30.9.06

Las aceitunas te cambian la vida

Ella abre la puerta a las seis y cuarenta y cinco, cuarenta y siete a lo sumo, como cualquier otro día. Vuelve del trabajo. Entra al departamento, de memoria, sin encender la luz todavía. Se saca las sandalias dando una corta patada, como un caballo en miniatura. Y por la intensidad de esa patada, por el ruido que haga su primer sandalia al caer, y también por la intensidad del ruido que escucho cuando ha cerrado la puerta del ascensor, por esos dos sonidos, calibrados en mi mente con milimétrica precisión, sé con exactitud cuál es su estado de ánimo.
No hace falta que aclare que en los últimos meses el sonido de la puerta del ascensor ha alcanzado entidad de estampido. Y el sonido de las sandalias es un cachetazo. En realidad, dos.
Así estamos.
Aguardo en silencio, en penumbras, oculto tras el respaldo del sillón. Estoy calmado.
Entonces descubre que algo diferente está sucediendo. No hay forma que no lo note. No podría dejar de notarlo.
–¡Pero! ¡Pero qué pasa! –Enciende la luz.
Me pongo de pie, frente a ella. Estoy en shorts. Mi pipa preferida en los labios.
Ella mira hacia abajo. Descubre que el piso del comedor está tapizado de aceitunas. Descubre que ella misma, sus pies, son una isla en medio de un mar de aceitunas.
Se toma con una mano la frente; con la otra, intenta tomarse el corazón. Observa sus sandalias, que han caído sobre aceitunas. Las aceitunas han sido prolijamente desplegadas. Se podría afirmar, sin temor a caer en la metáfora, que el suelo es de aceitunas. Miles de aceitunas.
Las aceitunas brillan de aceite. Algunas, como si de una laguna se tratara, se mueven, cuando alguno de nosotros, ella o yo, nuestros pies, se mueven.
–¡Qué es esto, por Dios! ¡Qué pasó! –Siente que se va a desmayar, pero se detiene en su andar hacia el sillón más cercano. Se resiste a avanzar, se resiste al contacto de los dedos de sus pies con las aceitunas.
Vuelvo a sentarme y miro por la ventana. Los autos se pierden a lo lejos, por la avenida que nunca termina.
No hace mucho, en otra tarde parecida, ella me dijo que nunca nos sucedía nada original, nada diferente. No hace mucho me dijo que se aburría.

27.9.06

Supervivencia

El hombre, en medio de la fiesta, cuenta que practica una disciplina llamada ‘supervivencia’. Es médico, oftalmólogo. Pero no es lo que en verdad le interesa. La pasión que lo consume es la ‘supervivencia’. Por lo que cuenta, existen diversos tipos de competencias. Tener que correr durante veinticuatro horas consecutivas, por ejemplo, con sólo veinte minutos para descansar. O ser arrojado al mar, bien lejos de la costa, y tener que luchar por su vida. Exigir al cuerpo y ver hasta dónde puede soportar, eso es lo que lo conmueve. Cuenta que ha llegado a beber su propia orina, mientras se hallaba recorriendo algún desierto.
Una mujer escucha, fascinada. Otra sonríe. Otra, con lánguida sutileza, deja su copa de champagne.
El oftalmólogo se muestra encantado de ser el centro de atención. Tendrá unos cincuenta años, y es delgado, con el cabello gris plata, la piel dorada por el sol.
Alguien me toca con un codo, me mira, quiere saber mi opinión. Pierdo de vista por un momento a la chica que se desplaza entre la gente con la bandeja repleta de empanadas. La imagino desnuda, sobre una cama, con todas las empanaditas a su alrededor, a modo de guarnición.
–Lo lamento –respondo–; pero lamento tantas cosas, que una más no creo que me haga ningún daño.

23.9.06

Valeria, Vanesa, Verónica, Victoria, Violeta, Virginia, Viviana

Entonces metí la mano por debajo de la camisa, costó un poco, se escuchó un sonido apagado, grave, sordo, tuve que tirar con fuerza, dar un verdadero tirón.
Apoyé mi corazón todavía palpitante, todavía caliente, húmedo, sobre la mesa del bar, entre el plato donde descansaba una medialuna, de grasa, y la jarrita de agua.
Ella pitó un cigarrillo. Jugó con un índice a enroscar y desenroscar uno de sus demasiado maravillosos para ser descriptos bucles color miel. Hizo luego un imperceptible gesto, hacia atrás, dejando que su antebrazo se apoyara contra el filo, el borde donde concluía la superficie de la mesa. El cigarrillo era un dedo más, displicente, humeante, apuntando hacia abajo, a mi corazón.
Y bajó, por un momento, por lo que dura un momento, nada más, sus ojos, para mirarse el vestido, para constatar que no la hubiera salpicado en la maniobra.

Por la oreja

Sonó el despertador. Por fuerzas ajenas a mi voluntad y raciocinio, me puse de rodillas en la cama, a la altura de la almohada. Tomé la cabeza de la mujer, semidormida, e intenté fornicar con su oreja, por espacio de unos tres minutos. Empujé y empujé. La mujer por un momento intentó girar la cabeza, entendiendo que el requerimiento era diferente, que apuntaba a otra cavidad. Pero no; no era un error movido por el sueño o la ingesta de alcohol durante la noche previa. Era mi pito luchando por abrirse paso contra su oreja izquierda.
Al cabo de un rato, desistí. El acople, el ensamble, el encastre mínimo y necesario de los elementos participantes no se había producido.
Sin embargo, y aunque parezca inverosímil intentar una explicación, la experiencia había resultado gratificante y satisfactoria. Lo afirmaría ella en ronda de amigas, no mucho tiempo después.

20.9.06

No llueve

Bajo el sol. Esperando que un semáforo, una convención cromática, lo autorice a cruzar la avenida 9 de Julio, hay un hombre. De impecable traje, moño algo torcido, zapatos recién lustrados. Tiene el cabello blanco y alborotado.
Es delgado, mayor. Muy mayor.
Sostiene un paraguas, abierto, por encima de su cabeza. Parece cobijarse aunque sin impaciencia ni temor.
–Disculpe –digo, y señalo con un índice el artilugio–. No llueve, hay sol.
–Le agradezco –me responde con una ínfima inclinación de cabeza, y vuelve a fijar su vista al frente–. Pero esa es su opinión. Yo tengo la mía.

Mesiánico

Tras una amplia, variada, compleja gama de maniobras de carácter financiero, el cliente había terminado por perder casi la totalidad de su dinero.
Me pareció atinado contarle que hubo alguien, alguna vez, narraba la Biblia, que había multiplicado los peces y los panes.
Y que me había tocado a mí dividirlos.

16.9.06

Tres de tres

Entro al bar. Me siento. Pido.
–Un café, una medialuna de manteca, y un vaso de agua, por favor.
Vuelve el mozo, transcurridos unos tres minutos.
Coloca sobre la mesa un cortado, una medialuna de grasa, y un vaso con jugo de naranja, a todas luces adulterado.
Le digo que me cobre. Cerrada la transacción, me pongo de pie y me encamino hacia la puerta. El pedido ha quedado sobre la mesa, intacto.
–¡Señor! –al parecer, el mozo tiene algo para decirme–. No consumió nada– dice, y señala con la bandeja la mesa de la cual acabo de levantarme.
–No, no consumí nada –digo–. Es que usted se ha equivocado en la totalidad del pedido. Su error ha rozado la perfección. Permítame felicitarlo.

Timming

Todo aquello que precisaba saber, lo supe. Pero más tarde.
Todo aquello que deseaba tener, lo tuve. Pero más tarde.
Todo aquello que tengo para decir, lo diré. Lo diré, lo juro. Lo diré más tarde.

13.9.06

Ajeno

Alguien decide que soy un genio, sin ninguna razón aparente.
Alguien descubre que me detesta, por motivos que siempre estuvieron a la luz, pero han brotado con amazónico frenesí.
Todo esto sucede mientras yo, en una calle cualquiera, me rasco la nariz.

9.9.06

Por eso, por eso

Leo a un escritor que cita a otro escritor. Leo lo que cita el escritor, que escribió el otro escritor.
‘Si el corazón pensara, dejaría de latir’.
Por frases como esa, es que he tratado de escribir.

Despedida

Asisto a una despedida de soltero.
El sujeto en cuestión, el que se despide, intenta fornicar con mujeres que ejercen el sexo rentado; con animales domésticos, con personas de sexualidad difusa.
El sujeto en cuestión procede a la ingesta de estupefacientes diversos, que cualquier adolescente sabe incompatibles.
El sujeto en cuestión llora, grita, ríe. Intenta tomarse a golpes de puño con un semáforo, en medio de una general algarabía.
El pensamiento que acaricia mi mente es que, excluyendo desde ya el homicidio, la violación, y el secuestro extorsivo, una amplia gama de conductas tipificadas como delictivas, debieran estar sancionadas tal vez, no con la cárcel, sino con el matrimonio.

6.9.06

Pelusas de magia

Fracasa, todo fracasa, mucho me temo, siempre. Y esto es lo suficientemente triste como para llenar una bañadera de lágrimas.
Pero lo que fracasa, todo lo que fracasa, siempre, fracasa por motivos diferentes a los que uno suponía.
Y eso es, me atrevería a decir, bien mirado, algo entretenido.

Plastilina

Entra un jefe. El jefe se dirige a un muchacho que trabaja conmigo, y le encomienda una tarea. No importan los nombres, no importa en qué consiste el trabajo, ni siquiera importa la tarea. No es sustancial, ni forma parte del núcleo duro del relato. Es una oficina; hay muchas paredes y puertas y tubos fluorescentes. Planeta tierra.
El jefe se retira. El muchacho, vaya uno a saber porqué, se subleva.
Se pone de pie. Grita.
–¡Así no se puede! –dice– ¡No puedo hacer la tarea! –dice– ¡No tengo las herramientas!
Gesticula, mueve los brazos, ofuscado.
–Mi estimado colaborador –contesto–; desde salita azul para acá, desde jardín de infantes, desde que me robaron la plastilina, que no tengo las herramientas. Justamente, mucho me temo, que vivir de eso se trata; hacer las cosas sin contar con las herramientas. Pero tómalo como un minúsculo comentario, nomás.
El muchacho se acerca, tal vez con la intención de darme un golpe. Duda, se hace un peligroso silencio. Luego vuelve a sentarse, y me sugiere que pidamos empanadas para el almuerzo.

3.9.06

Mi dosis de preguntas

¿qué me pasa, doctor?
¿qué me pasa?
¿qué significa este grano?
¿quién se afanó la magia?
¿para qué sirven las fotos?
¿dónde queda Bulgaria?
¿cómo se arregla esta radio?
¿y si no llueve mañana?
¿cuánto cuesta estar vivo?
¿quiénes son mis vecinos?
¿hay atún en esta lata?

qué me pasa, doctor.
qué me pasa.

2.9.06

Sin mí

Cuando alguien, y esto sucede con una regularidad más o menos elocuente, me manifiesta que puede vivir perfectamente bien sin mí, no siento enojo ni tristeza, no, pero sí sorpresa.
Yo no podría.

Pescado, pescar

Un mendigo, en la calle, me pide una moneda. Por motivos difíciles de discernir para mí, pero que de seguro no están emparentados con la generosidad ni el altruismo, acato el pedido.
La mujer que me acompaña, en un arranque bíblico, me dice ‘no le des pescado, enséñale a pescar’.
Al día siguiente un mendigo, en la calle, me pide una moneda. Procedo entonces a manifestarme por la negativa. Le digo que no, que no voy a darle un peso, pero que me interesa saber qué circunstancias lo han empujado a su condición de mendigo. Asimismo, le digo, estoy dispuesto a asistirlo en la búsqueda de un trabajo, un oficio acorde con sus habilidades, una tarea que le permita ganarse con dignidad, con decoro, el pan. Puedo ayudarlo, lo sé, en tal dirección.
–Dejáme en paz. Andáte, puto –dice el mendigo, no sin antes dedicarme una reprobatoria mirada.
La mujer que me acompaña me aprieta el brazo, e intenta apurar el paso.
No creo que la ausencia de citas bíblicas implique una disminución de su fe. Tal vez, como cualquier otra actividad, cada tanto precise de un recreo, una pausa.

30.8.06

Larga fila

Si te fallé, sacá número. Talonario naranja.
Si me odiás, sacá número. Talonario celeste.
Si te parece que soy un imbécil, sacá número. Talonario amarillo.
En cualquier caso, por favor, sacá número. Y sentáte por ahí.

Médicos sin fronteras

La mujer me explicó, fastidiada por encima de cualquier otra sensación más severa, que se resfriaba. Se resfriaba en cualquier época del año. Se resfriaba, sin importar si hacía frío o calor. Se resfriaba de manera permanente y absoluta.
Esta situación, para ella, no tenía ninguna explicación. No había pasado hambre jamás. Tomaba vitamina ‘c’. Hacía ejercicio.
Reflexioné, circunspecto, un rato. En la radio sonaba Shostakovich. Atisbé a través de su blusa clara, color marfil, un corpiño negro que luchaba por contener unos pechos de turgencia inaudita. Contemplé el pantalón de jean apretado; adiviné un culo redondo, firme. Vi sus labios pintados de un rojo demencial. Vi sus zapatos plateados, con tacos de quince centímetros. Vi los gestos de la mujer; cómo manipulaba su cigarrillo. Vi sus dedos nudosos. Vi sus manos.
Exhalé. Dejé el estetoscopio sobre la mesa, como si se tratara de un animal pequeño y huidizo. Por la ventana se adivinaba una lluvia hecha de quebradizos filamentos; una lluvia que podía durar mil años.
Entonces le expliqué, sin soberbia, sin entusiasmo; era la última paciente del día.
–Es evidente que usted ha comenzado su vida sexual, pongamos, a los quince años. También es evidente, aunque no tanto, que usted tiene, más o menos, cuarenta y cinco años. Está claro que usted ha dedicado la mayor parte de su vida activa, a coger. No creo que tenga usted otra ocupación fija.
En tal sentido, deberíamos pensar en colocarle un burlete en la vagina. Estoy convencido que el frío, las corrientes de aire, ingresan por allí.

26.8.06

Ataque de ego

En el cine, todos se sientan en sus butacas y miran hacia delante, hacia el rectangular y límpido trozo de material donde será proyectado el film dentro de unos instantes.
Me sorprende que sino todos (porque siempre hay algún distraído), al menos la inmensa mayoría no gire sus cabezas hacia atrás, hacia la última fila, y se dediquen a observarme. A mí.
Mi vida es mucho más interesante.

Aproximaciones ingeniosas para la comprensión del aparato circulatorio de mamíferos medianos

Después de una comida abundante, después de haber comido como un jabalí embravecido, como un verdadero animal, el ser humano occidental, adulto, de sexo masculino, se muestra poco proclive, tanto a las prácticas de índole sexual, como al noble y complejo ejercicio del pensamiento, de la elaboración de sesudas hipótesis, del elevado debate de ideas.
Pareciera entonces que la sangre se encuentra diseñada para asistir de manera eficiente a un órgano por vez. Será el estómago; será el cerebro; será el órgano de los mil apodos, que reposa bajo la línea del ecuador.
Habrá que decidir, entonces, si se prefiere una velada con preponderancia intelectual, sexual, o gastronómica.
Pero todo no se puede, bonita.

23.8.06

Bodegones

La chica, en un inusitado arranque aristocrático, increpó al mozo. Deseaba saber de qué estaban hechos los ravioles. En qué consistía su composición intrínseca. Más precisamente, el relleno.
El mozo, sosteniendo piadosamente, con ambas manos, la bandeja metálica contra su pecho, se limitó a sonreír.

¡Vamos a volar todos por el aire!

Alguien murmuró ‘cuidado’; alguien susurró ‘tengo familia’; alguien siseó ‘tiene una bomba’, y la palabra ‘bomba’ pareció repetirse entre los que teníamos la desgracia de estar presentes. La palabra ‘bomba’ rebotó como si se tratara de una pelotita de ping pong con un ataque de epilepsia.
Una cajera del supermercado dio un gritito y comenzó a llorar. Otra cajera se desmayó. Vi a un muchacho que aprovechó el momento para esconder un sobre de mayonesa entre sus ropas.
El hombre usaba lentes oscuros, una gabardina de un verde sucio, bajo la cual debía estar desnudo, ya que en un momento dio un saltito y se le vieron las rodillas. Estaba en ojotas. Tenía el pelo cortado a máquina, y de cada pelo parecía colgar una gota de sudor.
–¡Tengo una bomba! ¡Vamos a volar todos por el aire! –dijo.
El sudor le manchaba el cuello de la gabardina. Tenía una mano en alto, un índice increpando al cielo fluorescente, y la otra mano oculta, entre los botones, bajo la tela, junto al corazón.
La policía había enviado un negociador. Pero el negociador no parecía muy convencido acerca de cuál era su rol. Las tres veces que había intentado hablar con el hombre, no había recibido respuesta.
El hombre se había subido a la heladera de los quesos y hablaba desde allí, a un metro del suelo, mirando a lo lejos, al grupo de aterrorizados que no terminábamos de decidirnos entre tirarnos al piso, o salir corriendo y confiar en la suerte de llegar a la puerta antes que todo volara por los aires.
Un carrito abandonado rodó un par de metros, huérfano, sin que nadie se animara a detenerlo.
–¡Vamos a morir todos! ¡Hoy es el día! –dijo– ¡Hoy es el día!
El negociador lucía confundido y asustado. Varias personas habían optado por arrojarse de cara al piso y colocar las manos sobre la nuca, sin que nadie se los hubiera solicitado. Era lo que habían visto en las películas. Era lo que consideraban apropiado.
Me pregunté cuánto tiempo más se podría soportar semejante tensión. A la altura de mi rostro, los paquetes de fideos ‘Don Vicente’ lucían prolijamente alineados. Me pregunté quién corno me había mandado hacer las compras justo en ese momento.
Entonces el hombre forcejeó un poco y su mano oculta salió a la luz. Elevó el brazo por encima de su cabeza. Alto. Bien alto.
–¡A morir! –dijo– ¡A morir todos!
Hubo quienes cerraron los ojos, presagiando lo peor. Hubo quienes se taparon los oídos con las manos, tan fuerte como pudieron. Y aguardaron la explosión.
Antes de juntar valor para empezar a correr como un bendito, miré. Yo miré.
En la mano en alto, donde debía haber, por ejemplo, una granada, el hombre sostenía un salamín.
El salamín era picado grueso. Todavía portaba su correspondiente trozo de piolín amarillo. El salamín lucía algo machucado, debido a la manipulación, al manoseo al que había sido sometido.
El negociador se secó el sudor de la frente, primero, y utilizó el teléfono celular que colgaba de su cuello para avisar a los policías de afuera que ya estaba bien, que podían ingresar al establecimiento.
Agarré dos cartones de jugo Cepita de pomelo rosado, y me dirigí a la caja rápida.

19.8.06

No sabés cómo llueve

Llueve. Me quedo bajo la lluvia, sin prisa, un buen rato. Compro caramelos. Hojeo un libro. Camino. Sonrío.
La gente que pasa se aparte de mí, como si estuvieran en presencia de un hombre armado. Niegan con la cabeza; me señalan con un dedo; miran en busca de algún policía que esté cerca. Desean advertirle que algo está mal, que hay un hombre bajo la lluvia, que se está mojando.
Y yo me pregunto cómo es posible que alguien que alguna vez, aunque sea una vez, pensó en cambiar el mundo, no consiga soportar un fenómeno climático.

Otra tremenda injusticia de las multinacionales

Cuando ingiero una bebida gasificada, se me da por pensar que a nadie se le ha ocurrido comercializar la parte ‘gasificada’ del asunto. Abrir un envase de vidrio, o plástico, o una lata, no tengo objeciones al respecto, y recibir el impacto del gas, de las burbujas, en pleno rostro, por ejemplo, o en cualquier parte del cuerpo, los genitales inclusive, pero sin líquido alguno.
Por ideas como esta, supongo y temo, es que jamás he podido hacer carrera en los departamentos de márketing de las grandes marcas.
Aunque yo, en caso de ser consultado en público, estaré dispuesto a jurar que se trata de un complot, que soy discriminado por motivos que ignoro, y en los cuales no deseo profundizar.

16.8.06

Sin gracia

La vejez es un proceso de acumulación. Una capa de polvo que va impregnando los contornos del ser, hasta volverlos borrosos.
La vejez es exceso de información. Haber hecho las mismas cosas, una y otra vez, hasta no recordar qué fue mejor.
La vejez es un ratón pequeñito y dichoso que roe un queso sin preocupación. Al principio le gusta mucho. Después no.
La vejez, no sé, decí algo vos.

Desayuno

El hombre entra al bar y cierra la puerta con violencia. Es muy temprano.
–¡Arriba las manos! –dice.
–¡Esto es un asalto! –dice.
–¡No quiero lastimar a nadie! –dice.
–¡La plata, la plata, la plata! –dice.
–¡Nadie se mueva! –dice.
El arma bien en alto, apuntando a un cielo de yeso indiferente. El hombre da pequeños saltitos; avanza un poco como si fuera a iniciar una carrera loca, y se detiene. Retrocede. Vuelve a saltar.
El mozo deposita un café con leche con tres medialunas de manteca, que tenían otro destinatario, en la punta de la barra. Deja la bandeja. Apoya una mano sobre el hombro del muchacho que se sorprende, pero se deja llevar, se sienta sobre la butaca.
Hunde la medialuna en el café con leche, y mastica con frenesí. En la segunda medialuna, deja el arma junto al plato. Engulle las medialunas en dos bocados. Un hilo de café con leche chorrea sobre su barbilla.
Al morder el cabito de la última medialuna, el hombre cierra los ojos; es una fracción de segundo. Su rostro, por lo que dura un instante, reboza beatitud. Mastica. Traga. Termina su tazón de café con leche, apurado.
Se pone de pie. Guarda el arma junto al estómago, bajo el cinto. Abre los brazos. Parece que va a hablar, que va a decir algo. Se limpia la boca con el dorso de una mano.
Sale del bar. Cierra la puerta con sumo cuidado.

12.8.06

Enfoque, perspectiva

Mis cómplices de género se la pasan mirando tetas y culos, tetas y culos, tetas y culos. Yo, en idénticas circunstancias de presión y temperatura, me limito a observar tobillos y manos, tobillos y manos, tobillos y manos.
Aquel que observa tetas y culos, mucho me temo, no está observando cualidades perdurables; la decepción lo acecha a la vuelta de la esquina.
Si en lugar de mirar tetas y culos los hombres miraran tobillos y manos, me atrevería a decir que la durabilidad de los vínculos afectivos en las sociedades civilizadas subiría de manera significativa. Y tal vez, sólo tal vez, los traumatólogos adquirirían el status de los cirujanos plásticos.

De otra forma

La mujer se me acercó en la calle y comenzó a insultarme. Yo estaba guarecido bajo un toldo, por la lluvia. Me encanta la lluvia, pero estaba con varias carpetas llenas de papeles que no debían mojarse. Meditaba sobre la conveniencia de esperar versus comprar un paraguas. Me molesta que intenten venderme un paraguas, justo cuando llueve, porque es cuando uno más lo necesita. El vendedor lo sabe; el vendedor se relame.
Volvamos a la mujer; era bonita, huesuda, con el cabello recogido en una simpática cola de caballo y el rostro desencajado por la bronca. Siguió gritándome.
‘¡Te odio!’, dijo; ‘¡te odio con toda mi alma!’, dijo; ‘¡cómo pudiste hacerme esto!’, dijo.
La miré. Esquivé un puñetazo que iba dirigido a mi rostro, y se incrustó en mi hombro, y la miré. Jamás la había visto en mi vida.
La mujer volvió a la carga, así que la dejé golpearme un poco. Me pareció importante que se cansara.
Tras cuatro o cinco golpes más, tuvo un acceso de llanto y cayó de rodillas sobre la vereda mojada. Dejó la cartera sobre el piso y se pasó una mano por el pelo, intentando adherirlo definitivamente a su cráneo, desesperada.
La gente que pasaba se había detenido, dispuesta a lincharme. Esperaban, expectantes, un gesto de la mujer, una instrucción, para molerme a palos entre todos. La gente quiere desquitarse de la maldita e insólita vida que les ha tocado en suerte. Necesitan un motivo, una causa.
Me arrodillé junto a la mujer, cuidando que las carpetas no se mojaran. Le acaricié una mejilla; no pude evitarlo. Le sequé algunas lágrimas con mi pulgar.
‘¿Estás bien?’, dije; ‘no te conozco; te juro que no te conozco. Jamás te vi en mi vida’, dije.
La gente aguardaba el desenlace con curiosidad. Estaban dispuestos a golpearme, o a aplaudir; la cosa se ponía interesante.
Ella me miró. Seguía llorando cuando me miró.
‘Es verdad’, dijo. ‘No nos conocemos, todavía. Pero nos vamos a conocer, y va a terminar mal. Me vas a hacer sufrir; mucho. Quise evitar esta escena, pero no pude. Me salió quejarme por adelantado. Disculpáme’.
La ayudé a incorporarse y nos fuimos caminando bajo la lluvia. Abrazados.

9.8.06

Clases (a 150 km por hora)

Cuando uno choca a 150 km por hora se da cuenta que no importa si llueve mucho en la segunda quincena de un determinado mes.
Cuando uno choca a 150 km por hora comprende que dejar una luz prendida, una canilla abierta, son cosas que pasan.
Cuando uno choca a 150 km por hora entiende, aún sin ser ingeniero, el concepto de ‘fatiga de materiales’.

Una voz

A veces una voz, sí, tan solo una voz que llega de un teléfono perdido junto al mar, por ridículo que parezca, ya lo dije, apenas una voz, es suficiente para demoler nuestras más íntimas convicciones cinceladas por años y años de picar esa piedra hecha de fracaso. De dolor.
Una voz capaz de hacernos dudar de la rotación y la traslación. Una voz que decide violar la ley de gravedad.
Así como llueve, de vez en cuando. Así como un perro nos mira en la calle y asiente (y es un ‘tenés razón, te juro que tenés razón’). Así como crece una flor.
Así sucede, a veces, lo juro. Lo juro sobre una empanada fría de cebolla y queso.
Me arrodillo junto al teléfono, preguntándome si lo correcto sería decir una plegaria; ofrecerle un café; cantar, muy bajito, aquella canción.

5.8.06

Tonta


de manera demencial y caótica.
de manera ridícula y excesiva.
de manera desenfrenada y rústica.
de manera salvaje y solitaria.
de manera áspera pero simpática.
de manera soberbia y descarada.
de manera tonta y loca.
de manera crítica y molesta.
de manera suburbana y subnormal.
de manera teatral y para nada complaciente.
de manera intimidatoria y amable.
de manera rutinaria y peligrosa.
de manera berreta y cualunque.
de manera intramuscular, de manera endovenosa.
de manera preocupante y repulsiva.
de manera distante y asustada.
de manera enfermiza y pestilente.
de manera genital y monárquica.
de manera fachista y tiernamente.
de manera supurante, trepidante, infecciosa.
de manera insoportable.
de manera empalagosa y con polillas.
de manera raquítica y valiente.
de manera egoísta y venenosa.
de manera senil y antojadiza.
de manera opaca y sin llavero.
de manera absoluta y desesperada.
de manera que da miedo.
de manera creativa y oligoide.
de manera espermática y desprolija.
de manera súbita y apática.
de manera deforme y asquerosa.
de manera suicida y sin gomina.
de manera ingenua y complicada.
de manera amistosa y alérgica.
de manera violenta y cariñosa.
de manera estupefacta y sombría.
de manera revolucionaria y antigua.
de manera infame y prodigiosa.
de manera triste y lejana.
de manera irrefutable y espasmódica.
de manera condenable y perdonable.
de manera sobrehumana los domingos.
de manera fantástica y absurda.
de manera inexplicable y anacrónica.
de manera ficticia pero fuerte.
de manera brillante y transpirada.
de manera criminal y sin vergüenza.
de manera anárquica y justificable.
de manera insignificante y anodina.


yo
te quiero.


*tal vez en el bolsito de kung fu no había fotos ni un ipod ni un tupper con milanesas. tal vez ni siquiera estaban las ojotas ni una flauta de repuesto. tal vez había un par de poesías. esta mañana se me dio por pensar eso, sepan disculpar.

Mañanitas

Lejos han quedado, en remotos pretéritos, aquellas mañanas en las cuales quería cambiar el mundo.
Me visitan ahora, con patética asiduidad, las mañanas en las cuales la totalidad de las cosas carecen de sentido.
Lo sé, lo presiento. Vendrán las mañanas agridulces, en las cuales deje de importarme.
Aquí las espero, en el bar de siempre.

Darwin revisited

Fui al zoológico. Fui a la jaula de los monos. De los chimpancés, para ser más exacto. Tras un ínfimo soborno al guardia, se me permitió traspasar un absurdo vallado. Pegué mi cara a los barrotes de la jaula. Uno de los chimpancés, en apariencia llamado ‘Facundo’, o ‘Facundito’, me miró con algo de curiosidad. Se hallaba sentado sobre un pedazo de tronco de árbol; el pedazo de tronco de árbol estaba podrido.
Viendo que yo permanecía aferrado a los barrotes, con la cara prácticamente metida dentro de la jaula, ‘Facundo’ o ‘Facundito’ terminó de comer su banana; luego se rascó la nariz; luego se rascó el culo; luego se olió los dedos. Espantó unas moscas dándose una palmada en la espalda. Se puso de pie. Avanzó unos pasos con ese particular bamboleo. Se acercó hasta mí. Quedamos cara a cara.
Entendí que era la oportunidad que había ido a buscar.
–Escucháme –dije–; quiero saber el secreto de la evolución de las especies. Si el hombre desciende del mono. Cómo fue el proceso evolutivo. Decíme algo, lo que puedas. Tampoco pido que me cuentes todo.
‘Facundo’ o ‘Facundito’ imitó mi postura. Se tomó de los barrotes, también, los brazos bien en alto. Puso su cara a la altura de mi cara.
Me miró. Nos miramos.
–Gil –dijo, y sonrió con una sonrisa que ha sido retratada y utilizada en pósters hasta el cansancio.
Juro que lo dijo, pero el guardia fumaba, mirando hacia otro lado.

2.8.06

Más de tres

Después de tres años de matrimonio, el matrimonio se transforma en una cáscara, en un andamiaje absurdo dentro del cual dos personas juegan a destruirse, a ver quién se arruina más rápido, quién morirá primero. Esas cosas.
Después de tres años de trabajo el sujeto queda despojado de cualquier inquietud adolescente, olvida por completo sus sueños infantiles, y queda reducido a una bestia sin alma dispuesta a matar por un puñado de billetes.
Después de tres años de práctica cotidiana de un vicio, por ejemplo el cigarrillo, por ejemplo el alcohol, por ejemplo la cocaína, el sujeto es incapaz de recordar qué lo condujo hasta allí, porqué comenzó, qué buscaba. El sujeto es sólo la sustancia que consume; lo demás es apenas parte del decorado.
Mientras reflexiono viene a mi mente aquel viejo adagio atribuido a la sabiduría popular; aquello de ‘más de tres, es paja’.

Errata

1)Maradona es Dios.
2)Maradona resucitó, cualquiera puede darse cuenta.
3)La Biblia tiene, entonces, un error de tipeo. Debiera decir: ‘y al tercer día, adelgazó’.

29.7.06

Paréntesis pornográfico

Te voy a rociar con whisky, Johnnie Walker, etiqueta negra.
Te voy a encender con un par de fósforos.
Te voy a coger flambeada.

*El autor se disculpa por los excesos verbales, pero esto fue lo que dijo, esto fue lo que le surgió, esto fue lo que vino a su mente, en medio, bueno, en medio de situaciones donde cuesta dominar algunos impulsos, cómo no las palabras.

Tus tetas

Le hablé.
Le hablé y le hablé y le hablé. Y mientras hablaba me di cuenta que ella estaba fascinada con mis palabras, como sólo puede estarlo alguien que desea con todas sus fuerzas ser discípulo/a, sin importar de qué. Se lo dije, incluso, arriesgué la invención de un verbo. Le dije que lo que ella quería, y tal vez lo que necesitaba, era ‘discipulear’. Para luego, en un año como mucho, descubrir que el maestro, el objeto de adoración, tampoco sabe nada, o casi nada. También está perplejo. Y si no está perplejo, entonces peor, mucho peor. Porque el que no está perplejo de vez en cuando es un imbécil rematado.
Ella asentía. Sonreía. Mitad aburrida, mitad fascinada.
Entonces le dije que era todo mentira. Que todo lo que yo había dicho la última hora era falso. Le dije que yo era un mentiroso, un farsante, un impostor.
Le dije que lo único que me apetecía en el momento era agarrarle esas exquisitas tetas y tenerlas en mis manos un rato largo, quince minutos, tal vez, media hora. Tocar esas tetas, apretar esas tetas con la intensidad con que un chico apretaría su chocolate preferido, plagado de maravillosos futuros, de infinitas posibilidades.
Agarrar esas tetas antes que dejaran de ser tetas, antes que un maldito simio con visera y chaleco hiciera chasquear su reloj y ¡plop!, las tetas mutaran en glándulas mamarias.
Y ella se puso a llorar, por sus tetas. Lloró como se llora por la pérdida de un familiar, de alguien muy querido. Lloró como se llora cuando la mala suerte te da un cachetazo que te hace picar la cara.
Entonces se hizo un silencio y no supe si yo debía pedirle perdón; si ella debía darme las gracias.

26.7.06

Cura para obsesivos

Saber que se está a un cromosoma de distancia de un salame, o un mono, debiera bastar para comenzar a tener fe en la casualidad.

Augurios

Para la Navidad, para el año nuevo, la gente suele imbuirse de un benigno sopor, de una beata somnolencia. La gente se abraza, la gente sonríe, la gente se desea lo mejor de manera indiscriminada.
Si mi capacidad de percepción no me falla, y estamos en presencia de los mismos energúmenos con los que me ha tocado lidiar durante el tan tedioso como pretérito año, entonces debieran suceder acontecimientos algo diferentes.
Debieran, por ejemplo, como decía, recibir a Papá Noel y molerlo a palos, entre todos, golpearlo en el piso, y robarle las botas, y fornicar con alguno de los renos, para luego comerlo con guarnición de papas a la provenzal, y quemarle a Papá Noel la barba con un cigarrillo, y amenazar con fracturarle los dedos de la mano, uno a uno, uno por día, si alguien, no sé, la hermana, Mamá Noelia, no paga el rescate.
Perdón. Ya lo sé; me excedí. ¡Ya pedí perdón! No fue mi intención ser blasfemo.
Es por comentarios como éste, imagino, ahora que lo pienso, ahora que reflexiono, que desde hace un tiempo, no mucho, treinta años, tal vez, más o menos, que paso las fiestas solo. Muy solo. Tremenda y deliciosamente solo.

22.7.06

Capitalismo, nota a pie de página

Y en el repetitivo acto de comprar, creen que existen.

Houellebecq dixit

El autor, para referirse, entiendo, a la importancia de la cópula, de la fornicación, del clásico ñaka ñaka, dice, o no dice, mejor aún, escribe: ‘la evidencia geométrica’.
Me pongo de pie. Aplaudo.

19.7.06

Más gordo

Mi vecino me encuentra en el ascensor. De manera tan subrepticia como impensada, me apoya una palma sobre el abdomen.
–Estás más gordo –dice, y sonríe, como sólo puede sonreír alguien que ya no espera nada de la vida propia; alguien cuya mayor actividad es limitarse a saborear el fracaso ajeno.
La situación me toma desprevenido, indefenso. Me sorprende.
Posibles respuestas, ya que probabilísticamente hablando, la situación puede volver a ocurrir.
1- Sí, pero se me para.
2- Tal vez usted no advierte que con sólo mirarlo fijo, puedo provocarle glaucoma.
3- Le pido por favor que no me hable. Usted me repugna.
4- No es panza; es esperma que acumulo por si se da la ocasión apropiada.
5- No es panza; son mis huevos.
6- No es panza; es la joroba, que se me cayó.
7- Usted no tiene la culpa. Cuando alguien sólo tiene para mencionar defectos en otro, es sólo frustración y más frustración. Es triste, pero no tiene remedio. No pasa nada.
8- Le pido por favor que no me salpique usted con su fracaso.
9- (Mirando hacia arriba, unos 5 centímetros por sobre su cabeza) Perdónalos, señor, porque no saben lo que hacen.
10- Yo no tengo la culpa de todo lo que le salió mal.

Fin de las respuestas.
Pero debo estar algo viejo, falto de ingenio, porque me quedé mirando su mano, sin decir nada.

Matemáticas para chicos con inquietudes

Las paralelas no se tocan, pero son lesbianas.

15.7.06

Para viajar en avión

Cuando se viaja en avión, es buen momento para comprender la fragilidad de los piolines que sostienen una vida.
Con la predisposición adecuada, entonces, puede uno entender que no fue tan grave que la chica de la primaria, Andrea, la de las dos colitas y sonrisa como un sol, te dijera que no, que de ninguna manera, que bajo ningún concepto estaría dispuesta a caminar una cuadra de la mano con vos.
Con el debido temple, se asimila que la mermelada de durazno olvidada en la heladera pueda estar vencida. O no. Y que lo mejor que se puede hacer al respecto es confiar en la suerte.
Con el reposo de espíritu que sólo da mirar por la ventanilla desde cinco mil metros de altura, se entiende que la camisa comprada para una ocasión especial ya no te entra.
Lo importante cuando se viaja en avión, es adquirir ese estado reflexivo y sereno.
Porque la ley de gravedad siente particular satisfacción en sorprender a los precavidos, a los previsores.

Análisis malintencionado de dichos populares

Alguien me dice: ‘el que calla, otorga’. Tal vez ignora que, para quien esto escribe, existen oportunidades en las cuales otorgar resulta infinitamente más barato que seguir escuchando.

12.7.06

Aclaración

Ya sé, ya sé, están esos fanáticos de la nada dispuestos a jurar que uno es lo que come. En cuyo caso, mi corazón es de fugazzetta.
Y están los maratonistas de la vida que juran que uno es lo que hace. Entonces, yo soy un hombre en un bar, un hombre que observa sin demasiado interés, a través de una ventana.
Y están aquellos amantes de la radioactividad, que sostienen eso de ‘dime con quién andas, y te diré quién eres’. De ser así, soy un imbécil sin excusas, el 97% de mi tiempo.
Aclaremos el maldito tema de una vez. El hombre no es lo que come, ni lo que hace, ni con quien anda. El hombre es lo que desea.
¿Estamos?

En una clase de historia, en una escuela primaria

Un alumno afirma, con la seriedad del caso y una más que rigurosa raya al costado en su peinado, que la antigua región del Alto Perú estaba donde en la actualidad se encuentra el Shopping Alto Palermo.
Le doy una amistosa palmada en el hombro, y le digo al muchacho que está muy bien, que puede sentarse, que ha aprobado.
Por la ventana del aula se ve el patio, donde brotan las glicinas. De manera por completo inesperada viene a mi mente el rostro de mi padre. Veo sus facciones con absoluta claridad. Tengo deseos de encender mi pipa. Me siento, y apoyo las piernas sobre el escritorio.

8.7.06

Verde, rojo

El señor Bill Bixby, en una emblemática serie de la televisión, solía decir la frase ‘no soy yo cuando me disgusto’, para luego, de inmediato, ponerse verde, inflamarse hasta transformarse en el también recordado Lou Ferrigno. El increíble Hulk.
En lo personal, yo también uso, de tanto en tanto, la frase ‘no soy yo cuando me disgusto’. La diferencia, creo, es que me pongo rojo, no verde.
Comento estos pensamientos a la chica que me acompaña. Intento dilucidar sobre la conveniencia de ponerse verde o rojo, llegada la situación. Es importante determinar el color apropiado, dada la calidad expresiva de la frase.
–Mirá, por mí podés ponerte amarillo patito –me dice–; mientras pagues la cena...

Outsider

La gente que se hace un tatuaje, creo, no se hace un tatuaje. La gente que toma cocaína, me parece, no toma cocaína. La gente que se recibe de abogado, y se va a vivir a un barrio de abogados, y se casan con abogados, bueno, no hacen en verdad ninguna de las tres cosas.
La gente que jura que siente fascinación por el helado de pistacho, estoy seguro, no siente adoración por el helado de pistacho.
La gente que va a ver a los Stones, muchos, no van a ver a los Stones.
Es suficiente. No hacen falta más ejemplos. Ya es suficiente.
Pobres Cristos mendicantes de un mísero grupo de pertenencia.
Por no animarse a hacerse un tatuaje, a tomar cocaína, a ser abogado, a fascinarse por el helado de pistacho, a ver a los Stones, así, como yo.
Porque se me canta.

5.7.06

Yo creo

Quiero dejar en claro que no creo en el esfuerzo; creo en el talento. Quiero dejar en claro que no creo en la relación causa-efecto; creo en la casualidad. Quiero dejar en claro que no creo en la planificación, ni en la organización, ni en los procesos, ni mucho menos en los métodos; creo en la magia.
Creo en un mundo donde los conejos duermen en ignotas galeras y aparecen cuando quieren; un mundo donde las máquinas expendedoras de gaseosas son atendidas por enanitos atareados que viven en un refugio oculto bajo el pavimento; un mundo donde la contemplación de un pezón apropiado puede curar el glaucoma. O el asma.
Quiero dejar en claro que creo en un mundo mucho más entretenido. Caso contrario, prefiero no creer en nada.

Vos también tenés razón

Últimamente, he notado que todo el mundo tiene una excusa, o peor aún, tiene razón. Todo el mundo puede explicar porqué hizo lo que hizo. No hay más que dejar hablar cinco minutos a la persona, y ésta desplegará un catálogo prolijamente encuadernado.
Si se me permite la petulancia de un consejo, yo diría que no, que no es necesario, que no lo hagan.
Prefiero asegurar que las consecuencias de mis actos son ajenas a mí; animales con patas propias, huidizos e indiferentes como una ardilla sorprendida con una nuez entre sus manos.

2.7.06

Lejos

aquel que casi
ya no soy
todavía recuerda
las promesas
que
nunca
hiciste.

*domingo, poesía, domingo.

1.7.06

¡Es una promoción! ¡Es gratis!

Cuando intentan darme algo gratis, un producto, un servicio, lo tomo como una profunda ofensa personal, un insulto a mi inteligencia. En el pleno ejercicio de las facultades capitalistas, quien da algo gratis no puede estar haciendo otra cosa que restarme, de alguna u otra manera.
Así que ya lo saben: la próxima vez que alguien intente darles algo gratis, reaccionen como ante cualquier otro intento de robo.

La comprensión

Alguien menciona ser comprensivo/a como una característica virtuosa de su personalidad. Me lo/la imagino comprendiendo un fenómeno climático.

28.6.06

La próxima

En la adolescencia, en épocas de estudiantes, algunos compañeros repetían las palabras del guerrero; decían ‘patria o muerte’.
Luego, digamos unos diez años después, en el ámbito laboral (hacía mucho que no escuchaba dos palabras que combinadas oliesen tan feo: ámbito laboral), algunos compañeros decían, aunque tal vez no lo decían, pero yo tengo esa extraña facultad de leer las mentes, decían entonces: ‘plata o muerte’.
Más allá de considerarme, en mis días inspirados, una persona con una imaginación bastante por encima de la media, me pregunto con estupor qué frase vendrá después.

En la lucha

El otro día vi a un doctor por televisión, explicando en detalle cómo el cuerpo humano debe luchar contra la ley de gravedad. El doctor explicó el esfuerzo que debe hacer un ser humano por el solo hecho de estar de pie. El doctor explicó las dificultades corporales que implica la permanente lucha contra la ley de gravedad.
Así que no pienses que hay maldad o displicencia de mi parte, corazón, si no quiero ir al cumpleaños de tu hermana este domingo.
Digamos que estoy luchando contra leyes de la física superiores a mi voluntad, ni qué decir a mi capacidad de análisis.

25.6.06

Pasión esdrújula

símbolo de cópula,
émbolo de rótula,
látigo de éxtasis,
víctima del líquido,
síndrome de página,
mística de cúspide,
réprobo con ánimo,
máximo en el límite,
dádiva de música,
pócima tácita,
cáspita.


')al autor le pareció que al domingo le faltaba poesía.
'')al autor, que vive en primera persona, le dio curiosidad ver qué se siente al citarse en tercera. fenómeno que tal vez sea conocido como la 'maradonización'.
''')el autor soy yo.

24.6.06

A kind of magic

Cuando un mago más o menos tradicional hace surgir un conejo de una galera, el conejo, por lo que he podido apreciar, jamás aparece con una zanahoria.
Este hecho no escapa a mi natural sagacidad, y me hace sospechar que el mago y el conejo están unidos por algo más que la magia. Tal vez viven juntos, tal vez son pareja.
No me dejan otra alternativa que imaginar lo peor.

Ecléctico

Por las mañanas acudo a un bar histórico de la ciudad de Buenos Aires; Capital Federal de la República Argentina, país que habito, país en el cual he nacido, tema que no merece mayor análisis.
El bar, por la característica mencionada, es ecléctico. Acuden allí una cantidad de turistas deseosos de embeberse, aunque sea por un instante, de algo de la ciudad; su cultura; sus costumbres.
Hay entonces, en el bar, japoneses vestidos como si fueran integrantes de una banda heavy-metal; una española de pelo muy corto con apariencia de no haber dormido en seis días; hermanos latinoamericanos dispuestos a tomar fotos a cualquier cosa que se mueva.
Me siento, entonces, cómo decirlo, un ciudadano del mundo, en armonía con gente tan diversa.
También me siento un salame. Han subido el café a cinco pesos, a mí que no me jodan.

21.6.06

La categorización de los sabores

Si se ingiere una cucharada de azúcar y se la sostiene, por un instante, dentro de la boca, se percibirá con absoluta claridad aquello que fuera dado en llamar ‘dulce’.
Si en otro momento del tiempo, se ingiere una cucharada de sal y se la mantiene por un instante dentro de la boca, se tomará plena conciencia del concepto de ‘salado’.
Si se mezcla azúcar y sal en idénticas proporciones, y se ingiere una cucharada de la mezcla, bueno, no tengo la más remota idea de porqué un sujeto haría algo así.

Potencia expresiva

Siento particular predilección por la palabra escrita. La palabra escrita es el distrito en el cual me siento más cómodo. Tal vez la palabra escrita sea la más potente, sino la mejor forma de expresarse.
Algunas noches imagino un auditorio repleto de espectadores absortos y embobados, que escuchan y escuchan mientras yo escribo.

17.6.06

Vuelo filosófico

Dijo Aristóteles: Suponiendo que el ojo fuera un animal, la visión sería su alma.
Dice Paul Maker: Suponiendo que el pito fuera un animal, eh... Bueno. Parece que va a llover el fin de semana, ¿no?
Digo yo: Es altamente probable que Paul Maker carezca de la altura argumental de Aristóteles. Dicho lo cual, es también probable que Paul Maker no sea Aristóteles.
Pero prepara unas exquisitas picadas. Yo suelo llevar el vino.

Los peligros de la felicidad en homeopáticas dosis

Después de caminar una semana, todos los días, una hora por día, a la orilla del mar, cualquier actividad que implique volver a la ciudad y permanecer inmerso en una viscosidad hecha de gente y frustración, carece de sentido.
Conocido esto, caminar a la orilla del mar debiera estar prohibido para todos aquellos que no tengan más remedio que retornar a sus vidas, a sus cotidianeidades.

14.6.06

Si sos tan amable

Entro a un negocio. El negocio vende, entre otras cosas, camisas. Entro a comprar una camisa.
Elijo una camisa.
El vendedor me pregunta si me quiero probar la camisa.
–No, no quiero –respondo.
El vendedor me observa con profundidad de entomólogo.
–¿Es para vos? –pregunta.
Miro a los costados, a ver si alguien me acompaña sin mi autorización. Conozco gente que se halla en tal situación desde hace diez o quince años.
–Sí, es para mí –respondo.
–Deberías probarla –insiste–; me parece que te puede quedar chica. Tengo talles más grandes; tengo otros colores.
–No –digo–. No quiero probarla. Ni siquiera pienso usarla. Sólo quiero comprarla; desde hace un tiempo me hace bien comprar. Así que cobráme, por favor.

Después

Encuentro a la mujer de mi vida once años después. Y once años después, la mujer de mi vida es otra cosa. Es extraño; no debería intentar explicarlo.
Tal vez la impuntualidad no sea una falta de respeto, sino defensa propia.

10.6.06

Todos quieren todo

Yo: Cuando publique mi libro de poemas, se va a llamar ‘Todos quieren todo’.
Ella: ¿Me explicás porqué?
Yo: ¿Ves?

Combate

En la calle. Un amigo de la época en la que concurrí al colegio secundario. Han pasado, mucho me temo, años.
Mi amigo ha mutado. Eso es lo que veo. Se ha implantado cabello. Se ha hecho no una, sino, según me comenta, dos cirugías de nariz. Se ha operado las bolsas que suelen formarse debajo de los ojos. Se ha puesto colágeno en el labio superior. Hace pesas cinco veces a la semana. Me cuenta, entre sonrisas, que cuando compra un par de pantalones, debe ser de talle de mujer o de niño, ya que el talle más pequeño de pantalones para hombres, le queda holgado.
Nos despedimos haciendo ridículas promesas de volver a vernos para tomar un café.
De la cantidad de enemigos a disposición en la vida de un humano adulto, habitante del planeta tierra, me sorprende que alguien elija combatir contra el tiempo.

7.6.06

Catástrofes naturales

Cuando sucede un terremoto, cuando ocurre un huracán, viene a mi mente la imagen de un elefante que, afectado por lo que podría ser un leve fastidio, decide sacudirse, ocasionando consecuencias impredecibles.
Así como el castigo debe ser desmesurado en relación a la falta, la manifestación de malestar debe ser en extremo desproporcionada con respecto a su origen.
En ambos casos, la desmesura tiene para mí un idéntico y cristalino mensaje.
El mensaje es: no jodan.

Sistema de precios

Disculpen si parezco trivial e infantil, pero las citas a ciegas son una de las pocas cosas que me han devuelto ese palpitar adolescente, ese no saber qué sucederá durante los próximos cinco minutos, ese peculiar frenesí de ser sólo presente, tan solo presente.
Y tal vez el precio que tenga que pagar sea encontrarme con usted. Maldita gárgola.


*)no, no es con usted.
**)le juro que no es con usted (aunque el bueno de Borges diría 'no jures, porque todo juramento es un énfasis').
***)usted sabe que no es con usted.
****)esto es un chiste privado. es para que sonría. sonría, por favor, si es tan amable.
*****)bonita sonrisa. gracias.

3.6.06

Una definición de salud mental

La definición de salud mental es estar capacitado para tomar parte en la economía de consumo, dice el libro.
La falta de ganas de gastar dinero se convierte en síntoma de una enfermedad que requiere una medicación carísima, dice el libro.
El argumento es de una pureza exquisita; me alegra la mañana. Me alegra la semana. Si le damos las debidas condiciones de presión y temperatura, me alegrará el año, estoy seguro.
En cualquier caso, basta con saber que mientras se consuma, las probabilidades de ser considerado ‘loco’ se reducen de manera significativa.

Tic nervioso

Cuando veo a alguien con un tic nervioso, cualquiera, veo alguien a quien el cuerpo, al menos una parte por ínfima que sea, se le ha rebelado. Una ceja, por ejemplo, ha decidido manifestarse con las herramientas que le fueron dadas, como sólo una ceja podría hacerlo, desobedeciendo un orden, un mandato superior.
Esto es para los que creen que el mundo puede ser simplificado, para su entendimiento, al arbitrio de la voluntad, al esfuerzo y punto.

31.5.06

Actitud, estilo

me quemo.
y mientras me quemo
me prendo fuego
para estar seguro.
y mientras estoy seguro
llamo a un médico

no para que me cure, por favor;
sólo quiero que me confirme
la gravedad del daño.
y mientras me confirman la gravedad del daño
pido más fuego

enciendo un cigarrillo
y digo que ya sé.


*no soy de andar mostrando mi vena poética. me parece, no sé, que es como andar mostrando las várices. pero hoy tuve ganas. y yo todavía creo en las ganas (gánico, diría Federico Peralta Ramos, y yo me pondría de pie).

Perverso y cruel

Los juegos de azar han sido diseñados para que las probabilidades jueguen en contra, siempre en contra del iluso participante.
Esto, lejos de ser casual, contribuye a la esencia misma del juego. El sujeto sabe que va a perder; el sujeto decide recostarse en la suerte en cualquiera de sus manifestaciones.
Lo descripto deja en evidencia la perversa naturaleza de los juegos de azar.
Lo interesante es que la vida, sin tantas precisiones de carácter estadístico, suele ser mucho más cruel.

Nociones elementales de la física

El desconocimiento de leyes básicas de disciplinas tradicionales, por ejemplo las matemáticas o la física, puede resultar un severo condicionante a la hora de interactuar con otras personas.
No quiero con esto decir que uno deba ir por la vida repasando conocimientos tan abstrusos como los relacionados con la dinámica de los fluidos, a la hora de tomar un café. Un mundo así sería en extremo dificultoso, árido, frío.
Pero sí creo que uno debiera conocer, por ejemplo, los rudimentos de la ley de gravedad.
Debería usted entonces, tal vez, aprovechar estos conocimientos elementales para abandonar esa inconcebible dosis de soberbia con la cual se dirige a mi persona.
Lo que quiero decir es que se le han caído a usted las tetas de una manera más que evidente.

27.5.06

La gota en la piedra

Hablo con una mujer; me dice que una de las pocas cosas en las que cree es en el esfuerzo. ‘Creo en el esfuerzo’, me dice.
Me cuenta que la hace feliz salir el fin de semana con un grupo de amigos. Pedalean sus bicicletas entre seis y ocho horas por día. Cruzan ríos peligrosos, desconozco el cómo. Duermen al aire libre, a merced de las serpientes y de los osos. Se alimentan de lo que pueda proveerles la naturaleza.
Suele volver, cansada y feliz, dispuesta a insistir, la próxima vez, con un esfuerzo mayor.
Extrapolar la lógica del esfuerzo a otros ámbitos, puede ser el afectivo, puede ser el arte, es una de las cosas más tristes que se me ocurren en este momento. En un mundo donde todo pudiera ser resuelto por la voluntad, ¿qué triste rincón quedaría para el talento?

Giros copernicanos

Cuando suena mi teléfono celular, me maravillo ante el progreso tecnológico. No puedo menos que reverenciar el milagro de la comunicación. Alguien desea transmitir un mensaje a alguien, a una distancia inconcebible, y existe un adminículo que lo permite.
La inteligencia en estado puro, aplicada a resolver una necesidad. Y de pronto algo inesperado, algo que antes no podía hacerse, puede hacerse. Un giro copernicano.
Por lo general, los llamados que recibo son para comunicarme idioteces de diverso tenor. Esa situación poco feliz no debiera invalidar nada de lo expuesto.

24.5.06

No lo que usted pensaba

La periódica repetición de un acto, con relativa frecuencia, le quita toda, o casi toda, la gracia. El dominio del acto en cuestión gracias a las sucesivas repeticiones, permite ejecutarlo de una manera casi displicente, perdiéndose de esta forma la emoción y atención primigenia.
Existen, como todo en esta vida, algunas excepciones que sirven para confirmar la regla expuesta.
Meterse el dedo en la nariz, for example.

Publíquese, archívese

A mayor cantidad de alimentos consumidos que han sido cocinados en un microondas, menor capacidad neuronal del sujeto en cuestión.

20.5.06

Dejá, yo te lo caliento

Cuando conozco a alguien que ingiere alimentos cocinados en un microondas, siento una honda pena.
Por los alimentos, no por la persona.
Los alimentos, sometidos a ese curioso proceso, quedan transformados en un extraño material, de compleja definición; en cualquier caso se trata de algo no apto para el consumo humano.
La persona en cuestión, la imbecilidad que exuda, viene de un pretérito difícil de precisar. No es justo asignarle toda la responsabilidad a un diabólico electrodoméstico.

Manchas

Busco trabajo. Consigo trabajo. Dentro de las formalidades previas, debo sacarme sangre, llevar una muestra de orina, pasar un examen psicológico.
Concentrémonos en el análisis psicológico. El análisis de orina parece un procedimiento mucho más específico, menos difuso.
Concurro al análisis psicológico. Me recibe una mujer. Hablamos de trivialidades. Me siento. Al revés, al revés: primero me siento, luego hablamos de trivialidades.
Me dice que me va a hacer un test de manchas. El test consiste en que me muestran cartones con manchas diversas. Yo debo decir qué veo en cada cartón. Libremente. Ante mis comentarios sobre cada mancha, ella hace algunas preguntas, y algunas anotaciones.
Pasadas algunas manchas, vuelve a mostrarme el primer cartón, con la primer mancha. Es la mancha donde he visto un monstruo, un insecto, un murciélago.
Reproduzco el diálogo que tuvo lugar:

Ella: ¿qué ve?
Yo: Un monstruo.
Ella: ¿Qué más ve?
Yo: Un insecto, un murciélago, un bicho.
Ella: Ajá (anota algo, suspira, piensa). ¿Qué más?
Yo: Sí. Veo una hamburguesa con jamón, queso, tomate y huevo. También veo mayonesa. No; no es mayonesa. Es mostaza. Una generosa dosis de mostaza.
Ella: (No dice nada. En su rostro veo algo de estupor, de duda. Veo que lamenta estar tan lejos de la puerta. Veo que está calculando sus posibilidades de llegar a la puerta sin que yo la atrape. Está intentando recordar si hay gente en la sala contigua. Está pensando si alcanzará con gritar; si un buen grito será suficiente).
Yo: Es que es algo tarde, y no almorcé. Disculpe.

17.5.06

Módico homenaje a los Guns & Roses

Compro un ramo de flores. Rosas. Rojas. Y camino una buena media hora por el microcentro de la Ciudad de Buenos Aires, Capital de la República Argentina.
Soy observado, con mayor inquietud y resquemor que si caminara con una ametralladora.
No sé si se entiende lo que quiero decir.

Mejorando

Al acostarme sobre el pasto, soy picado por una hormiga. Reprimo mi instinto de zanjar la cuestión de la manera más inmediata posible. No la mato.
La coloco sobre la yema del índice de mi mano derecha, y me paso unos buenos quince minutos preguntándole el porqué de su accionar.
Conozco algunas chicas que me dirían que sí, que hice bien, que voy mejorando.

13.5.06

Frío, calor

En verano, por lo general, tengo calor. En invierno, la mayoría de las veces, tengo frío.
Existen un montón de situaciones en las cuales es menester patear y morder para modificar la realidad. Y otras donde lo único necesario es limitarse a un curioso ejercicio de aceptación.
Si uno se empeña en modificar lo que debiera aceptar, y en aceptar lo que debiera modificar, su vida será un completo desastre.
Si no se comete tan primitivo error, la vida será un desastre. También. Pero existen altas chances de estar un poco más cómodo, no me atrevería a utilizar el término ‘relajado’.

Un café

Cuando llega el calor, concurro a un parque, los domingos por la mañana, con el único objetivo de observar a las chicas que andan en bicicleta. Veo dientes apretados, empeño, dedicación, exigencia del propio cuerpo más allá de cualquier criterio de racionalidad, sudor.
Me gusta verlas; es la energía, la alegría, las ganas.
No puedo evitar pensar que si a cualquiera de estas amazonas se les solicitara, por ejemplo, que preparen un café, en el marco de una escena doméstica más o menos tradicional, se fastidiarían lo indecible.
La energía mal canalizada, la energía fuera de foco, es una de las cosas que pueden hacerme llorar.

10.5.06

Frutos secos

He estado comiendo frutos secos todas las mañanas, en el desayuno. Nueces, almendras, bellotas, avellanas, y hasta maníes. Me han dicho que los frutos secos tienen un alto contenido en fósforo. Y el fósforo es de vital importancia para la actividad cerebral.
Pasado un mes, mi actividad cerebral continúa con su embotamiento acostumbrado. No consigo percibir cambios sustantivos en mi caudal de ideas. Sin embargo, mis erecciones han mejorado de manera sensible, tanto en calidad como en cantidad. La potencia de mi eyaculación se ha vuelto inusitada.
No dejo que el estado actual de situación me sorprenda ni me intimide.
Uno se pasa la vida buscando algunas cosas. Y hallando otras.

Métodos no tradicionales para detener a un elefante adulto lanzado en velocidad

Bajo a correr al parque, con el objetivo de moverme. Cuando uno tiene dudas sobre su propia existencia, una de las cosas más recomendables es moverse.
En el parque hay puestos, donde algunos individuos se dedican a vender chucherías sin importancia, muñequitos de plástico, zapatos usados, ceniceros, candelabros, collares, esas cosas.
A mi paso, un sujeto se dedica a acomodar su puesto, bajo la atenta mirada de otro sujeto. De alguna forma, son socios. Uno acomoda y vuelve a acomodar artículos sin importancia, para lograr una mejor exhibición de los mismos, mientras el otro toma mate.
Es entonces cuando tiene lugar el diálogo que detallo a continuación.
El sujeto que acomoda las cosas, en adelante, es el sujeto 1. El sujeto que toma mate, es el sujeto 2.

Sujeto 1: Ya está. Listo. Terminé.
Sujeto 2: No. Todavía no terminaste.
Sujeto 1, algo desconcertado: ¿Cómo que no? ¿Qué falta?
Sujeto 2: Todavía no acomodaste tu dolor.

Quien esto escribe, en adelante ‘yo’, se detuvo. Dejó de correr.

7.5.06

Curso de oratoria

Desde que no tengo nada para decir, empleo un tono mucho más solemne.

La frase

En las películas de cowboys nunca ganan los indios.
No consigo recordar si la frase es de mi autoría, si la decía un personaje en una película, o si la escuché hace algunos años en medio de una conversación.
Sé que la frase me parece importante, aunque desconozco su utilidad específica.

6.5.06

Llorar

Dice la frase, tanto en lengua inglesa como castiza, que no se debe llorar sobre la leche derramada.
Pero yo me pregunto porqué no. Que limpie otro.

Deportes

El deporte denominado ‘fútbol’, consiste, para resumir y no extenderme en las explicaciones, en once jugadores por bando. Hay dos arcos, uno en cada extremo longitudinal del campo. Hay una pelota, un balón. El objetivo del juego consiste, para cada equipo, en introducir el balón en el arco contrario. La tarea, que exige importantes dosis de coordinación y energía, debe ser llevada a cabo, principalmente, con los pies. Dicho de otra forma, no se puede transportar la pelota con la mano. Se puede emplear los pies, principalmente como dije, y la cabeza. Pero no las manos.
Hay una función específica que cumple un jugador de cada equipo, denominado ‘arquero’, y que consiste más que el resto de sus compañeros en defender, custodiar, el arco propio. Ese jugador puede usar las manos, y los ya mencionados pies, con los citados fines de proteger su valla, su arco.
Cuando un equipo logra introducir la pelota en el arco contrario por el procedimiento descripto, tal evento se denomina ‘gol’, y es un punto, un tanto.
Cuando el juego termina, por lo general al cabo de noventa minutos divididos en dos tiempos de cuarenta y cinco, el equipo que ha marcado más tantos es el que resulta vencedor.

Comer un sándwich de mortadela requiere por lo general de una bocha de mortadela de cuatrocientos gramos, ésa es su unidad de medida. Deben cortarse rebanadas de mortadela más bien gruesas (un centímetro de espesor). Hacen falta dos rebanadas de pan negro por cada sándwich. El pan debe ser untado, en una de sus caras, con una generosa dosis de manteca. Se coloca entonces las rodajas de mortadela sobre la capa del pan untado con manteca. Se usa la otra rebanada de pan para cubrir la mortadela.
Para comer el sándwich, se deben utilizar ambas manos.

Lo que se desea dejar en evidencia, es que uno puede hallar virtudes, destrezas y alto contenido lúdico en las más diversas prácticas.

3.5.06

Arte de magia, o una clase de magia, o magia

Los turistas, en su amplia mayoría, suelen mostrarse, por decirlo de alguna forma, en un estado de ánimo ‘expansivo’. Se los oye gritar, se los oye reír. Usan gorros, usan prendas de vestir multicolores. Todo parece generar en ellos una sorpresa grata, una sana alegría.
Una vez devueltos a su lugar de origen, todas y cada una de las cualidades mencionadas desaparecen de inmediato, casi como por arte de magia.
El sujeto en cuestión vuelve a ser lo que es, recupera su acostumbrado, y porqué no anodino, gris.
‘Quedan las fotos’, dirá cualquiera de ellos, ‘quedan las fotos que prueban lo que vi, lo que hice’.
‘Quedan las fotos’, digo yo también. Y no diré nada más.

10%

Escribo un poema por año, durante diez años. Y creo, sin pecar de soberbio, que hay algo bueno en mí. Pongamos un diez por ciento. De esta forma, al cabo de diez años, podríamos estar casi seguros que habré escrito un poema digno.
Dichoso con lo creado, decido insistir, decido repetir el procedimiento, por otros diez años más. Y obtengo otro poema. Ahora son dos poemas.
Con la mezcla de lucidez y reflexividad que suele otorgar la edad adulta, y tal vez los prolegómenos de la vejez, vuelvo a practicar. Diez años más. Un poema más.
Mientras vos vivías tu vida, yo he escrito tres poemas. Son para vos; te los dejo arriba de la mesa.

29.4.06

Escrito en la naturaleza

En el canal de televisión de la National Geographic muestran un documental sobre hipopótamos. Esto capta mi atención de inmediato, ya que jamás, que yo recuerde, he tenido la oportunidad de conversar con un hipopótamo.
La parte que me sorprende es que los hipopótamos conviven con los cocodrilos en el mismo río. Desconozco los motivos específicos, pero los cocodrilos no se meten con los hipopótamos. Los cocodrilos lo saben; los hipopótamos lo saben. Está escrito en la naturaleza.
Tal es así que en determinado momento del documental, un hipopótamo se acerca a un cocodrilo por detrás, y lo mordisquea, lo empuja, para obligarlo a soltar una parte de la cebra que el cocodrilo está comiendo.
El cocodrilo, obligado por las circunstancias, se limita a compartir parte de su presa.
El documental sigue por horas; me duermo antes. Lo que me preocupa es que el documental ha generado en mí un mayor interés que las últimas cinco películas de W. Allen que fui a ver al cine.

Seminario sobre técnicas de negociación para ejecutivos de grandes empresas

Cuando se tiene una mascota, más precisamente un perro, la utilización de una correa para portar al animal me parece algo inapropiado, improcedente y de pésimo gusto.
Despojado del artilugio el animal se verá en ejercicio de la potestad de acompañar al humano en cuestión, o de abandonarlo si ésa es su voluntad.
Como arma de negociación, en lugar de correa, se le puede mencionar al animal que en caso de seguir su propio camino, se procederá a cancelarle la extensión de la tarjeta de crédito.

26.4.06

Yo creo

Creo que el aburrimiento mata más gente que los accidentes de tránsito, aunque me cueste dilucidar alguna utilidad en dicha afirmación.

Mientras vos salvás al mundo

Ella sufre lo indecible el hambre en Etiopía, pero no es capaz de ceder a un ínfimo requerimiento de naturaleza íntima. Algo que hace a una relación sexual entre dos adultos, y algo que, en tanto el requerimiento es de mi autoría, preferiría no mencionar.
Se me ocurre pensar que la gente que elige preocupaciones grandilocuentes lo hace para no tener que involucrarse en cosas que, bueno, en cosas que prefiero no detallar.

22.4.06

Ránking de tragedias

Cuando ocurre una catástrofe natural, cuando hay una tragedia, cuando hay un terremoto, cuando cae un avión, cuando chocan los trenes, la pregunta es siempre la misma. ¿Por qué?
Idéntico cuestionamiento me ha visitado con la caída del cabello, sepan disculpar.

La importancia de haber sufrido

Cada vez que puedo, no dejo pasar la oportunidad de mencionar todo el sufrimiento que experimenté siendo niño. La frase, invariable y utilizable en cualquier contexto es: ‘sabés lo que sufrí yo de pibe’.
A decir verdad, cuando pienso en el asunto, no consigo recordar peculiaridades ni detalles del sufrimiento mencionado. Esto me hace pensar, la ausencia de especificidades, que tal vez el sufrimiento no haya existido.
Pero invariablemente la frase en cuestión tiene un efecto beatificador en el interlocutor de turno. Particularmente, cuando el interlocutor es del sexo femenino.
Ante la mención de mi sufrimiento pretérito, el interlocutor, en adelante ‘la interlocutora’, se muestra más permeable a escuchar mis argumentaciones. Muestra una mejor predisposición hacia mi persona. Y hasta puede manifestar deseos de coger.

19.4.06

Cuando uno ingresa a un hospital

Cuando uno ingresa a un hospital descubre que todo aquello que suceda fuera del hospital, carece de importancia dentro del hospital.
Cuando uno ingresa a un hospital tiene la facultad de percibir que aquello que uno podría considerar su propia vida, no es más que una maquinaria defectuosa, no es más que mercancía de dudosa utilidad.
Cuando uno ingresa a un hospital tiene la espléndida oportunidad de entender lo que debe sentir una vaquillona antes de transformarse en media res, o una prostituta que viaja en subterráneo, rumbo a su jornada de trabajo.

Una reacción fisiológica

Me explican con claridad soberana, que el sentido del humor puede ser, ni más ni menos, una reacción fisiológica contra la frustración, una reacción fisiológica contra el miedo.
Comulgo con el argumento de inmediato. Es la primera vez que lo escucho. A decir verdad, lo desconocía, y jamás se me hubiera ocurrido.
Eso quiere decir, entonces, que cada vez que he apelado al sentido del humor en los últimos años, bueno. No sé de qué se ríen.