Me sabía el plano de la sucursal de memoria, el horario de los guardias y el día que traían la plata para pagar los sueldos de los empleados del estado. Hubiera podido caminar por la sucursal de ese banco con los ojos vendados. Teníamos los fierros, Toni era experto para los fierros, pistolas brasileñas Taurus nuevitas, frescas como churrascos. Venía Eduardito también. Desde hace años que soy socio de Eduardito, nos criamos juntos, es un pibe de confianza. Para mí Eduardito es un hermano.
Llegó finalmente el día. La mañana del viernes donde nos íbamos a levantar más de siete palos grupo green. Llovía, puta madre, prefiero no trabajar con lluvia, qué se le va a hacer.
Esperamos que abriera la sucursal y a las once menos cuarto, de a uno, fuimos entrando.
–¡Arriba las manos, nadie se mueva! –Le di un empujón de atrás al desprevenido guardia que intentaba sintonizar su precaria radio de mano y salté sobre el mostrador donde estaban las cajas. Apunté en todas direcciones hacia abajo, desde las alturas, cubierto por lentes negros y una gorrita con visera con un anuncio de la Copa Libertadores– ¡Esto es un asalto!
La gente se empezó a reír. Primero una cajera se tentó y lanzó una carcajada mientras me apuntaba con el celular. En seguido se sumaron un par de clientes. Alguien aplaudió mientras buscaba a qué cámara saludar. El guardia de seguridad se puso de pie frotándose el hombro.
Es que yo siempre fui un tipo muy gracioso desde que era chico. En el colegio la profesora me hacía pasar al frente para dar la lección de geografía y la gente se mataba de risa. Debe ser mi forma de hablar o cómo muevo las manos. Son esas cosas que no tienen demasiada explicación, me pasa todo el tiempo.
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