30.11.23

Brujería


Si te dejó, si te abandonó, si se fue, lo mejor es que vayas a ver a una bruja. Le llevás a la bruja una foto, una foto de él. La bruja va a frotar la foto con cebolla morada, murmurará unos secretos y milenarios conjuros, y te dirá que metas la foto, así como ella te la devuelve, dentro de una bolsita de plástico, que metas la foto, te decía, en el freezer. La ponés atrás de las cubeteras. El hombre siente que su vida se ha congelado, debe volver al amor, al amor del cual se ha ido.
La bruja de seguro te va a decir, para reforzar el conjuro, que prendas tres velas rojas, en diagonal, debajo de la cama, del lado donde dormía él. Las prendés, las velas, los días jueves, justo a las doce de la noche, y las dejás encendidas diez minutos, más o menos.
También tenés que hacer una cruz de queso rallado en el palier del departamento, cuando vos sabés que es una fecha importante para él. Puede ser en la fecha de su cumpleaños, o el día del aniversario cuando se conocieron. Puede ser el día que salió campeón San Lorenzo, si vos sabés que él, tu pareja, es de San Lorenzo.
Para que el método adquiera su máxima potencia, para que adquiera ribetes de imbatible, tenés que cortar un pedacito de una prenda de vestir que él haya usado. Un cuadrado de tela, de dos centímetros de lado, de una camisa de él, o de una corbata, sí, perfectamente, o de un par de pantalones. Ese cuadradito de género lo tenés que llevar encima durante siete días, en contacto con tu piel. Te lo podés colocar en la planta del pie, y después ponerte la media, o debajo del elástico de la bombacha, te doy un par de sugerencias nomás, tampoco es tan difícil. O debajo del reloj, pegado con un poco de cinta adhesiva o una curita, lo que se te ocurra.
Te digo más o menos todo lo que te va a decir la bruja que hagas para que él vuelva, puede haber algunas variaciones en el método, depende de la bruja también. Te puede decir que mastiques una rama de apio crudo, claro que crudo, en ayunas, los días que está anunciado un eclipse.
También podés aprender a tirar de la goma como corresponde, nunca está de más.

20.11.23

Perrum


En los parques, ahora en casi todos los parques de la ciudad hay un lugar específico destinado para los perros. No sé muy bien cómo se llama en verdad, el lugar. Suele ser una especie de cuadrado o rectángulo, no sé, de 8 x 8 ponele, pero de cemento, todo vallado. Una especie de corral donde la gente puede soltar a sus perros y descansar un poco. Son muy usados los lugares por los paseadores de perros, que pueden soltar sus diez o quince perros ahí para entonces descansar un rato, tomarse una cerveza, hablar por teléfono, fumar.
Voy al parque, al parque de mi barrio, entro al corral. No, no llevo a mi perro, no tengo perro. Me siento en el piso como si acabara de llegar a la playa, como si me dispusiera a tomar sol frente al mar. Luego de sentarme, me acuesto, sé que algunas personas me están observando, temiendo que haya ingresado al lugar quizás a hacer daño o a robar un animal.
Pero no, nada de eso. Me acuesto, los brazos al costado del cuerpo, un poco separados del cuerpo, palmas hacia abajo, cierro los ojos.
Los perros, bueno, los perros se sorprenden también. A algunos les caés bien de inmediato, a otros no, viste cómo es. Alguno se pone a mostrar los dientes de amenazadora manera y a ladrar, otro levanta una pata y me pisha un muslo. Uno me olisquea las orejas, otro se frota contra uno de mis hombros. Alguno caga, se sienta a cagar muy cerca. Me pasan por arriba, corren, no paran de ladrar.
A los cinco o siete minutos me pongo de pie. Tengo un rasguño de algunas patas en la frente, la ropa arrugada y sucia, me han mordisqueado una zapatilla, también.
Al salir uno de los pibes me mira, se ha levantado los lentes del sol, me pregunta qué carajo estaba haciendo ahí echado con los animales.
Le respondo que me he pasado la totalidad de la vida trabajando en oficinas, rodeado de gente. Qué cosa peor me podría suceder.

10.11.23

El sapo pepe ahí nomás


El cantante iba al psicólogo todos los jueves a las once de la mañana. ¿Hacía cuánto que iba al psicólogo? A ese psicólogo hacía tres, no, cuatro años. Desde que se había separado de su última banda y le habían entrado esos ataques de miedo tan feos. Sentía, mientras tocó el portero eléctrico, que sus problemas seguían ahí, tan robustos como siempre. Sentía que se había transformado, su vida, en una valija, una valija que daba vueltas y vueltas en una cinta transportadora en un aeropuerto. Nadie tomaba esa valija, no veía salida, no mejoraba.
Se sentó en el cómodo sillón, dijo que sí, que quería un café. Encendió un cigarrillo, otra de las licencias de haber sido una estrella de rock, o quizás porque a su psicólogo también le gustaba fumar. Habló.
Primero se quejó. Se quejó de su suerte. Cómo podía ser, él, que había sido la voz de ‘El último canapé’ durante once años, y ahora lo invitaban a tocar con su nuevo proyecto artístico en recitales donde tocaban diez bandas seguidas, y lo dejaban hacer un set de veinte minutos para un público que muchas veces ni sabían de su trayectoria. Pendejos demasiado drogados pero con drogas nuevas, drogas de diseño que los dejaban medio pelotudos y sin poder articular más de dos palabras seguidas. Miraba las caras de los pibes que estaban más adelante y se daba cuenta que estaba en presencia de balbuceantes wisinyandelisados que no tenían la más puta idea de las letras de sus canciones ni de sus geniales significados.
Encima se le había ido el bajista, un pelotudo que apenas podía mantener el ritmo de una canción, le dijo que se iba a tocar con un conjunto de pop latino a una importante cadena de cruceros. Veteranas que aplaudían a rabiar si la banda hacía covers de Luis Miguel o de Chayane, te cogías a alguien y después te pasabas el resto del día en la pileta. Pagaban en dólares.
Y su representante le había dicho que no, que ni soñara, ni la Sony ni ninguna otra discográfica le iba a dar un adelanto. Le prestaban un estudio por tres semanas, un mes como máximo y después a porcentaje. Si hacía rato que él no le vendía discos a nadie.
–A mí –dijo el cantante, prendió otro cigarrillo–, que me dijeron que era el Jagger argentino. A mí, que cuando vinieron los Guns and roses me habían ofrecido ser telonero. Dicen que Axel Rose había escuchado un par de temas míos y quería conocerme. Pero yo estaba de vacaciones en Uruguay y dije que por menos de doscientos mil dólares no contaran conmigo. Y ahora me preguntan si no quiero tocar en una cena de fin de año de una compañía petrolera por tres lucas y la comida. ¡A mí, que era el nuevo Dylan!
–Entiendo –dijo el psicólogo, tosió, vació su pipa sobre el cenicero–. Agregue a eso que, por lo que puedo observar desde acá, usted se está quedando pelado. Terminó la sesión, lo veo el jueves que viene.

30.10.23

Estado de situación


No hay más que verlo en la calle o en un negocio, pero seguro en la calle. Digamos que hay tres posibilidades, tres estados en los cuales podés encontrar a una persona. No, qué sólido, líquido y gaseoso, quizás sos tonta. Quizás tus papis son parientes.
Una persona en la calle puede estar acompañada por otra persona. Puede estar acompañada por un animal. O puede estar sola.
Si la persona está acompañada por otra persona, en la mayoría de los casos puede ser su pareja. Una novia, una esposa. Puede estar acompañado por un familiar, también. Un padre, una hija, un primo. A veces un amigo.
Si la persona está acompañada por un animal, se tratará en la inmensa mayoría de los casos de una mascota. Y será por lo general también, un perro. Puede ser, contadas veces, un gato. Un suricato, una tortuga, casi nunca. No he visto a nadie acompañado por un hipopótamo ni por una cebra, las cosas no funcionan así.
Si la persona está sola, está sola. Esperando para cruzar la calle, o caminando, o sentado en un bar tomando un café.
Esas son básicamente las opciones. Eso es todo.
Ahora. Entonces. Si la persona está acompañada de un animal, será infinitamente más interesante que si está acompañada de otra persona. Si la persona está sola, es aún más interesante que si la acompaña un animal. Mejor todavía.
Si la persona está sola conserva algo de potencialidad, así es como lo podríamos decir. Si la persona está acompañada de un animal, algo bueno habita en ella, todavía posee algún sentimiento noble. Algún rasgo de humanidad. Si la persona está acompañada de otra persona, su vida es un asco. Se trata de un repugnante ser sin una pizca de brillo. Dedicará su vida básicamente a comprar duraznos o naranjas, a soñar con vacaciones en la playa, a pagar el gas.
No, ya sé que no estás de acuerdo, pero a mí no me lo cuentes. Lo que te pasa no es conmigo.

20.10.23

De parte de Bogart


Durante un tiempo, desde los veinte años en adelante te diría, cada vez que me encontré con alguien, alguien que fue conmigo al colegio, ex novias principalmente, mujeres que estuvieron conmigo por una semana o cuatro horas, bueno. El asunto es que la persona invariablemente me dice, me manifiesta de algún modo lo mal que estoy. Quiero decir, me ve más gordo, más ojeroso, más pelado, con más cara de boludo, como si el Flechabus de la vida me hubiera pasado por encima para adelante primero, y para atrás después para asegurarse, para confirmar la gravedad del daño.
La gente que me encuentra en la calle o en un aeropuerto o en un kiosco comprando un alfajor no pueden evitar mencionarlo, con cierta alegría por cierto, que me ven mal.
Y a mí la verdad que me molestaba un poco, quiero decir, no escuchar ni una palabra amable de alguien al que hice reír o una chica a la que le eyaculé en la frente y le abrí el tercer ojo por lo que dura un parpadeo de la iluminación más pura. Sólo un ‘estás gordo’, o ‘claro, se te puso el pelo blanco’, o ‘qué te pasó en la cara, qué mal’.
Pero de un tiempo a esta parte, te diría el último año, ya no. La gente con la que me cruzo por la calle intenta seguir caminando, las mujeres se hacen las distraídas para ver si logran no tener que saludarme. Y es que no quieren que vea que deberían llevar el culo en un carrito de supermercado, o que usan anteojos con 8 de aumento, o que el color de la piel de sus rostros se ha ido acercando al verde musgo.
Y ahora entiendo todo. Aquella famosa frase que dijera el señor H. Bogart alguna vez: el problema es que le llevo un par de whiskys de ventaja a todo el mundo. Así que lo que sea que veas en mí, cualquier cosa, es que llegué antes nada más.

10.10.23

Todo lo que no puede ser


Me llamó Cebolla, era viernes, eran casi las siete de la tarde. Raro que llamara a esa hora, hablábamos a la mañana, cada uno desde su trabajo, y arreglábamos para almorzar una vez por semana. Le decían Cebolla a Cebolla porque cuando se tentaba por un chiste, por cualquier cosa. Cuando se tentaba y se reía lloraba al mismo tiempo, le caían las lágrimas. Por eso le decían Cebolla.
Me preguntó si podía pasar por casa, dijo que estaba cerca. Raro, rarísimo, le dijo que sí.
Vino y se largó a llorar pero sin reírse, lloraba y punto. Alicia lo había dejado, le había dicho que no lo quería más, que se estaba viendo con otro tipo.
Cebolla y Alicia se conocían desde la adolescencia, estaban juntos hacía como quince años, tenían un hijo. Un chico tímido y rubión, Tomasito.
–Me lo dijo así nomás –Cebolla se sonaba los mocos y negaba con la cabeza–. Me dijo ‘me estoy viendo con alguien’. ¿Con alguien, mientras a la noche dormís conmigo? No lo puedo entender.
Siguió hablando un rato remarcando el sacrificio que había hecho él, cebolla, para comprar el departamentito donde vivían juntos, las fotos de los cumpleaños, los veranos en La Pedrera.
–No puede ser –repetía Cebolla como un mantra–. No puede ser.
Le había servido un whisky. Le serví otro. Miré la hora, casi las nueve de la noche.
–Pido una pizza –dije. Y me di cuenta. Todo lo que iba a decirle no tenía mayor sentido. Las opiniones, las conclusiones, nada serviría. En una época la gente me venía a ver porque les gustaba escucharme hablar. Tenía algo para decir, yo, sobre prácticamente cualquier tema. Pero ya no.
Lo que nos pasó nos pasó. Lo que nos está pasando nos está pasando y punto. De nada sirve regurgitarlo en el terreno del pensamiento. Lo que necesitamos es el espacio, un café con leche caliente o una cerveza fría o un whisky en cualquiera de sus manifestaciones hasta la próxima desgracia. ‘Aceptación no es preferencia’, eso pensé en decir porque eso vino a mi mente, y porque era todo lo que tenía ganas de decirle.
–¿Napolitana con ajo, no? –Asintió, apenas. Llamé por teléfono, hice el pedido. Me senté en silencio.

30.9.23

Lenguaje de Dios


Hay algo que podés hacer. Ahora la gente está atravesada por la tecnología, podés twittear, podés chatear, instagramear, waxapear y no sé qué más. Podés sacarle una foto a tu gato mientras se lame una pata, podés hacerte un blog o peor aún, comprar un dominio de internet y publicar todos los poemas que escribiste durante la secundaria cuando ella te dejó y aprendiste a masturbarte con las dos manos y cambiando de mano también, podés armar un grupo de waxá con todos tus compañeros de trabajo y publicar fotos de la última maratón en la que participaron, alguien cuenta que se hizo vegetariano, alguien cuenta que se hizo vegano, alguien cuenta que se hizo crudívoro y se alimenta como lo hacían los indios ranqueles en 1817, y así. Ah, y podés cantar también. Cantar esas rimas pelotudas con música de fondo (hiciste un beat, ponele) como si alguna vez hubieras tenido algo para decir, wisinyandelisado hasta las bolas balbuceando entrecortadas incoherencias y panabuey hasta que tus familiares crean que llegó la hora de internarte en el Tobar García nomás.
Bueno, acá va lo que podés hacer. Nada. Nada de nada, no hagas nada, eso.
Andá a un asado y no hables, cuando te preguntan si querés molleja decí que sí con la cabeza, si te preguntan si querés más vino asentí otra vez. Si te para por la calle un amigo de la primaria y saca un teléfono para mostrarte fotos de sus hijos no digas nada, miralo, a él, un poco por encima de la línea de los ojos, como si estuvieras viendo algo que está más arriba y más atrás, lo que equivale a decir en otra parte, podés sonreír. Si te paran para hacerte una encuesta o para venderte algo o para pedirte plata para sacar el plástico del océano o para lustrarle el pico a los pingüinos con quitaesmalte cutex no digas nada, veinte segundos, treinta también. Si te llega un mail que está dirigido a varios remitentes no lo respondas. Podés leerlo si querés, pero no contestes nada. Jamás respondas un mail grupal porque no pertenecés a ningún grupo, sos un boludo de lo más individual.
Listo, eso es todo. No saques fotos, no forwardees videos, no hables por teléfono celular en medios de un transporte público ni cuando estés delante de gente.
En poco tiempo, dos semanas como mucho, serás visto como un sujeto misterioso, profundo. Original.

20.9.23

Te vas curando


Te cuento cómo me curé. ¿Cómo me curé de qué? Ah, sí. De no soportarme ni un minuto más, de sentir que fracasé en todos los rubros del horóscopo, de saber que jamás tuve la más mínima posibilidad de ser feliz, esas cuestiones.
Vas a Palermo, un domingo a la mañana, temprano. Igual hace cuánto que no dormís hasta tarde.
Y te sentás en un banco o en el pasto, o contra el tronco de un árbol.
Listo, eso es todo.
Ah, todavía no entendés. Bueno. Lo que tenés que hacer es mirar. Pero no mucho, te quedás sentado veinte minutos, media hora. Mirás y vas a ver a la gente que corre, la gente que anda en bicicleta, la gente que hace gimnasia o trata de subirse a un árbol o andan en roller. La gente que trata de sacarle fotos a los patos, más que nada la gente que corre, ya lo dije.
Y te vas a dar cuenta que la están pasando como el culo, que no dan más. Que se mueven porque no soportan el horror de estar vivos y no mucho más que eso. No saben por qué hacen lo que hacen, ni por qué están con quién están. La materia tiene horror al vacío y el ser humano tiene horror al silencio, a la quietud, signo de los tiempos.
Y entonces te das cuenta que no estás tan mal. Sos un boludo y no te salió nada de lo que quisiste hacer, eso está claro. Pero te sentís mejor.

10.9.23

Ella me habla y no se da cuenta


Ella me habla de lo que hace. Y no se da cuenta que lo que hace mucho no importa, no la define, no es preciso que lo defienda con semejante énfasis. Si tomás sol los domingos en una mugrienta terraza o animás fiestas infantiles disfrazada de tortuga ninja, bueno, no debiera ser algo comparable a una marca de nacimiento.
Ella me habla de lo que le gustaría hacer. Y no se da cuenta que lo que le gustaría hacer es lo que recuerda de dos o tres películas. Caminar por la playa, hamacar a un sonriente hijo que experimenta el viento en la cara, viajar a la India. Lo que le gustaría hacer será lo que lea en la próxima revista mientras espera su turno en cualquier dentista.
Ella me habla de lo que no hizo. Y no se da cuenta que lo que no hizo brilla por contraste, lo que no hizo ni hará jamás refulge como un relámpago que parte en curiosa diagonal el plomizo cielo de su existencia. No te casaste con el pibe que te tenías que casar, no te cambiaste de carrera, no pediste perdón, no saltaste. Lo que no hiciste es una mochila repleta de nada que no podés dejar de llevar a todas partes.
Y después no habla más, se queda callada.

30.8.23

En el universo no existe manifestación sin polaridad, ponele


Ya sé, ya sé, te cuesta entender, se te complica, no podés creer cómo es posible que yo sea un tipo tan genial. No lo analices, no le busques explicación, es lógico que hayas estado con gente antes de conocerme, estuviste con tipos, pichona, no naciste ayer. El planeta está lleno de tipos que cogen, que escriben, que les gusta el ajedrez y el whisky sin hielo, que hablan de una manera particular. Pero no es eso, te quedás en la superficie, no va por ahí, aunque me gusta que te brillen los ojitos y no puedas parar de sonreír, o te quedes a medio camino entre un suspiro y una exhalación de asombro, se nota que tu fascinación es genuina, estás contenta de verdad.
De chiquito, cuando tenía once años, nadie me quiso abrazar. Ya está, es eso nada más. Yo tenía once años, iba a algún cumpleaños de alguien del colegio, y cuando ponían los lentos yo iba como podía y sacaba a bailar a una chica, después a otra, después a otra más.
Y me decían que no, todas me decían que no, de ninguna manera, no había la más mínima posibilidad. Tenía la frente muy amplia, lo admito, ojeroso, narigón, una carita de loco, una desesperación que me masticaba el alma porque yo veía que el mundo estaba ahí, el árbol de la vida lleno de frutos y fragancias pero no había ni un durazno para mí. Nada, algo que venía dado y contra lo cual no se podía luchar.
Acá viene lo gracioso, lo divertido, quizás lo original. No maté esa sensación, ese dolor, esa tristeza de saber que nadie me quería abrazar. En lugar de volverme campeón de algo, pianista o un asesino serial, simplemente dejé que ese dolor habitase dentro de mí, lo dejé estar.
Se ve que pasa el tiempo y el dolor, como cualquier otro organismo vivo, va mutando, se transforma en otra cosa. Así como por la contraria, una chica que fue demasiado linda demasiado pronto se pone fea, se arruina. El cine está lleno de ejemplos así. La macaulayculkinización de la vida, podríamos decir.
El dolor segregó algo, una indefinible sustancia, una desesperada alegría sin la más mínima causa, algo que flota y canta su irresistible canción. Sin explicación ni motivo, ajeno a mi voluntad.

20.8.23

Todos tus Kevin


Cuando llueve y cada vez que llueve la gente se fastidia, la gente se fastidia mucho, por la lluvia. La gente intenta refugiarse bajo inexistentes techos porque la ciudad aprovecha, cuando llueve, para llorar, para llorar por todas partes, para llorar amargamente por todo lo que no fue, por todo lo que no será nunca jamás.
Cuando hace frío y cada vez que hace frío la gente se enoja, frunce el ceño, la gente se pone abrigos y bufandas y tiemblan un poco o se frotan las manos mientras ven algún afiche o un comercial de televisión donde otra gente camina por playas donde los ananás cuelgan de los árboles y hay multicolores pájaros y hay palmeras. La gente se sube el cuello del abrigo y maldice el frío como quien maldice todas esas vaginas que alguna vez fueron tibios y fantásticos refugios esperando todas esas pijas mustias y arrugadas para siempre.
Cuando hace calor y cada vez que hace calor la gente se queja y resopla al subir diez o quince peldaños de una escalera, la gente se abanica un poco con radiografías de columnas torcidas para nunca más volver, con revistas de espectáculos en cuyas tapas una feliz pareja se abraza y se besa después de haber descendido esquiando una montaña de Austria o de Suiza. La gente lee que esa pareja fue a celebrar el nacimiento de su hijo Brian o Jonathan o quizás Kevin, usan guantes y gorros de lana multicolores y tienen las mejillas sonrosadas por el frío mientras en Buenos Aires no hay ni siquiera la posibilidad de consumir una bocanada de aire más o menos decente. Buenos Aires en verano es la muerte y saber que estás muerto.
Y yo, que estoy fastidiado desde que puedo recordar, que estoy amargado desde siempre (desde que Andrea o Gisela no quisieron bailar un lento conmigo en aquel baile de la primaria, más que probablemente), que me he quejado, sabe Dios que me he quejado desde mi más tierna infancia, he maldecido mi suerte y bueno, no puedo hacer otra cosa que maravillarme ante tu candorosa superficialidad, tu climático tormento.

10.8.23

Ni víctimas ni verdugos


Me han dejado, claro que me han dejado. Me han dejado casi siempre, me han dejado mucho. Y cuando me han dejado, cada vez que me han dejado, me sentí para el culo. Cuando alguien te dice que lo tuyo no alcanza, no sirve, cuando sos informado que vivir justamente sin vos es algo perfectamente normal, una experiencia de lo más vivible por decirlo de algún modo. Cuando te recuerdan que vivir sin vos es algo absolutamente posible (menos para vos, qué curioso) te ponés triste, te ponés mal.
También, a veces, he dejado a alguien. Y cuando dejás a alguien te sentís mal, seguro. Porque no odiás a la persona que dejás, al menos no es mi caso, sino que lamentás. Lamentás que la persona no tenga el talento o la capacidad para que no la dejes. Porque la culpa no es de la persona, lo sabés, la culpa es tuya porque no sabés cómo carajo vas a hacer para poder volver a entusiasmarte con el mismo truco de magia, una magia berreta además, una magia donde ya todos conocen prácticamente todos los trucos de memoria. Sin sorpresa no hay posibilidad de magia.
Así que ahí estamos en medio de la escalera mecánica de la alegría que va siempre hacia abajo, tratando de coger un poco, compartir un vaso de vino, reírnos de cualquier cosa porque estaba bueno reírse, quedarse mirando la risa que flota en el aire como quien mira un pájaro que despliega sus alas, dormir juntos, las ganas de abrazarse bien fuerte antes del próximo fracaso.

30.7.23

Curando al ave


Íbamos por la calle. La había ido a buscar para llevarla a renovar el documento. Me había dicho que tenía que renovar el documento, o le habían robado el documento. No había prestado atención, quizás no me importaba. Me había pedido que la acompañara y la dependencia ministerial para el trámite quedaba por el centro. Así que la idea era que desayunáramos juntos y después nos tomáramos un taxi al centro. Yo trabajaba en el centro que es todo lo malo, es la muerte, pero supongo que lo mismo podría decirse prácticamente de cualquier trabajo.
No me gustaba ir con el auto al centro ni loco, a duras penas podía cuidarme yo como para tener que andar arrastrando un automóvil. Viajar en subte o en colectivo era sencillamente morir, era estar muerto y saber que estás muerto. Las delicias de la vida de ciudad, tampoco estoy dispuesto a cosechar frutos en el bosque o a levantarme a las cinco de la mañana para ordeñar una vaca, y me molestan los mosquitos. La elección es entre lo malo y lo peor, siempre. Lo bueno buscalo en netflix no sé, lo bueno no vino, olvidate.
Caminábamos dos cuadras hasta Directorio para tomar un taxi. Era muy temprano, porque la idea de renovar el documento, al parecer, consiste en llegar temprano, lo más temprano posible, y esperar. El 97% de la vida es esperar, no sé si te comenté.
Hacía calor, me olvidé de decir que hacía calor. Un calor del carajo. Enero en Buenos Aires, el horror de estar vivo.
Íbamos caminando entonces, decía, y debemos haber mirado los dos lo mismo, al mismo tiempo. Una paloma, blanca, eso era lo raro, una paloma blanca caída de costado sobre la mugrienta vereda. Fulminada por el impiadoso calor, todavía viva pero exánime, sin fuerzas para remontar vuelo, vencida por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo.
Nos detuvimos junto a la paloma. Nos soltamos nuestras transpiradas manos. Gisela se arrodilló, se puso en cuclillas junto a la paloma. No tuve más remedio que arrodillarme yo también. Crujieron mis fatigados meniscos.
Gisela, muy seria, se descolgó la cartera del hombro para estar más cómoda. Cerró los ojos, hizo un par de pausadas respiraciones. Y aplicó ambas manos sobre el minúsculo y extenuado pecho de la paloma, casi sin tocarlo, o rozándolo apenas. La paloma viéndolo todo con su ojo lateral, aterrorizada sin dudas por la crueldad del mundo.
Es que Gisela, entre las cosas que hacía, entre pilates y taebo y dos veces por semana a la psicóloga y cursos de fotografía, había empezado a practicar reiki. El poder de sanar con las manos, de rectificar estados anómalos, de transmitir energía.
Me puse de pie, con respeto, con cuidado. Me alejé dos o tres pasos mientras Gisela permanecía con las manos apoyadas sobre el cuerpo del ave, encendí un cigarrillo. La otra noche había hecho algo similar, bastante similar, conmigo podríamos decir, y no había conseguido gran cosa. Ni una chispa ni nada.

20.7.23

Para que te sientas cada vez mejor


Es de lo más común, lo sabe todo el mundo mayor de treinta años, la vida en la ciudad enloquece. No importa mucho si sos profesor de un colegio secundario o ingeniero industrial, si te casaste hace siete años y tenés tres hijos divinos o si ya te divorciaste y tenés tres hijos horrendos, si estás haciendo algo de dinero o todavía no la encontraste, si cambiaste el auto o tenés una amante en la oficina.
Estás triste, claro que estás triste, todos están tristes. Angustiados, deprimidos, ansiosos. No es tu culpa tampoco, así se vive. Está en el aire, en las antenas de los celulares, en los noticieros que repiquetean cada desgracia ad nauseam, en el ruido de la calle que no va a parar jamás.
Así que vas al psicólogo, claro que vas al psicólogo que no te medica pero te escucha, o vas al psiquiatra que no te escucha pero te medica. Estás mal y te gustaría estar bien, es de lo más normal.
Pero sentís que no le encontrás la vuelta. El tratamiento se alarga. Te ayuda a acomodar algunas tristezas, o te bajan las vueltas a rivotazo limpio para que puedas volver a dormir, o te vas dando cuenta que todo el mundo tiene problemas, que envejecer es eso, mantener algunos platitos en el aire mientras todos los demás se van cayendo, mientras los demás platitos de tu vida se hacen moco contra el piso y vos los mirás. Prioridades, prioridades.
Acá entro yo. Acá viene mi infinito aporte, mi refulgente, áurica ayuda, mi toque de magia. Para que estés mejor, para que te sientas cada vez mejor. Para que quizás incluso te cures.
Subí por las escaleras. Nada más, eso. Cuando vas al psicólogo, subí al consultorio por las escaleras. Despacio, a tu ritmo, al ritmo de una caminata lenta. Tienen que ser dos o tres pisos, si vas a un psicólogo que tiene un consultorio arriba de un tercer piso tenés que hacer la cuenta para subir como máximo tres pisos por las escaleras. Supongo que sabés sumar. Si sabés sumar es bien probable que sepas restar, también.
Subí por las escaleras, entonces. Entre uno y tres pisos. Llegás, pasás, y te sentás. Vas a ver que tus problemas te importan cada vez menos, mucho menos. Querés hablar menos, querés un vaso de agua y respirar un poco, con eso te arreglás.

pd. Podés no ir al psicólogo, podés subir un par de pisos por la escalera yendo a la casa de tu tía Berta, lo más bien.

10.7.23

No hace falta que me lo recuerdes


Sucede últimamente, me pasa, que alguien me habla. En la calle, en la parada de un colectivo, o si estoy esperando para cruzar. Me gusta esperar que el semáforo cambie de color. No importa qué color, me gusta el color, algún color. La cáscara de las mandarinas, un ovejero belga al que le brilla el pelo, esas cosas. Si vivís en un ciudad te vas acostumbrando a las distintas tonalidades de gris, ya casi no hay color. Se debe haber dejado de fabricar.
El asunto es que alguien me habla. Alguien me dice ‘hola, Juan’, o ‘¿vos sos Hundred, no?’. Y cuando digo que sí, cuando no tengo más remedio que decir que sí, entonces la persona se ríe, se pone contenta y me cuenta algo. Algo que yo hice o que yo dije alguna vez, algo fuera de lo común, fantástico. La vez que levanté la mano en sexto grado y dije algo que hizo reír a carcajadas a la maestra, o la partida de ajedrez que le gané al que luego sería campeón argentino, o la trompada que le di a un rosarino en Villa Gesell, no sé. Chicas que se acuerdan de mi entusiasmo al coger y me dicen que nunca más volvieron a ver algo semejante, mis ganas de chupar la concha, de meter el hocico como si adentro de la concha hubiera algún secreto que no se me podía escapar. Jamás volvieron a sentirse tan deseadas como aquella vez.
El problema es que la persona insiste en repasar una anécdota que me involucra. Y cuando finalmente insiste en el detalle, logro recordar, qué remedio, la situación, el contexto. Y recuerdo con toda claridad, con fulgurante estupor, que cuando pasaba lo que pasaba, cuando sucedía lo que sucedió, eso que vos no podés olvidar, lo fantástico que fue, bueno, yo no estaba bien. Yo estaba triste, angustiado, la estaba pasando mal.
Pero, no deja de ser curioso, eso no me impidió hacerte feliz o divertirte, ser tan genial. Como ahora, más o menos.

30.6.23

Pesadilla


Tuve un sueño, soñé que me moría. No, peor, mucho peor. Me perseguía un monstruo, un horrible monstruo como jamás hayas visto. Me perseguía y yo corría. Sabía que tenía que correr, escapar, pero estaba al límite de mis fuerzas, corría y sabía que sería inútil, que finalmente me alcanzaría.
Después caía. Tropezaba y caía a un infinito precipicio, caía y caía. Seguía cayendo y mientras caía esperaba el impacto, pero el impacto no llegaba y era peor, imaginar el impacto, preparar tantas veces el inaudito dolor.
Corría, nadaba, al límite de mi ser. Me disparaban de lejos con flechas, con cerbatanas, dardos con curare. Había cocodrilos, podía oír el chasquido de sus fauces en medio de la cenagosa noche. Y en cada chasquido esperaba descubrir con absoluto espanto que me habían mutilado, que me faltaba una pierna o un brazo.
Había víboras también, deambulaba desnudo en medio de una selva, oía el siseo de las víboras, sentía un pinchazo y pensaba ya está, ya fui mordido por una mamba negra pero no. Había sido el chicotazo de una rama arañándome el rostro o una pierna. Lloraba, me salían sollozos de niño porque sabía que nadie vendría en mi ayuda. Lloraba y corría.
Lanzaba trompadas al aire intentando una vana defensa. Pero mis golpes carecían de potencia y de puntería. Cuando lograba pegarle a algo, ese algo no se inmutaba, sonreía.
Entonces me desperté. Agitado, sudoroso, exhausto, impregnado aún del horror, de la pesadilla.
Era domingo, supe que era domingo y ahí estabas vos. Cerré los ojos bien fuerte. Ahí estaba vos. Era Domingo y amanecía.

20.6.23

En el desierto


A veces me parece que sólo yo envejezco. Sólo yo soy arrasado por el twister del tiempo mientras todos los demás siguen tal como los conocí, cuando los conocí, cuando era interesante o entretenido conocerlos. Hace tanto tiempo.
A veces me parece que todos hacen algo, a todo el mundo le pasan cosas, todos se casan o tienen hijos o construyen casas o se van a estudiar a Europa o les descubren una incurable enfermedad o aprenden a hacer esquí acuático o aladeltismo. Mientras yo sigo más o menos igual que siempre parado en esa esquina, con una particular mezcla de estupefacción y congoja, esperando a esa chica que nunca vino.
A veces me parece que todo el mundo es feliz, todo el mundo se coge a una secretaria o a un primo y se filman con sus teléfonos celulares recién comprados y suben los videos a instagram para que la gente deje emotivos comentarios sobre los respectivos tamaños de tetas o garompas o quizás de las dos cosas. Todo el mundo es invitado a fantásticas fiestas de disfraces donde sirven cocaína de la mejor con Pommery Brut Royal y podés disfrazarte de conejo o de hombre araña y podés bailar con gatúbela o la mujer maravilla que te ata de la cintura con su lazo dorado hasta que ambos caen abrazados sobre la pista. Todo el mundo sale después de fornicar con una preciosa chica con el pelito cortado a lo varón, salen al balcón, decía, y es de noche y se escucha el sonido del mar, se puede oler el mar aunque no se lo ve y el viento te da en la cara y el whisky está riquísimo.
A veces me parece que sólo yo escribo.

10.6.23

Sabor a multiple choice


Fuimos al velatorio de la mamá de M. Era un mujer muy mayor, la mamá de M., y había estado enferma bastante tiempo, pero aún así podríamos decir que la muerte llegaba de improviso, siempre. La muerte, por paradójico que parezca, resulta un acontecimiento inesperado a pesar de su certeza. Que no hay manera de prepararse, eso quise decir.
Habíamos estado un par de horas con M. en la sala de velatorio. Clima particular si los hay, el de una sala de velatorio. Ese olor tan característico. Y los dolientes, los que lloran, los que parecen sumergidos en una congoja que va a durar para siempre, los callados, los que saben que la única manifestación posible es el silencio ante la totalizadora experiencia de la muerte, los expansivos, los que creen que uno debe comportarse como si se tratara de cualquier evento social, de una fiesta, y contar chistes, alguna anécdota a los gritos, y piden que alguien les convide un cigarrillo.
Nos despedimos de M., le prometimos volver al día siguiente, bien temprano, para el entierro. Nos dijo que se quería quedar con su familia, nos pidió que nos fuéramos.
Debían ser las doce de la noche, salimos por Juan B. Justo. Éramos Matías, el Pipi y yo. Matías dijo que tenía hambre.
–Vamos a comer un par de porciones a Angelín, que está acá nomás –dijo el Pipi.
–Sí, vamos –yo tampoco había cenado.
Pedimos la pizza y un par de cervezas. Las cosas que nos alejan de la muerte.
Pero el tema estaba ahí, demasiado contundente.
Matías contó que había ido a ver a la mamá de M. cuando estaba internada en terapia intensiva. Dijo que cuando lo dejaron entrar vio gente ahí, uno al lado del otro, separados apenas por una cortina, un biombo. Gemían de dolor, algunos, mientras un cáncer les masticaba el páncreas o el hígado, dolores en fila.
–El dolor, lo peor es el dolor –dijo Matías, y se comió media porción de fugazzetta de un bocado.
–No sé, che –dijo el Pipi–. Mi viejo tuvo demencia senil, se chifló. Ir a ver a un tipo que no sabe quién es ni quién sos, que no te reconoce, un tipo que se pisha encima y sigue viviendo como una planta. Creo que peor es eso.
–Tenés razón –dijo Matías–, quizás tenés razón, eso también es una cagada. No sé qué es peor, te digo la verdad, si el dolor físico, o la inconsciencia esa.
–Lo que me gustaría saber –dije, serví más cerveza–, es por qué siempre hay que elegir entre lo malo y lo peor, hasta para morirse –levanté la botella y la miré a trasluz, un innecesario gesto porque el peso indicaba la ausencia de líquido–. Pido otra.

30.5.23

Podés llamarlo experiencia


Me pasa que cuando tengo infectado un dedo del pie o de la mano por haber estado jorobando quizás, arrancándome un pedacito de uña, voy a un bar y pido un café con leche. Y meto el dedo.
Me pasa que cuando me duele la espalda, cuando me quedo duro de las cervicales o cuando me mata el ciático, lleno la bañera con agua bien caliente para hacerme un baño de inmersión. Tiro, antes de meterme al agua, un tercio de una botella de whisky. Del bueno.
Me pasa que cuando alguna noche estoy con tag o con toc o tctp (tachín tapún), cuando tengo pánico o miedo del sencillo, a la muerte, al mundo en general y a los boludos en particular, pongo debajo de la almohada un pedazo de mortadela Paladini y un poco de queso parmesano o provolone, o port salut, y me acuesto a dormir.
Me pasa que son muy pocas las cosas me han permitido seguir adelante, sin importar lo que me pasa.

20.5.23

En círculos


El hombre se saca sangre, una lluviosa mañana. Es un análisis de sangre, rutina. Pero las cosas salen mal. Lo llaman al hombre, antes que el hombre se presente a buscar los resultados del análisis, a los tres días.
Lo llaman al hombre, del laboratorio. Le dicen que pase, por favor, que tienen que hablar con él. Una doctora quizás excesivamente delgada y mal dormida le comunica, al hombre, lo peor. O algo parecido a lo peor. Le dice, la doctora, al hombre, que tiene sida. La doctora habla de las contrapruebas, de los reactivos, de que hoy existe nueva medicación, no se muere más de eso, hay que adaptarse a una nueva vida.
El hombre vuelve a su casa. Vive con su mujer aunque no están casados, hace cinco años. No tienen hijos. El hombre coge, regularmente, con su mujer. Una vez por semana, y los domingos.
El hombre tira los análisis sobre la mesa, y reputea a su mujer.
–Sos una puta hija de puta –le dice. También le dice que ya no tiene sentido vivir juntos, que se va a alquilar un departamento, que no quiere verla nunca más en su vida.
La mujer va a su trabajo, al día siguiente. Pide hablar con su jefe, entra a su oficina.
Le dice la mujer a su jefe que los descubrieron, que su marido, el de ella, aunque técnicamente no es su marido, sabe todo. Que ella va a ir a hablar con recursos humanos, porque fue él, el jefe, el que la invitó aquella vez a que se quedara trabajando después de hora. Y ello no quería, no quería pero él la alcanzó con el auto, y paró el auto. Y él le había dicho que ella le gustaba tanto y ella estaba tan aburrida. Ella le hizo una felación, sexo oral, creo que así le dicen, en el auto, fueron un par de veces, hacía como tres meses o seis, y después nunca más nada. Cogieron una vez en un hotel de San Cristóbal donde el acolchado era violeta y tenía pulgas. La cosa no pasó de ahí.
Le dice la mujer al jefe que tiene el teléfono de su casa, de la casa del jefe. Que va a llamar y le va a contar todo a su mujer, a la mujer del jefe porque él, el jefe, le arruinó la vida.
El jefe, que viene mal, que viene con un trastorno de ansiedad que le mastica el corazón en treinta y tres pedazos y no da más, que no aguanta mucho a su mujer ni a sus hijos ni tener que ir a la oficina cada maldito día, se mata. Ese mismo domingo, mientras toda su familia está en la quinta en Benavidez dice que tiene mucho trabajo atrasado, vuelve al departamento de Palermo, se toma media botella de whisky y se pega un tiro en la boca con la Glock calibre .40 que compró por motivos de seguridad. Se pega un tiro sentado en el sillón del comedor, con la televisión encendida. Viendo dibujitos animados en un canal que repite programas muy viejos, los dibujitos animados que veía en la niñez y que lo hacían reír. Recuerda que los dibujitos lo hacían reír aunque no consigue recordar su risa, cómo era su propia risa cuando era chico.
Como se murió el jefe, como se pegó un tiro, me llaman a mí. Soy subgerente de casa central de Garomp Inc., y me ofrecen finalmente el cargo de Gerente General. Buen sueldo, auto, tarjeta corporativa, las delicias de la vida de ejecutivo. Cuando ya había abandonado esa ambición, cuando pensé que ya no sucedería.
Me encuentro con una piba, por el centro. Fuimos juntos a la primaria. Está divorciada, es bioquímica, usa lentes sin marco, fuma mucho. Empezamos a coger, yo ando mucho más suelto de plata, la llevo a cenar afuera, nos vamos un fin de semana a Pinamar. La pasamos bien.
–Te cuento una –me dice, mientras se seca el pelo con un toallón verde algo desteñido–. Hace poco pasó algo jodido. Le dijimos a un tipo que tenía sida y al final los análisis no eran los de él, la boluda de la secretaria pegó mal una etiqueta en el tubito. Lo tuve que llamar yo para decirle que había sido un error, que le habíamos dicho que tenía sida y en realidad no tenía. El tipo me miraba y era evidente que estaba contento, pero no podía salir del shock. Se puso a silbar. Hacía dos semanas que le habíamos dado la mala noticia y ahora le decíamos que era un error. El tipo me dijo gracias, muchas gracias, como veinte veces. Después se desmayó, le bajó la presión. Cuando reaccionó lloraba, de la emoción. Lloraba y se reía.
A la semana me llama ella para decirme que quiere tomar un café conmigo. En el laboratorio le salió que tiene sida. No entiende cómo, quizás se pinchó alguna vez con una aguja durante el trabajo. Sí, lo chequeó dos veces. Quizás en el dentista. Convendría que yo, bueno, que me haga ver.