18.4.16

Muñeco vudú


Gran parte de la vida es un lugar que, si tenés suerte, no está plagado de excesivas tragedias. Los golpes de efecto suelen reservarse para el cinematográfico ámbito, de eso suelen tratar las películas. La realidad suele ser infinitamente más mediocre.
Uno aprende, el mero discurrir del tiempo te obliga a aprender, a deambular esa infinita meseta que parece no conducir a ninguna parte, como si miraras por la ventanilla y no pararas de ver el mismo aburrido paisaje. Árido, por cierto. Gamas de gris.
Gustavo tenía la sensación que no le pasaba nada. En general, en la vida.
No se había casado pero vivía con Viviana, desde hacía nueve años. Tenían un precioso hijo que se llamaba Enrique. Tenían un perro, también, un incansable labrador que se llamaba Max. Tenía un local de venta de artículos de limpieza por Villa Urquiza, no, no Max, Gustavo. Siempre había querido no tener que depender de nadie, ser su propio jefe. El negocio era pequeño y daba dolores de cabeza, la inflación, la inseguridad. Pero tenían un buen pasar, podía cambiar el auto cada tres o cuatro años, veraneaba en Playa del Carmen, en Buzios.
Con Viviana no estaban en su mejor momento, ¿pero quién podía decir que estuviera con su pareja en el mejor momento? El mejor momento con cualquiera era cuando se conocían, los primeros tres meses, seis meses máximo si vos querés. Después venía la convivencia, el día a día que te va mordisqueando los talones como un aplicado perro salchicha, la rutina. Lo importante era que habían construido un sólido vínculo. Era una buena mujer junto a la cual envejecer. Se querían.
Se empezó a sentir mal, Gustavo. Nada específico, dolores. Un día se levantó a la mañana y le dolía muchísimo la planta del pie derecho. Casi no podía pisar del dolor. Trató de disimular, pero anduvo dando saltitos, rengueando todo el día. Otro día se quedó duro de la espalda, el cuello, no podía girar la cabeza para el costado, ni un poquito, y el dolor le nublaba la vista. Otro día la cintura, se tenía que sostener la cintura con ambas manos para sentarse, como si fuera un anciano. No recordaba haber tenido un dolor de cintura así ni cuando había jugado al rugby de adolescente.
Otro día fue un huevo. Sintió el huevo punzando, latidos. Quizás había hecho un mal movimiento mientras dormía y se lo había apretado. Quizás había hecho algún esfuerzo acomodando la mercadería en el local y se había herniado. Todo muy raro, impensado, y al mismo tiempo. Como decían los americanos: when it rains, it pours. Malas noticias.
Viviana andaba metida en sus quilombos, más distante que nunca. Se quejaba que Enrique andaba con problemas de conducta en el colegio. Y su hermana, siempre su hermana. Vivía en Mar del Plata y tenía que terminar de vender un departamento de la mamá que había fallecido hacía más de un año.
Le dijo, Viviana, que su hermana le había contado que tenían un comprador en firme. Se iba a Mar del Plata por el fin de semana. Se llevaba a Enrique para que saliera de la ciudad, para que se despejara un poco. Firmaba la venta del departamento, arreglaba números con su hermana, y se volvían. Cuatro, como mucho, cinco días.
Se despertó solo, Gustavo, el sábado a la mañana. Temeroso de ver qué le dolía. Tenía que ir a abrir el negocio, pero sólo medio día. Pensó que podía ir a desayunar a un lugar lindo, tratar de relajarse. Debía estar estresado, era esa la causa de todo. Había que bajar un cambio, disfrutar un poco más de la vida.
Se le dio por ordenar un poco antes de salir. Era temprano, había tiempo. Hizo algo de limpieza, lavó los platos que había ensuciado durante la cena. Debía mantener un mínimo orden para que la casa no se le cayera encima.
Ordenó todo, hasta barrió. Y entonces abrió un cajón, un cajón de Viviana, donde guardaba los camisones, la ropa interior. Había corpiños, había bombachas, le pareció que algo estaba mal doblado, algo hacía un poco de bulto. Revisó, metió la mano.
Había un muñeco, un muñeco no muy grande como de trapo, con forma humana. El muñeco era color chocolate y tenía la cara dibujada con pedacitos de tela también, cuadraditos rojos para los ojos, la boca un rectángulo amarillo.
Tenía un nombre, el muñeco, decía Gustavo. Escrito con un marcador negro a la altura del torso. Y tenía alfileres también. Clavados, varios alfileres clavados. Uno en la planta de uno de los pies, otro en el cuello, un par en la cintura.
Viviana lo estaba matando de a poco. Pero por qué. ¿Tanto lo odiaba, o había otro hombre? ¿Por qué no se iba?
La noticia, descubrir lo que había estado sucediendo, lo dejó aturdido. Trabajaba, había tenido un hijo, dormía todas las noches con una mujer que le deseaba el mal. Todo lo que había estado haciendo estos últimos años, para nada. Tenía esa sensación que a veces se tiene en sueños, sintió que se caía.
Fue al comedor, Gustavo, con el muñeco. Se sentó en el sillón. Agarró un alfiler y buscó el punto exacto. Atravesó el muñeco, de lado a lado, en el lugar donde debía estar el corazón.
Cerró los ojos, esperó.

12.4.16

Wanchankein


A veces voy a un sanatorio, a un hospital. Voy a la sala de espera de terapia intensiva. Espero que salga un médico de lentes y cara de cansado. Escucho el parte del día de algún paciente, alguien a quien no conozco desde ya.
A veces voy a una escuela primaria, a la mañana, bien temprano. Me paro en la puerta, como si mi pequeña hija hubiera entrado recién al cole y a mí me hubiera agarrado una preocupación venida de quién sabe dónde, una angustia por el futuro de la hija que no tengo. La situación económica, qué país les vamos a dejar, la inseguridad.
La gente suele mirar televisión o leen revistas tratando de enterarse cómo es la vida de los famosos, con quién salen, adónde van de vacaciones, qué lugares eligen para cenar. A mí cada tanto me da curiosidad qué se siente, cómo sería ser una persona normal.

6.4.16

Rumba, salsa, mambo


Es ridículo, lo sé, y me avergüenzo. Pero llega un momento en que a uno le han sucedido tantas cosas que lo avergüenzan que, bueno, la vergüenza pasa a ser parte del paisaje. Una segunda piel.
Quería coger, andaba todo el tiempo con ganas de coger, no podía pensar en otra cosa. Y las ganas de coger suelen funcionar como una peste, una pus. Más ganas tenés de coger, más las mujeres perciben que tenés ganas de coger, y se apartan. No sé, pareciera que huyen de la necesidad, de tu necesidad, funciona así. Cada tanto me pasaba que no tenía ganas de coger, no tenía apetito, andaba preocupado, con mil quilombos en la cabeza, y las minas se me regalaban. Me decían ‘dale, por favor, no seas malo. Un ratito nomás, qué te cuesta’.
–Vamos a bailar salsa –me dijo mi amigo G.
–¿Eh? –Lo miré feo. Estábamos comiendo una pizza en Nápoles. Domingo a la noche. Cargando fuerzas para enfrentar la semana. Fugazzeta, una caricia de los dioses, una limosna del cielo para los desposeídos de esta tierra. Fugazzeta que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
–No, ya sé –Me explicó G. No le importaba un pomo la salsa, ni la rumba, ni la cumbia. A quién carajo podía importarle la salsa, es como si te importara el reggae dos cuadras afuera de Jamaica. Pero, me explicó G. que los viernes a la noche iba a bailar a un local que estaba sobre la calle Sarmiento, por Congreso. ¡Y cogía!
No había ni que bailar, apenas. Moverse un poquito. Y estaba lleno de mujeres. Veteranas principalmente, que iban a buscar frotarse contra la entrepierna de algún mulato. Negros, eran los negros los reyes del lugar. Senegaleses casi azules con sus porongas como brazos de niños pequeños y dientes como para iluminar un estadio de fútbol, sus atléticos cuerpos vestidos con chillones colores.
Las mujeres morían por ser apretadas por esos semianalfabetos que eran pura proteína y tenían la fuerza para treparse a los árboles y cogerlas, arriba de los árboles, y después tirarlas desde ahí arriba. El asunto era que la música, el frotarse, y la caipirinha de horrorosa calidad, hacían que uno pudiera coger algo también. Alguna trastornada sedienta de pito, una mujer en proceso de aporcinamiento, alguna tullida.
–Vamos una vez –me dijo G. –No perdés nada. No lo vas a poder creer.
Me tomé media botella de whisky y allá fuimos. Viernes, dos de la mañana. Diciembre en Buenos Aires, un calor del carajo. Con el calor salen los bichos, las alimañas, con el calor el fracaso se nota mucho más.
Había olvidado lo que era estar de pie en medio de una multitud y que no fuera el microcentro a las diez de la mañana, o el subte. Miles de personas apretadas, la música mordiéndote los oídos, carcajadas, gritos, olor a marihuana y a sudor rancio. Mujeres con bovinas sonrisas, negros en cueros con esculpidos cuerpos, las ganas de divertirse en medio del naufragio, de aturdirse, sana algarabía.
G. trajo de la barra un par de caipirinhas, y después dos más. Estábamos en un estrecho pasillo al borde de la pista. Un parlante a mi derecha amenazaba con dejarme sordo para siempre. Un gordo con una camisa hawaiana roja con palmeras azules manoseaba contra una columna a una pibita que parecía necesitar urgente un tratamiento de endodoncia. Gente, mucha gente, y la música a tope. A alguno se le caía un vaso al piso, pateaba los vidrios y seguía bailando. Un pelado se reía sin convicción, se reía con una risa que parecía un llanto, una veterana excedida de peso luchaba por seguir fumando una calada más de una tuca que le pinchaba los dedos. Un negro en la pista se puso en cueros, hizo la vertical y siguió así, moviéndose, bailando cabeza abajo. Alegría, la gente gritaba y aplaudía.
De pronto sucedió. Aquella olvidada sensación. Contacto visual. Quizás no, quizás me había parecido, la mezcla del whisky y la caipirinha amenazaba con agujerearme el estómago.
Miré otra vez a escasos tres metros. La chica me miraba. No lo dudé, me acerqué un par de pasos y estiré la mano. Ella avanzó hacia mí.
No sé cómo hice pero bailé, sin gracia, sin ritmo, un movimiento convulsivo, algo epileptoide, como si me hubiera dado una patada algún enchufe. Intentaba lucir despreocupado, solvente, la tomé de la cintura, ella se apretó contra mí y me apoyó su mata de enrulado cabello contra el pecho. Nos separamos, la volví a atraer de un tirón.
Se acercó una amiga. Ella no la dejó ir, ahora bailábamos los tres. Mora, se llamaba la chica, y su amiga no alcancé a escuchar. Tetona, Mora, con un vestido floreado. Su amiga parecía colocada, flaquísima, con calzas y una remera muy corta. Seguíamos bailando. Se puso, Mora, a mis espaldas, y la amiga de frente. Me abrazaban entre las dos, me tenían en el medio y se reían.
Se acercó un muchacho más que las conocía, me abrazó también.
–Seguí bailando –escuché que Mora me hablaba al oído.
Sí, claro que sigo bailando. Siento la música alegrando todo mi ser. Quiero ser feliz, quiero sentir que hay algo para arrancar del árbol de la vida, que Dios no se ha ensañado en particular conmigo, aunque sea un durazno para mí, una palta, un kinoto, pero por sobre todas las cosas quiero coger antes que me exploten los huevos como dos garrafas.
–Ahora dame la billetera –dijo la chica de adelante.
–¿Eh?
–Pasame la billetera, y el teléfono –El muchacho nos abrazaba, sentí algo en la espalda–. O Mora te pega un tiro acá, de una.
Me estaban robando. Me estaban robando. ¡Me estaban robando!
–Pero..
–No seas pelotudo –el pibe me agarró la nuca con una mano, nos miramos a los ojos. Sentía, en la espalda, el caño del revólver. Las chicas pegadas a mí, un feliz tumulto–. Le digo que te mate y nadie se entera.
Seguimos así, apretados. Le pasé al muchacho la billetera, el celular. Me hizo sacar el reloj, y las zapatillas también. Le fue pasando todo a otro más que usaba una gorrita con visera de un equipo de béisbol, me saludó con un beso y se perdió entre la gente.
–Seguí bailando, que bailás muy rico –Mora me clavó el revólver en la espalda, me dio un besito en la oreja–. Eso, bailando, todos bailando.
De pronto me dieron un empujón que me hizo caer. Cuando me puse de pie, la gente seguía bailando a mi alrededor. Una parejita me miraba. Empezó justo un show en el escenario y corrieron todos en la misma dirección. Busqué a G. entre la gente, pero no estaba.
En la puerta uno de seguridad se apiadó de mí. Me prestó plata para el colectivo y un par de ojotas para que no me fuera descalzo. Me habían robado las llaves, también, así que tenía que hacer tiempo para ir a pedirle un juego a mi hermana sin matarla de un susto. Debían ser las cinco de la mañana, doblé por Callao.

30.3.16

El ejercicio de la voluntad


Voy cambiando cada tanto de bares. Para desayunar. Necesito, sí o sí, sentarme en un bar antes de ir al centro. Mirar por la ventana, tomar un café. Menos de media hora, hay gente que va a correr, no sé. Me mantiene vivo, es parte de mi estructura.
Y cada tanto cambio de bar. O porque quedé rodeado de diecinueve madres que acaban de dejar a sus pequeños hijos en el colegio y necesitan hablar, a los gritos, estupideces. O porque siempre llega alguien y se me sienta de frente, como si nos fuéramos a mirar a los ojos de mesa a mesa. O porque hay un muchacho que intenta, mientras desayuna, meterle tres o cuatro dedos en la concha a su novia que tiene un jean demasiado ajustado y se contorsiona, se mueve, intentando hacerle a su novio, a los dedos de su novio, lugar.
En fin, desde hace un tiempo estoy en un bar bastante viejo sobre la calle C., que sólo pone pop latino por los parlantes a trescientos veinticuatro mil quinientos setenta y tres amperes, mientras desde la cocina te dejan como si te hubieras sumergido en un fuentón de ravioles a la boloñesa para nadar un par de largos. Menores incomodidades, ínfimos incordios que no me impiden llevar a cabo mi para nada pretenciosa rutina.
Pido un café y una medialuna.
Espero, miro por la ventana, pero no miro. Se trata de estar ahí, ser pura presencia, sin pensamientos. Si pensara por un instante apenas en cómo estoy, qué ha sucedido con mi vida, bueno. No tendría más remedio que matarme.
Acá viene lo interesante, lo particular. Apenas pruebo el café, un sorbo, y dejo la medialuna sin tocar, sin morder. Ahí, sobre el pequeño plato.
Llamo a la moza, pregunto cuánto es. Pago, dejo propina, saludo. Me voy.
Eso es todo, eso es lo que hago, tres veces por semana, mínimo.
–¿Te puedo preguntar algo? –Me dijo la moza, que tiene el cabello teñido de un amarillo potente y oscuro.
–Sí, cómo no. –Dije.
–Veo que casi no tomás el café ni comés la medialuna. La pedís pero no la tocás, me di cuenta –señala, apenas, la medialuna, con el mentón.
–Mirá –le dije–. Tiene una explicación. Es un ejercicio, un ejercicio de la voluntad. Me contaron una vez que durante el gobierno del Carlos había un ministro al que le gustaba el helado, el helado de una marca en particular. Y le gustaba, al ministro, en particular un gusto, un sabor. Lo que hacía el hombre era pedir, mandarse traer a la oficina un kilo de helado de esa marca, de ese sabor. Y entonces abría el pote del helado, se servía una generosa porción en una gran copa de cristal. Y lo miraba, lo miraba derretirse. Se quedaba con el helado ahí, sin probarlo siquiera. Llevando de ese modo su capacidad de concentración, de voluntad, a insospechados límites.
–La verdad que no entiendo –dijo la chica–. Si quería hacer dieta, no sé, podía ir a trotar. O ir a un gimnasio.
–Bueno, tenés razón, probemos otra cosa –la miré–. Hace más o menos tres meses que te pido un café y una medialuna de grasa, y vos me traés un cortado y una medialuna de manteca, siempre. Quizás tu mamá fumaba paco durante el embarazo o tus papis son parientes. Estaba esperando a ver cuánto tardabas en darte cuenta, tampoco es tu culpa.

24.3.16

Información confidencial


Existen dos clases de mujeres. Las que hacen ruido con los zapatos cuando caminan, las que taconean. Y las que no.
La mujer que taconea, la mujer que hace ruido con los zapatos cuando camina, es una mujer que está segura de sí misma, está segura de su belleza, lo que viene a significar más o menos lo mismo. Sabe, la mujer, que es bella, que los hombres la miran cuando pasa, justamente, caminando. Le miran las tetas, le miran el culo. La mujer sabe que es deseada y por lo tanto, termina convencida que su precario paso por la tierra está plagado de algún sentido.
Cree, la mujer, que merece algo aunque no sabe muy bien qué, le corresponde algo por el solo hecho de existir. Es arrogante, pretenciosa, un repugnante ser sin mayores inquietudes que pintarse las uñas o mirarse al espejo. A lo sumo un poco de yoga, algún cursito de fotografía.
La mujer que no hace ruido con los zapatos cuando camina es una mujer que se sabe fea desde muchísimo tiempo atrás, desde siempre. No tiene por qué ser cierto, quizás tiene una cicatriz en un brazo, una quemadura, un casi imperceptible atisbo de labio leporino. O alguna desgracia, de muy pequeña casi se ahoga durante unas vacaciones en San Bernardo, o la manoseó de inapropiada manera un rústico primo. La mujer que no taconea con los zapatos anda por la vida como disculpándose, como pidiendo permiso. Es amable, sumisa, tiene sentido del humor. Ha ido desarrollando alguna suerte de atributos que le permitan, de algún modo, embellecerse. Sentir que también tiene derecho a ser feliz, merecer una propina del bendito árbol de la vida.
De más está decir, entonces, que a la hora de buscar una compañera, si elegís una mujer que hace ruido con los zapatos cuando camina, tu vida será un infierno. Esa mujer irá siempre por la vida creyendo que está para más, que vos sos apenas una suerte de incordio, una contrariedad que debe soportar en medio de su fantástico destino que la aguarda a la vuelta de cualquier esquina. Esa mujer se sentirá mejor y mejor a medida que vos te vayas desmoronando de centrípeta manera. Se alimentará de tu energía mientras te transforma, a vos, en parte de su mala suerte. Te secará el alma, es un vampiro.
Si elegís a una mujer que no hace ruido con los zapatos cuando camina, si elegís a una mujer que no taconea, entonces todo irá muy bien. Sentirás que hay alguien que te quiere y de algún modo te cuida, alguien que comparte y confía. Esa mujer sentirá que vos la ayudaste a salir del oscuro pozo en el que estaba sumergida y casi no podrá creer la suerte de haberte conocido. Querrá estar con vos, le gustará como sos, la base misma de su ser será el proyecto compartido.
Hasta que un día cualquiera, como un rayo que cruza el cielo más negro de una noche mar afuera, la vas a escuchar taconear por el pasillo.

18.3.16

Sobre continuar, sobre seguir


Si alguna vez fuiste a coger con una prostituta, debiste notar algo. Aunque quizás no, quizás no notaste nada de la calentura que tenías. Está bien, no pasa nada. Para eso estoy yo, para explicarlo.
La prostituta, pongamos que es más o menos joven, más o menos bella. Eso es lo que fuiste a buscar, de eso, justamente, se trata. La prostituta está cansada, claro, y puede estar de peor o mejor humor de acuerdo a tu cara, a la hora del día, al dinero que le hayas ofrecido.
Pero no es eso de lo que estoy hablando.
Hay algo más, más profundo, algo que incluso vos debieras ser capaz de notar. Te tendrías que dar cuenta al tacto.
Hay algo, una dureza particular en la piel. Insisto porque está claro que no entendés, no me refiero a la tonicidad muscular, quizás el culo o las piernas son mejores que la flacidez a la que estás acostumbrado. Pero yo te hablo de la piel. La piel de alguna parte, de un muslo o de un brazo, del culo y de las tetas desde ya. Tiene algo, la piel, y el término es una ‘dureza’ particular.
Se trata que la mujer, lo exige su profesión, debe dejarse manosear. La prostituta puede no excitarse desde ya, no tener nada parecido a un orgasmo si así no lo desea, puede no darte ni siquiera un beso porque esas son las reglas que protegen, por decirlo de algún modo, su intimidad. Para una prostituta es infinitamente más íntimo un beso en la boca que una penetración anal.
Pero. La prostituta debe dejarse tocar. Su cuerpo es la mercancía, aquello que fuiste, en medio de tu aturdida desesperación, a buscar. Y entonces, el cuerpo de la prostituta genera una reacción, producto del rechazo que le provoca ser tocada, tantas veces. Así como los insectos, algunos insectos, vienen diseñados con una suerte de caparazón hecho de una sustancia llamada queratina. Eso es lo que le permite, en la curiosa comparación que estoy haciendo, al insecto, funcionar.
No tiene nada que ver con la voluntad. Es su cuerpo, el cuerpo de la prostituta, que desarrolla la sustancia. A su manera se defiende. No es algo elaborado de manera consciente, ni parte de su personalidad. Podríamos decir que se trata de una fisiológica reacción. Lo que le permite continuar.
Si querés otro ejemplo, si no entendiste un pomo de lo que acabo de explicarte. Podría decirte que mires a un animal en el zoológico. Su cuerpo, en este caso, se ablanda. Después de un par de años de cautiverio, de descubrir que no tiene hipótesis de conflicto con otros animales y que le traen la comida una o dos veces por día, bueno. Todo su cuerpo cede, pierde cualquier vestigio de tensión que le sería esencial para mantenerse con vida en la selva. Se apaga su mirada, se afofa su ser.
Ahora, en mi caso particular, me pasa algo de lo más extraño. Porque después de diez años de oficina en el microcentro, lo que sucede es tan característico como particular. Desarrollás, al mismo tiempo, la dureza en la piel de una prostituta, y la blandura de un animal en el zoológico. Te volvés un repugnante ser, no servís más.

12.3.16

Dios estuvo siempre


Habían operado a mi madre, nada serio, la vesícula. En el San Camilo, no sé por qué, tampoco tenía objeciones sobre tal o cual hospital. Los hospitales tenían ese olor tan particular, tan característico, el olor de las malas noticias. La prepaga de mi madre había decidido que fuera allí.
​La operaron el viernes, era sábado a la mañana. Acababa de hacer los trámites para que la dejaran salir. Mi madre estaba en el cuarto, esperando que el cirujano que la había operado pasara a saludarla, le diera las últimas indicaciones. Yo había aprovechado para bajar a fumar un cigarrillo. Me picaban los ojos, debían ser esas semillas que caían de los árboles en otoño. O conjuntivitis.
​Subí. Iba a entrar al cuarto, pero me senté por un momento en la sala de espera, a chequear un par de mensajes que había recibido en el celular.
​Se me sentó una monja, una pequeña monja, como un duende salido de quién sabe dónde. Diminuta, con la piel excesivamente pálida. Se sentó, decía, a mi lado, con las piernas muy juntas y la mirada fija en el piso. Me dio una mano, aunque no fue ese el gesto, no fue técnicamente así. En realidad tomó una mano, una de mis manos, entre las suyas.
​–Tiene que ser fuerte –dijo–. Estos son los momentos donde Dios nos da la fortaleza para seguir adelante.
​No dije nada, asentí, apenas.
​–Porque no importa lo desgraciados que nos sintamos en determinado momento –siguió–. A veces nos parece que todo está plagado de una brutal falta de sentido, nos sentimos desolados, vacíos, como si tuviéramos que atravesar un desierto. Pero después las cosas se aclaran, vemos que todo es parte de un plan superior y que no fuimos abandonados a nuestra suerte. Porque Dios está ahí. Dios estuvo siempre.
​–Sí –dije.
​–¡Dios está acá! –me apretó, la monja, con sus dos manos, mi mano. Y la sacudió como si estuviera preparando un cóctel, como si estuviera por lanzar los dados de un cubilete– ¡Dios no nos abandona nunca!
​–No –dije.
​–Por cada paso que des hacia Dios, Dios va a dar tres –se le afinó la voz, a la monja, visiblemente conmovida–. Por cada paso que des hacia Dios, Dios va a dar diez.
​Me transpiraba la mano, me picaban los ojos.
​Entonces apareció otra monja. Se abrió la puerta del ascensor y apareció otra monja. Usaba lentes, y era más robusta. Una mujer mayor.
​–¿Dónde estabas? –Le hablaba a la monja que me tenía la mano–. Te dije tercer piso. Este es el segundo.
​–Pero –me miró, la monja, la monja 1 podríamos decir, me soltó la mano–, ¿usted acaba de perder a un hijo en un accidente de tránsito?
​–No –guardé mi celular en un bolsillo de la campera–. Yo vine a acompañar a mi mamá, la operaron de la vesícula.
​–Bueno –se puso de pie, la monjita. No había mucha diferencia, parada o sentada medía prácticamente lo mismo, era una cosa curiosa–. Igual todo lo que dije se aplica. Todo lo que dije es válido.
​–Por supuesto.
​Se fueron, las dos monjas. Por las escaleras, no esperaron el ascensor.

6.3.16

La revolución de la física cuántica


A ver, esto es difícil de explicar. Porque es preciso entender, de algún modo, la diferencia entre la física clásica y la física cuántica. Sin ser físico, claro.
​Lo mejor va a ser un experimento, para la explicación. No te quiero aburrir.
​El experimento es más o menos así. Hacé de cuenta que hay una caja, y en la caja meten un gato. La caja tiene un botón, afuera. Si apretás el botón, la caja, la mitad de las veces, larga un veneno, un veneno tremendo que mata al gato. Y la otra mitad de las veces, no. No larga nada.
​Listo, eso es todo lo que hace la caja. Meten al gato, y está el botón, y lo aprietan una vez. La mitad de las veces, al azar, random, la caja larga el veneno. La mitad de las veces no.
​Ahora, para la física clásica, existe un 50% de probabilidades que cuando abran la caja, el gato esté muerto. Y un 50% de probabilidad que el gato esté vivo.
​Pero para la física cuántica no. Para la física cuántica el gato está vivo y muerto, al mismo tiempo. Hasta que no intervenga el punto de vista que hace colapsar lo que denominan ‘la función de onda’, los dos resultados coexisten. La partícula es y no es, el gato está vivo y muerto. Ahí tenés, la revolución de la física cuántica.
​Por eso lo mejor va a ser que nos quedemos así, acostados con la luz apagada. Debo haberte echado el primer polvo no sé, hará diez minutos. Mientras no nos movamos, mientras no miremos, bueno. Se puede repetir, existe la posibilidad.

29.2.16

Necesito que me pasen otras cosas


Volví a casa, cansado, vencido. Sabía lo que se me venía. Si estás casado, si estás casado y tenés una amante, lo normal es que en algún momento te descubran. Porque sí, porque además de tu mujer y tu amante tenés que seguir viviendo, ir a trabajar, ir a jugar al fútbol una vez por semana con tus amigos, pagar el gas, lavarte los dientes. Son demasiados platitos en el aire y uno no es un avezado malabarista, una apenas hace lo que puede. Se termina yendo todo a la mismísima mierda sin atenuantes.
Te descubren, eso quería decir. Te descubre tu mujer, porque vive con vos y te conoce más que nadie. Un cambio de tono en tu voz ante un llamado telefónico a una hora inusual, un mail borrado pero no eliminado de la papelera, una superior ausencia de apetito sexual (de tu parte) y el verso de siempre, las preocupaciones por el futuro, por el dinero que nunca alcanza. Te ponés irritable, te molesta cualquier boludez más que de costumbre.
Pero nada de eso me pasó a mí. Peor, más absurdo, más ridículo. Fui a coger con Tamara, como todos los jueves. Mi ‘partido de fútbol’.
–Hablé con Cecilia –me dijo cuando salió de la ducha.
–¿Eh? –me pareció que había escuchado mal por la televisión, y porque estaba a punto de quedarme dormido.
–La llamé a tu mujer –Tamara se terminó de secar el cabello y comenzó a vestirse–. Vos me dijiste que la ibas a dejar, hace como un año que me decís lo mismo. Te dije que la iba a llamar y la llamé. Le conté todo. Ahora si no me querés ver más bueno, problema tuyo.

Volví a casa. Dejé el auto en el garaje, prendí un cigarrillo. Tardé como diez minutos en caminar las dos cuadras. El bolsito me pesaba mil kilos.
Llamé al ascensor. Subí. Abrí la puerta.
–Juan –se asomó, Cecilia, y se quedó con los brazos cruzados, debajo del marco de la puerta de la cocina–. Te quiero decir algo.
Dejé caer el bolso al piso, tiré con todo. Sí, qué querés, tengo una amante. Vos no entendés, no podés entender cómo le rompe las pelotas a un hombre la rutina. Ir a trabajar todos los días al mismo trabajo de mierda rodeado de pelotudos que lo único que quieren es hablar de fútbol mientras esperan un ascenso que no va a llegar nunca. Y después volver a casa y vos esperando, esperando para quejarte, para quejarte de cualquier cosa, del precio de las naranjas, del clima, del hambre en Etiopía. Y ponés esa carita, esa carita de desagrado, y lo único que querés es darme de comer lo más rápido posible para poder seguir viendo la tele. Y de coger ni hablar, claro, ya no te interesa, a quién le interesa coger después de tener dos hijos. Coger es un trámite, algo que hay que hacer una vez por semana, los domingos, como quien verifica que el piloto del calefón esté encendido para bañarse. Nada, ni gritos ni gemidos ni la más mínima iniciativa. Sólo abrís las piernas y esperás, pensás en otra cosa, siete minutos, hasta podés mirar un reloj y todo. Menos del uno por ciento del día.
Pero yo todavía soy joven, Cecilia, soy joven y necesito que me pasen otras cosas. Quiero estar contento, sentir que hay algo para mí también ahí afuera, alguna pequeña fruta para arrancar del árbol de la alegría. Te quiero, Cecilia, sos una buena mujer y te quiero, pero no puedo aceptar que esto sea todo. Que voy a seguir haciendo lo mismo una y otra vez, hasta la muerte. No puedo aceptar que esto sea la vida.
–Está muy bien, Juan, siempre tan ingenioso –dijo Cecilia, apretando muy fuerte un repasador en una mano–. Lo que te iba a decir es que no conseguí agnolottis en la casa de pastas, y entonces compré ravioles. No tuve tiempo de avisarte, yo sé que a vos te encantan los agnolottis. Pero el tipo de ‘La Juvenil’ me dijo que estos ravioles estás buenísimos.
A la semana hablé con Tamara por teléfono y me contó que no le había dicho nada a mi mujer. Me lo había dicho para provocarme, para que reaccionara. Ella no era esa clase de mujeres, qué me creía.

24.2.16

Respuesta técnica


A veces veo, voy al cumpleaños del hijito de algún amigo y veo. A un tipo que canta, que fue contratado para animar la fiesta infantil y canta algunas canciones. Y de pronto hay un movimiento de cabeza, una forma de quitarse el pelo de la frente o de mirar, apenas, para un costado, sin soltar la guitarra, sin dejar de cantar. Te das cuenta que el tipo tuvo una banda de rock, que quiso, con todo su ser, justamente ser Mick Jagger o Pete Townshend.
A veces estoy en una esquina esperando que el semáforo cambie de color para poder cruzar la avenida, y entonces un taxista justo acelera, pasa a un automóvil que se ha detenido en la esquina. Lo pasa y gira y es un movimiento, la forma de girar el volante y pasar el cambio. Te das cuenta que el tipo, algo gordo, con una camisa a cuadros de mangas cortas con las axilas sulfatadas, soñó alguna vez con ser piloto de TC2000. Bajarse del auto y hacer declaraciones a los periodistas, con las chicas embutidas en sus multicolores mallas junto a él.
Podría seguir, claro que podría seguir.
Ahí está, todo lo que alguna vez quisimos ser. Tantos pero tantos sueños rotos. De eso está hecho el asfalto.

18.2.16

En la mía


Andá a una fiambrería, a un supermercado. O andá a un kiosco, lo que te resulte más fácil, más sencillo.
Comprá una gaseosa grande, no, más grande. Una gaseosa de dos litros.
¿Cuál? No entiendo, ¿cuál qué? Ah, cuál gaseosa, sí. No importa, la que encuentres, la que más te guste.
Pagás la gaseosa, es lo usual, lo que se estila.
Ahora salí a la calle, o parate, en la calle, quiero decir, en la vereda.
Abrí la gaseosa.
Levantá la gaseosa con ambas manos, como si fueras, no sé, Kempes en el mundial 78, y la gaseosa fuera la copa del campeonato del mundo, la copa Jules Rimet. Levantá la gaseosa, bien alto.
Hasta acá todo bien, ahora viene lo importante, lo que podríamos denominar ‘la clave’.
Da vuelta la botella. Y tirate la gaseosa, sí, en la cabeza. Si podés mantener los ojos abiertos mejor, mucho mejor, pero si no podés, bueno, cerrá los ojos.
Te cae, la gaseosa, a borbotones. Sobre el pelo, la cara, sobre el torso, por la nuca, pasa a la espalda. Te empapa la ropa, la camisa, los pantalones incluso. Gotea, hace un pequeño charquito a tus pies. Toda la experiencia, vaciarte los dos litros de gaseosa encima, no debería llevarte más de nueve segundos. Once, como mucho.
Te deja hecho un enchastre. Pegoteado, fastidioso, con un generalizado malestar hacia el mundo indiviso, una extraña combinación de estupor y falta de sentido.
Bueno, así me siento yo por lo general. Por eso escribo como escribo.

12.2.16

Algo que me cambió la vida


Fue raro, lo admito. Podés llamarlo casualidad, aunque yo no creo en las casualidades. Tampoco creo en el destino.
A ver. Me mudé, me mudé de departamento. La idea era tomar distancia de Miriam. Vivíamos juntos pero no nos soportábamos. Lo mejor era alejarse.
Aproveché que tenía ahorros, compré un departamento. Quería vivir en un lugar lindo, tratar de estar motivado con algo para no bajonearme.
La habitación que iba a ser mi ‘estudio’. Donde pensaba sentarme a fumar puritos holandeses y a escribir. Donde iba a estar la computadora. La esposa de un amigo que es arquitecta, me dio un consejo.
–No pongas un escritorio, Juan. Poné un tablón –ese fue el consejo. Poner un tablón de una madera buena, de punta a punta del cuarto, amurado a la pared. Sería un gigantesco escritorio donde apoyar cosas, sentirme cómodo. La idea me pareció fantástica.
Pero. Siempre hay un pero. Entre la teoría y la realidad. Las cosas salen mal, las cosas fallan.
Yo estaba yendo y viniendo, peleándome con Miriam, tratando de conservar mi trabajo, que la vida no me pasara por encima. Te la hago corta. Pusieron el tablón para el culo. Veinte centímetros más alto que la altura standard de un escritorio, se te acalambraban los hombros después de escribir media página. El arquitecto era (y creo que sigue siendo) un pelotudo.
Me mudé. Me tenía que mudar y me mudé, claro. Pero el cuarto estaba inutilizable. Todo ese tablón absurdo que sólo servía no sé, para apoyar un pedazo de queso cuartirolo. Ni hablar de sentarse a escribir, probé levantar la silla pero quedaba apoyado en puntas de pies como un maldito suricato. Ridículo.
Sigo. A los dos meses conseguí otro arquitecto, hermano de un amigo. Un pibe que hablaba poco y fumaba en pipa. Arreglamos para sacar el tablón.
Mi temor era tener que volver a romper la pared, hacer moco la pared, que se quejaran los vecinos. Además, en ese cuarto estaba un armario con ropa, y la biblioteca. Mis libros.
Muy correcto el pibe, muy amable.
–No te preocupes, Juan. Yo me encargo –dijo.
La historia parece un poco larga, lo sé. Un poco absurda. No va a ninguna parte. Pero bueno, si estás leyendo es que tampoco tenés demasiado para hacer.
Vino el pibe, un día antes del operativo ‘extracción de tablón’. Acá viene lo importante.
El pibe vino a ‘proteger la zona’. Esa era mi preocupación. Me había mudado hacía pocos meses, no daba más. No quería un solo quilombo más, tenía los nervios destrozados. Sólo seguir viviendo, uno aprende a conformarse. Pulsión de vida.
Tocó timbre el pibe, debían ser las cuatro de la tarde. Trajo dos rollos. Grandes, rollos, ponele, de un metro y medio de altura. Uno era de cartón corrugado. El otro del plástico ese con las burbujitas que se revientan. Ese polietileno que se usa para embalar frágiles objetos. Y trajo cinta de embalaje.
El pibe tapizó el piso del cuarto. Con cartón corrugado primero, con el plástico por encima, después. Grandes trozos pegados con cinta de embalaje. Cubrió la biblioteca y el armario también. Y se fue.
Y justo vino Miriam. Era de noche. Me dijo que estaba cerca, había salido de una clase de gimnasia. Hacía más de un mes que no nos veíamos, quiso pasar a saludar.
Le mostré el departamento, no lo conocía. Le llamó un poco la atención que me hubiera ido a vivir a un barrio más fino. Yo había argumentado durante mucho tiempo, la importancia del sufrimiento para ser escritor. Pero lo cierto era que me la había pasado sufriendo bastante, y lo que había escrito era en líneas generales una cagada. El arte nace del dolor, solía yo decir, estaba seguro, ponía cara de profundo. Pero en mi caso el dolor había venido sin arte. Un dolor que vino mal de fábrica, no sé.
–La gente es una mierda independientemente de su nivel socioeconómico –dije–. Acá por lo menos es más lindo el paisaje.
–¿Se puede pasar? –dijo ante la puerta del cuarto donde estaba el tablón. Asentí.
No sé si justo se agachó, o quizás se tropezó. La besé, la abracé. Nos pusimos a coger, como desesperados, como famélicos animales, ahí, sobre el polietileno ese que se usa para embalar, sobre el cartón corrugado.
Fue, de lejos, el mejor polvo de mi vida. Ella tenía un orgasmo y se reía y se agarraba la cabeza, y me decía ‘no sé qué me pasa’. Y volvía a temblar.
No, no volví con Miriam. De ninguna manera. Era una etapa terminada.
Lo que te quería decir es que ahora dejé un cuarto preparado así, con cartón corrugado en el piso, y arriba ese polietileno con burbujitas. Cuando meto a alguna chica en casa la cojo ahí, sobre el piso.
Quedan fascinadas. Las tengo que sacar a los empujones, se quieren quedar a vivir conmigo.

6.2.16

Y es gratis


Siempre hay revancha, siempre existe una posibilidad. Sólo hay que estar atento y la posibilidad se expresa, eso es lo fantástico de este mundo.
¿Qué te quiero decir? ¿De qué estamos hablando? Ah, sí, me distraje. Disculpame.
Ponele que no pudiste ir a la Sierra Maestra, y combatir junto a Fidel Castro, o con el mítico ‘Che’. Ponele que no habías nacido o estabas poniendo una parrillita por Palermo, no sé.
Ponele que no estuviste en Woodstock, no viste tocar la guitarra a Hendrix, no escuchaste cantar a Janis Joplin como si Dios mismo aullara de la más pura pena. No fumaste porro en medio del barro ni cogiste con cinco o siete californianas divinas antes que se inventara el sida. Ibas al colegio, querías ser perito mercantil. O trabajabas en una escribanía, de secretaria. Estabas pensando si comprarte un perro.
Ponele que no lo conociste a Andy Warhol, ni a Bob Dylan, ni a Carlos Alberto García Moreno cuando era Charly García, ni a Bukowski, ni te inyectaste heroína con William Burroughs, ni estuviste en un recital de AC DC en Australia donde Angus Young se tiró con guitarra y todo encima tuyo, ni te sentaste a tomar whisky con Liam Gallagher en un pub de Manchester a las tres y media de la mañana. No, no te cogiste a Amy Winehouse, ni te cogiste a Halle Berry, ni a Scarlett Johansson, ni a Natalie Portman. No te cogiste, prácticamente, a nadie.
Para resumir, entonces. No estuviste en ninguno de los lugares que hubiera valido la pena estar durante los últimos setenta años, no participaste de ningún evento que tenga rango de memorable, no conociste a ninguna luminaria. No escribiste, no cantaste. No, tampoco pintaste.
Bueno, pero podés, ahora, así como estás, no tener facebook ni twitter. Y volverte una de las personas más originales de este puto planeta. Un ser diferente y único, un verdadero rebelde.

30.1.16

Mariana recuerda


–La vida es un asco –Mariana empujó un poco el plato hacia el centro de la mesa, suspiró. Había comido poco del salmón con espinaca, menos de la mitad. Yo le había entrado a los fusilli con brócoli y ajo como un desesperado.
Me gustaba comer, me gustaba beber, y me gustaba coger. A mí, desde que podía recordar, no sé, desde los quince años. Y a pesar de haberle dado muchas vueltas al asunto a lo largo del tiempo, no había conseguido encontrar muchas más cosas que me gustaran. Quizás leer o escribir, pero no tanto.
Mariana tomó un sorbito de vino, pero ya le había cambiado la cara. Algo en su manera de mirar la realidad, como de perfil, un rictus amargo.
Tenía más de 35 años, ella, edad chiva si las hay para las mujeres. Se dan cuenta que los clásicos trucos de magia dejan de funcionar. La mujer siente que le quitan su principal herramienta de negociación y no encuentra nada para poner en su lugar, con qué llenar ese espacio.
Nos conocíamos hacía unos cuatro o cinco meses. Nos veíamos los viernes. Comíamos en algún bodegón, después cogíamos, después fumábamos un par de cigarrillos viendo cualquier cosa por televisión hasta que uno de los dos se dormía primero. Desayunábamos juntos y nos despedíamos hasta la semana siguiente. Pocas preguntas, para el miércoles ya teníamos otra vez ganas.
Sobre todo después de cenar, sobre todo si llovía, a Mariana se le daba por recordar lo mal que le había ido en la vida. Había tenido que trabajar de prostituta en algún remoto pliegue de su pasado.
–A veces lloro en sueños –Tuvo un repentino ataque de hipo, Mariana, se oprimió el diafragma con un pulgar, como si estuviera pulsando un botón de donde provenía la tristeza, logró dominarlo–. Lloro mucho y me despierto sobresaltada, y sigo llorando. Me acuerdo de todos los tipos con los que cogí, aunque te parezca increíble, se me pasan por la mente los rostros de todos esos tipos con los que tuve que coger por plata. Calculá que tenía que coger por lo menos con tres tipos por día, todos los días. Menos los domingos, claro. Durante unos buenos seis años.
Se sonó los mocos, Mariana. Siguió.
–Si me mostraran los rostros en una fila creo que podría reconocerlos a todos –negó con la cabeza. Se había acercado un mozo para ver si pensábamos pedir postre–. Sueño que me miro la vagina, frente al espejo, sueño que me toco la vagina y descubro que tengo la vagina de papel madera. No, no de papel madera, del material de esas bolsas, algo más rígido. Me paso la mano y me doy cuenta que mi vagina es de cartón corrugado.
–Es fuerte –dije. Algo tenía que decir, mientras me servía lo que quedaba del vino. Ella me estaba mirando con sus fantásticos ojazos color miel.
–Y lloro –dijo–. Me pongo a llorar como cuando era chica, como cuando era una nena. Y me paso una mano por la cara y noto algo raro. Descubro que estoy llorando esperma, reconozco la textura y ese sabor de inmediato. Pongo una lágrima entre dos dedos y veo que estoy llorando lágrimas de esperma, de todo el esperma que pasó por mí, y no puedo creer lo que me está pasando.
Y yo sé que nunca vamos a poder olvidar lo que fuimos, lo que nos pasó. El pasado es un inquieto suricato que nos espera en dos patas a la vuelta de cualquier esquina para hacernos un rasguño y salir corriendo.
–¿Querés café? –ella negó con la cabeza. Todavía tenía un culo digno, el 33% de lo que alguna vez debió haber sido un fantástico culo. Me gusta verla cuando se saca el pantalón, cuando termina de sacarse el jean que se le engancha en un tobillo y pone esa cara.

24.1.16

Rescate


–Tenemos a Lola.
–¿Eh?
–Tenemos a Lola, forro. Vas a tener que pagar rescate.
–¿Quién habla? –Estaba en la calle, y se escuchaba un zumbido de fondo. Los celulares andan para la mierda, dentro de poco van a largar un modelo que son dos vasos y un piolín. Argentina.
–No te hagás el pelotudo, amiguito –áspera la voz, se oyó la pausa de quien da una pitada a un cigarrillo–. O la cortamos a la piba acá en la casilla y la tiramos al Riachuelo. ¿Te parece?
–No, por favor no –dije.
–Bueno, conseguite treinta lucas –otra pausa, se oyeron ladridos– ¿Por dónde estás?
–Por el centro –dije.
–Bueno, treinta luquitas gringas, papi, o la enfiestamos entre todos los pibes.
–Pará, loco, de dónde saco treinta lucas.
–No sé, gil –Se oyó un portazo, la sirena de una ambulancia–. Conseguí la moneda y andá a los 36 billares. Tenés dos horas, o Lola es boleta.
Me cortaron.
Hice un par de llamadas con quienes me pareció que podían entender el asunto. Después tomé un taxi, fui al departamento, volví con otro taxi, hasta el centro. Entré a los 36 billares, me senté, pedí un café.
Casi las ocho de la noche. Habían armado un pequeño escenario, debía haber un show de tango para los turistas, programado para más tarde. Varias mesas ocupadas, un par de tipos fumando afuera.
Sonó el teléfono. Atendí. Nada, silencio, me cortaron.
Vino un pibe flaquito, teléfono en mano, se sentó en la mesa.
–Sí, dame la plata.
Lo miré. Iba de jeans y una camperita de gimnasia Adidas abierta, con el escudito de la AFA. El pelo cortado como se usa ahora, la nuca toda rapada, a los costados también, y pelo arriba peinado para el costado, las orejas muy salidas. Esas orejitas que sólo he visto en Carlos Monzón y son una antropométrica señal de peligro. Flaco, huesudo, impiadoso, veintidós o veintitrés años, no pasaba de eso.
–¿Y Lola?
–La tiene mi amigo afuera en el auto –estaba impaciente, nervioso, tenía un tatuaje que asomaba por debajo de la remera y debía cubrirle todo el pecho–. Me das la plata, salgo, pin pan pun, la sueltan. Todos contentos.
–No –dije.
–Flaco, ¿sos tonto o qué? –golpeó, con un puño, la mesa–. Si querés que la matemos la matamos. Estuve en cana desde los trece años, es corta la bocha.
–Mirá –dije–. La verdad que no conozco a ninguna Lola.
–¿Qué?
–No sé quién es Lola –terminé mi café–. No tengo esposa, ni novia, ni amigas con ese nombre. Quizás marcaste mal, te debés haber equivocado de teléfono.
–¿Pero vos no sos Hernán?
–No.
–¿Y para qué carajo viniste?
–No sé, la verdad que por lo general no tengo nada para hacer cuando salgo del laburo. Yo escribo cuentos, relato corto, viste. A veces no se me ocurre nada, cero temas, pensé que podía ser interesante conversar con un secuestrador.

18.1.16

Espejito, espejito


Cada tanto viene alguien, alguien quiere decir una persona. Por lo general una mujer, si el enfoque viene por el lado de lo afectivo, pero vienen mamíferos medianos del sexo masculino, también, perfectamente. Gente que fue al colegio conmigo, o chicas que cogieron y cenaron conmigo aunque no en ese orden, gente que jugó conmigo al ajedrez o al waterpolo, gente que me vio nadar o cambiarme en un mugriento vestuario o levantar la mano en la facultad. Gente que me vio en un bar de barrio, muy temprano, tomando un café. Escribiendo en un cuaderno Rivadavia tapa dura, o leyendo un libro.
Vienen y me dicen que, bueno, que ahora no estoy como antes. Que me he deteriorado mucho, en lo físico sin dudas, en lo mental, que se me pusieron blancos los pelos de las cejas y seguro de los huevos y perdí el sentido del humor, imaginate, no es para menos, que pelé una cara de boludo impresionante, que ya no soy ni una pizca de ingenioso, ni ocurrente, ni divertido, que prácticamente no tengo nada para decir sobre ningún tema, que estoy mal afeitado y tengo los dientes amarillos, que estoy triste, gordo, en fin.
Y yo no sé cómo decirles que algo está mal con esa línea argumental, con sus precarios razonamientos. Porque ellos vienen y me dicen, sobre todo ellas, me dicen, para resumir, que yo ya no soy el que era.
Pero lo que ellos no saben, lo que ellos parecen ignorar, sobre todo ellas, es que cuando yo era lo que era, bueno, en realidad tampoco era. Cuando para ellas yo era pijudo y divertido, gracioso, genial, cuando para ellas yo estaba para grandes cosas, yo ya estaba triste. Angustiado, afligido, con la recurrente sensación que mi vida no tenía mayor utilidad ni sentido.
Todo lo que ahora no ven en mí, es apenas un reflejo de lo que les pasa, a ustedes. De lo que han ido perdiendo con el tiempo. Mi fracaso viene de antes.

12.1.16

En la foto


Estaba en un all inclusive, en el norte de Brasil. No te rías, no me preguntes cómo.
El asunto fue que a fin de año yo había estado a punto de pegarme un balazo en las pelotas. No me salía una, eso era lo habitual, lo de siempre. Lo que sucede es que a veces te cansás, que no te salga una. Eso es más jodido.
Un amigo mío se iba a un all inclusive, con la mujer y su hijo pequeño. Gran amigo, nos conocíamos de toda la vida. Me invitó a que fuera con ellos. Me dijo ‘vas a descansar, te va a hacer bien, salís de Buenos Aires’.
Y ahí estaba yo, en el norte de Brasil. Metiéndome al mar todas las mañanas, nadando un poco, recordando aquella agradable sensación de las olas, el gusto a sal en la boca. Pálido como un fantasma, caminando con dolor sobre la hirviente arena, buscando refugio debajo de una palmera algo alejada del resto de la gente. Sobornando a un mozo para que fuera y viniera todo lo que fuera necesario, tomando caipirinha desde las diez de la mañana. El mundo no podía ser tan malo.
A los tres días ya conocías de vista a todos. Sabía qué culo de una brasilera, algo mayor pero todavía potente, había que mirar, sabías dónde se sentaba el chiflado con zapatillas de trescientos dólares que insistía en mantener su rutina de entrenamiento en medio la playa, las adolescentes para las cuales lo que sucedía en sus teléfonos celulares era infinitamente más importante que el mundo real, la divorciada con su hija de once años fastidiada hasta el paroxismo porque ya nunca sería objeto de deseo como aquella vez, los jugadores de vóley sin poder parar de romper las pelotas, y así.
A unos diez o quince metros, había un matrimonio joven. Arranqué mirando a la mujer, porque estaba bárbara. No mucho más de treinta años, castaña, contenta. Buen culo, yo soy un tipo mucho más de culos que de tetas, y esa mujer tenía buen culo. Un culo corto, compacto, resistente. No es lo habitual ver culos así, son culos que se dejaron de fabricar. Usaba coloridas bikinis, se reía, tenía una fantástica risa. Iba y hacía una clase de gimnasia que daban en la playa y volvía, sudorosa, abrazaba a su marido. El hombre, el marido, era delgado, se notaba que practicaba deportes, se sentía orgulloso de su cuerpo. Fibroso, se ataba el cabello con un piolín como el Cani en su mejor momento (cuando le hace el gol a Brasil y vuelve caminando y se ríe y la cámara lo enfoca y está tan contento y todos creímos que la felicidad era posible, que la Argentina como país tenía alguna posibilidad). Hablaba por teléfono celular, cerraba algún negocio. Discutía un poco, apenas, y después encendía un cigarrillo. Enérgico, solvente. Tenían dos chicos pequeños, rubiones, esbeltos. Ella iba y venía, maravillada por cualquier cosa, con su fantástico culo siguiéndola a todas partes.
Usaban prendas de calidad, buen calzado, el bronceado perfecto. Eran la armonía, la felicidad que da el saber que llegaste adonde querías llegar, que estaban con quienes querían estar, que eran, bueno, lo que querían ser. Saber que estás donde querés y en ninguna otra parte. Sentir que te lo merecés, la vida se alegra de verte y te muestra su mejor cara. Es un placer, y el descanso, el reposo del guerrero.
Volví de mis veinte minutos de mar, trataba de revivir, de encontrar motivos para seguir arrastrando el pesado carro de mi existencia. Me saqué un poco de sal en las duchas, intentaba llegar a mi reposera sin que la arena me desollara por completo las plantas de los pies.
–Disculpá.
No podía ser, pero me estaban hablando, a mí. Pero no podía ser, porque nadie me conoce y no tengo nada que hablar con nadie. Estoy viejo, estoy gordo, estoy viendo cómo hago para juntar los pedazos de mi atribulado ser y de algún modo seguir adelante.
–Disculpame –era la mujer, de pie, sonriente, le sacó el teléfono de las manos a su marido– ¿No nos sacás una foto?
Me detuve, miré hacia abajo, intenté meter la panza para adentro.
–Pará –el hombre se acercó–. Ponete mis ojotas, así no te quemás los pies.
La mujer se acercó, era más linda todavía. Su cabello húmedo y atado, su piel olía bien. Me dio el teléfono, me indicó qué botón apretar.
Se juntaron los cuatro, sonrieron. El hombre jugó a darle golpecitos a uno de los chicos que habían puesto adelante y que insitía en darse vuelta, y él le decía que no, que no se diera vuelta porque iba a arruinar la foto, y volvía a darle un golpecito en la cabeza. Y todos se reían.
Fue un instante, apenas. Lancé el teléfono, con un diestro movimiento, con todas mis fuerzas, al mar. El teléfono voló por el aire hasta que se hundió en el agua. Y ellos miraban, miraban lo que estaba sucediendo por un intervalo de tiempo que parecía transcurrir en cámara lenta, mientras duraba el inconcebible momento hecho de algo oscuro y espeso como melaza entre los dedos, con las bocas abiertas, todavía sin entender.
–¡Pero qué hacés! –Dijo el hombre. Dudaba entre avanzar y tratar de golpearme, o ir hacia el mar a buscar el teléfono que ya no servía más, suponiendo que pudiera encontrarlo.
–Disculpame –dije–. Pero los vi tan felices, tan geniales, tan perfectos. Me di cuenta que ustedes son todo lo que siempre quise. No pude soportarlo, esa es la verdad.

6.1.16

De nuestro paso por la tierra


No sé cómo decirte, pensá, va a haber un momento donde todo lo que te pareció importante no va a ser importante, donde todo lo que tuvo sentido dejará de tener sentido. Vendrá un momento donde cuando recuerdes algún episodio de tu vida, te parecerá que ni siquiera fue tu vida, te parecerá una mala película en un televisor en blanco y negro con el volumen bajito. Va a suceder, creéme, tendrás que pensar dos veces si tenés la fuerza, el impulso para bajar de la cama y llegar a la cocina para servirte un vaso con agua de la canilla. Habrá un momento donde estarás acostada en una cama de hospital rodeada de ese olor tan tremendo y pensarás si lo que viviste lo viviste o fue un sueño. Vos creés que vas a seguir siendo vos para siempre, pero las cosas no funcionan de ese modo. Como si te hubieran puesto en una cinta transportadora que parece que no se mueve, pero se mueve, y ahí vas vos, dando vueltas, sin darte demasiado cuenta de las cosas. Llegará el instante del reconocimiento donde vas a entender que en realidad no elegiste, jamás elegiste nada, estamos hechos de circunstancias, somos apenas un puñado de espasmódicas reacciones sin el mayor orden ni sentido, creemos que nuestro paso por la tierra está dotado de alguna absurda lógica y trascendencia pero no, la mente se disfraza de hilo conductor y nos cuenta el cuento de la personalidad y el libre albedrío pero todo eso desaparecerá como un pedo en una tormenta eléctrica.
Igual si no querés coger está bien, te alcanzo hasta tu casa.

30.12.15

Sh


El fracaso, como las piñas, como los rayos de sol, es acumulativo. Mirá cómo tenés la cara.
El fracaso, como el uranio, o como el polonio, te contamina por exposición, ni que hablar por contacto. Se te mete en la sangre, en la piel, no se te va más.
El fracaso es un hámster en pantuflas que come sueños infantiles, no para de comer, hasta que te quedás mirando por una ventana, sabés que estás triste, pero no podés recordar por qué.
¿El consejo? ¿Vos querías un consejo? No, hoy vine sin consejos. Fracasá sin rencor, no sé.

24.12.15

Papas fritas frías


Para Navidad, para año nuevo, suelo estar solo. En realidad suelo estar solo todo el año, desde hace varios años, lo que bien mirado equivale a estar solo toda la vida. Pero era fin de año y no sé, aunque ya no le daba bola a nada, se notaba más.
La poca familia que tengo, la poca familia que me quedaba, estaban lejos, menos en la geografía que en lo afectivo. Nunca fui partidario de estar demasiado acompañado. Estar acompañado es más o menos como estar solo, pero con gente.
Así que volví a casa. Mi idea era comer algo, una milanesa fría que me había sobrado del día anterior. Napolitana, la milanesa. En realidad, tres cuartos de milanesa, porque a la milanesa le faltaba un pedazo. Con papas fritas, frías también. Y tenía un champán importado, un Möet Imperial. La idea era comer la milanesa, tomarme la botella de champán, fumar un purito holandés. Antes de las doce de la noche estar durmiendo, recibir el año así.
Tocaron el timbre. No el timbre de la calle, sino el timbre de arriba. Raro.
–Sí –dije y abrí la puerta.
–Hola, disculpe –un señor bajito, de lentes y cabello enrulado. Unos cincuenta años, ojotas, bermudas–. Soy su vecino.
–Lo felicito –dije–. Ser vecino mío debe ser una experiencia única. Ser mi vecino podría ser una disciplina olímpica. ¿Quiere que le firme algo, un autógrafo?
Se rió, el hombre. Se acomodó los lentes. Tenía, en la mano, algo. Una botella de vino.
–No, je –carraspeó, quería decir algo–. Soy su vecino de abajo.
–De abajo, de arriba –abrí más la puerta, eso lo intimidó. Retrocedió un paso–. Somos todos seres de luz, somos espacios de conciencia. Qué carajo importa el piso.
–No, le explico –tragó saliva, transpiraba un poco–. Es fin de año, y estoy solo. Estoy solo y muy triste, además. Escuché sus pisadas en el techo y pensé, ‘bueno, quizás podemos pasar año nuevo juntos’. Sé que usted vive solo, también.
–¿Eh?
–No se ofenda, por favor –tendió la mano, la mano con la botella de vino–. Fue una mala idea. Le dejo el vino, no lo quise ofender. No soy marica, ni estoy loco. Estoy solo, nada más. Y triste. Me pareció que si pasaba fin de año acompañado podía ser mejor.
–Pase, por favor –terminé de abrir la puerta, le señalé las sillas del comedor–. Quizás yo no sea buena compañía. Pero tengo una milanesa fría, eso sí. Y un Möet.
Se quedó quieto. Dudaba.
–Pase nomás, ahora abro el champán –pasó–. Conversemos un rato, nos debería hacer bien. O hagamos silencio, el silencio es una experiencia totalizadora, tan reconfortante y compartible a la vez.
–No me gusta el champán –dijo–. Prefiero el vino.
–Hay un sacacorchos en el primer cajón de la cocina –dije–. Y en el armario de al lado hay whisky, eso sí que tengo. Para mí el whisky es un artículo de primera necesidad. El whisky deberían venderlo en ‘Farmacity’, es un medicamento de amplio espectro.
Corté la milanesa en cuadraditos. Probé una papa frita, las papas fritas en la heladera se marchitan, se ponen mal. Abrí el champán. Él abrió el vino. Traje vasos, no pude encontrar dos vasos iguales. Me di cuenta que todos los vasos de mi casa eran distintos.
–Bueno –dije, levantando mi vaso–. Feliz año nuevo, no sé su nombre.
–Víctor –dijo–. Felicidades, cosas buenas.
Bebimos un poco.
–Oiga –dijo Víctor– ¿No quiere que le diga a la vecina del tercero?
–Decirle qué.
–Que suba –dijo Víctor–. Es una buena mujer, tarotista. Vive con la hija, la hija es odalisca, baila en un local de la calle Scalabrini. Capaz que nos hace un show y todo. Tira la goma por poca plata, es buena piba.
–Por mí no hay problemas –dije. Le puse hielo, al champán. Un sacrilegio quizás, o un homenaje al Gato Dumas, mi heladera no enfriaba bien. Encendí un cigarrito.
Empezó a subir gente. La vecina tarotista trajo una fuente con ensalada rusa. La hija, odalisca, ofreció nomás hacernos un show. Pasó al baño a cambiarse. Vinieron del primero, un matrimonio joven con dos o tres parejas amigas y un perro salchicha que se llamaba Max y no paraba de ladrar. Apareció el portero, que tocaba la trompeta en una banda de cumbia. Vino con varios de los músicos y una chica que hacía los coros, les habían cancelado un show a último momento. Alguien trajo dos cajones de cerveza, y más vino.
Unas chicas jovencitas habían traído marihuana, venían a una fiesta por el barrio, pero se habían perdido. Un hombre en silla de ruedas se acomodó junto a la puerta de entrada del departamento y pareció quedarse dormido, alguien le puso lentes oscuros y una gorrita con visera que decía ‘Copa Nissan’.
Yo había empezado con el whisky, me pareció, en un momento que fui al baño, que había más de treinta personas. No conocía a nadie, pero todos tenían buena predisposición, hablaban a los gritos, sonreían.
Cuando me desperté eran casi las tres de la tarde. La odalisca estaba durmiendo, en mi cama. Conmigo. Bueno, miré de nuevo y no era la odalisca, era la tarotista. Se le notaba un costado de la cara como pegoteado, podía ser champán, podía ser esperma, podía ser las dos cosas. Había gente durmiendo en el piso del comedor, las paredes pintadas con aerosol, y olor a quemado, habían arrancado gran parte del parquet y habían intentado encender una fogata en el medio del living. La puerta del departamento estaba abierta, cuando pasé por la cocina me di cuenta que faltaba la heladera.
Bajé a la calle. Estaba Víctor apoyado contra un auto, fumando un cigarrillo, vestido todavía como la noche anterior.
–Se llevaron la heladera –dije.
–Sí, y el televisor también. Fueron los chinos que trabajan en el supermercado de acá a la vuelta, eran una banda, no había forma de pararlos. Querían llevarse los inodoros, también, pero no los podían arrancar. Alguien llamó a la policía. Una de las chicas dijo que la quisieron violar, después dijo que no, que no la habían querido violar, pero que le habían robado los zapatos. Después dijo que no le importaban los zapatos, pero que igual quería denunciar que venía el fin del mundo, que las multinacionales estaban contaminando el planeta, que dejaran de matar a los delfines. Dijeron de la seccional que tenés que pasar a declarar, porque el departamento es tuyo.
–Qué quilombo –me dio un papel con la notificación, le hice señas para que me convidara un cigarrillo.
–Después te ayudo a limpiar –me dijo. Se levantó apenas la camisa, para que viera la culata del revólver que llevaba en la cintura–. La verdad que ayer a la noche había pensado en suicidarme. Brindar con cualquier pelotudo, con vos, y después pegarme un tiro en el medio de tu casa. También pensé en matarte después, mientras dormías. Pero me dio no sé qué, a veces las cosas mejoran. Viste cómo es, a veces pasa algo.