28.2.13

Presentoyentregovanallevar

         Entré al subte. Sí, entré al subte. No, no vivo en Montecarlo, ni estoy filmando un documental en el Congo sobre la vida del gorila plateado. Te cuento lo que me pasa.
         Entré al subte, debían ser las nueve de la mañana. A esa hora la línea B estalla de gente.
         –¡A ver, forros, si me escuchan! –Hice parlante con las manos, grité bien fuerte. Soy alto, además, casi un metro noventa– ¡Presten atención, les voy a contar algo!
         Alguien tosió, un chico cerró el libro que estaba leyendo. Había un vendedor que vendía unas linternitas. Apagó la linternita, hizo silencio.
         –Fracasamos –dije–. Fracasamos todos. Estamos acá porque fracasamos. No nos salió nada de lo que queríamos ser cuando éramos chicos. Estar acá es la muerte, es peor que estar muerto.
         –No se hagan ilusiones –proseguí–. Ni se les ocurra pensar que esto es temporario. Lo temporario es permanente. Vas a seguir casada con ese imbécil hasta que se muera de un infarto, y después vas a tratar, con lo que queda de vos, tu mendicante fuselaje, de buscar otro imbécil, más o menos parecido. Vas a trabajar en esa oficina otros veinte o treinta años. Y te vas a poner triste cuando te digan que se vendió, el banco, la empresa, a otro banco, a otra empresa.
         –No hay más nada –tuve, por un instante, un acceso de llanto, pero logré sofocarlo–. La vida es una mierda, vamos como valijas en una cinta transportadora que gira y gira sin que nadie nos elija. Vivimos de imaginar una semana en Pinamar, un cumpleaños, cambiar el auto. Pero  no sirve, vivimos de algo que existe solamente en nuestras mentes y no sucederá jamás. Y si sucediera, algo de lo que esperamos, jamás será como lo esperamos. Se enchastraría inmediatamente de nuestra pútrida y pestilente realidad. La única forma de no estar acá sería ser otro, pero no nos sale ser otro. ¿No sienten? ¿No sienten cómo gotea la tristeza de nuestros mugrientos corazones?
         –Estamos muertos –hice una pausa, respiré hondo– ¡Estamos muertos, pelotudos! La vida no tiene sentido. Nada, eso.
         Dos o tres personas aplaudieron. Una señora se acercó, me tocó un hombro, y me dio dos pesos. Un pibe muy flaquito, de lentes con vidrios verde claro, me preguntó si yo daba clases de stand-up comedy. Me dijo que tenía todos los capítulos de Seinfeld grabados.
         El vendedor de linternitas volvió a encender la linternita. De algún celular sonó el chikichi de una cumbia. Me tenía que bajar en Callao, pero justo se desocupó un lugar y me senté. Me quedé sentado.

24.2.13

De la vida


         Te explico más o menos todo lo que tenés que saber de la vida. Bueno, no, en realidad no. No te explico, te cuento. Hace tiempo que, la vida, sí, claro, a mí también, me sentó de una patada en el pecho. Cada tanto, cuando te creés que sabés algo, la vida hace eso, como un anticuado y severo padre que decide aplicarte un correctivo. Yo ya no explico más nada.
         En la vida hay un montón de cosas, muchísimas cosas, que te faltan. La vida se estructura, entonces, consiste, en luchar contra esas carencias. Conseguir, por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo, lo que te falta.
         La situación es acompañada de tener, de poseer si querés, de una o dos cosas, demasiado. Son como las condiciones iniciales del problema. Así entrás a la cancha, con eso arrancás.
         Acá es donde se pone divertido. Como lo que te falta te falta, nunca sabés dónde está la línea (que por otra parte, para tu conocimiento, tampoco existe, o mejor dicho, se mueve), en la cual lo que te falta deja de faltarte. Lo que te falta te faltó por tanto tiempo, esa necesidad fue tan intensa, que aunque pudieras lograrlo, jamás sabrías hasta dónde, el punto exacto en el que estás satisfecho y no necesitás más de eso, de eso que te faltaba.
         Por lo tanto, es inevitable y al mismo tiempo el mejor de los casos, vas viviendo con lo que te falta, hasta que de pronto, por una curiosa mezcla de azar y destreza, puede que tengas demasiado.
         Mientras tanto, con paciencia de araña, aquello de lo que tenías demasiado, comenzará a faltarte. Esas dos o tres cosas que en verdad importaban y a las que no les llevaste demasiado el apunte.
         Te encontrarás entonces, si tenés suerte, en determinado momento de tu vida adulta, con que ahora sí tenés demasiado de aquello que te faltaba. Y no tenés, ya casi no te queda nada,  de aquello que al principio te sobraba (sí, claro, pensé que no hacía falta que lo dijera: tiempo, salud, amor, ganas, ganas de cualquier cosa, ganas de comer dulce de membrillo o de acariciar un perro o  de ver llover, alegría de vivir, en fin, esas cosas).
         Sí, claro que sí, tiene que existir un lugar entre lo que te falta y tener demasiado. Es un pueblito llamado ‘Suficiente’. Yo estuve de vacaciones una vez, un clima de mierda, no había casi  nadie. No pasaba nada.

18.2.13

Un millón cuatrocientos setenta y tres mil doscientos cincuenta y cuatro dólares


         La verdad es que no sé cómo ocurrió con exactitud. Yo me tenía que encontrar con la escribana en la esquina de Riobamba y Bartolomé Mitre para darle el certificado de defunción y el documento de la abuela Martita. La sucesión no termina nunca, y hasta que no termine no podemos vender esa casita en Villa Domínico. La hicimos tasar, y parece que vale como setenta y cinco lucas. Dividido tres, menos los gastos, sirve. Pero la escribana tiene sus tiempos, y siempre pasa algo. Después de casi siete años de tener a la pobre Martita en el geriátrico, que ni siquiera nos reconocía.
         Me llamó al celular, la escribana, habíamos quedado a las seis en esa esquina cerca de su roñosa oficina. Me dijo que se había caído del colectivo, estaba en la guardia del San Camilo. No sabían si era una fractura de tobillo, le tenían que poner una bota de yeso. Sí, claro, dejábamos la reunión para otro día.
         Caminé hasta Callao, entré a tomar una cerveza en ‘La Academia’. De la mufa que tenía, y para dejar pasar un rato antes de volver a casa. No me salía una.
         Se armó un quilombo tremendo. Entró la policía. Hubo un par de tiros y todo, un tipo de bigotes sacó un arma, otro tipo peinado con gel trató de escapar por la parte de atrás del local. La gente gritaba, se hizo un tumulto. Lo tiraron, al de bigotes, al piso, y lo esposaron. En la calle sonaba una sirena, una chica lloraba y gritaba que se había cortado, al caerse, con un vidrio.
         No sé cómo quedó la valija, junto a mis pies.  La agarré, no me preguntes por qué, la agarré y salí caminando, muy despacio, la carpeta con papeles para la escribana en una mano, la valija con rueditas, como si fuera mía.
         Me volví a casa en subte. Me bajé en Lacroze, caminé muy despacio las cinco cuadras, arrastrando la valija. Prendí un cigarrillo. Moni todavía no había llegado de dar clases. Me duché, me puse un short y una remera, me senté en el dormitorio, con la puerta cerrada.
         Abrí la valija.
         Plata. Mucha plata. Toda la plata del mundo. Guita. Tardé un rato largo, porque desarmaba los fajos y contaba, y miraba, y fumaba, y tomaba un poco de tónica de la botella. Y no me lo creía.
         Un millón, cuatrocientos setenta y tres mil, doscientos cincuenta y cuatro dólares (1.473.254 dólares). Ahí, en fajos de diez mil. Crujientes dólares, nuevitos. El olor de la guita inundó la habitación. Como un olor a podrido, pero agradable a la vez. Había un arma, también, en uno de los bolsillos de la valija. Una Ruger 380 lcp, busqué las características por internet. Una pistola que cabía en una mano, chiquita.
         Fumé otro cigarrillo en el balcón, sentado en la silla de plástico Mascardi, viendo cómo pasaban los autos por la avenida. Abril y no refrescaba. Estaba nublado, eso sí, a la noche llovería.
         Al rato llegó Moni.
         –¿Ya llegaste? –dijo desde la cocina.
         –Sí, vení –le grité desde el balcón.
         Entró al cuarto, vio lo que pasaba. Todo el dinero desparramado sobre la cama. La pistola no la vio, la había guardado en un cajón de mi mesita de luz.
         –¿Y esto? –me miró, la miré, me rasqué la panza con el revés de un pulgar– ¿Qué es esta plata?
         –La encontré en un bar –dije–. Entró la policía a detener a unos tipos, y en el barullo quedó la valija junto a mi mesa. Me levanté y me fui, con la valija. No sé por qué.
         –Pero la robaste –dijo ella.
         –No –negué con la cabeza–. Bueno, sí. Me tomé una cerveza, me paré y me fui. Nadie me dijo nada. Nadie me paró.
         Se hizo un silencio. La luz del cuarto estaba apagada, el dinero ahí. Desde el balcón entró, apenas, una brisa.
         –Y qué vamos a hacer –Moni se alisó el pelo, hacia atrás, con ambas manos–. Quiero decir qué vamos a hacer, con esta plata.
         –No sé –dije–. Hoy no cocines. Pedite una pizza, napolitana con ajo  podría ser. O mejor fugazzeta.

12.2.13

Profesionales y amateurs


         En Lavalle y Florida, justo en la esquina de Lavalle y Florida. Deben ser las doce del mediodía, hay un faquir. Lo tengo visto, al tipo. Habla a los gritos, para atraer a la gente. Usa un multicolor pañuelo en la cabeza, y se pone en cueros, para realizar su acto. Pareciera como si se maquillara los ojos, con delineador, lo he notado. En conjunto, berreta por cierto pero estamos en Argentina, podría decir que está caracterizado como una especie de Jack Sparrow, de Burzaco quizás, de Ezpeleta.
         Se ha juntado gente, mucha gente. Se juntaría gente también frente a la vidriera de Frávega o de Garbarino, si dieran por televison Argentina–Holanda del 78, como si Kempes pudiera errar un gol treinta y cinco años después, no sé. No tengo explicación. Hay tantas cosas para las que no tengo explicación, la gente está muy sola.
         El hombre, el faquir, pide la colaboración de alguien del público, supongo que para verificar la autenticidad de sus actos.
         Levanto la mano, pido pasar.
         –Yo –digo, y doy un paso al frente.
         –Pero no –agrego–. No voy a asistirte ni a mirar de cerca. Voy a hacer los actos yo, si te parece.
         El tipo me mira con cara de pocos amigos, no consigue entender por qué le estoy complicando la vida. Pero la gente aplaude, yo sonrío, y me saco el saco. Me saco la camisa, los zapatos. Las medias, también. Ya es tarde para echarme, y no puede putearme delante de todos. Se esfuerza por parecer amable.
         –¿Sabe usted caminar sobre vidrio? –habla una especie de portugués muy cerrado, puede ser italiano, cocoliche. Puede ser que el faquir esté empastillado, que simplemente le cueste expresarse con claridad.
         –Sí, claro –digo. Hay un montón de vidrios rotos, botellas partidas en pedazos pequeños, sobre una manta. Me paro encima. Camino un par de pasos, ida y vuelta. Doy varios saltitos, la gente grita, mientras los vidrios me destrozan las plantas de los pies. Aplauden a rabiar.
         –¿Puede usted atravesar la carne con agujas? –dice el faquir y cruza los brazos, pero en medio de su desconfianza, aparece algo de respeto.
         –Cómo no –digo. Tomo las agujas. Son agujas de unos treinta centímetros de largo, y gruesas, Me clavo, de un golpe, una aguja en un hombro. Sale un chorro de sangre, la gente grita más fuerte, algunos sacan fotos con sus teléfonos celulares. No he hecho la clásica de atravesar algún tejido blando. La aguja queda colgando. Tomo otra aguja, y con otro golpe me la clavo en un muslo. Atraviesa el pantalón, el músculo. Ahí queda. Lo invito, al faquir, para que me coloque un par de agujas más.
         Se ha juntado más gente todavía. Hay policías, una cámara de televisión de un noticiero transmitiendo en directo. Venían por un conflicto sindical, pero les ha llamado la atención lo que está sucediendo conmigo.
         Me saco las agujas. Seguimos con el fuego. El faquir enciende un soplete casero. La llama es larga y azul, como un tercio de un tubo fluorescente. Le indico que me queme, la espalda, las manos. Las orejas, también. Procede. Me quema.
         Me siento en un banquito. El faquir me envuelve en una toalla húmeda que huele a mentol. Saludamos dándonos una mano en alto, como se saluda en los teatros al final de la función. La gente deja buen dinero y viendo que nada más va a suceder, siguen su camino. Van a Falabella a comprar un cenicero o un jarrón, o a Farmacity a comprar una piedra para rasparse los callos plantales, una crema para suavizarse la piel de la vagina, algo.
         Tomo un vaso de gaseosa adulterada y tibia. Me visto con lentitud. El faquir mira el dinero que hay en la gorra, esperando a ver cuánto le reclamo.
         –Olvidate –le digo–. La plata es tuya.
         Se alivia, se relaja. Sonríe, enciende un cigarrillo.
         –¿Dónde estudiaste? –me ofrece un cigarrillo–. ¿Sos Shaolin? Ya sé, sos acróbata, viviste en un circo de chico. La verdad que sos buenísimo, podríamos hacer algo juntos. Pareciera que te salen todas, sin esfuerzo. No sé cómo hacés, pero sos bárbaro.
         –Hace más de diez años que trabajo en una oficina –digo, me termino de acomodar la camisa adentro del pantalón–. No siento nada, no siento absolutamente nada de nada. De otro modo sería imposible soportarlo.

*Donde dice ‘trabajo en una oficina’, puede decirse ‘estoy casado’. El sentido del fragmento permanece intacto.

6.2.13

Últimas fichas


         –Me tenés que acompañar –me dijo Gabriel.
         Éramos amigos desde siempre, desde toda la vida, desde donde valía la pena recordar. Habíamos ido juntos a la secundaria. Ya estábamos grandes, él, y también yo. La vida no se había ensañado de particular manera con nosotros, pero nos había pasado por encima, como a todo el mundo. Algo de la celeste misericordia nos había permitido, a cada uno por su lado, esquivar devastadoras tragedias, caídas de aviones, terminales enfermedades, esas cuestiones. Pero la sumatoria de ínfimos y cotidianos fracasos, como un aplicado escultor con metódico cincel, iba logrando el similar efecto de dejarte estupefacto, vacío, demasiado cerca de la lona como para poder sentir de unívoca manera, con absoluta claridad, el olor a pata de la derrota. Tristes también, sin alma.
         Divorciado, Gabriel, una hija adolescente se negaba a verle la cara. Detestado por su ex mujer, y por sus dos hermanos que lo acusaban de haber sido, de niño, una carga, y de adulto, un problema para la familia. Poco afecto al trabajo desde siempre, consideraba, el hecho de trabajar, un absurdo teórico, un defecto de carácter. Perder el tiempo para conseguir dinero sólo para veinte o treinta años después descubrir que habías conseguido algo de dinero, pero ya no tenías tiempo. La más perversa y evidente de todas las trampas, y aún así, dotada de una pasmosa eficacia. Como la gambeta de Mané Garrincha, que hacía siempre la misma, amagaba hacia adentro, y luego desbordaba. El defensor sabía con toda claridad lo que Garrincha iba a hacer. Lo sabía, pero no podía evitarlo. Garrincha pasaba.
         Así había vivido, Gabriel, a los trompicones, haciendo guantes con la vida que le había dejado tatuado el jab de izquierda en la cara.
         Y ahora se había venido grande, y necesitaba dinero. Quería hacerle un regalo, el mejor regalo, a su hija Natalia, para el cumpleaños de quince. Quería entrar a la fiesta siendo otro, impecable, perfecto, con un reloj Cartier que había visto una vez en una vidriera, y zapatos italianos. Quería entrar, bailar con su hija el vals, decirle ‘perdón’ al oído, y desaparecer para siempre. Irse a vivir a Buzios, o a Bahía, comprar una casita y vivir junto al mar.
         Pero para ser otro, la mejor manera de ser otro, es con guita. Eso cualquiera lo sabe.
         –Me tenés que acompañar, Juan –dijo Gabriel–. Vamos al casino de Miramar este fin de semana. Tengo un método, un infalible método que me llevó tres años de trabajo. Voy a saltar la banca.
         Olvidé decir que Gabriel fue siempre considerado un matemático loco. Desde chico, tenía una particular habilidad para los números. Le habían hecho un test para medirle el coeficiente una vez, y había dado que su mente era una extraña combinación de Euclides, Newton, Gauss, y Euler. Algo nunca visto. Resolvía teoremas en el pizarrón mientras la profesora, siguiendo el desarrollo con un índice en el libro, se babeaba. Hacíamos apuestas, y él  multiplicaba tres números de nueve cifras en el aire, y acertaba siempre. después los dividía o los volvía a multiplicar, les calculaba el logaritmo, la raíz cuadrada. Dio clases en Exactas durante algún tiempo, después de recibirse de licenciado en matemáticas, hasta que se aburrió. En realidad enloqueció, decía que Einstein se había equivocado y que él tenía la refutación de la teoría de la relatividad, la envió a la Asociación de Matemáticos y Físicos de Zurich. Después Martita se cansó de él y lo dejó. Gabriel se deprimió, iba al parque a darle de comer a las palomas, dijo que había inventado un juego de mesa, mezcla de ajedrez y backgammon, que cambiaría la industria del entretenimiento para siempre. Quiso ir a vender la licencia de su juego a Singapur, y lo detuvieron cuando se bajó del avión con tres cigarrillos de marihuana. Estuvo preso allá, creyeron que era un narcotraficante, lo torturaron. En fin.
         Me explicó Gabriel, su método. Sólo puedo decir que revolucionaba la teoría de las probabilidades, que era absolutamente infalible, y que no entendí casi nada.
         Nos fuimos, el viernes, al departamentito que me dejó mi abuela en Miramar. Siete de diciembre. Gabriel me dijo que solamente necesitaba dos noches, ni siquiera tres, para volver con una fortuna.  Dos noches, me dijo, tres horas cada noche. Dos horas de precalentamiento, la parte más importante, mirando una mesa, estudiando la caída de la ruleta, memorizando los números que iban saliendo, estableciendo patrones, haciendo cálculos en su prodigiosa mente. Y después sí, iba a hacer entre cinco y diez plenos seguidos. En realidad menos de diez, para no forzar las matemáticas leyes que rigen nuestro precario universo, eso dijo. Diez lucas por pleno, lo había chequeado y era la apuesta máxima.
         –Trescientos sesenta lucas, por cinco, hacé la cuenta –me dijo Gabriel–. Al día siguiente lo mismo, y nos volvemos.
         –Quedate tranquilo, vos sos un amigo –dijo también, me vio la cara–. Ya pedí las diez lucas prestadas, a mi vieja. Pobre vieja, ya está grande. tiene el departamentito hipotecado, la están por desalojar. La hice empeñar las joyas de su casamiento. Pero yo lo arreglo.
         Según los números de Gabriel, si no estaba muy inspirado, volvía con seiscientos mil dólares. Pero podía ser más, había que verlo en el momento.
         –Táctica es sobre el terreno –dijo Gabriel–. Pero tengo el método. Jamás estuve tan seguro de algo en mi vida. Voy a ir al cumpleaños de Natalia con el mejor regalo, le voy a dejar algo de guita a mi vieja, y después voy a desaparecer para siempre.
         Gabriel era mi mejor amigo, así que me pedí el viernes en el laburo. Fuimos.
         Entramos al casino a las ocho de la noche. No quiso ir a cenar, Gabriel, dijo que necesitaba estar con el estómago vacío, la mente despierta.
         Entramos, había pocas mesas habilitadas. Miró las patas de las mesas, las caras de los croupiers, se puso en cuatro patas y metió por un instante la nariz en la alfombra. Luego estudió con un dedo ensalivado primero, y la llama de un encendedor después, para identificar posibles corrientes de aire. Eligió una mesa. Se paró a un costado, las manos cruzadas a la espalda.
         –No me hables, por dos horas no me hables –dijo. Así que fui a fumar, a dar una vuelta, me senté en unos silloncitos de pana que alguna vez debieron haber sido elegantes. Se me acercó una desvencijada puta que dijo que no tenía problemas en coger conmigo y con Gabriel a cambio de un plato de comida caliente, y que la dejáramos dormir (y bañarse) en el hotel, con nosotros. Le dije que después veíamos.
         Me acerqué a la mesa. A las dos horas y pico. Gabriel sacó del bolsillo las dos fichas que le habían dado en la caja y pidió que le dieran, en la mesa, fichas de mil pesos.
         Éramos pocos. Un matrimonio de jubilados, la puta, dos tipos con pinta de ser policías de civil, y otro par que parecían ser de la zona, de trabajar en la construcción y haber decidido pegarse una vuelta por el casino de puro aburridos nomás.
         Gabriel miraba la mesa, miraba y murmuraba como si estuviera rezando. Números, eso era lo que murmuraba, progresiones de números, hacía cálculos en el aire, repasaba.
         De pronto, cuando el croupier dijo ‘no va máaas…’, y por sobre la frase, porque parte del método consistía en efectuar la apuesta cuando la bolita estuviera fuera del contacto  de la mano del croupier. Justo entonces, Gabriel agarró las diez fichas rectangulares, y las puso sobre el 27.
         Se hizo silencio. Cinematográfico momento de diez o quince segundos de duración. Hasta un policía de uniforme y un mozo del bar se acercaron a ver la jugada. La mesa casi vacía, y el 27 coronado de fichas turquesas. Gabriel miraba la mesa pero miraba mucho más allá de la mesa, su mirada llegaba al centro de la tierra. Le había agarrado un tic que le hacía parpadear mucho un ojo, como si le temblara.
         –Negro el cuatro –dijo el croupier.

         A la hora, en el club  de pescadores. Gabriel apenas había mordisqueado su milanesa. Yo había terminado mi bife, mojé un pedazo de pan en la salsita de las papas al horno, me serví lo que quedaba del vino.
         –No sé qué pudo haber fallado –dije, por decir algo–. Lo que me explicaste era infalible. Quizás alguien se apoyó sobre la mesa justo en el momento de tirar, y se descalibró algo. Quizás abrieron una ventana.
         No me respondió. Pagué la cuenta. Volvimos al departamento caminando muy despacio, fumando.
         –Tenés que pensar en algo para hacer con las matemáticas –le dije con la intención de animarlo–. Podés volver a dar clases, o escribir teoremas, o laburar en una compañía de seguros. Diseñar algoritmos. Lo tuyo fueron los números desde siempre. Sos un genio, todos los que te conocen lo saben.
         –Y sé cocinar bastante bien –dijo Gabriel–. Si consigo algo de capital podría poner una rotisería. Acá mismo, se debe hacer buena guita durante la temporada.

30.1.13

Siempre es tarde


         Tarde. Siempre es tarde. Tu amor llega tarde, tu amor huele a queso dejado demasiado tiempo en la góndola de un supermercado de barrio. Para ser feliz, es tarde. Para ser feliz deberías recibir ese cucurucho de chocolate y limón en la heladería ‘Caballo loco’ en Miramar, y tener nueve años, y que el heladero no se rascara el culo, bien adentro, mientras te pasaba el helado, el cucurucho, con la otra mano. Es tarde para descorchar ese cabernet porque ya estuviste en pareja demasiadas veces, y te casaste, y te divorciaste, también, y te desvistieron sin el apropiado entusiasmo, y tenés la vagina más seca que una baldosa de porcelanato.
         Es tarde, claro que es tarde. Tarde para leer ese libro que leíste diez años tarde. Tarde para salvar a ese fox terrier pelo duro porque el camión dio marcha atrás y se oyó apenas un agudo ladrido, metálica pena, y cuando le dijiste a los del camión que pararan, que cuidado, estaban escuchando cumbia bien fuerte. ‘Amigo’, ‘eh, amigo’, te decían, se reían, y arrancaron.
         Ya es tarde para llegar a la estación de micros y decirle que no se vaya, es tarde para abrazar a tu padre y decirle que entendés incluso lo que él jamás quiso que entendieras, es tarde para saber qué querés ser cuando seas grande.
         Es tarde para caminar por la playa de la mano, es tarde para ver llover, es tarde para el café con leche y las tostadas y las ganas de estar juntos por todo el verano.
         Es tarde, sabés que es tarde y que te vas a morir. Dicen que después tenés todo el tiempo del mundo.

24.1.13

Nancy va a trabajar


         La prostituta viaja a su trabajo. Son las once de la mañana. Hace un turno de diez horas, empieza a atender después de las doce del mediodía. Trabaja en un pequeño departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear, con otras tres chicas. Se turnan, dos y dos, y el Toti o Rulo que vigilan que nadie se haga el loco, las cuidan.
         Se acuesta, Nancy, con un promedio, entre cinco y nueve tipos por día. Trescientos pesos por tipo, el treinta por ciento es para ella. Y las propinas.
         Viaja en colectivo con los auriculares puestos, le gusta escuchar la radio, enterarse lo que pasa, y un poco de música. Acaba de dejar a su  hija en el colegio. Iris, su pequeño milagro, su sol. Todas las prostitutas tienen una hija, real o imaginaria, por ellas trabajan, siguen con ese asco de vida.
         Mira, Nancy, un rápido paneo detrás de sus lentes oscuros que le cubren la mitad del rostro y le tapan las ojeras y el fastidio. El colectivo lleno. La gente, hombres, muchos hombres, yendo a sus trabajos, conversando con sus esposas o novias, o hablando por teléfono celular con alguien que del otro lado les contesta, los escucha.
         De pie, Nancy, la cartera pegada a la panza, piensa que todo es mentira. Esos tipos que parece que tienen esposas, trabajos, hijos. En un rato nomás, comenzarán a tocar el timbre. Nerviosos, sudados, furtivos. Para pedirle que se las chupe, que se las chupe más, que se trague el esperma mientras ellos se ponen una careta del hombre araña o la estrangulan. Hombres que le pagarán cincuenta pesos más si ella se viste de colegiala y acepta hablar como una nena chiquita. Hombres que lo único que quieren es que ella les diga ‘papi’ o ‘ay, papito’, o ‘qué grande que la tenés’, ‘uy, eso duele, duele mucho’.
         Hombres que cogen y mientras cogen la obligan a decir, a ella, que es una puta de mierda, y la insultan. Hombres que quieren que ella les meta un consolador fosforescente en el culo.
         Qué mierda, por Dios. Qué vida de mierda, cuánta hipocresía. Detrás del decorado sólo hay bestias sin alma, locura infinita.
         –Sentate, por favor –un muchacho, no más de veinte años, muy serio, peinado para el costado, con gruesos lentes y un par de libros en la mano. Se aparta un poco, una persona se ha levantado y él, que está de pie justo frente al asiento vacío, lo señala, se lo ofrece.
         Quizás no todo sea tan malo, piensa Nancy, que viaja a su trabajo vestida con mucha discreción, podría ser una mujer yendo a un banco, a una oficina. No es voluptuosa, su cuerpo es duro, compacto.
         –No, gracias –¿Me estaré volviendo vieja?, piensa también.

18.1.13

Ladrar y morder


         El dicho, justamente, dice, eso de ‘perro que ladra, no muerde’. Es un dicho popular, no hay que darle demasiadas vueltas al asunto.
         Significa, el dicho, lo que quiere decir, es que perro, un perro, que ladra, bueno, no muerde, o sea, no te va a morder. Podríamos decir, entonces, que si el perro te ladra, te está avisando. Ahora, sería bueno saber qué carajo te está avisando. Porque si no te está avisando que te va a morder, puede que te esté avisando que tu novia coge con otro, o que tenés una goma baja (el auto, no tu novia), o que Batistuta y Crespo pueden jugar juntos. El perro te puede estar avisando muchas cosas.
         Si el perro te ladra, para no morderte, estamos en presencia de una criatura muchísimo más compleja de lo que suponíamos. Aquí también se abren dos magníficas líneas de razonamiento. Una sería que el perro disfruta, disfrutaría mucho con morderte, pero se priva, elige ladrar. Así como alguien se priva de fumar o de beber, el perro sabe que morder le hace mal a la salud (a la salud de él, a la tuya también, pero tu salud no tiene para él tanta importancia) y elige cuidarse. Muerde sólo los fines de semana, ponele. La otra vía argumental sería que el perro ha descubierto que le da mucha más satisfacción ladrar que morder, algo así como los tipos que insisten en hablar de sexo todo el tiempo en las oficinas, o que no paran de ver pornografía y de decir insinuaciones a las chicas que pasan por la calle. Pero si la chica se detiene a escucharlos, si la chica está, por decirlo de algún modo, predispuesta a interactuar, el sujeto se aturde y huye, el sujeto no sabe cómo proceder.
         También podemos estar en presencia de una fantástica maniobra distractiva, una ingeniosa campaña de marketing. El perro ladra, para que pienses que no muerde, y luego te muerde. El perro ladra y muerde, y se ríe además, después de morderte, por lo tonto que fuiste. O te dice que te mordió por tu bien.
         También, desde ya, habrá perros de lo más sofisticados, que no ladran ni muerden. El perro no ladra, para que pienses que muerde, pero tampoco muerde. El perro no quiere hacer un pomo, puede que el perro esté un poco hinchado las pelotas o con ganas de tomarse un whisky. Al perro, en este caso, le importa un carajo tu absurda existencia. El perro está en otra cosa.

12.1.13

Como la flor de loto


         En el edificio donde vivo, en la puerta del ascensor de los departamentos ‘B’, lo he notado, han hecho inscripciones con una llave. El ascensor, para los departamentos ‘B’, está al fondo del pasillo del hall de entrada. Los departamentos ‘B’ son los del contrafrente. Los dueños de los departamentos ‘A’, que son al frente, también prefieren usar el ascensor de los departamentos ‘B’, ya que los conduce a la puerta de servicio, de sus departamentos ‘A’. Si los dueños de los departamentos ‘B’ subieran por el ascensor correspondiente a los departamentos ‘A’, descubrirían que no tienen ninguna puerta a la cual pueden ingresar (yo lo he hecho, quiero decir, lo he intentado). Descubrirían que no los conduce a ninguna parte. Entenderían también, muy probablemente, las diferencias que existen entre ‘A’ y ‘B’, en un sentido algo más amplio, me atrevería a decir existencial.  
         El asunto es que lo noté el otro día, de casualidad, esperando el ascensor en la planta baja. En la puerta del ascensor, han escrito con una llave, rayando el metal. Dice el nombre del portero. El portero se llama ‘Pedro’. Dice, escrito con llave, ‘Pedro puto’. También dice ‘Limpiá, Pedro’. Y dice ‘Pedro me cojo a tu hija’. Creo que el portero, Pedro, tiene dos hijas. Habría que ver a qué hija en particular se refieren, hay una que es muy bonita.
         A veces bajo a dar una vuelta por el parque, muy temprano. Troto, camino, me arrastro, practico repting, según cómo me sienta, según mi estado de ánimo. La intención es llegar luego, al trabajo, ya cansado. Para no pensar. Durante un tiempo pensé que pensar me podía ayudar, pero después me di cuenta que no, que pensar era peor. Pensar te puede matar en muy poco tiempo, y pensar, en el 97% de los casos, no cambia nada.
Vuelvo del parque, todavía sigue siendo temprano, veo al portero. El portero limpia con una parsimonia que tanto podría calificar como abulia o esmero, la puerta del ascensor.
         –Buen día –le digo.
         –Buen día –me dice, y suspende la tarea, se aparta, para que yo pueda utilizar el ascensor.
         –Pedro –digo–, la verdad que quiero felicitarlo –me mira, dirige hacia mí su bovina mirada–. Hace una semana noté las inscripciones de la puerta. Son ofensivas e insultantes, cualquiera se hubiera indignado. Pero usted permanece impertérrito, incólume, estoico, me atrevería a decir. Usted sigue limpiando esa puerta, haciendo brillar la injuriante superficie. Es evidente que habita en usted un ser superior, con intuitivos conocimientos de milenaria sabiduría zen. Hay monjes que se pasan toda una vida en inhóspitos monasterios sin lograr su comprensión sobre lo efímero de la existencia. El saber que todo pasa, que todos somos uno, que somos apenas espacios de conciencia. Usted hace un maravilloso ejercicio de aceptación, no responde a la violencia, sabe que debe fluir con el río de la vida. Como la flor de loto, que surge del más hediondo de los barros, y regala luego su exquisito perfume, transmutando la mugre, la porquería, en belleza. Lo admiro.
         –No –me mira, Pedro, con la franela sobre el hombro, los brazos, quizás excesivamente largos, colgando al costado del cuerpo, el cabello teñido de un negro casi azul, como si se hubiera teñido con pomada para zapatos–. Me dijo el abogado que deje todo así. Que saque unas fotos. Dijo que con esto puede pedir una indemnización que me voy a quedar con medio edificio. Manga de forros.

6.1.13

Pirámides, camellos


en la morgue
los cuerpos se impacientan.
quieren terminar los trámites
y saber
si la vida después de la muerte
es igual
o mejora

sospechan que el más allá
es un tiempo compartido.

los médicos más jovencitos se ríen
de los tatuajes
que ya nada representan
(sin lienzo no hay pintura posible).

alguien discute a los gritos por
teléfono
y juega a pinchar el dedo gordo
de un pie
con una birome verde.

alguien deja su taza de café con leche
demasiado cerca de una rodilla que
alguna vez tuvo fama de trofeo.

en la radio suena una canción de Shakira
que hace pensar en pirámides, en camellos.

los vivos y los muertos.
los vivos y los muertos.

30.12.12

Ayudín



         Cuando llega fin de año, cuando llegan las fiestas, hago alguna de las cosas que te cuento. Hago lo siguiente.
         Voy a un hospital, por ejemplo, a cualquier hospital. Puede ser en Navidad, puede ser en año nuevo. Voy a la sala de terapia intensiva. Llevo dos o tres botellas de champán de calidad media que puse previamente a enfriar, y vasitos de plástico. Llevo unas masitas o un pan dulce, algo para comer. Si logro entrar brindo con los enfermos, si me descubren y me piden que me retire, entonces brindo en la sala de espera, con los familiares. Abrazo a alguien, toco una mano. Los escucho, les transmito alguna palabra de aliento.
         Puedo también, perfectamente, bajar a las once y algo de la noche del 24, o del 31, a un parque. Llevo lo mismo que comenté, y me acerco a un grupo de vagabundos, de mendigos. Muestro la mercadería que tengo para compartir, y enseguida veo cómo se suavizan las facciones. Me hacen un lugar, alguien eructa, se oye un rasposo gargajeo, una carcajada, alguien lanza una furibunda escupida.
         Pero no, de ninguna manera, no hay una pizca de bondad en  mí, ni compasión, no siento nada de nada, no te confundas.
         Lo que necesito es estar con gente que esté tan hecha mierda como yo. Confirmar, de algún modo, que Dios no se ha ensañado. En particular, conmigo.

25.12.12

En el aire


         Me di cuenta que algo malo debía estar sucediendo de verdad, porque la azafata ni se molestó en tomar el intercomunicador para intentar transmitir unas tantas veces ensayadas palabras de sosiego. Se limitó a sentarse, en un asiento que la dejaba de frente a la gente de la primera fila, y se tiró del pelo.
         Habíamos sentido un viandazo, todos, como si hubiéramos caído en un pozo de aire. Esa sensación tan horrible de saber que no hay nada debajo, que nada nos sostiene o peor aún, que los piolines que por lo general sostienen una vida están hechos del material de las nubes.
         Me puse de pie, caminé hasta ella con lentitud y aplomo, me incliné.
         –Qué pasa, linda –le dije. Iba de traje, yo, viajaba por trabajo a la provincia de Mendoza. Quizás algo en mis modos, o mi corte de cabello excesivo, le hizo creer que yo podía ser un piloto de civil, alguien con la capacidad de resolver la situación.
         –Se acaba de desmayar el piloto –transpiraba, tuvo un leve acceso de llanto–. Una diarrea fulminante. Algo que comieron. El copiloto está casi igual, acaba de cagarse encima, no creo que aguante consciente. De torre de control nos dijeron que no pueden hacer nada, ¿usted es piloto? –negué con la cabeza– ¿Es médico?
         –No –la ayudé a incorporarse, sosteniéndola de un codo, le indiqué que ingresara al baño, y avancé detrás de ella. Cerré la puerta–. Vení que te la voy a poner un poquito. Si el avión se cae, por lo menos nos morimos cogiendo, y si nos salvamos vas a estar tan contenta de seguir con vida, que casi ni te vas a acordar que cogiste conmigo. Como perder el cepillo de dientes o que se te rompa una media, un minúsculo incordio. Una ínfima contrariedad.

20.12.12

Fuera de la mente



         El gurú sabía que el tema que intentaba explicar, el tema que todos deberían saber pero no sabían y él intentaba explicar era, justamente, difícil de explicar. Hacía miles de años que algunos iluminados habían intentado explicar lo que estaba ahí, al alcance de la mano, para salvar a la humanidad. Pero las palabras resultaban rudimentarios instrumentos, cómo explicar con un puñado de vocales, y algunos ruidos, siseos, lo divino.
         Lo que había que explicar era que todo consistía en dar un ínfimo saltito y colocarse fuera de la mente. Fuera de la mente te conectabas, como por arte de magia y sin el menor esfuerzo, con una inteligencia superior, un estado de bendición, la alegría del ser, la pasión en colores y todo lo demás. Lo único que hacía falta era un minúsculo envión para salir de la mente. No pensar.
         Como el gurú sabía que otros habían intentado, antes que él, explicar lo inexplicable, decidió utilizar un ejemplo. No se puede explicar qué es estar fuera de la mente utilizando el lenguaje, que es una herramienta de la mente. Por lo general, los más sabios, los mejores, habían intentado explicar, lo inexplicable, haciendo silencio. El silencio es el lenguaje de Dios, pero en el mundo que vivimos, el silencio no alcanza. El silencio no es suficiente para que la gente, como se ha dicho tantas veces, despierte.
         El gurú dijo que podía mostrar lo que era entrar en comunión con el todo, con tan solo salirse de la mente. Sí, con un ejemplo.
         Fueron a un zoológico, en la India. El gurú entró a la jaula de los cocodrilos. Que no era una jaula en el sentido estricto, sino una especie de laguna con barro donde los cocodrilos se sentían a gusto. El gurú entró. Se quitó la túnica y se acostó, sobre el barro, boca arriba, como si fuera a dormir una siesta. Cerró los ojos, las manos sobre el abdomen, se hizo el más absoluto silencio. Cuando salió un cocodrilo que apenas asomaba los ojitos del agua, y se puso a avanzar con ese bamboleo lateral tan curioso, tan característico, que tienen los cocodrilos para caminar. Cuando salió el cocodrilo, decía, el cocodrilo llamado Jerry, una bestia de más de tres metros de largo, y fue derecho hacia el gurú que parecía dormido, la verdad que todos temimos lo peor.
         Una mujer venida de Alemania no pudo reprimir un ataque de hipo. Alguien sollozó, esperando el fatídico chasquido de mandíbulas, el gurú sería devorado en un par de mordiscos. A pesar de la expresa prohibición, los japoneses sacaban fotitos con sus teléfonos celulares. Hacía un calor del carajo, mediodía en Calcuta. Después que el cocodrilo terminara de comerse al gurú, nosotros tendríamos que defendernos, a las trompadas, de los mosquitos.
         El cocodrilo avanzó, abrió la boca que era todo dientes, movió la cabeza con lentitud en ambas direcciones, un suave bostezo de precalentamiento antes del almuerzo.
         Y nada. Se acostó al lado del gurú, casi tocándole un hombro con el lateral de su temible cabeza, a descansar. Como si fuera la cosa más natural del mundo, pura armonía.
         A los cinco o diez minutos el gurú abrió los ojos, acarició el rugoso lomo el animal, y salió de la jaula.
         –Al salir de la prisión de la mente –dijo el gurú–, al entrar en comunión con el todo, nada puede hacerme daño. No hace falta explicarlo con palabras, ustedes lo vieron.
         La gente se abrazaba, algunos lloraban. El gurú nos había mostrado lo que no se podía explicar, la mente es ilusión, la mente es maya, fuera de la mente somos uno.
         Me dieron ganas de decirle al gurú que hiciera la prueba de quedarse así dormidito con alguna de las chicas que yo solía frecuentar. Cuando te despertás no hay nada, te pelan.

15.12.12

Que Dios te ayude


         Mi amigo Martín iba manejando un automóvil, cuando chocó. Hasta acá todo más o menos normal. Quiero decir, es domingo a la mañana, vas manejando tu automóvil, y chocás.
         Pero.
         Martín no iba solo en el auto. Martín iba con su padre. El padre de Martín tenía un almuerzo en Pilar, y Martín le había dicho que no se hiciera problema, que él lo alcanzaba.
         –No te hagás problema, yo te alcanzo –le había dicho Martín a su padre.
         La idea de Martín era dejar a su padre a eso de las once de la mañana, para luego irse a jugar un partido de fútbol con sus amigos, por el Tigre.
         Pero chocó, Martín, en la ruta. Se rozó con otro auto, a 140 kilómetros por hora. Volanteó, tocó el freno involuntariamente. Y volcó.
         No le pasó nada, a Martín, tenía puesto el cinturón de seguridad, y además tuvo suerte. Pero el padre de Martín se golpeó feo la cabeza. El padre de Martín quedó en coma.
         Pasaban los días y el papá de Martín no se despertaba. Los médicos le dijeron, después de una semana, que era muy probable que el papá de Martín se muriera.
         Era viudo, el papá de Martín, y Martín supo que si hubiera tenido que mirar a los ojos a su madre y decirle algo, ensayar una explicación, no hubiera podido.
         Mientras tanto todos consolaban a Martín. Había testigos, el otro auto, un Peugeot manejado por un chico muy jovencito, había hecho una absurda maniobra tratando de rebasar al auto de Martín por la derecha, justo cuando Martín se abría para dejarlo pasar.
         La esposa de Martín, el hermano de Martín, los amigos de Martín, todos le decían a Martín que no había sido su culpa.
         Martín andaba desesperado, hacía las interminables guardias en terapia intensiva del Fleni, seguro que saldría un circunspecto médico a las cinco de la tarde a darle el parte, a decirle que su padre había muerto, y entonces Martín no podría soportarlo. Sencillamente, no iba a haber forma de soportar eso.
         Fue a una sinagoga, Martín, olvidé mencionar que Martín era judío. Fue a una sinagoga y habló con un rabino, de cualquier cosa, de ver crecer a los hijos, de para qué habíamos sido puestos sobre la faz de la tierra, de los árboles y las flores. Habló con un rabino de barba blanquísima, que lo escuchó en silencio. Después, se quedó sentado un rato largo, Martín, rezando. El rabino se acercó, y por un instante, le puso una mano en el hombro. Rezó, Martín, rezó mucho, rezó sin saber rezar, Martín no tenía la más mínima formación religiosa. Martín, que jamás había creído en nada, rezó, y lloró también. Prometió que si su padre se salvaba, abrazaría la religión con todas sus fuerzas. La religión sería su vida.
         Y el papá de Martín, pasados diecisiete días del accidente, abrió los ojos. Se incorporó en la cama y dijo que tenía sed. El padre de Martín vio a Martín y sonrió. El padre de Martín, para sorpresa de los médicos, viviría.
         Y Martín se hizo religioso. Comenzó a ir al templo, todos los días, a la mañana, y a la noche. Cambió su vestimenta y sus hábitos alimentarios. Martín comenzó a donar el cincuenta por ciento de sus ingresos, al templo, al templo que había ido, y a otros templos también. Martín no quiso jugar más al fútbol con nosotros. Tampoco quiso volver a coger con su secretaria, nunca más asado, ni un cigarrillo, ni pizza. Su compromiso era con Dios.
         Pasaron los años, con la particular indolencia que suelen tener esos fenómenos.
         El padre de Martín, que ya era grande, se puso más grande. Le descubrieron un problema en un pulmón. Cayó en terapia intensiva, y la cosa se agravó. Ahora sí, el papá de Martín se moría.
         Martín fue a la sinagoga, no a la de siempre sino a otra sinagoga, porque al rabino que aquella vez del accidente lo había atendido a Martín, lo habían cambiado de zona.
         Martín pidió verlo, al rabino. El rabino estaba más viejo, con la barba más blanca todavía. Caminaba muy despacio, dando cortos pasitos.
         Martín le dijo al rabino que su padre se había enfermado, su padre se moría.
         El rabino lo miró, detrás de sus lentes sin marco, en silencio. Bebió un sorbo de té.
         –Nada –dijo Martín–, venía a decirle que el pacto que hice con Dios aquella vez, vence con la muerte de mi padre. Voy a volver a tomar vino, a comer asado, a coger. Me pareció correcto venir y avisarle.

10.12.12

Como en cualquier oficina


         El cocodrilo le cuenta al elefante que está harto, harto de verdad, ni siquiera puede ir a la playa y tirarse a tomar un poco de sol, todos salen corriendo ni bien asoma el hocico. Todos le tienen miedo, manga de putos.
         El elefante le dice a la jirafa que siempre es el mismo embole. Los chicos lo quieren ver, todos le quieren dar comida, maníes con cáscara, algún pancito, claro, pero le quieren tocar la trompa. Todo el mundo le quiere acariciar la trompa, me gustaría ver si se bancarían que todo el mundo les quisiera rascar los huevos, o las orejas, trescientas veintisiete veces por día.
         La jirafa le cuenta al hipopótamo que no da más, sí, puede ver todo el paisaje, fumarse un faso ahí arriba está bárbaro, no necesita irse a vivir al piso 37 de una torre en Puerto Madero. Pero tiene las cervicales a la miseria, no es tan sencillo.
         El hipopótamo le dice al león que todos lo consideran un mugriento pero no, nada que ver. Lo que pasa es que nadie quiere ayudarlo a bañarse, y entonces, si no se embarra un poco, se lo comen los mosquitos. Sí, claro, el pajarito es macanudo, te da una mano con los parásitos, pero si le pedís al pajarito que te ayude a bañarte se te caga de risa, te dice que le chupes bien la pija.
         El león le dice al hombre que sí, mucho rey de la selva, pero a la mina que traés al safari te la cogés vos, después mostrás las fotos que me sacaste mientras te tomás un gin tonic (con Angostura), te hacés el pulenta sentado en un sillón Chesterfield, con aire acondicionado. Rey de la selva las pelotas.

5.12.12

La rotación y traslación del planeta tierra

 
Voy a lo de una prostituta. Tiene un departamento por el barrio de Palermo, se maneja con una clientela más o menos reducida. Debe tener unos treinta años, es bonita, sin caer en pornográficos estereotipos de excesivas glándulas mamarias ni cabello teñido de un rubio que hace mal a la vista. Tiene un bello cuerpo, culo compacto, tetas pequeñas, la piel dura producto de una actividad que hace que el propio cuerpo genere algo, una sustancia que la proteja, como la queratina que forma el caparazón de los insectos, aunque la comparación no sea del todo correcta. El rictus amargo por la vida que lleva, la mirada astuta de un animal que ha aprendido a sobrevivir en la peor de las selvas.
–Hola, Juan –me conoce. Debo venir una vez por mes, desde hace casi un año supongo. Me la recomendó un amigo. Es una buena piba, por lo general me convida una cerveza o un café, fumamos un cigarrillo, se puede hacer silencio, o conversar sobre alguna generalidad.
No, creo que no me expliqué bien, producto de mis tremendas dificultades expresivas. No voy a coger, por quién me toman. Me entendieron mal.
Doy un ejemplo, lo mejor va a ser que de un ejemplo. El lenguaje suele ser un instrumento limitado, hay cosas difíciles de explicar.
Concurro, por ejemplo, a lo de Iris (ese es su nombre, así se hace llamar), y llevo dos botellas de dos litros de Coca Cola. Puede ser Fanta, perfectamente. Puede ser Sprite.
Le digo que se meta en la bañera, de pie, desnuda, para no hacer enchastre. Le vacío la Coca Cola, los dos litros, desde arriba, en la cabeza. Soy un sujeto alto, grandote, olvidé decirlo, ella debe medir un metro sesenta, no mucho más.
Le vacío la Coca Cola en la cabeza, decía, mientras ella ofrece el rostro como si mirara la ducha, y deja que el líquido le caiga por el cuerpo. Se frota, apenas, algo, los brazos o los muslos, como si se estuviera bañando. Repito la operación, con la otra botella. Si la primer botella era de Coca Cola, la segunda botella es de Coca Cola, también.
La cosa debe llevar un minuto, no mucho más. Entonces le digo que se siente, sobre una silla de la cocina, y se quede así, sentada, sin hacer nada. Cinco minutos, siempre menos de diez, en silencio. Hasta que le digo ‘listo’, o ‘gracias’, o ‘es suficiente’.
Es importante para mí, no me canso de comprobar, que vivimos en un mundo donde la gente está dispuesta a dejarse fastidiar. Por dinero.
Entonces ella se va a bañar.

30.11.12

Para no estar (tan) solo


         No, no tenés que entender a las mujeres. No hace falta, ni lo intentes. No es preciso, además.
         Lo único que tenés que saber es que la mujer viene con un mecanismo, un dispositivo. Los hombres se la pasan pensando que quizás les ha tocado una mujer en particular, con determinados atributos de carácter, rasgos de la personalidad. Algo hormonal, nada que ver.
         El tema es que la mujer no tiene plan. Viene a la vida sin plan. Entonces su plan, el plan de la mujer, es modificar tu plan.
         Ya sé, ya sé. ¡Te digo que ya sé! Está la maternidad, dar vida, eso. Lo que justifica a la mujer, la redime, le da alguna trascendencia acerca de su precario paso por la tierra, la exonera, si es preciso decirlo de alguna forma, de todo lo demás. Pero eso no es un plan, eso es imperativo-categórico. Le pasa a las lechuzas, a las jirafas, también.
         Si entendés eso, apenas eso, no vas a tener problemas con las mujeres nunca más.
         Repito, para fijar los conceptos (y más que nada para molestar). La mujer no tiene plan. La mujer, su aire y su alimento, está en modificar tu plan.
         Pasamos a la praxis. No me quiero quedar en las alturas, regodeándome en un andamiaje teórico tan genial. A veces tengo miedo, también, me pregunto por qué yo, por qué me tocó saber tanto a mí. Too much.
         Si vos querés una pizza. Si vos te morís por dos porciones de fugazzeta  y una lata de cerveza, tenés que simplemente decir: ‘¿qué vas a cocinar?’. Si vos querés echarte un polvorón más o menos digno, lo único que tenés que hacer es levantarte del sillón antes que termine la película y decir ‘me voy a dormir, estoy recansado, no doy más’.
         Y así, cuando vos digas que querés comer comida casera tu mujer pedirá una pizza en La Continental, cuando vos te tires en la cama como un exánime rinoceronte tu mujer vendrá al cuarto con su mejor camisón y buscará contacto, cuando vos digas que sería bueno ir al sur en auto tu mujer dirá que ella necesita una quincena en Pinamar.
         Lo importante es que la mujer sienta que ha modificado tu plan. Y entonces sí, vas a ver cómo tener una mujer cerca, una compañera, es una de las cosas más lindas que a un hombre le pueden pasar.

25.11.12

Quién hubiera dicho


         No creo mucho en los seres humanos, como especie, en general. No espero nada demasiado bueno de las personas. Sé que cuando hay demasiada gente es un error, sin excepciones. No importa si se trata de un recital o del subterráneo, no importa si Argentina salió campeón de algo, de cualquier cosa, si hicimos el sánguche de milanesa más grande del mundo o si le declaramos la guerra a Bolivia porque la Pachamama es Argentina y atiende en Almagro. Si hay mucha gente, no quiero estar ahí, si hay mucha gente, está mal.
         Para resumir, la gente es una mierda, eso quería decir.
         Ahora, cuando voy a hacer las compras, a un supermercado de barrio, un domingo cualquiera. Si te fijás un poco, si mirás bien. Vas a ver, en la puerta del supermercado, del lado de afuera, enganchado a un árbol o a un poste de luz, de la correa, un perro. Algún perro, cualquier perro. Un perro de alguien, no importa de quién, de alguien que entró a hacer compras y tuvo que dejar el perro afuera.
         Y mirás, es un minuto nomás, al perro. El perro es todo ojos, no hay nada más en su mente que la puerta, el lugar por el que su dueño se fue. El perro espera y espera y es la desesperación más pura que yo jamás haya visto. El perro, ese perro, necesita que vuelvas, vos. Sí, vos, ese pelotudo que acaba de comprar una botella de Gancia y  medio kilo de queso Port Salut, esa quejosa mujer que huele a naftalina y a flujo vaginal intenso y que acaba de humillar a la cajera del supermercado por una moneda de veinticinco centavos.
         Quiero decir, el perro está ahí, señalándole al universo entero que algo  bueno habita en ese ser humano. El perro está ahí, esa muda alegría de volver a verte, diciéndonos, a todos, que quizás tenga algún sentido nuestra absurda existencia.

20.11.12

Mejor así


         Es divertido cuando  un contador se despierta en mitad de la noche para hacer pis, y descubre que se le está inundando el baño. Que se debe haber roto un caño, del baño, del vecino, de arriba.
         Resulta simpático cuando un prestigioso abogado va a hacerse un chequeo anual y el médico mira la radiografía del tórax, y la vuelve a mirar, y el abogado no quiere preguntar pero pregunta, y el doctor le dice que conviene repetir la placa, que ve una manchita. ¿Usted fuma mucho?
         Me parece bien cuando una psicóloga algo mayor sale de ducharse y por un instante, mientras se seca, se observa al espejo y no le gusta para nada lo que ve. Da un paso adelante, enciende esa luz. Cómo es posible, claro que es posible que te salgan canas, ahí también, sí.
         Es que fuera de tu estricta área de cobertura sos uno más, un boludo más. Lo que sabés no te salva.