6.1.14

Quien puede lo más


         El asunto fue que el perro de mi amigo, de mi amigo Martín, enfermó. Martín es mi amigo desde la adolescencia, lo que equivale a decir desde siempre. Y tiene a ese perro desde que lo conozco, o sea desde toda la vida.
         Urko, se llama el perro, aunque Martín nunca explicó por qué. Debe ser porque es atorrante, o con carucha de matón supongo, pero no lo sé.
         Lo que sí te puedo contar es que Urko es un perro de esos perros que no llaman demasiado la atención. Un perro atorrante como ya dije, mediano, mezcla de cualquier cosa, bigotudo. Es el perro más inteligente que vi en mi vida. Sólo le falta hablar, como se suele decir. Te mira, entiende, se sentaba al lado de Martín a ver la televisión, o lo miraba, se lo quedaba mirando para que Martín le diera algo, un poco, el último pedazo del cucurucho con helado de dulce de leche. Sin ladrar, sin saltar ni romper las pelotas, lo miraba a Martín como diciendo ‘dale, loco, yo también quiero un poco de helado’.
         Dormía junto a la cama de Martín, en el piso, lo esperaba que Martín volviera del colegio primero, de la facultad después, para ir a dar una vuelta al parque. Martín se sentaba en el parque, a fumar, mientras Urko iba y cagaba o se peleaba o boludeaba un poco con una perra, se la encaraba, la invitaba a salir.
         Debía tener unos doce años, Urko. Y se enfermó. Se había venido viejo, se movía menos, pero cuando Martín vio que el perro dejaba comida, que ni siquiera mostraba demasiado interés por el helado, bueno, estaba todo dicho.
         La veterinaria dijo que el perro tenía un cáncer fulminante. Le hicieron un par de estudios que confirmaron el diagnóstico. Le dieron medicamentos para que no sufriera, pero la veterinaria le dijo a Martín que lo mejor iba a ser dormirlo. Así se lo dijo, y Martín se largó a llorar como un chico.
         Sigo. Martín me pidió un favor. Me dijo que tenía que llevar a Urko a la veterinaria, el lunes a la mañana. Para que lo durmieran.
         Me dijo, Martín, que él no iba a poder hacerlo, sencillamente no era capaz. Además, Urko me conocía, yo a veces lo sacaba a pasear, habíamos hasta ido de vacaciones juntos con Martín y el perro. Urko no iba a sospechar nada. Iba a venir, conmigo, sin problemas.
         Acepté. Pasé a buscar a Urko el lunes por la mañana, me lo bajó la hermana de Martín, Lucila. Me dijo que Martín, después de despedirse de Urko como si tal cosa, se había ido el domingo a Pinamar, para ni siquiera estar cerca. Me dijo, Lucila, que Martín estaba destruido.
         Urko me movió la cola, como siempre. Caminaba un poco más lento, y con la cabeza abajo, como si estuviera concentrado. La veterinaria quedaba a unas siete cuadras de la casa de Martín.
         Llegué. Me atendió una piba macanuda que estaba al tanto de todo. Me hizo pasar a un consultorio donde las paredes eran de azulejos verde agua, tipo quirófano. Había una camilla, también, y ese olor que hay en los hospitales. Ese olor a limpio y a miedo y a muerte. Ese olor tan terrible.
         La cosa se puso mal de entrada. Cuando la chica quiso alzar a Urko, el perro la mordió de una. Se sacudió, Urko, con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Ladraba, mostraba los dientes, puro miedo. Sabía que algo estaba mal, se refugió bajo mis piernas. Temblaba.
         –Dejame a mí –le dije a la chica–. Decime dónde va la inyección. O guiame vos, con la mano. Cuando yo te diga.
         Le dije a la chica que retrocediera, que se quedara afuera del consultorio, la puerta apenas abierta.
         –Venga para acá, Urko querido –dije, y lo alcé. Temblaba un poco, pero ya estaba más tranquilo, me lamió la mano–. Ahora te voy a acostar en la camilla.
         Lo paré, en la camilla, le rasqué arriba de los ojos, la frente. Le apreté el cuello con una mano y tiré apenas hacia arriba, como si fuera el mordisco de una madre a su cachorro. Lo puse de costado, lo obligué a acostarse. Respiraba con dificultad, muerto de miedo.
         –Urko, no pasa nada, papá –lo acaricié, tenía el vientre hinchado, unas feas protuberancias, le hice un guiño a la doctora–. Ahora te van a sacar sangre, apenitas. Y nos vamos, Urko, es un pinchazo y ya nos vamos a  buscar a Martín.
         Le tapé los ojos con una mano. La doctora entró, y lo pinchó en una pata. En el momento del pinchazo, Urko gimió. Movió la cabeza, y me mordió la mano. Yo dejé la mano. Y él mordía pero no mordía, mordía sin morder, como hacen los perros cuando te conocen. Cuando te quieren. Cuando están jugando.
         Mordía, Urko, mordía y me miraba.
–Ya está, Urko, ya está. Un pinchacito nomás. No duele nada.
Al ratito se durmió. Quedó ahí, sobre la camilla.
La doctora me acompañó fuera del consultorio.
         –No sufrió –me dijo, y me dio un vaso con agua.
         Te cuento la historia para que veas que le mentí a un perro. Le mentí a un perro que confiaba en mí. Dejé que lo mataran.
         Esa es la clase de persona que soy. No sé qué más te puedo decir de mí. Vos querés saber si estuve con alguna otra chica mientras te fuiste de vacaciones. Era eso lo que me preguntabas.

16 Comments:

At 11:33 a. m., Blogger Tutte said...

Muy fuerte Juan... es lunes

 
At 3:19 p. m., Blogger Viejex said...

Es excelente, Hundred. Ese olor a limpio y a miedo y a muerte. Ese olor tan terrible...uf...la puta!... nunca lo expresé con esas palabras, pero ahora que lo leo no se me ocurre otra manera de decirlo, de transmitir lo que siento cuando percibo ese olor.

 
At 6:28 p. m., Anonymous Gonzalo said...

Genial capo, muy bueno.

 
At 8:31 p. m., Blogger nele b said...

Qué horror, Juan. Nunca tuve la maldita situación en las manos de tener que sacrificar a un perro de mi casa. Debe ser la sitación más fea que puede vivir un tipo como Martin, o como yo, que por lo que se ve, amamos un poco más de lo que se "debería" a un animal.
Pero más allá de la mentira, vos pensá que fuiste un gran amigo de tu amigo, y un gran tío de su perro, por que, al fin y al cabo, nunca se va a enterar que no debía tener esa confianza en vos, el perro. Como siempre, el perro siempre va a confiar en el humano más de lo que debería.
abrazo, che, y feliz año, ya que no lo he dicho antes. Que sea diferente. Abrazo

 
At 9:30 p. m., Blogger pancho said...

me dejaste mal, amigo

 
At 10:50 p. m., Blogger Dany said...

Excelente, Juan. Me quedo pensando en que los perros suelen ser importantes musas para sus relatos. Abrazo.

 
At 8:03 a. m., Blogger J. Hundred said...

*tutte! puede ser que se me haya ido un poco la mano. se ve que estaba cargado como una pila varta. lo saludo.

*viejex! hace tanto tiempo que alguien no entiende lo que quiero decir, que me había olvidado qué se siente. yo le agradezco la fugaz empatía.

*gonzalo! gracias. lo saludo con sana camaradería.

*nele b! suelo decir, entre tantas estupideces que suelo decir. suelo decir, entonces, decía: primero los animales, después los niños. los adultos son por lo general repugnantes basuras sin alma. la abrazo con algo de rubor.

*pancho! no me afloje, pancho. es que a veces la tristeza me pasa por encima como un flechabus de dos pisos. no puedo manejarlo. lo saludo con afecto.

*dany! le pido que no pierda la humildad. lo abrazo.

 
At 8:59 a. m., Blogger Juan Sebastián Olivieri said...

¡Qué cosa!,me quedé con "No sé qué más te puedo decir de mí"
Quizá sea una obviedad pero todo el relato existe para esa conclusión.
Notable.

 
At 4:44 p. m., Blogger Hugo Alarcon said...

gracias por el relato. Yo tambien como Olivieri aplaudo la estructura que da sentido al final, el viaje. Te agradezco además el gustito que me dejaban algunos textos de Cortazar.

 
At 8:54 p. m., Blogger Dany said...

Si, merecía una segunda lectura. Abrazo.

 
At 8:16 a. m., Blogger J. Hundred said...

*juan sebastián olivieri! el relato existe. no sé qué más le puedo decir de mí.

*hugo alarcon! yo le agradezco la generosidad, la cortesía.

*dany! por lo general, cuando uno se cree que está para más, al poco tiempo descubre que no da más. no es una expresión de deseo y no estoy hablando de usted desde ya, estoy recurriendo a la ensalada waldorf de la generalización. lo saludo en esta oportunidad, no lo abrazo.

 
At 12:06 a. m., Blogger Mr. Kint said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

 
At 8:03 a. m., Blogger J. Hundred said...

*mr. kint! recuerdo que alguna vez me dijeron aquello de: la mentira tiene patas cortas, pero la verdad es paralítica. en cualquier caso, la escena de jack nicholson, todo el alegato, bien podría pasarse en las escuelas primarias, en las clases de formación moral y cívica (si tal asignatura existe todavía). a veces, mientras escribo, estoy en carne viva. desde ya no alcanzó para grandes cosas, pero bueno. lo abrazo con respeto.

 
At 5:55 p. m., Blogger Zeithgeist said...

Ay la puta.... Yo venia saltando de blog en blog cagandome de risa y de repente tengo los ojos a la miseria, una sandia en la garganta y lo miro a mi perro rogando q no nos toque. Ni a el ni a mi. Sobre todo a el.
Puta q te pario, yo venia riendome. No se que mas decirte.

 
At 9:31 a. m., Blogger J. Hundred said...

*zeithgeist! entiendo que se ha reestrenado en el cine la película ‘los bañeros más locos del mundo’. quizás eso pueda ayudarla a calmar sus apetitos, saciar su sed. la saludo.

 
At 6:23 p. m., Blogger Zeithgeist said...

andate a la concha de la lora, encima q me pongo toda maricona xDDD

 

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