30.9.15

Cambió todo


Tampoco se puede culpar a nadie. El fenómeno, lo que pasó, es perfectamente entendible.
La gente está hecha mierda, no hace falta ser Einstein para darse cuenta de eso. Cada vez se vive peor, se agujereó la capa de ozono, el subte viene lleno, ahora hay leche descremada y deslechada, café descafeinado, gaseosas sin azúcar y sin gas, cigarrillos sin nicotina. La gente deambula por las calles con pasos cortitos, apenas podemos movernos, soñando con cruzarse con Justin Bieber para sacarle una foto comiendo un pancho con mostaza, mirando por televisión programas donde los participantes compiten a ver quién es capaz de cagar más grande o pishar más lejos, en fin.
Entonces llegó la tecnología. Y no, no es que los aviones pueden volar más alto, ni que los automóviles pueden llegar más rápido. Llegó Facebook, llegó Twitter, llegó el Iphone y la Blackberry. Ahora podés chatear mientras defecás, y podés twittear en la cola del supermercado que fuiste a comprar dos latas de arvejas o mientras el ginecólogo te mete los dedos bien adentro, podés ser saludado el día de tu cumpleaños por trescientos veintiocho amigos virtuales que jamás te prestarían un peso. Podés bloggear las idioteces que pensás, que te parece que se te ocurren.
El invento es fantástico. ¡Te dieron el protagónico! El protagónico de tu vida, claro, que sigue siendo una vida de mierda. ¿No conocés a alguien que tenga para alquilar un departamentito en Necochea? No sé, una semana de Febrero, si es con vista al mar sería buenísimo.

24.9.15

De este mundo


Estábamos en la cama. Ella leía un libro, una novela que de seguro tenía que ser apasionante, de otro modo era impensado que alguien quisiera sostener tamaño material, semejante peso. Yo miraba la televisión con el volumen bajito, pero no miraba. Un programa de la National Geographic donde los ciervos o los antílopes o lo que corneta fueran tenían que cruzar un río, los cocodrilos acechaban. Quietos, muy quietos, los cocodrilos, esperaban. Los ciervos, los antílopes, mandaban a uno, al jefe o al más pelotudo, o quizás había sido por sorteo, a meterse al agua. Se escuchaba un tumulto, un par de chasquidos de metálicas fauces, y el antílope era devorado en un par de bocados. No quedaba nada.
Los antílopes o los ciervos iniciaban otra estrategia. ‘A lo chino’, tiraban toda la carrocería, cruzar de una, cientos, miles. Iba a haber bajas, claro que iba a haber algunas bajas, pero la mayoría pasaba. Se mezclaba el proceso de selección natural con las leyes de la estadística. Una experiencia notable, inteligencia en estado puro.
–Me gustaría saber si hay vida después de la muerte –dijo ella, apoyando el libro contra su pecho–. Porque si no hay vida después de la muerte entonces la noción del mérito se cae a pedazos. Si cuando te morís no hay más nada entonces es como si el ser humano fuera un mechón de pelos que se va por la bañadera. El concepto de eternidad, de permanencia, todo eso sería una gran cagada. Por lo menos los hindúes creen en la reencarnación, en el karma. Es como si fueras a jugar el repechaje, pero sigue existiendo la posibilidad de clasificar. ¿Para vos hay vida después de la muerte, Juan?
Cruzaban, los antílopes o los ciervos, como locos. Los cocodrilos mordían lo que podían. Había sangre, pedazos de antílopes, furibundas mordidas en medio del agua, patadas. No contesté, me quedé en silencio. Cómo saber si había vida después de la muerte, o si no éramos mucho más que un pedo en medio de una tormenta eléctrica. No dije nada.
–¿Y Dios? –Se incorporó un poco, ella, contra la almohada. Dejó el libro sobre la mesita de luz, ahora cerrado. Tomó un sorbo de agua– ¿Existe Dios? Porque si Dios existe bueno, entonces cómo entender los terremotos, las catástrofes aéreas, el hambre en Etiopía. Pero si Dios no existe entonces la noción misma del bien y el mal desaparece. Si Dios no existe es como si nos hubieran dejado caer sobre un vasto mar sin brújula. Si Dios existe es un Dios arbitrario e injusto, y eso es terrible. Pero si Dios no existe estamos a la deriva, perdimos el metro patrón, somos chispazos de conciencia en medio de la noche más oscura, somos la nada misma perdidos en la inmensidad de la galaxia. ¿Para vos Dios existe, Juan?
Pisaban cabezas, los antílopes o los ciervos, pisaban a los cocodrilos, y se chocaban entre ellos también. El impulso de vivir es algo que nada tiene que ver con lo racional. El objetivo de la vida es mantenerse con vida, existir, perpetuarse. La tentación de existir, así se llamaba un libro de Ciorán que había leído de jovencito y me había conmovido profundamente. Cómo podía saber yo si existía o no Dios, ni siquiera sabía si quedaban dos empanadas en la heladera. Me quedé en silencio, no dije nada.
–¿No querés que te la chupe un poquito? –Ella apoyó una mano sobre mi panza, abajo del ombligo – Te noto muy serio, preocupado.
–Bueno, dale –dije, y levanté un poco las sábanas.

18.9.15

Juntos


Estábamos esperando hacía un buen rato. El Fleni para algunas cuestiones es de lo más estricto y la verdad que está bien, porque vos vas a otros sanatorios y es todo un verdadero quilombo. A las desgracias le suelen sumar desorden, y entonces, además del dolor por lo que le está ocurriendo a un ser querido, le tenés que agregar el fastidio de no saber cómo hacer para averiguar lo que querés averiguar. Ni siquiera te podés dar el lujo de derrumbarte, porque te tienen de acá para allá con trámites de todos los colores. Y uno está indefenso como un animal herido, apenas puede con su alma.
Los informes de los internados en terapia intensiva se anunciaban a las 18 horas. El parte médico, y luego se podía ingresar por unos minutos a ver al paciente.
1802 marcó el reloj de pared. Apareció un médico calvo y muy delgado, alto, con barba de tres días. Sacó del bolsillo superior de su delantal un par de lentes sin marco, tragó saliva. Leyó pausado, voz neutra.
–¡No puedo más! ¡No puedo más! –Una mujer mayor se agarró la cabeza y de inmediato fue consolada por su hija, que la abrazó y la sostuvo al mismo tiempo. La mujer tenía alguna dificultad en el tobillo derecho, la chica tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no se fueran al piso, las dos.
–Se va a salvar. Emiliano es un toro –dijo un hombre de camisa a cuadros con pinta de haber dormido poco. Se dio dos golpes sobre el pecho, con un puño, como indicando que sabía perfectamente de qué estaba hecho, Emiliano.
–¡Papá! –dijo una nena chiquita, afligida y con los ojos rojos de tanto llorar– ¡Mi papá!
–Va a salir –dije con autoridad, tosí, saqué un paquete de caramelos de eucalipto y ofrecí–. Tenemos que esperar, tenemos que ser fuertes.
Nos fuimos sentando, todos. Una mujer se había quedado interrogando al médico, que se limitaba a leer el parte de otro paciente. Nada para agregar.
–Perdón –me habló, un sujeto con pinta de oficinista que abrazaba a una mujer de mediana edad–, pero no lo conozco. No es de la familia, ¿usted quién es?
–No –dije–. Yo los domingos por lo general me deprimo. Me consuela un poco ver gente que está mucho peor que yo, me hace bien. A Emiliano no lo conozco, no tengo idea quién es.

12.9.15

Modo cursi


el fuego que pintamos juntos
ya no existe más.
lo destrozó el tiempo, con
su mugre hecha de indolente
opacidad.
a veces me saluda una escena
compartida y dudo
si fue real.
si ocurrió, o son estas eternas
ganas de mortificarme
(los látigos no fueron hechos para descansar).

la gente le teme a la muerte, es lo normal.
a mí me asustan los recuerdos.

6.9.15

Por eso, por eso


Estuve en muchos lugares, me pasaron cosas. Estoy, por decirlo de algún modo, vivido, creéme. No soy un improvisado.
Cogí, por ejemplo, cogí mucho. Ese momento tan particular y exquisito cuando la mujer está en cuatro patas, lúbrica, en estado de existencial predisposición. Y vos avanzás, ponés una mano en una nalga y con un pulgar separás apenas y ella se arquea, se abre en el sentido más literal del término, esperando la llegada de la redentora garompa.
O tener un hijo, claro. Cuando levantás a tu hijo en brazos, tu creación, y el niño todavía ni siquiera se ha afirmado en su sensación de ser, pero de pronto te enfoca con esos ojos tan enormes. El universo todo te mira y él, tu hijo, sonríe. Se deja caer contra tu pecho, te abraza.
Tenés la velocidad desde ya, la aventura. Ir por la playa saltando médanos con tu cuatriciclo y se hace de noche, y vos acelerás, y podés sentir la sal en la cara. O esquiar, deslizarte, vas bajando y la naturaleza te acompaña y la pista de la alegría no se va a terminar nunca, la nieve tan blanca. O tirarse en paracaídas. Caer, caer mientras te sostiene apenas el aire. No volvés a ser el mismo después de saltar en paracaídas, algo en vos cambia.
Podría seguir, claro. Acariciar un delfín, tocarle el lomo y ver que el delfín se quiere quedar con vos, mientras se ríe (qué otra cosa puede ser eso que risa) en voz alta. Llegar a tu casa y que te reciba tu perro, un perro atorrante y bigotudo que no puede más de la alegría por el solo hecho de verte, porque verte a vos es suficiente motivo para estar contento. Tantas cosas, nadar en el mar, desayunar, ver llover.
Pero nada supera, no hay nada comparable con el primer sorbo de whisky en una habitación a oscuras. El vaso en mi mano.

30.8.15

Con todo este fracaso construí una flor


No, no importa lo que sos, lo que sos está a la vista. Podríamos decir, de alguna manera hay que decirlo, que lo que sos es demasiado evidente.
Lo que me gustaría ver es lo que pudiste ser, o ni siquiera eso, tampoco hace falta pedir tanto. Lo que te hubiera gustado ser, hablame de eso, como si fueras eso. Mostrame esa parte.
Porque lo que se ve, lo que sos, está impregnado de la más pútrida realidad. Podríamos decir que, bueno, eso que sos en realidad es el residuo de lo que quisiste ser. Cuando veo a alguien orgulloso de lo que es siento una profunda pena. Conformarse con eso.
Demos una vuelta por la potencialidad más pura. Tomemos un café plagado de las infinitas posibilidades que jamás ocurrieron. Para qué limitarnos a esta porquería que somos, que nos sucede. Dejame que te muestre todo lo que no fui, dejame que te muestre mi mejor versión.

24.8.15

Rango de certeza


Pasa algo curioso. Cómo lo digo.
Suponete que estás casado. Y te la pasaste no sé, los últimos ocho años, pontificando sobre la importancia de la familia, sobre que el hombre no fue hecho para estar solo, sobre las delicias de la vida conyugal. Además de mirarme de reprobatoria manera, a mí, por no estar casado, por no haber sido capaz de construir, en lo afectivo, absolutamente nada. Porque mis relaciones han durado, las mejores, tres semanas.
Bueno, de pronto te separás, tu señora te dice que no te quiere más, o que se quiere volver a vivir al pueblito de morondanga del que jamás debió haber salido. Y vos, casi de inmediato, vas a tratar de coger con tu vecina del séptimo B, con una compañera de la oficina que tiene una pierna ortopédica, vas a empezar a ir a bailar a un sitio de solos y solas (cualquier cosa que eso signifique, todos estamos solos). Vas a querer tomar clases de salsa, de tango, te vas a poner pelo en la cabeza, pelo de pija porque es más resistente y más barato.
O quizás te la pasaste argumentando sobre la importancia de cuidarte, hacer vida sana. Hacés dieta, corrés, te hiciste vegetariano primero, vegano después, y crudívoro recontradespués. Entrenás tres o cuatro veces por semana, vas con tu novia a correr carreras de diez o veinte kilómetros a Pinamar, a Esquel, comés tartas de puerros y hamburguesas de berenjenas. Tu chica te regaló para tu cumpleaños una licuadora.
Pero un día vas al dermatólogo y te dice que no le gusta mucho esa mancha. Hay que hacer una biopsia, una punción, rayos quizás. Parece malo pero no lo peor, la medicina ha avanzado muchísimo en los últimos mil quinientos setenta y ocho años. Y vos empezás a comer milanesas con puré como te hacía tu mamá cuando eras chico, o te limpiás una botella de vino durante la cena, volvés a fumar, mientras mirás todas las series americanas de televisión que podés en netflix con una password afanada. Comés chocolate, y helado también. A veces las dos cosas juntas.
No, no me estoy riendo. No me río desde que tenía once años, para serte sincero (yo la crisis de los cuarenta la tuve a los once). Pero resulta nítido para mí que jamás tuviste la mínima convicción. Fuiste haciendo más o menos lo que te ponían enfrente. Nunca estuviste seguro de nada, sos un boludo más.

18.8.15

Policía Espiritual


Estaba en un bar, mirando por la ventana. Hace más o menos diez años que no se me ocurre absolutamente nada para hacer. Es triste, seguro, pero cuando ves a la gente que hace algo, que creen que hacen algo, es más triste todavía.
Me gusta desayunar, temprano, en algún bar de barrio. Abro mi cuaderno, me fijo si se me ocurre algo para escribir mientras tomo un café con leche. Está el cuaderno, está el café con leche con una medialuna, está la ventana. Lo demás pertenece al repugnante territorio de la realidad.
Entraron dos hombres. De unos treinta años, quizás un poco más, cabello muy corto. Uno con lentes rayban de vidrios verdes. El otro con campera de cuero. Algo rústicos quizás, enérgicos.
–Ahí está –dijo el que usaba lentes.
–Hundred –dijo el otro. Se sentaron los dos, enfrente mío, sin dudar ni preguntar.
–Creo que sí –contesté, es mi manera de contestar.
No me gusta hablar con gente que no conozco, conozco muy poca gente. Si desayunás conmigo es porque cogiste conmigo, sino ni lo sueñes.
–Ah, sos gracioso –El de lentes se subió los lentes, con un dedo. Los lentes quedaron enganchados en la frente.
–Policía –el otro me mostró una credencial donde estaba el escudo de la Nación Argentina. A la izquierda del escudo había un rinoceronte, al otro lado del escudo una nube, una nube como las que dibujan los chicos del colegio primario–. Policía Espiritual.
–¿Eh? –No me reí, la cara de los tipos no era para reírse.
–No tenemos tiempo para boludeces, Hundred –el de lentes se abrió apenas el saco, para que yo pudiera ver la culata del revólver–. Nos mandaron a avisarte que dejes de escribir.
–Pero, no –dije–. Por qué.
–Porque no parás de romper las pelotas, por eso –el otro, que no tenía lentes, tenía una cicatriz, al costado de la boca, como si le hubieran dado un cuchillazo, como si lo hubieran enganchado con un anzuelo y al tirar le hubieran arrancado un fino rectángulo de piel–. Todo lo que escribís es triste.
–No –dije.
–Sí –dijo el de lentes–. Todo lo que escribís es que la gente es una mierda, que el mundo es una mierda, que la vida no tiene sentido. No hay un solo mensaje positivo en tus palabras.
–No es tan así –dije. Lo mismo hubiera dicho si me hubieran encontrado con los pantalones bajos, cogiéndome a alguien, a una prima con un leve retardo o a una cebra en la jaula del zoológico. No es tan así es una excelente frase para un montón de cosas, para un epitafio, también.
–No vinimos a discutir con vos, flaco –el de la cicatriz sonrió y se le torció la cara de fea manera, era una sonrisa para tenerle miedo–. Cortala, no escribas más.
–Pero si no escribo me aburro –señalé el cuaderno sobre la mesa– ¿Qué quieren que haga?
–No sé –el de lentes se puso de pie–. Te vinimos a avisar que la termines. Lo que escribís molesta, aburre, y hace daño. No tiene el menor sentido. Además, escribís mal.
–Buscate algo para hacer, forro –el de la cicatriz también se paró. Se sonó los mocos, con dos dedos, como si estuviera en medio de un partido de fútbol. Se limpió los mocos, pasando los dedos por el cuaderno. Agarró la birome, y la metió dentro del café con leche–. Date por avisado, no jodas más.
Se fueron.
Pensándolo bien, no les faltaba razón. Yo era joven, todavía. Estaba a tiempo de casarme, tener hijos. Podía empezar a correr, si había maratones casi todos los domingos. Quizás cambiar el auto, hacerme socio de un gimnasio o no, mejor, empezar a ir a la cancha. Hacer algún curso, un curso de algo no sé, de pintura, de fotografía. Viajar, adelgazar.

12.8.15

Probabilidad, estadística


Me fui con Mariana a Pinamar, a pasar el fin de semana. Octubre, frío pero no tanto, le pregunté si quería venir conmigo. Dijo que sí.
Salimos el jueves, para aprovechar un poco más de tiempo. Falto un día al trabajo, no le importa a nadie.
Tenía un método para ganar en el Black Jack, y quería probarlo. Mi amigo R. me prestaba su cómodo departamentito bien ubicado, en el centro. Quería descansar también, caminar por la playa, coger un poco.
El viernes a la tarde Mariana se sintió mal, me dijo que debía ser algo que habíamos comido. Las rabas del mediodía tenían el aspecto de haber sido freídas mil veces desde el verano pasado.
Me dijo que se iba a dormir temprano, a ver si se le pasaba. Le dije que salía a caminar un rato, a fumar un cigarrillo.
Me fui derecho para el casino, con mi método infalible. Había llevado diez mil pesos. Si las cosas funcionaban, mi intención era dedicarme a eso. A ir los fines de semana al casino, mientras seguía estudiando para ponerme a jugar al poker por internet. Basta de trabajos de mierda por sueldos de mierda. Me había divorciado hacía tres años, necesitaba una nueva vida.
Me limpiaron de una. No tuve la menor oportunidad. Apliqué el método de contar las cartas, sabía cuándo tenía que pedir carta, cuándo plantarme, de acuerdo a la ley de probabilidades. En menos de media hora había perdido las diez lucas, y dos mil pesos más que tenía en la billetera.
Cuando salí del casino me pararon dos pibes jovencitos. Uno me pidió fuego, el otro me dio una piña, fulminante, sobre el oído. Caí de costado, me robaron el reloj y el celular, les pedí por favor que me dejaran las llaves del auto. ‘Bueno amiguito pero chito loco amiguito’, el pibe me hablaba y movía el revólver para todos lados, como si el revólver pesara demasiado.
Volví al departamento, debían ser las doce de la noche. Mariana estaba terminando de hacer el bolso, hecha una furia.
–¡No te importa nada, Juan! ¡Ni siquiera llamás para ver si me estoy muriendo!
Se fue a la terminal de micros, me dijo que siempre había sabido que yo era un sujeto repelente. No quería pasar ni cinco minutos más conmigo.
Al día siguiente, mientras caminaba por la playa, me picó un aguaviva. Se me puso el pie del tamaño de una sartén, y azul. Tuve que ir a una guardia, me dieron corticoides.
Volví al departamento como pude, me prestaron un bastón. No podía apoyar el pie. Manejar: imposible.
Entonces me di cuenta que no tiene demasiado sentido tratar de cambiar de vida. Ser otro es un espejismo, un error de interpretación. Lo que sos, siempre lo que sos, por difícil de asimilar que sea, por ridículo que parezca, es tu salto más alto. Tu mejor opción.
Entender eso, aceptarlo, pensé. Revisando el armario de la cocina encontré un paquete de yerba, y un mate de metal. Busqué y busqué, pero la bombilla no apareció por ningún lado.

6.8.15

Preguntón


–¿Duermen las palomas?
–¿Eh? –Estaba distraído, miraba el televisor encendido, pero sin mirar.
–Si duermen las palomas. Y cómo duermen. ¿Duermen en el aire? ¿Se acuestan en el piso? ¿O duermen paradas? Pero sería raro, los animales no duermen parados. Estar dormido y estar parado al mismo tiempo no se puede.
Había ido a visitar a mi amigo H. La idea era tomar unos mates y charlar de cualquier cosa hasta que se hiciera de noche. Para ir a cenar.
Pero. La mujer de H. también había tenido la misma idea de verse con una amiga. Entonces, la mujer de H. le había dejado a H. su pequeño hijo, el hijo de ambos, de H. y de la mujer de H., para que lo cuidara durante la tarde. A cambio, la mujer de H. había prometido volver temprano, para que entonces H. y yo pudiéramos ir a cenar afuera. A tomar un vino, tranquilos.
Vivía, H., en una regia casa en Vicente López. Su hijo era un pequeño demonio de cinco o siete años que se llamaba Tomás.
El que me había hablado, de pie, mirándome con las manos en la cintura, era Tomás. H. estaba arriba, hablando por teléfono.
–No sé –respondí–. Pero tienen que dormir, eso seguro. Si no dormís, es como una heladera que no corta.
–¿Se te hace una bola de hielo? –Dijo Tomás.
–No, pero te revienta la cabeza –dije–. En poco tiempo no servís más.
Nada, en la televisión. Las acostumbradas boludeces. Se escuchaba a H. hablando por teléfono, arriba. Discutía con alguien, temas de laburo.
–¿Duermen los peces?
–¿Eh? –Otra vez, Tomás. Había avanzado un poco para observarme más de cerca. El flequillo le caía sobre la frente.
–Si duermen los peces. Y cómo duermen. Duermen en el agua, claro, porque los peces no pueden vivir fuera del agua. Pero no entiendo, ¿a determinada hora se van todos para el fondo? Porque para dormir tenés que estar acostado, acostado sobre algo. No te podés acostar sobre el agua.
–Dormir duermen –dije–. Se deben poner de acuerdo. Mientras duermen algunos, otros están de guardia. Por los tiburones.
Lo pensó un instante. Se rascó la cabeza.
–No, no sabés –dijo–. Se nota que contestás cualquier cosa. No sabés nada.
–Mirá –dije–. Tampoco sé si me gusta más la mayonesa o la mostaza, o si hay vida después de la muerte. Lo que sí sé es que cuando seas grande, en algún momento, te vas a dar cuenta que la vida no tiene mucho sentido, y te vas a querer pegar un tiro en las pelotas. Eso te lo puedo asegurar.

30.7.15

Todo lo que no sabemos


A Verónica le gustaba coger arriba.
No, arriba en la terraza no, arriba. Arriba de alguien, del compañero de turno, de la poronga más que nada. Le gustaba subirse, a Verónica, como si fuera una avezada motociclista, pero en lugar de ponerse el casco, lo que se ponía era la poronga, con un diestro movimiento de tres dedos de una mano. Adentro, adentro mi alma, y ahí sí. Salía a cabalgar, feliz amazona de la pija.
No había estudiado, quiero decir, las técnicas, no lo había conversado mucho ni era una gran consumidora de pornografía. Le bastaba, desde la adolescencia, desde jovencita, con sentarse, con tener la poronga adentro, quince o veinte centímetros de púrpura palpitante (homenaje a buk, la expresión), adentro, y dejarse llevar.
Le encantaba, a Verónica. Podía moverse despacio, muy despacio, sintiendo el deslizar de la poronga en su interior, llenando el espacio. Podía ponerse en cuclillas y prácticamente saltar, a todo vapor, como una descosida. Acelerando, acelerando, sintiendo el chicotazo adentro, haciendo rebotar sus nalgas contra muslos o abdomen, según estuviera de frente o de espaldas. Feliz, tan feliz.
Y le gustaba que la agarraran. Sí, claro, de la cintura. O las tetas, que el tipo se aferrara a sus tetas como si fueran su última esperanza, su tabla de salvación para no hundirse en el precario maremoto de la vida. Y sí, que le agarraran las nalgas, que las apretaran o que las abrieran apenas y le metieran un dedo en el culo pero no mucho, la primer falange era suficiente, esa cosquilla extra. Mientras ella saltaba o se deslizaba, iba y venía, con la poronga adentro, apoyándose sobre un peludo torso o aferrada a las manos del tipo como si fueran acróbatas. Pura alegría.
Pero por algún motivo, algo que no lograba descifrar, todo el mundo la quería coger, a ella, con ella, en cuatro patas.
Conocía a alguien, iban a cenar una o dos veces, y había que ir a coger, porque sí, porque para la mujer la pija es destino, porque de eso se trataba la vida. Y empezaban a besarse o la empezaban a desvestir, y el hombre la llevaba a la cama, o sobre un sillón, o en el piso, la ponía de espaldas. En cuatro, como se suele decir, para ser riguroso desde lo técnico, desde lo antrompométrico.
Y coger en cuatro patas estaba bien, pensaba Verónica, era una satisfactoria experiencia, pero no era lo mismo. Ella quería estar arriba, sentir cómo se raspaba el clítoris contra la superficie del hombre ahí abajo, su vello púbico (el de ella) cortado casi al ras, una delicia.
Y Verónica se dejaba hacer, qué remedio, se dejaba coger en cuatro patas por entusiastas muchachos o canosos caballeros mientras anhelaba con todo su ser que el hombre, cansado de bombear, se echara a un costado, se dejara caer boca arriba, para entonces aprovechar y poder subirse aunque fuera un ratito, ponerse encima. Coger arriba.
Se prometió, Verónica, se hizo una solemne promesa delante de un vaso de vino blanco, barato y dulzón. El primer hombre que la quisiera coger, de entrada, de una, estando abajo, o sea, con ella encima. Ese sería su príncipe quizás más morado que azul, con ese se quedaría.
Y entonces la conocí yo. Que estaba arrasado por diez o quince años de microcentro, triste, con sobrepeso por supuesto, como siempre. Con espina bífida que me provocaba un dolor muy agudo, como si se me anestesiara la parte de atrás de los muslos, se me iba la fuerza de las piernas, mientras sentía como si me atravesaran la cintura con una aguja de tejer. Horrible.
Así que cuando la acompañé a la casa después de cenar y me preguntó si yo quería subir a tomar algo, bueno, al ratito, después de besarnos y hablar un par de idioteces, me tiré en la cama. Me dejé caer porque el dolor me estaba matando y no sabía cómo decirle que iba a necesitar que me llamara una ambulancia. Un analgésico inyectable y cuarenta y ocho horas de reposo. Que me disculpara, mejor lo dejábamos para otro día.
Verónica me bajó los pantalones, y se subió, rápida, dispuesta. Mientras yo rezaba por no quedar parapléjico de por vida, y porque el dolor no fuera tan agudo como para anularme por completo el deseo y matara la erección. Qué vergüenza sería.
Así cogimos. Verónica se pegó un par de descomunales acabadas mientras yo me quedaba quieto, muy quieto, con los ojos cerrados.
Te cuento todo esto para que veas que Verónica no me eligió por mi inteligencia ni por mi sentido del humor, mucho menos mis literarias capacidades. Mi particular y único modo de ver la vida.

24.7.15

De entre las cenizas


Vas y elegís una avenida. Lo podés hacer en la avenida Corrientes, perfectamente, sobre todo de mañana. Lo podés hacer sobre Cabildo, sobre Libertador, sobre Rivadavia, sobre Independencia. A la tarde, a eso de las cinco de la tarde, lo podés hacer en la avenida Córdoba, o en Alem de la mano que vuelve. Elegí una avenida, cualquiera.
Esperás que el semáforo esté en rojo, paran los autos. Vos estás en la esquina y esperás. Uno o dos minutos, vos esperás.
Entonces caminás, como si fueras a cruzar, como si quisieras llegar al otro lado de la avenida.
Pero. Te parás. Al llegar a la mitad de la avenida, te parás. Te parás, y hacés un cuarto de giro, para quedar de espaldas al tráfico.
Sacás un paquete de cigarrillos, un paquete de cigarrillos que compraste previamente y que tenías guardado en un bolsillo. Un paquete de cigarrillos que compraste, antes de guardarlo, claro, así funciona el hilo del tiempo. Sacás un encendedor, de otro bolsillo, o del mismo bolsillo.
Y te prendés un cigarrillo.
A esta altura escuchás que te pasan automóviles, demasiado cerca, por al lado. Escuchás frenazos, bocinas. Insultos, sobre todo. Muchos insultos que hacen referencia a tus preferencias sexuales, a determinadas antropométricas características de la vagina de tu madre. Todo tipo de insultos que se refieren a tal o cual suerte de retardo del que vos serías indubitable portador. Puede que recibas un par de escupidas, o que te arrojen algún objeto dotado de cierto nivel de contundencia.
Lo que tenés que hacer es nada. Fumar, fumar el cigarrillo que acabás de encender. No contestás nada, no mirás a nadie. Fumás, de pie, como si estuvieras frente al mar. El mar, en este caso, está hecho de miles y miles de automóviles que siguen su camino hacia ninguna parte, su inútil derrotero hacia la nada más gris.
Das unas pitadas, tratando de generar una ceniza, la primer ceniza del cigarrillo. Al ratito nomás corta el semáforo. El semáforo se vuelve a poner en rojo y las bocinas (y las puteadas) dejan de sonar.
Entonces terminás de cruzar la calle, vas hasta la otra orilla, por decirlo de algún modo. El experimento ha concluido. Vas y seguís con tu vida. Podés terminar el cigarrillo, lo podés tirar.
La experiencia, lo que hiciste, equivale en cuanto a fortalecimiento de la personalidad, equivale entonces, decía, a tirarte en paracaídas desde nueve mil metros de altura, a nadar con tiburones-tigre en mares del Caribe, y a once años de psicoanálisis dos veces por semana. Todo junto.
Algo hace click y tu vida mejora de sustancial manera. Si te atropella un auto también está muy bien, igual no dabas más.

18.7.15

Claro que me duele


Lo normal, lo de siempre. Mónica me dijo ‘tenemos que hablar’, y tenemos que hablar, para una mujer que por lo general no para de hablar, sólo podía significar una cosa.
Vivíamos juntos hacía unos cinco meses, más o menos. Ella estudiaba diseño o arquitectura, algo del estilo. Veíamos televisión, cogíamos, ella sabía cocinar, milanesas con puré. No sé, tampoco me parecía que hubiera mucho más para pedirle a la vida. Yo me había venido grande, pensar en torcer el destino es algo que se te ocurre cuando tenés menos de treinta. Lo que viene después es buscar que la realidad sea más o menos amable con vos. Lo que equivale a decir que no te pase por encima como un Flechabus de dos pisos. Una pacífica coexistencia con el horror de estar vivos, así podríamos denominarlo.
Ella salía del psicólogo a las siete, por Recoleta. Le dije que la esperaba en La Biela.
Entré, me senté. Estábamos en Agosto, hacía frío.
Me pedí un francés tostado de crudo y manteca, y una cerveza de tres cuartos. Me puse a mirar por la ventana. Uno de los mejores árboles de Buenos Aires, los turistas que pasaban, se hacía de noche.
Llegó, Mónica. Apurada, nerviosa, dejó sus carpetas, su mochila.
–Bueno –dijo–. Lo que te quería decir es que estuve pensando, y me gustaría que nos separemos.
No dije nada. Mordí el sándwich. La combinación de jamón crudo y manteca, crujiente el pan, exquisito.
–No estamos bien, Juan –se sacó el pelo de la cara–. Necesito estar sola por un tiempo, ver qué me pasa. No sé, quiero hacer un viaje. Ir a ver a mi hermana a Barcelona.
–Bueno –dije. Tomé un trago de cerveza. Estaba fría, pero no tan fría. Tan exacta, tan perfecta.
–Me voy a volver a lo de mis viejos –dijo Mónica. Tenía los puños apretados, sobre la mesa–. El fin de semana voy a pedirle a mi hermano que me acompañe con el auto, así me llevo mis cosas.
–Sí, claro –dije–. Por supuesto.
–Me quiero llevar la licuadora –miró, buscando a un mozo, pero los mozos de La Biela si no te conocen no te dan bola, te hacen sentir que sos una pila sulfatada, un pedacito de mugre, una minúscula partícula de soretito universal. No mereces estar sentado ahí ni por lo que dura un instante disfrutando de toda esa belleza, esa esquina tan maravillosa–. Acordate que me la regalaron para mi cumpleaños. A mí en el desayuno me gusta hacerme licuados de frutas. Y el televisor chiquito. Lo pagamos a medias, te compro tu parte.
–Llevate el grande si querés –mordí, mastiqué–. Llevate lo que precises, no hay problemas.
–No sé, Juan –levantó la mano, el mozo siguió de largo–. Me parece que peleamos mucho, discutimos. Yo necesito mi espacio, mis momentos para estar con mis amigas.
–Está muy bien –dije–. Avisame si venís el fin de semana, porque me invitaron a Pilar a un asado, capaz que me quedo a dormir allá.
–Tengo la llave, todavía –dijo ella, me miró feo.
–No, ya sé, yo por si necesitás ayuda para bajar algo. Vení cuando quieras, llevate lo que quieras. Menos mis trajes, por favor. Los necesito para ir a trabajar –Se hizo un silencio, como si no entendiera–. Es un chiste, pichona.
Llamé al mozo. Vino. Ella pidió una Coca Light, con limón. Miró su teléfono celular, contestó un mensajito. Sostenía el teléfono muy cerca de la cara, dejando en claro que lo que pasaba, en el teléfono, era importante.
–¿No me vas a preguntar nada? –Revisó los bolsillos de su abrigo buscando algo, quizás un papelito con una anotación, quizás una pastilla, tomaba algo para la tiroides.
–No.
–No te preocupa demasiado que me vaya, parece –dijo–. No se te ve destrozado ni nada parecido.
–Me duele, claro que me duele –dije, me serví más cerveza. Tomé, de un trago, medio vaso–. Pero voy a salir adelante. Quiero decir, son cosas que pasan, la vida.
–La verdad que no sé –probó su Coca Light, un sorbito–. Pensé que te iba a hacer moco. Pero si no te pasa nada, bueno, no es lo mismo. Es como que dejarte tiene menos gracia. No es tan entretenido.
–Entiendo –dije.
–No estoy tan segura, la verdad –dijo–. Me parece que si no me voy, si me quedo, puede ser mejor. Quedándome te hago mucho más daño.
–Eso seguro –dije. Le hice una seña al mozo, pidiéndole la cuenta. Con un índice y un pulgar apenas tocándose en el aire, como si escribiera, en el aire, con una imaginaria birome hecha de nada.
–No sé, quizás todavía no sea el momento de irme –dijo–. Quizás convenga que me quede un tiempo.

12.7.15

El cocodrilo Jimmy


Estoy mirando la televisión. Están en un zoológico, en Tailandia. Multitud de curiosos.
Hay un mago, un faquir, no sé cómo llamarlo. El tipo es conocido en todo el mundo. Replica las pruebas del genial Houdini. Lo meten en un cubo repleto de agua, atado con esposas, con cadenas. O lo entierran vivo. El tipo ha hecho los más variados trucos de magia, de ilusionismo. Lo cuelgan con unos ganchos atravesándole la piel de la espalda, y lo levanta un helicóptero por el aire. Camina sobre el agua frente a un lujoso hotel de La Vegas. Resiste casi diez minutos, desnudo, metido en agua helada, en el mismísimo polo norte. Y así.
En esta oportunidad, lo que va a hacer es meter la cabeza, su cabeza, en la boca de un cocodrilo.
Para eso se ha desplazado, junto con su equipo de filmación, hasta el principal zoológico de Tailandia. Debe ser por fines publicitarios también, desde ya. Están en la jaula, aunque no es una jaula en el sentido estricto, es un enorme pantano, con agua semipodrida, con pasto también, se intenta replicar las condiciones del hábitat natural de los terribles cocodrilos.
El hombre ha explicado a las cámaras que con el poder de la mente, logrará controlar el atribulado y no menos ancestral cerebro del cocodrilo. Logrará poner la cabeza entre las fauces abiertas de la milenaria criatura, y la bestia no lo lastimará. No lo morderá. Dominará la situación, él, así lo ha dicho, con el poder de su mente.
Comienza la prueba, se pide silencio. Entre cinco asistentes, lugareños todos, logran inmovilizar al cocodrilo. Es un cocodrilo corpulento, de más de tres metros de largo. El cocodrilo se llama ‘Jimmy’.
Otro asistente más procede a abrir las fauces del cocodrilo, que parecen tener cuatro filas de reforzados dientes. La cámara enfoca el interior de esa boca que nos conduce al centro mismo de la tierra, al origen del universo. Es como cuando mirás de cerca una vagina bien abierta y en un momento lo que estás mirando deja de ser lo que estás mirando, se transforma en la enigmática materia prima de la naturaleza.
El faquir, el mago, mira fijo a los ojos del cocodrilo. De algún modo lo domina.
Luego se arrodilla, se pone de perfil. Y mete la cabeza, de costado, de frente a las cámaras. Como si estuviera apoyando la cabeza sobre una almohada. Dentro de la boca del animal.
Se hace un silencio, una gélida pausa hecha de pura expectación.
–¡Chac!
Algo ha salido mal. El cocodrilo muerde. Luchan los asistentes para obligarlo a soltar, a abrir la boca. Pero no pueden. Uno le da palazos sobre el lomo. Otro intenta introducir algo en la boca del animal, para poder hacer palanca. Alguien viene con un matafuego. Se escuchan gritos, desgarradores gritos del faquir, del mago. Grita la multitud también. Nadie sabe qué hacer. Alguien decide correr la cámara, alejarla, para que no se vea en primer plano el ensangrentado rostro que está siendo, literalmente, destrozado por los aplicados dientes del animal. El cráneo va cediendo como un pan de manteca bajo los efectos de una prensa manual.
Descubro, con sorpresa, que he lanzado una corta carcajada. Aplaudo, dos o tres veces. Estoy de pie.
Es tan importante que si no parás de romper las pelotas algo te salga mal, que las cosas se te compliquen, es tan importante. Pienso que deberían pasar el video en las escuelas primarias, que los chicos lo vean.

6.7.15

El tema de la sangre


Lo había desconcertado, a Gustavo, el pedido. Lo tomó por sorpresa. Uno de los socios del estudio le había pedido si podía ir a dar sangre.
–¿Eh? –Fue la respuesta de Gustavo. Creyó que había entendido mal. Que el tipo le había dicho algo, una frase, con la palabra ‘hambre’.
Pero no, era sangre nomás. Tenía un hijito, el hombre. Había que operarlo, y necesitaba dadores de sangre.
Pensó en comer algo, Gustavo, en prepararse algo para cenar. Pero mejor darse un baño, primero. Había estado corriendo como un loco todo el día con el caso Rozemblit. Si salía bien de la audiencia, era un click en su carrera. El gran salto que tanto había buscado.
Mientras se llenaba la bañera, se desvistió. Chequeó los mensajes del contestador, bajó unos ravioles del freezer. Preparó la ropa para el día siguiente, prendió la computadora para terminar de corregir un escrito.
Un pensamiento cruzó su mente. Le había dicho, su socio, que para ir a dar sangre podía pasar bien temprano por el Hospital Alemán. En ayunas.
¿Cuánta gente podía llegar a pedirle sangre?
Se rascó la cabeza, dudó.
Estaban sus dos hijos, Ignacio y Facundo, aunque no vivieran con él, aunque estuviera divorciado. Y Cecilia, habían sido felices juntos, aunque después todo se hubiera ido a la mismísima mierda. Al carajo profundo.
Estaba su madre desde ya, si llegara a necesitar sangre. Estaba su hermana, los hijos de su hermana, buenos chicos, cómo no darles. Estaba su primo Alan, con quien habían sido compinches a lo largo de toda la adolescencia. Su amigo Juan Carlos, tantas anécdotas compartidas durante la universidad, y su señora que siempre lo había tratado tan bien.
Estaba un tío ya mayor, que una vez le había comprado una bicicleta cuando él era muy chico, claro que sí. Y la vecina del octavo, siempre tan correcta, tan amable.
Tanta gente para tener en cuenta, tanta gente que podía llegar a necesitar sangre. Su sangre. Por un momento le resultó, la idea, perturbadora, acuciante.
¿Alcanzaría su sangre para todos? ¿Y en qué orden? ¿Según la fueran necesitando, según se la fueran pidiendo, o por orden de importancia del vínculo? Qué tema.
Se metió en la bañera ya llena con agua bien caliente, Gustavo. Y se cortó las venas con un cuchillo corto victorinox 72123, hecho en acero forjado, especialmente diseñado para filetear pescado. El agua se fue tiñendo de rojo mientras él cerraba los ojos, se dormía.

30.6.15

Al César lo que es del César


Por lo general no voy al cine, tampoco miro demasiado la televisión. O quizás sí, miro la televisión, pero de la más anárquica manera. Quiero decir, no tengo decodificador, no soy un seguidor de las series americanas por más buenas que sean, no tengo netflix, no soporto los programas locales donde la gente canta o baila o compiten para ver quién es capaz de hacer el sorete más grande, me gustan los deportes pero soy incapaz de mirar un partido completo de nada.
Pero justo había estado mirando un programa, como dos o tres meses seguidos. De lunes a viernes, a las nueve de la noche, en animal planet. El programa se llamaba, traducido, ‘el encantador de perros’. Había un mexicano muy simpático, bajito, con barba candado, que sabía todo, absolutamente todo, sobre los perros.
El programa estaba estructurado como si fueran casos psicológicos. Hablaban primero los que vivían con el perro, contaban el problema (del perro). Después, César (el encantador de perros, así se llama el sujeto), los visitaba en su domicilio, veía al perro, si tenía miedo, si era dominante o agresivo, si había que arrinconarlo hasta que se rindiera, o agacharse para que el perro pudiera olfatear al visitante. Cómo dejar floja la correa cuando el perro hacía lo correcto, o tironear en el momento exacto para mandar una señal. O darle una curiosa patada, al perro, un sorpresivo tacazo cruzando una pierna por detrás de la otra, de la pierna más cercana al perro, en las costillas, sin que el perro se la esperara. Para distraerlo, para corregirlo, para que el perro comprendiera que lo que estaba haciendo estaba mal y grabara ese mensaje en su perruna mente.
Veía el programa, yo, mientras hervía arroz para la cena, o me hacía unos miserables ravioles comprados en el supermercado. Veía y aprendía sobre las conductas y los comportamientos de los perros. Era fantástico, además no tenía un pomo para hacer, con mi vida en general. En esa época yo andaba apesadumbrado, triste, así que me convenía tratar de distraerme con cualquier cosa, porque encima sabía que no iba a poder dormirme. Trataba de dormir y a las dos horas como mucho me despertaba temblando como la momia negra, muerto de miedo, empapado de sudor. Sabiendo que el universo todo no tenía mayor sentido pero sin saber qué hacer al respecto.
Bajé para ir a trabajar, era jueves. En la puerta del edificio, el vecino del séptimo B. Con su perro. Un Boxer, amable y musculoso, trompudo, todo su ser apuntando hacia adelante, hacia arriba, como una fuerza de la naturaleza. El pecho inflado.
–Buenos días –dije.
–Buenos días –dijo el vecino. El perro me miró con sana curiosidad, alerta, las orejas paradas.
Me acerqué con una sonrisa. Sabía exactamente lo que debía hacer, me gustan los perros, además.
Me acerqué un poco más, sin mirar al perro a los ojos. ‘Primero la nariz’, decía siempre César en su programa. El perro debe olfatearte, esa es su manera de conocerte.
Me arrodillé, junto al perro, de costado, para que el perro pudiera olfatearme tranquilo, reconocer mi energía calmada y asertiva (no tenía la menor idea del significado de la palabra ‘asertivo’, pero César decía la palabra todo el tiempo).
Ahí me quedé, arrodillado, de perfil, hice una respiración profunda.
El Boxer, que se llamaba ‘Káiser’, en un movimiento de eléctrica repentización pero de ningún modo exento de gracia, me mordió el rostro. Me alcanzó el lado derecho de la cara, la mejilla, la boca, un poco de la oreja.
Quedé tirado sobre la vereda, aullando de dolor. Hubo que llamar a una ambulancia. Me hicieron las primeras curaciones, me dieron la antitetánica, la antirrábica. Dijeron que dentro de seis meses o un año si quería me podía operar las cicatrices que me iban a quedar, hacerme una cirugía plástica. La medicina había avanzado mucho en ese campo.
Las cosas no son como las muestran por televisión.

24.6.15

Cultura general


Si tenés que elegir hablar con un viejo pelotudo que lava el auto o con un viejo pelotudo que juega al dominó, elegí el viejo pelotudo que juega al dominó. Hay, por lo menos, un chispazo lúdico ahí, en ese fracaso. El otro lucha contra procesos muy por encima de su capacidad de comprensión y raciocinio. El otro es un viejo pelotudo que no entendió nada.
Si tenés que elegir entre una chica con buenas tetas y una chica con buen culo, elegí una chica con buen culo, ni lo dudes. Tiene algo que ver, lo que digo, con lo que define a determinadas obras literarias, eso de cualidades perdurables. En iguales condiciones de presión y temperatura, las tetas pierden su magia antes que los culos, las tetas tienen destino de glándulas mamarias. Además el hecho que la parte más atractiva de la mujer en cuestión esté atrás, y no adelante, la predispone mejor, provoca algunos cambios en su personalidad, le quita algo de arrogancia.
Si tenés que elegir entre estar solo y estar acompañado, elegí estar solo siempre que te sea posible. Cuando estás solo te puede suceder algo interesante, cuando estás acompañado es mucho más difícil. Estar solo por lo general es un síntoma de sabiduría, una sabiduría que no precisa ser expresada con palabras (tampoco tenés a quién expresarle nada, para eso estás solo, entre otras cuestiones).
Si tenés que elegir entre trabajar y estudiar, elegí estudiar, siempre. Estudiá cualquier cosa, ecuaciones diferenciales de tercer orden o la vida de los conejos de angora. Trabajar es algo que se hace para ganar dinero y no mucho más que eso, trabajar es una maldición bíblica, trabajar tiene un único propósito y mientras lo hacés, te destroza el alma.
Si tenés que elegir hacer una actividad que implique encender un artefacto, apretar algún botón que diga ‘on’, apretar una tecla, o hacer una actividad donde no participe ninguna máquina, elegí una actividad donde no tengas que encender nada. Sos infinitamente más interesante caminando que chateando, tu vida tiene mucho más sentido cuando te rascás el culo que cuando hablás por teléfono. Mejor mirar por la ventana que bajar música de internet, ni lo pienses. La hiperconectividad es parte del problema, de tu tristeza, del sinsentido de la vida. La hiperconectividad es el demonio.
Si tenés que elegir entre ser como vos o como yo, elegí ser como vos, si tenés que elegir entre leerme y no leerme, no me leas. La vas a pasar mejor, yo sé lo que te digo. Vos dale.

18.6.15

Los peces y los panes


–Me pasa algo extraño –dije–. Creo que siempre estuvo ahí, latente. Pero en los últimos seis meses es como si hubiera salido a la superficie, por decirlo de algún modo. Se intensificó, eso seguro.
–De qué estamos hablando –dijo ella. Estábamos en un bar, por Almagro, desayunando. Temprano, muy temprano, porque ella era secretaria de un juzgado y su horario de trabajo era así. Entraba bien temprano, y se iba después del mediodía. Yo trabajaba en una oficina y a nadie le importaba mucho lo que hacía, así que si llegaba a las diez de la mañana al centro estaba bien, y si llegaba a las once estaba bien también. Pero si quería coger, con ella, bueno, tenía que mostrarle que íbamos a cenar, antes, que dormíamos juntos, después. Que desayunábamos, también. Coger, sólo coger, era como muy crudo. Las mujeres suelen esperar algo más de una relación. Lo que yo precisaba no era mucho más que un desahogo fisiológico. Para todo lo demás, para pensar, para mirar por la ventana, para tomar whisky y ser genial, bueno. La verdad que conmigo me alcanzaba.
–Ah, no te dije –tomé un poco de café. Era una buena piba, Mariana. Bastante piola, cogía bien. Nos veíamos los martes por lo general, hacía más de cuatro meses. Algunos domingos también–. Tengo poderes.
–¿Eh? –Levantó la cabeza de su teléfono celular. Estaba intentando tipear un mensajito sin soltar el vaso con jugo de naranja.
–Que tengo poderes –dije–, veo el futuro.
–Mirá vos –terminó de escribir su mensaje, dejó el teléfono–. Cómo es eso.
–Por ejemplo, mirá –apunté con el mentón, indicándole a través del ventanal–. En la esquina. Va a parar un colectivo. Se va a bajar una señora, bajita, con una campera roja. Espera unos treinta segundos, más o menos, para cruzar, y se va a dar cuenta. Que la robaron, en el colectivo. Va a empezar a gritar.
Así sucedió. Tal cual lo había dicho. El colectivo, primero, la señora de campera roja, después. El grito.
–Increíble –dijo ella, visiblemente sorprendida–. Increíble de verdad.
–Para que veas que no fue casualidad –dije–. Señalé con un índice, otra esquina–. Ahora va a doblar un hombre, usa una boina a cuadros. Tiene un perro, un Bóxer. El perro va a ver algo, no sé, otro perro. Se va a soltar, el perro, de un tirón, y va a cruzar la calle a toda velocidad. Casi lo va a pisar un auto, un Peugeot 207 negro, no, no es negro, es azul oscuro, pero no lo va a pisar. Vas a escuchar el frenazo. En un minuto, más o menos.
Esperamos, mirando por la ventana.
Vino el hombre, con la boina, con el Bóxer. El perro se soltó, cruzó la calle a la carrera. Frenó el Peugeot azul oscuro, aparecido de quién sabe dónde. No lo enganchó, al perro, de milagro.
–¡Es genial! –dijo ella–. En mi vida vi algo así.
–Sí –terminé mi café–. Es como si por un instante yo no estuviera. Me sumerjo, desaparezco, y veo lo que va a suceder como si fuera una película. Lo veo, exacto, aunque no soy yo el que lo ve, porque yo no estoy, no existo en ese momento, es una especie de presencia consciente. Y después, lo que vi, sucede.
–Genial, la verdad –se sentó un poco más derecha, Mariana, como si se acomodara en la silla, tosió–. Mirá, te quería decir algo. Quiero que dejemos de vernos, lo estuve pensando. Está todo bien con vos, nos vemos, cogemos, pero a vos no te interesa nada más. Yo tengo ganas de estar en pareja. No sé, me pasa eso.
–Me tomás de sorpresa –le dije–, no me lo esperaba.

12.6.15

Soñar, soñar


Al principio no lo entendía, cómo entenderlo. Nunca tuve demasiado éxito con las mujeres, ni en la adolescencia, que es cuando más lo necesitás, cuando más importa. Ni de más grande.
Bajé ese día a la mañana, como todos los días. Era jueves y hacía frío, lo recuerdo más que bien.
Apenas puse un pie en la calle me crucé con una vecina que estaba entrando al edificio. Se me quedó mirando, embobada. Se le cayó al piso una bolsa con mandarinas.
–Deje que la ayude –dije. Me agaché para agarrar dos o tres mandarinas que habían rodado por la vereda. Me puse en cuclillas, con lo que me cuesta, con lo que me sigue doliendo la rodilla derecha cualquier día de humedad. La vecina se arrodilló, al lado mío. Muy cerca. Y se frotó, literalmente, como si fuera un gato, flanco contra flanco. Contra mí.
‘Quizás me pareció’, pensé, ‘quizás fue idea mía’. La saludé y me fui.
Tenía que caminar las cuatro cuadras para tomar el subte. Venían dos chicas jovencitas, con uniforme de colegio secundario. Tableadas polleras azules, pulóveres escote en ‘V’. Ni las miro, hace tanto que dejé de mirar adolescentes.
–Precioso –Escuché una risa. Me detuve a los tres o cinco pasos. Me miraban, las dos, sexys, desafiantes, los muslos blanquísimos, las tetitas puntiagudas.
–¿Eh? –Dije. Miré, pero no había nadie más en la calle.
–¿Te puedo dar un beso? –Me dijo la de cabello corto y revuelto. Se tiró un poco el pulóver hacia abajo. Se le marcaron, un poco más, las magras tetitas.
Asentí. Se acercaron las dos. La de pelo corto no dudó. Me dio el beso, me metió la lengua hasta la laringe. Yo abría los brazos para no tocarla, pensando que en cualquier momento escucharía las sirenas de alguna patrulla de la policía. Me iba a costar dar explicaciones.
Entonces, con una de sus pequeñas manos, me apretó apenas los huevos. ‘Uy, qué rico estás’.
Me anotó el teléfono en un papelito. La otra nos sacó una foto con el celular, abrazados.
–Llamame, eh –me dijo la pelicorta. Se llamaba Érica.
Y así siguió todo el día. Las mujeres, prácticamente, se me tiraban encima. Me quiso secuestrar una señora algo excedida de peso, en un ascensor. Terminé, a la noche, cogiéndome a una prima que vino a hacerme una consulta sobre la conveniencia de adquirir una determinada marca de computadoras.
Al día siguiente bajé a la calle con miedo, pero nada. Así que tuve tiempo para estudiar la situación. El día anterior me había quedado dormido y había tenido que arrancar medio apurado. Mientras me bañaba para despertarme, entré en la ducha con una galletita con dulce de membrillo a medio comer. Estaba por tomar una aspirina porque me dolía la cabeza. Me puse champú Johnson’s para niños en la cabeza. Me habían dicho que era el champú más neutro posible. Soy, prácticamente, alérgico a todo.
Se me cayó la galletita, ya tenía champú en la cabeza, y la aspirina en la otra mano. Me tropecé, me fui al piso y se mezcló todo. El champú Johnson’s para niños, la aspirina, el pedazo de dulce de membrillo. Ahí estaba la clave.
Repetí como pude la experiencia, mezclé las tres cosas. Me froté el cuerpo con la particular combinación. Las mujeres venían a mí, desesperadas. Se regalaban, me decían barbaridades. Querían que las cogiera contra una puerta, querían chuparme los dedos de los pies, que les metiera algo, cualquier cosa, la poronga o un codo, en el culo. No importaba el peso ni la edad que tuvieran, mamíferos medianos del sexo femenino, lo que querían era coger conmigo.
Era increíble. Me tocaban bocina desde un auto, bajaban la ventanilla, y me mostraban una teta. No podía subir a un ascensor donde hubiera mujeres. Al minuto quedaba metido en una involuntaria orgía.
El efecto duraba entre ocho y doce horas.
Anduve así, durante un tiempo. Tuve que empezar a tomar vitaminas, le agregué maca primero, viagra después. No daba abasto. Todas las mujeres querían coger conmigo. Todo el tiempo, todo el día.
Así que cambié de champú. Me pasé al Head & Shoulders, la propaganda decía que era bueno para la caspa, lo usaban reconocidos deportistas. Si me duele la cabeza, tomo ibuprofeno. En la fiambrería compro dulce de batata con chocolate.
Nunca más volví a repetir aquella combinación. Volví, tan pronto como pude, a mi triste vida. Coger es una actividad en exceso sobrevalorada, uno anhela lo que no tiene, tan simple como eso. A mí dejame tranquilo, estoy bien así.

6.6.15

Barrilete sin hilo


Cualquiera que haya tenido un vicio, cualquier vicio, lo sabe. Cómo funciona, la manera. Empezás, vas y empezás, encontrás algo que te gusta, y empezás. Aunque quizás la palabra correcta no sea, el verbo, ‘encontrar’. El verbo es ‘descubrir’.
No importa, no viene al caso además, si es cocaína o chocolate con almendras, el cigarrillo, las anfetas, el gin tonic. No importa qué.
Algo cambia. Porque vos empezás a consumir eso que te gusta, como si fuera tu recreo, tu recompensa. Y de pronto te das cuenta que la vida no tendría el menor sentido. Si te lo sacaran, lo que te gusta y ahora te sostiene. Estás en problemas, porque sabés que no podrías vivir, sin eso.
Alto, alto. La cosa sigue.
Tenés que dejarlo, eso que te gusta. Porque te domina, debés sobreponerte. La voluntad hace su salto de orca en el Mundo Marino de tu estúpida vida. Si no lo hacés estás perdido, te la pasarías fumando todo el día, o bebiendo, o quién sabe qué cosa. Fuiste arrastrado, te perdiste en el camino. Pero hay una lucecita que brilla y es el faro que te permitirá volver a la playa.
Sí, todavía no termina. Sigue
Y lo lográs, lo dejás. Volviste. Sos un sobreviviente, no podés parar de hablar de eso. Lo contás, querés dar consejos. Estás orgulloso de tu privación. Eso que iba a matarte, eso que te llevaba como un barrilete sin hilo. Pudiste reinventarte, la versión 2.0 de vos.
Pero. Hay un rictus, en tu cara. Una expresión. Que indica que añorás, que aunque sabés que aquello te estaba matando, eso te hacía mal, bueno, jamás volverás a volar tan alto, a brillar tan fuerte. Queda el recuerdo de lo que tanto te fascinaba, tapado por tu colosal esfuerzo que te permitió reponerte, volver a ser.
A mí me pasó, claro que me pasó, por eso te lo estoy contando. Con vos.