El Hombre 1 contempla el cuadro en silencio; lleva en tal actitud sus buenos diez minutos. Dada la hora del día (es de mañana, temprano; también es diciembre y en la calle hace un frío que pela) la sala está casi vacía.
Se acerca un hombre, en adelante el ‘Hombre 2’. Por la sonrisa en sus labios, y la familiaridad con que se acerca, es evidente que se conocen, que son amigos. Tal vez han venido juntos, no digo a Madrid, pero sí al Museo Reina Sofía.
Se produce entonces, entre el ‘Hombre 2’ y el ‘Hombre 1’, el siguiente diálogo.
H2: ¿Y? Estás mirando el mismo cuadro hace media hora.
H1: Está torcido. Si te fijás bien, está torcido.
H2: ¿Eso? Pensé que te fascinaba esa pintura. No, no está torcido.
H1: Te digo que está torcido.
H2: No creo, che. Quizás sea otra cosa. Quizás tengas un huevo más pesado que el otro.