30.8.21

No deja de ser curioso


Espero el día justo, sé que está el dinero para pagar las jubilaciones y los sueldos de los empleados públicos. Entro al banco a la mañana, llevo puestos anteojos negros, me tapo un poco la cara con una bufanda.
El guardia toma café en un vasito de plástico, alguien en la cola lanza un chistido de impaciencia, le parece que los empleados lo hacen a propósito, eso de no atender con la velocidad que deberían. Cuando vos no manejás el ritmo de tu trabajo, porque la gente viene cuando quiere y sigue viniendo, cualquier excusa es buena para hacer una pausa. Como si hasta se saludaran con alguien en cámara lenta.
–¡Al suelo, al suelo todos, no se hagan los héroes! ¡Esto es un asalto! –me subo a un mostrador de un salto y grito. Señalo a uno que permanece de pie, no atina a moverse del susto– ¡Vos también, pelotudo! ¡Qué te pasa!
El policía intenta sacar el arma pero se le cae de las manos, una señora se pone de rodillas y llora. Alguien grita: ¡Por favor tengo familia, no me mate!. 
O en el subte, un día de semana a las nueve de la mañana. En la B, ponele, cuando el subte está entre Pueyrredón y Pasteur y el fastidio se puede sentir como una nube gris y pegajosa que nos envuelve, nos aturde, nos abarca.
–¡Tengo una bomba! –grito– ¡Esto es una reivindicación para la libertad del pueblo rumano! ¡Todos al piso, vamos a volar por el aire!
Se oyen gritos del terror más puro, caen los cuerpos unos sobre otros, ni siquiera hay lugar para tirarse. La gente golpea las puertas pidiendo ayuda.
Lo que me jode, la verdad, lo que no consigo entender es que después de todas las cosas que juré que iba a hacer y que no hice, todas las promesas incumplidas, bueno, la gente me sigue creyendo. Yo ya ni me presto atención.

20.8.21

Delicadeza


Es un tema delicado, opinable quizás, como todo lo que sucede en este mundo no está sujeto a un dogma. Hay que ir caso por caso, por decirlo de algún modo. No existe un manual definitivo.
Fijate por ejemplo el caso, si yo supiera que tu mujer sale con otro. Sí, claro, con otro tipo, la vi en la calle a los besos, o en un bar, de la manito, embobada. Alguien que la coge y la hace sentir bien. Ahora, si yo soy tu amigo y la vi, ¿debo decírtelo? Porque si no te lo digo capaz que nos vemos en una salida de parejas. Vos estás ahí con tu mujer, lo más tranquilo, diciéndole ‘gordita’ o ‘pichona’, ella cuenta una anécdota y ambos se ríen. Pero en ese caso, lo que yo sé me pone mal, por vos, siento como si yo también te estuviera haciendo de algún modo trampa, como si yo también fuera cómplice de esa mentira. Pero si te digo, si te cuento lo que sé, lo que vi, es probable que no puedas aceptarlo, que me odies por lo que te estoy diciendo. Que pienses que te lo digo porque no soporto tu felicidad. Que de algún modo deseo hacerte daño. Que te envidio.
O fijate el ejemplo, otro ejemplo. Fuiste al médico, le llevaste los estudios, y resulta que yo soy amigo del médico, jugamos al fútbol los jueves con un grupo de amigos. Y me cuenta que tenés una enfermedad incurable, que te vas a morir y no lo sabés. Ahí tenés. O me estoy cogiendo a la secretaria del médico si querés y me lo contó ella (porque también coge con el médico, ponele). Otra vez. Si no te lo cuento, si no digo nada cuando vamos a comer una pizza y te escucho haciendo planes o proyectos en lugar de ocuparte de la enfermedad que igual no tiene arreglo, bueno. Con qué cara te escucho, cómo hago para opinar sobre que vas a cambiar el auto el año que viene o que querés organizarte un viaje a Sudáfrica para ver a las jirafas. Pero si te lo digo, si te digo lo que sé, de algún modo te estoy dando la sentencia de muerte, soy yo quien te causa semejante daño. Por qué hacer eso, si sos mi amigo.
¿Conviene saber o no saber? Esa es la cuestión que me atormenta para las más diversas situaciones de la vida. Porque está la frase, tan delicada y precisa a la vez, eso de ‘ignorance is bliss’. Pero no sé si tiene sentido vivir en el engaño, en la mentira.
Pero vos sos un pelotudo y te lo digo. Aunque no cambie nada, aunque no puedas hacer nada al respecto.

10.8.21

Dormido


Soñé que caminaba por Bélgica, sí, por Bélgica, no, no sé qué calle. Y me encontraba con una chica que conocí hace muchos años. La chica me contaba que estaba por hacer una exposición, una exposición de sus fotografías. Las fotografías eran de porongas, de porongas que ella había degustado por decirlo de algún modo. Porongas con las que había tenido alguna clase de interacción. Era de un período particular de su vida, la muestra, una retrospectiva. Iba a exponer unas treinta porongas en una sala de un importante museo de España. Tenía almacenadas más porongas, o mejor dicho más fotografías, para próximas exhibiciones. Entonces yo le preguntaba si las porongas, las porongas de las fotografías, estaban paradas, lo que no quería decir necesariamente de pie, o en posición de descanso.
–¡Ves, ves cómo sos! –Me gritaba ella, y se largaba a llorar desconsolada.
Después soñaba que estaba en El Cuartito, comiendo una pizza con un amigo. Mientras comíamos una chica de fugazzeta, mientras tomábamos una Isenbeck de litro, mi amigo me explicaba que el mundo no daba más. Que estaban contaminando los mares y los ríos, las capas más profundas de la tierra. Y por lo tanto no había escapatoria. Te comías un tomate y el tomate tenía polonio como para construir una bomba atómica, y nicotina como si te hubieras fumado dos paquetes de parliament. El agua, te tomabas un vaso de agua y era equivalente a tomarse un vaso de lustramuebles. Los laboratorios más importantes del mundo habían inventado unas tabletas que reemplazaban la ingesta de comida. Lo único que tenías que hacer era tomar una tableta por día, en poco tiempo se dejaría de usar la comida. Lo que se estaba discutiendo era si las tabletas tenían que ser redondas o cuadradas, no lograban decidirse. Yo le decía que sí claro, asentía con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?) mientras me servía otra porción, el queso chorreaba un poco sobre el plato, sobre un pedazo de fainá a medio comer. Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta.
Después soñaba que era piloto, era piloto de Fórmula 1. Iba manejando, era la última carera y yo todavía tenía posibilidades de salir campeón. Iba a más de trescientos kilómetros por hora y decidía no sacar el pie del acelerador, agarrar las curvas y que fuera lo que Dios quiera. Había estado esperando ese momento, esa oportunidad para ser campeón del mundo. Toda mi vida. Entonces me tocaban el hombro, una sensación. Sentía algo extra. Y de atrás me decían ‘flaco, tenés que poner más fichas’.
–Juan, ¡Juan! –Mónica me zamarreaba un poco, pero con cariño.
–Eh. Sí –dije.
–Estabas soñando, Juan.
–Sí –Dije otra vez.
–Son las siete, voy a hacer café –dijo Mónica–. Después me tenés que explicar por qué cuando soñás tenés carita de contento. No sé, cuando estás despierto no te pasa.

30.7.21

Escritor frustrado


Cogíamos los jueves, con Vanesa. A veces llegaba yo de traje, gastado por todo un día de reuniones, gritando por el teléfono celular. ‘¡Antes que abra Japón pónganse a comprar todo lo que puedan!’, o ‘Mirá, viajamos el martes, cerramos el trato en Dubai y nos volvemos’. Ella había preparado algo de comer y yo devoraba mi plato en dos bocados después de cogerla contra una puerta, medio vestida. Otras veces caía con lentes oscuros aunque fuera de noche, pantalón ajustado, remerita. Le decía ‘no sabés, parece que al final vamos a ser teloneros de los parcels, vienen en junio’. Me tomaba una raya de una cocaína buenísima y la hacía chuparme la pija en la terraza muy despacio, bajo una fina llovizna. O caía con ropa deportiva, transpirado, y le decía ‘no puedo más, nos están haciendo entrenar en doble turno. Se desmayó uno en medio del partido’. Me iba a dormir sin tocarla hasta el día siguiente de lo fundido que estaba.
Un día Vanesa, ni bien pasé la puerta, se animó a preguntarme.
–Mirá Juan, a mí me divierte el acting que hacés. Cuando te hacés el rockero o el ejecutivo, hasta venís con un casco de moto a veces, pero después te veo por el balcón que te vas caminando a tomar un taxi con el casco en la mano. Por qué no venís como sos, no sé, no inventes nada. Tranquilo.
–Lo que pasa es que lo que me divierte es imaginar que soy otro –dije–. Si me acuerdo que soy yo, venir a coger con vos me parecería la cosa más aburrida del mundo. La verdad, ni te hablaría.

20.7.21

Creo que es por eso


Se suele decir, es una frase, aquello de ‘cuanto más hacés más hacés’. Pero no, no es verdad, no funciona así. Por el sencillo hecho que cuanto más tenés que hacer, más tenés que hacer, o si querés, más deberías hacer. Podríamos decir, por decirlo de algún modo, que lo que hacés crece de manera aritmética y entonces, lo que deberías hacer se multiplica, al mismo tiempo, de geométrica manera. Lo que hacés es lineal, lo que deberías hacer es exponencial.
Una manera más simpática de verlo sería con lo que tenés. Cuanto más tenés más querés tener. De ningún modo resulta que cuanto más tenés más tenés. Porque cuando tenés más querés muchísimo más. El río de lo que te falta no se detiene nunca.
Y después pasa algo que es muchísimo peor. Porque vos vas y anhelás algo, llegar a algo, una situación, un lugar. Y cuando llegás, después de anhelar, después de hacer todo lo que hacía falta, pensás que bueno, ahora que llegaste te vas a querer quedar. Ahí, con esa persona, con ese auto, en esa playa. Pero no funciona, no puede funcionar porque lo que no te explicaron es que para estar vivo el jueguito tiene que cambiar de pantalla. Si no te secás, te apagás, te morís. Así que llegaste adonde no creías que ibas a poder llegar nunca, y te vas a tener que mover.
Acercarse y nunca llegar, decía la canción. No, no tengo la solución, nadie tiene la solución porque el problema no tiene solución. Por eso vinimos a coger.

10.7.21

Primer acto


Mañanas donde me emociona hasta las lágrimas ver un perro que mueve la cola, tan feliz como sólo un perro podría estarlo. Mañanas donde me emociona ver a una madre en una esquina, pasando los dedos por entre los cabellos de su hijo que se dirige al colegio aún sin saber si está dormido o despierto. Mañanas donde me emociona ver que un auto se detiene para permitir que un anciano de bastón termine de cruzar la avenida sobre la que se ha lanzado ignorando las mínimas normas de tránsito.
En minutos nomás, el perro morderá al niño en el rostro deformándolo para siempre, el taxi atropellará al anciano y la sangre de su cráneo burbujeará en ocre por lo que dura un instante sobre la senda peatonal, la madre del niño lanzará un aullido infinito hasta que un rayo o la policía consiga que se calle pero que de ningún modo entienda qué fue lo que pasó.
Es como si la realidad te sugiriera que mejor vayas a laburar, que hagas algo, que ni se te ocurra andar por ahí emocionándote.

30.6.21

A modo de explicación


En el libro el hombre vuelve al pueblito donde nació, a pedido de sus padres. Está casado, el hombre, debe tener como cincuenta años, tiene hijos, es escritor.
Es italiano él, sus padres, sus hermanos. El padre le pide un último favor, que lo ayude con un trabajo de albañilería. El padre es mujeriego, borracho, jugador, un personaje.
El asunto es que pasan algunas cosas, y el padre muere. Hacia el final del libro el padre muere, en su ley. Están velando a su padre en su casa de toda la vida, están los amigos de su padre, la mujer o sea su madre, su propia familia (su esposa e hijos) que han venido para la ocasión.
El hombre se va por un instante a la biblioteca pública del pueblo. Entra, camina de memoria hasta un sector en particular. Saca un libro, un ejemplar de ‘Los hermanos Karamazov’.
Palpa el libro, lo abraza contra su pecho. Y dice, más o menos, o piensa: mi padre había desaparecido, pero Fiódor Mijáilovich estaría conmigo hasta el fin de mis días.
Ahí está todo lo que tenés que saber sobre la literatura. Y por qué escribo, también.

*El libro es ‘La hermandad de la uva’, de John Fante.

20.6.21

Tengo mil boomerangs


Me pasó algo extraño. La verdad que no pasó de una sola vez, de un saque. Fue pasando pero yo tardé en darme cuenta. Estaba distraído tratando de pagar el gas o de lavarme los dientes, de mantenerme con vida por decirlo de algún modo. Tardé en juntar los pedazos.
Pasa que alguien me perjudica. Ponele, alguien en el trabajo me traba un ascenso, o me complica la vida porque sí, porque tiene ganas. Y a mí eso me molesta, claro, me enfurece. Al poco tiempo llego un día a la oficina y alguien dice ‘¿Viste lo que le pasó a Garfagnoli? Estaba tomando sol en el jardín y lo picó un escorpión. Está internado hace tres días, no creen que se salve’.
O ponele que invito a salir a una chica y me dice que no, que no quiere salir conmigo ni con la cara de boludo que tengo, de ninguna manera. A la semana me entero que se enfermó de brucelosis comiendo en una parrillita de Palermo, o que la atropelló un ciclomotor y se rompió la columna en diecinueve pedazos.
Cuando me di cuenta, cuando detecté la relación, lo que te estoy contando. Que a la gente que me lastima, la gente que me perjudica, la gente que me hace daño, le empiezan a suceder desgracias, bueno, la verdad que me preocupé. Me considero una buena persona, tengo lo mío por cierto, como todos, pero creo que uno no debe desearle el mal a nadie. Lo mejor en la vida es hacer un ejercicio de rendición, así lo podríamos llamar. Aceptar lo que te pasa como si fuera ajeno a tu voluntad por la sencilla razón que es ajeno a tu voluntad, lo que te pasa no puede ser modificado porque ya te pasó. Vos entrás al partido cuando lo que te pasó ya te pasó, llegás a la fiesta cuando están cagando a piñas al disc-jockey por decirlo de algún modo. Pero si a la gente que me fastidia le suceden cosas horribles quizás haya una velada intención en mí, un oculto deseo, y creo que eso me transformaría sin demasiados atenuantes en una alimaña de pantano, una basura inmunda.
Sí, ya sé, ahora me vas a decir que no escribo tan mal, pero a mí no me sirve. Qué sé yo, tené cuidado.

10.6.21

Propiedades nutritivas


Fue más o menos como le sucede a todo el mundo, así es como arrancan estas cosas.
Trabajaba como un loco, corría para llegar a tiempo a Tribunales, iba a la cárcel a ver a un cliente, metía demandas, lo llamaban por teléfono para amenazarlo de muerte, se cogía a una secretaria del estudio en el bañito del estudio, fumaba mientras comía un alfajor caminando por la calle, hacía planes, el barquito que se compraría cuando terminara de juntar la guita.
Y se sintió mal, en la calle claro, sintió como si un elefante bebé se le sentara encima del pecho y se le durmió un brazo, el brazo izquierdo. Se tuvo que acostar en la vereda, una señora llamó a los bomberos, a la policía. Le preguntaban si lo habían asaltado, pensó que se moría.
Zafó. El médico le dijo que había tenido un pico de stress, no se infartó de casualidad. Tenía treinta y nueve años, si seguía así iba a reventar como un sapo al que le dan un indiferente patadón contra un zócalo cualquiera. Si seguía así se moría.
Volanteó, giró el camión de su existencia, cambió de vida. Empezó a hacer deporte, iba al gimnasio, corría.
Dejó de fumar, la nicotina era la puta más linda, dejó el alcohol. Empezó a comer sano, sin azúcar, sin sal. Después dejó los hidratos de carbono, la harina era el demonio, la harina refinada era satán en la tierra. Dejó la carne, de a poco, vio en un video la crueldad con la que mataban a las vacas, cómo arponeaban indiscriminadamente a los delfines, cómo engordaban a los pollos sin dejarlos dormir, siempre con la luz prendida, en fila.
Se hizo vegetariano, primero, vegano, después. No, no tomaba ni siquiera leche, la leche no era apta para el consumo humano después de los dos años de edad, ni huevo, ni queso, nada animal ni sus derivados. Se hizo crudívoro, comía frutos secos, semillas, brotes de soja, pedazos de corteza de los árboles. Todo tenía que ser orgánico, dejó el café, por supuesto, y después dejó el mate. Nada, ni una fruta que hubiera podido ser rociada con agroquímicos, con pesticidas. Los grandes laboratorios habían hecho moco a la humanidad toda, las empresas farmacéuticas te mataban con sus antibióticos, los alimentos en el curso de los últimos cincuenta años habían perdido entre el 87 y el 93% de sus propiedades nutritivas.
Se hico un chequeo completo, sangre, orina, ergometría, tomografías. Le llevó todos los resultados a su médico.
–Excelente –dijo el doctor, se quitó los lentes y los dejó sobre la metálica superficie, algo descascarada por cierto, de su escritorio–. Su estado de salud es muy bueno.
–Bueno, doctor, le agradezco –carraspeó para aclararse la garganta, sentado sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla, las palmas sobre los muslos–. Hay una cosita más, algo que me gustaría preguntarle. Yo quisiera saber por qué estoy tan triste.

30.5.21

El velo


La gente se confunde, la gente no entiende. Además se lucha contra eso ahora, desde la medicina, desde el márketing. Envejecer, de eso estamos hablando, está mal visto.
Para eso tenés que pasar los treinta años, por colocar una línea divisoria. Hasta los treinta años sos pura potencialdad, para decirlo en términos aeronáuticos, vas para arriba.
Pero.
Empezás a notar algo. Se te cae el pelo, se te cae como si te lo hubieran pegado a la cabeza con una curita. O las tetas, sos una mujer y descubrís que ahora tenés que explicarle a tu ocasional acompañante, tenés que darle una suerte de instructivo porque eso que te está chupando no son las tetas, son las rodillas. O te crecen de pronto las orejas. Como se suele decir en la jerga militar: sin causa. Unas elefantiásicas orejas que vaya uno a saber de dónde vinieron, viste Dumbo y te contagiaste.
Y así podría seguir con los ejemplos, los detalles. No hace falta ser en exceso cruel.
El asunto es que la gente no puede creer lo que les está sucediendo, esto de envejecer. Y deciden que no se van a entregar fácilmente. Hay que luchar contra el enemigo, contra eso.
Lamento ser yo portador de tan malas noticias, pero es fútil el intento, vana la tarea. No es una cuestión, en absoluto, de empeño.
Porque hay un error de base, a lo que me refería, está mal hecho el diagnóstico. No, no estás envejeciendo, ni se ha desatado un proceso de singular y aterrador deterioro. Lo que te parece que te pasó, lo que aparece en vos, envejecer, no.
Lo único que sucede es que te estás acentuando. Esa maldita gárgola que ves en el espejo sos vos. Siempre fuiste eso.

20.5.21

Para los perros


Lo que me pasa con los perros es que los perros están contentos de verte. No importa, no importa si tenés un herpes que te está comiendo medio labio o si tenés las ojeras de alguien que se enteró de algo, de algo muy triste cuando tenía once años y no volvió a dormir bien nunca más en su vida.
Los perros mueven la cola o ladran o saltan de sólo verte, es la alegría más pura que yo jamás haya visto, vos mirás a un perro y el perro devuelve la mirada, se alegra, puede ser incluso que el perro ni siquiera te conozca. Aún así se alegra de verte.
Y yo hubiera dado la mitad de los cuentos que escribí con tal de bajarme alguna vez de un micro, en la costa si querés, en invierno, o bajarme de un avión en Ezeiza y ver que hay alguien ahí, del otro lado. Alguien que levanta una mano o da un pequeño saltito, alguien que sonríe o murmura mi nombre.
Pero eso no sucedió. Jamás, que yo recuerde, nadie me esperó en ninguna parte. Nadie estaba ahí cada vez que fui o volví, nadie se alegró de verme.
También, es justo decirlo, la mitad de nada no suele ser gran cosa.

10.5.21

A la n


Es una cosa de lo más desconcertante, situación curiosa por cierto, lo cual viene al mismo tiempo a demostrar que no es cierto que para que te suceda algo interesante tenés que tirarte en ala delta o ir a bañarte al Ganges. La vida es eso que te pasa.
Una forma de entenderlo, aunque no se trata de entender sino más bien de descubrir, es mediante una clase de exageración. Así como tantas veces resulta para que una discusión, cualquier discusión se vuelva interesante, uno debe adoptar una postura extrema. Porque si no no hay manera de salir del gris, aquello de ‘…Y a los tibios los vomitaré’ quizás también se aplica. Disculpame pero no soy muy bueno con las citas bíblicas, debe ser porque no leí la biblia. Debe ser por eso, seguro. Qué querés, fui a un colegio del estado, yo de chiquito estaba en otra cosa.
La exageración, en eso estábamos. Sí.
Agarrás un día, un día cualquiera, vas y salís a la calle. A seguir con tu vida. A lo largo del día, eso está preclaro, se te van a acercar entre nueve y quince personas. A pedirte dinero. Cuando estás en la calle, el 97% de la gente que te habla, personas que no te conocen y te hablan, es para pedirte dinero. Depende de cuánto tiempo andes durante el día por la calle, depende del barrio también, de tu tamaño físico, tu situación antropomórfica, depende si sos hombre o mujer, joven o viejo. Pero se te van a acercar, por la calle, a pedirte dinero. Esto es Buenos Aires, es dato.
Lo que tenés que hacer es lo siguiente. A cada persona que te pida dinero, a cada pedido, responderás por la afirmativa. Pero. Amplificado por diez.
Repasemos entonces. Si viene un vagabundo y te pido cinco pesos, le decís ‘claro, cómo no’, y le das cincuenta. Si un trapito que cuida los autos estacionados en la calle te pide cien pesos, vos vas y le das mil. Si una chica jovencita a la que le faltan la mitad de los dientes y no para de temblar te dice que precisa veinte pesos para el colectivo vos vas y le das doscientos. Así.
Nada, vas a ver que no cambia nada. El vagabundo va a seguir siendo, más o menos, vagabundo, el pobre va a seguir siendo pobre. El payaso payaso, el vendedor de medias vendedor de medias. El rengo, rengo. La gente va a seguir haciendo lo que saber hacer, lo que puede hacer, lo que hizo siempre. No cambia nada.
Así que podés ir dejando de pensar que si fueras rico, si te ganaras la lotería o tuvieras un golpe de suerte, bueno.

30.4.21

En el nombre de alguien


Alguien se encuentra en la calle con alguien. Le dice, alguien, a alguien, que el otro día vio por la calle también a alguien. A alguien que es la novia de alguien, alguien a quien conocen ellos dos. Alguien, ese alguien, podríamos decir que es su amigo.
Le cuenta, alguien, que la novia de alguien estaba con alguien, otro alguien, de la mano. A los besos.
Alguien le dice a alguien que se sorprendió de lo que veía porque alguien, esa chica, sigue siendo la novia de alguien, que es amigo de él, y amigo suyo.
Sigue, alguien. Le dice a alguien, que está pensando en llamar a alguien para contarle lo que vio. Alguien, su chica, con otro alguien.
Dice alguien que la situación lo afectó mucho. Que él no es de meterse con la vida privada de las personas, pero alguien es un amigo. Merece saberlo, enterarse que anda con alguien que bueno, también está con alguien.
Le responde, alguien, que él cree que no, que no es conveniente decir nada. Porque en su experiencia son temas privados de la pareja. Si ellos van y le dicen a alguien que vieron a su alguien con otro alguien, es probable que alguien no les crea. Que crea que ellos están celosos porque alguien, desde que está con alguien, tiene menos tiempo para verlos. A ellos. Dice, alguien, que lo mejor es no meterse.
Pero alguien insiste. Cómo puede no meterse después de haber visto a la novia de alguien con alguien. Qué clase de amigos son ellos, de alguien, si no le dicen lo que vieron (que en realidad no vieron, lo vio solamente alguien).
Alguien niega con la cabeza, dice que no. Dice que no es asunto de alguien contarle a alguien con quién vieron, por la calle, a alguien. Quizás alguien vio mal, quizás alguien se confundió.
Alguien dice que eso es de mal amigo. Él sabe muy bien lo que alguien vio, y se lo va a contar a alguien. Es lo que corresponde.
Se despiden, alguien y alguien, con cierta incomodidad, con algún fastidio. Alguien cree que hace lo correcto, y que alguien se equivoca. Alguien piensa exactamente al revés.
Mientras alguien escribe, sobre la vida de algunos.

20.4.21

Paquete para el señor Hundred


Tocaron el timbre, raro. Conozco algo de gente, claro, como todo el mundo. Pero no recibo visitas, no tengo vida social por decirlo de algún modo. Casi no atiendo.
–¿Sí?
–Paquete para el señor Hundred –dijeron por el portero eléctrico.
Bajé.
Miré desde adentro ni bien bajé del ascensor. La puerta de entrada del edificio es de madera, pero tienen a un costado un gran panel de vidrio. Pensé en donde vea algo raro, alguien que te quiere vender algo, o un par de personas que quieren darte un folleto y decirte que Cristo es el camino, bueno. Ni siquiera los puteo, simplemente me meto de nuevo en el ascensor y listo.
Pero no, un tipo vestido de violeta clarito, y la gorrita con la inscripción de ‘OCA’. Un tipo bajito además, con lentes, algo encorvado. Inofensivo me pareció. Tenía una caja en la mano. Una caja de cartón, no excesivamente grande, rectangular.
–Buenos días –dije.
–¿Hundred?
–Sí –dije.
–Una firmita, nada más –Le firmé una planilla, hice un garabato. Se sonrió, me dio la caja.
–Gracias –dije–. Qué raro.
El tipo saludó y se fue. Me quedé por un instante ahí, con la caja en la mano. ¿Papeles? ¿Un libro? No, ni siquiera eso, no pesaba tanto.
Miré el paquete, nada. Mi nombre y mi dirección. Me mudé hace poco, no se lo dije a nadie. Sacudí la caja, nada.
Sonó un bocinazo y una puteada. Un auto que dobló bruscamente sin hacer el guiño. Pasó una señora con su perro que siempre pishaba en el mismo árbol. Un Schnauzer miniatura, lo tenía visto.
Raro, todo muy raro. Abrí la caja, metí la mano.
Una bombacha. Eso es lo que había. Ni una carta, ni una nota, nada más que una bombacha. Blanca, la bombacha, de algodón, con ositos dibujados, pequeños ositos. Y un fino detalle en el elástico, no sé cómo se llama eso.
Nada, sin identificación, quién podía haberme enviado una bombacha. Cuál era el significado.
Entonces, como un acto reflejo, apreté la bombacha en un puño y la olí. Hundí mi nariz y respiré. Ahí estaba tu olor, el olor de tu vagina fresca, recordándome que lo mejor que me había pasado en este mundo estaba, justamente, en algún recóndito pliegue del pasado.
Caí de rodillas sobre la vereda, me desmoroné, todavía con tu bombacha apretada contra mi nariz. Lloraba, lloraba como un chico, y la gente que pasaba me miraba con una mezcla de comprensión y empatía. Esas cosas que se suelen sentir en presencia de alguien al que acaban de darle una pésima noticia, alguien que acaba de enterarse de algo malo.

10.4.21

No tenés por qué saberlo


Lo que te voy a decir no te va a gustar, y es probable que no lo entiendas tampoco. Quizás sea lo mejor.
Los hombres y las mujeres son diferentes. Ya está, ya te lo dije. Es muy fuerte lo que te estoy diciendo, lo sé.
De la angustia, de eso estoy hablando, de cómo sufre y se manifiesta la existencial angustia y sus profundas implicancias, tan distintas para ambos grupos. Y sí, claro, tiene que ver con lo sexual, aunque estemos hablando de otra cosa.
En el hombre la tristeza, la angustia que comienza a manifestarse de inexorable manera, ponele, a partir de los cuarenta años (yo diría que es antes, a los treinta y cinco lo más bien, en mi caso a los once), tiene todos los atributos de una incapacidad. Acá viene la analogía, para nada trivial por cierto. El hombre, por constitutiva característica, por antropomórfica definición, tiene pito. Y entonces, lo relativo a la tristeza sucederá, tendrá el sabor, la esencia, de la pérdida de su capacidad. El arma pierde eficacia, potencia. Uno ya no logra subirse al árbol de la alegría para arrancar un durazno con la acostumbrada suficiencia, todo se vuelve más difícil. Cuesta arriba. La tristeza podría verse como una disminución de efectividad.
En cambio para la mujer, bueno, la tristeza es vacío. Para la mujer la angustia es hondura, agujero. La tristeza tiene la sustancia de lo que no puede ser llenado, en la mujer, la tristeza está hecha de todo lo que le falta. La mujer busca algo que ni siquiera sabe qué es, y que desde ya no encuentra. No es algo que no anda, es algo que falta. La diferencia es tan total como sutil.
Lo que tenés que saber, entonces, es que los hombres y las mujeres son diferentes. Lo que los atormenta es diferente, se ponen tristes de diferente manera. Y no, saberlo no resuelve nada, tu pregunta es parte de lo que te acabo de contar.

30.3.21

No hay que dejar que la tristeza pase al cuerpo


Me lo habían recomendado, al psicólogo. Una amiga me dijo que valía la pena probar, que a veces uno no le encontraba la vuelta a las cosas que te pasan y la mirada de alguien, de otro, un profesional en la materia, puede ayudar. No tiene nada de malo pedir ayuda, me dijo. Yo no andaba bien.
Fui a la primera sesión. El consultorio estaba en un edificio antiguo, señorial, sobre la calle Talcahuano. El psicólogo, M., era un hombre no muy alto, flaco, peinado para el costado. Usaba un pulóver escote en ‘V’ o camisas a cuadros o las dos cosas, usaba lentes sin marco. Parecía amable, serio, respetuoso, el consultorio tenía una pared repleta de libros, la mayoría en inglés. Había un escritorio de los de antes, oscuro y macizo, había un espejo de pie, había cómodos sillones ‘chester’.
-El amor no existe –dije–. Después no dije más nada. A los cuarenta y cinco minutos me levanté y me fui.
Volví a la semana siguiente. Parecía que M. se había cortado el cabello o lo tenía húmedo. Usaba otro pulóver escote en ‘V’, otra camisa, había sobre el escritorio una taza de café.
Me senté. Me desabroché los puños de la camisa. Respiré un rato.
-La felicidad no existe –dije. Después pregunté si podía fumar, M. asintió. Habrá pasado media hora, fumé dos puritos holandeses, baratos y fuertes. Me fui.
Pasó otra semana, volví.
-La vida no tiene sentido –dije. Cerré los ojos. Creo que me dormí un rato. Después me fui.
Una semana más.
Volví, entré, me senté en uno de los sillones.
-Bueno –dijo M. –. Yo creo que sería bueno..
-No me hables –le dije–. Si me llegás a hablar te voy a meter una de las patillas de los anteojos por el culo, pelotudo.
Me levanté y me fui. A las dos semanas llamé para avisar que no iba a ir más.

20.3.21

Situación vital


Hay un problema, mirá. Yo estoy solo hace mucho tiempo, estoy solo desde que puedo recordar te diría. No, estar solo no es el problema, estar solo es la cosa más natural del mundo.
Tiene que ver con estar solo, pero de tangencial manera. Porque cuando estás solo siempre hay alguien que te conoce, un amigo, alguien del laburo. Alguien que te presenta a alguien porque te quiere ayudar.
Te presentan a alguien, a una chica en mi caso, y vos vas, salís. La llevás a cenar sin demasiadas expectativas pero salís. Para oxigenarte, para ventilarte un poco, tampoco te podés pasar cinco años seguidos comiendo pizza en calzoncillos, tomando whisky en una habitación a oscuras, uno se va convirtiendo en un monstruo del pantano.
Salís entonces. Vas a cenar, en eso estamos. Tratás de ser un humano, un mamífero mediano más o menos agradable. Vas a una parrilla de barrio o a un restorancito italiano no demasiado pretencioso. Charlás un poco, pedís un vino.
Acá empieza el asunto, si vos querés el problema.
La chica, la chica que vino a cenar con vos. Habla un poco, también. De lo que es, de lo que le sucede, de su situación vital por decirlo de algún modo. Elabora, no está de más aclararlo, una versión mejorada de sí misma.
Acá estamos. Esto es lo que quería decir, todo lo demás, lo que dije antes, no tiene la menor importancia.
La chica habla y vos te das cuenta que de todo lo que habla, lo que la define, lo que vendrían a ser ‘sus logros’, bueno. Tienen que ver con la privación. La chica está orgullosa que come sin sal, o que logró dejar de fumar, o que toma sólo una copa de vino durante la cena. La chica habla de correr a lo sumo, de adelgazar, de respirar de determinada manera que le enseñaron en un curso de yoga.
Tenemos entonces a alguien que te explica de todo lo que se está privando en la actualidad. Eso es básicamente su carta de presentación. La pulsión que la mueve.
No queda nada en ella en lo que quiera ir, por decirlo de algún modo y todavía, hacia arriba. Jugar al backgammon, pintar con crayones, comer mantecol.
Ha empezado mucho me temo la fatiga de materiales, la decadencia y caída, mientras no se te ocurre otra cosa que privarte, privarte de algo, de todo. Hasta que llegue la noche más oscura que jamás imaginaste y no tengas nada más que soltar para que tu aerostático globo hecho de la nada misma consiga mantenerse en el aire.
Te alcanzo hasta tu casa, sí, estuvo muy buena la cena, no por favor dejá. Pago yo.

15.3.21

Ahora que están todos a mil


Este año tengo pensado comer las milanesas, durante un tiempo, unos meses, con mostaza. Y después, otros meses, con mayonesa.
Este año tengo pensado desayunar en bares un cortado y una medialuna de manteca, o un café y una medialuna de grasa.
Este año tengo pensado tomar vino durante la temporada otoño-invierno, y cerveza, durante la temporada primavera-verano. Y whisky, claro, todo lo que sea necesario. Siento pena por la gente que no bebe, dijo el poeta.
La gente que fantasea con cambiar de vida me generan resquemor y ternura. Soñar con ser otro es un objetivo tan ambicioso como inútil. Las expectativas suelen ser no mucho más que una esposa gruñona que se dedica a remarcar todo lo que le disgusta de vos, pero tampoco es capaz de huir a ninguna parte. A mí me parece que el fracaso es un sillón en el cual conviene sentarse lo más cómodo posible. El discreto encanto de tomarse las cosas con calma.

28.2.21

Aguas profundas


El problema de encontrarte con alguien veinte años después, después que lo conociste, a ese alguien, es que no queda nada. Vas y buscás en su rostro algo de la persona que fue pero no, no hay nada ahí. Y es físico pero no es sólo físico. Es físico, claro, por supuesto, porque la persona a la que conociste no sé, a los quince o veinte años ponele, fue arrasada por el twister del tiempo. Los atributos físicos, algo que hacía brillar a la persona, la frescura por decirlo de algún modo, no está más. Pero pará, se pone peor. Sigue. Las convicciones, los puntos de vista, cualquier cosa que haya tenido de original la persona en cuestión, las ambiciones, los anhelos. Nada, cero, kaput. La persona habla ahora del precio de las naranjas, de yogures para cagar como un colibrí, de bicicletas fijas o de cambiar el auto. Alguien saca y exhibe una foto de una playa donde estuvo de vacaciones alguna vez, una semana como mucho, hace tres o cinco años. En la foto sacada con un teléfono celular y una notable falta de pericia puede verse algo de arena y un par de escuálidas palmeras.
Y listo, no mucho más que eso. Nada queda de la persona que conociste, cuando fue interesante quizás conocerla, hace tanto tiempo.
Para eso es que la gente intenta reunirse con los compañeros de la secundaria o de la universidad, se buscan en facebook o en instagram o hacen grupos en twitter y arreglan para verse con antiguas novias o con los muchachos del equipo de Handball del Club Italiano.
No pueden creer lo que ven cuando se ven, a la mañana frente al espejo. Necesitan confirmar que Dios no se ha ensañado en particular con ellos.

20.2.21

Lecciones de supervivencia


Lo único que tenés que entender es que en el trabajo es contra alguien, siempre.
No, bueno, quizás no lo logré expresar en su total dimensión, no me cuesta nada además, amplío.
El trabajo, o los trabajos, de oficina principalmente. Vos creés que algo puede ser a favor, algo de lo que está sucediendo puede ser a favor de vos o de otro alguien, pero no. No funciona así, por la sencilla razón que el ser humano, el mamífero mediano que se ha dado en llamar ‘hombre’, es la mierda más pura.
Entonces, eso es todo lo que tenés que saber. Si vos pedís algo porque te favorece a vos, una silla o una computadora o estar más cerca de una ventana, no va a suceder. Ahora, si otro alguien quiere tu lugar, entonces puede que te muevan, a vos, y en medio de ese desplazamiento logres llegar a sentarte en un lugar que te resulte más cómodo. Si tenés calor y pedís que te pongan un aire acondicionado no sucederá jamás, pero si un jefe mandó a comprar aires para llevarse uno nuevo a la casa puede que te pongan el viejo a vos. Así sucede, esa es la idea.
Así que sigo viendo y escuchando con ternura alguien que pide, en el ámbito laboral, algo para él. Y alguien, otro alguien, toma nota, alguien lo felicita por la idea, alguien le dice que lo que se le ocurrió, lo que solicita, es justo y necesario. Y entonces el primer alguien, el que hizo la solicitud, al poco tiempo es transferido a cualquier parte, a un sótano o a un pueblito perdido en medio de la nada para que entienda el único mensaje que se impone en todas las oficinas del planeta tierra. No molestes, no jodas.
La forma de funcionar es surfear la ola de otro, jamás la tuya. Vos no tenés ni tabla ni ola ni malla ni protector solar ni entendés muy bien qué carajo es el mar, pero sabés aguantar la respiración cuando alguien se tira un pedo en un ascensor y sonreír al mismo tiempo. De eso se trata, no te vas a ahogar.