20.8.26

Cinema y ni un cachito de paradiso


La historia es un poco vieja, lo admito. El otro día me encontré con un tipo que laburó conmigo y todo lo que me contaba eran cosas de hace veinte años mínimo y no pude evitar pensar que el tipo estaba atrapado en un ‘loop’ del canal volver y me dio un poco de tristeza por él. Pero el asunto es que tenía que hacer tiempo y encontrarme con uno y entré a la pizzería ‘Imperio’ de Scalabrini Ortiz y Corrientes
y no pude evitar recordar la historia, se me apareció en la mente mientras tomaba un café y miraba por la ventana de esa esquina emblemática de mi niñez.
Éramos jóvenes, yo tenía dieciocho años ponele, íbamos a bailar. Tenía un grupo de amigos en esa época y los pibes querían ir a bailar y conocer chicas y yo no sabía que era un genio y que en los boliches jamás me iba a divertir porque no estaba hecho para estar parado ahí como un dogo famélico mirando chicas sin saber cómo corneta acercarme y conectar. En fin. Fracasaba en los boliches y punto, que era un genio me enteré mucho después.
Los boliches cambiaban de nombre y de lugar, mis amigos descubrían alguno al que había que ir. Esa vez habíamos ido a bailar a ‘Cinema’. Cinema era donde había estado el viejo cine Atalaya, Scalabrini Ortiz y Córdoba. Ahora creo que hay una farmacia, no sé, una perfumería.
Yo me había tomado en una estación de servicio un vodka horrible y caliente con mis amigos, lo que nosotros llamábamos ‘bar móvil’ por estar sentados en un auto tomando alcohol en vasitos de plástico, y luego se llamaría ‘la previa’.
A pesar del alcohol horrible se imponía mi falta de valor y mi fealdad natural. A las dos horas de estar en el boliche ya había probado acercarme a alguna chica que me había rechazado y yo quedaba ahí, parapetado contra alguna columna, mirando la vida pasar ante mis ojos sin saber cómo hacer para descolgar un durazno del maravilloso árbol de la alegría.
Esperaba, hacía un poco de tiempo para marcharme vencido a dormir. Debían ser las cinco de la mañana y ya estaba por irme entre resignado y triste. A veces no le encontrás la vuelta y te parece que la vida es un asco y no mucho más que eso.
–Ehh, qué hacés.
Era uno de los pibes. El negro, también le decían Gómez, Gumersindo, loco, en fin. Ya estaba loco de jovencito, salía con una calculadora en el bolsillo superior de la camisa, soñaba con hacerse rico lo antes posible. Se ponía gel lord cheseline, cantidades industriales de ese gel en el pelo para imitar algún peinado de la época, y se quedaba pensando, haciendo números cada tanto en medio del boliche. Pero le iba bien con las mujeres, cosa que yo no podía entender. Les hablaba, las mareaba, en fin.
Por algún motivo, Gómez, el loco, el negro, siempre quería hablar conmigo.
–Juan, ¿cuánta plata hace falta para estar hecho? -me preguntaba.
–No sé, supongo que con un millón de dólares ya estás -respondía yo.
–¡Tenés razón, tenés razón! ¡Qué fenómeno que sos! -decía y se reía como un loco mientras yo pensaba lo mal que me había ido en el boliche, por qué no podía conseguir una chica que me quisiera dar unos besos, qué triste era mi vida.

–Qué hacés, negro –le dije– ¿Cómo va todo? ¿Pescaste algo?
–Sí, pero una boluda, no sirve para nada –me dijo el negro– ¿Te estabas por ir?
–Sí.
–Vamos a comer un par de porciones a Imperio –lo pensé, no tenía ganas de tener que soportar sus estupideces, pero también quería irme del boliche, olvidar mi fracaso–. Dale, esto no da para más. Si vamos para el mismo lado.
Accedí. Salimos y empezamos a caminar por Scalabrini, eran unas siete cuadras y hacía un frío del carajo.
No lo escuchaba, el negro hacía razonamientos absurdos, cuántos shorcitos o camperas o delantales tenía que fabricar para venderle a Carrefour y hacerse rico para siempre. Y no importaba qué contestara yo, un monosílabo, me miraba y decía ‘¡Sos un fenómeno!’ o ‘¡Qué crack que sos!’ Y yo resoplaba mi bronca por no haber podido ni tocar una teta en toda la noche.
Ya estamos. Llegamos a Imperio, desierto, frío total, Angelito en la barra hablando con alguien. El salón vacío totalmente, una parejita en una mesa contra la ventana de Scalabrini, un tipo solo, de espaldas en el medio del salón, mayor, con anteojos, leyendo el Clarin recién salido de fábrica, desayunando café con leche con medialunas. No eran ni las 6 de la mañana.
Saludamos a Angelito que nos conocía del barrio, de parar en esa esquina. Pedimos un par de porciones de muzzarella y una fainá, con una Sprite. Comer algo rico antes de irme a dormir y olvidarme de otra noche absurda.
–Teneme un minuto –me dijo el negro y se sacó la campera. Pensé que iba a ir al baño a pishar, lo más normal del mundo.
Todo sucedió en un instante, lo que dura un instante y no mucho más que eso.
El negro fue de la barra hacia el salón. Tomó carrera, y le dio una furibunda trompada al viejo que estaba sentado desayunando su café con leche. Es importante recordar que el hombre estaba sentado de espaldas a nosotros, un domingo a las seis de la mañana, leyendo el diario, desayunando en un bar de barrio.
La trompada fue entre el oído y la nuca, el tipo salió despedido hacia adelante. Hubo ruido de cosas que se rompían, volaron sus anteojos, el hombre cayó al piso entre los restos de la taza del café con leche. Quedó tirado en el piso, de costado, vi sangre.
–¡Vos cagaste a mi viejo, hijo de puta! –El negro daba saltitos, con los puños apretados listos para seguir pegando– ¡Cagador, hijo de puta!
Le salía espuma por la boca, al negro. El hombre, tirado en el piso de costado, no lograba incorporarse.
–¡Se van ya de acá porque llamo a la policía! –Angelito había salido de atrás de la barra con su gigantesco cuchillo en alto. En el fondo nos daba la salida, nos estaba dando la posibilidad de escape.
Corrimos. Antes de correr miré una vez hacia atrás. Un mozo estaba ayudando al hombre, que había logrado sentarse en el piso, aturdido, alguien buscaba sus lentes, tenía sangre en la cara y se tocaba los dientes de adelante.
Ganamos la calle y corrimos por Corrientes para el lado de Juan B. Justo. Corríamos como locos, a toda velocidad, yo con la campera del negro en una mano.
Me cansé, me subió el vodka y pensé que iba a vomitar, tuve una arcada y paré en la esquina de Serrano.
Paramos, agitados, lo miré, le pasé la campera. Me incliné un poco, las manos en las rodillas para recuperar algo de aire.
–Sabés que ahora que lo pienso no sé si era che –dijo el negro, algo parecido a una sonrisa asomó en su cara–. Parecía el tipo que lo cagó a mi viejo, pero no estoy seguro.
Esas eran las cosas que me pasaban a mí un sábado cualquiera cuando tenía dieciocho años. Pasó la vida, Imperio cambió bastante pero sigue estando.

*me acabo de dar cuenta que la historia, sí, la misma historia fue escrita en este mismo espacio, en el 2019. pero bueno, fui a Imperio otra vez, la recordé otra vez. digamos que no pude evitarlo.

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