20.1.23

Esa chispa


Descubrí algo extraño que me sucede, una pauta de comportamiento por decirlo de algún modo, rara.
Cuando voy a encontrarme con mi novia, cuando arreglo para salir un martes a la noche o a veces los jueves. Después de cenar, vamos a coger. Le exijo, primero le indico pero si es preciso le exijo que realice durante el acto sexual, el coito, la fornienda, las peores barbaridades. Le pido que se meta varios dedos en el culo, o que se trague el esperma como si en verdad lo estuviera saboreando, que se pase un dedo manchado de esperma por las cejas o por los labios, que grite, que diga que quiere ser atravesada por un senegalés con la poronga del tamaño de un antebrazo humano o por un enano disfrazado de Batman, de Oaky, del Capitán América. Que aúlle y me pida que le acabe en los ojos, que me pida que la estrangule con un cinturón o que le de latigazos hasta dejarle el culo en carne viva.
Después, otro día, cuando concurro de visita a una prostituta, le pido que se vista. Que nos sentemos en la cocina a conversar mientras tomamos unos mates, que me cuente de su infancia, cómo se jodió los ligamentos cuando quería ser bailarina, que me muestre fotografías de su pequeña hija durante el acto de fin de año del colegio. Después hablamos de lo caro que está todo, de la inseguridad, del costo de vida. Le cuento que me están por ascender a subgerente de algo, de cualquier cosa, que quiero cambiar el auto. Al rato me voy, no, nada de coger, qué coger, lo importante es conversar, compartir experiencias, estar en agradable compañía.
No, no me pasa nada. El asunto es que uno de los pocos momentos en que las personas se vuelven interesantes es cuando se las saca de su zona de confort. Cuando no pueden hacer lo que quieren hacer, lo que están acostumbradas a hacer, lo que hacen más o menos siempre.
Esos únicos momentos en los que puede surgir una chispa de magia. Lo demás es lo que sos todo el tiempo, como si estuvieras guionado. Tu maldito libreto.

10.1.23

Meteorológico


A veces voy y me paro en una esquina. Diciembre en Buenos Aires, más de treinta y tres grados, el sol te atraviesa como un rayo láser. Casi podés sentir el asfalto caliente que pasa las suelas de goma y sube y sube como una dulce caricia primero, para transformase en una simpática pitón después con el único objetivo de recordarte que te estás quemando.
A veces llueve, es otoño y llueve. Explota el cielo y se abre como si alguien rasgara una bolsa de residuos del tamaño del cielo, justamente. Y me quedo parado en una esquina como si estuviera esperando para cruzar, con una camisa apenas. Y el agua me chorrea por las cejas, por la nariz, por el cuello.
Y no falta, nunca falta alguien que se me acerque y se me quede mirando. Alguien que me pregunta si me pasa algo o me diga sin decir, en un murmullo apenas, que está lloviendo, o que me ponga a la sombra, o que me estoy mojando.
Pero yo no contesto, nunca contesto. Sigo viendo el horizonte o la nada misma hecha de autos. Porque si recuerdo todo lo que quise ser y no salió, todo lo que pudo ser y no fue, o cuánto te quise. Para resumir, si recuerdo todo lo que fracasó, bueno. El clima es anécdota.

30.12.22

Cubo mágico


El amor no existe. El amor no es mucho más que las ganas de coger, de ponerla un poco más o menos hasta los treinta y tres años, treinta y cinco si querés, y después algo parecido al compañerismo. Alguien que te pase un mate, alguien que te espere para recriminarte algo que hiciste mal o que no hiciste, alguien a quien culpar porque acabás de sacar los agnolottis de la olla y se acabó el queso rallado. Están las fotos claro, quedan las fotos que ya ni siquiera son fotos en papel. No hay nada más muerto que una foto digital. Y entrar a una fiesta con alguien de la mano para que los demás no piensen que estás apestado, que tenés chagas o ébola y ojalá les haya tocado una mesa distinta para no tener que hablarte.
La felicidad no existe. La felicidad no tiene la menor importancia además. Pero te ponen a correr detrás de una imaginaria zanahoria desde que tenés no sé, once años, y allá vas. Toda esa energía derramada sobre el asfalto indiferente. Caminar por esa playa del Caribe, tomar un café en París, no significa nada. Dejar de ser vos es una experiencia insoluble desde la geografía. Llevarás tu gastritis a Londres, tu existencial fastidio te acompañará por detrás de esos preciosos zapatitos Salvatore Ferragamo. Y así.
Pero vivir está bueno, eh. Vivir es una experiencia de lo más interesante.

20.12.22

Todos tenemos un don


Me pasa bastante, me pasa mucho, que suena el teléfono. A la noche, siempre es a la noche, después de las diez de la noche. Yo diría que entre las diez y las doce de la noche.
Puede ser un número que no conozco, puede decir la pantallita ‘número desconocido’, igual atiendo. Tampoco tengo demasiado para hacer. Por lo general estoy en la cama mirando la televisión pero sin mirar. Esperando que la televisión me canse del todo para ver si consigo dormir aunque sea cinco horas. Así me pasa, así vivo.
–Hola –digo. Hace tiempo que dejé de ser original, ser original se usa hasta los quince años más o menos, después te vas volviendo algo más práctico o la vida te pasa por encima. Cuando alguien insiste en mostrar lo original que es, bueno, es porque es un pelotudo.
–¡Hijo de puta! ¡Sos un hijo de puta! –Grita la mujer, hace una pausa para cargar aire y luego lanza un aullido como si le estuvieran atravesando el corazón con una oxidada aguja de tejer.
O sino.
–¡Qué basura que sos, Juan! ¡Sos lo peor que me pasó en la vida! –Otra mujer más joven quizás, su tono de voz es más duro. El odio se impone por sobre el sufrimiento.
O también.
–¡Todo vuelve, Juan! ¡Te deseo lo peor, mierda! –Otra mujer, ahogada en sollozos que casi la obligan a tartamudear.
Así sucede, una o dos veces por semana. Si hace frío, si llueve, más aún.
Y cada tanto se me da por preguntar, por ejemplo.
–¿Laura? –Se escucha un silencio de reconocimiento–. Pero escuchame una cosa, nosotros salimos no sé, hace más de quince años. Después te casaste, tuviste hijos. Quiero decir, pasó la vida.
–Sí –responde en este caso Laura–. Pero odiarte a vos me hace muy bien, Juan. Sos el mejor tipo para odiar que conozco.

10.12.22

En la vida


Cuando me mudo, y me he mudado varias veces, lo primero que estudio del barrio son los bares. Necesito de ser posible cinco, pero con tres está bien. Tres bares, para desayunar los días de semana. Antes de ir al centro a trabajar, necesito sentarme en un bar y mirar por la ventana.
Si fueran cinco bares es mejor porque entonces puedo ir cada día de la semana a un bar distinto, pero con tres está bien también. Podés repetir un bar en la semana pero siempre dejando pasar un día en el medio. Y nunca, la repetición, más de dos veces en la semana.
Vas a un bar dos días seguidos o más de dos días en la misma semana y el bar se arruina, se pudre. Pasa algo malo con la gente, te empieza a parecer que la convivencia se vuelve no sé, asfixiante. O el mozo te quiere decir qué número va a salir en la quiniela o te muestra fotos en su teléfono celular de las minas que sueña que se coge. Y entonces no podés volver a ese bar nunca más. Tengo muy estudiado el fenómeno.
Me había mudado hacía unos meses escapando de algo, de mí mismo casi seguro. Los lunes iba a un bar sobre la avenida C. Entonces empezó a pasar algo.
A los diez o quince minutos de estar sentado en el bar, se abría de golpe la puerta de vidrio. Entraba un muchacho de unos veinte años como mucho, muy drogado, sucio. Usaba unos pantalones largos de gimnasia adidas y una remera agujereada.
–Forros, los voy a matar a todos! ¡Hijos de puta! –gritaba el pibe. Señalaba a alguien, alguno de los clientes en particular, o hacia el fondo, el mostrador donde estaba el dueño detrás de la caja. Hacía una pausa, los puños crispados, la furia apenas contenida. Pasaba no sé, treinta segundos, un minuto máximo, y se iba.
–¡Pelotudos, hijos de puta! –Gritaba el pibe al lunes siguiente. Amenazaba con tirar una piedra, hacía todo el movimiento y cuando parecía que finalmente sucedería lo peor y alguien de una mesa se tiraba al piso o una mujer se largaba a llorar, dejaba caer la piedra al piso y se iba.
Así se repetía el evento, lunes tras lunes. Se notaba que el pibe estaba muy mal, daba hasta pena llamar a la policía. Pero no menos cierto era que el pibe podía en cualquier momento lastimar a alguien, a punto de estallar, apenas se contenía.
Hice lo siguiente.
Llegue al bar, pedí lo mío. Y pedí un café con leche con tres medialunas más mientras consultaba mi teléfono como si estuviera esperando a alguien. Era lunes, estaba en hora. Llegó mi pedido.
Y llegó el pibe.
–¡Los odio! –dijo– ¡Los voy a matar a todos!
Me puse de pie con el café con leche en una mano, el plato con medialunas en la otra. Lo miré, hice contacto visual, como se diga. Me acerqué, eran unos diez pasos los que me separaban de él. Apoyé el café con leche y las medialunas en una de las mesas de la primera fila.
–Sentate –murmuré–. Desayuná –me di vuelta, volví a mi mesa.
El pibe giró, se puso de frente a la puerta y se sentó, nervioso, metió la cabeza entre los hombros y probó el café con leche. Mordió una medialuna.
Todos necesitamos un desayuno caliente, que nos dejen un rato tranquilos. Eso es lo que nos pasa.

30.11.22

Almagro Tíbet


Es fácil y está al alcance de cualquiera. Te vas a un velatorio. ¿A qué velatorio? Pero querido, cómo me hacés esa pregunta, cómo me preguntás eso. ¿Qué carajo importa a qué velatorio, papá? A cualquier velatorio, a cualquiera.
Los domingos, mejor los domingos. Los domingos es el día que hasta Dios descansó. Todo el mundo observa su alma, la propia, la ínfima pequeñez de la propia vida y el lunes está ahí nomás, tomás aire y tenés que seguir con toda esa mierda. Es normal que los domingos la gente se ponga mal, que la gente se deprima.
Agarrás el domingo cuando oscurece y te vas a una casa de velatorios. La que te quede más cómodo, o la podés elegir por el barrio. Podés querer ir a un velatorio en Palermo o por Belgrano. Los velatorios por Paternal son muy buenos, y los de Villa del Parque.
Entrás y te mandás. Te fijás en el cartelito por las dudas, cómo se llama el muerto, y te mandás. Entrás con cara de preocupación, con cara de estupor, de cansancio. Con tu cara de siempre, para qué nos vamos a engañar.
Pasás la recepción, la sala que suele haber al principio, la primer salita, y te vas para el sector donde está el cajón. Cuando entrás te vas a dar cuenta enseguida quiénes son los familiares directos, la esposa, los hijos, algún hermano.
Y abrazás a cualquiera, habrá alguna duda, siempre hay alguno que duda, doblado por el dolor no consigue recordarte, no te conoce. Pero habrá otro que sí, una mujer de bastón que se incorpora mientras vos le besás la mejilla o le pasás una mano por el canoso cabello, una chica que estalla en un sollozo, uno más, ante tu abrazo, un gordo que se suena los mocos contra uno de tus hombros y asiente mientras vos lo palmeás con una indubitable muestra de afecto y congoja.
Podés decir algo, cualquier cosa. De acuerdo al sexo y a la edad del difunto, a su cara. Podés decir ‘siempre nos ayudaba a todos en el trabajo’, o ‘era la mujer a la que todos le pedíamos consejo, la queríamos escuchar’, o ‘tan joven, Dios mío, tan llena de vida’. Algo así, cualquier cosa.
Y después de haber saludado a alguien, a uno o dos, después de haberte acercado al cajón y murmurado un lamento, vas y te sentás a un costado. Buscás un periférico punto de la sala donde sentarte un rato.
Estar ahí unos quince minutos, en contacto con la muerte por decirlo de algún modo, con el dolor en uno de los estados más puros, bien equivale a cinco o siete años de psicoanálisis. Te das cuenta que lo que te atormenta, lo que te pasa, no tiene prácticamente ninguna importancia.
A veces hay bandejas con sanguchitos, también. Algo para tomar.

20.11.22

Malabares


Una de las cosas interesantes que suceden al envejecer, no digo la única, es que comienza a ocurrir algo. Se desata un proceso, una sucesión de situaciones, todas malas. Como si una aplicada gárgola se divirtiera obligándote a dejar de lado tu obsesión.
Te estás quedando pelado, por ejemplo, desde siempre, desde chico. Prestás atención a cada pelo que te abandona, dedicaste particular energía a cada tratamiento inventado para combatir la caída del cabello. Y te salen hemorroides, for example. Te das cuenta una mañana cualquiera al ir al baño. Pasamos entonces del pelo al culo para nunca más volver.
O sos una chica bonita, delgada, te sacaban a bailar lento desde la época de los bailes del colegio. Pero tenés várices, algunas azules ramificaciones detrás de tu rodilla derecha, laboriosas arañas tejiendo su indolente red. Tu madre tenía várices, desde que podés recordar. Tu abuela tenía várices, también. Vas a la playa, en verano te gusta usar bikini. Te preocupan un poco las várices, confiás en tus piernas desde siempre para abrirte paso en la vida, y para caminar, también. Y un día mientras te bañás tocás un bultito, algo pequeño, como una arveja quizás, en tu teta derecha. Y listo. Las várices pierden el protagónico, las várices van a tener que esperar.
Podríamos seguir con los ejemplos. Para qué molestar, para qué aburrir.
El asunto, claro hasta la desmesura, evidente hasta la extenuación, es que el perro va a tener que dejar de morder su preferido hueso. Estar vivo es una fantástica tormenta que te va a mojar hasta el alma, a nadie le importa si se te hacen moco esos zapatos nuevos.

10.11.22

Escritor maldito


Tenés que ir a Lacroze y Cramer. En Lacroze y Cramer hay un bar, justo en la esquina. frente a las vías. Conviene que vayas un lunes, o un martes, cualquiera de esos dos días. A las doce de la noche.
Conviene que vayas un poco antes, de las doce de la noche, pero las dos pibas llegan a las doce de la noche en punto, doce y cinco como mucho.
Vos tenés que estar tomándote una cerveza, con un sándwich, o un whisky con unos daditos de queso, mirando por la ventana. Y un libro, esa es la clave. Tenés que dejar un libro arriba de la mesa. Una novela, o cuentos, cualquier cosa. Un libro que hayas leído.
El asunto es que las dos pendejas, porque son pibas de veinte años como mucho, las dos pendejas estudian letras. Y están forradas en plata. Viven por ahí cerca, sobre Tres de Febrero, una torre enorme.
Las dos pibas estudian letras, te decía, y tienen un mambo con los escritores malditos. Son pibitas que leyeron a Kerouac, a Bukowski, a Burroughs. No sé, los poemas de Rimbaud y de Ezra Pound, los cuentos de Carver, de Abelardo Castillo, leyeron todo.
Y les gusta coger, a las pibitas les gusta mucho tomar merca y coger, enfiestarse, las dos juntas, con tipos que escriban. Entonces van a ese bar, salen de pesca, van a otros bares también, pero los lunes o los martes van a ese bar seguro, y si ven a un tipo que lee algún libro, o que tiene un cuaderno y una birome, bueno, le buscan conversación de una. Te preguntan algo, cualquiera de las dos, algo del libro que estás leyendo. Vos tenés que decir ‘sí, escribo’, pero como si no quisieras decirlo, como si las pibas te parecieran pelotudas, como si te estuvieran molestando.
Y las pibas te invitan a la casa de una. Viven solas. Tienen merca, ala de mosca, tienen whisky importado y les gusta coger, les gusta mucho coger. Te enfiestan, la vas a pasar como nunca.
Ya somos varios los que las cogimos. Paran en otros bares también por Chacarita, por Congreso, les gustan los bares viejos y los escritores cagados a palos. Están chifladas pero están rebuenas, las pibas. Muy putas.

También puede ser que si vas al bar que te dije, al bar de Lacroze y Cramer a las doce de la noche, el lunes o el martes, bueno, te afanen. Hay unos pibitos que andan por ahí, una bandita que afanan a los que bajan del tren. Andan de caño y están muy zarpados, le dan como locos al pegamento. Te afanan de una. O te suben a un auto y te llevan a recorrer cajeros automáticos, o te hacen un secuestro express. Si salís de ese bar y no te metés en un taxi al toque te afanan, perdés.

Lo que te dije de las minas es todo mentira, lo inventé todo. Digamos que es ficción, yo escribo, no sé si te comenté.

30.10.22

Otro color esperanza


Me despierto a la mañana y en la televisión, un locutor con exceso de gomina, un mapa de fondo, avisa que es el fin del mundo. Avisa que va a llover, que va a nevar, y que va a granizar, todo al mismo tiempo. Dice que vendrá un maremoto con olas de treinta y nueve metros de altura, dice que hará tanto frío que a la gente se le congelarán los pelos de las cejas, y del culo también.
Me despierto a la mañana y en la radio dicen que hubo un choque de trenes. Descarrilaron, después de chocar, los trenes. Hay muertos, muchos muertos, hay, incluso, muertos que todavía no saben que están muertos. Hay gente mutilada que busca, justamente, lo que perdieron, lo que les falta, entre los calcinados hierros. Y aprovechan en el mientras tanto para robarse una billetera o un teléfono celular.
Me despierto a la mañana y los diarios dicen que un grupo de ladrones entraron a un geriátrico de Balvanera, torturaron a los viejitos toda la noche porque no querían decir dónde tenían la plata escondida. Les quemaron los rostros con una plancha, les dieron martillazos en las plantas de los pies, les arrancaron los pocos dientes que les quedaban con una tenaza. Les tiraron las fichas del dominó al inodoro, también.
Y yo que muchas veces no sé para qué me despierto, creo que ahora sé para qué me despierto. Me despierto porque el mundo es una mierda, una verdadera mierda, al mundo le va para el culo y necesita contárselo a alguien.

20.10.22

Te noto preocupada


Hay una trampa, un truco. Lo admito, es algo cruel. Yo soy una víctima más, quiero decir, yo no lo inventé. Te lo cuento porque te veo muy preocupada, sino ni te lo diría. Porque tampoco hay demasiado para hacer al respecto, es parte del paisaje.
Dentro de diez años todo lo que te dijeron que era bueno, que hacía bien, resultará que no era bueno, que no hacía bien. Y todo lo que te dijeron que era malo, que hacía mal, bueno, no era malo ni hacía tan mal.
Es un negocio, el bien y el mal, lo bueno y lo malo, va cambiando. Y no es personal, como en las pelis de la mafia se suele decir. Nunca es personal.
Vos querés un ejemplo, te doy ejemplos. Vos corrés, vos vas y corrés, te pasaste unos buenos veinte años corriendo y un día van y anuncian que todos aquellos que corrían se quedarán sin rodillas no más allá de los cincuenta años o incluso antes. Tendrán que ir a hacer las compras reptando, no podrán subir ni cinco escalones por ninguna escalera, olvídense siquiera de intentar coger.
Otro, bueno. Fuiste al cardiólogo y te dijo que tomes una aspirineta por día para licuar la sangre, porque el signo de los tiempos es que a todo el mundo se le tapan las arterias y les explota el corazón como si le dieras un patadón a una rana contra un indiferente zócalo. Un día entonces sale publicado en un jornal de medicina que la ingesta de aspirina en cualquiera de sus variantes provoca cáncer de estómago, cáncer de cólon, úlcera gastroduodenal, y que se te caigan las uñas de los dedos gordos de los pies. Te vas a tener que pasar el resto de tu vida cenando avena con leche y miel, pero el rictus de dolor de tu patético rostro no se te irá jamás en la vida.
Sí, claro que hay más ejemplos, no te quiero aburrir. Te pasaste treinta años en el laburo almorzando ensalada de frutas comprada en un triste vaso de plástico, y te dicen que después de pelarla, no sé, a las dos horas, la fruta pierde el 97% de sus propiedades. Si comías sánguches de milanesa daba igual, te morías más o menos parecido.
Dentro de diez años te van a decir que el colesterol malo era el bueno y que el bueno era el malo, porque además de ser swinger le gustaba cambiarse de ropa, vestirse del hombre araña y de la mujer maravilla también. Te van a decir que bañarse más de una vez por semana le provoca a la piel lo mismo que si te pasearas en tetas por Chernobyl, te van a decir que fumar no hace tan mal y el clonazepán te saca la ansiedad pero te deja más triste que un canguro enjaulado. Te van a decir que nada ha destrozado más a la gente que el matrimonio y trabajar en una oficina y veranear la primer quincena de enero en la costa atlántica. Pensaste que eras normal, que estabas haciendo todo como corresponde y no sabés por qué carajo no te reís desde que tenés 11 años.
No, no te estoy diciendo que te voy a contar cuál es el antídoto. No hay antídoto, es todo mentira. Tratá de reírte, de acariciar un perro, de caminar un poco, de coger y de tomar vino. Lo demás es un negocio de las multinacionales, es todo muy dinámico, son grandes capitales, lo que se diga en estos casos.

*bioy dijo ‘vivir es distraerse’. conste en actas.

10.10.22

Trescientos setenta y ocho domingos


Vivo, por decirlo de algún modo, en el mismo departamento, desde hace más o menos diez años. No me he movido, en lo geográfico, gran cosa. Quizás sea una metáfora de mi vida en general. Quiero decir, no he participado en una orgía con la selección nigeriana (femenina) de handball, ni he ganado algún premio literario en Madrid. Sacando un par de generalidades, podríamos decir que no he hecho prácticamente nada con mi vida. Y presumo que a partir de ahora las cosas sólo pueden empeorar. Hola, qué tal, vivir con eso.
Todos los domingos bajo a buscar el auto. Lo tengo en un garage a dos cuadras de mi casa. La idea es ir a desayunar a un lugar lindo, un bar desde el que se pueda ver un árbol o chicas que pasan trotando. Quizás caminar un poco.
A media cuadra. Ahí está. Siempre. Un hombre, un vecino, a la vuelta de mi casa. Lavando su auto. El tipo es un resumen de todo lo que yo no hubiera querido ser jamás en la vida. Gordito, con el cabello teñido, petiso, con un ridículo bigote que podría ser tranquilamente de un policía de civil o de un puto serio, vestido con bermudas con demasiados bolsillos a los costados y una desteñida chombita Fred Perry de 1978.
El tipo como dije lava su auto. Le cuelga un cigarrillo de la boca. Se aplica a la tarea, hace un despliegue de instrumentos. Mangueras, pomadas lustradoras, plumeros de tres colores, diversidad de trapos, y así.
Cada domingo, a razón de 54 domingos por año, los últimos siete años ponele, 378 domingos, el tipo lava el auto. Cuando paso lo veo concentrado en sacarle brillo a la tasa de la rueda delantera derecha, o usando una especie de pistola de agua a presión para lavar el motor, o fregando, en cuclillas, las alfombritas de goma. Sobre el cordón de la vereda, con un cepillo.
Es la imbecilidad más pura, es la futilidad hecha canción, es el sinsentido de una vida aplicada con fruición a la nada misma. Debo agregar que a menos de setenta metros hay un lavadero de autos, pero a él parece no importarle. Se aplica a la tarea con paciencia y esmero.
Es un hombre que jamás se atormentó por no poder escribir un relato decente, ni le interesa saber si hay vida después de la muerte. Suele hablar con el portero de su edificio, que le alcanza un trapo o un mate. Hablan de fútbol, del clima también.
Ese hombre lava su automóvil los domingos y con eso es suficiente para sostener una vida. No sé si burlarme o pedirle ayuda.

30.9.22

De a 2


–Quiero conocer la mente de Dios, lo demás son detalles. Eso fue lo que dijo Einstein una vez –dije.
–Esos zapatos deben tener un taco de veinte centímetros. Entiendo que a un tipo le puede calentar ver a una mina arriba de esos zapatos. Pero yo te aseguro que si caminás más de dos cuadras con esos zapatos te tienen que operar de la columna –dijo ella.
–Lo que no es desgarrador es superfluo, dijo Cioran. Un hombre con una combinación de tristeza y lucidez como yo jamás he vuelto a leer. Se podría decir que el tipo estaba en carne viva –dije.
–No entiendo, no hay manera que esa pollerita te tape el culo. Si te ponés esa pollera no precisás ir al ginecólogo, te revisa cualquiera que te ve pasar por la calle –dijo ella.
–Se dice que la comedia es superficial porque elude las evidencias de la tragedia. Pero en sí no hay nada más que comedia, en el sentido que la realidad es superficial. La tragedia es puramente imaginaria. Eso dijo Saer, sin dudas el mejor novelista argentino que yo haya leído. Leés a Saer y te das cuenta que no tenés que escribir, ni lo intentes –dije.
–Esas remeritas son muy prácticas. Te ponés una camisola arriba o un saquito y estás vestida. Debe ser por el cuello en V pero apenas, tiene la forma justa –dijo ella.
–Me voy a tomar un café y te espero abajo, por lo menos hojeo una revista –dije.
–Con vos me siento acompañada, es bárbaro cómo disfrutamos haciendo cosas juntos –dijo ella.

20.9.22

Facundo cumple años


Cuando Facundo cumplió cincuenta años se dio cuenta que la vida no tenía sentido.
Fue a la mañana siguiente de su cumpleaños. Tomó un par de mates y entró a ducharse. Su señora en la cocina se quejaba de algo, de un accidente de tránsito en Dinamarca o del precio de los duraznos. Su señora era un repugnante ser, básica, sin ingenio ni mayores atributos y encima en los últimos diez años se había echado unos buenos treinta kilos encima. I am the walrus, así se llamaba una canción de los Beatles. Nada que ver con esto.
Sus hijos no lo querían. Ya terminada la adolescencia, ni Fabiana ni Gabriel habían decidido estudiar. Chicos que jamás habían tenido el deseo de leer o de conversar, apenas la pulsión de cambiar los teléfonos celulares y veranear en alguna playa de Brasil con amigos. Fumaban porro los dos, cada vez que podían. Gabrielito era un muchachón torpe, con una sonrisa que quizás albergara una leve deficiencia de índole neurológico, demasiado predispuesto a los jueguitos electrónicos y a la bebida. Fabiana era desgarbada, sólo veía programas de entretenimientos, tenía poco encanto en general y una risa filosa y absurda, como si estuvieran matando a un pájaro.
En el trabajo, en la oficina, aguardaban con paciencia de araña que se fuera o que se muriera para poder tomar en su lugar al sobrino de un director o a una chiquita que tuviera la convicción para abrirse paso en la vida a los conchazos limpios. El trabajo era como estar en un viaje en barco, un viaje en barco pero en contrafrente, esperando algo que jamás sucedería.
Salió de la ducha Facundo, se puso el traje, saludó, bajó a la calle. La vida no tenía sentido, la vida jamás había tenido ningún sentido.
Sabía eso y sabía que le seguía gustando el café con leche. Le sorprendió descubrir que de alguna forma era suficiente, que era necesario saber poquísimas cosas para estar vivo.

10.9.22

El problema de las mujeres que se psicoanalizan


El problema de las mujeres que se psicoanalizan bueno, como le cuentan lo que les sucede, lo que ellas creen que les sucede a alguien, a alguien que las escucha o al menos parece escucharlas, terminan por creer que sus vidas tienen alguna trascendencia.
Hablan frente a algún hombre que por lo general usa lentes o se ha dejado la barba. Un hombre que suele usar camisas a cuadros y que cada tanto interrumpe el relato para decir cosas como ‘ajá’, o ‘usted qué siente’.
Entonces la mujer que se psicoanaliza, la mujer en cuestión, cree que no puede ser feliz porque su mejor amiga tiene el pelo lacio en cambio ella nació con el cabello similar al pelo de la vagina de una africana de Guinea Ecuatorial. O la mujer cree que su fracaso con los hombres, su fracaso en lo que podríamos denominar las lides del amor bien pudiera ser atribuido a que siendo niña, cuando la llevaban a una heladería para, claro, para comprarle un helado. Cuando la llevaron a la heladería ‘Caballo Loco’ en Miramar ponele, entonces, decía, ella alcanzó a ver que el heladero se rascaba el culo metiéndose la mano bien adentro antes de terminar el pedido, para alcanzarle el cucurucho de dulce de leche y frutilla casi inmediatamente después, con una amable sonrisa pero con esa mano.
Lo que la mujer psicoanalizada no cuenta, lo que la mujer psicoanalizada omite mencionar cuando habla con una amiga acerca de la profunda patología que la atormenta y que está tratando con su psicólogo, es que pagó. Tuvo que pagar, entregar dinero a cambio de ser escuchada. Así como cuando uno concurre a una prostituta quizás escucha que tiene el pito largo o grueso o que coge bien y se siente un poco mejor aunque sabe que es mentira.
Y así se pasan unos buenos años yendo al psicólogo sin solucionar absolutamente nada de nada, porque lo que la mujer psicoanalizada no podría soportar es descubrir que le sucede más o menos lo que le sucede a todo el mundo. Envejecer, estar angustiada o triste, sentir que todo pudo haber sido mejor. La falta de sentido en líneas generales, fatiga de materiales, melancolía.
No hay manera de resolver los problemas de la mente desde adentro de la mente. Lo que hay que hacer es salir, salir de la mente y quedarse ahí afuera, tomar aire y mirar un árbol o un perro y darse cuenta que todo es una tremenda estupidez. Pero no se le puede decir a alguien, a algo que está adentro de la mente y cree que existe que salga afuera de la mente, porque ese algo ya es la mente. Están buscando el truco hace dos o tres mil años pero no aparece, está jodida la mano che.
No, ya sé que no estás de acuerdo con nada de lo que te estoy diciendo. Pero a mí no me pagaste, coger con vos tampoco es gran cosa.

30.8.22

Sobre una superficie de un rosa pálido


Me di cuenta a la mañana muy temprano, yo me despierto muy temprano aunque no sé, nunca supe muy bien para qué.
Me desperté y sentí, no sé muy bien cómo describirlo, o quizás sí sé, una picazón generalizada. Una sensación de calor y fastidio a la vez. Pero no, no el fastidio tradicional que se siente en el medio del tráfico o en la cola de un banco. Un fastidio nuevo, digámoslo de ese modo.
Me fui a lavar la cara, hice pis, y puse agua para el café. No sé por qué volví al baño, me saqué la remera porque estaba transpirado a pesar que estábamos en invierno. Ahí me vi.
Tenía un sarpullido. Todo, en medio de mi asombro iba descubriendo que estaba cubierto, pequeños granitos como puntos en relieve sobre una superficie de un rosa pálido. Toda la piel. Desde los tobillos hasta el cuello. No pies, no manos, no rostro ni cabeza. Pero todo lo demás sí. No, el pito no, pero sí, la cola sí, la espalda sí, los brazos sí, la panza sí. Sí, sí, y sí. Casi me desmayo del susto.
Pedí turno con un médico, un clínico, y eso que yo detesto a los médicos. Pero qué podía hacer.
El tipo me mandó a hacer unos análisis y me dijo que tenía que ser una varicela, seguro. Una fulminante varicela. Que no me preocupara y que tratara de no rascarme para que no me quedaran las marquitas.
Pero no, resultó que no. No era varicela. El médico miraba los resultados de los estudios y se rascaba el mentón.
Entonces me mandó a hacer otra batería de análisis. Me preguntó, con cierto recato, sobre mi vida sexual. Tuve que confesarle muy a mi pesar mi predilección por la práctica del sexo anal con prostitutas senegalesas. Sin preservativo, sí, la mayoría de las veces, pero después de la fornienda me lavaba el gorrión con jabón blanco como me había enseñado mi profesor de Taichi cuando era chico y una vez me animé a hacerle la consulta.
Claro, era eso, me lo tenía merecido por imprudente. Pero no che, nada, ni siquiera una blenorragia. Cero infección.
Entonces el médico, cuando volví a visitarlo la semana siguiente, me preguntó si había comido mariscos, moluscos, quizás langostinos en mal estado. Pero no, yo si veo una pescadería cruzo de vereda. Llevo una rigurosa dieta a base de pizza y pastas. Me gusta mucho el chocolate cuando hace frío y el helado en verano. Y whisky todo el tiempo.
Así que tampoco iba por ahí. Los granitos no se iban, picaban como el carajo, y el médico lo único que tenía para decir era ‘qué raro’.
Hasta que finalmente me di cuenta de casualidad, como suceden la mayoría de las cosas. Me habían invitado un fin de semana al campo, y como se puso feo el tiempo no fue casi ninguno del resto de los invitados.
Y me empecé a sentir mejor, ese fin de semana. Llovía, hacía un frío del carajo, el dueño de casa con su señora tuvieron que volver para capital porque una hija se había fracturado un pie saltando en una cama elástica con las amigas.
Me dejaron ahí por tres días y empecé a mejorar. Entonces me di cuenta que lo que me estaba pasando era que me había vuelto alérgico a la gente en general. A los boludos principalmente.

20.8.22

Lo que no se mueve


El error es que el análisis, el razonamiento, tiene una parte estática. La parte estática sos vos, ahora, haciendo el razonamiento sobre algo que no ha sucedido. Ahí está la falla.
Por ejemplo, casos clásicos. Te dicen que alguien tiene, no sé, un millón de dólares. O conocés a alguien, de casualidad, sí, claro, seguro, que tiene un millón de dólares. Y entonces, ahí nomás, vos no entendés. Vos decís ‘si yo tuviera un millón de dólares no trabajaría más’, o ‘si yo tuviera un millón de dólares viviría en la playa’. Pero eso es ya te dije, porque vos no tenés un millón de dólares. Si lo tuvieras te darías cuenta que necesitás tres millones de dólares más, o que querés vivir en una torre donde te dejen poner una ametralladora en el balcón para tirarle a la gente de abajo, o que para bajar a hacer surf a las ocho de la mañana en Pinamar necesitás un intendente celeste que encienda la calefacción media hora antes y te caliente un poco el mar.
Otro ejemplo es con las minas, claro. Ves a un tipo un domingo a la mañana hinchado las pelotas, desayunando en un bar con una bestia, un minón espectacular. Y entonces vos decís ‘el tipo lee el diario, si yo tuviera esa mina le chuparía la concha media hora todas las mañanas antes del desayuno’. O decís ‘con una mina así yo me cuidaría un poco, volvería a hacer abdominales, daría gusto desayunar con ella frente al mar y poder ponerme en cueros’. Pero eso es porque no la tenés, a esa mina ni a ninguna otra, estás cogiendo cada tres o cuatro semanas con esa renguita que conociste en el supermercado en la góndola de los quesos. Sos todo deseo y frustración, no sos mucho más que eso pero si la conocieras, a la rubia, a la linda que va a desayunar con otro, si vivieras con ella o tuvieras que entrar al baño después que ella fue a defecar. Bueno, no podrías soportarlo, tener que oírla hablar.
Lo que falla entonces no es lo que ves, ni lo que creés que harías si tuvieras lo que no tenés. Lo que no podés es imaginarte cómo serías si fueras lo que no sos. Pero sos lo que sos, lo demás no tiene importancia.

10.8.22

2%


Cada tanto pasa, es de lo más normal, llevo veinte años trabajando en oficinas. ¿Qué pasa? Ah, sí. Lo que pasa es que alguien se chifla. No, bueno, no enloquece en lo que sería el sentido estricto del término, la manera tradicional. No lo van a ver arrancándose la camisa y pintándose un asterisco con mayonesa Hellmann’s sobre el torso desnudo. La cosa no va por ahí.
Lo que sí sucede es que alguien se da cuenta que no da más. Tiene que ser alguien al que le haya salido, por decirlo de algún modo, por ponerlo en palabras, todo relativamente bien. El tipo ha hecho dinero, tiene un buen pasar con todo lo que eso implica, y entonces un domingo a la mañana tomando un jugo de naranja recién exprimido, o un martes tratando de subir a la autopista en su impecable Audi A4, en medio del tráfico, se da cuenta que no da más.
El tipo se da cuenta que la vida no tiene ningún sentido, que lo único que ha hecho durante veinte o treinta años ha sido correr detrás del dinero, comprar una casa de fin de semana y cambiar el auto y viajar a Venecia y esquiar (no, no en Venecia, se nota que nunca esquiaste, pero fuiste a San Bernardo, también está muy bien).
El tipo se da cuenta que hay un agujero en lo más profundo de su ser, una tristeza centrípeta que lo devora y lo deja confundido, triste, con ganas de llorar. El tipo sabe que no podrá seguir haciendo lo que ha estado haciendo, se ha perdido el para qué de las cosas. No sabe cómo cambiar pero sabe que debe cambiar, le gustaría volver pero no sabe adónde.
También están aquellos que han dedicado toda su vida a una actividad artística, han pintado doce mil quinientas cuarenta y ocho veces una manzana y un jarrón, han escrito sesenta y tres mil doscientos veintidós poemas donde cuentan que alguien, por lo general una mujer, los dejó. Han sacado fotos de un anochecer en la playa hasta reventar los discos duros de dos o tres computadoras, y así podría seguir.
Esos sujetos se dan cuenta que están hartos, hartos de fumar porros de pésima calidad en mugrientas terrazas, hartos de coger con chicas que usan bombachas con elásticos vencidos y han dejado la higiene personal quizás algo olvidada o tienen el flujo vaginal excesivamente fuerte, hartos de fijarse cuánto cuesta el menú ejecutivo antes de animarse a ingresar a un restaurante de barrio. Quieren dinero, dinero en cualquiera de sus manifestaciones. Plata, guita, confort y no mucho más que eso.
Lo único que te puedo decir al respecto es que el 98% de la gente está triste, yo no tengo la culpa, yo no lo inventé. La gente está triste y esa es la verdad.

30.7.22

Sensibilidad superior


Los hombres y las mujeres son diferentes. Ya está, ya te lo dije, quizás no lo sabías. Es antropomórfico y no es antropomórfico. O mejor dicho, lo antropomórfico tiene consecuencias que no son antropomórficas, y lo que no es antropomórfico tiene consecuencias antropomórficas.
Vamos a lo importante, a cosas de carácter definitivo. Vamos a la masturbación.
La mujer a la hora de masturbarse, a la hora de proporcionarse alguna suerte de placer sexual sin la intervención de la otredad, de otro humano. Bueno, la mujer no tiene mayores pruritos en buscar un objeto. Un consolador puede ser, claro, desde ya, o un zapato, o un control remoto, un estuche de anteojos, una botella, un envase de algo, un cartón de leche descremada larga vida, un paraguas, un palo de hockey, en fin, una cosa.
Pero el hombre a la hora de proporcionarse algo de placer sexual recurrirá, en el 97% de los casos, a su mano. Son excepciones y merecen ser tratadas como tal, los casos en que un hombre para masturbarse utiliza trescientos gramos de carne picada en un florero de tallo largo (buk dixit), o el pie de un maniquí. No es lo habitual, no es la norma, implica, por lo general, severos trastornos conductuales de quienes recurren a esos implementos, quizás podríamos decir mecanismos.
Y esto que acabo de expresar con prístina claridad viene a dejar en claro por qué el mamífero mediano de sexo masculino está dotado de una sensibilidad superior. La mujer sale al mundo a munirse del implemento, del artilugio que le permite de algún modo completarse. La búsqueda del hombre está revestida de un superior grado de existencialidad. Me atrevería a afirmar que es más sofisticada.

20.7.22

A lo nefli


Él entró a robar el banco, esa sucursal de Villa Urquiza, con otros tres tipos. Intercambió un par de palabras con la cajera de la caja 4. La verdad que a pesar de la adrenalina del momento la piba le encantó. Le hizo acordar a una chica que había conocido en la primaria, una chica que se llamaba Bettina.
El robo se complicó, un guardia se puso nervioso y uno de los muchachos tuvo que rematarlo de un tiro. Escaparon con poca plata. Un mal día.
Al mes, haciendo las compras en un supermercado de Boedo un domingo a la mañana, la vio, a la cajera. Se animó a hablarle, pensó que la piba se iba a asustar. Pero no, la piba sabía que era él, se acordaba de su rostro perfectamente. Él la invitó a salir, ella aceptó.
Empezaron a verse, un amor apasionado, total, inoportuno pero aún así. Como en las películas.
Él quería cambiar, dejar la mala vida. Se anotó en la nocturna para terminar la secundaria, sentía que se venía grande y quería ser papá. Ir a trabajar y volver y que su señora le estuviera preparando una cena caliente. Ver la televisión. Ella quería participar de algún robo, que la dejaran manejar el auto aunque sea, andar armada, tomar cocaína desde tempranito. Tirotearse con la policía.
Se terminaron separando. Él terminó la secundaria, y pensó que quizás podía seguir estudiando, quería ser abogado. Consiguió un trabajo en un estudio donde no les importaba que tuviera antecedentes. Alquiló un departamentito más grande por San Cristóbal. Los sábados iba al cine a cualquier shopping en la función del mediodía, y después se iba a visitar a su mamá en Ituzaingó. Volvió a hablarse con su hermana, jugaba con sus sobrinos.
Ella se fue a vivir a Barracas, a una casa tomada que parecía un conventillo. Empezó a salir con un pibe de la banda de él, un pibe que andaba todo el día empastillado y que tenía una poronga desproporcionada para el resto de su cuerpo tan huesudo, tan flaquito. Un chico que cuando venía demasiado subido en anfetas la obligaba a prostituirse por poca plata. Le gustaba, al pibe, sentarse y verla coger con otros tipos. Vendían drogas por la zona oeste, cada tanto robaban alguna motocicleta, entraban en la casa de algún viejo y le robaban los ahorros.
Él se empezó a cansar de ir todos los días a la misma oficina. Se trabó en la carrera, le empezó a doler una pierna, flebitis. Andaba corto de guita. Ella estuvo internada por sobredosis, cayó en cana dos o tres veces. En una revisación le dijeron que tenía sida.
Y nada. La mejor forma de vivir es seguir siendo más o menos lo que sos. Anhelar ser otro, cómo no, y no serlo nunca. Podés creer en el karma si querés, en la reencarnación. También los viernes a la noche podés pedirte una pizza.

10.7.22

Es una cuestión de energía


Iba caminando por la calle, volvía a mi casa. Había pasado a tomar unos mates con mi hermana, paré en una verdulería, que también es frutería, y compré tomates, cebollas, bananas. Estaba tratando de comer un poco más sano, después de diez años de almorzar en el microcentro perdés hasta el gusto de la comida. Sos arrasado por un twister hecho de una tristeza que es como un sarro, se te mete en la sangre y no se te va más. Perdés el sabor de las cosas. Las de carne son de pollo, así se va a llamar mi próxima novela.
Volvía despacio, caminando unas cuadras, pasé por la puerta de un Farmacity y noté que el perro venía hacia mí. Fue un instante nomás, levanté la vista y miré al perro a los ojos y el perro salió como disparado.
Era un setter irlandés mezclado con algo, tenía el pelo brillante y oscuro. Arrancó desesperado pero sintió el tirón de la correa. Lo tenía una chica de veintipico en jogging y remera que parecía haber bajado a comprar algo.
El perro insistía con todas su fuerzas por venir a mi encuentro, la chica avanzó unos pasos Era claro que el perro no era agresivo ni quería hacerme daño. Desbordaba entusiasmo.
–Bueno, bueno –me arrodillé, lo abracé, pareció calmarse un poco. No hay nada más lindo que abrazar a un perro, es la verdad–. Ya está, master. Acá estamos.
–No entiendo –me hablaba, la chica, desde arriba–. Por lo general no se deja ni tocar por extraños. Te debe haber confundido con alguien.
–No –dije, el perro me lamía una mejilla–. Es una cuestión de energía. El perro siente mi energía, yo permanezco abierto a la apertura, como diría Heidegger, pero lo puede haber dicho Gary Cahill lo más bien. Soy el espacio que celebra su existencia, de hecho, en este instante somos lo mismo, podríamos decir que soy él. Eso es lo que pasa.
–Es raro –la chica me miraba y negaba con la cabeza–. Nunca me había pasado.
–Bueno, campeón –lo rasqué un poco en el cuello, lo miré a los ojos–. Me tengo que ir. ¿Te trata bien?
Ladró el perro, como si hablara.
–Bueno, bueno, está bien.
–¿Qué te dijo? –Me preguntó la chica, se reía, era linda.
–Dice que lo querés –me puse de pie–. Pero que lo retás cuando quiere dormir arriba del sillón. Y dice que también, bueno, una vez hiciste algo –hice una pausa–. Algo que no corresponde, pero no vamos a hablar de eso.
–¡Es increíble! –se ruborizó, la chica–. O sea, no puede ser.
–Bueno, el perro está bien –le dije, le apoyé una mano en el hombro–. Cuidalo mucho, te quiere de verdad.
Se pasó la mano por el pelo.
–Si querés dame tu teléfono y te invito un día a tomar algo –dije–. Si no querés no pasa nada, está todo bien.
Me dio el teléfono. Se llamaba Tamara, nos despedimos con un beso en la mejilla.
La verdad que el perro no me dijo nada. Pero la mayoría de las veces para saber lo que te pasa, lo que hacés, no hay más que mirarte un poquito la cara.