20.6.23

En el desierto


A veces me parece que sólo yo envejezco. Sólo yo soy arrasado por el twister del tiempo mientras todos los demás siguen tal como los conocí, cuando los conocí, cuando era interesante o entretenido conocerlos. Hace tanto tiempo.
A veces me parece que todos hacen algo, a todo el mundo le pasan cosas, todos se casan o tienen hijos o construyen casas o se van a estudiar a Europa o les descubren una incurable enfermedad o aprenden a hacer esquí acuático o aladeltismo. Mientras yo sigo más o menos igual que siempre parado en esa esquina, con una particular mezcla de estupefacción y congoja, esperando a esa chica que nunca vino.
A veces me parece que todo el mundo es feliz, todo el mundo se coge a una secretaria o a un primo y se filman con sus teléfonos celulares recién comprados y suben los videos a instagram para que la gente deje emotivos comentarios sobre los respectivos tamaños de tetas o garompas o quizás de las dos cosas. Todo el mundo es invitado a fantásticas fiestas de disfraces donde sirven cocaína de la mejor con Pommery Brut Royal y podés disfrazarte de conejo o de hombre araña y podés bailar con gatúbela o la mujer maravilla que te ata de la cintura con su lazo dorado hasta que ambos caen abrazados sobre la pista. Todo el mundo sale después de fornicar con una preciosa chica con el pelito cortado a lo varón, salen al balcón, decía, y es de noche y se escucha el sonido del mar, se puede oler el mar aunque no se lo ve y el viento te da en la cara y el whisky está riquísimo.
A veces me parece que sólo yo escribo.

10.6.23

Sabor a multiple choice


Fuimos al velatorio de la mamá de M. Era un mujer muy mayor, la mamá de M., y había estado enferma bastante tiempo, pero aún así podríamos decir que la muerte llegaba de improviso, siempre. La muerte, por paradójico que parezca, resulta un acontecimiento inesperado a pesar de su certeza. Que no hay manera de prepararse, eso quise decir.
Habíamos estado un par de horas con M. en la sala de velatorio. Clima particular si los hay, el de una sala de velatorio. Ese olor tan característico. Y los dolientes, los que lloran, los que parecen sumergidos en una congoja que va a durar para siempre, los callados, los que saben que la única manifestación posible es el silencio ante la totalizadora experiencia de la muerte, los expansivos, los que creen que uno debe comportarse como si se tratara de cualquier evento social, de una fiesta, y contar chistes, alguna anécdota a los gritos, y piden que alguien les convide un cigarrillo.
Nos despedimos de M., le prometimos volver al día siguiente, bien temprano, para el entierro. Nos dijo que se quería quedar con su familia, nos pidió que nos fuéramos.
Debían ser las doce de la noche, salimos por Juan B. Justo. Éramos Matías, el Pipi y yo. Matías dijo que tenía hambre.
–Vamos a comer un par de porciones a Angelín, que está acá nomás –dijo el Pipi.
–Sí, vamos –yo tampoco había cenado.
Pedimos la pizza y un par de cervezas. Las cosas que nos alejan de la muerte.
Pero el tema estaba ahí, demasiado contundente.
Matías contó que había ido a ver a la mamá de M. cuando estaba internada en terapia intensiva. Dijo que cuando lo dejaron entrar vio gente ahí, uno al lado del otro, separados apenas por una cortina, un biombo. Gemían de dolor, algunos, mientras un cáncer les masticaba el páncreas o el hígado, dolores en fila.
–El dolor, lo peor es el dolor –dijo Matías, y se comió media porción de fugazzetta de un bocado.
–No sé, che –dijo el Pipi–. Mi viejo tuvo demencia senil, se chifló. Ir a ver a un tipo que no sabe quién es ni quién sos, que no te reconoce, un tipo que se pisha encima y sigue viviendo como una planta. Creo que peor es eso.
–Tenés razón –dijo Matías–, quizás tenés razón, eso también es una cagada. No sé qué es peor, te digo la verdad, si el dolor físico, o la inconsciencia esa.
–Lo que me gustaría saber –dije, serví más cerveza–, es por qué siempre hay que elegir entre lo malo y lo peor, hasta para morirse –levanté la botella y la miré a trasluz, un innecesario gesto porque el peso indicaba la ausencia de líquido–. Pido otra.

30.5.23

Podés llamarlo experiencia


Me pasa que cuando tengo infectado un dedo del pie o de la mano por haber estado jorobando quizás, arrancándome un pedacito de uña, voy a un bar y pido un café con leche. Y meto el dedo.
Me pasa que cuando me duele la espalda, cuando me quedo duro de las cervicales o cuando me mata el ciático, lleno la bañera con agua bien caliente para hacerme un baño de inmersión. Tiro, antes de meterme al agua, un tercio de una botella de whisky. Del bueno.
Me pasa que cuando alguna noche estoy con tag o con toc o tctp (tachín tapún), cuando tengo pánico o miedo del sencillo, a la muerte, al mundo en general y a los boludos en particular, pongo debajo de la almohada un pedazo de mortadela Paladini y un poco de queso parmesano o provolone, o port salut, y me acuesto a dormir.
Me pasa que son muy pocas las cosas me han permitido seguir adelante, sin importar lo que me pasa.

20.5.23

En círculos


El hombre se saca sangre, una lluviosa mañana. Es un análisis de sangre, rutina. Pero las cosas salen mal. Lo llaman al hombre, antes que el hombre se presente a buscar los resultados del análisis, a los tres días.
Lo llaman al hombre, del laboratorio. Le dicen que pase, por favor, que tienen que hablar con él. Una doctora quizás excesivamente delgada y mal dormida le comunica, al hombre, lo peor. O algo parecido a lo peor. Le dice, la doctora, al hombre, que tiene sida. La doctora habla de las contrapruebas, de los reactivos, de que hoy existe nueva medicación, no se muere más de eso, hay que adaptarse a una nueva vida.
El hombre vuelve a su casa. Vive con su mujer aunque no están casados, hace cinco años. No tienen hijos. El hombre coge, regularmente, con su mujer. Una vez por semana, y los domingos.
El hombre tira los análisis sobre la mesa, y reputea a su mujer.
–Sos una puta hija de puta –le dice. También le dice que ya no tiene sentido vivir juntos, que se va a alquilar un departamento, que no quiere verla nunca más en su vida.
La mujer va a su trabajo, al día siguiente. Pide hablar con su jefe, entra a su oficina.
Le dice la mujer a su jefe que los descubrieron, que su marido, el de ella, aunque técnicamente no es su marido, sabe todo. Que ella va a ir a hablar con recursos humanos, porque fue él, el jefe, el que la invitó aquella vez a que se quedara trabajando después de hora. Y ello no quería, no quería pero él la alcanzó con el auto, y paró el auto. Y él le había dicho que ella le gustaba tanto y ella estaba tan aburrida. Ella le hizo una felación, sexo oral, creo que así le dicen, en el auto, fueron un par de veces, hacía como tres meses o seis, y después nunca más nada. Cogieron una vez en un hotel de San Cristóbal donde el acolchado era violeta y tenía pulgas. La cosa no pasó de ahí.
Le dice la mujer al jefe que tiene el teléfono de su casa, de la casa del jefe. Que va a llamar y le va a contar todo a su mujer, a la mujer del jefe porque él, el jefe, le arruinó la vida.
El jefe, que viene mal, que viene con un trastorno de ansiedad que le mastica el corazón en treinta y tres pedazos y no da más, que no aguanta mucho a su mujer ni a sus hijos ni tener que ir a la oficina cada maldito día, se mata. Ese mismo domingo, mientras toda su familia está en la quinta en Benavidez dice que tiene mucho trabajo atrasado, vuelve al departamento de Palermo, se toma media botella de whisky y se pega un tiro en la boca con la Glock calibre .40 que compró por motivos de seguridad. Se pega un tiro sentado en el sillón del comedor, con la televisión encendida. Viendo dibujitos animados en un canal que repite programas muy viejos, los dibujitos animados que veía en la niñez y que lo hacían reír. Recuerda que los dibujitos lo hacían reír aunque no consigue recordar su risa, cómo era su propia risa cuando era chico.
Como se murió el jefe, como se pegó un tiro, me llaman a mí. Soy subgerente de casa central de Garomp Inc., y me ofrecen finalmente el cargo de Gerente General. Buen sueldo, auto, tarjeta corporativa, las delicias de la vida de ejecutivo. Cuando ya había abandonado esa ambición, cuando pensé que ya no sucedería.
Me encuentro con una piba, por el centro. Fuimos juntos a la primaria. Está divorciada, es bioquímica, usa lentes sin marco, fuma mucho. Empezamos a coger, yo ando mucho más suelto de plata, la llevo a cenar afuera, nos vamos un fin de semana a Pinamar. La pasamos bien.
–Te cuento una –me dice, mientras se seca el pelo con un toallón verde algo desteñido–. Hace poco pasó algo jodido. Le dijimos a un tipo que tenía sida y al final los análisis no eran los de él, la boluda de la secretaria pegó mal una etiqueta en el tubito. Lo tuve que llamar yo para decirle que había sido un error, que le habíamos dicho que tenía sida y en realidad no tenía. El tipo me miraba y era evidente que estaba contento, pero no podía salir del shock. Se puso a silbar. Hacía dos semanas que le habíamos dado la mala noticia y ahora le decíamos que era un error. El tipo me dijo gracias, muchas gracias, como veinte veces. Después se desmayó, le bajó la presión. Cuando reaccionó lloraba, de la emoción. Lloraba y se reía.
A la semana me llama ella para decirme que quiere tomar un café conmigo. En el laboratorio le salió que tiene sida. No entiende cómo, quizás se pinchó alguna vez con una aguja durante el trabajo. Sí, lo chequeó dos veces. Quizás en el dentista. Convendría que yo, bueno, que me haga ver.

10.5.23

Inercia


Si te parás en una esquina. Si vas al centro y te parás en una esquina. Florida y Corrientes, puede ser, Córdoba y Maipú, también puede ser, Sarmiento y Carlos Pellegrini, Alem y Paraguay, no sé, elegila vos. Si te parás y mirás, bueno, no vas a poder creer lo que ves.
Es un minuto o dos, no hace falta más. Prestá atención a los gritos, los gestos, las voces, la locura enchastrándolo todo como si algún celeste Dios hubiera decidido baldear la realidad con mermelada de durazno.
Si te parás en el medio de la tribuna de un espectáculo deportivo, o de un recital, si te parás un minuto y mirás. Mirás las caras, sobre todo las caras, las expresiones, los saltos, los gritos, la explosión de una rabia quién sabe por cuánto tiempo contenida, las ganas de aullar como un enardecido lobo, de prenderse a un culo como una garrapata, de pegarle a alguien, a cualquiera, sentir el sonido de un puño contra una mejilla, el seco tambor de unas patadas contra un riñón o un corazón, una nariz o un diente que se quiebra con un particular cri cri, la sangre sigue siendo roja.
Si te parás un domingo a la mañana, un domingo cualquiera. Vas y te parás a un costado del punto de largada de cualquier maratón, no importa si es una carrera de cuarenta y dos kilómetros, o veintiuno, o diez.
Te parás a un costado, puede ser tres o cinco cuadras delante, y los ves pasar. La desesperación en el estado más puro capaz de imaginar, el terror a la muerte que nos arroja tan lejos de lo que alguna vez creímos que fuimos, el pánico más absoluto que no se puede aplacar ni con un millón de chuic chuics, suelas de goma rezándole a un indiferente asfalto, la energía derramándose como la eyaculación de una orca (¿se dice orco?) en el medio del mar.
Por eso está muy bien que hagas cualquier cosa con tu vida, podés coleccionar pornografía ordenada por un meticuloso índice temático, podés participar de un concurso fotográfico sobre insectos de la Guinea Ecuatorial, podés lustrar el automóvil hasta que veas si lográs que tu cara de pelotudo se refleje sobre el guardabarros, podés ir a clases de gimnasia hasta que descubras que todavía no se inventó la gimnasia para que se te vayan las ganas de llorar. Podés volverte un experto en olfatear culos o vinos, podés ir a tomar café a La Mallorquina, podés ir a charlar con un monje a Nepal.
Lo que no podés hacer, lo que no sabés hacer, es parar.

30.4.23

Arranque a patada


Ella me vino a decir que se iba a matar, se iba a tirar por la ventana, no podía soportar más el calvario de su vida. Le recordé que vivíamos en un contrafrente bastante cerrado, que si se iba a tirar por la ventana lo mejor era tirarse cuando viviéramos al frente. Tirarse de un contrafrente y que no la viera prácticamente nadie, además de caerle justo en el patio al gordo de la planta baja B, el gordo que se pasaba todos los sábados a la tarde escuchando una y otra vez el mismo disco Julio Iglesias y tenía ese caniche horrible no sé, era un bajón.
Ella me vino a decir que se iba a tomar un blister de pastillas, Rivotril, Alplax, Lexotanil, con alcohol. Se iba a sentar a ver la tele mientras se quedaba, suponía, dulcemente dormida, para no volver a despertar jamás. Le dije que ni se le ocurriera usar mi whisky, me habían regalado un single malt del carajo (un laphroaig). Total ella no entendía un pomo de bebidas, le ponía jugo al vino, cualquier cosa.
Ella me vino a decir que se iba a cortar las venas, se iba a meter en la bañera llena de agua caliente y se iba a cortar las muñecas con un cuchillo opinel que nos habían regalado especial para filetear pescado. Se iba a sumergir por completo en el agua muy despacio para luego desangrarse, se iría de viaje, se hundiría su nave. Le recordé que no dejara la canilla abierta de la bañera, ya habíamos tenido quilombo con los del sexto B por una pérdida de nuestro baño y el consorcio había dicho que ese gasto no le correspondía. Le dije que pusiera unos toallones al costado de la bañera por si caía algo de agua, esa rejillita de morondanga a veces tardaba un montón en absorber el agua.
Entonces ella descubrió que si se suicidaba el mundo seguiría girando. Seguiría habiendo fútbol los domingos, alguna de sus amigas adelgazaría, alguien cambiaría el auto.
Ella vino y me dijo que lo había pensado bien y ya no le interesaba. Se ponía mal sólo de oír hablar del tema.

20.4.23

Todos tus dentistas


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas para mí. No quiero sufrir.
–Tengo miedo –le digo al dentista.
–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos setenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
–¿Me va a doler?
–No. –Dice el dentista.
–Tengo miedo –digo, otra vez.
–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre, en medio de sangre y saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de morder. ¿Eh?
–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.4.23

Sananding


Hay una cadena de gimnasios en la ciudad de nombre muy conocido. Dentro de esa cadena hay diferentes tipos de abonos. Pero hay uno especial, llamalo el plan ‘platino’, que te permite usar todos los gimnasios de la red, y son muchos. Además te permite usar tres o cuatro gimnasios especiales que se encuentran ubicados en distintos shopping-centers, o en los barrios más caros de la ciudad. Los gimnasios cuentan con maquinaria de última tecnología, personalizada atención, pileta climatizada, clases prácticamente de todo, de lo que se te ocurra, crossfit o spinning. Es caro, el carnet de la membresía ‘platino’, en relación al carnet común, casi como la diferencia que existe entre sacar un pasaje de avión en ‘primera’ en lugar de ‘turista’. Dos o tres veces el precio básico, más o menos.
Pagué un año por adelantado del plan ‘platino’. Un par de veces por semana voy a alguno de los gimnasios. Elijo el barrio al azar o si estoy por la zona, pero trato de rotarlos, de no ir siempre al mismo.
Voy al vestuario, me cambio. Zapatillas, shorts, una remerita.
Y entro a cualquier lado. Al gimnasio repleto de máquinas y aparatos, o a una sala donde veinte o treinta personas pedalean bicicletas fijas mientras resoplan o gritan, o a un salón donde mujeres en multicolores mallas saltan sobre pequeñas plataformas.
Me tiro a un costado sobre una delgada colchoneta o sobre el piso directamente. Y me quedo dormido. Por lo general duermo dos horas hasta que alguien, un profesor o el personal de limpieza o alguien que cree que me descompensé, que estoy muerto, me habla, me toca, me despierta.
Yo tengo un trabajo estresante, por lo general estoy ansioso, angustiado, con infinidad de preocupaciones, triste. Con todos los trastornos psicofísicos que esa situación perpetuada en el tiempo conlleva.
Y he descubierto que una de las pocas cosas que me permite descansar, que me da paz y me relaja, es estar en presencia de la energía mal canalizada, el esfuerzo sin sentido, la más pura imbecilidad ajena.

30.3.23

Ojalá no te salga


Si alguna vez deseaste, y seguro que alguna vez deseaste (quién no) a alguien. O algo, una situación, un objeto, que ocurriera una magia, bueno, cualquier cosa que se te haya ocurrido haber deseado.
Sabés que cuando finalmente sucedió, cuando estuviste desnudo con esa persona, cuando conseguiste ese diploma o ese auto, cuando pisaste descalzo esa playa no era, claro que no era como lo deseaste, como lo imaginaste, como lo esperabas.
Sucede que el deseo brilla demasiado, hay tanta luz ahí que cuando finalmente ocurre lo que deseaste algo se ensucia, la realidad salpica tu deseo, la zanahoria jamás será suficiente para compensar los palos recibidos durante la espera, quedan las marcas.
No, doblaste mal, parece lo más lógico pero no. No se trata de no desear, se trata en todo caso de desear cosas que no ocurran nunca. Bañarnos en las refrescantes aguas del deseo mientras nada ocurre, mientras te sucede como de costumbre cualquier otra cosa. Seguir deseando.

20.3.23

Secreta armonía


Pasó lo siguiente. Perdí el cuaderno. Ando siempre con un cuaderno, siempre escribo. Bah no, no siempre escribo, no escribo casi nunca. Pero ando con el cuaderno en la mano, eso sí. Es más barato que un teléfono celular, supongo. Y no suena.
Hay gente que habla por teléfono, hay gente que escucha música. Yo ando con un cuaderno, pienso que voy a estar en un bar y voy a escribir algo y me siento mejor. No me jodas.
Y lo perdí, al cuaderno. Me subí a un taxi a la nochecita, volví a mi casa. Llevaba una mochila porque había ido a nadar. Llevaba una bolsa, también, un pulóver, alguien que conozco cumple años, compré algo para regalar.
Bajé del taxi, pagué, o al revés, primero pagué, si no no bajás, y me fui a mi casa.
Nada, lo normal. Me hice un arroz para cenar, con cebollita cortada, un poco de queso azul que había comprado el domingo, un poco de mortadela Paladini que corté en daditos, aceite de oliva, pimienta, queso rallado. Me tomé dos vasos de vino, un Malbec que no le había ganado a nadie, miré un poco de televisión pero como miro yo, sin ver, hasta que me dormí.
Al día siguiente, hoy, cuando me desperté, mientras preparaba el café vi que no estaba el cuaderno, ni el libro, porque también siempre estoy leyendo un libro. Van juntos, siempre, el libro y el cuaderno, como si algo que lo que estoy leyendo pudiera traspasar la materia, no sé. No estaba, ninguno de los dos en el lugar donde tenían que estar. Donde los dejo siempre.
Había leído bastante del libro, y era muy bueno (‘Que el vasto mundo siga girando’, de Mc Cann). Había escrito bastante, en el cuaderno, también. Tenía un par de meses de fragmentos que me pertenecían, algunos me gustaban lo suficiente.
Me puse remal. Jamás me había pasado. Son cosas importantes para mí, el libro que estoy leyendo, y mi cuaderno. Si pierdo eso entonces estoy perdido, valga la redundancia, yo, en el planeta tierra. Es una pésima señal.
Me iba a costar no sentirme un pelotudo por el resto del día, me conozco, soy así, lo supe apenas descubrí la pérdida, el descuido, la falta.
Bajé a la calle temprano, debían ser las ocho y algo, tenía que ir a una reunión, a trabajar. Milagro. Miracolo. En el buzón de entrada del edificio, metido como una carta mal colocada, oblicuos a la realidad, acomodados apenas, ahí estaban.
El libro y el cuaderno. ¡El libro y el cuaderno! No podía ser, pero podía ser. El portero lustraba el portero eléctrico, lo que equivalía a decir que quizás lustraba una versión más moderna, una versión mejorada de sí mismo, con su existencial indiferencia.
El taxista, el taxista que me había llevado el día anterior, debió recordar dónde me había bajado, a qué edificio había entrado. Cuando alguien le mostró que un pasajero se había olvidado algo en el asiento de atrás, el taxista recordó al pasajero, recordó la dirección, de inmediato.
Y eso que ni había cruzado palabra con el tipo. Me pareció básico, primitivo, hizo un comentario sobre San Lorenzo, la importancia de jugar con un 9 de área, alguna boludez por el estilo y nada, me dediqué a mirar por la ventanilla el resto del viaje. Debió pasar a la mañana bien temprano sin saber mi nombre ni el departamento en el que vivo, clavó el libro y el cuaderno en el buzón.
Notable gesto, me alegró el día, me devolvió la fe en la humanidad. Por lo general estamos condicionados por nuestra formación, por nuestra experiencia, y en mi caso espero siempre lo peor, o quizás no necesariamente lo peor pero sí la idiotez y la maldad. Estoy poseído por una mala disposición existencial en lugar de simplemente ver qué pasa. Las cosas nunca son tan malas.
Abrí el cuaderno, mi cuaderno. Alguien, el taxista, había escrito unas líneas a mano con birome negra en la contratapa.
Decía: el libro es bueno, una novela bastante buena, pero tus escritos son malos. Escribís mal, no tenés nada para decir. Te devuelvo el cuaderno para que reflexiones, te hice algunas correcciones, subrayé algunas cosas, escribí algunas notas al pie de varias páginas. Quiero que entiendas que lo que escribís es una cagada.

10.3.23

Loop


Resulta que a la psiquiatra se le rompe una muela masticando un turrón que le trajo un paciente de su viaje a España. Se sentía mejor, después de siete o nueve años de tratamiento, el paciente, y se animó a viajar.
La psiquiatra pide un turno de urgencia con un dentista que le recomendaron. Un dentista algo gordo y algo mayor, quizás bastante más que algo en ambos casos. Un buen dentista que se siente muy solo, tremendamente solo, en particular los viernes.
El dentista concurre justamente los viernes a coger con una prostituta que atiende en un departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear, entre Suipacha y Esmeralda. Coge diez o doce minutos y después se queda dormido mientras la prostituta pone la televisión en el canal de dibujitos animados. Antes de irse el dentista pasa al baño a pishar y se lava las manos por un rato quizás demasiado largo.
La prostituta viaja en taxi cuando termina su día de trabajo porque no da más, y porque quiere volver a su casa a ver a su pequeña nena que se llama Iris y es un encanto. La nena cree que su mami trabaja en un supermercado y su mami cree que quizás no le ha mentido, que en el fondo ella no hace otra cosa que manipular un par de artículos, acomodar algo en alguna otra parte, cobrar.
El taxista va a un banco a pedir un préstamo. Quiere dejar de tener que trabajar como peón y tener por fin su propio taxi. Ha estado ahorrando por tres años y lo único que necesita es un empujón para saltar, algo de plata, tiene un amigo bastante mayor que quiere vender la licencia de su taxi y retirarse.
El empleado bancario tiene un hijo adolescente que va al colegio secundario, le falta un año y algo más para recibirse de perito mercantil pero el chico no quiere saber nada con seguir estudiando ciencias económicas como su papá. El chico quiere viajar un año por Europa, quizás armar una banda de rock en Inglaterra, no hacer otra cosa todo el día que tocar la guitarra y fumar.
La maestra del colegio ve al chico triste, disperso. Le parece que consume drogas, varias veces lo ha encontrado llorando a la vuelta del colegio. Le dio el teléfono de una amiga para que el chico vaya a hacer una consulta. Su amiga se llama Viviana, es psiquiatra.
Alguien, alguno de ellos, la psiquiatra o el dentista o la prostituta o el taxista o el empleado bancario o el hijo o la maestra, de casualidad me lee. Lee algo mío, uno de mis fragmentos, nada importante.
Es como una enfermedad venérea, como una copa de vino que se vuelca y algo cambia.

28.2.23

Como le pasa a todo el mundo


Lo que te pasa, cuando estás conmigo, lo que te sucede cuando estamos juntos, no parece nada especial. No parece gran cosa.
Vamos y hacemos lo que hace todo el mundo. Una cena, una botella de vino, cogemos un poco. Unos mates a la mañana, dos o tres cuadras que caminamos juntos, la gente que me repugna por lo general sin ninguna razón, un perro que mueve la cola y se me acerca como si supiera algo, algo que sólo él y yo sabemos.
O vamos al cine a ver una película malísima pero nos reímos de una chica que come un balde de cinco kilos de pochoclo o de un señor con una rotunda peluca de un desteñido rubio ceniza. Pedimos una pizza, miramos por televisión la National Geographic donde los leones atacan a las cebras o los cocodrilos esperan haciéndose los distraídos para comerse algo. Me contás que querés cambiar de trabajo, te cuento que escribí un cuento, no sé, nos dormimos.
Así pasamos un tiempo sin hacer nada demasiado importante, tres meses, seis como mucho.
Hasta que te das cuenta que no te alcanza. Que no se puede flotar por flotar y nada más esperando que el tiburón de la vida te arranque a mordiscones los tobillos. Planes, proyectos, cosas por las que vale la pena luchar, cosas que hay que hacer. Me lo explicás, a tu manera, y sin excesivo rencor me decís que te vas. Nos despedimos.
Al poco tiempo te das cuenta que no das más, que mi ausencia es desgarradora, como si abrieras una palta y le faltara el carozo. Algo está mal, algo falta, y lo que falta es, aunque no lo puedas explicar, lo que le daba a las cosas algún sentido.
Somos estatuas de sal queremos volver, cantaba Carlos Alberto García Moreno cuando era Charly García. No se te ocurra mirar hacia atrás, yo también estoy remal. Hay que seguir.

20.2.23

Me desperté, abrí los ojos


Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera me estaba cambiando el suero. Me secó, con una pequeña toalla de un acuoso y desteñido verde, el sudor de la frente. Me explicó, apenas en un susurro, porque yo alcancé a balbucear la palabra ‘qué’. Me explicó, decía, que había tenido un accidente con mi motocicleta. Me había fracturado ambos brazos. En el izquierdo, además de las múltiples fracturas, me había roto la clavícula, y la muñeca. Me habían operado tres veces. Había tenido un severo traumatismo de cráneo, y una complicada contusión en la columna. Me preguntó si podía sentir los pies.
Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera le susurraba algo a un joven doctor de lentes que observaba algunos indicadores con severa expresión. Me explicó, la enfermera, que había recibido un balazo en el cráneo en un asalto a un supermercado. Habían logrado extirpar el proyectil que se había alojado en mi cerebro. Había permanecido en coma once días después de la operación. Me quedarían graves secuelas, sin dudas, que todavía no se podían determinar con precisión. Tendría una complicada y extensa recuperación, pero la medicina había hecho asombrosos avances en áreas que antes hubieran resultado impensadas. Me preguntó, la enfermera, cómo me sentía. Me preguntó también si yo tenía fe, si era creyente.
Me desperté, abrí los ojos. Estaba en mi casa, supe de inmediato que era domingo. Y estabas vos, claro que estabas vos, a mi lado. Todavía dormida.

10.2.23

Y decidió buscar otro camino


Cuenta la leyenda, aunque quizás no esté bien utilizar el término ‘leyenda’, quizás estoy siendo blasfemo u ofensivo desde ya sin pretenderlo. Está escrito, son sagradas escrituras, pero yo lo he leído en internet en alguna parte.
Se cuenta entonces que el Buda se iluminó cuando al lograr escapar de su palacio en el que había sido criado y vivía como un príncipe, siendo ya un adolescente escapó un día del palacio, con un amigo. Y recién ese día, en un paseo, descubrió, pudo ver, la vejez, la enfermedad, la muerte. Al parecer, ese primer contacto con la muerte lo perturbó de peculiar manera.
‘¿A todos nos sucede esto?’, preguntó el Buda, que todavía no era el Buda. Y el amigo que lo acompañaba le explicó que sí, que todas las personas envejecían, todas las personas enfermaban, todas las personas se morían.
Si esto es todo lo que hay, si es así como sucede, entonces nada tiene sentido, dijo el joven. Y decidió buscar otro camino. El camino que lo llevaría a la iluminación, justamente. A trascender.
En lo personal, este último tiempo no hago otra cosa que ver vejez, enfermedad, y muerte. Pero no se me ocurre nada, no me ilumino ni un cachito.
No sé, mostrame un poco las tetas o haceme una paja. Y servime más whisky si sos tan amable.

30.1.23

Sh


La gente está tan sola, la gente está tan mal, que necesitan gritar lo que les pasa. Creen, pobres, cómo no comprenderlos, que otorgándole una sonora cualidad a sus tragedias quizás eso les confirme que de algún modo existen.
No hablan, ya nadie habla, hace tiempo que hablar se dejó de usar, pasó de moda como los pantalones pata de elefante. Sin saberlo desde ya, piden socorro.
Entonces gritan, no pueden parar de gritar. Por teléfono celular principalmente, en cualquier parte, en la calle, en un transporte público repleto de gente.
–¡Ravioles! ¡A la noche comemos los ravioles que quedaron del freezer! –dice una mujer y mira alrededor como si fuera Diana Krall y acabara de terminar un tema.
–Ayer miré la tele, y después me dormí –dice un hombre por teléfono y asiente, asiente esperando que alguien también asienta, alguien que le confirme que si miró la tele y durmió entonces es muy probable que esté vivo, que todavía respire.
En los bares pasa lo mismo, exactamente lo mismo. Se te sienta una parejita en la mesa de al lado y ella grita ‘¡Ahora voy a retirar el análisis de sangre!’, y te mira porque si se va a buscar el análisis de sangre entonces, aunque prácticamente no tiene nada que se parezca a una vida, tiene sangre. Algo es algo.
La gente cree que si repiten lo que les pasa una y otra vez, cada vez más fuerte, quizás logren volverse un cachito más interesantes. Puede que el oído ajeno les regale algún significado a esa sucesión de imbecilidades, una maldita cosa detrás de la otra (dijo Winston), la vida.
En lo personal ya casi no digo nada. Murmuro apenas, cuando voy a comprar jamón y queso en la fiambrería, digo ‘permiso’ cuando entro a un ascensor, pido un café en alguna parte. Digo ‘gracias’, también, a veces, ‘muchas gracias’. Y nada más, miro por alguna ventana cómo pasan los autos. Por lo general vivir es un fastidio que no merece mayores estridencias ni comentarios.

20.1.23

Esa chispa


Descubrí algo extraño que me sucede, una pauta de comportamiento por decirlo de algún modo, rara.
Cuando voy a encontrarme con mi novia, cuando arreglo para salir un martes a la noche o a veces los jueves. Después de cenar, vamos a coger. Le exijo, primero le indico pero si es preciso le exijo que realice durante el acto sexual, el coito, la fornienda, las peores barbaridades. Le pido que se meta varios dedos en el culo, o que se trague el esperma como si en verdad lo estuviera saboreando, que se pase un dedo manchado de esperma por las cejas o por los labios, que grite, que diga que quiere ser atravesada por un senegalés con la poronga del tamaño de un antebrazo humano o por un enano disfrazado de Batman, de Oaky, del Capitán América. Que aúlle y me pida que le acabe en los ojos, que me pida que la estrangule con un cinturón o que le de latigazos hasta dejarle el culo en carne viva.
Después, otro día, cuando concurro de visita a una prostituta, le pido que se vista. Que nos sentemos en la cocina a conversar mientras tomamos unos mates, que me cuente de su infancia, cómo se jodió los ligamentos cuando quería ser bailarina, que me muestre fotografías de su pequeña hija durante el acto de fin de año del colegio. Después hablamos de lo caro que está todo, de la inseguridad, del costo de vida. Le cuento que me están por ascender a subgerente de algo, de cualquier cosa, que quiero cambiar el auto. Al rato me voy, no, nada de coger, qué coger, lo importante es conversar, compartir experiencias, estar en agradable compañía.
No, no me pasa nada. El asunto es que uno de los pocos momentos en que las personas se vuelven interesantes es cuando se las saca de su zona de confort. Cuando no pueden hacer lo que quieren hacer, lo que están acostumbradas a hacer, lo que hacen más o menos siempre.
Esos únicos momentos en los que puede surgir una chispa de magia. Lo demás es lo que sos todo el tiempo, como si estuvieras guionado. Tu maldito libreto.

10.1.23

Meteorológico


A veces voy y me paro en una esquina. Diciembre en Buenos Aires, más de treinta y tres grados, el sol te atraviesa como un rayo láser. Casi podés sentir el asfalto caliente que pasa las suelas de goma y sube y sube como una dulce caricia primero, para transformase en una simpática pitón después con el único objetivo de recordarte que te estás quemando.
A veces llueve, es otoño y llueve. Explota el cielo y se abre como si alguien rasgara una bolsa de residuos del tamaño del cielo, justamente. Y me quedo parado en una esquina como si estuviera esperando para cruzar, con una camisa apenas. Y el agua me chorrea por las cejas, por la nariz, por el cuello.
Y no falta, nunca falta alguien que se me acerque y se me quede mirando. Alguien que me pregunta si me pasa algo o me diga sin decir, en un murmullo apenas, que está lloviendo, o que me ponga a la sombra, o que me estoy mojando.
Pero yo no contesto, nunca contesto. Sigo viendo el horizonte o la nada misma hecha de autos. Porque si recuerdo todo lo que quise ser y no salió, todo lo que pudo ser y no fue, o cuánto te quise. Para resumir, si recuerdo todo lo que fracasó, bueno. El clima es anécdota.

30.12.22

Cubo mágico


El amor no existe. El amor no es mucho más que las ganas de coger, de ponerla un poco más o menos hasta los treinta y tres años, treinta y cinco si querés, y después algo parecido al compañerismo. Alguien que te pase un mate, alguien que te espere para recriminarte algo que hiciste mal o que no hiciste, alguien a quien culpar porque acabás de sacar los agnolottis de la olla y se acabó el queso rallado. Están las fotos claro, quedan las fotos que ya ni siquiera son fotos en papel. No hay nada más muerto que una foto digital. Y entrar a una fiesta con alguien de la mano para que los demás no piensen que estás apestado, que tenés chagas o ébola y ojalá les haya tocado una mesa distinta para no tener que hablarte.
La felicidad no existe. La felicidad no tiene la menor importancia además. Pero te ponen a correr detrás de una imaginaria zanahoria desde que tenés no sé, once años, y allá vas. Toda esa energía derramada sobre el asfalto indiferente. Caminar por esa playa del Caribe, tomar un café en París, no significa nada. Dejar de ser vos es una experiencia insoluble desde la geografía. Llevarás tu gastritis a Londres, tu existencial fastidio te acompañará por detrás de esos preciosos zapatitos Salvatore Ferragamo. Y así.
Pero vivir está bueno, eh. Vivir es una experiencia de lo más interesante.

20.12.22

Todos tenemos un don


Me pasa bastante, me pasa mucho, que suena el teléfono. A la noche, siempre es a la noche, después de las diez de la noche. Yo diría que entre las diez y las doce de la noche.
Puede ser un número que no conozco, puede decir la pantallita ‘número desconocido’, igual atiendo. Tampoco tengo demasiado para hacer. Por lo general estoy en la cama mirando la televisión pero sin mirar. Esperando que la televisión me canse del todo para ver si consigo dormir aunque sea cinco horas. Así me pasa, así vivo.
–Hola –digo. Hace tiempo que dejé de ser original, ser original se usa hasta los quince años más o menos, después te vas volviendo algo más práctico o la vida te pasa por encima. Cuando alguien insiste en mostrar lo original que es, bueno, es porque es un pelotudo.
–¡Hijo de puta! ¡Sos un hijo de puta! –Grita la mujer, hace una pausa para cargar aire y luego lanza un aullido como si le estuvieran atravesando el corazón con una oxidada aguja de tejer.
O sino.
–¡Qué basura que sos, Juan! ¡Sos lo peor que me pasó en la vida! –Otra mujer más joven quizás, su tono de voz es más duro. El odio se impone por sobre el sufrimiento.
O también.
–¡Todo vuelve, Juan! ¡Te deseo lo peor, mierda! –Otra mujer, ahogada en sollozos que casi la obligan a tartamudear.
Así sucede, una o dos veces por semana. Si hace frío, si llueve, más aún.
Y cada tanto se me da por preguntar, por ejemplo.
–¿Laura? –Se escucha un silencio de reconocimiento–. Pero escuchame una cosa, nosotros salimos no sé, hace más de quince años. Después te casaste, tuviste hijos. Quiero decir, pasó la vida.
–Sí –responde en este caso Laura–. Pero odiarte a vos me hace muy bien, Juan. Sos el mejor tipo para odiar que conozco.

10.12.22

En la vida


Cuando me mudo, y me he mudado varias veces, lo primero que estudio del barrio son los bares. Necesito de ser posible cinco, pero con tres está bien. Tres bares, para desayunar los días de semana. Antes de ir al centro a trabajar, necesito sentarme en un bar y mirar por la ventana.
Si fueran cinco bares es mejor porque entonces puedo ir cada día de la semana a un bar distinto, pero con tres está bien también. Podés repetir un bar en la semana pero siempre dejando pasar un día en el medio. Y nunca, la repetición, más de dos veces en la semana.
Vas a un bar dos días seguidos o más de dos días en la misma semana y el bar se arruina, se pudre. Pasa algo malo con la gente, te empieza a parecer que la convivencia se vuelve no sé, asfixiante. O el mozo te quiere decir qué número va a salir en la quiniela o te muestra fotos en su teléfono celular de las minas que sueña que se coge. Y entonces no podés volver a ese bar nunca más. Tengo muy estudiado el fenómeno.
Me había mudado hacía unos meses escapando de algo, de mí mismo casi seguro. Los lunes iba a un bar sobre la avenida C. Entonces empezó a pasar algo.
A los diez o quince minutos de estar sentado en el bar, se abría de golpe la puerta de vidrio. Entraba un muchacho de unos veinte años como mucho, muy drogado, sucio. Usaba unos pantalones largos de gimnasia adidas y una remera agujereada.
–Forros, los voy a matar a todos! ¡Hijos de puta! –gritaba el pibe. Señalaba a alguien, alguno de los clientes en particular, o hacia el fondo, el mostrador donde estaba el dueño detrás de la caja. Hacía una pausa, los puños crispados, la furia apenas contenida. Pasaba no sé, treinta segundos, un minuto máximo, y se iba.
–¡Pelotudos, hijos de puta! –Gritaba el pibe al lunes siguiente. Amenazaba con tirar una piedra, hacía todo el movimiento y cuando parecía que finalmente sucedería lo peor y alguien de una mesa se tiraba al piso o una mujer se largaba a llorar, dejaba caer la piedra al piso y se iba.
Así se repetía el evento, lunes tras lunes. Se notaba que el pibe estaba muy mal, daba hasta pena llamar a la policía. Pero no menos cierto era que el pibe podía en cualquier momento lastimar a alguien, a punto de estallar, apenas se contenía.
Hice lo siguiente.
Llegue al bar, pedí lo mío. Y pedí un café con leche con tres medialunas más mientras consultaba mi teléfono como si estuviera esperando a alguien. Era lunes, estaba en hora. Llegó mi pedido.
Y llegó el pibe.
–¡Los odio! –dijo– ¡Los voy a matar a todos!
Me puse de pie con el café con leche en una mano, el plato con medialunas en la otra. Lo miré, hice contacto visual, como se diga. Me acerqué, eran unos diez pasos los que me separaban de él. Apoyé el café con leche y las medialunas en una de las mesas de la primera fila.
–Sentate –murmuré–. Desayuná –me di vuelta, volví a mi mesa.
El pibe giró, se puso de frente a la puerta y se sentó, nervioso, metió la cabeza entre los hombros y probó el café con leche. Mordió una medialuna.
Todos necesitamos un desayuno caliente, que nos dejen un rato tranquilos. Eso es lo que nos pasa.