30.9.26

La cápsula


La niña acaricia al perro. La escena, lo que pasa, lo que sucede pasa y sucede en la calle.
La niña debe tener cinco años o siete, es rubia y lleva el cabello con dos vibrátiles colitas, dos colitas como antenas que captan la energía del mundo. Va muy abrigada, deben ser las ocho de la mañana, un poco menos, hace frío en Buenos Aires.
El perro es de alguien, de alguien que pasa, de alguien que sacó a pasear el perro. Es un perro pequeño, peludo, un perro atorrante de raza desconocida. El perro mueve la cola, está feliz de ver que existe una niña, una niña que sonríe y lo acaricia ante la atenta mirada del padre (del padre de la niña, no del perro) que la lleva, no sé, al jardín.
La nena está feliz, arrodillada sobre la vereda de un mundo donde existen perros pequeños y peludos, perros que mueven la cola de alegría.
La nena acaricia al perro y es preciosa la escena, una cápsula de la felicidad más pura. Por momentos así se inventaron la rueda y el fuego, por momentos así valió la pena pelear guerras, soportar catástrofes naturales y tragedias aéreas, por momentos así el hombre fue a la luna o trabajó doce horas en una mina de carbón a mil metros de profundidad, cerca del centro de la tierra.
Todo lo demás, lo que rodea a la nena que acaricia al perro, es hediondo, pestilente, vil. El padre, el portero que baldea la vereda, los autos que pasan y el mundo en general, yo.

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