Uno escucha hablar a la persona y se da cuenta que hay puntos de contacto con uno mismo, eso quise decir. Algún modismo, la manera de expresarse o el sentido del humor, la violencia contenida, gestos, rasgos, un modo de sentarse o de rascarse la nariz o de apagar un cigarrillo.
Uno advierte entre risueño y sorprendido que comparte tal o cual punto de vista, que una determinada explicación se le antoja perfectamente plausible, que bien podría haber sido uno con el adecuado envión, en la precisa circunstancia, quien perpetrara los hechos que el periodista narra en pantalla respecto al entrevistado.
Uno descubre que hubiera sido capaz de cometer las peores barbaridades sin mayores inconvenientes.
Ahora, cuando muestran a alguien que ha hecho alguna proeza, que ha escalado el Everest o que ha fundado un comedor para alimentar a chicos de la calle, alguien que resistió el ataque de un tiburón blanco en mar abierto o combatió un incendio forestal durante cinco días sin descanso, ahí no. Ahí no siento la menor empatía. Me alegra que exista gente así, pero se me antojan de una especie diferente. Sentiría lo mismo si me dijeran que llegaron los marcianos.
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