10.8.26

Ingratas criaturas


–Somos criaturas tan ingratas, dijo el gurú –le comenté mientras me servía otro whisky bien alto, Famous Grouse, un solo hielo, me había explicado un experto, uno que sabía, que el hielo se ponía primero, el whisky después. Yo llevaba veinte años haciéndolo exactamente al revés. El conocimiento, como el amor, siempre llega tarde–. Nos fue concedido el milagro de la vida sin siquiera preguntarnos, y no somos capaces de advertir la magia de la creación. La luna, los árboles, los animales. No vemos más allá de nuestro tremendo egoísmo que nos mantiene encadenados a las tres o cuatro boludeces que creemos imprescindibles y que ni siquiera merecemos. Nos permitimos aseguró el gurú, afirmar que hemos descubierto el injusto orden del universo tan solo porque no tenemos lo que queremos, porque no podemos ver más allá de nuestras elementales necesidades.
–La verdad que es muy hermoso lo que me contás –dijo ella, y paró la película que estábamos viendo utilizando uno de sus raquíticos meñiques sobre el control remoto. Hizo tintinear su vaso, indicándome que ella quería un poco más de gaseosa. Se había sacado los zapatos y estaba perfectamente, con las piernas estiradas sobre el sillón de dos cuerpos del living, sentada de costado. Tenía un precioso pelo, denso, no demasiado largo, cortado de manera de lograr un efecto de artificial despeinado–. Lo que no entiendo es qué tiene que ver con la peli, por qué me lo decís.
–Me hubiera gustado que me tires de la goma ni bien entramos y que te vayas lo antes posible –me senté en mi silla, di un sorbo–. Ya te llevé a cenar dos veces. No sé por qué tengo que andar insistiendo. Mendigando.

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