Los aeropuertos son una cosa rara. Hay una tensión muy particular, muy característica. Quizás la gente juega a que está esperando lo más tranquila pero no, porque estás comiendo cualquier cosa y todo el mundo se está moviendo y no sabés si anunciaron algo o si tenés que ir a otro sector y en el fondo de tu alma te tenés que subir a un avión con otros trescientos pelotudos como vos que además quieren tomar mate o pedir un bloody mary en un vasito de plástico o guardar tres valijas en el espacio donde entra media y así. Estar con mucha gente siempre es una mierda pero no tiene remedio, yo no lo inventé. Se viaja así.
Estaba sentado entonces, mirando la nada, mandando algún mensaje por wasá a alguien que mucho no le importaba, esperando que pasara el tiempo para subirme al avión y aparecer en Madrid. Había trabajado quizás veinte años, quizás treinta, en oficinas en el microcentro, así que cuando me molestaba algo, cualquier incomodidad, recordaba eso e inmediatamente me sentía mejor. Era mi manera de destrabar esos subidones de existencial fastidio.
Se me acercó una chica, debía ser venezolana o colombiana o panameña, no sé si podía definirlo pero transpiraba caribe. Piel té con leche, pelo lacio, uñas increíblemente largas pintadas de color borravino, se paró frente a mí, manos a la cintura. Imposible no mirarla, llevaba puesto un vestido de algodón blanco pegado al cuerpo como si fuera cinta adhesiva. Se le marcaba sólo la bombacha negra, minúscula, por debajo del algodón. No tenía corpiño. Tetitas pequeñas y firmes, pezones puntiagudos, una maravilla. Debía tener veinte años como mucho. Zapatos rojos altísimos. Era muy flaca, era una maravilla de la naturaleza y lo sabía y sabía que todos los que la miraban también lo sabían.
–Ey -me dijo. Se paró justo frente a mí y separó un poco las piernas.
–Sí -dije. Supuse que me quería consultar algo.
–Me va tu onda -dijo-. Parecés un poco pervertido y un poco cansado. Vamos al baño de discapacitados así tenemos más espacio. Te la chupo por doscientos dólares.
–¿Eh?
–Que te la chupo por doscientos dólares. Necesito algo de dinero.
–Me sorprendiste la verdad -sonreí, apenas-. Pero no, te lo agradezco.
–Dale, no seas bobo -dio medio paso adelante, casi podía mordisquearle los pezones-. No sabés lo bien que la chupo, y cuando me veas desnuda, estoy nuevita nuevita. Vas a enloquecer. Podés sacarme fotos si querés contarle a tus amigos.
–Mirá -dije-. Se nota que estás más buena que comer pollo con la mano, pero no. En cuanto eyacule, y voy a eyacular en menos de cinco minutos, voy a extrañar mis doscientos dólares. Con doscientos dólares en Madrid tiro unos días. Me dijeron que vaya a comer huevos rotos a Casa Lucio. Pero ahora voy a ir al baño y me voy a masturbar pensando en vos, pensando lo lindo que sería tenerte de parada contra una pared y apoyarte la pija en el orto, porque una cosa bella es una alegría para siempre dijo el poeta aunque quizás no se refería a eso, pero te lo juro.
–Qué imbécil eres, y encima argentino -Dio media vuelta y se perdió entre la gente.
Me paré, consulté la pantalla con los vuelos. Faltaban todavía un par de horas, así que volví a sentarme al mismo lugar. El runrún de fondo, la gente masticando y hablando por teléfono y comprando cualquier cosa, en fin. El género humano estaba condenado a la extinción sin dudas.
–Señor –Miré. Me estaba hablando a mí, asiento de por medio. Un muchacho, debía ser indio seguramente, por el color de piel tan particular, tan característico, y el pelo negro azabache peinado para el costado. Iba en ojotas y ropa ligera, como de bambula. Los ojos muy fijos mientras me miraba, se lo notaba preocupado.
-Sí -dije.
–Soy un terrorista.
–Mirá vos -dije.
–Ve el paquete que tengo debajo del asiento -cambió de asiento al que estaba al lado mío, y se acercó como si fuéramos amigos y me estuviera haciendo una confidencia.
–Sí, lo veo -dije.
–Bueno -dijo-. Es una bomba. Vamos a atentar contra el aeropuerto. Va a ser el atentado más grande que ha ocurrido aquí en España. Van a tener que pagar el daño que nos han hecho.
–Entiendo -dije.
–Ahora yo me voy a parar y va a venir un muchacho muy parecido a mí. Es mi primo Said. En cuanto saque el teléfono y oprima la tecla asterisco, el aeropuerto va a volar en mil pedazos.
–Okey -dije.
–Le aviso para que se vaya lo antes posible, está a tiempo de llegar a la puerta y pedir un taxi. No sé, sentí culpa quizás, me pareció correcto salvar al menos a una persona. Supongo que está bien que alguien se salve.
–Bueno loco, te agradezco el gesto.
–¡Se tiene que ir ahora si quiere salvar su vida! -se puso de pie, me palmeó un hombro-. Esto va a ocurrir en menos de cinco minutos.
–Bueno, gracias por el aviso -dije-. Y saludos a tu familia, de donde carajo sean ustedes.
El pibe salió corriendo, el paquete envuelto en papel madera quedó debajo del asiento donde se hallaba sentado al principio. Nadie parecía darse cuenta.
Dejé pasar el rato, me distraje mirando a las familias, la gente comiendo. Tenía ganas de fumar pero tampoco tenía ganas de moverme demasiado. Quería saber de qué puerta salía mi avión para ir acercándome. Subir al avión siempre es un quilombo, la gente enloquece y no respeta una puta instrucción. La gente es una mierda.
–¡Señor, señor! -Otra vez sopa, pensé. Una señora venía corriendo, agitada, algo excedida de peso, cuando frenó de golpe se le cayeron los anteojos al piso. Tenía una bolsa en cada mano cargadas de abrigos, camperas, pulóveres, y arrastraba una valija -¿No vio pasar a un niño?
–¿Eh?
–Un niño pequeño, me distraje comprando un refresco y se me ha escapado. El Brian. ¡Brian, Brian! -Soltó las bolsas en el piso y miró en todas direcciones.
–No, no vi a nadie. Estaba distraído -dije-. Además, está lleno de gente.
–¡Señor! El Brian es mi ahijado, debo llevarlo con mi hermana Irma que vive en Asunción -sollozó una, dos veces-. Tiene 5 años, lleva puesto jeans y una campera inflable roja. ¡Ayúdeme a buscarlo! ¡Quizás me lo han secuestrado!
–No creo -dije. Justo me había comprado un paquete de papas lays corte americano y una lata de coca cola regular, como dicen aquí. La verdad que la combinación era casi imbatible–. Seguro que aparece en cualquier momento.
–¡Pero señor, necesito ayuda! -Dijo la mujer y dio una especie de patada contra el piso.
–Sí, todos necesitamos ayuda -dije.
La señora me insultó, me dijo viejo y gordo y puto y miserable y no sé qué más y salió corriendo. Buscando al Brian supongo.
Y entonces tuve un satori. Un relámpago de luz que me iluminó por lo que dura un parpadeo, un instante. Entendí todo. Me había pasado toda la vida angustiado, triste, por no haber sido lo suficientemente bueno en nada. No había logrado ser campeón del mundo de ajedrez ni un gran jugador de waterpolo ni un escritor más o menos reconocido ni había logrado hacerme rico dedicándome a las finanzas. No había logrado nada de nada que mereciera ser destacado y eso me había atormentado desde que podía recordar. Desde siempre.
Y me di cuenta que no importaba, no importaba mi fracaso personal en todos y cada uno de los rubros del horóscopo. No importaba si las cosas buenas de la vida se habían ido como una luz debajo de una puerta. Lo único que quería, lo único realmente importante mientras durara mi residencia en la tierra (Neruda dixit) era que no me rompieran mucho las pelotas.
1 comentario:
Conforme pasan los anos, se torna mas indispensable para mí, rodearme de gente que no me rompa las pelotas. Y realmente no puedo discernir si se trata del efecto del transcurso natural del tiempo, o tal vez la simple consecuencia de mis experiencias románticas y laborales.
No obstante Hundred, de haber estado en su lugar, sin dudas hubiera sucumbido ante la interesante propuesta de la muchacha del vestido blanco ajustado.
Lo saludo con sana camaradería.
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