30.4.15

Clara y Carla


Clara y Carla eran amigas desde la secundaria. Terminado el colegio, la vida las había ido separando pero de algún modo, con intermitencias, habían conseguido conservar el precario filamento de la amistad. La vida las había arrojado a ellas con sus precarias canoas hacia diferentes planos de la existencia. Pero algo quedaba, algún recuerdo adolescente, unas vacaciones en San Bernardo, un cumpleaños, un llanto en un balcón, un cigarrillo compartido.
Clara se había casado a los veintidós años, y seguía casada, más de catorce años después. Tenía dos hijas, Romina y Camila. Había comenzado a estudiar arquitectura en su momento, pero al poco tiempo había dejado. Era ama de casa, hacía un poco de gimnasia, había hecho cursos de pintura y fotografía. Su marido, César, tenía dos, no, tres locales de artículos de limpieza. Veraneaban en Brasil, y en invierno iban a esquiar. Tenían un buen pasar, la vida transcurría sin mayores contradicciones, envejecían.
Carla había querido ser bailarina de tango, profesional. Después había puesto una academia para enseñar. Había viajado bastante con un espectáculo de tango en un crucero. Había vivido en Barcelona y en Ámsterdam. Había salido con cientos de tipos, con un piloto de turismo carretera, con un profesor de filosofía noruego, con un cantante que había tenido un accidente y había quedado paralítico. Había estado internada un par de meses en rehabilitación, porque se había hecho adicta a la cocaína primero, a los antidepresivos después. Flaca, conservaba un cuerpito de una mujer de menor edad. Fumaba mucho, tenía una risa nerviosa, como una descarga eléctrica.
–Estoy saliendo con un jugador de fútbol –pitó, Carla. Estaban sentadas en La Biela, en las mesitas de afuera. Debían ser las cuatro de la tarde, hacía calor–. Un nene de veinticuatro años. No sabés la fuerza que tienen esos tipos en las piernas. Me coge, me coge como una ametralladora, a repetición. Acaba rápido, eso es verdad, pero no sé, acaba y le queda el pito parado. Acaba y sigue, tres, cuatro veces seguidas.
–Con César casi ni cogemos –dijo Clara–. Después que nació Camilita, es como que dejó de interesarnos. Cogemos cada quince o veinte días. Algún domingo a la mañana. Pero es algo automático, como lavarse los dientes, cogemos un poco y después desayunamos.
–Imaginate yo –dijo Carla–, bajando de una cupé flamante con ese pibito. Lo están por vender a Europa, si le sale eso se salva. Me dijo que si se va a Europa me lleva. Ojo, es bruto como un arado. Le dije que me gustaba la ópera, y a los dos días apareció en casa con una caja familiar de obleas, pobrecito.
–César es muy buen padre –dijo Clara, tomó un trago de su jugo de naranja–. Lleva a las nenas al colegio, mira los cuadernos a ver qué dicen las maestras. A la noche, cuando vuelve del negocio, me llama por teléfono para ver si hace falta comprar algo, para la cena. Me dice ‘pasame la lista, pichona’. Me dice pichona porque antes me decía ‘gordita’, pero a mí no me gusta que me digan ‘gordita’.
–El pibe me coge, viene y me coge, quiere coger todo el tiempo –dijo Carla–. Tiene la poronga muy gruesa, eso me encanta. Aunque el pobre pibe debe haber visto mucha pornografía. Me quiere acabar en el pelo, o me da vuelta y me la quiere meter por el culo, así de una. Y yo le tengo que explicar que no es así, que no se coge así. Y no le pidas una palabra dulce porque no le sale. Entrena todos los días, y cuando no entrena sigue jugando al fútbol en la play, no entiendo.
–La otra vez hablábamos, con César –dijo Clara–. Pensamos que podíamos ir un fin de semana a Pinamar, sin las nenas. Porque sí, para estar juntos y ver qué pasa. Una vez probamos ir a un telo, pero estábamos ahí y nos pareció ridículo. Si nos conocemos de memoria, casi veinte años juntos.
–La verdad que a veces me canso –dijo Carla mirándose una uña del dedo gordo del pie–. Quiero decir, todos me quieren coger, todos quieren que me ponga en cuatro patas y diga ‘sí, papito, así’, o llevarme a Punta del Este de trampa un par de días. Me gustaría estar con alguien que también quiera estar conmigo. Cocinar una cena, ver la televisión, quedarnos en casa. Parar un poco.
–Ojalá conociera a alguien –dijo Clara–. No te digo que me iría de casa, yo a César lo adoro, es un gran tipo, y están las nenas. Pero no sé, tener un amante por un par de meses, alguien del gimnasio que me pida que se la chupe en el auto, o que me lleve a un cine y me pida que le haga la paja ahí. Sentir que me pueden descubrir pero que igual quiero subir a la terraza para que me manoseen las tetas, o en un ascensor. No sé, algo de aventura para que la vida me resulte más entretenida.

24.4.15

Atlas


Últimamente cojo con putas. Soy muy feo desde que puedo recordar, desde siempre. Y además perdí la paciencia. No tengo ganas de hablar con una retardada que te cuenta que va tres veces por semana al gimnasio, y lo cuenta creyendo que trotar en cinta equivale a ser Simone de Beauvoir. O una pobre piba que se compró un ventilador de techo y supone que eso la coloca a la altura de Janis Joplin. No sé, me pone triste. Son básicas, sin levantavidrios, me quitan las ganas de coger, en parte de vivir. Es algo que lamento pero qué se yo, también lamento las catástrofes aéreas, el hambre en Etiopía.
Así que cojo con putas, por aquello de ‘la función hace al órgano’. Una vez por quincena, una vez por semana si ando bien de dinero. Es un presupuesto.
Durante un año cogí con putas de Europa del Este. Checoslovacas, ucranianas, rusas, yugoslavas. Chicas muy delgadas que hablan español como el señor Alberto Olmedo cuando hacía de ‘Rucucu’, tienen tetitas pequeñas pero firmes. Llevan el cabello teñido de un negro absoluto, sus pequeños cuerpos flexibles y atléticos, como si de niñas hubieran tenido que trabajar en algún circo por un plato de comida.
Al año siguiente cogí con prostitutas asiáticas. Japonesas, coreanas, chinas también. Y tailandesas, y filipinas. Dominan ampliamente el arte de cabalgar, se te suben y te bailan un malambo arriba de la poronga. Chupan la pija con delicadeza. Después de coger te preguntan si te querés bañar y te ofrecen un té. Son calladas, sumisas.
Otro año cogí con prostitutas del norte argentino. Misioneras, salteñas, jujeñas, también correntinas. Tienen viciosas sonrisas y pezones grandes como hamburguesas. Mientras cogen suelen decir expresiones en sus lenguas nativas. Se calientan, a veces se calientan y cogen con entusiasmo, dicen ‘el primero es para vos, papi. Ahora me toca a mí’. Se tragan la leche, se dejan hacer la cola por lo general, con un leve incremento de la tarifa. Suelen tener un televisor encendido en el cuarto o en la cocina, donde miran dibujitos animados.
Eso es lo que hago, básicamente, para tener algo parecido a una vida sexual.
Suele suceder, en alguna cena con amigos, que alguien pregunta dónde fui de vacaciones. Casi de inmediato suelen agregar:
–Deberías viajar más, Juan. Viajar te permite conocer otras culturas, te abre la cabeza.

18.4.15

Separar la basura


Me estaba por pegar un tiro, me estaba por matar. No, nada figurado, qué sentido figurado. Lo mío era, si se aplica la palabra, literal.
Tenía, sobre la mesa, un cuaderno Rivadavia tapa dura donde había estado escribiendo los últimos días algunas cosas que se me pasaban por la cabeza, una birome, una botella de whisky Grant’s por la mitad, un par de empanadas de carne que se habían enfriado (de La Continental), un arma. Un .38 corto, cinco tiros, bastante viejo, sin número de serie, pura metálica contundencia.
Por un momento me dio bronca, el arma, tan ordinaria. Hubiera preferido una glock .40 flamante, moderna. Me la iba a prestar un amigo al que le conté que me iba a matar. Pero empezó con que había comprado el arma hacía poco, que le había costado bastante cara, que justo estaba arreglando para irse con amigos a cazar, en fin.
Conformarme, conformarme con lo que hay. La distancia entre lo que querés ser y lo que sos como un embravecido mar de circunstancias. La historia de mi vida.
Había cenado un par de empanadas. Con whisky. Había terminado de corregir un poema, un poema que hablaba de todo el Nesquik que me hubiera gustado tomar cuando era chico. Un poema que me gustaba mucho, que corregía una vez por año.
Me faltaba fumar un cigarrillo, un cigarrillo cualquiera, encontré un atado de Philip Morris casi vacío, pero no vacío. Dar dos o tres pitadas y listo. Sentarme en el sillón del comedor, y pegarme un tiro.
Las cosas no habían resultado como yo esperaba, las cosas nunca habían resultado como yo esperaba, no hacía falta entrar en detalles.
Prendí el cigarrillo, pité. Acaricié la áspera culata del revólver. Allá vamos.
Sonó el timbre. El timbre de arriba, el timbre de mi departamento.
–¿Sí? –dije. Fui hacia la puerta. Estaba descalzo, en shorts y remera, con el arma en la mano.
–Señor Hundred –la voz de mi vecina, la vecina del 7°A. Yo vivía en el 7°B. La señora Dovidavich.
–Sí –repetí.
–Quería hablar un momento con usted.
Abrí la puerta, un poco. Apenas. Me asomé, dejando oculto, apoyada contra la puerta, mi mano. La mano con el .38.
–Hola, señora Dovidavich –dije.
La señora Dovidavich era una mujer muy bajita, compacta, con el cabello corto teñido de color zanahoria. Su tono de voz era agudo, chillón, y señalaba con un índice a su ocasional interlocutor cuando hablaba, para que no quedaran dudas de a quién le hablaba. A mí, en este caso.
–Señor Hundred –me miró y torció la boca, con su habitual desprecio hacia cualquier integrante de la especie humana, en particular hacia sus vecinos–. Usted pide una vez por semana comida en ‘La Continental’, ¿no es cierto?
–Bueno, sí –dudé, miré hacia atrás, las empanadas frías sobre la mesa–. Creo que sí.
–Porque después, a los dos o tres días, usted tira lo que sobra –siguió, la señora Dovidavich–. Pero tira la caja con los restos de comida, y eso trae cucarachas.
Señaló, la señora Dovidavich, la puerta ubicada en la mitad del pasillo. Donde, ella y yo, tirábamos la basura hasta que viniera a recogerla, cada noche, el portero.
–Sí, puede ser –dije. Estaba transpirando. Necesitaba un whisky más, sólo un whisky más, y matarme. Nada más que eso.
–Pero eso está mal –me apuntó, la señora Dovidavich, con su corto índice–. Eso está mal. Porque usted sabe que hay que separar la basura, Hundred. No puede dejar ahí la caja con restos de comida.
–No, no puedo –dije. Seguía transpirando. ¿Había terminado de corregir el poema? ¿Había terminado el cigarrillo?
–Buenas noches –dije.
–No, todavía no terminé –dijo la señora Dovidavich. Dio un paso, un paso adelante, indicando que de ninguna manera debía yo cerrar la puerta–. Además, usted toma vino –dijo.
–Es probable, sí –dije.
–¡Y tira la botella! –se señaló, la señora Dovidavich, con un índice, el mismo índice que utilizaba para señalar al universo todo, la sien. Indicando que la conducta descripta rayaba con la locura– ¡Tira la botella con el resto de la basura!
–Señora Dovidavich, yo –dije. Quería sentarme. Sentarme en el sillón, y matarme. Todo lo que me había salido mal, todo lo que no me había salido. El cansancio, todo el cansancio sobre mí, sobre mis fatigadas rodillas. El fracaso de haber deambulado sin mayor sentido por el absurdo territorio de la vida.
–Le aviso que estoy harta, Hundred –chistó, la señora Dovidavich. Sí, hizo un chistido de lechuza–. Vivo en este edificio hace más de veinticinco años. Le aviso que ya presenté una queja al consorcio y…
–Vieja de mierda –dije. Se sorprendió, la señora Dovidavich–. Te voy a matar, vieja de mierda.
El primer tiro no salió. Eso es lo que debe haberla salvado. Le apunté directo al pecho con el .38 y gatillé. Nada, click. La señora Dovidavich corrió, en chinelas, así como estaba corrió por el estrecho pasillo en dirección a su departamento. Le tiré, tres tiros. Dos pegaron contra la metálica puerta del ascensor. Y uno le pegó en una nalga. Alcanzó a meterse, la señora Dovidavich, en su departamento. Aullaba de dolor. Fui hasta su puerta y seguí apretando, pero sólo salió una bala más que atravesó la puerta.
–¡Abrí, vieja de mierda! ¡Abrí que te voy a meter el revólver en el culo y te voy a gatillar adentro a ver si todavía sentís algo!
Se oyeron gritos. Alguien llamó a la policía. A una ambulancia, también.
Me fui a dormir. Dejé la puerta del departamento abierta, me tiré en la cama. Estaba cansado, tan cansado. Cuando vinieran a detenerme les explicaría lo que había sucedido, mi versión de los hechos. Seguro que alguien me entendería.

12.4.15

Medialunas


El experimento es bien fácil. Bueno, en realidad, más que fácil es barato. Lo barato contiene lo fácil, lo engloba, lo abarca. Lo barato viene de la mano de lo fácil, por lo general. Se hacen compañía.
Suponemos que tenés un trabajo, tenés, no sé, treinta años, y tenés que trabajar. En una fábrica, en un negocio, en una oficina.
Vas y comprás medialunas. Esperás que sea viernes y entonces, antes de entrar al trabajo, vas y comprás medialunas. Una docena, o si trabajás en un sector con bastante gente, bueno, podés comprar dos. Dos docenas de medialunas, estamos hablando, ponele, de cien pesos.
No, ya sé, comprar medialunas no es ningún experimento. Ahora viene lo importante.
Necesitás tener un momento, tres minutos, solo, vos, con las medialunas. Te encerrás en un cuarto, o en un auto, o en un baño, no importa.
Y hacés lo siguiente.
Abrís el paquete, con las medialunas. Agarrás las medialunas, una por una. Y a cada medialuna le arrancás, con dos dedos (o tres), de un pequeño tirón, una de las puntas, un cabito. Olvidé decir que las medialunas son de manteca.
Vas arrancando una punta de cada medialuna. Si las medialunas son buenas, y además están recién hechas, vas a ver que el procedimiento es de lo más fácil. Las puntas se desprenden casi con ternura. Se puede hacer con una tijera, también, cortar el cabito. Pero queda, el corte, muy artificial, muy riguroso. Conviene usar los dedos.
Hacés eso. Y volvés a acomodar todo en el paquete. Las medialunas, más o menos una al lado de la otra, en fila. Y en un costado, todos los cabos. Un montoncito, con las puntas.
Llegás a tu trabajo, si es temprano mejor, decís ‘buenos días’, y dejás el paquete en algún lugar accesible, a la vista de todos. ‘Traje medialunas’, podés decir, si hay gente. Si no hay gente abrís un poco el paquete y te vas a hacer lo tuyo.
Cuando llega la gente, algunos se hacen un café, otros prenden la computadora, y así. Lo que sea que se haga en ese trabajo. Y se van a acercar, al paquete, al paquete donde están las medialunas.
Puede ser que uno levante la cabeza y mire a los costados, sorprendido. Otro puede llegar a decir ‘¿y esto?’. ‘Medialunas’, contestás vos, o te desentendés. No decís nada.
Al ratito vas a ver que las empiezan a comer. Quizás un chico, al pasar, se come una puntita. O revisa las medialunas y elige una que le parece que está más entera.
Al final del día vas a ver que las medialunas tuvieron bastante aceptación. Se comieron más de la mitad, de las medialunas, y de los cabitos también. Seguro.
La gente no da más, la gente es la mierda pura. Esto es apenas una manera más de verificarlo.

6.4.15

Leo en la terraza


A ver.
Me mudé, me tuve que mudar y me mudé. Me fui a vivir a un departamento más chico, mal ubicado, en fin. Son situaciones.
Subía a la terraza, dos veces por semana, bien temprano. A hacer yoga. Porque me dolía la espalda, y mi departamento era muy pequeño. Le pregunté al portero si podía subir a la terraza, me miró, el portero, como si yo fuera un extraterrestre recién llegado del espacio exterior. Al portero no le interesaba en lo más mínimo nada de lo que sucediera en el edificio, por eso era el portero.
La cosa iba normal, salvo una vecina que subió a colgar la ropa un día y se quejó porque me vio en cueros. Yo hacía media hora de yoga, antes de ir a trabajar, un par de veces por semana. Trataba de sentir que, justamente, me sentía mejor. Engañarse es una parte importante de la práctica de cualquier actividad. Podés llamarlo ‘motivación’.
Entonces subió un día una mujer. Era la del tercero ‘A’.
–Se llama Leo, le gusta sentarse y mirar el cielo –sacó un toallón, lo dobló en cuatro, y lo puso sobre el piso–. No te va a molestar. Lo vengo a buscar en un rato.
Y se fue, la mujer. Dejó a Leo. Leo era un muchachón bajo, chueco, con la cabeza desproporcionadamente grande para el resto del cuerpo. Los brazos muy largos. Los faciales rasgos tan particulares, tan característicos, de quienes tienen síndrome de down.
–Hola –dijo Leo, le costaba hablar, se le trababa la lengua– ¿Qué hacés?
–Yoga –le respondí–. Me duele la espalda.
–Bueno –dijo Leo, y no habló más.
Nos hicimos amigos. Leo era callado, respetuoso. Nos saludábamos, y la mamá se iba.
–Qué hacés –me preguntaba Leo.
–Yoga –respondía yo, otra vez–. Para la espalda.
–Yoga, yoga –decía Leo, y se reía.
Por lo general se quedaba sentado mirando algo, un insecto, un pájaro, simplemente el cielo. A veces se paraba y me imitaba, algún ejercicio. Inclinarse hacia adelante, con las piernas rectas, y agarrarse los dedos gordos de los pies.
–No puedo –decía Leo. Yo lo ayudaba a estirar, le enseñaba algún ejercicio diferente cada semana. Leo traspiraba, sacaba la lengua siempre babeante. Aunque me sorprendió un día, haciendo el ‘loto’.
–¡Muy bien, Leo! –Aplaudí, el loto era impensable para mis maltratadas rodillas. Estaba orgulloso, se reía. Le resultaba sencillo sentarse así.
Un día Leo me pidió si para la próxima vez le podía conseguir un alfajor. La madre no lo dejaba comer dulces, porque engordaba. Le traje el alfajor al otro día, tardó como veinte minutos en comerlo. Lo ayudé a lavarse la cara en la pileta para lavar la ropa. Estaba todo manchado de chocolate, feliz. Cuando llegó la madre a buscarlo, antes de irse se dio vuelta y me hizo ‘sh’, con un dedo sobre los labios.
A la semana siguiente se me acercó, le costaba pronunciar las palabras. Quería coger. No, no conmigo por suerte, quería coger con una mujer. Me dijo que tenía plata ahorrada. Me dijo que había visto películas, pero que nunca había cogido. Tenía veintisiete años.
Lo armé, no me preguntes cómo, pero lo armé. A través de una prostituta amiga. Ella no quería, pero tenía una amiga que sí, que no tenía problema. Me cobró el doble. La hice venir, un viernes, a la mañana bien temprano. La dejé escondida en mi departamento, mirando la televisión. Después la hice subir a la terraza.
Leo tuvo sexo nomás, detrás del tanque de agua. Era una metralleta Uzi, a pesar de la medicación que le daban para tenerlo bajito en vueltas. Se echó cinco polvos. Acababa y se reía, y la prostituta se reía también.
–Es una máquina, jamás había visto algo así en mi vida. –Dijo la mujer.
Volvió, Leo, a la otra semana. Me miró. Quería hablarme.
Me dijo que se iba a suicidar. Le dije que no, discutí con él. Me explicó, con una claridad que daba miedo, que por culpa de él sus padres sufrían. La vida, su vida, era un asco. No podía hacer nada de lo que quería, la gente se burlaba todo el tiempo. Me dijo que yo era su único amigo y tenía que ayudarlo.
–Ayudarte cómo –dije–. Qué.
Me explicó que el lunes siguiente se iba a matar. Se iba a tirar de la terraza. Pero como sabía que se iba a asustar en el último momento, necesitaba que yo lo empujara.
–¿Qué?
Eso, se iba a parar en la cornisa, del lado de afuera de la baranda, y necesitaba vencer el último miedo, un empujoncito.
–No puedo, Leo. No puedo hacer eso.
–Sí que podés, mogólico –me dijo con los puños apretados, le saltaban chispazos de saliva, todo rabia contenida.
Al lunes siguiente, Leo se suicidó. Apareció muerto en la calle. Gritaba una señora, sonaban las bocinas. Subieron corriendo a la terraza, ahí estaba yo, mirando para abajo, mirando a Leo derramado sobre el pavimento, en medio de todo ese ruido. Todos creen que la ciudad son los edificios y los autos y la gente corriendo pero no, la ciudad no es mucho más que ruido.
–Se tiró –dije–. Pasó del otro lado y se tiró.
La madre de Leo se acercó y me abrazó, se acurrucó contra mi pecho. Lloraba.
–Gracias, gracias por todo lo que hiciste por él –dijo–. Leo te quería mucho.

30.3.15

Un asunto amarillo


En una época trabajé en un local de Havanna. No, no voy a decir en cuál, no voy a decir la zona. Se multiplicaron por todos lados, los locales de Havanna, como los del café Martínez y alguna otra cadena más. Venden café, desayunos, licuados, sándwiches. Además de los alfajores de siempre aunque para mí ya no son los de siempre. O quizás los alfajores siguen siendo los de siempre, y lo que se cayó como un piano fue la Argentina. Hablo de la calidad.
Mi trabajo era estar adentro, en la cocina. Hacer los tostados, los licuados, los jugos, el café. Había trabajado en restaurantes en serio, para mí era pan comido.
La plata era poca, pero trabajaba de 8 a 15, y después tenía tiempo libre para mí, para escribir, para pensar que podía cambiar de vida.
En el local había un par de pibas que atendían, y un encargado. A eso quería llegar.
El encargado odiaba a los chinos, eso. No sé por qué, jamás lo explicó. Cada vez que entraba un chino al local (y por chino se entendía cualquier sujeto con rasgos orientales: japonés, coreano, filipino, no sé qué más), el tipo se ponía mal.
–A ver, qué pidió –decía cuando alguna de las chicas me estaba pasando el pedido. Y ahí empezaba el tema.
Si el chino había pedido un licuado ‘tutti-frutti’, el encargado agarraba las frutas ya troceadas, y las tiraba al tacho de basura repleto de restos de comida y mugre. Mezclaba un poco, o se sonaba los mocos encima. Entonces las sacaba con ambas manos, frutas manchadas de mugre y restos de yerba, y las metía en la licuadora.
–Ahora sí, preparale el licuado a ese chino de mierda –decía el encargado.
Si el chino pedía un tostado de jamón y queso, agarraba el jamón, y el queso, y los tiraba sobre el piso con lavandina, o se paraba sobre las fetas de jamón, un día llegó a pishar sobre el queso.
–Dale –me decía con una mueca que podía llegar a ser una sonrisa–. Hacele el tostado a ese chino puto.
Y así. Al principio nos reíamos, algo sin importancia. Pero después no. El tipo se pasaba la taza de café por las axilas, por las bolas, les escupía el café con leche, se sonaba los mocos dentro de la licuadora. ‘Dejame a mí, lo preparo yo’, decía.
El resto del tiempo era un tipo correcto, amable, buen jefe. Trataba bien a los clientes, se preocupaba si alguna de las chicas tenía un problema personal, no robaba. Tenía buen carácter.
Un día llegué a la mañana, y había un auto de policía en la puerta del local. El encargado había aparecido muerto en su domicilio. Se hablaba de un asunto de drogas, de un intento de robo. Pero no lograban encontrar una pista.
Y yo no dije nada, conté cuál era mi rutina de trabajo, expliqué que jamás había visto nada raro. Pero yo sabía, yo sé que lo mataron los chinos.

24.3.15

Asado


Pablo acaba de chocar con la moto. Iba por la Panamericana, para Pilar. Lo habían invitado a un asado. Es sábado, casi las doce del mediodía.
Maneja motos desde siempre, Pablo, maneja bien. Tiene una Kawasaki 800 nuevita. Va rápido, le gusta la velocidad. El auto de adelante no se da por enterado, no lo deja pasar. No le da bola a la luz, nada. Un Peugeot 208 negro, manejado por un muchacho jovencito, con una chica de acompañante que mueve la cabeza al son de la música.
Como venían más autos, muchos autos, por el carril rápido, tuvo una idea, Pablo. Ni la pensó. Torció apenas, aceleró para pasarlo por la derecha, al Peugeot. Y justo el pibe del 208 tocó el volante también, para la derecha, después de uno o dos minutos de venir haciéndose bien el pelotudo. Ya había acelerado, Pablo, ya estaba acelerando y tocó al Peugeot, no lo pudo evitar.
Toca al Peugeot y se le tuerce la moto. Y vuela, Pablo. Sale despedido hacia adelante. Vuela, Pablo, está en el aire y vuela, a tres metros de altura. Con los brazos extendidos, como si fuera Superman. Una sensación tan agradable, estar en el aire es algo tan cómodo, tan sutil y a la vez tan intenso.
Vuela y es un instante del más puro ahora que dura y se prolonga. Un eterno presente, redondo y brillante como una pequeña esfera hecha de un material todavía no inventado. Y es como dicen, nomás, o como leyó alguna vez. Ve su vida pasar ante sus ojos, un racconto, un compacto, como sucedía los domingos a la noche cuando pasaban el partido de fútbol más importante de la fecha pero encogido, más apretado, sin que pierda su esencia. Lo más interesante.
Ve, Pablo, la peli de su vida, se reconoce perfectamente aquí y allá. La vez que Gabriela le dijo que sí y se fueron caminando del boliche, se fueron juntos a la playa y llovía, cuando volvió a casa y lo estaba esperando Javier aquella vez, para decirle que había muerto su perro, Urko querido, la maestra de sexto grado, tan buena, con esos pulóveres con olor a naftalina, acariciándole la cabeza en el patio del colegio. La vez que fue a coger al puterío de la calle Membrillar y eligió a la chica que tenía una fea cicatriz en la cara. Huele, Pablo, el olor del café con leche y las tostadas, el olor de la cebolla en las hamburguesas de Carlitos en Villa Gesell a las siete de la mañana. Ve, Pablo, ve a Mariana de perfil, despeinada, con esas tetas tan perfectas. Escucha, Pablo, escucha la risa de su viejo como poseído, loco de alegría, cuando Racing empató en el minuto cuarenta y tres y el mundo se volvió un lugar muchísimo más amable, escucha los ladridos, los ladridos de Urko del otro lado de la puerta cada vez que volvía del colegio. Ve a su abuela Estela, caminando muy despacio por el pasillo de la casa, trayéndole un pedazo de pan dulce casero y un vaso de leche a la cama cuando tuvo sarampión.
Huele, escucha, ve. Un pensamiento surca su mente, como un rayo en medio de la noche mar adentro. ¿Ocurrió todo realmente? ¿Lo vivido, fue real?
Entonces toca el piso, Pablo. Aterriza sobre el pavimento con la cabeza y es como si apagaran la luz.

18.3.15

Slalom


Veo gente que se casa. Gente que se casa y tiene hijos. Mujeres que arrastran a sus hijos por la calle con un fastidio tatuado en el rostro, un fastidio de haber hecho exactamente lo que quisieron, aquello para lo que estaban convencidas que habían sido puestas sobre la faz de la tierra. Ellas no quieren a sus maridos, y sus maridos no las quieren. Esperan que se desocupe una mesa en un restaurante de barrio donde los panes yacen en metálicas paneras (una suerte de morgue para panes) mientras la vida se pasa. Se miran o se hablan pero no se miran ni se hablan, una desarmonía tan perfecta, demasiado perfecta, jamás imaginada.
Veo gente que trabaja. Diez o veinte años en alguna oficina, esperando esa subgerencia que nunca llega, ni a Godot lo esperaron tanto. Viajando una y otra vez en subterráneos como una mala película donde la gente, otra gente, lo único que quiere es gritar a través de un teléfono celular que a la noche a los fideos les pondrán salsa pomarola o habrá un partido de fútbol o un programa de entretenimientos donde los participantes cantan o bailan, no puede ser tan malo.
O ponés un negocio. Antes o después ponés un negocio, para comprar y vender algo hasta que no des más, hasta que odies la mercadería que comprás y que vendés y sólo te queden deseos para tener dos negocios.
Después llegan las enfermedades, la muerte, las tragedias que se limitan a flotar apenas, a moverse no mucho esperando la oportunidad como aplicados cocodrilos.
En lo personal no he hecho mucho con mi vida, no hice, ahora que lo pienso, prácticamente nada. He tratado, simplemente, de no ser como vos, de no hacer nada como vos. Nunca tuve un plan, pensé que con no ser como vos alcanzaba.

12.3.15

La gente se muere


Se murió la mamá de Gabriel. Aunque nos veíamos cada vez menos, Gabriel seguía siendo un amigo. Nos conocíamos, con Gabriel, de toda la vida. Cuando era chico iba a la casa de Gabriel a merendar, la mamá de Gabriel siempre me había tratado bien. Me saludaba, me hacía alguna pregunta, como si le interesara en verdad algo de lo que me estuviera pasando, mi estúpida vida. Me ofrecía un té, siempre con una palabra amable, siempre una sonrisa.
Me avisó mi amigo L., me llamó por teléfono.
–Che, Juan, se murió Elena.
–¿Qué Elena?
–Elena, boludo –dijo L. –. La mamá de Gabriel. La entierran el domingo, en Pilar.
Decidimos ir, con L. La idea era irnos después a almorzar a alguna parrilla. Tomar vino, mirar alguna mina que pasara andando en bicicleta, charlar un poco de cualquier cosa, de la vida.
Me pasó a buscar a las diez. Fuimos, llegamos. Saludamos a Gabriel que pareció alegrarse de vernos. Fingió una sonrisa pero el dolor lo pasaba por encima. Venía mal, Gabriel, se había divorciado de su segunda mujer, había quebrado su negocio, estaba en la lona, grande, triste.
Lo de Elena había sido un cáncer fulminante que se la comió en tres semanas. Algo en la sangre, implacable como un pacman con anfetas. Por alguna razón que yo no alcanzaba a dilucidar, lo malo siempre tenía, venía revestido de una contundencia rigurosa y unívoca. Lo bueno no, lo bueno solía ser algo más tenue, opinable, vaporoso. Las cosas buenas de la vida eran frágiles y venían mal embaladas, lo malo era una pila sulfatada dispuesta a resistir mil años. Conste en actas.
Llegó más gente, tíos, primos. El hermano de Gabriel, Adrián, dos años menor. Estaban distanciados por algún tema de dinero. La mujer de Adrián odiaba a su cuñado por diversos motivos, alguna vez Adrián le había prestado dinero y Gabriel no se lo había devuelto, o Gabriel había ofendido a la madre, a la madre de la esposa de Adrián, en una cena navideña. Gabriel tenía muy mala bebida desde que éramos jovencitos, de la época que íbamos a bailar, se ponía violento, empezaba a decirle las peores barbaridades a todos los presentes y se reía, así que la situación era perfectamente posible. Pudo haber sucedido.
Fue llegando más gente. El papá de Gabriel permanecía en un rincón, desolado, sin poder levantar la vista del piso, encogido. Era un hombre que había trabajado toda su vida en los ferrocarriles, hincha de Atlanta. Amaba a esa mujer con la que había estado casado por más de cuarenta años, sin ella no podía imaginar cómo seguir adelante con su vida.
Hago una pausa, sé que aburro pero hay demasiados detalles. Sigo.
Se dijo una oración en una pequeña capilla. Llegó el momento de cargar el cajón, el último tramo hasta la definitiva sepultura. Había poca gente, algunos parientes con sus esposas, conocidos del padre y de la mujer fallecida, un par de chicos pequeños. L. me hizo una seña, mientras se acercaba a una de las manijas del cajón. Había que acompañar a Gabriel, que apenas podía con su alma. Me acerqué al cajón para hacer lo mío.
Levantamos el cajón de la especie de camilla con ruedas para caminar los últimos metros. Entre 6. Avanzamos.
Algo se soltó. Una manija cedió con un ‘clac’ y alguien tropezó. Caímos varios, por el súbito desequilibrio. Escuché el ruido de la madera del cajón, rompiéndose contra el piso.
–¡Forro, pelotudo! –Gabriel señalaba a su hermano con un índice, todavía sin soltar su manija del cajón caído, lo que lo obligaba a estar medio agachado. Le salían las palabras cargadas de furia, las lágrimas se le mezclaban con el sudor, salpicaba saliva.
–¡Siempre lo mismo, siempre lo mismo! –Adrián, de pie, había soltado el cajón y buscaba en el bolsillo superior de su camisa el atado de cigarrillos. Era un tipo de cuarenta cigarrillos diarios desde que tenía quince años, necesitaba fumar. Fumar era una de las pocas cosas que lo habían sostenido a lo largo de su vida.
–¡Te pedí guita para enterrar a mamá, y me dijiste que no tenías! ¡Rata piojosa! –Gabriel le dio un empujón a su hermano, que tenía las manos ocupadas encendiendo un cigarrillo y se fue al piso.
–¡Guita, todo el tiempo guita! –La esposa de Adrián se interpuso entre Gabriel y su marido caído, llevaba un bebé en brazos– ¡Todavía no nos devolviste la plata que te prestamos hace tres años!
–¡Vos no te metás, pelotuda! –El papá de Gabriel, con renovadas fuerzas vaya uno a saber surgidas de dónde, sentó a la esposa de Adrián de una piña. La mujer cayó desmayada sobre el césped, sin soltar, por suerte o reflejo, al bebé que sostenía contra su pecho. Así quedó, el bebé, descansando sobre el pecho de su madre. Le salía, a la mujer, sangre de la nariz– ¡Ni siquiera puedo ver a mis nietos cuando quiero, conchuda!
Se desató el caos. Intervenían familiares tratando de contener la situación, mientras volaban trompadas de todas partes. Hubo incluso patadas voladoras, alguien, un hombre bastante mayor, se había quitado el cinturón, y repartía cintazos con frenesí. Había enroscado el cinturón en una de sus manos, dejando libre el extremo con la hebilla.
–¡Qué mierda todo! ¡Qué mierda todo! –Gritó Gabriel en un momento, junto al cajón, de rodillas. Alguien quería poner un poco de orden, ayudarlo a incorporarse, alguien le había tirado un botellazo desde atrás, a Gabriel, que lo había alcanzado en un oído y parecía haberlo dejado aturdido. Un perro, un pequeño bull dog francés color negro con correa (quién puede venir a un cementerio con un perro, por Dios bendito y la Virgen que llora lágrimas de Campari), se acercó al cajón. Levantó una pata, hizo pis. Se oyó el llanto de un bebé, no el bebé de la mujer de Adrián, otro bebé.
–¡Me robaron, ladrones, llamen a la policía! –Gritaba una mujer a la que en medio del tumulto le habían quitado la cartera. Se había juntado más gente, curiosos, algunos que esperaban para otro entierro, otros sacaban fotos con los teléfonos celulares de última generación pagados en cuotas, teléfonos que valían más que todas las prendas de vestir que llevaban puestas, y las que tenían en sus armarios, en sus casas, también. Teléfonos celulares que valían más que todos los libros juntos que hubieran leído a lo largo de todas sus curiosas existencias. La gente estaba enferma, vacía, y en la mayoría de los casos, enferma y vacía al mismo tiempo. Necesitaban una pitada de twitter, un trago de facebook, para seguir adelante con el cachivache de sus vidas.
Lo levanté a L. y me lo llevé a un costado.
–Qué tipo hijo de puta –L. tenía un corte en un labio–. Me embocó de una. Ni siquiera sé quién es ese viejo de mierda.
–Vamos. Se puso difícil todo, me parece –entré al auto–. Hasta morirse.

6.3.15

Más allá


Cómo te cuento esto, a ver.
Héctor tenía, en el brazo derecho, un muñón. O sea, no conozco los términos técnicos, no soy médico. El brazo, el brazo derecho, el brazo derecho de Héctor, terminaba justo en la muñeca. Un accidente, un trágico e inconcebible accidente cuando Héctor no tenía todavía dos años de edad. Su madre se había distraído hablando con una amiga en una carnicería del barrio de Balvanera. Apoyó al bebé sobre el mostrador, el bebé gateó. Estaba encendida la cuchilla esa que usan los carniceros. No hace falta excederse con los detalles. Basta con decir que Héctor perdió una mano, eso lo marcó para siempre. Todavía hoy, casi cuarenta años después, los días de lluvia, la mano, esa ausente mano, le pica.
De alguna forma pudo seguir adelante, Héctor, con eso que podríamos denominar su vida.
Alicia venía de una historia de constantes abusos. La violaba su padrastro, desde que era una nena, y lo siguió haciendo durante varios años. La pellizcaba en sus ínfimas tetitas, la manoseaba, hacía que la nena lo masturbara, y luego seguía lo demás. Alicia, durante la cena, miraba a su madre, sabía que su madre sabía. Pero no hizo nada, su madre, una mujer débil que se pasaba el día fumando, no había trabajado jamás en su vida. Se fue de su casa a los quince años, Alicia. Detestaba a los hombres con todo su ser, se hizo prostituta, vivió un tiempo en Entre Ríos. Después heredó una casita de una tía, y pudo dejar de a poco esa vida. Estudió enfermería. No se casó ni tuvo hijos. Le gustaba ir al cine los sábados, a la primera función, antes del mediodía. Tenía un perro, tenía una amiga.
Se conocieron, Héctor y Alicia, en el hospital. Una noche que Héctor pensó que estaba teniendo un infarto. Había tenido un disgusto con un socio por un tema de dinero, pensó que se moría.
Héctor la pasa a buscar, a Alicia, los viernes, por la guardia. Van a un hotel que queda sobre la calle Río de Janeiro. Alicia se sienta contra el respaldo de la cama y sin quitarse la bombacha, corriéndola un poco de costado, se mete, bueno, el muñón de Héctor, en la vagina. Se queda así un rato largo, con los ojos cerrados. Después Alicia le chupa, a Héctor, la poronga, lo hace eyacular. Duermen abrazados. Al día siguiente desayunan, conversan sobre alguna generalidad, se despiden con un beso en la mejilla.
Y nada más. Hay historias algo sórdidas por cierto, donde se alcanza a percibir un orden que va mucho más allá de nuestras módicas capacidades de comprensión y raciocinio. Son las historias que me gustan a mí.

28.2.15

Experiencia traumática


Estuve muerto, así como escuchás, así como te lo estoy contando. Volvía de Pinamar y tenía pensado salir bien temprano el domingo, pero salí de joda el sábado, chupé como un animal. Fui al casino y gané plata, seguí de largo.
Entonces arranqué el domingo, pero casi al mediodía, hecho pelota. Me dolía la nuca, sentía la nuca a diez o quince centímetros de la nuca, me latía. Y había vomitado, cuando me levanté. Tomé café y salí, no daba más.
Me quise apurar, ahí estuvo el tema. Pisé el pedal, venía a ciento sesenta, te imaginás, a ciento sesenta no doblás ni frenás. Eso fue lo que pasó, apareció un carro en medio de la ruta, así como escuchás, un carro tirado por un caballo, y no pude hacer ninguna de las dos cosas.
Seguí de largo, me la di contra un árbol. Perdí el conocimiento, la conciencia, llamalo como quieras. Me morí.
Y mientras estaba muerto, fue curioso. Porque la gente no sabe, cuando estás muerto, estás muerto y te ves. Tratá de pensarte muerto y vas a ver que no podés, porque ves la escena, porque te ves, y eso implica que eso que sos no muere, hay algo más.
Estuve muerto, te decía. Y no, no vi un túnel ni luces, no había ángeles ni una musiquita en particular. Estaba muerto y estaba desayunando, con vos. Estábamos en la cocina, así como ahora, y tomábamos mate, y vos te quejabas de algo, de cualquier cosa, y a mí se me hacía tarde para ir a trabajar.
Me recriminabas algo, algo que yo no había hecho o que había hecho mal, y se me caía una galletita con mermelada, al piso, y vos te ponías peor. Porque la galletita caía dada vuelta, o sea con la cara pintada de mermelada, al piso. Y vos decías que si yo te quisiera, bueno, la galletita hubiera caído del derecho, y no del revés. Si yo te quisiera la galletita hubiera caído de la forma que hiciera menos enchastre, eso era una señal. Que siempre lo mismo, que eras una bestia de carga, que no parabas de limpiar.
Se ve que alguien, un auto, pasó, y llamó por celular. Andaba una ambulancia cerca, me lograron salvar. Decí que los tipos tenían el desfibrilador y todo, lograron llevarme al hospital.
La experiencia fue traumática, por cierto, me rompí una pierna en tres pedazos, una clavícula, y me quedó un feo hematoma en la frente. Al principio tenía que hacer todo en cámara lenta, me costaba coordinar.
Después, más o menos, la vida se acomoda. Pero lo que me quedó claro, de la experiencia, es que vivir con vos es la muerte. Sobre todo el desayuno.

24.2.15

Grageas


Pensé que se podía ser feliz. Pero no, no es posible ser feliz. No se puede. Y en ese descubrimiento habita algo, no sabría decirlo con exactitud. Una suerte de comodidad que bien podría ser un sucedáneo de la felicidad.
Para que lo puedas entender, si habláramos de ropa, sería una segunda marca.
(de ‘Fuera de tu shopping’)

La mujer en la vereda, habla con una vecina. Dice que, desde que se divorció, compró un perro. Tira de la correa, y sonríe. Dice, arreglándose su horripilante cabello, que no le falta nada, que se acabaron las discusiones, que tiene todo lo que podría necesitar.
Así que miro al perro. Tiene, el perro, la mirada que tantas veces he visto en oficinas. La mirada de un marido que sólo piensa en escapar.
(de ‘Complicidad de género, solidaridad de clase, y algunas otras barbaridades’)

Si se espera el amor, el tiempo suficiente, vendrá el amor. Pero, tal vez, por haberlo esperado el tiempo suficiente, todo lo que fuera necesario, cuando venga el amor, será un fastidio. Después de haber permanecido en una sala de espera, cualquier cosa que nos diga el doctor nos molesta.
Y al salir del consultorio, al volver donde quiera que sea, no podemos quitar de nuestra mente a toda esa gente que en la sala de espera, espera y espera.
(de ‘Bienvenido, bienvenido amor, decía la canción’)

Me sirvo otra porción. De pizza. De roquefort. Y con la fugacidad hecha de instante, de ranura de tiempo, de ese material inasible y mercurial que dura un parpadeo, comprendo el significado de la letra de la canción ‘Color esperanza’.
Esperanza. Verde. Roquefort. No es que te considere tonta, te lo explico porque creo que ni el autor sabía a qué se refería, de qué estaba hablando.
(de ‘Nanána nanána, naná ná nanána’)

Aquellos desgraciados que han tenido la oportunidad de leer lo que escribo me dicen, a veces, que mi personaje es más interesante que la persona real. Hacen entonces una pausa donde entraría fácilmente un camión de expectación, como si acabaran de descubrir la vacuna contra el acné juvenil. Y yo no sé qué contestarles. Sobre todo porque, por lo general, ellos no tienen personaje. Lo que quiero decir es que no hay nada más, son así.
(de ‘Frazaditas’)

Suena el teléfono. Deben ser las tres de la mañana. Atiendo.
–Hola –digo, mi originalidad es un himno.
Oigo el ladrido de un perro, alto, estridente, inflamado de indignación, un ladrido que parece decir ‘hijo de puta’, y también ‘te di los mejores años de mi vida’, un ladrido que manifiesta a viva voz que le fallé, que le mentí, que ha sufrido por mi exclusiva culpa.
Vuelvo a la cama. Merezco, sin duda, todo lo que me sucede. Pero no es normal.
(de ‘Culpable, culpable’)

Dice Cheever: ‘podemos enviar un hombre a la luna, pero no podemos curar la artritis’.
Aplausos.
(de ‘Gracias’)

Yo también, ahora que lo pienso, he sido un niño precoz. Con alguna peculiaridad que hace a intrínsecas características de mi persona. Tal vez algo sesgado a lo malo, a lo trágico, a lo perverso, atributos que suelen tener una negativa connotación, lo admito.
La crisis de los cuarenta la tuve a los once, for example.
(de ‘Precoz’)

La mujer más linda que conocí en mi vida, la veo por la calle, y es fea. La pizza más rica que probé una madrugada de invierno, la pizza que te hacía saltar un par de lágrimas de la más pura alegría, ya no me conmueve. La lluvia me moja y meto las patitas en el mar pero no, no funciona como debiera, como debiese.
Algo ha pasado, soy otro.
(de ‘No me peguen en el piso’)

Tengo la culpa católica, la angustia judía, el rencor acumulado de un negro, el sentimiento de falta de aceptación de un puto, el deseo de revancha de un gordo, de un enano, de un rengo. De un enano gordo rengo.
Estoy hecho mierda, ya lo sé.
(de ‘Soy así’)

Me gustaría que me quieras por lo que soy.
Pero lo sé, me conozco, no va a ser posible.
Así que lo mejor es que me digas cuánto es, qué te debo.
(de ‘Falso haiku’)

18.2.15

Todo lo que no hay que ser


Debía estar mal yo, lo admito. Me estaba divorciando, y Catalina no paraba de romperme las pelotas. Me había tenido que alquilar un departamentito por Villa Urquiza, hasta que lográramos vender la casa y entonces me pudiera comprar algo más o menos decente. Catalina me complicaba las visitas a la nena. Me decía ‘sí, cómo no, vení a buscar a Pili el sábado a las diez de la mañana’, y cuando yo iba, tocaba el timbre y no había nadie, se habían ido a pasar el fin de semana a Luján, a lo de su familia. O a Cañuelas. Pedía dinero, reclamaba que yo no le pasaba el dinero que le correspondía, pero no era sólo dinero. Me odiaba, me consideraba un repugnante ser, causal de todas las calamidades que habían acontecido en su vida. Así de simple. 
La novela que había estado escribiendo durante los últimos cinco años, donde había puesto cada molécula de mi atribulado ser, la novela que me catapultaría a mi tan merecido destino de grandeza, finalmente la había presentado en una editorial. Me mandaron un mail a las dos semanas, me dijeron que no estaban interesados. También me dijeron que quizás escribir no era lo mío. Que me dejara de joder. 
Me senté a desayunar, en un bar de Boedo. Tenía que encontrarme con Emilio, que me iba a prestar el auto hasta que el mecánico terminara con el mío. Emilio era un amigo.
Entró un tipo, al bar, se sentó en la mesa de al lado. El bar estaba casi vacío, pero el tipo se sentó en la mesa de al lado. De traje, el tipo, y lentes. Más de cincuenta años, con un maletín de cuero de esos medio triangulares, como los que usan los visitadores médicos. Se estaba quedando pelado, y usaba el pelo de un costado de la cabeza, para intentar cubrirse, cómo decirlo, el techo de la cabeza. También iba teñido, de un color inverosímil. Te hacía doler la vista de solo verlo.
Pidió un café con leche con dos medialunas, de manteca, se paró para agarrar un diario de otra mesa, y volvió a sentarse.
Vino su pedido. Acá empezó la cuestión, el tema. El tipo seguía leyendo el diario y con una mano agarró, al mismo tiempo, un sobrecito de azúcar, y uno de edulcorante. Los abrió de un saque, con la otra mano, de un solo movimiento, y dejó caer el contenido de ambos sobres dentro de su café con leche.
Seguía leyendo, con la cabeza demasiado cerca del diario apoyado sobre la mesa. Se le levantaba, un poco, el pelo, la tapa de pelo tan precariamente construida. Levantó la taza, dio in largo sorbo del café con leche, mientras leía.
No pude soportarlo.
–Usted –dije–. Usted –repetí más fuerte, y entonces no tuvo más remedio que levantar la cabeza y mirarme–. Usted es un imbécil.
Se hizo un silencio, una pausa. El hombre tenía una medialuna en la mano, y acababa de dar un mordisco que se ralentizó, mientras me miraba, la medialuna en el aire, su masticar en cámara lenta.
–Usted es todo lo malo de este mundo –proseguí–, todo lo que no hay que ser. Usted fracasó en la vida, no hay más que verlo, pero eso no le interesa en lo más mínimo. Usted le pone azúcar y edulcorante al café con leche al mismo tiempo, porque sí, porque alguien le dijo que el azúcar hace mal aunque a usted le gusta. Usted va a trabajar durante treinta años en la misma oficina sin preguntarse jamás por qué. Usted se debe haber casado con una mujer que lo detesta, y que lo manda a hacer las compras los domingos, y que lo deja cogerla el tercer viernes de cada mes, con la luz apagada por supuesto. 
Me puse de pie. No era yo, lo admito, pero era yo. Salía de mí, una fuerza de la naturaleza, algo se quería manifestar, algo que tenía que suceder.
–Usted es un asco –le tiré el diario, al piso–. Usted no sabe si está feliz o triste porque perdió la sensibilidad para comprender la diferencia, si su televisor a partir de mañana fuera en blanco y negro usted no diría nada, le parecería bien. Usted no sabe si prefiere veranear en el mar o en las sierras, y si en una encuesta le preguntaran cuál es su plato preferido usted respondería ravioles, y milanesas, y arroz con pollo, claro, también. A usted le gusta el vino pero no demasiado, nunca demasiado, usted toma cerveza los domingos, en el almuerzo, una latita, con eso está bien. Detesto lo que usted es y lo que representa, el universo entero debiera escupirle el café con leche, pero en lugar de eso me estoy yendo a la mierda, yo. Mi vida entera se va a la mierda mientras usted leerá la página de deportes aunque no le importe demasiado el resultado, aunque no sea capaz de recordar, ni bien salga del bar, quién jugó con quién. Si le dieran un periódico de hace quince años ni siquiera notaría la diferencia, si estuviera Kempes en la tapa usted seguiría leyendo lo mas bien. Usted ni siquiera se angustia por lo que hubiera querido ser cuando fuera grande, porque no quiso ser nada. Ni siquiera albergó algún anhelo, no le prestó atención, sabía que no tenía la más mínima posibilidad, y eso le pareció, desde siempre, desde el vamos, la cosa más normal del mundo. El solo hecho que usted respire el mismo aire que yo me hace mal, me hace doler.
Se me había salido la camisa del pantalón, me había agitado, la gente me miraba. Un mozo dudaba en acercarse.
–Uy –dijo el hombre y miró los sobrecitos–. Debían estar pegados, ni me di cuenta. Pero todo lo que dijo es desde ya opinable. Quiero decir, puede ser.

12.2.15

Lección de vida


Todas las mañanas, camino cuatro cuadras para desayunar. Antes de ir al centro, a trabajar. En una época iba al centro y desayunaba ahí, pero ya no. El centro está podrido, flota una nube aunque nadie la ve, es la nube de la frustración, de todos los que querían ser otra cosa pero no tuvieron más remedio que ir a trabajar. Por dinero, claro.
​Es como en esa película, me confundo el nombre, sobre la energía que queda en el lugar donde tiraron una bomba atómica, eso perdura, eso no se va más y genera tremendos efectos, horribles trastornos. O si vas a una cárcel abandonada, un lugar donde torturaron gente. Flota el espanto en el aire, los gritos que rebotaron conta las paredes. La gente está distraída, la gente no se da cuenta porque es algo intangible, porque no se ve. Pero está ahí, esa energía de dolor te mastica el alma. Andate a vivir a más de cien kilómetros de la capital y te vuelve a crecer el pelo, se te van las ojeras y las ganas de llorar. Es probable que se te vuelva a parar la pija, que se te vuelva a humedecer la vulva (no, bueno, las dos cosa al mismo tiempo no, según corresponda, según el caso).
Doblo en C., y hay un mendigo. Está hecho de mugre, descalzo, pringoso el cabello, ha ido acumulando sucesivas capas de prendas que, harapo sobre harapo, junto con cartones y pedazos de papel de diario para protegerse del frío, constituyen su vestimenta. Es evidente que lleva unas buenas semanas sin bañarse.
–Señor, señor –me dice cada vez que me ve. Yo me acerco, lo saludo, y le doy un par de monedas de dos pesos. O un billete de diez.
​–Dios lo va a bendecir –dice él. Luego camino una cuadra más, y me meto en el bar a desayunar
​Esa es la rutina.
​Pero el otro día, metí la mano en el bolsillo, y no tenía nada. Raro, pero no tenía. Tampoco era grave, le debo estar dando algo con diaria periodicidad, de lunes a viernes, hace más de un año. Pero no tenía, no tenía monedas, ni cambio. Sólo la billetera, donde llevo los billetes de cien. Así que seguí de largo.
​ –Dios lo va a castigar –dijo. Alcancé a escucharlo. Me detuve. Volví, como se suele decir, sobre mis pasos. Tres, cinco pasos.
​–Oíme una cosa, turro –lo increpé–. Te estoy dando plata todas las mañanas, y me decís que Dios me va a bendecir. Una vez que no tengo cambio, y me decís que Dios me va a castigar. Mirame, mirame bien. ¿Entonces si mañana te vuelvo a dar monedas, Dios me va a volver a bendecir? ¿Así funciona?
​–Y sí –se corre un poco el pelo del rostro, su sonrisa está hecha de amarillos intervalos–. El mundo se trata de lo que necesito yo, no sé qué le ves de raro.

6.2.15

Cambio de paradigma


No, lo que te mata no es fumar. Lo que te mata, lo que te hace moco, es verle la cara cada mañana a tu mujer, cuando sale del baño, de cagar. Y parece disconforme, con la rotación y la traslación del planeta tierra, con la lluvia y con el sol y cualquier fenómeno climático intermedio, con la vida que le tocó, con por qué te eligió, con el final de la novela que dan por la noche en horario central (todas las novelas terminan mal). Y sí, claro, con su manera de cagar.
No, olvidate, el whisky no hace ningún daño, el whisky no hace mal. Lo que hace daño es ir al trabajo otra vez, prender la computadora otra vez, que suene el teléfono otra vez. Que alguien te diga que alguien cumple años o que se tiró un pedo o que se murió, que te digan que hay que quedarse después de hora para escuchar lo que tiene que decir el gerente general o intergaláctico, o hay que ir a un entierro, o hay que brindar.
No, ese café, ese helado, esa milanesa, ese culo, esa lata de coca cola tan fría que te pica la garganta. Nada de lo que te gusta, nunca, jamás te hizo mal. Lo que te destroza es lo que nadie dice, lo que te arruina es todo lo demás.

30.1.15

Control remoto


–Cuando te digo que no es no, che –dije. 
Me incorporé un poco, en la cama. Me dieron ganas de fumar.
–Tenés que entender que uno también tiene quilombos –encendí un cigarrillo, pité–. Mi trabajo es mental, y eso es mucho peor que un trabajo físico. Porque descargar un camión repleto de ladrillos lo puede hacer cualquier retardado, pero estar pensando qué hacer con el dinero de otros. Hacer que ganen dinero, no fallar, exige agudeza y precisión, sagacidad. Hay mucho riesgo involucrado, es una presión enorme.
–A ver si lo entendés –me puse de pie, en calzoncillos, traté de meter un poco la panza para adentro–. Para que lo entiendas, no es un problema del hardware –me agarré, con una mano, la encogida poronga, los pesados huevos–. El problema es del software –me solté los huevos y me apunté, con un dedo índice, la sien derecha.
–Vos también sos tremenda –chisté, contrariado–. Sos muy egoísta, las cosas tienen que ser como vos querés, cuando vos querés. Yo no soy una poronga con rueditas. Soy un ser humano con todo lo que eso implica, con sus pasiones, sus anhelos. No puedo arrancar a control remoto. 
–Ehhh –dijo Miriam, se frotó los ojos con un antebrazo–. Estás hablando solo, Juan, me asustaste. Dormía.
Todos necesitamos rechazar, algo, cualquier cosa. No importa de qué manera se esté yendo, al mismísimo carajo, tu vida. Te hace sentir bien.

24.1.15

Para Jonathan, para Micaela


Si te llamás Jonathan sos un pelotudo.
No, en Estados Unidos no, en Estados Unidos está bien. Es normal, eso quiero decir, no importa. A quién carajo le importa cómo te llamás en Estados Unidos.
Pero si te llamás Jonathan y naciste en Buenos Aires, bueno, tu mamá no te quiso. Es claro para mí.
Si te pusieron Jonathan, tu mamá tiene algún retardo. Veía muchas telenovelas, telenovelas mexicanas principalmente, venezolanas también. Tu mamá estaba esperando que le sucediera algo maravilloso, un cuento de hadas, algo que no le sucedió porque le sucedió tu papá, que era corredor de artículos de limpieza por la provincia de Buenos Aires, zona oeste. Tu papá que es hincha de Lanús y sueña con que Lanús juegue la copa Libertadores y le gane al Palmeiras o al Corinthians, de visitante, en Brasil. 
A tu mamá, que nunca hizo un pomo más que mirar telenovelas, le pasó tu papá, que sigue yendo a la cancha. Y después naciste vos, que estuviste a punto de ser Brian, pero fuiste Jonathan, no sé qué es peor.
Nada, no se te va a ocurrir absolutamente nada y no es del todo tu culpa. Tiene que ver con de dónde venís, lo que sos. A veces, pasa que alguien tiene la suficiente fuerza para volantear, torcer su destino. Pero no vos, Jonathan.

Si te llamás Micaela sos una tarada.
Si te llamás Micaela es porque tu mamá creía que ibas a tener inquietudes artísticas, algún profesor de la primaria le dijo alguna vez que dibujaba bien (ella, vos todavía no habías nacido). Después se metió en una banda de rock, en la secundaria, aunque en la banda no estaban muy seguros si querían ser los Beatles o los Rolling Stones, o cantar canciones de Mercedes Sosa o de Víctor Heredia en las peñas donde el vino por lo general es malo pero barato. Se comen empanadas.
Y tu mamá iba a Villa Gesell a vender remeras con estampados de mariposas y flores, y fumaba marihuana con mugrientos artesanos que la cogían en el interior de destartaladas combis o directamente en la playa, de noche, cobijados apenas por la lona de una carpa.
Y tu mamá quedó embarazada mientras trabajaba de moza en un bar de San Bernardo, y no supo muy bien de quién porque ese verano habían venido a tocar muchas bandas y la cogieron, a ella y a otras, entre varios. 
Tu mamá pensó que vos serías la nueva Janis Joplin, que terminarían todos los domingos comiendo un asado en la casa de Spinetta, o viviendo en Buzios, donde el agua es muy fría pero es tan rico el ananá, las ensaladas, el mango.
Así que no importa. Estudiaste computación, y sos vegetariana. Cantabas en un coro que animaba fiestas infantiles, casamientos, después se pelearon por un temita de plata. No pudiste hacer mucho más que eso, Micaela. No te daba.

Si no te llamás ni Jonathan ni Micaela, bueno, es más o menos lo mismo. No parece que vayas a poder hacer gran cosa con tu vida. Somos lo que somos, poco tiene eso que ver con lo que pudimos ser. Es triste, podríamos encontrar múltiples razones, infinitas causas. Tampoco importa mucho cómo te llames.

18.1.15

Pulsión


Cuando yo la conocí, ella ya tenía varios años de yoga encima. Lo cual, junto con los por demás tangibles beneficios para la salud que la milenaria práctica proporciona, bueno, también le daba un cuerpo estilizado, flexible y apenas musculoso a la vez. Me atrevería a decir con las más exquisitas proporciones.
Empezamos a salir y ella me fue contando sobre la avidez espiritual que se le había ido despertando muy de jovencita. Casi podríamos decir en la adolescencia. Unas ganas de saber, de entender la vida. No podía ser sólo lo que se veía en la superficie. Había más, mucho más, y ella quería experimentarlo. Ella tenía esa pulsión. 
Al poco tiempo nos fuimos a vivir juntos. Empezó un posgrado de Reiki que duraba dos años, se trataba ella misma para estar radiante, y atendía pacientes. Hacía circular la universal energía con la ayuda de sus manos, activaba chakras, enviaba energéticas ondas de paz y salud a los animales y a las plantas, a la galaxia toda.
Practicaba Tai Chi Chuan, también. Con un chino de noventa y tantos años que era venerado en todo el mundo. El chino la guiaba a través de la oriental sabiduría, le mostraba, sin hablar, los caminos del Tao. 
Había hecho el curso de El Arte de Vivir, todos los cursos, desde el básico hasta los más avanzados que incluían retiros. Respiraba veinte minutos cada mañana, siguiendo un método, antes de desayunar, se purificaba de ese modo.
Y meditaba, claro. Meditaba sentada, y parada, y caminando también. Decía que la meditación no era una práctica, la gente no entendía bien. La meditación era una cosa permanente, un estado del ser, una forma de vida.
Cuando descubrió que yo estaba cogiendo con la boliviana que venía a limpiarnos el departamento una vez por semana, se puso mal. La boliviana era casi analfabeta, y debía andar bien arriba de los cincuenta años, pero viste que es difícil sacarles la edad. Tenía una leve renguera, la mujer, y le faltaban varias piezas dentales.
–¿Cómo puede ser? –dio una patadita en el suelo, ella, se sacó el pelo de la cara– ¿Cómo puede ser que estés con esta mujer? Vuelvo y te encuentro en la cama con la señora de la limpieza. Cómo puede ser, Juan.
–Bueno –dije, mientras intentaba ponerme aunque sea un shorcito, no se debe discutir desnudo con alguien que está vestido–. Es que acá, a Normita, le importa un carajo el espíritu. A Normita le gusta coger.

12.1.15

Analía se mira un dedo del pie


Pasé a saludar a un amigo. Se mudó, mi amigo, a una casa que compró en la parte más linda de Acassuso. Tiene plata, mi amigo, hizo dinero, es un abogado de los bravos. 
Además de la casa, consiguió una novia, no, no la compró, o quizás sí. Es opinable, no viene al caso. La chica es preciosa, linda como una mañana de sol en la playa. Flaca, morocha, alta, con el cabello corto. Las piernas largas, con las rodillas apenas hacia adentro, tetitas firmes, finísimos tobillos.
No, no me interesa la novia de mi amigo. La observé como un objeto de diseño, como podría observar un Alfa Romeo Mito azul recién lustrado, como podría observar una milanesa con papas fritas y dos huevos fritos encima, las yemas ahí, expectantes, a punto de reventar al menor roce de un pedazo de pan. Por aquello de ‘una cosa bella es una alegría para siempre’, como dijo el poeta. 
La chica debía tener no más de veinticinco años, como mucho veintisiete. Se paseaba en bikini, recién salida de la pileta. Su culo compacto y corto, un culito para ponerla en cuatro patas y entonces sí, mientras le chupás la concha, mientras la paleteás como si tuvieras la lengua de un ñu, le apoyás la nariz en el culo. Le metés, apenas, la nariz en el culo, le respirás adentro.
Pero. Yo estaba tomando un gin tonic, conversando un poco, había más gente. Otros amigos de mi amigo, un par de parejas. Y entonces vino el pero. La chica, la novia de mi amigo, Analía. Se sentó envuelta en un toallón, en el asiento que estaba al lado mío. Quedó de perfil. Y pude verlo, no me preguntes cómo pero pude verlo, aunque quizás la palabra, el verbo utilizado, no sea el correcto. Porque era más sentirlo que verlo, sentirlo tan claramente como sentiría si me pincharas un huevo con un alfiler de gancho.
La chica se observaba, como al pasar, mientras fingía participar de la conversación. Se observaba algún detalle, un dedo de sus fantásticos pies, o un lunar, o el reflejo de su perfil contra la espejada superficie de un mueble de diseño. Aterrada, atenta y aterrada a la vez, en parecidas proporciones, como quien vuelve a su domicilio y descubre que alguna cosa no está en su lugar, las panteras han entrado al templo.
Y entonces entendí todo. Cuando tenés un don, el don viene, trae incorporado, lo sepas en un comienzo o no, el terror a perderlo. El don, que te define, que forma constitutiva parte de tu ser, viene con el qué será de vos cuando empiece a menguar, cuando el brillo se opaque.
Quizás las cosas sean muchísimo más justas de lo que pensamos. Y más perversas, también.

6.1.15

Concepto de finitud


–El problema es el concepto de finitud –dije, con la boca llena de papas fritas.
Estábamos en la casa del Pipi, buen amigo. Habíamos ido juntos a la secundaria. Escuela Nacional Superior de Comercio Número 3, ‘Hipólito Vieytes’, de Caballito. Hacía mucho, en otra vida.
Éramos cuatro, estaban, además del Pipi y yo, Hugo y Mariano. Había cumplido años, el Pipi, la semana anterior, y nos invitó a su casa a cenar. También estaba Gabriela, esposa del Pipi, había prometido hacer milanesas con papas fritas. Una maestra, Gabriela. Si algún día conozco una mujer que me quiera, se va a llamar Gabriela, pensé, tuve esa sensación
–Es verdad, es verdad –dijo Hugo, muy serio. Dejó los cubiertos al costado del plato. Parecía compungido.
–Hasta los treinta años no aparece en tu universo el concepto de finitud –dije, y me metí un bocado de milanesa, un cuadrado de unos cinco centímetros de lado, en la boca, aún sin haber terminado de tragar las papas fritas–. Y entonces páfate. Aparece, crece, se desarrolla. Como un virus, como una bacteria. Vas descubriendo que sos mortal, que te vas a morir. Que hay tantísimas cosas que no hiciste y te hubiera gustado hacer. Que vas a desaparecer de la faz de la tierra, en breve. No importa si faltan once años o treinta y siete. Van a seguir estando allí los árboles, las flores, la lluvia y el mar. Pero vos no vas a estar ahí. Vos no.
–Es tan real lo que decís –Mariano bebió un sorbito de vino–, tan tremendo.
Personalmente prefiero las milanesas con puré, pero las papas fritas estaban buenísimas. Brillaban como soles en miniatura, doradas, crujientes. Me serví, de la fuente, a mi plato. Incliné la fuente y dejé que se deslizaran, que vinieran a mí.
–La muerte está ahí, de pronto te notificás –milanesas, me serví otra milanesa. Había mayonesa, había mostaza, dudé. Apreté un limón. Milanesas como mapas de Oceanía, milanesas como rostros del pasado, milanesas–. Y ves cómo se derrumba todo tu orden de prioridades. Te crece una tristeza que es un pozo, una hondura difícil de clasificar, la sensación de caer que sólo habías experimentado en sueños. 
–Está bien, es verdad –el Pipi jugaba con el tenedor a pinchar restos de pan rallado que habían quedado en su plato–. Pero parece más que nada descriptivo, como un enunciado. Quiero decir, no veo propuesta. Te falta decir algo más, no sé.
–No –dije–. El problema no tiene solución, eso está claro. Pero el solo hecho de mencionarlo hizo que se quedaran pensando. Y yo me pude comer casi tres milanesas al hilo. Me pareció que no iban a alcanzar para todos, la verdad que por un momento me preocupé.

30.12.14

La rana y el escorpión, again


El escorpión había ido a jugar al fútbol con los muchachos, varios escarabajos, los cangrejos de siempre, un cucarachón nuevo que jugaba de wing, parecía medio gordo y hacía siempre la misma. Pero lograba sacar el centro, siempre, y le pegaba a los tiros libres con un fierro. Después del partido habían tomado un par de cervezas. Llegó hasta la orilla de la laguna.
Ahí nomás, pintándose las uñas, escuchando música en el iphone, estaba la rana.
–Hola, qué hacés –dijo el escorpión–. Te invito a cenar, hay un restaurante en Palermo Hollywood donde hacen comida molecular, está muy de moda, van animales conocidos. O sushi, si preferís. Ah, primero, ¿no me cruzás hasta el otro lado de la laguna? Hoy arranqué muy temprano, y dejé el auto de ese lado.
–No, sorry –dijo la rana–. Pero si te cruzo me la vas a poner así de una, y después seguro no me llevás a comer a ningún lado. Además, tengo las uñas recién pintadas, y el agua de la laguna me las deja a la miseria. Vengo de Pilates, estoy recansada.
–Pero no seas tonta –dijo el escorpión– ¿Cómo te voy a garchar en medio de la laguna, por quién me tomás? Te digo que quiero ir a cenar con vos, a tomar un champancito. Quiero que me cuentes cosas de tu vida, me interesás como rana. Si lo único que quisiera es coger, no hubiera venido hasta esta laguna. Hay un charquito a mitad de camino donde organizan unas fiestas electrónicas que se ponen rebuenas, van culebras verde flúo y ratas jovencitas, venden pastitos energizantes y plancton alucinógeno, todo el mundo dado vuelta. Además, si te cojo en medio de la laguna, nos ahogaríamos los dos.
La rana duda. Mira al escorpión, es un escorpión joven, tiene el cuerpo trabajado, se nota que va al gimnasio. Usa un peinado moderno, y tiene auto.
–Bueno –dice la rana–. Dale, te cruzo.
El escorpión se sube. La rana comienza a cruzar, nadando, la laguna.
De pronto, la rana, siente. Es inconfundible, la sensación, apenas dolorosa, y tan agradable a la vez. La están cogiendo.
–Pero –dice la rana, contrariada–. ¡Me estás cogiendo! Me estás cogiendo en el medio de la laguna, y sin forro además. Me dijiste que íbamos a ir a cenar, o un fin de semana al Conrad en Punta del Este. 
–Sí –dice el escorpión–. Sé que sos una rana conchuda y mala, jamás debí hablarte, pero viste cómo es. La calentura, las ganas de coger. No pude evitarlo.
La rana queda embarazada. Entonces, la rana y el escorpión se van a vivir juntos. Al escorpión no le alcanza la guita, nunca le alcanza la guita. La rana está siempre de mal humor. Vienen algunos parientes, de la rana, los fines de semana, de visita. El escorpión no puede ni ver un partido de fútbol tranquilo. Duerme mal, el escorpión. Va a ver a un médico de la selva que le dice que el diagnóstico es bien sencillo: está estresado. La rana, después de parir, queda del tamaño de una rana y media, lo único que quiere es comer insectos dulces y ver programas de concursos por televisión. Casi no se hablan.
Lo que quise decir es que el escorpión y la rana se hunden, como todos ya saben.

24.12.14

Música para meditar


Las cosas que no te dicen.
Después de trabajar, ponele, diez años en el centro, no queda nada. No queda nada de vos. Imaginate, para que lo entiendas, que tu sistema nervioso central fuera un paquete de fideos ‘Don Vicente’. Bueno, ahora imaginate que agarrás el paquete de fideos, lo sacás de la bolsa, y lo partís en dos, como te salga, como puedas. Ahí está, eso es lo que sucede si trabajás diez años en el centro, en algunos casos con cinco años alcanza, es suficiente. No servís más.
A Moni se le había ocurrido que yo tenía que meditar. Ella decía que desde que había empezado a meditar veía la vida en colores. Pero yo no tenía tiempo para meditar, a decir verdad no tenía tiempo ni para rascarme el culo, mucho menos para meditar. 
Pero Moni me quería ayudar, tuvo una idea. Me grabó en su Ipod música para meditar. Lo único que yo tenía que hacer era aprovechar cada viaje en subte. Transformar ese calvario en mi terapia, cerrar los ojitos, escuchar la música. Y meditar.
–El símbolo de tortura, una vez trascendido, se transforma en la salvación. Fijate, por ejemplo, Cristo en la cruz –dijo Moni, muy seria. 
Ahí iba yo, a las ocho de la mañana, me subía al subte en Lacroze, cerraba los ojos, de pie, en medio de un millón de almas. Prendía el Ipod.
La verdad que lo más difícil era vencer mi propio escepticismo. Mi constante angustia de sentir que la vida, mi vida, había tenido la relevancia de un pedo en una tormenta eléctrica. No me había salido nada, nada de lo que yo había querido, y lo que se venía era peor.
La música era primero ínfima, mezclada con el sonido del viento, y después con el sonido del agua, agua cayendo. Como si estuvieras en presencia de una cascada. Unas pocas instrucciones, cerrar los ojos, sentir, sentir el cuerpo, cualquier sensación corporal que te arrastraba de inmediato hacia el presente. Respirar, sentir la respiración, la respiración era el ancla, prestar atención a los intervalos, a lo que no tiene forma, al silencio. Venían los pensamientos, claro que venían, los pensamientos, pero no importaba. No luchés, no hay que luchar, si luchás con la mente vas a perder, la mente come de vos, se alimenta de tu atención y se hace más fuerte. ‘What you resist, persists’, entender que la mente no es un objeto, es una acción.
Nada, escuchás la música. Luego la música era como la música de las películas del espacio, como si estuvieras fuera de la tierra, flotando en la inmensidad de la galaxia. Esa música, agradable por cierto, y vos sos el observador, el eterno testigo, lo que eras antes de nacer. Estás fuera de todo lo observado, ni cuerpo ni mente, ‘I am that by which I know I am’, somos presencia consciente. Pausa, silencio, un tintineo como de un xilofón, y más pausa. Silencio y pausa. Silencio.
Me había ido, lejos de mi vida, a otra parte. Era yo, todavía era yo, pero no era yo, era una especie de yo sin centro, una sensación de dicha sin causa, algo tan placentero. La meditación funcionaba, le iba a contar a Moni apenas llegara a la oficina. Se iba a poner contenta.
Abrí los ojos, estaba en Carlos Pellegrini. En el vagón, de pie. Me habían robado el Ipod. Tuvieron la delicadeza de dejarme los auriculares puestos, y me robaron el Ipod, son unos fenómenos, ni me di cuenta.

18.12.14

De qué se trata


No, flaquito, estás en bolas, no entendiste  nada. Por eso fracasaste, fracasás y vas a volver a fracasar, no queda otra.
A ver, cuando sos chico, buscás una mina linda, es de lo más normal que busques una mina linda. Tetas, culos, lo que más te guste, lo que prefieras. Una piba que pueda bajar a la playa sin tener que usar un poncho, que se ponga un jean apretadito. Que den ganas de verla en bombacha mientras busca algo en la heladera.
Pero si la chica es linda de joven, significa que fue linda desde siempre. Y eso hará que la piba crea en algo, que el universo le debe algo, a ella, por el mero hecho de existir. Por tener las tetas grandes o paraditas, o un culito firme. Le molestará todo, será una catarata de fastidio. Se quejará del café muy caliente y del helado muy frío, le molestará que repitas otra vez esa ridícula historia de la adolescencia o que le salpiques el cabello con una mísera gota de esperma. Se irá dedicando más y más a defender sus naturales atributos contra el mucho más natural paso del tiempo, será ése el leitmotiv de su existencia. Destino de frustración.
Después de eso, es de lo más normal, buscarás una mujer inteligente. ¡Peor! Muchísimo peor, un error con características de absoluto. Buscarás una piba que haya estudiado filosofía o ciencias de la comunicación, o incluso psicología. Una mujer que lea de corrido y corrija parciales, que de clases o tenga pacientes que dependan de ella. Una mujer que fuma y que sabe con mayor o menor precisión, con un error de no más de diecinueve centímetros, dónde queda su propio clítoris, y quiere hablar de eso, además.
Pero si la mujer es inteligente, si la mujer cree que es inteligente, le parecerá que freír un par de milanesas es una actividad muy menor, pudiendo perfectamente aprovechar ese tiempo para angustiarse por el hambre en Etiopía. Le parecerá que la práctica del boxeo es una machista demostración, un rústico intento por regresar al tiempo de las cavernas. Le parecerá que cuando comés pizza con ajo a la noche, a la mañana siguiente tenés el aliento de un dragón y ella bien podría estar en Paris, tomando un té con leche con Deleuze. 
Lo que hace falta, lo que hay que encontrar pero casi sin buscar, buscar es parte del problema por paradójico que parezca,  es una mujer con algún trauma. Algún defecto físico menor, una leve bizquera, o una fina renguera, o una mancha de nacimiento, en el rostro, una quemadura. Algo que la haya hecho sentir, desde niña, que no habría nada bueno en el mundo para ella. Una mujer que haya sido golpeada un poco por sus padres, o con un no consumado intento de violación por parte de un tío, una mujer que haya sido mordida por un doberman o que haya salido volando a través del parabrisas en un accidente automovilístico. Algo que le haya dejado bien en claro que el mundo puede perfectamente volverse, en el intervalo de tiempo que dura un instante, un espanto, un horror.
Ahí aparecés vos.

12.12.14

Molestar y doler


Repasemos.
Hay cosas que te van a molestar, y cosas que te van a doler. El problema es que la gente se confunde. La gente va y confunde, lo que le molesta con lo que le duele, lo que le duele con lo que le molesta. 
Y es un problema, dije, porque lo que hay que hacer, ante ambas situaciones, es bien diferente.
En líneas generales, por cierto, tampoco podemos ir caso por caso. En líneas generales, entonces, decía. Ante la molestia, ante lo que molesta, uno debe amigarse. Sí, claro, con la molestia. Uno debe, lo digo como puedo, lo digo como me sale, sintonizarse con esa molestia, y de esa forma, entonces, la molestia molesta menos, mucho menos. O no molesta. Ante el dolor es distinto, pero básicamente lo que hay que hacer, cuando duele, es primero evitar, alejarse del dolor, tanto como se pueda, y recién entonces, acorralado como un jabalí contra el río, combatir. Pero nunca en exceso, sería, si se tratara de un combate de boxeo, de devolver la trompada, al dolor, una suerte de palo por palo.
Ejemplos los que quieras, ejemplos miles. Si escuchás a las dos de la mañana el ruido del aire acondicionado de tu vecino, eso es una molestia. No luches contra el ruido, hacete amigo de ese ruido. Ese ruido será lo que te permita descansar como un bebé. No le toques el timbre a tu vecino, no vayas a ninguna reunión de consorcio, no discutas. Si acariciaste a un perro y te mordió la mano, eso es dolor. No lo sigas acariciando, podés retirar la mano. Si el perro insiste en volver a morderte, aplicale una patada en el hocico, corta, fuerte, la famosísima ‘patada de chancho’. Tampoco saques un .38 corto que te dejó tu abuelo, y le pongas, al perro, tres tiros.
Eso es todo lo que tenés que saber. También es importante que vayas entendiendo, en el mientras tanto, que la vida no es mucho más, está hecha básicamente, de cosas que te molestan, y cosas que te duelen.
El sufrimiento vendría a ser, como los asientos tapizados de cuero de los automóviles. Opcional.

6.12.14

Tenés que entender que era la guerra


Tenés que entender que era la guerra. Íbamos a Villa Gesell, de vacaciones, como diez amigos. Diecisiete años, esas ganas de ser felices, esas ganas de cogerse al universo todo, tan puras, tan tremendas.
Teníamos un par en la barra que eran lindos, y trabajaban para un boliche. Eso nos garantizaba treinta días de diversión nocturna. Nos sentábamos a tomar alcohol a las doce de la noche, en la cocina de la casa, cada uno con su vaso y su asiento asignado. Lo que ahora se llama ‘la previa’, y antes se llamaba, creo, ‘la previa’.
Alquilábamos una casa alejada, lo más barata posible, para llegar había que subir por un camino de tierra los últimos doscientos metros. Le decíamos ‘La Colina’.
Imaginate, diez o doce pibes viviendo ahí, cagando, cogiendo con cualquier cosa que se moviera, comiendo sandía y tirando la cáscara al piso, uno haciendo flexiones de brazos, otro fumando marihuana, otro leyendo una revista de deportes. Los baños tapados, la ducha ínfima, a veces hormigas, a veces cucarachas, a veces las dos cosas, la cocina rota. Éramos salvajes bajados de los árboles, sedientos de experiencias. El mundo era un maravilloso lugar repleto de posibilidades, estábamos vivos.
Pero eso no es lo que quería contar, lo que quería contar es otra cosa. A los nueve días estábamos famélicos. La plata que habíamos llevado alcanzaba apenas para el alcohol, para una hamburguesa en Carlitos a las siete de la mañana, antes de irnos a dormir. Yo me había pasado una semana cenando un cuarto de helado en Tucán (un helado que hoy podría ser considerado sin dificultades un arma química), otros días cenaba un cono de papas fritas. Ni ganas de coger tenía, soñaba con milanesas con puré.
Llegó uno nuevo, se habían ido un par también, extenuados, enojados por algo, porque alguien les había usado la toalla para limpiarse el culo, aturdidos. Lo normal, lo de siempre. Pensá que era como la cárcel, el que llegaba traía sus pertenencias, su ropa. Algo de comida.
Se me acercó L., en el boliche. Yo volvía de haber estado cogiendo en la playa con una tucumana petisa, muy divertida, gordita. Se me había llenado el culo de arena, se me habían paspado los dos huevos.
–Lo revisé, boludo –me dijo L., en el reservado donde me había ido a fumar. 
–¿Eh? –Había estado tomando vodka con seven-up, un vodka de lo más ordinario. Me había bajado más de media botella de ese vodka Don Peters que era veneno puro, lustramuebles, insecticida. Sentía como si algo, un animal furioso y primitivo, me estuviera rasguñando el esternón desde adentro. 
–Le revisé el bolso, al Pipi –dijo L. Pipi era el que había llegado a La Colina esa mañana–. Tiene Nesquik. 
–Nesquik –murmuré, y pensé en la maravillosa lata amarilla. Me relamí, como si estuviera viendo una chica en cuatro patas, flaquita, dispuesta, con el cabello cayéndole sobre la espalda muy blanca. El Nesquik era como soñar despierto, el Nesquik era la cosa más rica del mundo.
L. me explicó el plan. La noche siguiente íbamos a venir a bailar, como todos, como de costumbre. Pero a eso de las cinco de la mañana nos íbamos a ir, íbamos a comprar dos litros de leche en un almacén que estaba abierto las veinticuatro horas. Y nos íbamos a ir a La Colina. Nos íbamos a tomar un litro de Nesquik cada uno.
Eso hicimos. L. había comprado la leche con anticipación, para que no fallara nada, por las dudas, y escondió los cartones durante el día debajo de la cama, en su valija. Encontramos la lata de Nesquik que se había traído el Pipi. Nos sentamos en la cocina. Nos tomamos un litro de Nesquik cada uno. ¡Ah, si Dios había inventado algo mejor, se lo había guardado para él! Me fui a dormir con los bigotes todavía manchados de chocolate, feliz como un bendito.
Algo más, una cosa más. Le habíamos bajado media lata de Nesquik, habíamos estado, entre vaso y vaso, comiendo Nesquik con cucharita, espolvoreando Nesquik sobre unas medialunas de hacía tres días. L. tuvo una idea.
–Hay que rellenar la lata.
–No entiendo –dije.
–Hay que rellenar la lata, para que no se de cuenta –dijo L. 
Fuimos, y rellenamos la lata, la lata de Nesquik, con arena. Pusimos arena mezclada con el Nesquik, y nos fuimos a dormir. Dejamos todo en su lugar, un plan maestro. 
Al día siguiente, me desperté a eso de las cinco de la tarde. Me puse un short para bajar un rato a la playa, ir a tomar una cerveza, fumar un par de cigarrillos. Empezar a pensar cómo podíamos hacer para cenar sin guita. Rutina.
Me lo encontré a M. charlando con A., en la cocina. Jugaban a las cartas.
–Qué tal –dije.
–Che, se fue el Pipi –dijo M.
–¿Se fue? –dije yo–. Qué raro, no aguantó ni dos días.
–Se hizo el desayuno, al rato vino, y nos dijo que éramos todos una mierda –A. tiró una carta–. Dijo que éramos malas personas, que no quería tener nunca más nada que ver con ninguno de nosotros. Dijo que Dios nos iba a castigar.
–Raro –dijo M., aprovechó que A. estaba mezclando para cortarse las uñas de los pies, sobre la mesa. Tenía las uñas muy duras, y amarillas–. Se lo veía mal al Pipi. Le pregunté qué le pasaba, pero no me dijo nada. Me pareció que lloraba.
–No sé –dije yo–. Quizás extrañaba a la familia. Viste que para estar acá y hacer la que hacemos nosotros, seguirnos el ritmo, tenés que ser un tipo especial. Esto no es para cualquiera. 

30.11.14

Para qué fui puesto sobre la faz de la tierra


Nunca me gustó mucho el tema, nunca lo entendí. Tampoco es mi especialidad, aunque, para decir la verdad, si me preguntaran cuál es mi especialidad, tendría dificultades para responder.
La carga genética. Quiero decir, siempre se me antojó como dogmático. Injusto además, ajeno a la voluntad, como si Dios se cagara en el ‘libre albedrío’. No hay nada que uno pueda hacer al respecto, tenés rulos, o sos petiso. No sé, fijate.
Pero después fui descubriendo, con asombro, con fastidio, que era verdad. Es cierto.
Ha pasado el tiempo y me descubro, no soy mucho más que la acumulación de defectos de mi madre y de mi padre. Tengo la ansiedad de mi madre, la panza de mi padre, el insomnio de mi madre, la hipertensión de mi padre, las dificultades mentales de mi madre, el torpor de mi padre, las cancerígenas propensiones de mi madre, la psoriasis de mi padre, la anímica fragilidad de mi madre, la eterna preocupación de mi padre, y así podría seguir. Hasta aburrirlos. Hasta cansarme.
Me toca preguntarme entonces, si no soy mucho más que una curiosa y particular combinación de todo lo malo, de los negativos atributos de esas dos personas, qué he hecho yo, cuál ha sido mi aporte, mi distintivo rasgo, lo que le da sentido a mi errática existencia.
Ah, sí, te lo estoy contando.

24.11.14

Reflejo condicionado


Te cuento cómo curamos a la gente de las adicciones, el método único que aplicamos en el instituto.
Primero los escuchamos, claro, la gente por lo general necesita que la escuchen. Vienen, los tipos, y hablan. Explican, a su manera, por qué se hicieron alcohólicos o fumadores, obesos, comedores compulsivos de hamburguesas o dulces, cocainómanos, fundamentalistas de la marihuana, en fin.
Hablan, de cómo empezaron a consumir, tal o cual experiencia generalmente situada en la adolescencia y que siguió después, lo que sintieron, qué les alivió, si son medicamentos para dormir después de una jornada de trabajo, si es el whisky antes y después de haber engañado a una esposa, si fuman después de la comida o esperando un colectivo que nunca llega, por qué creen que lo necesitan, por qué creen que esa sustancia los hace felices, si les genera placer mental o físico. O las dos cosas.
Vienen y hablan, una vez por semana, entre cinco y nueve sesiones. Los escuchamos, claro, hacemos alguna pregunta, tomamos notas de ciertos patrones de conducta.
Luego, en lo que vendría a ser la última sesión aunque el paciente todavía no lo sabe, se lo recibe como de costumbre. Se le dice que después de lo que podríamos denominar ‘la parte teórica’, ese día será una sesión algo diferente. Vendría a ser la ‘práctica’. 
Se lo recibe, al paciente, y se lo hace pasar a un cuarto, a otro cuarto. En el cuarto no hay nada, una mesa. Sobre la mesa está la sustancia, exacta, precisa, lo que el sujeto sufre como adicción. Aquello que le encanta y lo destroza a la vez. Se sabe, con precisión, la marca exacta de aquello que el sujeto consume, el detalle de lo que le fascina, en parte para eso han sido las charlas previas. 
Se le explica, al paciente, que debe hacer lo siguiente. Debe consumir, un poco, de la sustancia. Se lo dejará solo en el cuarto y debe consumir, porque es preciso analizar algunas reacciones. Para eso, luego de los preparativos, se apagarán las luces del cuarto. La oscuridad debe ser total. Lo único que tiene que hacer, es consumir. No se ve nada, está, el sujeto, en la oscuridad de su circunstancia. Asimismo se le indica que debe estar de pie, ya sea fumar o tomar cocaína o comer una hamburguesa. Eso es todo.
El paciente muestra cierta curiosidad, pero ninguna resistencia. Revisa, eso sí, que esté aquello que es objeto de su adicción, al detalle, sobre la mesa. Puede incluso decir que precisa un vaso más ancho, o que suele usar un encendedor diferente, o que para tomar cocaína preferiría estar sentado, pero bueno.
–Comenzamos entonces –Digo. El sujeto ha quedado de pie, junto a la mesa. Apago las luces del cuarto. Doy unos pasos, abro y cierro la puerta. Pero no me he ido. Estoy ahí, en silencio.
Cuando oigo que el sujeto ha llenado a tientas el vaso de whisky y lo levanta, o a mitad de una aspirada de cocaína, o comiendo un puñado de papas fritas. Justo ahí, tomo una pequeñísima carrera, de dos o tres pasos como máximo, y desde atrás, le doy una patada. Una patada en el culo, con todas mis fuerzas. Si se lo agarra bien de abajo, es posible patearle, a un masculino, las pelotas, desde atrás, salvo que use jeans muy ajustados. A la mujer también, si la patada es certera, se le puede patear la concha, la patada debe ser corta, como una patada de chancho, pero de abajo hacia arriba. Es una patada que entrenamos mucho, nos toman examen, de esa patada, dos veces al año. 
Es normal que el sujeto se caiga, doblado en dos. Se le vuele el cigarrillo a la mierda, o el vaso, lo que tenga en la mano. De inmediato se encienden las luces.
–¡Pero qué hacés, pelotudo! –Puede decir el paciente, o alguna variación del estilo. A veces le cuesta incorporarse, o aúlla de dolor, si la patada fue en extremo precisa. Ha habido casos de mujeres que han vomitado.
Se retira, el paciente, por lo general indignado. Tampoco importa eso, se le ha cobrado al comenzar el tratamiento.
Lo importante es que cada vez que vuelva a intentar consumir aquello que le gusta, recordará la dolorosa sensación, el dolor de huevos, la patada en la concha. Eso hará que, instintivamente, tenga que darse vuelta, para cerciorarse que no está por recibir otra patada. Es un reflejo condicionado, una ínfima grieta del tiempo que permite recordarle que, eso que está haciendo, no está bien. Eso que le gusta puede hacerle daño.

18.11.14

Setenta y dos huevos o más


El hombre se baja de una camioneta. Ha detenido la camioneta, sobre Cabildo, se baja. Abre la puerta posterior de la camioneta. Mete los brazos, seis docenas de huevos. Apiladas, en esas cajas tan particulares de cartón, que se utilizan, justamente, para transportar huevos. Las cajas parecen incluso más grandes, cuadradas, y no tienen ‘techo’. Quizás sean más huevos, sí, porque las cajas son cuadradas y de un solo piso, como si fueran de 5x5, huevos, o de 6x6. Puede que cada caja tenga veinticinco huevos, treinta y seis. 
Es un repartidor supongo, entrega productos de granja, por distintos bares de la zona. Es de mañana, bien temprano.
El hombre, con los brazos ocupados, hace un diestro movimiento para cerrar, al menos parcialmente, la puerta trasera de la camioneta. Con el lateral, el flanco, de su cuerpo. Y entonces se dispone a emprender la breve caminata que lo separa de la puerta de entrada del bar.
Pisa justo con uno de sus zapatones de goma el filo del cordón, quizás la calle está todavía húmeda de rocío, es verano en Buenos Aires, y verano en Buenos Aires es, básicamente, boludos y humedad. El pobre pisa mal.
Hace una voltereta, un giro, es el involuntario movimiento para conservar, antes que nada, la vida, la propia, aunque no es para tanto, pero sí por no perder la vertical. Y se le caen, las cajas, las seis cajas de huevos, setenta y dos huevos o más.
–¡Uh, no!
Pero ya es tarde. Caen los huevos y es un enchastre, se rompen, se tiñe la vereda con las viscosas y transparentes claras, el ingobernable amarillo de las yemas. Cáscaras, cáscaras de huevos partidos. Se deben haber roto, los huevos, todos. Quizás se hayan salvado dos o tres, aprisionados por los cartones, de casualidad.
Yo, que justo estoy ahí, pasando por ahí, me detengo. Hay una meditación de lo más extraña y reveladora que suelen practicar los monjes tibetanos. Consiste en contemplar un cadáver, nada más que eso. Ver, en silencio, durante un par de días, un cuerpo muerto. Ver qué queda después de tanto esfuerzo, la muerte, la cáscara vacía, los gusanos, la putrefacción. El objetivo de la meditación tan tremenda es ver que todo termina, todo fracasa, contemplar la impermanente naturaleza de las cosas. Resulta liberador. Y encuentro una particular analogía con lo que acaba de suceder. Sé que estoy en presencia de algo importante. Puedo acercarme al insondable misterio de la existencia.
–¿Qué mirás, forro? –el tipo me lanza una trompada que me alcanza de lleno en el oído izquierdo, me caigo– ¿Te divierte la desgracia ajena, no?

12.11.14

Poderes


Entré al bar, me senté, pedí un café y una medialuna de grasa.
Volvió el mozo, con mi pedido.
Levanté una mano, sostuve la palma en alto, como si lo estuviera deteniendo, al mozo, con la palma de mi mano, a una corta distancia. Cerré por un instante los ojos, fruncí el ceño, yendo más y más adentro mío.
–Usted se llama Ernesto Garismendi –dije–. Tiene cincuenta y siete años. Es casado, tiene cuatro hijos.
El mozo negó con la cabeza, sonreía.
–Es increíble, increíble –se acercó un poco–. Acertó todo. ¿Es mentalista, no? Tiene poderes. Hace poco vi un documental por televisión. Había un tipo capaz de doblar una cuchara con la mirada. Otro hablaba con los delfines. 
Asentí, apenas. Miré a otro mozo, que llevaba un pedido a otra mesa.
–El señor es…  –me puse dos dedos de la mano derecha, índice y mayor, apenas apoyados sobre el entrecejo–… Sebastián Irusta, sí. Treinta y seis, no, treinta y nueve años. Divorciado, sin hijos. Tiene un problema en una pierna. Algo que ver con una flebitis, sí…
–¡Increíble, genial! –el mozo dio un saltito–. Vení un momento, Sebastián, este tipo es un genio.
Le explicó, el mozo, al otro mozo. Que no creía, que dudaba.
–A ver, la chica de la caja –dijo Irusta.
Me di vuelta, la miré, estaba de pie, detrás de la barra.
Ahora me puse dos dedos, los mismos dos dedos, en la sien. Di un sorbo al café. Cerré los ojos por espacio de diez o doce segundos.
–La chica se llama Josefina Barralde –dije–. Tiene veintisiete años, está acá desde hace poco. Vive en Villa Adelina. 
–¿Viste, viste? –le palmeó un hombro, Garismendi, a Irusta–. Es genial. Nos podría decir algo, no sé, qué número va a salir en la quiniela esta noche. ¿No?
Dudé por un instante.
–No, bueno, eso no puedo –me puse de pie–. Lo que sí les puedo decir es que el bar se vendió, están todos despedidos. Me mandan del estudio de abogados, traje las liquidaciones de sueldos.

6.11.14

Palabras tan llenas de sentido


Ando por el centro. Me pidió mi madre que le cobre la jubilación, pero viste cómo es. Entrás a un banco y no salís más, te piden un certificado que demuestre que te diste la antivariólica a los tres años, y un espermograma, no, de cuando tenías tres años no, de ahora, fresquito, de una paja que te hayas hecho en las últimas dos horas. Siempre falta algo. 
Salí del banco bastante caliente, no pasa nada. Le tengo que decir a mi madre que el trámite es personal, y no, no importa si está en silla de ruedas, si estás en silla de ruedas podés venir, andando, con la silla, por Corrientes, enganchada del paragolpes de un 24 así hacés menos fuerza y de paso vas mirando el paisaje. Si hay boludos que andan en patineta, por qué no vas a poder andar vos en silla de ruedas, tiene que ser más cómodo. Y no, tampoco importa si está en un geriátrico con un alzheimer fulminante, cualquier cosita la traés en pelotas, así le pregunta al cajero si no es Anthony Quinn o Berugo Carámbula, qué suerte que estén filmando la remake de ‘zorba el griego’ o de ‘los bañeros se divierten’, justo acá en el banco.
Iba por Alem, hasta Córdoba, a tomarme un taxi para volver. Miré la hora, la una y veinte. Tenía hambre, claro, por lo general yo almuerzo a las 12, como los bebés. No, por nada en particular, porque me agarra hambre.
Por un momento pensé en entrar a un bar y pedirme un pebete de salame y manteca,  y una tónica, pero mejor no. Mejor rajar del centro, lo antes posible. Sobre el centro flota una nube, una nube de frustración y de tristeza que se te mete en la sangre y te hace moco. Ni aunque te frotes los huevos con una esponja mortimer cuadriculada, no se te va más.
Justo lo vi. Había un puesto, parapetado casi contra la metálica persiana de un negocio cerrado o clausurado. Un hombre, algo mayor por cierto, abrigado para protegerse del rigor del invierno.
Vendía garrapiñada, no me gusta la garrapiñada. Pero tenía un cartel, pintado sobre un cartón, un cartel que decía ‘garrapiñada, y garrapiñada especial: almendra, maní japonés’. 
Miré, sí, claro, tenía el cuenco de cobre sobre un calentador, donde revolvía con su cucharón de madera. Y a un costado el producto, las bolsitas apiladas que había ido preparando. Acá viene lo importante. 
Tenía la materia prima. Unas bolsas más grandes, con maníes, con almendras, con maní japonés.
–Eh, master –me acerqué, le hablé, le dije–. Vendeme un poco de maní japonés, así, solo. Tengo ganas de comer maní japonés.
–No –dijo el tipo. Y me miró feo.
Pensé que quizás había escuchado mal por el ruido de los autos, pero no. El tipo siguió con lo suyo,  revolviendo, haciendo garrapiñada. Llenaba las bolsitas delgadas como pequeños tubos con una cuchara.
–¿Cómo? –me acerqué un paso.
–No –dijo el tipo, y se acomodó el gorro de lana sobre la cabeza.  Llevaba guantes con los dedos cortados, sucesivas capas de ropa para protegerse del frío–. No vendo maníes, vendo garrapiñadas. No robo, no soy ladrón, y no pido, no soy mendigo. Conseguí este trabajo y me gano la vida, trabajo diez horas parado en esta esquina. No importa si llueve o si el sol me revienta la cabeza. Junto la plata para cuidar a mi familia –me miró, le temblaba, apenas, el labio superior. Su emoción era genuina–. El pastor Eduardo siempre nos dice que el trabajo es una bendición. Y yo vendo garrapiñadas, eso es lo que hago.
Me conmoví. Una dura lección. Las palabras del hombre tan ciertas, tan llenas de sentido.
–¿Cuestan diez? –saqué un billete de veinte–. Dame dos paquetes de garrapiñada, por favor. Una común, una de almendra.
Sonrió, apenas. Tomó el billete, me dio los dos paquetes. Estaban calentitos.
Las tiré tan lejos como pude. Delante de su cara. Hice el movimiento, como si fuera un saque de tenis aunque yo no sé jugar al tenis, y tiré las garrapiñadas a la mierda. Cayeron en el medio de Alem. Les pasaron por encima los colectivos primero, los autos después.
–Me encanta lo que me contaste –me toqué, con la mano derecha, el corazón–. Pero lo que yo quiero comer es maní japonés, no tu garrapiñada de mierda. Ah, y podés mandarle saludos míos al Pastor Eduardo.