20.4.23

Todos tus dentistas


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas para mí. No quiero sufrir.
–Tengo miedo –le digo al dentista.
–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos setenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
–¿Me va a doler?
–No. –Dice el dentista.
–Tengo miedo –digo, otra vez.
–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre, en medio de sangre y saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de morder. ¿Eh?
–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.4.23

Sananding


Hay una cadena de gimnasios en la ciudad de nombre muy conocido. Dentro de esa cadena hay diferentes tipos de abonos. Pero hay uno especial, llamalo el plan ‘platino’, que te permite usar todos los gimnasios de la red, y son muchos. Además te permite usar tres o cuatro gimnasios especiales que se encuentran ubicados en distintos shopping-centers, o en los barrios más caros de la ciudad. Los gimnasios cuentan con maquinaria de última tecnología, personalizada atención, pileta climatizada, clases prácticamente de todo, de lo que se te ocurra, crossfit o spinning. Es caro, el carnet de la membresía ‘platino’, en relación al carnet común, casi como la diferencia que existe entre sacar un pasaje de avión en ‘primera’ en lugar de ‘turista’. Dos o tres veces el precio básico, más o menos.
Pagué un año por adelantado del plan ‘platino’. Un par de veces por semana voy a alguno de los gimnasios. Elijo el barrio al azar o si estoy por la zona, pero trato de rotarlos, de no ir siempre al mismo.
Voy al vestuario, me cambio. Zapatillas, shorts, una remerita.
Y entro a cualquier lado. Al gimnasio repleto de máquinas y aparatos, o a una sala donde veinte o treinta personas pedalean bicicletas fijas mientras resoplan o gritan, o a un salón donde mujeres en multicolores mallas saltan sobre pequeñas plataformas.
Me tiro a un costado sobre una delgada colchoneta o sobre el piso directamente. Y me quedo dormido. Por lo general duermo dos horas hasta que alguien, un profesor o el personal de limpieza o alguien que cree que me descompensé, que estoy muerto, me habla, me toca, me despierta.
Yo tengo un trabajo estresante, por lo general estoy ansioso, angustiado, con infinidad de preocupaciones, triste. Con todos los trastornos psicofísicos que esa situación perpetuada en el tiempo conlleva.
Y he descubierto que una de las pocas cosas que me permite descansar, que me da paz y me relaja, es estar en presencia de la energía mal canalizada, el esfuerzo sin sentido, la más pura imbecilidad ajena.

30.3.23

Ojalá no te salga


Si alguna vez deseaste, y seguro que alguna vez deseaste (quién no) a alguien. O algo, una situación, un objeto, que ocurriera una magia, bueno, cualquier cosa que se te haya ocurrido haber deseado.
Sabés que cuando finalmente sucedió, cuando estuviste desnudo con esa persona, cuando conseguiste ese diploma o ese auto, cuando pisaste descalzo esa playa no era, claro que no era como lo deseaste, como lo imaginaste, como lo esperabas.
Sucede que el deseo brilla demasiado, hay tanta luz ahí que cuando finalmente ocurre lo que deseaste algo se ensucia, la realidad salpica tu deseo, la zanahoria jamás será suficiente para compensar los palos recibidos durante la espera, quedan las marcas.
No, doblaste mal, parece lo más lógico pero no. No se trata de no desear, se trata en todo caso de desear cosas que no ocurran nunca. Bañarnos en las refrescantes aguas del deseo mientras nada ocurre, mientras te sucede como de costumbre cualquier otra cosa. Seguir deseando.

20.3.23

Secreta armonía


Pasó lo siguiente. Perdí el cuaderno. Ando siempre con un cuaderno, siempre escribo. Bah no, no siempre escribo, no escribo casi nunca. Pero ando con el cuaderno en la mano, eso sí. Es más barato que un teléfono celular, supongo. Y no suena.
Hay gente que habla por teléfono, hay gente que escucha música. Yo ando con un cuaderno, pienso que voy a estar en un bar y voy a escribir algo y me siento mejor. No me jodas.
Y lo perdí, al cuaderno. Me subí a un taxi a la nochecita, volví a mi casa. Llevaba una mochila porque había ido a nadar. Llevaba una bolsa, también, un pulóver, alguien que conozco cumple años, compré algo para regalar.
Bajé del taxi, pagué, o al revés, primero pagué, si no no bajás, y me fui a mi casa.
Nada, lo normal. Me hice un arroz para cenar, con cebollita cortada, un poco de queso azul que había comprado el domingo, un poco de mortadela Paladini que corté en daditos, aceite de oliva, pimienta, queso rallado. Me tomé dos vasos de vino, un Malbec que no le había ganado a nadie, miré un poco de televisión pero como miro yo, sin ver, hasta que me dormí.
Al día siguiente, hoy, cuando me desperté, mientras preparaba el café vi que no estaba el cuaderno, ni el libro, porque también siempre estoy leyendo un libro. Van juntos, siempre, el libro y el cuaderno, como si algo que lo que estoy leyendo pudiera traspasar la materia, no sé. No estaba, ninguno de los dos en el lugar donde tenían que estar. Donde los dejo siempre.
Había leído bastante del libro, y era muy bueno (‘Que el vasto mundo siga girando’, de Mc Cann). Había escrito bastante, en el cuaderno, también. Tenía un par de meses de fragmentos que me pertenecían, algunos me gustaban lo suficiente.
Me puse remal. Jamás me había pasado. Son cosas importantes para mí, el libro que estoy leyendo, y mi cuaderno. Si pierdo eso entonces estoy perdido, valga la redundancia, yo, en el planeta tierra. Es una pésima señal.
Me iba a costar no sentirme un pelotudo por el resto del día, me conozco, soy así, lo supe apenas descubrí la pérdida, el descuido, la falta.
Bajé a la calle temprano, debían ser las ocho y algo, tenía que ir a una reunión, a trabajar. Milagro. Miracolo. En el buzón de entrada del edificio, metido como una carta mal colocada, oblicuos a la realidad, acomodados apenas, ahí estaban.
El libro y el cuaderno. ¡El libro y el cuaderno! No podía ser, pero podía ser. El portero lustraba el portero eléctrico, lo que equivalía a decir que quizás lustraba una versión más moderna, una versión mejorada de sí mismo, con su existencial indiferencia.
El taxista, el taxista que me había llevado el día anterior, debió recordar dónde me había bajado, a qué edificio había entrado. Cuando alguien le mostró que un pasajero se había olvidado algo en el asiento de atrás, el taxista recordó al pasajero, recordó la dirección, de inmediato.
Y eso que ni había cruzado palabra con el tipo. Me pareció básico, primitivo, hizo un comentario sobre San Lorenzo, la importancia de jugar con un 9 de área, alguna boludez por el estilo y nada, me dediqué a mirar por la ventanilla el resto del viaje. Debió pasar a la mañana bien temprano sin saber mi nombre ni el departamento en el que vivo, clavó el libro y el cuaderno en el buzón.
Notable gesto, me alegró el día, me devolvió la fe en la humanidad. Por lo general estamos condicionados por nuestra formación, por nuestra experiencia, y en mi caso espero siempre lo peor, o quizás no necesariamente lo peor pero sí la idiotez y la maldad. Estoy poseído por una mala disposición existencial en lugar de simplemente ver qué pasa. Las cosas nunca son tan malas.
Abrí el cuaderno, mi cuaderno. Alguien, el taxista, había escrito unas líneas a mano con birome negra en la contratapa.
Decía: el libro es bueno, una novela bastante buena, pero tus escritos son malos. Escribís mal, no tenés nada para decir. Te devuelvo el cuaderno para que reflexiones, te hice algunas correcciones, subrayé algunas cosas, escribí algunas notas al pie de varias páginas. Quiero que entiendas que lo que escribís es una cagada.

10.3.23

Loop


Resulta que a la psiquiatra se le rompe una muela masticando un turrón que le trajo un paciente de su viaje a España. Se sentía mejor, después de siete o nueve años de tratamiento, el paciente, y se animó a viajar.
La psiquiatra pide un turno de urgencia con un dentista que le recomendaron. Un dentista algo gordo y algo mayor, quizás bastante más que algo en ambos casos. Un buen dentista que se siente muy solo, tremendamente solo, en particular los viernes.
El dentista concurre justamente los viernes a coger con una prostituta que atiende en un departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear, entre Suipacha y Esmeralda. Coge diez o doce minutos y después se queda dormido mientras la prostituta pone la televisión en el canal de dibujitos animados. Antes de irse el dentista pasa al baño a pishar y se lava las manos por un rato quizás demasiado largo.
La prostituta viaja en taxi cuando termina su día de trabajo porque no da más, y porque quiere volver a su casa a ver a su pequeña nena que se llama Iris y es un encanto. La nena cree que su mami trabaja en un supermercado y su mami cree que quizás no le ha mentido, que en el fondo ella no hace otra cosa que manipular un par de artículos, acomodar algo en alguna otra parte, cobrar.
El taxista va a un banco a pedir un préstamo. Quiere dejar de tener que trabajar como peón y tener por fin su propio taxi. Ha estado ahorrando por tres años y lo único que necesita es un empujón para saltar, algo de plata, tiene un amigo bastante mayor que quiere vender la licencia de su taxi y retirarse.
El empleado bancario tiene un hijo adolescente que va al colegio secundario, le falta un año y algo más para recibirse de perito mercantil pero el chico no quiere saber nada con seguir estudiando ciencias económicas como su papá. El chico quiere viajar un año por Europa, quizás armar una banda de rock en Inglaterra, no hacer otra cosa todo el día que tocar la guitarra y fumar.
La maestra del colegio ve al chico triste, disperso. Le parece que consume drogas, varias veces lo ha encontrado llorando a la vuelta del colegio. Le dio el teléfono de una amiga para que el chico vaya a hacer una consulta. Su amiga se llama Viviana, es psiquiatra.
Alguien, alguno de ellos, la psiquiatra o el dentista o la prostituta o el taxista o el empleado bancario o el hijo o la maestra, de casualidad me lee. Lee algo mío, uno de mis fragmentos, nada importante.
Es como una enfermedad venérea, como una copa de vino que se vuelca y algo cambia.

28.2.23

Como le pasa a todo el mundo


Lo que te pasa, cuando estás conmigo, lo que te sucede cuando estamos juntos, no parece nada especial. No parece gran cosa.
Vamos y hacemos lo que hace todo el mundo. Una cena, una botella de vino, cogemos un poco. Unos mates a la mañana, dos o tres cuadras que caminamos juntos, la gente que me repugna por lo general sin ninguna razón, un perro que mueve la cola y se me acerca como si supiera algo, algo que sólo él y yo sabemos.
O vamos al cine a ver una película malísima pero nos reímos de una chica que come un balde de cinco kilos de pochoclo o de un señor con una rotunda peluca de un desteñido rubio ceniza. Pedimos una pizza, miramos por televisión la National Geographic donde los leones atacan a las cebras o los cocodrilos esperan haciéndose los distraídos para comerse algo. Me contás que querés cambiar de trabajo, te cuento que escribí un cuento, no sé, nos dormimos.
Así pasamos un tiempo sin hacer nada demasiado importante, tres meses, seis como mucho.
Hasta que te das cuenta que no te alcanza. Que no se puede flotar por flotar y nada más esperando que el tiburón de la vida te arranque a mordiscones los tobillos. Planes, proyectos, cosas por las que vale la pena luchar, cosas que hay que hacer. Me lo explicás, a tu manera, y sin excesivo rencor me decís que te vas. Nos despedimos.
Al poco tiempo te das cuenta que no das más, que mi ausencia es desgarradora, como si abrieras una palta y le faltara el carozo. Algo está mal, algo falta, y lo que falta es, aunque no lo puedas explicar, lo que le daba a las cosas algún sentido.
Somos estatuas de sal queremos volver, cantaba Carlos Alberto García Moreno cuando era Charly García. No se te ocurra mirar hacia atrás, yo también estoy remal. Hay que seguir.

20.2.23

Me desperté, abrí los ojos


Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera me estaba cambiando el suero. Me secó, con una pequeña toalla de un acuoso y desteñido verde, el sudor de la frente. Me explicó, apenas en un susurro, porque yo alcancé a balbucear la palabra ‘qué’. Me explicó, decía, que había tenido un accidente con mi motocicleta. Me había fracturado ambos brazos. En el izquierdo, además de las múltiples fracturas, me había roto la clavícula, y la muñeca. Me habían operado tres veces. Había tenido un severo traumatismo de cráneo, y una complicada contusión en la columna. Me preguntó si podía sentir los pies.
Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera le susurraba algo a un joven doctor de lentes que observaba algunos indicadores con severa expresión. Me explicó, la enfermera, que había recibido un balazo en el cráneo en un asalto a un supermercado. Habían logrado extirpar el proyectil que se había alojado en mi cerebro. Había permanecido en coma once días después de la operación. Me quedarían graves secuelas, sin dudas, que todavía no se podían determinar con precisión. Tendría una complicada y extensa recuperación, pero la medicina había hecho asombrosos avances en áreas que antes hubieran resultado impensadas. Me preguntó, la enfermera, cómo me sentía. Me preguntó también si yo tenía fe, si era creyente.
Me desperté, abrí los ojos. Estaba en mi casa, supe de inmediato que era domingo. Y estabas vos, claro que estabas vos, a mi lado. Todavía dormida.

10.2.23

Y decidió buscar otro camino


Cuenta la leyenda, aunque quizás no esté bien utilizar el término ‘leyenda’, quizás estoy siendo blasfemo u ofensivo desde ya sin pretenderlo. Está escrito, son sagradas escrituras, pero yo lo he leído en internet en alguna parte.
Se cuenta entonces que el Buda se iluminó cuando al lograr escapar de su palacio en el que había sido criado y vivía como un príncipe, siendo ya un adolescente escapó un día del palacio, con un amigo. Y recién ese día, en un paseo, descubrió, pudo ver, la vejez, la enfermedad, la muerte. Al parecer, ese primer contacto con la muerte lo perturbó de peculiar manera.
‘¿A todos nos sucede esto?’, preguntó el Buda, que todavía no era el Buda. Y el amigo que lo acompañaba le explicó que sí, que todas las personas envejecían, todas las personas enfermaban, todas las personas se morían.
Si esto es todo lo que hay, si es así como sucede, entonces nada tiene sentido, dijo el joven. Y decidió buscar otro camino. El camino que lo llevaría a la iluminación, justamente. A trascender.
En lo personal, este último tiempo no hago otra cosa que ver vejez, enfermedad, y muerte. Pero no se me ocurre nada, no me ilumino ni un cachito.
No sé, mostrame un poco las tetas o haceme una paja. Y servime más whisky si sos tan amable.

30.1.23

Sh


La gente está tan sola, la gente está tan mal, que necesitan gritar lo que les pasa. Creen, pobres, cómo no comprenderlos, que otorgándole una sonora cualidad a sus tragedias quizás eso les confirme que de algún modo existen.
No hablan, ya nadie habla, hace tiempo que hablar se dejó de usar, pasó de moda como los pantalones pata de elefante. Sin saberlo desde ya, piden socorro.
Entonces gritan, no pueden parar de gritar. Por teléfono celular principalmente, en cualquier parte, en la calle, en un transporte público repleto de gente.
–¡Ravioles! ¡A la noche comemos los ravioles que quedaron del freezer! –dice una mujer y mira alrededor como si fuera Diana Krall y acabara de terminar un tema.
–Ayer miré la tele, y después me dormí –dice un hombre por teléfono y asiente, asiente esperando que alguien también asienta, alguien que le confirme que si miró la tele y durmió entonces es muy probable que esté vivo, que todavía respire.
En los bares pasa lo mismo, exactamente lo mismo. Se te sienta una parejita en la mesa de al lado y ella grita ‘¡Ahora voy a retirar el análisis de sangre!’, y te mira porque si se va a buscar el análisis de sangre entonces, aunque prácticamente no tiene nada que se parezca a una vida, tiene sangre. Algo es algo.
La gente cree que si repiten lo que les pasa una y otra vez, cada vez más fuerte, quizás logren volverse un cachito más interesantes. Puede que el oído ajeno les regale algún significado a esa sucesión de imbecilidades, una maldita cosa detrás de la otra (dijo Winston), la vida.
En lo personal ya casi no digo nada. Murmuro apenas, cuando voy a comprar jamón y queso en la fiambrería, digo ‘permiso’ cuando entro a un ascensor, pido un café en alguna parte. Digo ‘gracias’, también, a veces, ‘muchas gracias’. Y nada más, miro por alguna ventana cómo pasan los autos. Por lo general vivir es un fastidio que no merece mayores estridencias ni comentarios.

20.1.23

Esa chispa


Descubrí algo extraño que me sucede, una pauta de comportamiento por decirlo de algún modo, rara.
Cuando voy a encontrarme con mi novia, cuando arreglo para salir un martes a la noche o a veces los jueves. Después de cenar, vamos a coger. Le exijo, primero le indico pero si es preciso le exijo que realice durante el acto sexual, el coito, la fornienda, las peores barbaridades. Le pido que se meta varios dedos en el culo, o que se trague el esperma como si en verdad lo estuviera saboreando, que se pase un dedo manchado de esperma por las cejas o por los labios, que grite, que diga que quiere ser atravesada por un senegalés con la poronga del tamaño de un antebrazo humano o por un enano disfrazado de Batman, de Oaky, del Capitán América. Que aúlle y me pida que le acabe en los ojos, que me pida que la estrangule con un cinturón o que le de latigazos hasta dejarle el culo en carne viva.
Después, otro día, cuando concurro de visita a una prostituta, le pido que se vista. Que nos sentemos en la cocina a conversar mientras tomamos unos mates, que me cuente de su infancia, cómo se jodió los ligamentos cuando quería ser bailarina, que me muestre fotografías de su pequeña hija durante el acto de fin de año del colegio. Después hablamos de lo caro que está todo, de la inseguridad, del costo de vida. Le cuento que me están por ascender a subgerente de algo, de cualquier cosa, que quiero cambiar el auto. Al rato me voy, no, nada de coger, qué coger, lo importante es conversar, compartir experiencias, estar en agradable compañía.
No, no me pasa nada. El asunto es que uno de los pocos momentos en que las personas se vuelven interesantes es cuando se las saca de su zona de confort. Cuando no pueden hacer lo que quieren hacer, lo que están acostumbradas a hacer, lo que hacen más o menos siempre.
Esos únicos momentos en los que puede surgir una chispa de magia. Lo demás es lo que sos todo el tiempo, como si estuvieras guionado. Tu maldito libreto.

10.1.23

Meteorológico


A veces voy y me paro en una esquina. Diciembre en Buenos Aires, más de treinta y tres grados, el sol te atraviesa como un rayo láser. Casi podés sentir el asfalto caliente que pasa las suelas de goma y sube y sube como una dulce caricia primero, para transformase en una simpática pitón después con el único objetivo de recordarte que te estás quemando.
A veces llueve, es otoño y llueve. Explota el cielo y se abre como si alguien rasgara una bolsa de residuos del tamaño del cielo, justamente. Y me quedo parado en una esquina como si estuviera esperando para cruzar, con una camisa apenas. Y el agua me chorrea por las cejas, por la nariz, por el cuello.
Y no falta, nunca falta alguien que se me acerque y se me quede mirando. Alguien que me pregunta si me pasa algo o me diga sin decir, en un murmullo apenas, que está lloviendo, o que me ponga a la sombra, o que me estoy mojando.
Pero yo no contesto, nunca contesto. Sigo viendo el horizonte o la nada misma hecha de autos. Porque si recuerdo todo lo que quise ser y no salió, todo lo que pudo ser y no fue, o cuánto te quise. Para resumir, si recuerdo todo lo que fracasó, bueno. El clima es anécdota.

30.12.22

Cubo mágico


El amor no existe. El amor no es mucho más que las ganas de coger, de ponerla un poco más o menos hasta los treinta y tres años, treinta y cinco si querés, y después algo parecido al compañerismo. Alguien que te pase un mate, alguien que te espere para recriminarte algo que hiciste mal o que no hiciste, alguien a quien culpar porque acabás de sacar los agnolottis de la olla y se acabó el queso rallado. Están las fotos claro, quedan las fotos que ya ni siquiera son fotos en papel. No hay nada más muerto que una foto digital. Y entrar a una fiesta con alguien de la mano para que los demás no piensen que estás apestado, que tenés chagas o ébola y ojalá les haya tocado una mesa distinta para no tener que hablarte.
La felicidad no existe. La felicidad no tiene la menor importancia además. Pero te ponen a correr detrás de una imaginaria zanahoria desde que tenés no sé, once años, y allá vas. Toda esa energía derramada sobre el asfalto indiferente. Caminar por esa playa del Caribe, tomar un café en París, no significa nada. Dejar de ser vos es una experiencia insoluble desde la geografía. Llevarás tu gastritis a Londres, tu existencial fastidio te acompañará por detrás de esos preciosos zapatitos Salvatore Ferragamo. Y así.
Pero vivir está bueno, eh. Vivir es una experiencia de lo más interesante.

20.12.22

Todos tenemos un don


Me pasa bastante, me pasa mucho, que suena el teléfono. A la noche, siempre es a la noche, después de las diez de la noche. Yo diría que entre las diez y las doce de la noche.
Puede ser un número que no conozco, puede decir la pantallita ‘número desconocido’, igual atiendo. Tampoco tengo demasiado para hacer. Por lo general estoy en la cama mirando la televisión pero sin mirar. Esperando que la televisión me canse del todo para ver si consigo dormir aunque sea cinco horas. Así me pasa, así vivo.
–Hola –digo. Hace tiempo que dejé de ser original, ser original se usa hasta los quince años más o menos, después te vas volviendo algo más práctico o la vida te pasa por encima. Cuando alguien insiste en mostrar lo original que es, bueno, es porque es un pelotudo.
–¡Hijo de puta! ¡Sos un hijo de puta! –Grita la mujer, hace una pausa para cargar aire y luego lanza un aullido como si le estuvieran atravesando el corazón con una oxidada aguja de tejer.
O sino.
–¡Qué basura que sos, Juan! ¡Sos lo peor que me pasó en la vida! –Otra mujer más joven quizás, su tono de voz es más duro. El odio se impone por sobre el sufrimiento.
O también.
–¡Todo vuelve, Juan! ¡Te deseo lo peor, mierda! –Otra mujer, ahogada en sollozos que casi la obligan a tartamudear.
Así sucede, una o dos veces por semana. Si hace frío, si llueve, más aún.
Y cada tanto se me da por preguntar, por ejemplo.
–¿Laura? –Se escucha un silencio de reconocimiento–. Pero escuchame una cosa, nosotros salimos no sé, hace más de quince años. Después te casaste, tuviste hijos. Quiero decir, pasó la vida.
–Sí –responde en este caso Laura–. Pero odiarte a vos me hace muy bien, Juan. Sos el mejor tipo para odiar que conozco.

10.12.22

En la vida


Cuando me mudo, y me he mudado varias veces, lo primero que estudio del barrio son los bares. Necesito de ser posible cinco, pero con tres está bien. Tres bares, para desayunar los días de semana. Antes de ir al centro a trabajar, necesito sentarme en un bar y mirar por la ventana.
Si fueran cinco bares es mejor porque entonces puedo ir cada día de la semana a un bar distinto, pero con tres está bien también. Podés repetir un bar en la semana pero siempre dejando pasar un día en el medio. Y nunca, la repetición, más de dos veces en la semana.
Vas a un bar dos días seguidos o más de dos días en la misma semana y el bar se arruina, se pudre. Pasa algo malo con la gente, te empieza a parecer que la convivencia se vuelve no sé, asfixiante. O el mozo te quiere decir qué número va a salir en la quiniela o te muestra fotos en su teléfono celular de las minas que sueña que se coge. Y entonces no podés volver a ese bar nunca más. Tengo muy estudiado el fenómeno.
Me había mudado hacía unos meses escapando de algo, de mí mismo casi seguro. Los lunes iba a un bar sobre la avenida C. Entonces empezó a pasar algo.
A los diez o quince minutos de estar sentado en el bar, se abría de golpe la puerta de vidrio. Entraba un muchacho de unos veinte años como mucho, muy drogado, sucio. Usaba unos pantalones largos de gimnasia adidas y una remera agujereada.
–Forros, los voy a matar a todos! ¡Hijos de puta! –gritaba el pibe. Señalaba a alguien, alguno de los clientes en particular, o hacia el fondo, el mostrador donde estaba el dueño detrás de la caja. Hacía una pausa, los puños crispados, la furia apenas contenida. Pasaba no sé, treinta segundos, un minuto máximo, y se iba.
–¡Pelotudos, hijos de puta! –Gritaba el pibe al lunes siguiente. Amenazaba con tirar una piedra, hacía todo el movimiento y cuando parecía que finalmente sucedería lo peor y alguien de una mesa se tiraba al piso o una mujer se largaba a llorar, dejaba caer la piedra al piso y se iba.
Así se repetía el evento, lunes tras lunes. Se notaba que el pibe estaba muy mal, daba hasta pena llamar a la policía. Pero no menos cierto era que el pibe podía en cualquier momento lastimar a alguien, a punto de estallar, apenas se contenía.
Hice lo siguiente.
Llegue al bar, pedí lo mío. Y pedí un café con leche con tres medialunas más mientras consultaba mi teléfono como si estuviera esperando a alguien. Era lunes, estaba en hora. Llegó mi pedido.
Y llegó el pibe.
–¡Los odio! –dijo– ¡Los voy a matar a todos!
Me puse de pie con el café con leche en una mano, el plato con medialunas en la otra. Lo miré, hice contacto visual, como se diga. Me acerqué, eran unos diez pasos los que me separaban de él. Apoyé el café con leche y las medialunas en una de las mesas de la primera fila.
–Sentate –murmuré–. Desayuná –me di vuelta, volví a mi mesa.
El pibe giró, se puso de frente a la puerta y se sentó, nervioso, metió la cabeza entre los hombros y probó el café con leche. Mordió una medialuna.
Todos necesitamos un desayuno caliente, que nos dejen un rato tranquilos. Eso es lo que nos pasa.

30.11.22

Almagro Tíbet


Es fácil y está al alcance de cualquiera. Te vas a un velatorio. ¿A qué velatorio? Pero querido, cómo me hacés esa pregunta, cómo me preguntás eso. ¿Qué carajo importa a qué velatorio, papá? A cualquier velatorio, a cualquiera.
Los domingos, mejor los domingos. Los domingos es el día que hasta Dios descansó. Todo el mundo observa su alma, la propia, la ínfima pequeñez de la propia vida y el lunes está ahí nomás, tomás aire y tenés que seguir con toda esa mierda. Es normal que los domingos la gente se ponga mal, que la gente se deprima.
Agarrás el domingo cuando oscurece y te vas a una casa de velatorios. La que te quede más cómodo, o la podés elegir por el barrio. Podés querer ir a un velatorio en Palermo o por Belgrano. Los velatorios por Paternal son muy buenos, y los de Villa del Parque.
Entrás y te mandás. Te fijás en el cartelito por las dudas, cómo se llama el muerto, y te mandás. Entrás con cara de preocupación, con cara de estupor, de cansancio. Con tu cara de siempre, para qué nos vamos a engañar.
Pasás la recepción, la sala que suele haber al principio, la primer salita, y te vas para el sector donde está el cajón. Cuando entrás te vas a dar cuenta enseguida quiénes son los familiares directos, la esposa, los hijos, algún hermano.
Y abrazás a cualquiera, habrá alguna duda, siempre hay alguno que duda, doblado por el dolor no consigue recordarte, no te conoce. Pero habrá otro que sí, una mujer de bastón que se incorpora mientras vos le besás la mejilla o le pasás una mano por el canoso cabello, una chica que estalla en un sollozo, uno más, ante tu abrazo, un gordo que se suena los mocos contra uno de tus hombros y asiente mientras vos lo palmeás con una indubitable muestra de afecto y congoja.
Podés decir algo, cualquier cosa. De acuerdo al sexo y a la edad del difunto, a su cara. Podés decir ‘siempre nos ayudaba a todos en el trabajo’, o ‘era la mujer a la que todos le pedíamos consejo, la queríamos escuchar’, o ‘tan joven, Dios mío, tan llena de vida’. Algo así, cualquier cosa.
Y después de haber saludado a alguien, a uno o dos, después de haberte acercado al cajón y murmurado un lamento, vas y te sentás a un costado. Buscás un periférico punto de la sala donde sentarte un rato.
Estar ahí unos quince minutos, en contacto con la muerte por decirlo de algún modo, con el dolor en uno de los estados más puros, bien equivale a cinco o siete años de psicoanálisis. Te das cuenta que lo que te atormenta, lo que te pasa, no tiene prácticamente ninguna importancia.
A veces hay bandejas con sanguchitos, también. Algo para tomar.

20.11.22

Malabares


Una de las cosas interesantes que suceden al envejecer, no digo la única, es que comienza a ocurrir algo. Se desata un proceso, una sucesión de situaciones, todas malas. Como si una aplicada gárgola se divirtiera obligándote a dejar de lado tu obsesión.
Te estás quedando pelado, por ejemplo, desde siempre, desde chico. Prestás atención a cada pelo que te abandona, dedicaste particular energía a cada tratamiento inventado para combatir la caída del cabello. Y te salen hemorroides, for example. Te das cuenta una mañana cualquiera al ir al baño. Pasamos entonces del pelo al culo para nunca más volver.
O sos una chica bonita, delgada, te sacaban a bailar lento desde la época de los bailes del colegio. Pero tenés várices, algunas azules ramificaciones detrás de tu rodilla derecha, laboriosas arañas tejiendo su indolente red. Tu madre tenía várices, desde que podés recordar. Tu abuela tenía várices, también. Vas a la playa, en verano te gusta usar bikini. Te preocupan un poco las várices, confiás en tus piernas desde siempre para abrirte paso en la vida, y para caminar, también. Y un día mientras te bañás tocás un bultito, algo pequeño, como una arveja quizás, en tu teta derecha. Y listo. Las várices pierden el protagónico, las várices van a tener que esperar.
Podríamos seguir con los ejemplos. Para qué molestar, para qué aburrir.
El asunto, claro hasta la desmesura, evidente hasta la extenuación, es que el perro va a tener que dejar de morder su preferido hueso. Estar vivo es una fantástica tormenta que te va a mojar hasta el alma, a nadie le importa si se te hacen moco esos zapatos nuevos.

10.11.22

Escritor maldito


Tenés que ir a Lacroze y Cramer. En Lacroze y Cramer hay un bar, justo en la esquina. frente a las vías. Conviene que vayas un lunes, o un martes, cualquiera de esos dos días. A las doce de la noche.
Conviene que vayas un poco antes, de las doce de la noche, pero las dos pibas llegan a las doce de la noche en punto, doce y cinco como mucho.
Vos tenés que estar tomándote una cerveza, con un sándwich, o un whisky con unos daditos de queso, mirando por la ventana. Y un libro, esa es la clave. Tenés que dejar un libro arriba de la mesa. Una novela, o cuentos, cualquier cosa. Un libro que hayas leído.
El asunto es que las dos pendejas, porque son pibas de veinte años como mucho, las dos pendejas estudian letras. Y están forradas en plata. Viven por ahí cerca, sobre Tres de Febrero, una torre enorme.
Las dos pibas estudian letras, te decía, y tienen un mambo con los escritores malditos. Son pibitas que leyeron a Kerouac, a Bukowski, a Burroughs. No sé, los poemas de Rimbaud y de Ezra Pound, los cuentos de Carver, de Abelardo Castillo, leyeron todo.
Y les gusta coger, a las pibitas les gusta mucho tomar merca y coger, enfiestarse, las dos juntas, con tipos que escriban. Entonces van a ese bar, salen de pesca, van a otros bares también, pero los lunes o los martes van a ese bar seguro, y si ven a un tipo que lee algún libro, o que tiene un cuaderno y una birome, bueno, le buscan conversación de una. Te preguntan algo, cualquiera de las dos, algo del libro que estás leyendo. Vos tenés que decir ‘sí, escribo’, pero como si no quisieras decirlo, como si las pibas te parecieran pelotudas, como si te estuvieran molestando.
Y las pibas te invitan a la casa de una. Viven solas. Tienen merca, ala de mosca, tienen whisky importado y les gusta coger, les gusta mucho coger. Te enfiestan, la vas a pasar como nunca.
Ya somos varios los que las cogimos. Paran en otros bares también por Chacarita, por Congreso, les gustan los bares viejos y los escritores cagados a palos. Están chifladas pero están rebuenas, las pibas. Muy putas.

También puede ser que si vas al bar que te dije, al bar de Lacroze y Cramer a las doce de la noche, el lunes o el martes, bueno, te afanen. Hay unos pibitos que andan por ahí, una bandita que afanan a los que bajan del tren. Andan de caño y están muy zarpados, le dan como locos al pegamento. Te afanan de una. O te suben a un auto y te llevan a recorrer cajeros automáticos, o te hacen un secuestro express. Si salís de ese bar y no te metés en un taxi al toque te afanan, perdés.

Lo que te dije de las minas es todo mentira, lo inventé todo. Digamos que es ficción, yo escribo, no sé si te comenté.

30.10.22

Otro color esperanza


Me despierto a la mañana y en la televisión, un locutor con exceso de gomina, un mapa de fondo, avisa que es el fin del mundo. Avisa que va a llover, que va a nevar, y que va a granizar, todo al mismo tiempo. Dice que vendrá un maremoto con olas de treinta y nueve metros de altura, dice que hará tanto frío que a la gente se le congelarán los pelos de las cejas, y del culo también.
Me despierto a la mañana y en la radio dicen que hubo un choque de trenes. Descarrilaron, después de chocar, los trenes. Hay muertos, muchos muertos, hay, incluso, muertos que todavía no saben que están muertos. Hay gente mutilada que busca, justamente, lo que perdieron, lo que les falta, entre los calcinados hierros. Y aprovechan en el mientras tanto para robarse una billetera o un teléfono celular.
Me despierto a la mañana y los diarios dicen que un grupo de ladrones entraron a un geriátrico de Balvanera, torturaron a los viejitos toda la noche porque no querían decir dónde tenían la plata escondida. Les quemaron los rostros con una plancha, les dieron martillazos en las plantas de los pies, les arrancaron los pocos dientes que les quedaban con una tenaza. Les tiraron las fichas del dominó al inodoro, también.
Y yo que muchas veces no sé para qué me despierto, creo que ahora sé para qué me despierto. Me despierto porque el mundo es una mierda, una verdadera mierda, al mundo le va para el culo y necesita contárselo a alguien.

20.10.22

Te noto preocupada


Hay una trampa, un truco. Lo admito, es algo cruel. Yo soy una víctima más, quiero decir, yo no lo inventé. Te lo cuento porque te veo muy preocupada, sino ni te lo diría. Porque tampoco hay demasiado para hacer al respecto, es parte del paisaje.
Dentro de diez años todo lo que te dijeron que era bueno, que hacía bien, resultará que no era bueno, que no hacía bien. Y todo lo que te dijeron que era malo, que hacía mal, bueno, no era malo ni hacía tan mal.
Es un negocio, el bien y el mal, lo bueno y lo malo, va cambiando. Y no es personal, como en las pelis de la mafia se suele decir. Nunca es personal.
Vos querés un ejemplo, te doy ejemplos. Vos corrés, vos vas y corrés, te pasaste unos buenos veinte años corriendo y un día van y anuncian que todos aquellos que corrían se quedarán sin rodillas no más allá de los cincuenta años o incluso antes. Tendrán que ir a hacer las compras reptando, no podrán subir ni cinco escalones por ninguna escalera, olvídense siquiera de intentar coger.
Otro, bueno. Fuiste al cardiólogo y te dijo que tomes una aspirineta por día para licuar la sangre, porque el signo de los tiempos es que a todo el mundo se le tapan las arterias y les explota el corazón como si le dieras un patadón a una rana contra un indiferente zócalo. Un día entonces sale publicado en un jornal de medicina que la ingesta de aspirina en cualquiera de sus variantes provoca cáncer de estómago, cáncer de cólon, úlcera gastroduodenal, y que se te caigan las uñas de los dedos gordos de los pies. Te vas a tener que pasar el resto de tu vida cenando avena con leche y miel, pero el rictus de dolor de tu patético rostro no se te irá jamás en la vida.
Sí, claro que hay más ejemplos, no te quiero aburrir. Te pasaste treinta años en el laburo almorzando ensalada de frutas comprada en un triste vaso de plástico, y te dicen que después de pelarla, no sé, a las dos horas, la fruta pierde el 97% de sus propiedades. Si comías sánguches de milanesa daba igual, te morías más o menos parecido.
Dentro de diez años te van a decir que el colesterol malo era el bueno y que el bueno era el malo, porque además de ser swinger le gustaba cambiarse de ropa, vestirse del hombre araña y de la mujer maravilla también. Te van a decir que bañarse más de una vez por semana le provoca a la piel lo mismo que si te pasearas en tetas por Chernobyl, te van a decir que fumar no hace tan mal y el clonazepán te saca la ansiedad pero te deja más triste que un canguro enjaulado. Te van a decir que nada ha destrozado más a la gente que el matrimonio y trabajar en una oficina y veranear la primer quincena de enero en la costa atlántica. Pensaste que eras normal, que estabas haciendo todo como corresponde y no sabés por qué carajo no te reís desde que tenés 11 años.
No, no te estoy diciendo que te voy a contar cuál es el antídoto. No hay antídoto, es todo mentira. Tratá de reírte, de acariciar un perro, de caminar un poco, de coger y de tomar vino. Lo demás es un negocio de las multinacionales, es todo muy dinámico, son grandes capitales, lo que se diga en estos casos.

*bioy dijo ‘vivir es distraerse’. conste en actas.

10.10.22

Trescientos setenta y ocho domingos


Vivo, por decirlo de algún modo, en el mismo departamento, desde hace más o menos diez años. No me he movido, en lo geográfico, gran cosa. Quizás sea una metáfora de mi vida en general. Quiero decir, no he participado en una orgía con la selección nigeriana (femenina) de handball, ni he ganado algún premio literario en Madrid. Sacando un par de generalidades, podríamos decir que no he hecho prácticamente nada con mi vida. Y presumo que a partir de ahora las cosas sólo pueden empeorar. Hola, qué tal, vivir con eso.
Todos los domingos bajo a buscar el auto. Lo tengo en un garage a dos cuadras de mi casa. La idea es ir a desayunar a un lugar lindo, un bar desde el que se pueda ver un árbol o chicas que pasan trotando. Quizás caminar un poco.
A media cuadra. Ahí está. Siempre. Un hombre, un vecino, a la vuelta de mi casa. Lavando su auto. El tipo es un resumen de todo lo que yo no hubiera querido ser jamás en la vida. Gordito, con el cabello teñido, petiso, con un ridículo bigote que podría ser tranquilamente de un policía de civil o de un puto serio, vestido con bermudas con demasiados bolsillos a los costados y una desteñida chombita Fred Perry de 1978.
El tipo como dije lava su auto. Le cuelga un cigarrillo de la boca. Se aplica a la tarea, hace un despliegue de instrumentos. Mangueras, pomadas lustradoras, plumeros de tres colores, diversidad de trapos, y así.
Cada domingo, a razón de 54 domingos por año, los últimos siete años ponele, 378 domingos, el tipo lava el auto. Cuando paso lo veo concentrado en sacarle brillo a la tasa de la rueda delantera derecha, o usando una especie de pistola de agua a presión para lavar el motor, o fregando, en cuclillas, las alfombritas de goma. Sobre el cordón de la vereda, con un cepillo.
Es la imbecilidad más pura, es la futilidad hecha canción, es el sinsentido de una vida aplicada con fruición a la nada misma. Debo agregar que a menos de setenta metros hay un lavadero de autos, pero a él parece no importarle. Se aplica a la tarea con paciencia y esmero.
Es un hombre que jamás se atormentó por no poder escribir un relato decente, ni le interesa saber si hay vida después de la muerte. Suele hablar con el portero de su edificio, que le alcanza un trapo o un mate. Hablan de fútbol, del clima también.
Ese hombre lava su automóvil los domingos y con eso es suficiente para sostener una vida. No sé si burlarme o pedirle ayuda.