20.4.21

Paquete para el señor Hundred


Tocaron el timbre, raro. Conozco algo de gente, claro, como todo el mundo. Pero no recibo visitas, no tengo vida social por decirlo de algún modo. Casi no atiendo.
–¿Sí?
–Paquete para el señor Hundred –dijeron por el portero eléctrico.
Bajé.
Miré desde adentro ni bien bajé del ascensor. La puerta de entrada del edificio es de madera, pero tienen a un costado un gran panel de vidrio. Pensé en donde vea algo raro, alguien que te quiere vender algo, o un par de personas que quieren darte un folleto y decirte que Cristo es el camino, bueno. Ni siquiera los puteo, simplemente me meto de nuevo en el ascensor y listo.
Pero no, un tipo vestido de violeta clarito, y la gorrita con la inscripción de ‘OCA’. Un tipo bajito además, con lentes, algo encorvado. Inofensivo me pareció. Tenía una caja en la mano. Una caja de cartón, no excesivamente grande, rectangular.
–Buenos días –dije.
–¿Hundred?
–Sí –dije.
–Una firmita, nada más –Le firmé una planilla, hice un garabato. Se sonrió, me dio la caja.
–Gracias –dije–. Qué raro.
El tipo saludó y se fue. Me quedé por un instante ahí, con la caja en la mano. ¿Papeles? ¿Un libro? No, ni siquiera eso, no pesaba tanto.
Miré el paquete, nada. Mi nombre y mi dirección. Me mudé hace poco, no se lo dije a nadie. Sacudí la caja, nada.
Sonó un bocinazo y una puteada. Un auto que dobló bruscamente sin hacer el guiño. Pasó una señora con su perro que siempre pishaba en el mismo árbol. Un Schnauzer miniatura, lo tenía visto.
Raro, todo muy raro. Abrí la caja, metí la mano.
Una bombacha. Eso es lo que había. Ni una carta, ni una nota, nada más que una bombacha. Blanca, la bombacha, de algodón, con ositos dibujados, pequeños ositos. Y un fino detalle en el elástico, no sé cómo se llama eso.
Nada, sin identificación, quién podía haberme enviado una bombacha. Cuál era el significado.
Entonces, como un acto reflejo, apreté la bombacha en un puño y la olí. Hundí mi nariz y respiré. Ahí estaba tu olor, el olor de tu vagina fresca, recordándome que lo mejor que me había pasado en este mundo estaba, justamente, en algún recóndito pliegue del pasado.
Caí de rodillas sobre la vereda, me desmoroné, todavía con tu bombacha apretada contra mi nariz. Lloraba, lloraba como un chico, y la gente que pasaba me miraba con una mezcla de comprensión y empatía. Esas cosas que se suelen sentir en presencia de alguien al que acaban de darle una pésima noticia, alguien que acaba de enterarse de algo malo.

10.4.21

No tenés por qué saberlo


Lo que te voy a decir no te va a gustar, y es probable que no lo entiendas tampoco. Quizás sea lo mejor.
Los hombres y las mujeres son diferentes. Ya está, ya te lo dije. Es muy fuerte lo que te estoy diciendo, lo sé.
De la angustia, de eso estoy hablando, de cómo sufre y se manifiesta la existencial angustia y sus profundas implicancias, tan distintas para ambos grupos. Y sí, claro, tiene que ver con lo sexual, aunque estemos hablando de otra cosa.
En el hombre la tristeza, la angustia que comienza a manifestarse de inexorable manera, ponele, a partir de los cuarenta años (yo diría que es antes, a los treinta y cinco lo más bien, en mi caso a los once), tiene todos los atributos de una incapacidad. Acá viene la analogía, para nada trivial por cierto. El hombre, por constitutiva característica, por antropomórfica definición, tiene pito. Y entonces, lo relativo a la tristeza sucederá, tendrá el sabor, la esencia, de la pérdida de su capacidad. El arma pierde eficacia, potencia. Uno ya no logra subirse al árbol de la alegría para arrancar un durazno con la acostumbrada suficiencia, todo se vuelve más difícil. Cuesta arriba. La tristeza podría verse como una disminución de efectividad.
En cambio para la mujer, bueno, la tristeza es vacío. Para la mujer la angustia es hondura, agujero. La tristeza tiene la sustancia de lo que no puede ser llenado, en la mujer, la tristeza está hecha de todo lo que le falta. La mujer busca algo que ni siquiera sabe qué es, y que desde ya no encuentra. No es algo que no anda, es algo que falta. La diferencia es tan total como sutil.
Lo que tenés que saber, entonces, es que los hombres y las mujeres son diferentes. Lo que los atormenta es diferente, se ponen tristes de diferente manera. Y no, saberlo no resuelve nada, tu pregunta es parte de lo que te acabo de contar.

30.3.21

No hay que dejar que la tristeza pase al cuerpo


Me lo habían recomendado, al psicólogo. Una amiga me dijo que valía la pena probar, que a veces uno no le encontraba la vuelta a las cosas que te pasan y la mirada de alguien, de otro, un profesional en la materia, puede ayudar. No tiene nada de malo pedir ayuda, me dijo. Yo no andaba bien.
Fui a la primera sesión. El consultorio estaba en un edificio antiguo, señorial, sobre la calle Talcahuano. El psicólogo, M., era un hombre no muy alto, flaco, peinado para el costado. Usaba un pulóver escote en ‘V’ o camisas a cuadros o las dos cosas, usaba lentes sin marco. Parecía amable, serio, respetuoso, el consultorio tenía una pared repleta de libros, la mayoría en inglés. Había un escritorio de los de antes, oscuro y macizo, había un espejo de pie, había cómodos sillones ‘chester’.
-El amor no existe –dije–. Después no dije más nada. A los cuarenta y cinco minutos me levanté y me fui.
Volví a la semana siguiente. Parecía que M. se había cortado el cabello o lo tenía húmedo. Usaba otro pulóver escote en ‘V’, otra camisa, había sobre el escritorio una taza de café.
Me senté. Me desabroché los puños de la camisa. Respiré un rato.
-La felicidad no existe –dije. Después pregunté si podía fumar, M. asintió. Habrá pasado media hora, fumé dos puritos holandeses, baratos y fuertes. Me fui.
Pasó otra semana, volví.
-La vida no tiene sentido –dije. Cerré los ojos. Creo que me dormí un rato. Después me fui.
Una semana más.
Volví, entré, me senté en uno de los sillones.
-Bueno –dijo M. –. Yo creo que sería bueno..
-No me hables –le dije–. Si me llegás a hablar te voy a meter una de las patillas de los anteojos por el culo, pelotudo.
Me levanté y me fui. A las dos semanas llamé para avisar que no iba a ir más.

20.3.21

Situación vital


Hay un problema, mirá. Yo estoy solo hace mucho tiempo, estoy solo desde que puedo recordar te diría. No, estar solo no es el problema, estar solo es la cosa más natural del mundo.
Tiene que ver con estar solo, pero de tangencial manera. Porque cuando estás solo siempre hay alguien que te conoce, un amigo, alguien del laburo. Alguien que te presenta a alguien porque te quiere ayudar.
Te presentan a alguien, a una chica en mi caso, y vos vas, salís. La llevás a cenar sin demasiadas expectativas pero salís. Para oxigenarte, para ventilarte un poco, tampoco te podés pasar cinco años seguidos comiendo pizza en calzoncillos, tomando whisky en una habitación a oscuras, uno se va convirtiendo en un monstruo del pantano.
Salís entonces. Vas a cenar, en eso estamos. Tratás de ser un humano, un mamífero mediano más o menos agradable. Vas a una parrilla de barrio o a un restorancito italiano no demasiado pretencioso. Charlás un poco, pedís un vino.
Acá empieza el asunto, si vos querés el problema.
La chica, la chica que vino a cenar con vos. Habla un poco, también. De lo que es, de lo que le sucede, de su situación vital por decirlo de algún modo. Elabora, no está de más aclararlo, una versión mejorada de sí misma.
Acá estamos. Esto es lo que quería decir, todo lo demás, lo que dije antes, no tiene la menor importancia.
La chica habla y vos te das cuenta que de todo lo que habla, lo que la define, lo que vendrían a ser ‘sus logros’, bueno. Tienen que ver con la privación. La chica está orgullosa que come sin sal, o que logró dejar de fumar, o que toma sólo una copa de vino durante la cena. La chica habla de correr a lo sumo, de adelgazar, de respirar de determinada manera que le enseñaron en un curso de yoga.
Tenemos entonces a alguien que te explica de todo lo que se está privando en la actualidad. Eso es básicamente su carta de presentación. La pulsión que la mueve.
No queda nada en ella en lo que quiera ir, por decirlo de algún modo y todavía, hacia arriba. Jugar al backgammon, pintar con crayones, comer mantecol.
Ha empezado mucho me temo la fatiga de materiales, la decadencia y caída, mientras no se te ocurre otra cosa que privarte, privarte de algo, de todo. Hasta que llegue la noche más oscura que jamás imaginaste y no tengas nada más que soltar para que tu aerostático globo hecho de la nada misma consiga mantenerse en el aire.
Te alcanzo hasta tu casa, sí, estuvo muy buena la cena, no por favor dejá. Pago yo.

15.3.21

Ahora que están todos a mil


Este año tengo pensado comer las milanesas, durante un tiempo, unos meses, con mostaza. Y después, otros meses, con mayonesa.
Este año tengo pensado desayunar en bares un cortado y una medialuna de manteca, o un café y una medialuna de grasa.
Este año tengo pensado tomar vino durante la temporada otoño-invierno, y cerveza, durante la temporada primavera-verano. Y whisky, claro, todo lo que sea necesario. Siento pena por la gente que no bebe, dijo el poeta.
La gente que fantasea con cambiar de vida me generan resquemor y ternura. Soñar con ser otro es un objetivo tan ambicioso como inútil. Las expectativas suelen ser no mucho más que una esposa gruñona que se dedica a remarcar todo lo que le disgusta de vos, pero tampoco es capaz de huir a ninguna parte. A mí me parece que el fracaso es un sillón en el cual conviene sentarse lo más cómodo posible. El discreto encanto de tomarse las cosas con calma.

28.2.21

Aguas profundas


El problema de encontrarte con alguien veinte años después, después que lo conociste, a ese alguien, es que no queda nada. Vas y buscás en su rostro algo de la persona que fue pero no, no hay nada ahí. Y es físico pero no es sólo físico. Es físico, claro, por supuesto, porque la persona a la que conociste no sé, a los quince o veinte años ponele, fue arrasada por el twister del tiempo. Los atributos físicos, algo que hacía brillar a la persona, la frescura por decirlo de algún modo, no está más. Pero pará, se pone peor. Sigue. Las convicciones, los puntos de vista, cualquier cosa que haya tenido de original la persona en cuestión, las ambiciones, los anhelos. Nada, cero, kaput. La persona habla ahora del precio de las naranjas, de yogures para cagar como un colibrí, de bicicletas fijas o de cambiar el auto. Alguien saca y exhibe una foto de una playa donde estuvo de vacaciones alguna vez, una semana como mucho, hace tres o cinco años. En la foto sacada con un teléfono celular y una notable falta de pericia puede verse algo de arena y un par de escuálidas palmeras.
Y listo, no mucho más que eso. Nada queda de la persona que conociste, cuando fue interesante quizás conocerla, hace tanto tiempo.
Para eso es que la gente intenta reunirse con los compañeros de la secundaria o de la universidad, se buscan en facebook o en instagram o hacen grupos en twitter y arreglan para verse con antiguas novias o con los muchachos del equipo de Handball del Club Italiano.
No pueden creer lo que ven cuando se ven, a la mañana frente al espejo. Necesitan confirmar que Dios no se ha ensañado en particular con ellos.

20.2.21

Lecciones de supervivencia


Lo único que tenés que entender es que en el trabajo es contra alguien, siempre.
No, bueno, quizás no lo logré expresar en su total dimensión, no me cuesta nada además, amplío.
El trabajo, o los trabajos, de oficina principalmente. Vos creés que algo puede ser a favor, algo de lo que está sucediendo puede ser a favor de vos o de otro alguien, pero no. No funciona así, por la sencilla razón que el ser humano, el mamífero mediano que se ha dado en llamar ‘hombre’, es la mierda más pura.
Entonces, eso es todo lo que tenés que saber. Si vos pedís algo porque te favorece a vos, una silla o una computadora o estar más cerca de una ventana, no va a suceder. Ahora, si otro alguien quiere tu lugar, entonces puede que te muevan, a vos, y en medio de ese desplazamiento logres llegar a sentarte en un lugar que te resulte más cómodo. Si tenés calor y pedís que te pongan un aire acondicionado no sucederá jamás, pero si un jefe mandó a comprar aires para llevarse uno nuevo a la casa puede que te pongan el viejo a vos. Así sucede, esa es la idea.
Así que sigo viendo y escuchando con ternura alguien que pide, en el ámbito laboral, algo para él. Y alguien, otro alguien, toma nota, alguien lo felicita por la idea, alguien le dice que lo que se le ocurrió, lo que solicita, es justo y necesario. Y entonces el primer alguien, el que hizo la solicitud, al poco tiempo es transferido a cualquier parte, a un sótano o a un pueblito perdido en medio de la nada para que entienda el único mensaje que se impone en todas las oficinas del planeta tierra. No molestes, no jodas.
La forma de funcionar es surfear la ola de otro, jamás la tuya. Vos no tenés ni tabla ni ola ni malla ni protector solar ni entendés muy bien qué carajo es el mar, pero sabés aguantar la respiración cuando alguien se tira un pedo en un ascensor y sonreír al mismo tiempo. De eso se trata, no te vas a ahogar.

10.2.21

Habla de vos


Lombroso tenía razón, mucho me temo. Es jodido, ya lo sé, sus teorías se dejaron de usar, cayeron en el olvido. Peor que Darwin inclusive, porque lo que decía resultaba, por decirlo de algún modo, discriminatorio. Estigmatizante.
Que se pudieran establecer pautas de comportamiento de una persona, rasgos de carácter, con sólo tomarle a la persona por ejemplo las medidas del cráneo, bueno. Es cruel y destruye la posibilidad de redención. Dónde queda la voluntad de cambiar, la posibilidad de mejorar. El libre albedrío.
Pasa algo, se mezcla el celeste cubilete y salís vos con determinada forma del lóbulo frontal. Los dados están echados mucho antes que vos ni siquiera te enteres. Fuerte.
Pero fijate vos que es verdad. No estamos acá para decir boludeces de cortesía ni hace falta mentir. No hay más que verle las orejas en jarra a un pibito de la villa para descubrir la intrínseca violencia que habita en su ser. Podría elegir entre mil adolescentes al que tiene posibilidades de ser un boxeador internacional con sólo mirarle las orejas. Me mostrás, ponele, cien chicas entre los quince y los dieciséis años de algún colegio secundario y yo te puedo decir, con sólo mirarles los labios, la forma de las comisuras de la boca, cuáles se van a dedicar a chupar la pija con fruición. Cuáles de ellas van a hacer de chupar la pija un plan de carrera. Para cuál de esas chicas coger será el único norte y desde ya su fuente de ingresos. Su pulsión.
Y así podría seguir, con los ejemplos. Te definen, los tobillos, el color de tus uñas, tu forma de pararte, tu nariz. Dicen todo lo que hay que saber de vos.
¿Qué? Ah, sí, en tu caso tenés una descomunal cara de boludo. Nada más.

30.1.21

Cambio de paradigma


Fijate cómo funcionan los avances científicos, la ciencia, los acontecimientos en cualquiera de sus manifestaciones.
Se producen saltos, y los saltos son, así se llaman, ‘discretos’. Pero no en la forma que conocemos la palabra ‘discreto’, como sinónimo de reservado, nada de eso. Discreto como distinto de continuo, en un gráfico, no deseo aburrir con matemáticas. Lo importante es que el conocimiento, si pensáramos en un gráfico, viene siendo más o menos una línea, una viborita, que se mueve hacia arriba y zigzagueando, hacia arriba dije, el conocimiento avanza. Y de repente ¡páfate! La línea se corta, no está más, no sigue más nada. Y aparece, en otro punto, en otro punto del gráfico, los gráficos de coordenadas, de dos ejes, a esos gráficos me refiero.
En eso consiste el avance científico, la ciencia. Se crea una cosa, todo el mundo estaba convencido de una cosa hasta que de pronto se descubre que esa cosa no es tan así, esa cosa deja de ser verdad. Se descubre otra cosa que reemplaza a la anterior, cambio de paradigma, así le dicen.
Por ejemplo, por poner un ejemplo, los ejemplos suelen hacer las cosas más sencillas. El huevo, ahí tenés. Después de tantos años que se estigmatizó al huevo, se decía que el huevo hacía mal, que el huevo tenía colesterol. Hasta que alguien, un grupo de científicos, descubrieron un día que no. Que el huevo no es el problema, el huevo no produce colesterol. El problema debe estar en otra parte, de hecho el huevo es sano, hace bien.
Un ejemplo al revés, controvertido por cierto, sería correr. Se puso de moda en las grandes capitales de occidente, hace muchos años, eso de correr. Correr era estar sano, correr era cool, te venden zapatillas hechas con piel de culo de guepardo bebé, correr hace bien. Pasaron los años, todo el mundo se puso a correr como desesperados. Hasta que alguien, un traumatólogo, mostró lo que sucedía en su consulta. Si ves a las personas de más de cuarenta años que se han pasado, no sé, más de tres años corriendo, no queda nada. Se arrastran, reptan de costado, no tienen rodillas, vendieron sus rótulas al infierno. Les duele hasta sentarse para cagar, sufrirán horrores hasta la muerte porque alguien dijo que había que correr. Lo único que había que hacer era caminar. Las mujeres peor, de tanto correr las tetas les quedan a la altura de la cintura. La celulitis les mastica el alma, en fin. Alguien descubrió que correr no hace bien, correr hace mal. Pero vos te enterás treinta años después.
Ahora, con respecto a lo que escribo, ahí no. Te parece una mierda ahora y te seguirá pareciendo una mierda dentro de algunos años. No veo que eso vaya a cambiar.

20.1.21

Talles grandes


Entré al shopping, domingo, tres de la tarde. Dejé el auto a una cuadra.
Tenía un cumpleaños el miércoles, alguien no había tenido mejor idea que cumplir años e invitarme. Tenía que ir, era un amigo. Tenía que comprar un regalo.
Entré a un negocio, adentro del shopping, a comprar una camisa. Una camisa con una jirafita o un chanchito o un cocodrilo o un caballo, una camisa de marca que dice que el que la usa también es de marca. Boludo marca cañón, esa es la marca.
Dos vendedores conversando. El local vacío, Enero en Buenos Aires. Si estás en Enero en Buenos Aires fracasaste, Enero en Buenos Aires es el horror de estar vivo, creo que ya lo dije.
–Buenas tardes –dije, intenté parecer correcto, despreocupado, amable–. Te pregunto por una camisa.
Señalé una camisa que parecía buena, con unas rayas verticales casi imperceptibles, una tela fresca, mangas cortas, de verano.
–¿Es para vos? –dijo uno de los vendedores, y lo vi. Podría no haberlo visto pero justo levanté la vista y lo vi. Una minúscula, casi imperceptible sonrisa, dirigida al otro muchacho. Como diciendo ‘no es para vos, no te entra, no te queda, sos horrible’.
–Ah, sos gracioso –dije y separé un poco las piernas para afirmarme–. No, master, no es para mí. Si te fijás bien, es una camisa muy suave, una camisa para putitos como ustedes –los señalé, a los dos–. Camisas para pibitos que se creen piolas y se pasan doce horas por día encerrados en un negocio de mierda como éste. Escuchando esta música hasta que la música se te mete en la sangre y te licúa el bocho. Te creés que sos piola, a ver, pará, debe ser por el pelito, ¿no? Porque te podés atar el pelito cuando vas a jugar al fútbol, y casi seguro debés tener abdominales. Debés ganar minas en los boliches, tenés todos los dientes, te podés poner en cueros en la playa. Bueno, acordate lo que yo te digo, después de estar diez años acá adentro y respirar este aire de mierda, mezcla de ébola con esencia de damasco, ni te vas a acordar que alguna vez empezaste a estudiar teatro. Vas a echar panza, y vas a dejar embarazada a alguna burrita del local de al lado. Ahí sí que se te va a poner divertido. Cuando no puedas seguir viviendo con tu mamá y no te alcance la guita para el alquiler. Ahí voy a pasar yo a ver cómo se te chamuscaron los dos pelos que te van a quedar en la cabeza. Y la gastritis de comer la mierda que venden en el patio de comidas, o unas buenísimas hemorroides que laten, que sangran. No, la camisa no es para mí, la camisa que vos no podés comprar y yo sí, es para un regalo. Esa camisa a mí no me entra, así que te podés reír tranquilo fenómeno. Disfrutalo.
–Viene también en celeste –dijo el muchacho y tuvo un hipo, me pareció que lloraba–. Te quise decir que esa es ‘M’, también hay talles grandes.

10.1.21

Hacia lo divino


Si te fijás, si vivís en una ciudad del occidente capitalista civilizado por decirlo de algún modo y te fijás, vas a ver que siempre hay ruido.
La verdadera contaminación, lo que te come y te deja el bocho como un pedazo de bizcochuelo pishado por un oso pardo es la contaminación auditiva. Sí, claro, informativa también, el signo de los tiempos. Pero en este caso hablamos del sonido, del ruido, algo que te entra por las orejas. Porque llegado el caso podrías apagar la computadora, dejar de ver videitos por youtube o dejar de jugar a la playstation como un pelotudo cósmico. Pero el ruido no lo manejás vos. Ahí está la gracia.
Vas a tomar el subte y ahí estás, en medio de trescientas veinticuatro mil quinientas dieciocho personas hablando boludeces por sus teléfonos celulares. Salís a la calle y los automóviles te frenan en la cabeza, justo en la cabeza, para inmediatamente después volver a arrancar. Vas a un bar a desayunar, a tratar de recomponer los frágiles fragmentos de tu vida, y desde un televisor de 99 pulgadas te tiran baldazos de pop latino hasta que no sabés si tenés un ataque de epilepsia o estás bailando como chayanne. Te wisinyandelizan la bolsa de los huevos.
Los que han iniciado alguna suerte de travesía espiritual te explican que en realidad la dificultad, el incordio, es en verdad una bendición. Rindiéndote a una molesta condición es como, justamente, se trasciende la condición. La analogía más importante al respecto es la de Cristo en la cruz. El instrumento de tortura, una vez trascendido, se convierte en lo sublime, símbolo de la divinidad.
Es entonces como en medio del ruido encontrarás tu verdadero silencio, aquello que está más allá del tiempo y de la forma. Lograrás abrazar la beatitud embebido para siempre de paz interior.
También podés acercarte al pibe de la barra y preguntarle por qué carajo no baja un poco esa música de mierda. Ahí nomás, sin mayores dificultades e independientemente de tu pobrísimo estado físico, te agarrás a trompadas con quien se te ponga adelante. El resultado casi con seguridad te será adverso, pero no dejará de ser una gratificante experiencia.
Sí, ese pedazo de diente que está bajo la mesa es mío, y no, no pienso pagar lo que consumí. Eso es lo que me acaba de pasar.

30.12.20

amor amor


Entonces ella me dijo que no me quería más y yo le dije que me parecía bien y ella me dijo que yo le había arruinado la vida y yo le dije que no estaba del todo seguro porque a mí me parecía que ella tenía la vida arruinada de mucho antes pero que podía ser y ella me dijo que yo era un ser humano repugnante abyecto vil y yo le dije que era más que probable que eso fuera cierto y ella me dijo que yo era egoísta y que para que una pareja funcione hay que dejar el egoísmo de lado y yo le dije sí claro y ella me dijo que ella había puesto lo mejor de ella y yo no porque siempre parecía que yo me estaba guardando algo que nunca daba el cien por ciento y yo le dije que quizás no tenía el cien por ciento porque no podía recordar si alguna vez lo había tenido a los once años quizás y ella me dijo que la licuadora la había comprado ella y se la quería llevar y el hornito eléctrico también se lo quería llevar y yo le dije que se podía llevar todo lo que quisiera menos la pipa que me había traído Gerardo de Londres y además ella detestaba el tabaco y ella me dijo que me odiaba y yo le dije que eso era de lo más normal que no era la primera vez que me pasaba.
Entonces ella me dijo que lo que siempre le había reventado era mi manera de responder como si yo no la estuviera escuchando y yo le dije qué.

20.12.20

Tu noción de Dios


Tenés que creer en algo, si no es peor. Quiero decir, estás ahí en medio de la vida, si no creyeras en nada, en la existencia de una fuerza superior, estarías absolutamente desesperado. Perdido.
Necesitás una noción del bien y el mal, necesitás un mundo donde haya premios y castigos. Lo otro sería anomia pura, un caos. Sería peor.
Pero es justamente en lo que acabo de decir donde subyace la dificultad, anida el problema.
Porque te acercás a la religión, no sé si llamarlo espiritualidad, para mí espiritualidad y religión son dos cosas bien distintas. Te acercás a la religión, entonces, decía, con actitud negociadora. La misma actitud con la que te manejás, de manera más o menos solvente, en el resto de los rubros del horóscopo que componen aquello que podríamos denominar, si de alguna manera hay que llamarlo, tu vida.
Te acercás a Dios, entonces, a tu noción de Dios, a negociar. Estás dispuesto a ser devoto o incluso a penar, siempre y cuando te cumplan del otro lado del mostrador con su parte del trato. Podés hacer tal o cual sacrifcio, pero pedís. También vas y pedís. Que alguien se salve, un familiar, o que te aumenten el sueldo, o que Atlanta salga campeón, en fin.
Lo importante es que está todo mal desde el vamos, es errónea la línea argumental. Porque si negociás con Dios, si prometés hacer tal o cual cosa si te ayuda con tal otra, bueno, confundís justicia divina con tu conveniencia personal. Te parece que Dios debería no sólo entender, sino estar de acuerdo con que tu señora no te deje, tu perro no se muera, con que tu auto no choque, con que te hagan un descuento para una quincena en Necochea.
No sólo pretendés negociar. Estás dispuesto a mostrar que cumpliste tu parte, que hiciste esto o aquello y tenés crédito, es mucho más lo que hiciste que lo que reclamás. Sería muy injusto que aquello que necesitás no suceda. Estaría mal.
Y no te das cuenta que nunca se trató, la cuestión, de ver para creer. Y ni siquiera se trata de creer para ver, porque sería como pagar un servicio por adelantado. Es mucho más complejo.
Hay que creer y no esperar, creer y no ver. Hay que creer por el solo hecho que el mundo sería mucho más triste si no creés en nada. Creer porque no se te ocurre nada mejor para hacer, creer por creer.

10.12.20

Resuena en mí


Pasó algo, quiero decir, descubrí algo, algo que yo no esperaba. Me pasó mientras buscaba, supongo que como todo el mundo durante la adolescencia más que nada. Cuando se te abre el abanico de la vida antes tus azorados ojos y vos descubrís, casi al mismo tiempo, aquello que te gusta, y que deseás creer, bueno, en algo.
Está lo tradicional desde ya, uno va al colegio, se supone que si podés vas a estudiar algo. Pero no estoy hablando de eso, no, porque hay tantísima gente ahí afuera que son contadores o abogados porque sí. Si les preguntás por qué son lo que son, por qué estudiaron lo que estudiaron, lo más probable es que no te respondan, que sonrían o hagan silencio. Quizás te digan ‘no sé, mi papá era contador’, o ‘tenía una tía que era dentista y siempre me daba un caramelo’, o ‘tenía que estudiar algo’.
Yo me refiero a la vocación, aunque no sé por qué no me gusta esa palabra. Hay gente que de chiquitos destripan un hámster con un cuchillo Tramontina y uno sabe que van a ser cirujanos, o alguien que lo único que pide para su cumpleaños es un juego de magia. Después viene el deporte, las actividades que podríamos denominar ‘artísticas’, creo que esos serían los dos grandes rubros a los que me estoy refiriendo, de los que estoy hablando.
Entonces, vuelvo a lo que descubrí. Y lo descubrí quizás, justamente, porque yo no era bueno en nada. Probé con el ajedrez, con la natación, después con la literatura, diría que dejé lo mejor de mí ahí, en eso, pero sin mayores resultados.
Fracasé, por decirlo de algún modo. Fracasé en todo lo que podía ser importante para mí, en todo lo que me gustaba. Pero mientras fracasaba, y acá viene lo que te quería contar, mientras fracasaba con todo mi ser, descubrí que el talento en cualquiera de sus manifestaciones, lo genial en cualquiera de sus variantes, resonaba en mí.
Si yo escuchaba un tema de rock que fuera diferente, que iba a ser diferente a los otros tres millones cuatrocientos ochenta y dos mil temas de rock de ese año, lo percibía de inmediato. No sé, una sensación, podía ser leyendo la página de un libro, viendo un cuadro, una gambeta de Jay Jay Okocha, no importaba la actividad, ni que yo fuera un completo adoquín en la práctica de la misma.
Lo genial resonaba en mí, en mi genialidad que por algún motivo jamás se había manifestado. Una extraña sensación, algo imposible de poner en palabras. Una tan agradable como gratificante sensación de saber que algo genial también habita en uno y es lo que reconoce la genialidad exterior y se pone a ronronear de alegría, casi de inmediato.
No, bueno, respecto a por qué nos estamos viendo no es que haya percibido, para serte sincero, nada genial en vos. No rompés demasiado las pelotas, cogemos un rato.

30.11.20

De paseo


Salí del trabajo, tenía una reunión con un potencial cliente, así le dicen. El asunto es que el potencial cliente se transformó en mucho más potencial que cliente. Me llamaron de la oficina para decirme que la reunión se había suspendido.
Debían ser las tres de la tarde y yo estaba en Lafinur y Seguí. Salí a Libertador, caminé para la izquierda.
El zoológico. Claro, ¿por qué no? Pagué la entrada, entré. Estábamos casi en Octubre y había un regio solcito. Pensé en caminar un poco, mirar los animales, tomar un café. Tampoco quería volver a casa, desde que me había separado de Mónica no tenía un pomo para hacer. Volvía a casa y tomaba mate, fumaba un par de cigarrillos, esperaba que se hiciera la hora de la cena. Un amigo me había dicho que tuviera cuidado, que era probable que yo estuviera deprimido.
–Mirá, yo la crisis de los cuarenta la tuve a los once años –respondí. Quería decirle que para mí estar deprimido era algo tan normal como hacer las compras o lavarme los dientes. Estar deprimido era mi segunda piel.
Caminé un poco. Vi un tigre desteñido, una jirafa dientuda. Vi un par de elefantes con pinta de no bañarse desde el año pasado, el tigre tenía problemas en las encías. Vi a los monos metiéndose una rama en el culo y pajeándose al mismo tiempo. Vi un hipopótamo con la piel toda lastimada, vi unas víboras que te querían asustar como en el national geographic pero no tenían fuerza ni para escupir, no les salía.
Entonces me senté y de pronto entendí todo, me di cuenta. Los animales se dividían básicamente en dos grandes categorías, dos grupos. Estaban los animales que te pedían comida, guita, los animales que te pedían algo. Y estaban los animales que lo único que querían era que no les hincharas las pelotas, ni siquiera registraban tu presencia. Les daba lo mismo si te fumabas un cigarrillo o te tirabas un pedo.
Esos dos grandes grupos: los que quieren algo de vos, y a los que le chupa un huevo tu existencia. Como las personas podríamos decir.

20.11.20

El sillón era cómodo


Me senté, el sillón era cómodo. Tenía una especie de apéndice, el sillón, como una suerte de banqueta enana donde podías levantar las piernas, apoyarlas. Así que levanté las piernas, las apoyé. El sillón estaba tapizado de cuero verde, gastado y oscuro. Olía bien.
Respiré. Una respiración honda, lenta, pausada creo que así se dice. Inspiré primero, así se respira, es lo habitual. Después solté el aire por la boca, como si me desinflara.
Entonces dije:
Mire, la verdad que la vida no tiene sentido. Le estuve dando vueltas al asunto y me di cuenta. En realidad no me di cuenta, en realidad ya lo sabía. Lo supe desde siempre, no puedo entender cómo existe gente que no lo sepa. Podés tener un motivo, eso es otra cosa. Querés criar hijos o cambiar el auto o escribir un libro. No son mucho más que maniobras distractivas. Algo tenés que hacer hasta que te morís. Hay gente que corre maratones, otros consumen toneladas de pornografía. Podés fumar, también, buscarte un vicio.
De hecho, el propósito de la vida es darte cuenta que la vida no tiene mayor sentido. Estar vivo es lo que te permite darte cuenta que estás vivo. Eso es todo.
No, no existe la felicidad. No venimos aquí para ser felices. Ser feliz es un registro apenas, algo que se adhiere a la mente, un sticker de una experiencia placentera. Una mañana de sol, una taza con café con leche recién hecho, determinado fotograma mental de una noche de sexo adolescente, la alegría de un perro de volver a verte. Paréntesis apenas, minúsculos intersticios sobre un fondo de pantalla de sufrimiento, de dolor, de sensación que algo se escurre entre los dedos como agua, no, como aceite. La felicidad es el sabor de un imaginario caramelo para que te mantengas andando, para que el universo entero no colapse en un instante. Si superas que la felicidad no existe se descolgarían las estrellas como si hubieran sido clavadas en el cielo por un carpintero torpe, borracho y absurdo.
Hice una pausa. Giré la cabeza. El hombre tenía los codos apoyados sobre el escritorio, las manos le cubrían los ojos. Se había quitado los lentes, me pareció que lloraba.
–Bueno, doctor –dije–. Estuve pensando y vine a decirle que no voy a empezar ningún tratamiento con usted. Pero me pareció correcto venir a saludarlo, contarle apenas lo que me pasa.

10.11.20

Ley de gravedad


Me pasa últimamente que donde voy la gente es muy pelotuda, y muy fea.
No sé, me invitan a una reunión, a una cena, y no puedo creer lo que veo. Hombres que tienen la expresión facial de un marsupial o de un roedor y dicen que hay que irse a vivir a Uruguay, a Israel, a Libia, chicas que alguna vez se especializaron en arquitectura y en chupar pijas ahora tienen los dientes amarillos y alguna que otra verruga peluda sobre las mejillas y quieren hablar de tocs, de tags, de lo caro que está todo, dicen frases como ‘qué país le vamos a dejar a nuestros nietos’, o ‘hay que tener en cuenta el costo de vida’.
La gente está triste, además. La gente no duerme de noche y no sonríe de día, la gente tiene miedo que la roben y le quemen el rostro con una plancha o que le corten un dedo con una tenaza para que confiesen dónde tienen escondido un tesoro que ni siquiera existe. La gente dice que quieren viajar o hacer un curso pero no hay más que verlos para darse cuenta que lo que en verdad quieren es dejar de sufrir, matarse. Pero mirá si te matás y después de muerto seguís siendo vos, ahí te quiero ver.
Y a veces se me da por pensar, tengo ganas de creer, que me volví lindo de grande. Que de algún modo u otro me volví interesante por cosas que me fueron sucediendo. Porque yo de chico era horrible, un monstruo, ninguna chica quería bailar un lento conmigo. Además no se me ocurría nada, no tenía nada para decir. Mi mejor opción por lo general era esconderme, intentar pasar desapercibido. Quedarme callado.
Pero después lo pienso un poco y me doy cuenta que yo prácticamente no he mejorado. Sigo siendo más o menos el mismo boludo de siempre. Asustado, feo, triste.
Algo muy malo pasó con vos, con todos los demás. Supongo que tiene que ver con la velocidad de caída.

30.10.20

Sobre el manejo en las curvas


Cuando le dicen a alguien que se va a morir, en una película o en la vida real. Y le dicen a ese alguien que falta poco, que lo que queda de tiempo se puede cuantificar. Y existe además un elevado rango de certeza. Bueno.
La persona, el sujeto, decide que es momento de hacer todo aquello que no había hecho. Que no había hecho antes, cuando creía que su vida seguiría más o menos como de costumbre.
Decide la persona que se quiere tirar en paracaídas, o quiere decirle a su hijo con quien hace quince años que no se hablaba que en realidad lo quiere, siempre lo quiso. Decide el sujeto invitar a sus amigos a cenar con Dom Pérignon después de toda una vida tomando vino de cartón. Y así.
Pero yo no puedo estar de acuerdo con esa línea de razonamiento, no funciona para mí. Porque si cuando creías que te quedaba lo que podríamos denominar, de alguna manera hay que denominarlo, toda la vida por delante, estabas dispuesto a ser dentista o contador, no veo por qué, ahora que sabés que no te queda nada, ahora que sabés que te morís, estarías dispuesto a manejar un bmw o a ir a cazar jabalíes a Madariaga.
Quiero decir, qué cosa podría resultar más contradictoria que intentar ser otro los últimos dos meses de tu vida. Deberías seguir haciendo lo que hiciste siempre. Morite como sos, morite así.

20.10.20

Si es preciso denominarlo de algún modo


Al principio me molestaba la gente, lo admito. Iba a un restaurante de Palermo y al toque se me sentaba una parejita al lado. Y yo dejaba de hablar con la chica que había invitado a cenar, comía mi plato en tres o cuatro bocados y comenzaba a transpirar como si hubiera corrido la maratón de Milwakee, como si me persiguiera un canguro australiano para darme una patada en el culo o para pedirme dinero o las dos cosas.
O entraba al subte y se me ponía todo negro, me daban unas ganas de llorar tremendas mientras intentaba encontrar dónde pararme, y justo sin querer pisaba a alguien y escuchaba un reprobatorio chistido cargado de odio de alta frecuencia.
O cuando iba a un supermercado a hacer las compras de la semana, pero la caja rápida nunca era rápida y de pronto quedaba con dos o tres personas adelante que querían discutir si la promoción de Cinzano venía con una bolsita de plástico con tres aceitunas de regalo, y tres personas atrás. Sentía vértigo, que se me aflojaban las rodillas. Atrapado.
Así vivía, en medio de un inagotable espanto.
Hasta que un día sucedió algo extraño. En medio del ruido, de la gente, caminando por Florida o en un bar con un televisor XL puesto en un canal donde pasaban pop latino, o en medio de un estadio de fútbol con ochenta mil personas sacándose fotos con sus celulares comprados en 18 cuotas. Si en medio de todo eso que te resultaba insoportable das un paso, medio paso hacia eso, hacia la condición. Lo que vas a encontrar es el más agradable y encantador de los silencios del cual todo surge y al que todo vuelve. Llamalo la fuente, llamalo como quieras. Ahí donde está algo que podríamos denominar felicidad si es preciso denominarlo de algún modo. Sin esfuerzo de tu parte, como flotar en algo que te acaricia, pura magia.
Por curioso que parezca, si querés se trata de una reacción de lo más natural, lo que te sale es escapar, alejarte, resistir aquello que te molesta. Cuando lo que hay que hacer es entrar, pasar el umbral, dejarse envolver.
Aunque nada de eso es lo que me está sucediendo con vos en este momento, lo que me estás diciendo, que no me querés más. Me acabo de limpiar media botella de whisky, ni te escucho.

10.10.20

Todo se va a arreglar


–Pensé que te podía encontrar acá –dijo ella.
–Sí –dije yo. Terminé la medialuna de un bocado, tomé un sorbo más de un café con leche ya tibio. Era temprano, hacía frío.
–Fue pura intuición –dijo ella–. Pensé ‘me siento por un rato, nada más, lo espero. No debe haber ido muy lejos’.
–Sí –dije–. Es algo que me pasa, no lo puedo manejar.
–Sé que estás abrumado –dijo ella. Me acarició, apenas, un costado de la cabeza, como rozando mi cabello con dos dedos. Había ternura en ese gesto–. Pero todo se va a arreglar. Estoy yo, están los chicos. A veces uno no encuentra cómo seguir o le parece que no puede más, pero hay que hacer una pausa. Las cosas se acomodan.
–Es muy difícil –negué apenas, tuve un acceso de llanto que pude sofocar a la altura de la garganta y se fue apagando como el gemido de un animal herido–. A veces es todo tan difícil.
–Sí –dijo ella, la mirada enrojecida, se notaba que había llorado–. Pero quiero que vuelvas. Te estamos esperando, todos.
–Bueno –dije–. Quiero estar solo un rato. Voy a dar una vuelta al parque, quiero fumar un cigarrillo. Después voy.
–Está bien, va a estar todo bien –dijo ella. Me dio un beso encima de una mejilla, más cerca del oído que de la mejilla, y salió del bar secándose las lágrimas con el antebrazo de su gastado pulóver.
Llamé al mozo para pagar.
–Disculpe –dijo una mujer desde otra mesa a dos metros de distancia–. No pude evitar escuchar. Lo felicito, no importa lo mal que uno pueda estar en determinado momento. Siempre está la familia que nos va a dar fuerzas para luchar. Siempre vamos a encontrar motivos para seguir.
–Por supuesto –dije–. Aunque no conozco a esa mujer. Creo que está internada en un hospital de por acá, la he visto pidiendo en la calle.