiente, y al otro. Voy una vez por mes hasta completar los cinco kilogramos, no queda espacio para más.
Sólo me queda ir una vez por mes y constatar mediante la vista, mediante el tacto, que todo sigue igual. Tal como lo he dejado.
El arroz para aquellos que no lo saben, es más barato que el oro. Y nadie piensa por lo general en utilizar aquello que deja en una caja de seguridad. Se trata supongo y entiendo, de acercarse a esa particular tranquilidad que da el saber que en algún lugar hay algo que es de uno, que se es poseedor de algo.

30.1.26

Pelotita


En Florida y Lavalle a las nueve de la mañana, probablemente la esquina con mayor densidad poblacional de la República Argentina (la historia transcurre antes de la pandemia) con todo lo que eso implica, un muchacho se detiene. Quiero avanzar, seguir, pero no puedo. El muchacho está haciendo algo y todos lo observan.
El muchacho ha sacado una pelotita de tenis de alguna parte y la hace rebotar sobre su cabeza. El muchacho mira hacia arriba, tiene ambas manos ocupadas por bolsas de supermercado.
Y algunos se ríen, otros murmuran ‘no lo puedo creer’ porque la pelotita va a caerse, tiene que caerse pero no se cae, rebota y vuelve a rebotar otra vez ante ínfimos ajustes del muchacho que acomoda su cabeza y mira hacia arriba, a un azulejo de cielo rayado de cables.
Nos quedamos así mirando, una multitud de voluntades que no podemos dejar de mirar esa pelotita recubierta de felpa entre amarillo y verde con bastante mugre, el muchacho agazapado que parece decir ‘sé hacer esto, puedo hacer esto hasta que se haga de noche’.
Finalmente el muchacho se aparta un poco, deja que la pelotita pique una vez sobre la vereda, para luego tomarla con una mano y exhibirla durante un instante, y hacerla entonces desaparecer en una de las bolsas.
El muchacho ha concluido su acto y sigue caminando. La gente sonríe una vez más, cruzamos algunas miradas como si hubiéramos visto al Papa o un eclipse, y cada cual sigue su camino.
Tener un don de escasa o nula utilidad es algo que me había atormentado desde que puedo recordar, desde siempre. Me siento mejor.

20.1.26

El auto fantástico


Mi amigo M. se acaba de divorciar. Los mejores planes, las más bellas intenciones se van a la mierda en lo que le lleva a una lagartija parpadear, cosas que pasan.
Mi amigo M. me llama y me dice:
–Quiero cambiar el auto. Acompañame a elegir un auto.
Una mujer, su mujer recién separada irá a cortarse el cabello, a comprar ropa, a ponerse tetas de durlock según el poder adquisitivo y las ganas de seguir adelante. Mi amigo M. desea cambiar el auto y no me parece mal.
Vamos a una concesionaria. Mi amigo M. tiene dinero, mucho dinero y quiere un auto caro. Elige un automóvil, después de preguntar y volver a preguntar, que hace parecer que James Bond viajaba en colectivo. Elige un automóvil que es demasiado bueno para ser real, un automóvil tan fantástico que un niño sería incapaz de elegirlo como juguete porque no lo sabría manipular. Se pueden hacer los cambios apretando un botoncito que está ubicado en el volante y hay una pantalla que muestra lo que va sucediendo en la calle como si se tratara de un jueguito electrónico y se puede programar con una computadora la temperatura de las distintas zonas del interior del vehículo y los asientos son de piel de foca bebé, cosas así.
Le entregan el automóvil a los tres días, paga al contado. El automóvil sale una vez y media el departamento en el que yo vivo, así son las cosas. Es lujo extremo, es confort total.
Mi amigo M. me pasa a buscar.
–¿Te gusta? –me pregunta.
–La verdad que es perfecto –digo.
–Ponete el cinturón por favor –me dice–. Necesito que me acompañes a hacer algo.
Tengo ganas de decirle que si piensa ir a buscar a su ex mujer para que vea su auto nuevo o para insultarla, no tiene sentido. Es como si ella dentro de unos meses lo fuese a buscar a su oficina con un escote hasta el ombligo o con un porongudo senegalés de veinte años no sé, no corresponde, el único lugar posible para el pasado es dejarlo atrás.
Se mete un barrio que está muy tranquilo, un barrio por el que no suelo transitar pero él parece conocer las calles, dobla una vez y vuelve a doblar.
–¿Y? ¿Adónde vamos? –pregunto, porque creo que ha llegado la hora de preguntar.
Mi amigo M. sube la música y acelera. Sesenta, ochenta, logra subir la velocidad a cien y apunta derecho a un paredón, parece no haber nada más que su bólido, nada detrás. Veo los grafittis que cubren la pared de ladrillos blanqueados. Veo una lengua de los rolling stones gigante y mal dibujada. Veo ropa colgada de un cable en una terraza de un primer piso. Y todo lo que veo lo veo mientras me agarro de algún lado, de los huevos, y dura tres segundos, no más.
–¿Qué hacés? ¡Pará! –alcanzo a decir y me tapo la cara con las manos.
Es un rugido, algo como una explosión y nada más. El auto ha embestido el paredón calculo que a unos cien kilómetros por hora. Sale humo por entre el amasijo de metales pero el cubículo en el que nos encontramos apenas se ha arrugado un poco.
–¿Estás bien? –me pregunta. Tiene un pequeño corte en la frente, ha estallado el cristal delantero sin llegar a partirse, o partiéndose en fragmentos demasiado pequeños pero que de algún modo quedan unidos entre sí como por una invisible red.
Lo miro. La pregunta es qué corno hizo, por qué hizo lo que hizo, qué quiso hacer, pero no pregunto nada porque todavía estoy asustado del impacto. Busco en el piso del automóvil, trato de localizar mi teléfono celular. Veo una muela, un pedazo de diente.
–Disculpame –dice–. Pero al divorciarme, cuando todo lo que había construido se fue al demonio me sentí muy solo. Necesitaba ver que todavía quedan cosas hermosas por destrozar.

10.1.26

Illuminati


El hombre nos explica las ventajas del vegetarianismo. El hombre explica el nivel de stress supremo que experimenta el animal en el momento previo a ser asesinado, lo que describe está por encima del umbral de crueldad que cualquiera de nosotros sería capaz de soportar. Para reforzar los conceptos, para no dejar dudas respecto al mensaje que desea transmitir, el hombre exhibe un video en una pantalla donde se ve un matadero al momento de aplicar el procedimiento, la forma correcta de degollar al animal, o el martillo neumático, la sangre, los gritos, en fin. Aquel que coma carne es una bestia sin posibilidad de redención y nada más.
Entonces el hombre explica cómo se ha elaborado el alcohol desde el origen de los tiempos, sus propiedades intrínsecas y el papel que jugó desde las más antiguas civilizaciones. El hombre vuelve a usar su computadora y proyecta una secuencia de fotos, fotos de hígados, fotos de hígados en diversos estados de descomposición, qué les ha sucedido a los hígados y a sus respectivos portadores luego de haberse arrojado de indolente manera en los brazos de la bebida. El deterioro es difícil de explicar, de soportar con la mirada, contener el asco.
Luego el hombre explica que la nicotina es satán, que su nivel de asimilación a través del torrente sanguíneo es treinta y tres veces más poderoso que el de la cocaína misma. Ahora en la pantalla exhibe una suerte de nubes negras y explica que son pulmones arrasados por dos paquetes diarios de cigarrillos después de tres años, y así. El hombre explica cómo se van muriendo los alvéolos pulmonares, saca una bolsa de residuos tamaño consorcio y la arruga lentamente dentro de un puño para que entendamos la pérdida de capacidad pulmonar.
Y sigue. El hombre explica el daño cerebral que provocan las drogas, cómo el cerebro se transforma en un huevo frito achicharrado imposible no sólo de comer, sino de despegar de un sartén. Mueren las neuronas y no se regeneran, vas quedando tontorrón mal.
Explica también que si bien no es excesivamente dañino fornicar, eso hace que perdamos la energía maestra que, sublimada debidamente y hecha ascender por la columna vertebral mediante misteriosas técnicas hindúes, nos permitiría alcanzar la iluminación, el fin último, la verdadera paz.
Lo que no puede explicar el hombre es por qué está tan triste, por qué su expresión es la de alguien que no da más.

30.12.25

Finales


Al hombre le dicen que va a morir. El hombre sabe entonces que va a morir. Le quedan, pongamos, treinta y siete días de vida. Digo ‘pongamos’ porque la milimétrica precisión en este caso no quita ni agrega nada. Podrán ser treinta y ocho días o treinta y nueve, podrían ser treinta y cinco, o treinta y seis. El núcleo de la historia se sostiene a pesar de esas ínfimas variaciones, lo mismo da.
Pero el hombre sabe que le quedan treinta y siete días de vida. Y el hombre, con una mucho mayor intensidad que cuando la hipótesis discurre precisamente en el plano teórico, tiene que enfrentar el trillado dilema de decidir cómo vivirá los últimos días de su vida, vivir cada día de su vida como si fuera el último día de su vida, cosa que ha pasado a tener rango de certeza además de tremendamente inquietante.
Y el hombre que debe vivir cada día de su vida como si fuera el último día de su vida decide lavarse los dientes y caminar un poco por el parque, decide tomar un café y mirar por la ventana de un bar cualquiera de un barrio cualquiera la ciudad por la que anduvo siempre, decide acariciar a un perro en la calle y recordar a esa mujer cuando sonreía o cuando se acomodaba un mechón de su fantástico cabello detrás de una oreja, decide leer un cuento y cenar con un par de amigos, decide tomar un whisky antes de medianoche cuando la ciudad se apaga. Decide vivir cada día como un día normal.

20.12.25

Estrella agujereada


Esa mujer se la pasa volviendo para decirme que ella hizo bien, al irse, que tengo que entenderlo. Le digo que sí, que claro, que era por demás evidente que una mujer como ella no podía quedarse con un tipo como yo. Lo mío, no sólo con ella sino en general, en la vida, fue un poco de suerte y dos frases ingeniosas y no mucho más que eso.
–Yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo –le digo, para que entienda que en su lugar yo hubiera hecho lo mismo.
–No me culpes –dice ella.
–No te culpo –le digo, para que entienda que no la culpo.
Pero se incomoda, hay algo que la perturba y la fastidia. Le cuesta comprender cómo es posible que su fantástica vida se haya ido a la mismísima mierda sin excusas y se la pasa mirando por el espejo retrovisor de la existencia con la trivial intención de averiguar en qué momento, en qué curva dobló para un lado cuando debió haber doblado, quizás, para el otro lado. Ella me pide sin saberlo que la ilumine por un instante con mi fantástica linterna porque ya casi no resiste, no puede soportar su tan tremenda noche. La noche más oscura se llamaba una película creo, no importa, qué carajo importa la película, pero el título es buenísimo.
Pero no puedo hacer eso, no debo hacerlo porque si lo hiciera entonces ella descubriría que al alejarse de mí se fue apagando como una estrella agujereada y eso la haría sentir peor, eso sería aún más cruel que dejarla abrazada a la infinita oscuridad que la acompaña.
Así que le digo que la veo mejor que cuando estuvimos juntos, más linda que cuando la conocí, llena de inquietudes, de proyectos.
–Te va a ir muy bien.

10.12.25

Dedo mágico


A ver esta no es una historia fácil, el asunto es delicado. Voy a tratar de no caer en la grosería ni ser escatológico. Y resumir claro, porque ahora nadie tiene tiempo ni para leer ni para entender nada. Ahora todo el mundo está muy ocupado aunque cuando rascás un poco apenas nomás te das cuenta que nadie está haciendo absolutamente nada. Pero están a mil, eso sí.
Te resumo y me adelanto. Te tenés que meter un dedo en el culo. Pará, no es tan así, tampoco tanto. Te tenés que meter, apenas, la primer falange de un índice, en el culo claro, y ni siquiera eso. Tenés que pasar un poco la yema de un índice, por el agujero del culo, el propio en este caso. Pero sin exagerar ni encariñarse demasiado, como si te picara el culo y te lo rascaras un poco y con cuidado.
Empecé por el final o no por el final, por la clave del procedimiento. Faltó explicar el para qué, para qué el procedimiento. Ahí vamos.
Yo estaba medio triste la verdad, me habían echado del trabajo y tenía que ver qué corneta hacer con mi vida y no se me ocurría nada. Bajaba a la mañana a dar una vuelta, caminaba cinco o diez cuadras y me sentaba a tomar un café esperando que alguien me llamara. Un amigo, un contacto, alguien que me dijera ‘juan, vos sabés que justo están necesitando…’, o ‘te quiere ver…’. Pero la verdad es que no me llamaba absolutamente nadie, la gente está lo suficientemente arrasada por sus propias vidas como para tener tiempo de tirarte una soga. Si te caés te caés y vas para abajo y se pone todo medio chivo. En fin, te tapa la ola.
Y me sentaba yo a tomar un café, por lo general en heladerías tipo Freddo o en algún Havanna o cualquier cadena de cafeterías que tuviera un par de sillas en la calle. Porque lo que necesitaba era ventilarme, ver pasar los autos. Hay gente que dice que hace bien mirar el mar pero yo vivo en la ciudad pelotudo, así que me invento un mar lo mejor que puedo.
Y me empecé a sentar cada dos o tres días en una heladería que tenía sillas en la calle, me pedía un café horrendo en un vaso descartable y me quedaba ahí sentado, cuarenta minutos o algo así, no más de una hora, tratando de acordarme en qué momento se había puesto todo cuesta abajo y cómo podía ser que no le pudiera dar una vuelta a la cosa. El fracaso es un sarro que se te va pegando en todo el cuerpo y te deja aturdido y enchastrado.
En esa esquina, en otras en general pero en esa también, una especie de plazoleta de cemento, pasa gente. Y la gente que pasa del barrio o lo que fuera suele ser gente que saca a pasear a su perro.
Había una chica que se notaba que debía vivir por ahí porque bajaba en jogging y ojotas, o en shorts y un buzo con capucha, algo dormida, desarreglada. Y bajaba con su perro, un perro pequeño pero no de una raza específica. A que el perro pishara o cagara o ambas cosas.
La chica estaba buenísima y yo tenía ganas de hablarle porque pensaba que si lograba charlar con ella, invitarla a salir, bueno. Sería una indubitable señal que mi suerte empezaba a cambiar. Pero no se me ocurría nada para decirle y sabía que me iba a resultar difícil animarme y eso me ponía más triste.
La chica jamás me había mirado, se sentaba en un banco de cemento y fumaba un cigarrillo mientras su perro hacía lo que tenía que hacer, consultaba su teléfono celular (ella, no el perro), y no mucho más que eso. Terminaba el cigarrillo, le decía al perro ‘vamos’, y el pequeño perro color blanco con una gran mancha color café con leche sobre el lomo la seguía. Eso era todo.
Entonces tuve una idea, una idea genial. No podía intentar hablar con la chica así nomás de la nada. Tenía que atraer al perro, esa era mi jugada.
Y ya te conté todo, esa mañana antes de bajar a la calle me metí un poco un dedo en el culo pero no demasiado. La primer falange del dedo índice de mi mano derecha, soy zurdo. Jugás apenas con el contorno, con el agujero del culo propiamente dicho y listo. Bajé a la calle con el índice cargado.
Caminé, llegué a la heladería, pedí un café en descartable y me senté en la silla de siempre de la pequeña plazoleta de cemento, en la calle. Y esperé.
Apareció la chica, soltó al pequeño perro, el perro se puso a dar vueltas un poco, siempre se me acercaba. La chica tomó su prudencial distancia, se sentó sobre su banco de cemento y prendió un cigarrillo. La mañana era el caos de siempre, pasaban los autos por la avenida.
Hice mi truco. Cuando el perro se me había acercado un poco sin llevarme demasiado el apunte, le dije ‘ey’, y lo señalé. Con el dedo. Con el dedo que me había metido un poco en el culo.
El perro se acercó de inmediato. Se sentó y se quedó mirándome fijo, no a mí, al dedo. Fascinado.
Yo seguí con mi café en la otra mano mirando el horizonte como si estuviera pensando en algo, en el destino de la humanidad, como si fuera un tipo profundo al que le pasaban cosas interesantes y no un salame que no sabía qué carajo hacer con su vida.
–Es increíble.
–¿Eh? –levanté la vista, la miré. Ella me estaba hablando, de pie frente a mí, con una mano en la cintura. Tetas pequeñas, flaca natural, cualidades perdurables.
–Que es increíble –se rió, pitó su cigarrillo, apuntó hacia abajo–. La tenés hipnotizada.
–Ah –miré al perro y lo volví a señalar con mi dedo mágico–. Parece un perro recontrapiola. ¿Cómo se llama?
–Tina –me dijo la chica.
–Hola Tina –dije yo, acercando más el dedo. La perra sólo tenía ojos para mi dedo índice, fascinada–. Sos muy linda, vos y tu dueña también.
–Esto no me había pasado nunca, te juro –Dijo ella y se rió con ganas.
Ya termino. Le pregunté cómo se llamaba y le ofrecí un café, al toque le dije que me gustaría conocerla, invitarla a salir una noche. Me dijo que no me ofendiera pero no, ella estaba estudiando arquitectura y jugaba al vóley para gimnasia y esgrima. Tenía un novio que era programador y hacia taekwondo y era celoso además. Me dijo que se notaba que yo estaba muy hecho mierda y que además debía llevarle como veinte años. Eso sí, cuando se levantó para irse empezó a caminar y tuvo que llamar a la perra tres veces. Tina no se movía un centímetro de mi lado, ni pestañaba.

30.11.25

Va a salir todo bien


Han ido a ver a los mejores médicos. Porque pasó lo que tantas veces pasa en las películas. Un chequeo de rutina, un bulto, una mancha. Y entonces todo cambia, se descubre la fragilidad de los piolines que sostienen una vida. Y ya no importa si no es posible alquilar para la quincena de vacaciones en Buzios el mismo departamento que el verano pasado. Y ya no importa si él encontró roto el farolito del Chevrolet la semana pasada, pero si lo estacionó en la vereda de siempre y hay una farmacia que trabaja toda la noche cómo puede ser, qué macana.
Consultaron a los mejores médicos, a los especialistas porque vamos a pagar lo que sea, porque tenemos dos hijos preciosos y sos joven y hay gente que la operan y después le hacen rayos y es cruel pero al principio nada más, después se sigue. Vuelve a crecer el pelo, de a poco se vuelve a sonreír, uno consigue sostener el jarrón antes que se haga añicos contra el piso y son cosas que como dijo Nietzche no te matan y te hacen más fuerte, te mejoran incluso, por qué no, son tus marcas, tus raspones en el complicado y sinuoso circuito de la vida.
Es el día de la operación, la mañana tantas veces repasada por el infatigable verdugo de la mente. Se baja del taxi para ingresar al hospital. Está ella, su madre que ha dicho que tiene que estar presente, que es preciso, y su marido que la abraza como si en cualquier momento a ella se le fueran a doblar las rodillas.
Están por ingresar al hospital a tener un par de rounds con la medicina que es un boxeador más empedernido que técnico pero que no se cansa nunca y generalmente gana (te gana). Han repasado cada detalle de la operación, ella es relativamente joven, el caso no es tan grave, el médico es el mejor.
Están por ingresar al hospital, yo paso justo por delante porque el hospital está en un parque y yo a la mañana suelo dar un par de vueltas por ese parque para mover las piernas, para pensar, para ordenarme.
Están por ingresar al hospital y yo justo paso por delante.
–Entrá con el pie derecho –le susurra sin pensar su marido. Es raro, es ridículo, pero ni ella ni su madre ni yo, nadie se sorprende. Cuando llegan los temas importantes no queda más remedio que recostarse en la suerte.

20.11.25

Uno descubre que la felicidad es posible


Entro a un bar de mi barrio, debo ver a una persona pero es temprano así que pienso dejar transcurrir el tiempo de indolente manera, mirar por la ventana sin pensar demasiado en lo que falló, en lo que no salió, en lo que salió mal. Es martes.
Pasan tres minutos, cinco tal vez, y no soy atendido. Tampoco hay demasiada gente, dos o tres mesas ocupadas, alguien fuma, alguien lee un diario intentando averiguar lo que sucedió hace dos semanas.
Entonces viene una chica muy jovencita, con el cabello recogido y cara de dormida. Trae en la bandeja un café chico, una medialuna de grasa, un vaso con agua. Me mira, deja el pedido sobre la mesa y sonríe. Su sonrisa es como un atardecer en la playa.
–Es genial –le digo–, sabías exactamente lo que necesitaba sin preguntarme. Esto viene a demostrar que existe no sé, llamémoslo sincronía, comunión de almas. Esto significa que el amor existe, que hay alguien sobre la faz de la tierra que es ideal para uno, que casi nunca pasa porque vivimos a oscuras nuestras miserables vidas navegando un eterno desencuentro pero cuando pasa, cuando pasa uno descubre que la felicidad es posible. Sos como si te hubiera soñado, venite a vivir conmigo hoy, dejá este trabajo de mierda. Andá a la caja y renunciá. Debés estar estudiando algo, filosofía, psicología, no sé. Yo te voy a cuidar y vamos a ser felices, va a estar bueno, justo cuando pensaba que ya nada bueno podía sucederme. Andá a buscar tus cosas, avisá que renunciás, yo te espero acá.
–No, mirá –la chica sostiene la bandeja abrazada contra su pecho como una coraza, un escudo para protegerse de un absurdo animal–. Yo trabajaba en un bar del centro, me acordé que siempre pedías lo mismo, dejabas propina.

10.11.25

Veintisiete pastillas de rivotril y un sexto piso


Me llama mi amigo, mi amigo M. Me llama para avisarme que otro amigo nuestro, nuestro amigo S., ha hecho algo poco tradicional por decirlo de algún modo. Nuestro amigo S., me dice mi amigo M., el domingo pasado para ser más exacto, se tomó veintisiete pastillas de rivotril de 1 miligramo y saltó de un sexto piso.
Era domingo entonces, y llovía apenas. Su mujer, la mujer de S. y sus dos hijos estaban todavía en el country, y nuestro amigo S. se había vuelto antes, después del asado, porque tenía trabajo atrasado. Nuestro amigo S. es un abogado, un abogado importante. Vive en un regio piso sobre la Avenida del Libertador, tiene mucho dinero, su señora está bárbara, sus hijos van al mejor colegio, S. maneja un auto alemán que es algo digno de ver. Nuestro amigo S. tiene cuarenta y tres años.
Nuestro amigo S. se salvó del impacto de su caída de un sexto piso no se sabe cómo. Está internado en una clínica. La mujer nos avisa diez días después que su marido, que es precisamente nuestro amigo S., se está mejorando de las lesiones. Que podemos finalmente ir a visitarlo.
Arreglo con M. Es domingo, otra vez. Vamos a la clínica. La clínica queda en Hurlingham, tiene un gigantesco parque, frondosos árboles, pocos pacientes, mucho silencio.
Un enfermero trae a nuestro amigo S. en silla de ruedas. Nos informa que se ha roto una pierna en treinta y tres pedazos, la cadera también, una costilla le perforó un pulmón, tuvo traumatismo severo de cráneo. Pero se salvó, está mejorando.
–Tuvo suerte –dice el enfermero y suelta la silla frente a nosotros–. Rebotó contra un árbol, si no se mataba.
Nos quedamos sentados en silencio, observando a S. de reojo. Tiene un vendaje en la cabeza y lleva puesto un pijamas azul oscuro con pequeños dibujos, me acerco un poco, los dibujos son simpáticos elefantitos blancos enlazados de las trompas. S. está ojeroso, está pálido, está muy delgado. La mirada fija en un punto por encima de nuestras cabezas.
–¿Cómo estás? –balbucea M. Lo conozco y sé que está más nervioso que yo, le tiemblan las manos– ¿Qué hiciste, loco? ¡Si tenés todo, si estás bien! ¿Qué te pasó? No entiendo.
Se hace un silencio. Un niño llora en algún rincón del jardín, probablemente al ver el estado del familiar que vino a visitar. Se escucha cantar a los pájaros y el chirrido de las ruedas de un carrito con bebidas que una prolija enfermera empuja a través del sendero. Hay muchos pájaros, yo nunca había visto tantos pájaros juntos.
–¿Por qué te quisiste matar? –insiste M. – ¿Me podés decir por qué?
–No daba más –dice S. muy despacio y sonríe. Es un sonrisa desde un lugar muy lejano, un lugar del que no se vuelve, yo he ido bastante al cine. Vi muchas películas, cualquiera lo sabe.

30.10.25

Cualidades perdurables


Estoy en un restaurante, tengo una reunión, no conozco a la persona que tengo sentada enfrente ni a su acompañante, ignoro el tema de la conversación. Al parecer yo tengo algo para decirles, algo sobre un tema que a ellos les interesa. No sé tocar la guitarra, así que no estoy firmando un contrato con una discográfica, y no soy neurocirujano, así que no estamos fijando honorarios de una operación. En una oportunidad, hablando con unos tipos en el trabajo, cuando se le preguntó a uno de qué trabajaba respondió: me reúno con personas a hablar de cosas. Y a mí me pareció que era una respuesta inapropiada y absurda, que no se podía responder de esa forma porque era una más que tonta manera de no decir nada, pero después las cosas fueron cambiando. Es extraño, aquella respuesta se me fue antojando más y más apropiada, así es mi vida.
Ingresa una persona al restaurante. Es un hombre que al parecer me conoce y sonríe. Así que me pongo de pie, el hombre avanza hacia mí, doy dos o tres pasos yo también. Nos saludamos algo efusivamente.
–¡Qué hacés, loco! –su entusiasmo es genuino y eso está bien, el afecto en cualquiera de sus manifestaciones está bien.
–Animal –digo, porque algo hay que decir. Podría haber dicho ‘master’ o ‘qué hacés, ninja blanco’, pero no. Dije lo que dije.
–Estás más gordo –me mira el ombligo, a la altura del ombligo–. Y más pelado. Y ojeroso, y con arrugas, y bastante mal vestido también, estás muy cambiado –no deja de sonreír, mientras ha ubicado por encima de mi hombro la mesa con la gente que lo está esperando. El también tiene una reunión, un almuerzo, un negocio que atender.
–Vos no che, vos tenés la misma cara de boludo de siempre –le palmeo cariñosamente una mejilla–. Te reconocí de inmediato.

20.10.25

No creo que sea para aplaudir


Cuando el avión aterrizó después de doce horas de vuelo, cuando finalmente la bestia metálica y narigona logró apoyar las patitas sobre el asfalto y todos tuvimos la no menos curiosa sensación de estar sobre la tierra otra vez, cuando la máquina pasó ese breve pasaje durante el cual uno siente la fragilidad del cuerpo humano ya que parece que se te van a volar los huevos junto con parte del fuselaje. Pasado todo eso decía y justo entonces, la gente aplaudió. Un aplauso que se extendió a través de las filas, enérgicas palmas después de tantas horas de no haber tenido gran cosa para hacer más que saber que se está en el aire.
–Usted no aplaude –me dijo una señora sentada a mi derecha, muy receptiva por cierto, que se había pasado la totalidad del vuelo aceptando lo que le dieran. Una señora que sí quería una copita de champán y sí quería otra porción de ensalada rusa de un peligroso y amarronado amarillo y sí quería café y sí quería la toallita para la cara y sí quería la tarta de arándanos y una cucharada de pija de ornitorrinco bebé. Una señora algo mayor con expresión de saber que lo mejor en cada momento de la vida y por decirlo entonces de alguna forma entonces todo el tiempo, era aceptar y aceptar y aceptar la situación cualquiera sea porque para eso fuimos puestos sobre la faz de la tierra y no mucho más que eso.
–No, señora, no creo que sea para aplaudir –carraspeé un poco, tenía la garganta hecha mierda y unas ganas de escupir importantes–. Se aplaude en mi opinión un acto, una maniobra, una performance meritoria. Se aplaude a quien ha hecho algo muy por encima de lo estrictamente necesario. Usted parece sugerir a pesar de sus profundas limitaciones expresivas, que debo aplaudir al piloto por haber llegado a destino y por haber aterrizado la nave. Lo que quisiera saber entonces es cómo debería toda esta maravillosa muchedumbre manifestar su desagrado, quizás su descontento, en caso de haberse dado la contraria.

10.10.25

Algún nombre hay que ponerle


Llamémoslo ‘cambio de paradigma’, algún nombre hay que ponerle. Funciona más o menos de la siguiente manera. Lo vas a entender enseguida, es muy sencillo.
Cada cinco años más o menos, entre cuatro y seis si vos querés, pero es más de tres seguro y menos de siete, seguro también. Cada cinco años todo aquello en lo que creías, tus más íntimas convicciones en cualquiera de los rubros del horóscopo, se derrumban como un castillo de tergopol.
Nada, eso. Es sencillo como te dije. No vas a poder creer lo que te pasa. Con el amor, con el dinero, con la salud, con el trabajo. Tampoco desde ya, es su intrínseca condición, con las sorpresas.
Llamémoslo ‘cambio de paradigma’ si no te jode, algún nombre hay que ponerle. Te deja sentado, el piso puede ser el de la cocina de tu casa o en una vereda cualquiera, puede ser la mañana de un caluroso martes de diciembre o un domingo por la tarde después de haber comprado doscientos gramos de salchichón y doscientos de queso de máquina en el chino. La sensación es muy parecida a la de recibir una violenta patada en el pecho, no es divertido ni agradable.
Ah bueno, vos querés saber qué hay que hacer. Nada, te levantás y seguis con lo que sea que te parezca importante, tu estúpida vida.

30.9.25

Mermelada o mayonesa o aceitunas


El psicoanálisis puede ser una gran cosa, supongo, no sé, no tengo tampoco problemas al respecto. En admitirlo, digo, que puede ser de ayuda, la gente sufre, la gente vive atormentada, no hay dudas. Y hay un nexo, una conexión, cualquiera lo sabe, entre el cuerpo y la mente. El ochenta por ciento de las enfermedades del cuerpo, quizás más, empiezan en la mente. Ayudemos a la mente entonces, y estaremos ayudando al cuerpo.
Pero, siempre hay un pero. La mente es en mi opinión el más delicado de los mecanismos. Un mecanismo de una fragilidad y precisión inaudita, creo que todos coincidiremos en eso. Para el cerebro, si ustedes me acompañan con la imagen, incluso así se le dice, cuando uno se refiere a esa zona, a esa parte de la cabeza, suele referirse a la misma como ‘el frasco’.
Para ver qué pasa, entonces, para estudiar el mecanismo, es preciso abrir el frasco. Y para abrir el frasco, cualquiera de ustedes lo recordará perfectamente, ya sea de mermelada o mayonesa o aceitunas, la técnica es bastante rústica. Hay que dar un golpe, hacer un movimiento de torsión tan brusco como enérgico, meter un cuchillo de costado para, después de un sonido similar a un soplido, a una exhalación, poder hacer saltar la tapa.
En el caso de las aceitunas, en el caso de la mayonesa, en el caso de la mermelada, la maniobra no acarrea mayores perjuicios. Pero en el caso de la mente, bueno, algo salpica, algo del contenido se toca, algo se jode y después no hay forma de arreglarlo por más buenas intenciones que se tengan.

20.9.25

Sospechas


Antes que se inventara el cáncer, antes que nadie supiera muy bien de qué carajo se trataba cualquier trabajador, cualquier oficinista, no bajaba de un paquete de cigarrillos diario. Antes que se inventara el colesterol, antes que nadie supiera qué corneta era eso, en la televisión se daban recetas para tortas con dieciocho huevos y la gente en los cumpleaños se ponía a bailar y se reían y te podías coger una prima lo más bien, incluso una tía. Antes que se inventara la hipertensión, antes que en los consultorios se mencionara casi en un susurro al ‘asesino silencioso’ y se bajara la vista como si alguien hubiera detectado junto a un zócalo una temible mamba negra, cualquier abuelito se tomaba dos whiskys (old smuggler, o criadores) antes de la cena.
Antes que se inventaran los gimnasios, antes que se mencionara por los medios de comunicación audiovisuales la importancia de tener un buen estado físico, cualquier persona que hubiera sido vista trotando en un parque o en una playa sin una pelota o una paleta de por medio, hubiera sido observada como alguien necesitado de ayuda o afecto, alguien con severos trastornos psíquicos. Una pena.
Lo que te quiero decir es que a alguien le conviene tenerte ocupado con todas estas boludeces, asustado, triste.

10.9.25

En el avión


Dos filas adelante un hombre se puso nervioso. Acabábamos de levantar altura y el avión se estaba estabilizando. Había sido un despegue sin problemas.
–¡Quiero bajar! ¡Déjenme bajar! –gritó el hombre. Se sacó el cinturón de seguridad y se arrancó la camisa. Le pegó a una pasajera un cachetazo. Debía ser un sujeto de unos sesenta años, un metro setenta, cabello canoso, algo gordito. Usaba lentes.
–¡Tranquilícese, señor! –Las azafatas se movieron con celeridad y precisión, acorde al reglamento. Vino un comisario de a bordo muy bien peinado, fornido pero en versión marica, algo asustado por la situación. También se había acercado otro hombre, probablemente el copiloto, dispuesto a colaborar.
–¡Nos vamos a caer! ¡Nos vamos a morir todos! –el hombre se pasaba una mano por la cara y por la cabeza como si le picara, desesperado. Retrocedió un poco y cerró los puños. No iba a calmarse fácilmente– ¡Vuelvan a tierra ahora mismo! ¡Me quiero bajar!
Las azafatas miraban al comisario de a bordo esperando sus instrucciones. El sujeto no daba muestras de tranquilizarse. Iba a ser preciso recurrir a una acción más directa.
Yo me había puesto de pie, tenía al sujeto a menos de dos metros de distancia. Di un paso al frente por el pasillo, me acerqué aún más. Podía desnucarlo de una trompada.
–Ponete la camisa, ridículo –le dije al oído–. Mirá la panza que tenés.
El sujeto tomó la camisa que había quedado contra el respaldo de su asiento, se secó la frente con un antebrazo y volvió a sentarse.

30.8.25

Peligroso animal


Estoy en un bar. Voy temprano cada mañana a un bar, trato de escribir un poco antes de ir a trabajar, trato de engañarme y creer que mi vida tiene algún sentido, en fin. Cada tanto me canso de la ventana o de la esquina o de alguna persona en particular y cambio de bar, la ciudad está llena de bares con ventanas a través de las cuales se puede mirar.
Viene la moza con mi pedido. Es temprano, ocho y algo de la mañana. Tomo el pocillo de café, inclino la cabeza sobre la mesa, alzo la mano con cuidado y con el pocillo y vuelco el contenido, lo que equivale a decir el café, sobre mi cabeza, sobre la coronilla más precisamente. Al terminar la maniobra me incorporo y me peino un poco para atrás con las manos. Agarro el cuchillo, unto la mermelada y me pinto el dorso de la mano derecha. Con la mermelada. De durazno. Meto mi birome en el vaso con agua.
Y me quedo así.
Se acerca la moza, otra vez. Algo preocupada, se ríe un poco pero es de los nervios. Se protege el pecho con la bandeja, como si hubiera descubierto que debe enfrentarse a un peligroso animal.
–Quedate tranquila –le digo–, vos debés tener un tatuaje en alguna parte. Yo soy raro como me sale, yo soy raro así.

20.8.25

En reparación


Andá a un parque, a una plaza. A cualquier parque, qué importa a qué parque. Al que te quede más cómodo. Andá y sentate en el parque en un banco o en el pasto o contra el tronco de un árbol, fumate un cigarrillo. Y acariciá un perro. Se te va a acercar un perro, seguro. Uno de esos perros atorrantes, bigotudos, que siempre hay en los parques. Hola decile al perro, y acaricialo. El perro se va a quedar al lado tuyo un rato, mientras vos terminás tu cigarrillo.
O andá a un hospital, a cualquier hospital. Andá a terapia intensiva y sentate en la sala de espera. Sentate cerca de alguien que veas que no puede creer lo que le está sucediendo, alguien que acaba de llorar. Ofrecele un vaso de agua o un caramelo. Escuchalo un rato, no digas nada, dejalo hablar.
Vas a ver como enseguida te das cuenta que tu vida tiene sentido. Qué carajo importa si las cosas no salieron como vos esperabas. Tampoco importa si te parece que no das más.

10.8.25

Longitud de onda


Así como existe el teorema que dice que el tamaño del paraguas es inversamente proporcional al tamaño del pito de su portador, teorema que se aplica de manera tan invariable como implacable con los mamíferos medianos del sexo masculino (en el caso de las mujeres, el tamaño del paraguas indica simplemente el tamaño de la garompa que añoran, la garompa que les falta), existe otro teorema que afirma que el tono de voz empleado por una mujer en una conversación a través de un teléfono celular en un espacio público es inversamente proporcional a la importancia de la misma (de la conversación) y a la capacidad neuronal de la susodicha (de la mujer).
Así es posible escuchar durante un viaje en colectivo a las nueve de la mañana a una mujer flaquita, con el pelo algo reseco y unos zapatos bastante caminados, que extrae de su cartera un telefonito de última generación y grita: ‘¡a los sorrentinos les voy a poner salsa rosa!’, o ‘¡ayer Jonathan me miró fijo y me dijo que nos seguimos eligiendo!’. Luego finaliza la conversación, guarda su teléfono y mira alrededor como si hubiera inventado el agua caliente.
No los voy a aburrir con más ejemplos, aunque podría seguir ad nauseam.
Lo importante es remarcar, más allá de la tremenda potencia analítica del teorema y de su exquisita aplicabilidad, lo importante es remarcar decía, que la mejor manera de fracasar es sin paraguas. Y en silencio.