30.12.25

Finales


Al hombre le dicen que va a morir. El hombre sabe entonces que va a morir. Le quedan, pongamos, treinta y siete días de vida. Digo ‘pongamos’ porque la milimétrica precisión en este caso no quita ni agrega nada. Podrán ser treinta y ocho días o treinta y nueve, podrían ser treinta y cinco, o treinta y seis. El núcleo de la historia se sostiene a pesar de esas ínfimas variaciones, lo mismo da.
Pero el hombre sabe que le quedan treinta y siete días de vida. Y el hombre, con una mucho mayor intensidad que cuando la hipótesis discurre precisamente en el plano teórico, tiene que enfrentar el trillado dilema de decidir cómo vivirá los últimos días de su vida, vivir cada día de su vida como si fuera el último día de su vida, cosa que ha pasado a tener rango de certeza además de tremendamente inquietante.
Y el hombre que debe vivir cada día de su vida como si fuera el último día de su vida decide lavarse los dientes y caminar un poco por el parque, decide tomar un café y mirar por la ventana de un bar cualquiera de un barrio cualquiera la ciudad por la que anduvo siempre, decide acariciar a un perro en la calle y recordar a esa mujer cuando sonreía o cuando se acomodaba un mechón de su fantástico cabello detrás de una oreja, decide leer un cuento y cenar con un par de amigos, decide tomar un whisky antes de medianoche cuando la ciudad se apaga. Decide vivir cada día como un día normal.

20.12.25

Estrella agujereada


Esa mujer se la pasa volviendo para decirme que ella hizo bien, al irse, que tengo que entenderlo. Le digo que sí, que claro, que era por demás evidente que una mujer como ella no podía quedarse con un tipo como yo. Lo mío, no sólo con ella sino en general, en la vida, fue un poco de suerte y dos frases ingeniosas y no mucho más que eso.
–Yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo –le digo, para que entienda que en su lugar yo hubiera hecho lo mismo.
–No me culpes –dice ella.
–No te culpo –le digo, para que entienda que no la culpo.
Pero se incomoda, hay algo que la perturba y la fastidia. Le cuesta comprender cómo es posible que su fantástica vida se haya ido a la mismísima mierda sin excusas y se la pasa mirando por el espejo retrovisor de la existencia con la trivial intención de averiguar en qué momento, en qué curva dobló para un lado cuando debió haber doblado, quizás, para el otro lado. Ella me pide sin saberlo que la ilumine por un instante con mi fantástica linterna porque ya casi no resiste, no puede soportar su tan tremenda noche. La noche más oscura se llamaba una película creo, no importa, qué carajo importa la película, pero el título es buenísimo.
Pero no puedo hacer eso, no debo hacerlo porque si lo hiciera entonces ella descubriría que al alejarse de mí se fue apagando como una estrella agujereada y eso la haría sentir peor, eso sería aún más cruel que dejarla abrazada a la infinita oscuridad que la acompaña.
Así que le digo que la veo mejor que cuando estuvimos juntos, más linda que cuando la conocí, llena de inquietudes, de proyectos.
–Te va a ir muy bien.

10.12.25

Dedo mágico


A ver esta no es una historia fácil, el asunto es delicado. Voy a tratar de no caer en la grosería ni ser escatológico. Y resumir claro, porque ahora nadie tiene tiempo ni para leer ni para entender nada. Ahora todo el mundo está muy ocupado aunque cuando rascás un poco apenas nomás te das cuenta que nadie está haciendo absolutamente nada. Pero están a mil, eso sí.
Te resumo y me adelanto. Te tenés que meter un dedo en el culo. Pará, no es tan así, tampoco tanto. Te tenés que meter, apenas, la primer falange de un índice, en el culo claro, y ni siquiera eso. Tenés que pasar un poco la yema de un índice, por el agujero del culo, el propio en este caso. Pero sin exagerar ni encariñarse demasiado, como si te picara el culo y te lo rascaras un poco y con cuidado.
Empecé por el final o no por el final, por la clave del procedimiento. Faltó explicar el para qué, para qué el procedimiento. Ahí vamos.
Yo estaba medio triste la verdad, me habían echado del trabajo y tenía que ver qué corneta hacer con mi vida y no se me ocurría nada. Bajaba a la mañana a dar una vuelta, caminaba cinco o diez cuadras y me sentaba a tomar un café esperando que alguien me llamara. Un amigo, un contacto, alguien que me dijera ‘juan, vos sabés que justo están necesitando…’, o ‘te quiere ver…’. Pero la verdad es que no me llamaba absolutamente nadie, la gente está lo suficientemente arrasada por sus propias vidas como para tener tiempo de tirarte una soga. Si te caés te caés y vas para abajo y se pone todo medio chivo. En fin, te tapa la ola.
Y me sentaba yo a tomar un café, por lo general en heladerías tipo Freddo o en algún Havanna o cualquier cadena de cafeterías que tuviera un par de sillas en la calle. Porque lo que necesitaba era ventilarme, ver pasar los autos. Hay gente que dice que hace bien mirar el mar pero yo vivo en la ciudad pelotudo, así que me invento un mar lo mejor que puedo.
Y me empecé a sentar cada dos o tres días en una heladería que tenía sillas en la calle, me pedía un café horrendo en un vaso descartable y me quedaba ahí sentado, cuarenta minutos o algo así, no más de una hora, tratando de acordarme en qué momento se había puesto todo cuesta abajo y cómo podía ser que no le pudiera dar una vuelta a la cosa. El fracaso es un sarro que se te va pegando en todo el cuerpo y te deja aturdido y enchastrado.
En esa esquina, en otras en general pero en esa también, una especie de plazoleta de cemento, pasa gente. Y la gente que pasa del barrio o lo que fuera suele ser gente que saca a pasear a su perro.
Había una chica que se notaba que debía vivir por ahí porque bajaba en jogging y ojotas, o en shorts y un buzo con capucha, algo dormida, desarreglada. Y bajaba con su perro, un perro pequeño pero no de una raza específica. A que el perro pishara o cagara o ambas cosas.
La chica estaba buenísima y yo tenía ganas de hablarle porque pensaba que si lograba charlar con ella, invitarla a salir, bueno. Sería una indubitable señal que mi suerte empezaba a cambiar. Pero no se me ocurría nada para decirle y sabía que me iba a resultar difícil animarme y eso me ponía más triste.
La chica jamás me había mirado, se sentaba en un banco de cemento y fumaba un cigarrillo mientras su perro hacía lo que tenía que hacer, consultaba su teléfono celular (ella, no el perro), y no mucho más que eso. Terminaba el cigarrillo, le decía al perro ‘vamos’, y el pequeño perro color blanco con una gran mancha color café con leche sobre el lomo la seguía. Eso era todo.
Entonces tuve una idea, una idea genial. No podía intentar hablar con la chica así nomás de la nada. Tenía que atraer al perro, esa era mi jugada.
Y ya te conté todo, esa mañana antes de bajar a la calle me metí un poco un dedo en el culo pero no demasiado. La primer falange del dedo índice de mi mano derecha, soy zurdo. Jugás apenas con el contorno, con el agujero del culo propiamente dicho y listo. Bajé a la calle con el índice cargado.
Caminé, llegué a la heladería, pedí un café en descartable y me senté en la silla de siempre de la pequeña plazoleta de cemento, en la calle. Y esperé.
Apareció la chica, soltó al pequeño perro, el perro se puso a dar vueltas un poco, siempre se me acercaba. La chica tomó su prudencial distancia, se sentó sobre su banco de cemento y prendió un cigarrillo. La mañana era el caos de siempre, pasaban los autos por la avenida.
Hice mi truco. Cuando el perro se me había acercado un poco sin llevarme demasiado el apunte, le dije ‘ey’, y lo señalé. Con el dedo. Con el dedo que me había metido un poco en el culo.
El perro se acercó de inmediato. Se sentó y se quedó mirándome fijo, no a mí, al dedo. Fascinado.
Yo seguí con mi café en la otra mano mirando el horizonte como si estuviera pensando en algo, en el destino de la humanidad, como si fuera un tipo profundo al que le pasaban cosas interesantes y no un salame que no sabía qué carajo hacer con su vida.
–Es increíble.
–¿Eh? –levanté la vista, la miré. Ella me estaba hablando, de pie frente a mí, con una mano en la cintura. Tetas pequeñas, flaca natural, cualidades perdurables.
–Que es increíble –se rió, pitó su cigarrillo, apuntó hacia abajo–. La tenés hipnotizada.
–Ah –miré al perro y lo volví a señalar con mi dedo mágico–. Parece un perro recontrapiola. ¿Cómo se llama?
–Tina –me dijo la chica.
–Hola Tina –dije yo, acercando más el dedo. La perra sólo tenía ojos para mi dedo índice, fascinada–. Sos muy linda, vos y tu dueña también.
–Esto no me había pasado nunca, te juro –Dijo ella y se rió con ganas.
Ya termino. Le pregunté cómo se llamaba y le ofrecí un café, al toque le dije que me gustaría conocerla, invitarla a salir una noche. Me dijo que no me ofendiera pero no, ella estaba estudiando arquitectura y jugaba al vóley para gimnasia y esgrima. Tenía un novio que era programador y hacia taekwondo y era celoso además. Me dijo que se notaba que yo estaba muy hecho mierda y que además debía llevarle como veinte años. Eso sí, cuando se levantó para irse empezó a caminar y tuvo que llamar a la perra tres veces. Tina no se movía un centímetro de mi lado, ni pestañaba.