30.3.14

Escapada


         Yendo para Pinamar, pinché una rueda. Me gusta ir a la costa, aunque sea tres o cinco días, fuera de temporada. Meter las patitas en el mar, tomar un café con leche y saber que no tenés absolutamente nada para hacer todo el resto del día.
         Invité a Valeria, dijo que sí. Cogíamos cada tanto, metíamos alguna cena, dormíamos un rato abrazados. Ella tenía una hija de ocho o nueve años que se llamaba Brisa.
         Arregló con su ex marido, y me dijo que sí, que podía. Yo tenía un amigo que me prestaba un regio departamento en el centro de Pinamar. Noviembre, casi nada de gente, una delicia.
         Pero pinché la rueda, a unos cuarenta o cincuenta kilómetros de Madariaga. Nadie, en la ruta, debían ser las doce de la noche.
         Abrí el baúl, nada. Una rueda desinflada, ni la llave cruz, ni el cricket. No sé ni para qué me fijé, no sé cambiar una rueda. Tampoco sé hacer asado. Me gusta leer y tomar whisky, mirar por la ventana de los bares, eso es lo que sé hacer, soy así.
         Valeria intentaba llamar a una grúa con el celular, pero se perdía la señal. Probaba todas las combinaciones de tres números con un asterisco adelante. Nada, cero.
         Ni luz, en la ruta. El ruido de los grillos, algo de viento. La nada misma.
         Al rato pasó una pick up. Le hicimos señas. Pararon, se bajaron, eran tres tipos.
         Casi violan a Valeria. Me tuve que pelear. Me dieron un culatazo en la cara. Me habrán roto, de un saque, tres muelas. Me sangraba un oído, un dolor difícil de describir. Un dolor difícil de ser imaginado.
         Se fueron, nos robaron la plata y las llaves del auto, los teléfonos, y se fueron. Uno me pinchó la otra rueda de adelante, con su cuchillo de monte. Antes de irse me tiraron un botellazo que dio contra el lateral del automóvil. Una botella de ginebra, salpicaron los vidrios. Se reían, escuchaban cumbia y se reían.
         Valeria, todavía con un ataque de nervios, se pishó encima. Tuvo algunas convulsiones, me dijo que era epiléptica, yo no sabía.
         El oído me latía como si me fuera a explotar, seguía escupiendo pedacitos de dientes. Encontré un blister de Ibupirac, en la mochila, y me tomé cuatro o cinco. Dolía.
         Se acercó un perro, de la nada, uno de esos perros mezcla de Collie con algo, mugriento, peludo. Lo quise acariciar, y me mordió la mano. Valeria le tuvo que tirar varios piedrazos, porque no se iba.
         Ahí estábamos, en el medio de la ruta, Valeria a punto de haber sido violada, yo con la boca hecha pedazos, sin poder mover el auto, sin teléfonos, sin dinero.
         Me acordé que la última vez que había ido al psicólogo fue para decirle que sentía que me había venido grande, que no me pasaba nada. Que la vida se había vuelto poco entretenida.

24.3.14

Una buena persona


         Era una pavadita, una cosa de nada que para mí servía, un truco.
         Cuando conocía a una chica, cuando salía con una chica por primera vez, la invitaba a cenar. A una cantina de barrio ubicada en Almagro, bien ambientada, chiquita, nada del otro mundo. Se comía bien.
         Y como yo solía ir, mucho, por lo general con amigos, bueno, podríamos decir que era habitué. Me conocían, en particular uno de los mozos. Algo gordo, el mozo, siempre transpirado y de buen humor, jovencito.
         Teníamos arreglado un acto. Cuando yo llevaba a una chica a comer, por primera vez, al entrar al local, le hacía una seña casi imperceptible, con la cabeza. O un guiño.
         Entonces él nos atendía, como si no me conociera. Hacíamos el pedido. Y cuando lo traía, bueno, ahí venía el asunto. Al servir el vino, él hacía un pequeño movimiento, como si alguien lo hubiera tocado de atrás haciéndolo trastabillar. Daba un golpecito, y salía un borbotón, un chorrito de vino, de la botella.
         La idea era que el pibe se ponía muy nervioso, debido a su involuntario error.
         –No pasa nada –decía yo, mientras el mozo no sabía cómo disculparse por haberme salpicado la camisa–. Dale nomás, quedate tranquilo.
         En eso consistía, básicamente, el truco. El mozo me salpicaba con el vino, se ponía mal, yo lo absolvía. Eso ocasionaba un fantástico efecto en mi ocasional acompañante. Veía que yo tenía sentimientos, que era una buena persona, que a pesar del inconveniente saludaba, dejaba propina. Por lo general, entonces, lograba que la chica se pusiera en un adecuado nivel de existencial predisposición. Para coger, claro.
         Fui con Carla, a la cantina. Martes, casi las nueve de la noche. Entré, dije que no tenía reserva, le hice, al mozo, el guiño. Carla era una piba que había conocido en una clase de yoga, flaca, poca teta, culito más que firme. Estudiaba arquitectura, creo, o ciencias de la comunicación.
         Elegimos los platos de la carta, pedí vino. Carla contemplaba la simpática decoración del lugar, la bandera de Italia, el cuadro del Padre Pío.
         El mozo trajo el vino y la entrada, berenjenas a la parmesana.
         –Están marchando las pastas –dijo.
         Sirvió el vino. Yo me preparaba con total naturalidad para hacer mi acto. Mostrar que no sólo me interesa coger. Que puedo ser magnánimo, altruista, comprensivo.
         Pero. Algo pasó. El mozo, que se llama Gastón, hizo el tropezón, el saltito. O quizás justo lo tocaron de atrás, una señora que iba al baño. Porque salió el borbotón, de vino. Pero manchó a Carla. En su remera, cayó la salpicadura.
         –Perdón –dijo Gastón, apoyando la botella sobre la mesa.
         –¡Pero qué pelotudo! –Carla se puso de pie, ofuscada– ¡Gordo forro, ni siquiera sabés servir un vino de mierda!
         –Bueno –dije yo. Gastón retrocedió un paso. Transpiraba.
         –Boludo –seguía, Carla– ¡Esta remera me la trajeron de Inglaterra, boludo! ¿No vas a hacer nada, Juan? –volvió a mirar a Gastón–. Te voy a hacer mierda, forro. Qué boludo que sos, se ve que tus papás son parientes, o te caíste de la cuna de cabeza, cuando eras muy chiquito.

18.3.14

La cosa más normal del mundo


Necesitaba trabajar, conseguí un trabajo. Bueno, en realidad, no necesitaba trabajar, lo que necesitaba era dinero. Pero si no te da la cabeza para afanar, y no tenés alguna habilidad no tradicional, entonces trabajar es lo que se estila. 
Me consiguió el trabajo mi amigo M. M. se estaba por recibir de abogado, en realidad se estaba por recibir de abogado hacía como quince años. Y mientras tanto, M. trabajaba en el Ministerio.
En los Ministerios está lleno de gente que no hace un pomo, a nadie le importa. Hay Gerentes de cualquier cosa, Subgerentes de algo, siempre hay cargos para repartir, prácticas rentadas, pasantías. Si aguantás seis meses sin hacer cagadas, quiero decir, sin que te vean corriendo en pelotas por los pasillos o cagando arriba de una computadora, entonces te efectivizan. Y ahí sí, ahí te podés dedicar a no hacer nada como más te guste. 
Estaba en mi segunda semana de trabajo, me habían destinado al área de Archivos. Estaba en un sótano, ordenando expedientes. Había carpetas de distintos colores, y etiquetas. Había unos gigantescos ficheros de metal que iban de pared a pared. Había que ordenar expedientes, o perderlos, pero perderlos y volverlos a encontrar si alguien, un Subgerente, los solicitaba. Para volverlos a perder, pero de una manera diferente.
Ahí estaba yo, durante seis horas, pensando en algo, en cualquier cosa, cerca de un escritorio con una computadora que me habían dejado y que era una carreta, una computadora que tardaba en abrir el ‘buscaminas’, cargando datos, ordenando expedientes, rotulando siglas, archivando. 
–Ahí llegó Betty –dijo un pibe que usaba la corbata muy floja y la camisa afuera del pantalón–. Por si querés comer algo. 
–¡Grande Betty! –dijo una mujer a la que le costaba moverse, tenía las piernas muy hinchadas. Pero se puso de pie, apretando un billete en una mano.
–A ver, vos, Claudio. Te toca ir a comprar Coca Cola.
Betty debía ser una mujer de unos cincuenta años, morocha, con el cabello recogido. Cargaba una heladera de telgopor, que apoyó sobre un escritorio. Se juntó un grupito de los que trabajábamos en aquel inmundo sótano. 
–Yo quiero deditos –dijo una chica que tenía una verruga peluda sobre el labio–. Dos porciones. ¡A mi hijo le encantaron!
–Para mí orejas, con mostaza –dijo un tipo de Logística.
–¿Sánguches de qué hiciste? –Preguntó Víctor.
–De muslo –dijo Betty–. Muslo de un gordo que murió ayer. Están tiernísimos.
Tardé en comprender. Pensé que era parte de lo que todavía no sabía, la jerga, códigos de la gente que trabajaba en el Ministerio. Algún chiste privado.
Nada de eso. De la heladera, y con guantes de cirujano puestos, Betty iba sacando, bueno, lo que le pedían. Partes de cuerpos, sí, de cuerpos humanos. Las orejas servidas en conos de papas fritas, troceadas, los dedos rebozados como milanesas, sin las uñas, sándwiches hechos de muslos de una persona muerta. Escalopes de culo con guarnición, servidos en unas simpáticas bandejitas plásticas. Alguien comentó que la semana pasada lo mejor había sido unas tetas rellenas con queso parmesano y provolone que eran una delicia. Otro le dijo que era un burro, que lo que les daba el gustito era el roquefort. Las tetas eran a los cuatro quesos, y tenían, también, mozzarella y roquefort. Discutieron un poco, se reían.
Tuve que apoyarme sobre un escritorio, se me movió un poco el piso, sentí un mareo. Me contó uno de los cadetes que Betty estaba casada con un tipo que trabajaba en la morgue. Todos los viernes traía, para vender, comida hecha con pedazos de cuerpos. Sí, claro, de humanos.
Me explicó el pibe que al principio te daba un poco de impresión. Pero después te dabas cuenta que era la cosa más normal del mundo. Betty era una maestra de la cocina, y la mercadería siempre era fresca, trabajaba sólo con muertos de la semana. Era rarísimo, los empleados estaban por lo general de buen humor. Cuando alguno se hacía un chequeo, todos habían mejorado de manera notoria su estado de salud. Además, era mucho más barato que bajar a comprar comida a la galería.

12.3.14

Todo es energía


Salimos de una fiesta. Estuve tomando whisky, había whisky importado (Johnnie verde), y tomé whisky, en cantidad. Tomé un poco de cocaína, también. La combinación perfecta, taco y punta. Qué le vamos a hacer, sí, hace mal.
Estoy cansado, pero no tengo ganas de dormir. Me pasé de vueltas, quiero sentarme en un banco y ver cómo amanece. Fumar un par de cigarrillos. Pensar qué quiero ser cuando sea grande, aunque ya sea grande. Esas cosas.
Salí de la fiesta, que ya debía haber terminado hacía un par de horas, y Tamara se vino conmigo. A veces cogemos, pero no íbamos a coger. Queríamos charlar, fumar un rato, irnos a dormir. 
Tomé un café con leche en Selquet, ahí en Pampa y Alcorta, debían ser las ocho de la mañana. Antes de ir a buscar el auto, caminé para el lado del parque.
–Bancame que fumo un pucho y después te alcanzo con el auto –dije. Vive en Vicente López, Tamara, estudia arquitectura, o comunicación social. 
–Sí, claro –me dijo–. En casa no hay nadie. Digo, te podés quedar.
Caminamos un poco. Nos sentamos en un banco, frente al lago. Hacía un poco de frío. Poca gente, los que corren en serio, los tristes, los fanáticos. Algún vagabundo dormido junto a un cartón de vino.                    Domingo, pintaba para llover. Quizás quedarme a dormir con Tamara, después almorzar algo rico, tomar un poco de vino. No mucho más que eso.
Estábamos sentados, fumando, viendo el lago. Tamara se subió el cierre de la campera hasta arriba, y se acurrucó contra mí.
–Todo es energía –dije de pronto, sin motivo–, todo está en la mente. Mirá.
Me puse de pie, agarré una ramita del pasto, que tenía la longitud de una batuta. Golpeé, dos veces, con la ramita, contra el respaldo del banco.
–Fijate –dije–. Mirá.
Empecé a tararear, casi para adentro, una melodía. Y mientras tanto movía los brazos, varita en mano, como si estuviera dirigiendo una imaginaria orquesta.
Estaba de pie, di un par de pasos, para quedar justo al borde del lago.
Parecía un chiste dedicado para Tamara, una zoncera. Pero no. Algo comenzó a suceder.
Los patos. Saliendo de cualquier parte, de todos los rincones del lago, venían hacia mí. Se formaron. Un triángulo con el vértice de un pato, a no más de tres metros de mis pies. Serían unos veinte patos, quizás más. Todos con la cabeza en alto, sin quitarme los ojos de encima.
–Taran tararán tan tan –murmuraba yo, los patos seguían mi batuta, doblaban, se dividían en dos grupos perfectos, derecha e izquierda. Hacían un semicírculo, se alejaban y volvían a formarse–. Tan tan, tararara rarán. 
Seguían los patos, sin distraerse. Alcé la batuta y los patos casi se paran en dos patas, inflando el pecho, estirando bien arriba las cabezas. Luego, apunté hacia abajo, de golpe, y todos los patos metieron la cabeza en el agua. Cerré haciéndolos aletear en lo que pareció un final con trombones. 
–Increíble –Tamara aplaudió, azorada–. Tenés algo, un don. No sé, sos genial.
Solté la ramita. Me senté, encendí un cigarrillo. 
Uno de los patos, el más gordo, de un blanco medio desteñido, con algunas manchas color marrón, avanzó hacia mí. Salió del agua. Se acercó unos pasos con ese andar tan particular, tan característico.
–Ahora conseguinos algo para comer –Habló, el pato, movió el pico, su voz era metálica y grave, me miraba de perfil–. O te pensás que estamos acá para hacerte quedar bien a vos. Danos comida, galletitas, o medio kilo de carne picada. O guita, loco. Si no de acá no se van.

6.3.14

Fatiga de materiales


Al principio estábamos bien, viste cómo es. Conocés a alguien y la vida misma parece un abanico que despliega su impresionante paleta de colores. La ves a ella y algo, la forma en que se quita el pelo de la frente, o la escuchás reírse, y sentís que Dios no se olvidó de vos, Dios abre su celeste billetera y te tira una propina.
Y pasa algo, olvidadas sensaciones. Cosquilleos que habían quedado guardados en un mugriento cajón de tu memoria. Ganas de reírte de cualquier cosa porque el universo todo te parece un lugar agradable y divertido. Ganas de bañarte todos los días, de ayudar a los ciegos a cruzar la calle, de acariciar a los mugrientos y bigotudos perros que caminan bajo la lluvia, ganas de dejar pasar a la gente de la fila, dejarlos subir, antes que vos, al colectivo.
Y te movés como un gracioso lobo marino en las deliciosas aguas del deseo. Manda la pasión, las ganas de quitarse la ropa lo antes posible, para coger, claro, para volver a coger, porque sos una fuente, un inagotable surtidor, y ella te hace crecer las ganas, ella es la madre tierra y te lleva de la mano al país de las maravillas a través del interior de su vagina misma.
Ganas y deseo, deseo y ganas. De abrazarla, de morder, de oler, de apretar, como un chico al que le han regalado su golosina preferida. Y sos feliz, y te dan ganas de ser cursi, de escribir poemas, de prometer, de regalar flores y caminar de la mano y ver películas de amor.
Pero después, algo pasa. Es tan triste que revisás los bolsillos como quien busca una llave hecha de ausencia. No sé, lo mismo ya no es más lo mismo. Algo, un gesto en su rostro se te antoja disruptivo, como si reflejara algo malo de ella, algo que la habita y que ha salido a la superficie. Te parece que quizás su carcajada se ha vuelto estentórea y excesiva, te parece que vuelve a contar la misma gilada una y otra vez. Te parece algo torpe o con una curiosa falta de ingenio, sus anhelos parecen robados de una telenovela mexicana. La descubrís mala, algo tonta, un poco encorvada quizás, con una fea cicatriz en un hombro, y el inexorable avance de las várices como un ejército de aplicados insectos, la celulitis.
Y te das cuenta aquello que bien cantaba el señor Carlos Alberto García Moreno, eso de ‘y si mañana es como ayer otra vez, lo que fue hermoso será horrible después’. Sabés que no vas a poder seguir, con ella, porque no das más. Llega el momento de los reproches, asoma su fea cabeza el suricato hecho de puro rencor, hay que buscar la flecha de la salida. El extenuante game de la despedida.
¿Qué? ¿Querés saber cuánto tiempo estuvimos juntos? ¿Cuánto duró la relación? ¿No te dije?
La conocí el viernes, nos separamos el lunes. Fue todo muy intenso, una vida.

1.3.14

El mundo a sus pies

     
       Fue de casualidad, como tantas otras cosas. Mariana fue a un pedicuro de barrio. Se le había encarnado una uña del dedo gordo, y de seguro se le había infectado porque le dolía a cada paso que daba. Bajó del colectivo, tenía cinco cuadras hasta su departamento, y vio el localcito a la calle. Decía ‘Pedicuro’, nada más, y había un ridículo cartel, un pie, que se podía ver como si uno, el que miraba, fuera el piso desde abajo, y el pie estuviera apoyado sobre la vidriera. La planta del pie, se veía, el contorno de los dedos. Todo, el pie, dibujado por una fina luz fluorescente, de un pálido lila, que se encendía y se apagaba.
       ​Tenía tiempo, los viernes se iba antes de la oficina donde trabajaba en el departamento de recursos humanos de una importante compañía. Nada, hacía los tests de manchas para los boludos que ingresaban a trabajar, liquidaba sueldos, mandaba mails corporativos anunciando los casamientos, embarazos, defunciones.
       ​Eran las cinco de la tarde, y tampoco había arreglado para hacer algo a la noche. Era separada, Mariana, su matrimonio había durado casi cuatro años, hasta que finalmente habían coincidido, con Pablo, en que no se soportaban. Ella se quedó con el departamentito que habían comprado, y le había ido pagando su parte, la de Pablo, en cuotas. Pablo se había vuelto a Chivilcoy y había puesto un consultorio, era psicólogo.
       ​Entró al pedicuro y preguntó si había algún turno disponible. Le dijeron que sí, que claro, ahora mismo. Pasó a un gabinete donde había unos cómodos silloncitos y una simpática tarima donde apoyar, de a uno por vez, los pies. También había una camilla.
       ​Ella solicitó el tratamiento standard, le dijeron que la duración era de veinte minutos, media hora como mucho.
       ​Entró un muchacho de barba, con el cabello recogido, muy delgado. Tenía puesto jeans y un delantal celeste de mangas cortas.
       ​–Hola –dijo el pibe que tenía pinta de cantar en una banda de reggae–. Soy Emiliano.
       ​Empezó, Emiliano, a masajearle los pies. Le hacía reflexología, frotaba sus pies con aceite de coco y esencia de lavanda, además de cortarle las uñas, limar callos, suavizar durezas. Le masajeaba el pie, con cuidado, con dedicación, friccionaba, apretaba determinados puntos.
       ​Sucedió entonces algo que la tomó por sorpresa, a Mariana. Desprevenida.
       ​Supo que era eso, conocía perfectamente la sensación y era eso, pero no podía ser eso. Mariana sintió que se mojaba toda, que acababa, que los orgasmos venían, uno detrás de otro en simpática procesión, casi grita, se tapó la boca con un puño, se le escapó una especie de maullido.
       ​–Perdón –dijo Emiliano–, quizás apreté muy fuerte. Si algo duele, por favor decime.
       ​El muchacho terminó y se fue a lavar las manos. Mariana cerró los ojos, intentó recomponerse. Estaba agitada, sudorosa, enchastrada de flujo.
       ​Logró ponerse de pie, se calzó los zapatos. Saludó, dejó propina.
       ​Raro, muy raro, pensó mientras se bañaba. Habían sido los mejores orgasmos que podría recordar desde la adolescencia. Pero no, no era el pibe, el pibe casi no la había mirado. Tenía que ser algo, algo de ella, en los pies. Algo que ella no sabía.
       ​Volvió a ir, el viernes siguiente. La atendió una mujer bastante excedida de peso con rasgos aindiados. Lo mismo, lo mismo. Tuvo que hacer notables esfuerzos para no retorcerse en la silla. Puro placer, en un momento soltó una carcajada de alegría.
       ​Increíble, increíble. Estaba exultante. Esperaba toda la semana su visita al pedicuro. El trabajo ya no la fastidiaba, estaba de buen humor. Una amiga le preguntó si se había hecho algo en la cara, bótox, un lifting. Le dijo que estaba más fresca que nunca.
       ​Salió incluso con Gustavo, el martes, fueron a cenar y a coger. Estuvo bien, todo muy bien, pero ni de lejos podía compararse con su visita al pedicuro.
       ​Su vida marchaba mucho mejor, se alineaban los planetas. Ya no la violentaba el tráfico de la ciudad ni hacer las compras en el supermercado. Iba al cine y salía también con Martín, le dijeron en el trabajo que la iban a nombrar subgerente.
       ​Hasta que un viernes se bajó del colectivo, caminó dos cuadras, dobló en MD, y se quedó quieta. No estaba. Sí, estaba, el local, pero no el cartel del pie nimbado de luz fluorescente. En su lugar, a un costado, un precario cartel donde podía leerse ‘Se alquila’.
       ​Se habían ido, así como así. El negocio no dejaba ganancias, quién tiene tiempo para hacerse los pies en un barrio de mierda, y cuánto se puede cobrar por ese servicio. Ni atendiendo cincuenta personas por día.
       ​Mariana se agarró el estómago con una mano y no pudo contener el llanto. La gente que pasaba por la calle la miraba, con una mezcla de extrañeza y empatía. Como se mira a alguien al que acaba de sucederle una tragedia, alguien al que le han dado una terrible noticia.

24.2.14

Mejor no saber

       ​
       Me separé de Paola, y me fui a vivir a un departamentito por Balvanera. Alquilé de apuro un contrafrente de mierda, donde escuchabas las puteadas de los vecinos mientras cenaban en sus cocinas con desteñidos azulejos colores pastel. Paola me dijo que se iba a volver a Entre Ríos, con su familia, en un par de meses. Entonces, dijo, me devolvía mi departamento. Ella no quería nada mío, le parecía que con no verme más era suficiente premio. No importa cuánto uno haya querido a alguien, lo bien que la hayan pasado juntos, se va acumulando una mugre, un barro de rencor, en el fondo. Algo que termina enchastrando todo lo bueno que hayas sido capaz de construir. En fin, la vida.
       ​Empecé a ir a desayunar a un barcito de la calle S., casi en la esquina de M. Tomaba un café, comía una medialuna, antes de emprender mi via crucis personal, intransferible, ir al centro a dejar un tercio de mi vida por unas pocas monedas. Como hace todo el mundo.​
       ​No sé, fue una cosa extraña. El mozo me estaba sirviendo el pedido, y le dijo a un tipo de otra mesa ‘no, pará, ayer salió el 29, pará un minuto’. Jugaba a la Quiniela, el mozo, y el hombre le estaba levantando su apuesta, como todos los días.
       ​–639 –dije.
       ​–¿Qué? –dijo el mozo.
       ​–639 –repetí–. Es el número que va a salir hoy en la Nacional.
       ​El número, simplemente, había aparecido en mi mente, y lo dije. El mozo se fue, siguió con lo suyo.
       ​A los dos días volví al bar.
       ​–Tomá –vino el mozo, con un café con leche con tres medialunas–. Invito yo.
       ​Lo miré, no entendía.
       ​–Gané, con tu número. Siete lucas –aplaudió, dos veces, para captar la atención del resto de las mesas–. Este señor es un vidente, pregúntenle lo que quieran. Tiene poderes, es mi amigo.
       ​Debió ser un chiste, pasar como un chiste, pero no fue un chiste. A la semana siguiente se me acercó un hombre, algo mayor, de lentes.
       ​–Disculpe, me están ofreciendo un automóvil, acá tengo la foto, y la fotocopia de los papeles –se sentó, el hombre, en mi mesa–. Quiero saber si está en buen estado. Si lo puedo comprar sin problemas.
       ​Tomé la foto. Cerré los ojos.
       ​–Sí -respondí–. Lo puede comprar tranquilo.
       ​Al otro día vino una mujer.
       ​–Buenos días –dijo, me saludó al estilo hindú, juntando las palmas de las manos a la altura de la frente–. Tengo la posibilidad de cambiar de trabajo. No sé qué hacer.
       ​Le toqué un hombro.
       ​–Sí, va a ser bueno para usted –dije–. Cambie de trabajo. La empresa donde usted está trabajando va a cerrar en tres meses.
       Se corrió la voz. Venía la gente. El mozo los hacía esperar en fila, fuera del bar, hacían cola junto a la puerta. Arreglamos, primero, no más de diez personas por día, lo que yo quería era desayunar. Hubo que subir a veinte.
       ​Yo me sentaba siempre en la misma mesa, tomaba mi café, miraba por la ventana. La gente se sentaba o se quedaba de pie, no más de cinco minutos. Hacían una pregunta, yo respondía. Saludaban.
       ​El mozo no quería abusar, pero me preguntó qué número jugar a la Quiniela un par de veces más. Volvió a ganar. Cada vez que me iba del bar, para tomar el colectivo, la gente, en la puerta, aplaudían.
       ​Iba de lunes a viernes, los fines de semana no. Los fines de semana me iba a desayunar con mi hermana que vivía en Hurlingham. Veía a mis sobrinos.
       ​Fui al bar el lunes, como de costumbre. A las ocho de la mañana. El mozo me trajo el desayuno. Al rato dejó pasar a una mujer, se sentó en mi mesa.
       ​–Se murió –dijo. Era una mujer joven, usaba un pulóver color rosa pálido con botones, tenía un pañuelo en una mano. Los ojos hinchados de tanto llorar.
       ​–¿Eh? –dije.
       ​–Se murió, Marquitos –siguió la mujer–. Usted me dijo que se iba a salvar. Lo tenían que operar, y vine a preguntarle, y usted me dijo que se iba a salvar.
       ​Hizo una pausa.
       ​–Y no se salvó –tuvo un acceso de llanto– ¡Marquitos se murió! ¡Lo operaron y se murió!
       ​–Sí –dije, le apreté, por un momento, una de sus manos, su crispado puño sobre la mesa–. Se murió.
       ​–Usted sabía –me dijo, me preguntó– ¿Usted sabía que se iba a morir?
       ​–Sí –terminé mi café–. Lo sabía. Pero no podía hacer nada para evitarlo. Lo operó otro doctor. Usted lo iba a operar con el doctor Parissi, pero a último momento lo operó el doctor Raimondi. Si lo operaba Parissi, había posibilidad.
       ​–¡Me mintió! –gritó la mujer. Se puso de pie, cayó la silla hacia atrás– ¡Lo sabía y me mintió! ¡Marquitos se murió! Se murió...
       ​–Entiendo su dolor –dije–. Supongamos que yo le dijera, ahora, que si me da un cachetazo, el cachetazo que tiene tantas ganas de darme, el cachetazo que está por darme. Bueno, si me da ese cachetazo porque se murió Marquitos, porque yo no se lo dije, porque este mundo es a veces tan triste y tan absurdo. Qué pasaría si yo le dijera que si usted me da ese cachetazo, bueno, cuando salga de acá, cuando cruce la calle, la va a atropellar un colectivo. Y que, si en cambio, no me da el cachetazo, si no me pega, entonces el colectivo no va a atropellarla. Entonces no. ¿Qué haría usted? ¿Me creería?
       ​La mujer soltó el cachetazo. Fue un latigazo, un chasquido que me hizo picar la mejilla derecha.
       ​–Usted me mintió –dijo la mujer. Y salió del bar.

18.2.14

Cosas terribles


       ​Le dije, muy serio, que había leído durante años védicos papiros, sagradas escrituras, donde se explicaba más que claramente que el mundo terminaría en un mes o dos. Sucederían climáticas tragedias como las que estábamos viendo cada vez más seguido en los noticieros de televisión. Terremotos que partirían el pavimento como si fuera de hojaldre, maremotos que devorarían playas enteras, con sus fantásticos hoteles y sus turistas de perversos apetitos.  Llovería detergente y nafta común y Cepita de pomelo y moco de bebé, la gente contraería pelagra, lepra, psoriasis y botulismo, todo en uno. Por los cambios las ratas, con su fantástico poder de mutación, alcanzarían el tamaño de los perros medianos, desarrollarían la habilidad de erguirse sobre sus patas traseras, y de pedir dinero o queso rallado según les viniera en gana, y de pronunciar palabras como ‘master’ o ‘fiera’ o ‘amigo’. Los sobrevivientes tendrían que acostumbrarse, justamente a vivir, en precarias condiciones, sin ley, saqueando y matando como famélicos lobos. Las computadoras personales y los teléfonos celulares expandirían el virus de la depresión y la locura, ejércitos de zombies empleados por un despiadado poder central recorrerían los pueblos en busca de niños, para llevárselos, para robarles los órganos, para comerlos.
       ​Viviríamos, en breve, el inimaginable pero al mismo tiempo tan temido fin de los tiempos. Como los dinosaurios, nuestra civilización se extinguiría.
       ​Ella se tomaba la cabeza con las manos, negaba, se tapaba los oídos. Tuvo un acceso de llanto. Me pregunto por qué le contaba todas esas cosas terribles.
       ​–Es que me dijiste que no querés coger –terminé mi whisky–. Me gustaría que te sientas no digo tan mal como yo, pero un poquito.

12.2.14

La cucaracha


         Estaba durmiendo. Sí, soy un ser humano, a veces duermo. Digamos que trato de dormir, para ser más exactos. A veces el bocho se me va a cualquier lado, todo lo que me salió mal, todo lo que no me salió, esas cosas. Durante muchos años estuve convencido que lo mejor de mí era la cabeza. No, la cabeza de la poronga no, la cabeza. La capocha, la mente. Y un buen día te das cuenta que lo que te está matando, lo que te está haciendo moco, bueno, es la cabeza. Y ahí sí que no sabés qué hacer, cómo bajarte de vos mismo. Tema chivo.
         Estaba durmiendo. Y abrí un ojo. Como se dice en la jerga militar: sin causa.
         –¡Aaahh! ¡Aaaahgsptrbaaa! –Grité. A no más de diez centímetros de mi rostro, sobre la almohada. Una cucaracha.
         Salté de la cama. Del julepe. Me puse contra la pared. Transpirado, asustado. Preocupado, triste.
         La cucaracha, siguiendo ancestrales instintos, emprendió la huida. Cruzó la cama en diagonal, bajó al parquet. Era una cucaracha veloz, una cucaracha con caja de sexta.
         Yo ya había prendido la luz. Agarré una ojota. Y sí, flaco. Si te despertás con una cucaracha cerca de tu cara, la tenés que matar. Porque si no la matás, si la cucaracha consigue darse a la fuga, entonces no vas a dormir. No, no esa noche, no vas a dormir nunca más en tu vida, sabiendo que la cucaracha está ahí, en alguna parte. Al acecho.
         –¡Hija de puta! –le pegué un ojotazo, que la paralizó– ¡La puta madre! –seguí pegando, en cuclillas, ojotazos. Enérgicos, rotundos, algunos absolutamente mal direccionados. Un par habían logrado abollarla un poco, inmovilizarla en parte. Pero no estaba muerta, no todavía.
         Entonces sucedió algo extraño. Hubo un flash, un fogonazo. Como si de pronto hubiera sucedido un relámpago, pero dentro de la habitación. Hubo un sonido también, algo similar a cuando uno abre el agua caliente y el calefón es muy viejo.
         No podía ser real, pero era real. Ahí estaba. La cucaracha. Pero de pie, sobre dos patas traseras. Y la cucaracha, ahora, medía más de un metro ochenta. Gorda, corpulenta, la panza rugosa y veteada, sus patas muy cerca de mi rostro. Las antenas en constante movimiento, el caparazón de un marrón oscuro, como si un humano robusto se hubiera colocado una suerte de coraza.
         Imposible, aterrador a la vez. Sentí que estaba por desmayarme en cualquier momento. Retrocedí un poco.
         –A ver, forro –la cucaracha me hablaba, y me señalaba con una de esas patas que tienen ese horripilante doblez–. A ver si entendés algo de una vez. Yo te entendí, soy una cucaracha, y estaba en tu cama.
         –No, yo –dije. Solté la ojota. La dejé caer.
         –¡Ahora callate! –se trabó, la cucaracha, sacó pecho. Era difícil mirarla y soportar la repugnancia–. Ahora callate porque te arranco la cabeza de un mordisco.
         –Sí –dije. Crucé las manos a la espalda.
         –Prestá atención, pelotudo –dijo la cucaracha–. Soy una cucaracha, y estaba en tu departamento. Okey, hasta ahí estamos. Hacé lo que tengas que hacer. Si me tenés que matar, me matás.
         –No, bueno –dije.
         –¡Pero me matás de una, forro! –se acercó, la cucaracha. Yo no tenía más lugar para retroceder–. Porque la naturaleza no tiene problemas con eso. Los leones se comen a las cebras, los peces grandes se comen a los chicos. Es antropológico, una noción de universal equilibrio que nos excede, nos contiene, nos abarca. No pasa nada.
         Pensé que iba a vomitar, sentí cómo me subía una arcada. Algo ácido, caliente.
         –Pero –siguió la cucaracha, y me tocó, la sensación más horrible que yo jamás hubiera experimentado. Me tocó una mejilla, con una patita que ya no era una patita, era una pata de casi un metro de largo, con algo parecido a pelos o pequeños filamentos. Me tocó la mejilla, como si me acariciara–. Lo que no va, lo que la naturaleza no acepta ni permite, es la violencia innecesaria. El ser humano es el único animal cruel.
         Tragué, como pude, parte de mi vómito. Asentí, no dije nada.
         –Así que ya sabés –dijo la cucaracha–. Si me tenés que matar, matame. No hay problemas con eso. Pero no me boludees, porque no va.
         Hubo otro fogonazo, otro flash.
         La cucaracha desapareció. Quiero decir, ahí estaba otra vez, no más de tres centímetros de largo, caminando con dificultad, intentando salir de la habitación.
         Agarré la ojota, otra vez.
         Solté la ojota. Pasé por encima de la cucaracha, con mucho cuidado. Fui a la cocina, me serví un vaso de agua.

6.2.14

Pura adrenalina


         –Mirá –Me dijo Pablo–. Te voy a dar un ejemplo. Para que veas cómo me he formado. De qué estoy hecho.
         Pablo era un amigo de la adolescencia, lo que bien mirado equivalía a decir de toda la vida. Y siempre, que yo recordara, le había gustado ir al límite. Había hecho todas las artes marciales conocidas, también boxeo. Después, había comenzado a bucear en el Caribe, entre tiburones. Después le había dado por el alpinismo, había subido al Everest más de cinco veces. Saltaba en paracaídas, desde ya, por lo menos una vez por semana. Hacía parapente y kite surfing. Le gustaba irse a surfear, en invierno, a Hawai, y a la Polinesia. Olas de más de diez metros.
         Cuando venía de visita al país, Pablo me llamaba y aunque sea hacíamos un par de cervezas, o un desayuno. Se reía, Pablo, de mi estúpida vida.
         –No entiendo –decía Pablo–. Cómo podés levantarte todas las mañanas, una y otra vez, para ir a la misma oficina. Ni que hablar de tener que coger con la misma mujer. ¡La vida es vértigo, Juan! ¡Adrenalina!
         Actualmente estaba viviendo en Tailandia, Pablo. Competía en Muay Thai contra los locales. Cogía sin preservativo con prostitutas de quince años llenas de tatuajes adictas a la heroína, tenía siempre tres o cuatro jovencitas viviendo con él. Eran como geishas pero mejor que geishas, me explicó. Sabían cocinar y casi no hablaban. Estaban para servirle.
         Quise hacer un comentario acerca de los peligros de la promiscuidad sexual sin los debidos resguardos.
         –Las enfermedades son para los occidentales aburguesados como vos, Juan –se rió, Pablo, se golpeó el pecho con los puños, como Tarzan–. Una vez por semana me tomo un vaso de sangre de cobra. ¡Estoy inmunizado, Juan! ¡Hay que vivir la vida!
         –Mirá –me dijo. Habíamos bajado al subterráneo, íbamos para el centro, a comer. Debían ser las nueve de la noche–. Te voy a dar un ejemplo.
         Se había comprado un café, Pablo. En uno de esos vasitos térmicos. Apoyó, el vaso, junto al borde del andén del subterráneo. Sobre la línea amarilla.
         –Fijate, fijate lo que voy a hacer –dijo.
         Se puso casi acostado, apoyado sobre sus manos y los dedos de los pies, como quien se prepara para hacer flexiones de brazos. Justo sobre el vaso, su cabeza, en el limite del andén.
         –Mirá, Pablo, ya entendí el punto –dije. Algunos curiosos miraban–. Ahora levantate, que está por venir el subte.
         –Sólo se trata de soportar la presión, Juan –dijo. Recordé la frase, de alguna película. Más que probablemente dicha en una cornisa de un rascacielos, Al Pacino.
         –No hace falta. En serio.
         Se escuchó la bocina, más prolongada y fuerte que de costumbre. Venía, el subte, y el conductor, distraído al principio, debió haberse asustado de lo que veía.
         Pasó el subte, mientras frenaba. Estábamos casi al final del andén. Y en el momento que el subterráneos pasaba a no más de medio centímetro de la cabeza de Pablo, él hizo una flexión de brazos, quedó abajo, más cerca del piso, sosteniéndose con la fuerza de sus brazos. Y agarró el vasito de ese material tan parecido al tergopol. Lo agarró, al vasito, con los dientes, y echando un poco la cabeza hacia atrás, bebió un sorbo de café.
         Se fue, el subte. Pablo dejó, el vaso, otra vez con los dientes, sobre la línea amarilla. Se puso de pie, dando un acrobático salto.
         –¿Viste? –dijo, se reía, satisfecho–. No sé si viste.
         –Impresionante –dije–. Aunque se nos fue el subte.
         –Pará, pará –estaba exultante, Pablo. Volvió a acomodar el vasito, al límite exacto del andén. Se habían acercado algunos curiosos, aunque se mantenían a una prudencial distancia. La gente quiere ver, no participar–. Ahora lo mejoro. Vas a ver como lo mejoro.
         Pasaron un par de minutos. Se oyó, todavía lejos, el característico ruido del subterráneo, aproximándose.
         –Mirá –dijo Pablo–. Ahora vas a ver lo que es tomar riesgos.
         Se puso de espaldas, al andén, al vasito de plástico, también. A un metro de distancia más o menos. Y se dejó caer, hacia atrás. Quedó, otra vez, apoyado con las manos y los pies, su cabeza a escasos tres milímetros del borde donde finalizaba el andén. Pero ahora era mucho más difícil sostener la posición. Estaba haciendo un exigido puente.
         Me puse de costado. Tomé carrera, dos pasitos, y ‘¡flum!’. Volé el vasito a la mierda, a la mismísima mierda, justo antes que llegara el subte. De una patada.
         –¡Pero qué hacés! ¡Estás loco! –Se puso de pie, Pablo, alterado– ¡Me podrías haber quebrado un diente!
         –Lo que tenés que entender –dije, mientras subía al subte–, es que el hecho que no quiera jugar al backgammon con cocodrilos ni tirarme desnudo en paracaídas, de ningún modo implica que quiera ser tu espectador.
         Me miraba, Pablo, desde el andén. Dudaba si subir o no subir.
         –Todos vivimos en primera persona, Pablo –dije–. Me voy a comer.

30.1.14

El mundo es una mierda pero


         Paso por la puerta de un hospital. No son, todavía, las siete de la mañana. Pasé la noche en la casa de Paola. Hubo una época en que pasar la noche en la casa de Paola era suficiente motivo para estar contento con 48 horas de anticipación. Pero ahora es un fastidio, Paola, escucharla durante la cena mientras me atraganto de vino barato, justamente, para no escucharla, para que su voz sea apenas un sonido más entre tantos. Y después abre las piernas, Paola, o se pone en cuatro patas, y lanza un cada vez más fastidiado suspiro. Y cogemos como podemos hasta que  nos vence el sueño, y cada uno sueña con todo lo que no le salió, con todo lo que no va a poder ser.
         Vuelvo a casa, quiero ducharme para ir a trabajar. El otoño en Buenos Aires es maravilloso, pero antes de las ocho de la mañana, y después de las diez de la noche. El resto del día está la gente, como un virus, como la peste, y entonces no importa ni el clima ni nada. Entonces es todo en defensa propia.
         –¡Ey! –me están hablando a mí, sé que me están hablando a mí, pero prefiero que no me estén hablando a mí. En la calle, a las siete de la mañana, de qué me pueden hablar.
         Miro, no quiero mirar, tengo mis asuntos que atender, pero miro. Conviene mirar para saber si uno tiene que tirar una trompada o correr.
         En la puerta del hospital, un hombre. Bastante mayor, más de setenta años. Está despeinado, los pocos pelos que le quedan, y con la bata puesta, es un paciente, un enfermo que ha llegado casi hasta la calle. Trata de ocultarse, de guarecerse detrás de una columna, pero no lo consigue. Asoma la cabeza, agita un billete de diez pesos, en la mano con la cual me dice que me acerque. Está descalzo, se le ven las frágiles rodillas.
         –Qué pasa, señor –digo.
         –Me comprás un café con leche –me señala un puesto callejero, un carrito junto a un árbol, donde un  boliviano dormido espera la llegada del personal del hospital, es demasiado temprano para visitas–. Con tres facturas, por favor. Dale.
         Me quiero ir. Últimamente no me importa nada de lo que le suceda al resto de la humanidad, con la curiosa excepción de los perros. Me quiero ir, le indico a mis piernas que sigan, que caminen, pero las piernas no me obedecen.
         –Qué –digo, mantengo unos tres pasos de distancia, pero está claro que el hombre no puede hacerme ningún daño–. Qué necesita.
         –Tres facturas, bolas de fraile –tose, se toma el pecho, escupe sobre el piso, su escupida es gris–. O churros rellenos… Con dulce de leche. Y café, café con leche.
         Agarro los diez pesos de su mano con dedos como garras. Un tipo de limpieza continúa baldeando el frente del hospital con los auriculares puestos, sin llevarle el apunte a nada ni a nadie.
         El hombre me mira, su mirada es traslúcida y ausente, como si tuviera cataratas y me mirara desde un lugar muy lejano, desde quizás ninguna parte. Tiene la cabeza, el cráneo, moteado de lunares, amarillentas manchas, la canosa barba crecida. Se apoya en la columna, se esfuerza en respirar.
         Voy. Le compro las facturas y un aguachento café con leche en vasito de plástico. Agrego diez pesos yo. Vuelvo con el pedido. Abre la bolsa de papel madera, se mete un churro en la desdentada boca. Muerde, mastica, se mancha el mentón con dulce de leche. Bebe un sorbo del café con leche. Cierra los ojos. Muerde otra vez, como puede, mastica.
         –Ahhh … –exhala–. Ahhh… –vuelve a exhalar, y me parece que está llorando. Lagrimea, en silencio.
         –Señor –digo–. Qué le pasa. ¿Quiere que llame a un médico? ¿Se siente mal? –Hacer preguntas pelotudas quizás sea la más democrática de las especialidades.  
         –Me operan, pibe –chupa el azúcar de la bola de fraile que acaba de sacar de la bolsa de papel–. Del corazón, a las tres de la tarde. No creo que salga, no sé, tengo un mal presentimiento.
         –Pero no –digo–. Qué tiene.
         –Todo, pibe, tengo todo –mastica–. La vida. Pero si me muero esta tarde, igual quería desayunar. Café con leche, facturas. El mundo es una mierda, pibe, el mundo es cruel y es una mierda, y la gente es una mierda. Pero desayunar es genial.
         Le deseo suerte. Le digo que me diga su nombre o el número de su habitación, para pasar a ver cómo le fue. Toma un sorbo del café con leche y luego sigue masticando, me hace un gestito con la cabeza, indicándome que no quiere seguir hablando conmigo, que me vaya.
         Y yo sé que con el 2% de esa actitud sería capaz de mover montañas, de partir azulejos con la pija, de seguir adelante sin pensar tanto. Sin importar lo que me pase.

24.1.14

El don de conmover


        La chica que me atiende en el bar donde estoy desayunando los domingos a la mañana, está mal. No, no puedo decir el bar, imaginate si venís a romperme las pelotas justo un domingo a la mañana. Esa hora donde me tengo que olvidar de todo lo que me sucedió la semana anterior, y tengo que cargar nafta para la semana que vendrá. No.
         He intentado ser amable sin parecer baboso ni nada por el estilo. Pido mi desayuno con corrección y respeto, dejo el doble de propina de lo que corresponde. He intentado hacer un comentario ingenioso, decir algo divertido. Nada. La chica viene a mi mesa a tomar el pedido con un desprecio que roza lo infinito. Tuerce la boca, como si la totalidad de mi ser estuviera constituido de excremento. Se queda de pie, con la bandeja sostenida con tres dedos, como una suerte de escudo protector, a la altura del estómago, mientras yo le pido un café con leche con una medialuna de manteca, o un café con una medialuna de grasa, según el día. Me mira como vos mirarías a un vendedor ambulante que intenta venderte un par de medias, y que ha puesto las medias dentro de tu plato, encima del bife que te estás comiendo. Su repugnancia es total.
         Todo lo hace así, va entre las mesas, sirve, cobra, se respira su odio a la humanidad por lo que le ha tocado en suerte.
         Y la verdad es que no debo cambiarme de bar, porque las mesas están bien separadas y hay poca gente y se ve una fantástica esquina a través del ventanal. Siempre consigo lugar para estacionar el auto, además.
         Así que el domingo se me ocurrió hacer algo. Compré una maravillosa lata de bombones que son una delicia. Los compré el jueves, por el centro, en una bombonería clásica que vende el mejor chocolate de la ciudad.
         Llegó el domingo. Me senté en el bar, ella vino, arrastrando sus pies, a tomar mi pedido. Legañosa, con los rulos algo sucios, el existencial fastidio tatuado en el rostro.
         –Tomá –le dije ni bien llegó a la mesa, sin hacerle ni siquiera mi pedido. Alcé la bolsa que venía con un pequeño y delicado moño–. Esto es para vos.
         Se quedó mirando. Pareció que por un momento dudaba entre avanzar un paso o retroceder. No hizo ninguna de las dos cosas. Tampoco tomó la bolsa con el regalo.
         –Aceptame este regalo –dije–. Son bombones. Hace un par de meses que vengo a desayunar acá y siempre te veo enojada. Disculpame que te lo diga, pero exudás un existencial fastidio, desprecio hacia el universo todo. Quizás las cosas no te salieron como vos querías, eso nos pasa a todos. Pero si estás tan enojada es peor, te envenenás por dentro, si cambiás un poco la actitud vas a ver que las cosas mejoran.
         Me seguía mirando. Por un momento pensé ‘quizás fui demasiado elocuente, se va a largar a llorar’. Después de todo lo mío siempre fue la poesía, tengo el don de conmover, esa es la verdad.
         –Escuchame una cosa, forro –dijo inclinándose un poco hacia delante, como si estuviera acomodando algo de la mesa–. Nosotros cogimos en Villa Gesell, hace como diez años. Me acabaste adentro, quedé embarazada. Cuando te fui a buscar para contarte me sacaste de una patada en el culo, estabas borracho y me dijiste que ya que estaba te hiciera una paja ahí, en la calle, detrás de un árbol. Tuve que abortar, no tenía un mango. Me hicieron un desastre. Por culpa de ese aborto mal realizado tuve una septicemia que casi me muero, quedé con dificultades para respirar de por vida. Al poco tiempo me tuvieron que extirpar el útero. ¿Te traigo café con leche y una de manteca, no? Mirame bien, estoy un poco más gorda, un poco más vieja. No, parece que no te acordás.

18.1.14

Anestesia local


         Lo explico porque me parece que la monada todavía no lo entiende. Pero yo cada vez tengo menos ganas de andar por ahí, explicando cosas. Tengo que pagar las expensas, lavarme los dientes, ir al supermercado a comprar latas de atún La Campagnola en oliva y fideos Don Vicente. Así que lo explico una vez y no lo explico más.
         A ver, cuantas más cosas virtuales te pasan, menos cosas reales te pasan. A más virtualidad, menos realidad. Es una ley poética, pero también física. Quiero decir, funciona así.
         Pero qué cara de boludos que tienen todos, mamita. Bueno, agrego un poco, digo algo más.
         El invento no es malo, alguien se dio cuenta lo que estaba pasando, lo que se venía, y lo inventaron. El invento es perspicaz por cierto, me atrevería a decir que estamos en presencia de una perversa genialidad.
         Se dieron cuenta, si quieren primero en las ciudades del occidente capitalista civilizado, pero casi inmediatamente después en otras partes. Se dieron cuenta que vivir se volvió imposible, vivir perdió la gracia.
         Multitudes, hordas, empujando, desplazándose, tratando de llegar a alguna parte, corriendo detrás de algo, para después tener que volver, a sus casas, adonde puedan, hasta que no den más.
         El mundo se llenó de cosas, tampoco los voy a aburrir con eso. No hay más espacio, se cogieron hasta las nubes del cielo, cagaron en los ríos, pusieron antenas de teléfonos celulares en el culo de los delfines, y así. La materia tiene horror al vacío, creo que dijo Spinoza (o Didier Drogba), y seguro que ni sabía lo que estaba diciendo aunque ahí está, es parte del problema. De la enfermedad.
         Entonces se inventó algo, otra cosa, otro mundo. Virtual.
         Y vos pasaste a sentir que en verdad estás acompañada, que tenés doscientos treinta y siete amigos en el facebook, cuando tu marido no te dirige la palabra durante la cena. Detesta tu cara, la forma que tenés de mordisquear esa patética y acartonada milanesa de soja como si fueras un marsupial.
         O te hacés llamar ‘Jirafa Luminosa’, en el twitter, y te siguen, y seguís, pero si festejaras tu cumpleaños, o te murieras, no lograrías que vengan más de cuatro personas. No te conoce nadie, no interesa lo que te pase, si te compraste una remera o te cortaste el pelo, si juntás fotos de playas con aguas color turquesa o te tirás un pedo. Lo mismo da.
         Listo, entonces. Eso. Tenés que saber que no importa cuánta virtualidad seas capaz de agregar a tu vida, tu realidad no se modificará un ápice. Seguirás siendo la misma retardada de siempre, el mismo alérgico bobo amante de la pornografía y las bebidas saborizadas.
         Son carriles paralelos, vibran en diferentes planos. Lo virtual no modifica lo real. Y no, no sé qué tenés que hacer al respecto. Podés comprarte un perro, un perro práctico, un perro más o menos pequeño, o hacer un curso, un curso de algo, un curso de cualquier cosa. Podés no hacer nada, tampoco te daba para mucho más.

12.1.14

El orden de prioridades


         Pienso en coger. O sea, quiero coger. Quiero coger, y pienso en coger, todo el día. En este momento estoy pensando en coger, porque quiero coger, claro. Lo único que me interesa es coger, debe ser, supongo, por todo lo que no cogí de chico. Escuela de la carencia, podríamos denominarlo. No puedo parar de pensar en coger, por todo lo que me gusta coger, y por todo lo que no cogí. Como si mis ganas de coger pero no de ahora, de siempre, estuvieran junto a mí, envolviéndome como una frazada. Mis ganas de coger forman mi aura.
         Quiero coger. Mientras desayuno en un bar quiero coger, mientras espero que llegue el subterráneos quiero coger con alguien, con cualquiera, en el andén, mientras me arreglan una muela pienso en coger, con la dentista, mordisquearle un poco los pezones con mis cariadas muelas.
         Quiero coger. Con chicas jovencitas que trotan por el parque usando calcitas apretadas. Cogerlas, meterles la nariz en las vaginas y olerlas por dentro un rato largo. Irme después, lleno de olor a concha, a tomar una cerveza o a comer un sándwich de mortadela y manteca en pan negro (puede ser con morrones en conserva, también. Queda bárbaro).
         Quiero coger. Con chicas que la van de intelectuales, y acabarles en la cabeza, en el pelo, y peinarlas un poco, con dulzura, peinarles el cabello hacia atrás o hacia un costado pero mejor hacia atrás, con mi esperma.
         Quiero coger. Con gordas, gordas que se relamen y se ponen un poco bizcas mientras miran el cucurucho que acaban de comerse en la heladería, miran el fondo del cucurucho a ver si quedó algo de helado, muy de cerca. Apoyarles la poronga contra sus cremosas tetas, con esos pezones grandes como hamburguesas, ponerlas después en cuatro patas y subirme y tirarles del pelo y gritar ‘¡arre!’.
         Quiero coger. Con veteranas que están de vuelta de todo y no tienen problemas en meterse un turrón en el culo o que se meten los dedos, ellas mismas, mientras las cogés, porque ni con tu pija envuelta en un trapo rejilla les alcanza.
         Quiero coger. Con enanas, con rengas, con mujeres deprimidas o muy perturbadas, mujeres a las cuales no se cogería nadie. También podría coger, llegado el caso, con delicados muchachos de lampiños culitos que sepan chupar bien la pija, cogería con ovejas desde ya, con mamíferos medianos, con pedazos de maniquíes rotos, cogería con patos de madera, con un delfín en Mundo Marino delante de las delegaciones de los colegios, con una mochila Jansport roja o verde clarito, cogería con una tira de asado, con una muerta, con un suricato de moteado pelaje.
         Por eso, sí, puede ser, quizás no presto demasiada atención en general, o a vos, lo que me estás contando. Porque lo que yo quiero es coger, a mí qué carajo me importa lo que te pasa.

6.1.14

Quien puede lo más


         El asunto fue que el perro de mi amigo, de mi amigo Martín, enfermó. Martín es mi amigo desde la adolescencia, lo que equivale a decir desde siempre. Y tiene a ese perro desde que lo conozco, o sea desde toda la vida.
         Urko, se llama el perro, aunque Martín nunca explicó por qué. Debe ser porque es atorrante, o con carucha de matón supongo, pero no lo sé.
         Lo que sí te puedo contar es que Urko es un perro de esos perros que no llaman demasiado la atención. Un perro atorrante como ya dije, mediano, mezcla de cualquier cosa, bigotudo. Es el perro más inteligente que vi en mi vida. Sólo le falta hablar, como se suele decir. Te mira, entiende, se sentaba al lado de Martín a ver la televisión, o lo miraba, se lo quedaba mirando para que Martín le diera algo, un poco, el último pedazo del cucurucho con helado de dulce de leche. Sin ladrar, sin saltar ni romper las pelotas, lo miraba a Martín como diciendo ‘dale, loco, yo también quiero un poco de helado’.
         Dormía junto a la cama de Martín, en el piso, lo esperaba que Martín volviera del colegio primero, de la facultad después, para ir a dar una vuelta al parque. Martín se sentaba en el parque, a fumar, mientras Urko iba y cagaba o se peleaba o boludeaba un poco con una perra, se la encaraba, la invitaba a salir.
         Debía tener unos doce años, Urko. Y se enfermó. Se había venido viejo, se movía menos, pero cuando Martín vio que el perro dejaba comida, que ni siquiera mostraba demasiado interés por el helado, bueno, estaba todo dicho.
         La veterinaria dijo que el perro tenía un cáncer fulminante. Le hicieron un par de estudios que confirmaron el diagnóstico. Le dieron medicamentos para que no sufriera, pero la veterinaria le dijo a Martín que lo mejor iba a ser dormirlo. Así se lo dijo, y Martín se largó a llorar como un chico.
         Sigo. Martín me pidió un favor. Me dijo que tenía que llevar a Urko a la veterinaria, el lunes a la mañana. Para que lo durmieran.
         Me dijo, Martín, que él no iba a poder hacerlo, sencillamente no era capaz. Además, Urko me conocía, yo a veces lo sacaba a pasear, habíamos hasta ido de vacaciones juntos con Martín y el perro. Urko no iba a sospechar nada. Iba a venir, conmigo, sin problemas.
         Acepté. Pasé a buscar a Urko el lunes por la mañana, me lo bajó la hermana de Martín, Lucila. Me dijo que Martín, después de despedirse de Urko como si tal cosa, se había ido el domingo a Pinamar, para ni siquiera estar cerca. Me dijo, Lucila, que Martín estaba destruido.
         Urko me movió la cola, como siempre. Caminaba un poco más lento, y con la cabeza abajo, como si estuviera concentrado. La veterinaria quedaba a unas siete cuadras de la casa de Martín.
         Llegué. Me atendió una piba macanuda que estaba al tanto de todo. Me hizo pasar a un consultorio donde las paredes eran de azulejos verde agua, tipo quirófano. Había una camilla, también, y ese olor que hay en los hospitales. Ese olor a limpio y a miedo y a muerte. Ese olor tan terrible.
         La cosa se puso mal de entrada. Cuando la chica quiso alzar a Urko, el perro la mordió de una. Se sacudió, Urko, con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Ladraba, mostraba los dientes, puro miedo. Sabía que algo estaba mal, se refugió bajo mis piernas. Temblaba.
         –Dejame a mí –le dije a la chica–. Decime dónde va la inyección. O guiame vos, con la mano. Cuando yo te diga.
         Le dije a la chica que retrocediera, que se quedara afuera del consultorio, la puerta apenas abierta.
         –Venga para acá, Urko querido –dije, y lo alcé. Temblaba un poco, pero ya estaba más tranquilo, me lamió la mano–. Ahora te voy a acostar en la camilla.
         Lo paré, en la camilla, le rasqué arriba de los ojos, la frente. Le apreté el cuello con una mano y tiré apenas hacia arriba, como si fuera el mordisco de una madre a su cachorro. Lo puse de costado, lo obligué a acostarse. Respiraba con dificultad, muerto de miedo.
         –Urko, no pasa nada, papá –lo acaricié, tenía el vientre hinchado, unas feas protuberancias, le hice un guiño a la doctora–. Ahora te van a sacar sangre, apenitas. Y nos vamos, Urko, es un pinchazo y ya nos vamos a  buscar a Martín.
         Le tapé los ojos con una mano. La doctora entró, y lo pinchó en una pata. En el momento del pinchazo, Urko gimió. Movió la cabeza, y me mordió la mano. Yo dejé la mano. Y él mordía pero no mordía, mordía sin morder, como hacen los perros cuando te conocen. Cuando te quieren. Cuando están jugando.
         Mordía, Urko, mordía y me miraba.
–Ya está, Urko, ya está. Un pinchacito nomás. No duele nada.
Al ratito se durmió. Quedó ahí, sobre la camilla.
La doctora me acompañó fuera del consultorio.
         –No sufrió –me dijo, y me dio un vaso con agua.
         Te cuento la historia para que veas que le mentí a un perro. Le mentí a un perro que confiaba en mí. Dejé que lo mataran.
         Esa es la clase de persona que soy. No sé qué más te puedo decir de mí. Vos querés saber si estuve con alguna otra chica mientras te fuiste de vacaciones. Era eso lo que me preguntabas.

30.12.13

Calesita


te hice reír
en la calle.
te hice gritar
en la cama.
te hice cantar
en la ducha.

y ahora que te vas,
lloro, aprendo.

24.12.13

Lo que dice tu remera


         Mi amigo P. me vino a ver. Me vino a ver, mi amigo P. Siempre tenía ideas, P., no tiene nada de malo tener ideas. Las ideas de P., todas las ideas, eran para salir de pobre. P. quería dejar de una buena vez las privaciones, vivir alquilando, laburos de mierda con sueldos de mierda. P. quería tener plata.
         Olvidé decir que todas las ideas de P. no eran, no habían sido nunca, buenas. Las ideas de P. fracasaban.
         Había probado poner un local de venta de panchos, P. Me había pedido plata prestada, y me había pedido que se me ocurriera el nombre, para el local. ‘Pancho Palace’, había sido el nombre que le sugerí. El local, que debía transformarse en un ícono del pancho, como el local donde iba Anthony Bourdain a comer hot dogs en New York, fracasó, sin atenuantes, en menos de tres meses.
         Después había probado fabricar alfajorcitos de maicena, P. En el garage de la casa de un tío que vivía en Wilde. Para inundar los quioscos de la Argentina con alfajorcitos de maicena artesanales. Dijo que tenía un maestro pastelero amigo, un científico del alfajor. El maestro pastelero, el científico del alfajor, el amigo de P., se fugó con los materiales, con el azúcar, con la harina, con el horno que le hizo comprar, y con algo de plata.
         Después había probado fabricar limoncello, P. Tenía una receta maestra. Compró cien kilos de limones en el mercado central, y azúcar, y bidones de alcohol. Utilizaba, para la fabricación, la bañadera de su departamento. Fabricó las primeras botellas. Decidió hacer una prueba, le regaló una botella al vecino del noveno ‘c’, un jubilado que tenía un simpático perro salchicha  llamado Wilson y que tomaba (él, no el perro salchicha) entre tres y cinco damajuanas de vino por semana.
         Murió, el vecino, de un fulminante ataque al hígado. Tuvimos que cargar las botellas de limoncello en el baúl de mi auto, durante varias noches, y tirarlas al río. Todavía hoy si uno va a visitar a P. y pasa al baño a hacer pis, hay un olor, entre pis de gato y desinfectante, que te provoca mareos. Es un milagro que P. no haya ido preso por asesinato.
         Bueno, me fui del tema. P. vino y me dijo que tenía una idea. Iba a fabricar remeras, me dijo, remeras estampadas. No se le había ocurrido a nadie, me dijo. La clave estaba en la inscripción que tuvieran las remeras. Ahí estaba el gancho.
         –Vos que te hacés el escritor –me dijo P.–. Escribime algunas frases para las remeras. Siento que estoy ante la oportunidad de mi vida, Juan.
         Así que me senté el viernes a la noche, con una botella de un digno malbec y unas empanadas que tenía en la heladera desde hacía dos o tres días. Y le escribí las frases en una hoja de papel.

*Remera 1 / inscripción al frente.
         Yo ya fracasé.
         La frase resulta muy útil para los adolescentes del sexo masculino que van a bailar. La frase avisa, al acercarse por ejemplo el portador de la remera, a una chica, que ella no debe disfrutar en exceso el rechazar la invitación del sujeto portador de la remera. El sujeto ya ha fracasado en general,  y puede volver a fracasar en lo particular sin mayores inconvenientes.

*Remera 2 / inscripción al frente.
         Ya dimos.
         La frase avisa, al ocasional interlocutor, lo que el portador de la remera tiene pensado responder ni bien le pidan dinero, ni bien le pidan cualquier cosa, ni bien le pidan algo. Y el 97% de los interlocutores, lo único que quieren es pedirte algo.

*Remera 3 / inscripción al frente.
         No corrás, que es peor.
         La frase es para una remera que debe ser utilizada cuando uno baja a caminar, por un parque, o por una plaza, o a fumar un cigarrillo. La frase hace que el corredor que te cruza, justamente corriendo, abra la boca, haga una mueca de la más profunda contrariedad, mientras descubre que ha estado poniendo su energía las últimas 1.528 mañanas en una actividad carente del más mínimo sentido.

*Remera 4 / inscripción en la espalda
         Ya sé.
         La frase explica que el portador de la remera ya sabe, ya sabe que es pelado, o que su novia es renga, o que pisó un chicle, o que está en medio de una tormenta eléctrica. El portador de la remera no desea que le avisen nada.

*Remera 5 / inscripción al frente
         Tengo miedo.
         La frase explica que el portador de la remera tiene miedo. Tiene miedo a los terremotos y a las catástrofes aéreas y a los ladrones de bancos y a viajar en colectivo y a los boludos en general. Es una remera para alguien que sabe el mundo en el que le ha tocado vivir, y aún así intenta continuar adelante.

         Le di la hoja, a P. Le dije que el viernes siguiente le iba a preparar cinco inscripciones más, para cinco remeras más.
         Te la hago corta. El proyecto fracasó. P. hizo mil remeras de cada una. No vendió ni quince. Para mí que la gente no entendió, no estaban preparados, me pasa lo mismo con mis poemas. P. me escribió el otro día, se fue a vivir a lo de una prima, en Canadá. Trabaja en una panadería.