30.9.20

Animal kingdom


Me pasé tres años largos, y después un año y medio más. Llegaba a mi casa y prendía la televisión, ponía el canal de la National Geographic. No me interesan las noticias, la verdad es que no me importa mucho la realidad, lo que pasa. Y no sé nada de deportes, gente corriendo o saltando, pegándole a una pelota con un bate o con el pie. Toda esa energía derramada.
Así que llegaba a mi casa a eso de las seis de la tarde, me hacía un mate cocido, y prendía el televisor. Calculo que me dormía a eso de las doce de la noche, a veces un ratito antes. Veía unas seis horas, la tele, National Geographic.
Vi todo. Vi a los cocodrilos quietos, muy quietos en el agua, sin moverse, esperando que crucen las cebras o los ñus o los ciervos para morfárselos. Vi a los guepardos corriendo antílopes casi en el aire a velocidades prodigiosas, hasta tocarlos de atrás, como si estuvieran jugando a la mancha.
Vi a una leona defendiendo a sus cachorros mientras le disputaban su presa un particularmente embravecido grupo de hienas. Ese espeluznante ‘jiji’ en el aire. Vi a los elefantes preocupados porque uno caminaba más y más lento, le costaba avanzar, y se moría. Vi a las jirafas peleando a los cuellazos limpios, vi a los hipopótamos jugando a ver quién era capaz de abrir la boca más grande. Vi a los chimpancés cogiendo, comiendo bananas, volviendo a coger, colgados de una rama. Vi al macho joven ir y desafiar al macho alfa de la manada y que lo sentaran de una piña.
Vi a las cebras paradas pastando, como si fueran crucigramas. Vi a los osos pardos pescando salmones con las manos. Vi a los lobos marinos tomando sol uno al lado de otro en perfecto orden, vi a los pingüinos tirándose al agua congelada todos juntos a la voz de aura.
Por eso te digo, vi todo lo que se te ocurra que se pueda ver sobre el reino animal. Y jamás, ni una vez vi a un animal tener una actitud tan repugnante como las que me ha tocado ver trabajando en una oficina.

20.9.20

Acerca de la suerte


Viste eso que tanto se discute, para cualquier orden de la vida, la importancia de la suerte. Está escrito inclusive, hay gente que opina que si te fuera dado a elegir entre el talento y la suerte, bueno, uno debería elegir la suerte. Diría que el talento es una forma de la suerte, pero eso es otro tema.
Por ejemplo aquel día. Llovía y era casi mediodía, lo recuerdo muy bien. Yo salía de una reunión y no había manera de conseguir un taxi. Buenos Aires con lluvia, viste cómo es.
Se ve que me paré ahí en la esquina de Lavalle y Montevideo a esperar que cortara el semáforo. Iba a cruzar pero de pronto me detuve, porque vi el charco que tenía que saltar y calculé que si daba el salto, por el impulso, iba a quedar ahí sobre la calle, y el semáforo no había cortado para los autos que seguían pasando. Entonces avancé como para arrancar pero no sé, me frené, decidí quedarme cinco o diez segundos más debajo del toldo para no mojarme.
Y justo cayó. La maceta. De un quinto piso, a la calle. Una mujer estaba intentando sacar el agua de su balcón con un secador de piso, y empujó la maceta. Una maceta común, con un par de geranios. El impacto nos sorprendió a todos. La maceta cayó, ponele, a treinta centímetros de mis pies, y estalló contra las baldosas de la vereda.
Si yo hubiera arrancado justo un par de segundos antes, si yo hubiera saltado cuando pensé en saltar, bueno, la maceta me hubiera impactado de lleno en la cabeza.
Pero no, yo no avancé y la maceta no me pegó. Entonces, de los nervios por lo que podría haberme sucedido, para festejar, no sé, vi el kiosco, me compré un alfajor. Y justo pasaste vos también, porque salías de tribunales y tenías ganas de fumar. Pediste fuego en el kiosco, y yo te hice el viejo chiste de sacarte el cigarrillo todavía apagado, y apoyarlo, la punta, sobre mi corazón.
–Dejá –dije–. Te lo prendo yo.
Y te reíste, te hizo gracia la situación. Quizás no conocías el dicho, aunque si fuiste a bailar alguna vez durante la adolescencia, estaba lleno de muchachotes que se aprendían esas frases, algunos trucos para entablar conversación con las chicas.
Y así nos conocimos. Me dijiste que te llamabas Alicia, te pregunté si querías ir a tomar un café, sin compromiso, hasta que parara la lluvia.
Y nos conocimos. Me diste tu teléfono. Empezamos a salir. Al poco tiempo nos fuimos a vivir juntos.
Fuiste, sin dudas, lo peor que me pasó en la vida. Me hiciste moco. Todavía, a pesar de habernos separado hace casi un año, sigo yendo al psicólogo dos veces por semana.
Si me hubiera caído esa maceta en la cabeza hubiera sido un traumatismo de cráneo como mucho. Un par de semanas en observación, una tomografía.

10.9.20

Gamas de gris


Siempre, en todo momento y en todo lugar, hay dos versiones de vos.
Está la versión de los demás. Lo que los demás ven de vos. Cómo te ven. Y está tu versión de vos. Cómo te ves vos.
Ahora bien. Lo que me ha sucedido desde que puedo recordar, desde siempre, o si querés no desde siempre pero sí desde los once años. Desde aquella vez que saqué a bailar lento a Gisela y me dijo que no, que de ninguna manera. Que no tenía pensado bailar un lento conmigo, jamás.
Lo que me ha sucedido, entonces, te decía, es que la versión que tengo de mí mismo está por debajo de la versión que los demás tienen de mí. No importa lo mala que sea, la pobrísima impresión que tengas de mí en determinada circunstancia, tenés que saber que lo que yo pienso de mí es todavía peor.
Se sufre mucho, claro, andar por la vida así, todo el tiempo. Pero también le quita prácticamente el 98% de la importancia que pudiera tener tu opinión. Y eso me hace sentir un poco mejor, eso ayuda.

30.8.20

Multiple choice


Me desperté al día siguiente, por lo general cuando te despertás, si te despertás, es el día siguiente. Había soñado, yo no soy de soñar. Lo bueno de dormir consiste mucho más en olvidar que en percibir otras realidades. Después de haber estado muchos años sin dormir, preocupado, triste, agradezco dormir como una bendición. No le deseo no dormir ni a un enemigo.
No sólo había soñado sino que recordaba el sueño. Tremendo, estaba en una sala de torturas y me miraba el torturador. Me preguntaba, con una ínfima sonrisa, si prefería que me cortase un pie o una mano.
Y ahí me despertaba, claro. Transpirado, aterrado, resoplando como si me hubiera pasado la noche corriendo perseguido por un chancho pecarí. Seguía asustado mientras me preparaba el café.
A la otra noche soñé que chocaba, iba manejando por la ruta cuando chocaba, y volcaba también. Recuperaba el conocimiento cuando me estaban sacando del automóvil, tenía varias fracturas y me dolía todo el cuerpo. Me había golpeado la cabeza, me salía mucha sangre. Entonces uno de los tipos de la ambulancia me preguntaba si prefería que trataran de salvar a mi mujer o a mi hijo. Así me desperté, hecho moco.
Al otro día soñé que el médico miraba los estudios y se acomodaba unos lentes sin marco sobre el puente de la nariz, y me preguntaba si prefería que mi padre tuviera dolor físico o que quedara tonto. Y yo trataba de decidir, pero primero de entender, lo que el doctor me estaba tratando de decir antes de la operación.
Entonces supe qué significaba todo eso. Por qué estaba teniendo sueños tan horribles. Y me di cuenta que elegir entre lo bueno y lo malo es algo que sucede en las películas, eventualmente en la literatura. La vida no era mucho más que decidir entre lo malo y lo peor, eso.

20.8.20

Otro juego


El tan milenario como noble juego del ajedrez consiste, fuera de los rudimentos operativos, consiste, decía, en poder ‘ver’ hacia delante. Visualizar en la mente lo que hará el rival, para visualizar inmediatamente qué hará uno, para visualizar, otra vez, qué hará el rival…
Esa capacidad de proyección es lo que distingue a quienes alcanzan niveles de maestría en el citado juego. Son ellos quienes obtendrán la victoria. Son ellos quienes conocerán las mieles del triunfo.
Fuera del ajedrez, en la vida, quienes hayan desarrollado la mencionada facultad sólo conseguirán estar más tristes, sufrir más.

10.8.20

Una delicia de auto


Salí de la heladería. Viernes, cuatro de la tarde, Belgrano. Me habían echado del trabajo y no tenía gran cosa para hacer. Daba lo mismo deprimirse, anotarse en un instituto para tomar clases de yoga, o tomar un helado. La vida a veces no es gran cosa.
–¡Claro, no! ¡Claro! –me sobresalté, casi se me cae el helado al piso. Chocolate con almendras, dulce de leche granizado. Hice equilibrio con el cucurucho.
Mariana estaba ahí. Roja de furia, todo su odio enfocado en mí. Nos acabábamos de separar, hacía menos de tres meses. Un amigo me había prestado un dos ambientes en Parque Patricios para que tuviera donde dormir. Mariana no me dejaba sacar ni la ropa, mucho menos la computadora. Tenía un primo que era profesor de Taekwondo. Decía, Mariana, que su primo me iba a romper la cabeza a patadas.
Y ahí estaba, digo, Mariana. Al lado de su primo. Un rotundo energúmeno de casi dos metros de altura y más de cien kilogramos de peso, musculoso, pelo cortado a cepillo, ropa pegada al cuerpo, barbita candado.
–No –dije, pero porque no sabía qué decir. Por decir algo.
–¡Claro, no! –Insistió Mariana. Se le cayó la cartera sobre la vereda. Tenía, no me preguntes por qué, un bate de béisbol en las manos. De aluminio, parecía liviano y contundente a la vez. Alguien, quién sino el primo, se lo había dado. Todo un problem solver, un facilitador.
–¡Yo hecha mierda, y vos acá con esta puta! –señaló la chica que esperaba sentada, no, apoyada apenas sobre el lateral del automóvil– ¡Y encima te comprás este auto para hacerte el banana! ¡Forro!
Avanzó un paso. Retrocedí un paso. Sentí un par de gotas del helado de dulce de leche granizado cayendo, deslizándose por el cucurucho, siguiendo su camino por mi mano.
–Pará –dije.
–¡Qué pará! ¡Qué pará! –Se desató el tornado, le dio un tremendo batazo a la luneta trasera del automóvil. Estallaron los vidrios. Ella sacó el bate tirando hacia atrás como si sujetara a un animal de una pata, lo sopesó y lanzó otro batazo, ahora contra el lateral del automóvil. Sonó la alarma, la rubiecita gritó, gritaba, daba unos saltitos nerviosos, todo al mismo tiempo.
–¡Y encima te tengo que ver con esta puta! –Siguió golpeando el auto, Mariana, con el bate. Un BMW 325i negro, bastante nuevito, una delicia de auto– ¡Yo pensando que vos estás hecho mierda, y vos cogiéndote pendejas!
Pegó, Mariana, con el bate. Pegó y pegó más. Pegaba bastante bien, mientras yo me agarraba la cabeza con la mano libre. Los golpes hacían feos bollos en la carrocería. Aullaba de dolor el auto, y con él toda la industria automotriz alemana. Profanación, sacrilegio.
Entonces salió un tipo de la heladería. Peinado para atrás, con dos vasitos de helado. Saquito de lino y una remera debajo, pantalones pinzados.
–¡Pero qué pasa! ¡Qué hacés, pelotuda! –la rubia corrió hacia él, buscando refugio contra su pecho. Tenía buenas piernas, fantásticos tobillos y una minifalda cortísima. Tobillos para tenerla con las piernas bien alto.
El primo de Mariana se dio cuenta, todos ya nos habíamos dado cuenta (hasta vos, que desde la condorito para acá no leíste más nada, te diste cuenta) lo que pasaba. La paró, a Mariana, de atrás. Le agarró un brazo.
Ni el auto ni la chica tenían nada que ver conmigo. Di un buen mordiscón al helado, qué rico era el dulce de leche granizado de esa cadena de heladerías. Crucé la calle casi al trotecito, antes que largara el semáforo. Crucé la calle y seguí caminando.

30.7.20

Todo lo que nos pasó, la vida


Pasa de noche principalmente que suena el teléfono. Y yo atiendo, voy y atiendo porque es lo que se estila, y escucho. Alguien, una voz, una voz de mujer inflamada de indignación me dice ‘¡te odio, hijo de puta!’, o ‘¡te di los mejores años de mi vida!’. O también dicen ‘¡Basura! ¡Forro! ¡Qué mal tipo que sos, Juan!’.
Después se quedan ahí, respirando. Después cortan.
Y cada tanto pasa también que hay alguien en casa, un amigo de otra época que vino a cenar una pizza bien barata con un vino bien caro, o una chica que cree que todavía ser feliz es de algún modo posible. Que no debería ser tan difícil encontrar alguien con quien compartir un pedacito de la vida.
Entonces, la persona que está en mi casa, conmigo, me mira algo extrañada y yo intento seguir como si tal cosa, pero la persona me pregunta por qué atendí el teléfono.
–¿Eh?
–Por qué atendiste el teléfono –me dice–, si no sonó.
Y entonces me doy cuenta que no me llamó nadie, nunca. Son las ganas de ser un tipo normal al que le pasaron cosas. Son ideas mías.

20.7.20

Recién me entero


Pasa, sucede, es un clásico. Alguien, alguien que me conoció en un oscuro vericueto de mi remoto pasado, alguien que se cruzó conmigo en alguna resbalosa curva de la vida. Me encuentra por la calle o en un kiosco, justo cuando me estoy comprando un alfajor, o en un bar.
Y ese alguien me saluda, claro que me saluda. Para luego, inmediatamente después, hacerme un comentario. Un comentario relativo a mi persona, a lo que queda de mi persona.
Menciona como al pasar, ese alguien, que me ve más gordo o más pelado, o canoso, o con la nariz más crecida, los huevos más largos. Algo, cualquier cosa que tenga que ver con mi generalizado deterioro.
Y a mí no me ofende ni me asusta, el comentario, lo que me dicen casi en un murmullo con una bobalicona sonrisa, respecto a algo que el paso del tiempo ha hecho conmigo, la cáscara de mí.
Sólo me cuesta creer que en algún pasado yo haya sido portador de tal o cual atributo. Mientras vos eras igual de boludo de lo que sos ahora. Yo tan genial y sin saberlo.

10.7.20

No me mientas


Vino Laura. Tocó timbre, bajé a abrirle, subimos.
Le pregunté si quería tomar algo, dijo que no. Se sacó el abrigo, se pasó la mano por el pelo, como si estuviera alisándolo hacia atrás, se sentó en el sillón.
–Mirá, Juan –dijo–. Te vio mi hermano en un bar del centro, con otra mina. Le estabas dando un beso. Así que decime la verdad, lo mejor es que me digas la verdad. No me mientas.
Negá todo, siempre, decía un amigo nuestro, el Noni. Aunque te encuentren desnudo con la mucama en cuatro patas y vos dándole bomba. Tenés que decir que no, que la estabas ayudando a elongar, que le estabas mostrando dónde queda Bolivia en un planisferio, cualquier cosa. Siempre decís no, no es lo que vos pensás. ‘No es tan así’ es una de las mejores frases del mundo.
Pero bueno, Laura era una buena mina y nos veíamos hacía unos cinco meses. Se quedaba a dormir en casa, desayunábamos juntos. Cogíamos, a veces ella cocinaba milanesas con puré. Le ponía un poco de nuez moscada, al puré, y a mí eso me parecía un bonito gesto.
–Bueno, sí, Laura. La verdad que sí. Me estoy viendo con una piba del laburo, también. La verdad que es una conchuda, pero está rebuena. Es muy pendeja, debe tener no sé, veintidós, es la piba más puta que vi en mi vida. Entra en la oficina, se mete debajo del escritorio y me chupa la pija. A veces entra alguien a verme y ella sigue, me mira desde abajo y sonríe apenas con mi pija en la boca. Cogemos, cogemos en cualquier parte. Los jueves cuando te digo que voy a yoga no voy a yoga. Voy a coger con ella. Le gusta todo, le gusta que le rompan bien el orto, ‘¡me duele!’, grita ‘¡me duele pero me gusta!’. Se mete los dedos mientras cogemos, como si con la pija sola no fuera suficiente, se traga la leche. Y es tan flaquita, está tan buena, porque fue bailarina y las bailarinas tienen ese cuerpito tan perfecto. No lo pude evitar, Laura. La piba entró a laburar de secretaria, se me regaló. Todo un premio para mí, una reparación histórica, yo que me pasé años enteros sin ponerla. La piba está tan contenta, le comprás un tostado en un bar de mierda y lo mira como si fuera una joya, la llevé a coger a telos donde apenas hay agua caliente y se ríe. No sé, es la alegría de vivir, no le importa nada. Le dije que estaba en pareja y me dijo que no le importaba. Nunca me había pasado algo así, como si la vida me hubiera tirado una propina. No pude evitarlo.
Listo. Fui a la cocina, me serví un vaso de agua. Volví, me senté.
–Qué grande, Juan –sonrió–. La verdad que se nota que sos escritor. Tu imaginación es una de las cosas que más me gustan de vos. Tu forma de contar las cosas, de inventar historias. Eso sí que me puede.
No sé, la gente se la pasa diciendo que quiere saber la verdad, pero nadie quiere saber la verdad. Quizás por aquello de ‘la mentira tiene patas cortas, pero la verdad es paralítica’, supongo que debe ser eso.

30.6.20

Otras flores


Fui al cementerio. Domingo a la mañana. A ver a mi padre, bueno, es una manera de decir, a la tumba de mi padre.
Murió mi padre, hace más de diez años, bastante joven. Una buena persona, además, no debió morirse. Quedamos devastados, pero, por incomprensible que parezca, pasa el tiempo. De alguna manera se sigue. Seguimos todos, me parece un buen título para un libro de poemas. Ganaron los malos, sería otro título, no me peguen en el piso podría ser otro. Tengo más, títulos, pero no los libros, cosas que pasan.
Paré el auto. No debían ser ni las nueve de la mañana, y hacía frío. Me acordé de mi padre, no sé por qué, la noche anterior. Una frase que él solía decir y que yo de pibe no entendía, pero después sí. Después la entendí.
Cuando llegaba mi padre de trabajar ponía el noticiero, a la hora de la cena. Entonces, ponele que pasaban alguna catástrofe natural. Etiopía, donde raquíticas madres al borde de la inanición sostenían contra sus torsos a unas criaturitas del tamaño de un roedor, criaturas que eran puro ojos. Miradas desesperadas, del más puro estupor y hambre mientras las moscas se les posaban sobre los párpados no sé por qué, y ni las madres ni los chicos tenían la fuerza para espantar esas moscas. O ponele que mostraban unos refugiados que acababan de llegar a tierra, escapando, siempre escapando después de haber estado dos semanas en medio del embravecido mar viendo cómo el sol les derretía los ojos, tomando agua salada, casi desnudos. Tirando de la balsa a los que estaban desvanecidos para no hundirse, para así poder seguir.
–Esos tipos la pasan mejor que nosotros –decía mi padre mirando la televisión, muy serio, y seguía comiendo.
Dejé el automóvil, caminé. Se iba a largar a llover en cualquier momento. Seguí por el sendero, doblé, seguí. Nadie, por suerte. Un señor a lo lejos, bastante mayor, con un ramo de flores amarillas, de pie, como si estuviera esperando el colectivo de la muerte.
Una mujer. Una mujer demasiado cerca de la tumba de mi padre. Me acerqué. Me acerqué más al pequeño rectángulo de losa empotrado en el pasto.
–Buenos días –dije, porque la mujer estaba demasiado cerca, las losas están prácticamente una al lado de la otra. Hay poco espacio hasta para morirse, signo de los tiempos. Eso pensé.
–Sos igual –levantó la vista, la mujer–. Igualito.
–¿Eh? –me sorprendí. Retrocedí un paso.
–Igual a tu padre –dijo la mujer. Se acomodó un poco el gorro de lana que llevaba puesto.
–No entiendo –dije. Jamás había visto a esa mujer en mi vida, de eso estaba seguro.
–No, claro –dijo la mujer, sonrió–. Si no me conocés.
–No.
–Yo fui amante de tu padre.
Hizo una pausa. Tenía ojos claros, muy claros, y era bajita. Nada que ver con mi mamá.
–No –dije otra vez. No sabía qué decir.
–Sí. Conocí a tu padre cuando tenía unos cincuenta años, en una oficina. Yo trabajaba ahí, también. Nos vimos, empezamos a vernos. Me dijo que no podía dejar a su mujer. Estaba muy orgulloso de vos, decía que te iba bárbaro, que ibas a hacer un carrerón. ¿Tenés una hermana, no?
–Sí –dije.
–Me mostraba las fotos de sus nietos, de los hijos de tu hermana. Se le llenaba la cara de luz, adoraba a esos chicos.
–No –dije–. No puede ser.
–Sí, querido. Nos vimos como diez años. Tu padre era un gran hombre, yo lo adoraba. Nos conocimos tarde en la vida, qué podíamos hacer.
Tremendo. Imposible y tremendo. Mi padre había tenido una amante a la que veía los domingos a la tarde, mientras mi madre se iba a jugar con sus amigas a las cartas. ¿Tenía que contárselo a mi madre? ¿Hacerle daño? ¿Para qué? Quizás hablarlo con mi hermana, ella tenía derecho a saberlo, no sé.
–¿Esto es Acacias, no? –la mujer miró al cielo–. En cualquier momento se larga a llover.
–¿Eh?
–Si es Acacias, este sector.
–No –dije–. Es Camelias.
–Ah, entonces olvidate –la mujer miró su reloj, se abotonó el abrigo hasta bien arriba. Usaba una bufanda de color bordó–. Entonces no conocí a tu padre. Me equivoqué de tumba. Pero viste cómo es, todo tan parecido.

20.6.20

Miedo al miedo


Últimamente me pasa que tengo miedo. No sé qué baldosa pisé, no sé en qué curva de la vida doblé mal, tengo miedo de todo.
De un día para otro, así como escuchás. Tengo miedo de los terremotos y de las catástrofes aéreas, tengo miedo del cáncer y de la varicela, tengo miedo de chocar en la ruta yendo a Pinamar, o que el pibe de la cabina de peaje de Hudson no me quiera dar el vuelto, o que me den el café con leche escupido en Minotauro. Y cuando les diga, a las chicas que atienden en Minotauro, que el café con leche está frío si no me lo pueden calentar, que me contesten que no, que no tienen ganas, o que se rían y me digan ‘sos horrible’, o ‘te estás quedando pelado mal’.
Tengo miedo de la muerte, de acostarme a dormir y morirme sin darme cuenta, con todo lo que tenía para hacer la semana que viene. Tengo miedo de estar bañándome un día y no encontrarme la poronga, no de que sea chica, ya es chica, de no encontrarla, que se me haya desatornillado o haberla perdido durante algún viaje en subte. Tengo miedo que la gente me hable por la calle. Que alguien me pregunte la hora o dónde queda la calle Superí, tengo miedo que la gente se me pare muy cerca en las esquinas mientras espero para cruzar. Tengo miedo de la gente que usa auriculares, creo que son alienígenas venidos del espacio exterior quién sabe con qué fines. Tengo miedo de los que andan con perros, con Rottweilers o con Pitbulls, pero si andan con pekineses o con un bull dog francés, bueno, tengo miedo también.
Y eso es lo que me pasa y sufro mucho, no saber de dónde vino el miedo ni cuándo se va a ir. No saber para qué le tengo miedo a los que tienen un piercing o un tatuaje, no saber por qué le tengo miedo a la gente que habla por teléfono celular a los gritos. Tengo miedo por las dudas, tengo miedo sin motivo. Sin causa.
Ahora, si vos querés saber por qué hago durar al máximo este último vaso de vino, por qué no te digo de ir a mi casa a coger. No, no tengo miedo, no me gustás y punto.

10.6.20

Definamos ventana


Primero lo primero. Lo que hay que satisfacer, lo que necesita todo el mundo. Alimento, vivienda. Si querés, porque después de todo somos occidentales capitalistas civilizados, salud y educación. Para tratar de acomodarte en esas categorías, más o menos como puedas, ahí dejan la vida el 91% de las personas. Si les preguntaras, aunque no les vas a preguntar y mucho menos, muchísimo menos ellos te podrían responder, te dirían que de eso se trata, en eso consiste estar vivo.
Después viene el conocimiento. Podríamos decir que hay un 5% de las personas que estudian, que quieren ser abogados o ingenieros. Gente que desea conocer las leyes de la física, la dureza de las matemáticas, los curiosos intersticios de la medicina con el afán de curar, ponele.
Después vienen los artistas. Un 2% de las personas que superado lo primario, lo basal, lo instintivo, sienten que no es suficiente. Desean embellecer al mundo y calmar sus ansias al mismo tiempo, a través de la música, la pintura, la literatura.
Queda un grupo más, selecto, exclusivísimo. Un 1% que descubre que el arte tampoco será suficiente, porque es intuición pero también es técnica, es mágico y también puede ser reiterativo. Ese grupo va más allá, se mete de capocha en la autopista del espíritu, que a decir verdad tampoco es una autopista sino un escarpado sendero de cabras hacia lo más alto. La verdad última y también la primera. Definamos ventana como ausencia de pared, no, ya sé, quizás no tiene nada que ver pero siempre quise decir esa frase. Me pareció una justa ocasión, un propicio momento.
Y ya está, más o menos eso es todo, hay una categoría más pero tampoco hace falta que te la cuente. Se te nota en la cara que a vos te alcanza con cambiar el auto y una quincena en Ostende, como mucho un cursito de fotografía.

30.5.20

Flotación


A veces me paso varios días pensando si lo que debiera desayunar, cuando me despierto, si lo primero que debiera tomar recién levantado es café o té. O mate.
Después no termino de decidir si debiera ir a caminar por Palermo los sábados a la mañana, bien temprano. O los domingos. Porque si no voy ninguno de los dos días me da la sensación que he dejado de moverme, que estoy envejeciendo, que sólo me espera la decrepitud, la decadencia. La caída. Pero si voy los dos días me parece que corro el riesgo de convertirme en un pelotudo del calibre de Murakami, en un acólito de la tan terrible secta de los sanos, te podés transformar sin excesivas dificultades en lo que se ha ido transformando más o menos todo el mundo. Un pelotudo que supone que comer yogur es equivalente a escribir como Saer, que estar en movimiento alcanza para sentir algo.
Y pienso mucho, durante el día, si a la noche debo pedir para la cena pizza o empanadas. Porque para mí la pizza va mejor con cerveza, y las empanadas podés comerlas perfectamente con vino. Creo que uno debería cenar con vino durante la temporada otoño-invierno, y con cerveza durante la temporada primavera-verano. Pero, hay días de marzo, días anteriores al 21 de marzo, que tomaría vino sin inconvenientes. Y hay días de septiembre, días anteriores al 21 de septiembre, que tomaría una cerveza. No sé, es complicado no encontrar el patrón exacto, tener una estrategia definida.
Cuando descubrís que no te salió nada de lo que querías ser, y justamente nada de lo que querías ser va a ser posible, bueno. Los grandes temas quedan por completo de lado, las cosas se vuelven infinitamente más triviales y sencillas. La irrelevancia tiene su encanto.

20.5.20

Acerca del universo


A la mañana antes de ir al centro a trabajar, podríamos decir a morir por unas monedas, más o menos como hace todo el mundo, me gusta tomar un café.
En un bar, cualquier bar. En una época iba al centro y tomaba, el café, en un bar del centro. Pero luego me di cuenta que no es posible, que la nube de tristeza y frustración ha cubierto cada azulejo de cielo, que el aire está podrido de todo lo que salió mal, de todo lo que fracasó. En el centro se respira todo lo malo de este mundo y uno cree que puede soportarlo, que es capaz de construir un dique de contención hecho de alma pero no. Si te quedás en el centro más de tres años sos arrasado por una mierda poderosa, un rayo láser hecho de la mierda más pura con un olor a mierda todavía no inventado, no hay manera de recuperarse de eso. Entonces trato de tomar el café en algún bar de barrio, del barrio en el que esté viviendo, hay bares por todas partes. Como si juntara fuerzas para emprender la jornada, como si tomara envión.
Así que entro a un bar y pido un café. Me siento a mirar diez o quince minutos por la ventana y trato de no pensar. A veces estar vivo no es gran cosa, para estar vivo no hace falta tanto.
Es invierno y es muy temprano todavía, así que el bar está prácticamente vacío. Es un bar bastante grande, en una esquina, no, no importa la esquina. Tiene ventanales que permiten mirar hacia ambas cuadras, las cuadras que componen la esquina, la esquina donde se encuentra el bar.
Me siento, pido un café, ya lo dije. Estoy arrasado por todo, por la vida, como si me hubieran empapado con un balde lleno de una mezcla de angustia y dolor que ni siquiera es localizable pero que me acompaña como un perro fiel.
Entra una persona, un hombre. Canoso, delgado, mayor. Unos setenta años o quizás más.
El hombre entra, duda, viene hacia mí. Se saca su abrigo, elige la mesa que está justo delante de la mía. Y se sienta, de espaldas a la puerta, de frente a mí.
Hay varios errores en su accionar. Trato por lo general de ser un sujeto amable, con criterio, incluso estoy dispuesto a evitar un conflicto de ser posible. Pero. El bar está vacío, el bar es grande y yo estoy mirando a lo lejos, por el ventanal. ¿Por qué te me sentás enfrente?
–Disculpe –le digo– ¿Por qué se me sienta enfrente? Tiene todo el bar a su disposición, no hay nadie, yo estoy tratando de mirar por la ventana.
El hombre me mira, sin enojo y sin excesivo interés. Dice.
–Soy el universo.
La respuesta es algo curiosa, quizás original. Permanece sentado muy erguido, sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla. Las manos sobre los muslos.
–Me parece bárbaro –le digo, termino mi café–. Pero eso no invalida mi pregunta.
–Soy el universo –repite– y me gusta molestarte. Quiero decir, es con vos.

10.5.20

Siempre hay algo


La gente es repugnante, la gente es la mierda más pura eso está claro. Y el mundo es un asco, por supuesto. La vida no tiene mayor sentido. Si te fijás lo que hacés, prácticamente todo el día, desde hace quién sabe cuánto tiempo, te vas a dar cuenta que no es muy distinto que un hámster en una jaula de vidrio pedaleando una ruedita y mirando, mirando asustado, exoftálmico, tratando de entender algo, cualquier cosa, con el hocico.
Y si te fijás un poco, si hacés memoria, lo que te pareció importante, la clave, la razón de tu vida hace cinco años o diez. Fijate ahora. Pero sí, nadie te dice que no lo hagas, vas a poner algo, una zanahoria, adelante. Para poder seguir, porque si no hay nada delante para qué seguir. Te lo tenés que inventar vos, la motivación y el motivo, es como pajearse.
No, tampoco hay adónde volver. El vehículo de estar vivo no trae marcha atrás. Eso cualquiera lo sabe.
Pero cada tanto hay algo. Puede ser una parejita que espera el 132 de la mano bajo la lluvia, puede ser un chico chiquito, la mirada de un chico chiquito abriendo un regalo, puede ser un perro, la alegría de un perro de volver a verte, las ganas de ladrar, de mover la cola, de correr a tu encuentro y no poder detenerse y chocarse con vos. Ese entusiasmo.
Son pinceladas, en cualquier parte, chispazos, una ranura de luz filtrándose a través de las persianas de nuestras mugrientas vidas. Con eso me alcanza, de eso vivo.

30.4.20

Pez en el agua


Algún que otro viernes a la nochecita, o puede ser también los domingos, de tarde, digamos que del 21 de marzo al 21 de septiembre. Temporada ‘otoño-invierno’, así la podríamos denominar. Si hace frío, si llueve, mejor. Si hace frío y llueve, mucho mejor.
Voy a la sala de espera de algún sanatorio, de algún hospital. O voy a una casa de velatorios. Y me siento. Hago un gesto sin saludar a nadie en particular, y me quedo sentado un rato. Ponele veinte minutos, media hora.
Me rasco un poco la barba, o quizás reprimo un sollozo. Digo ‘no puede ser’, o ‘qué macana’. No hablo con nadie, veo pasar médicos y familiares. Como un caramelo, me paro y salgo a fumar un cigarrillo.
Por lo general, termino hablando con alguna mujer que se me acerca. Arreglo para ir a tomar un café, consigo un número de teléfono.
Así como te digo que jamás he podido divertirme en una fiesta, he conseguido mujeres de la forma que he mencionado. Mujeres interesantes, con ganas de coger principalmente, con sus problemas, extraviadas en el desarbolante naufragio de eso que podríamos denominar sus vidas. En medio del dolor me siento cómodo, sintonizo lo más bien. Se ve que es mi elemento.

20.4.20

Cazador


–Nada, che –dije–. No pasa nada.
–¡Sh! –Me respondió M., que seguía subido al árbol. Había bajado la escopeta y la tenía entre las piernas, cansado de esperar. Muy quieto, en lo alto, parapetado sobre una rama. Le debían estar doliendo las rodillas de estar así en cuclillas, como el carajo.
Maldito el momento en que acepté venir a cazar. Qué carajo tenía que ver yo con cazar jabalíes, si no había tirado un tiro en toda mi vida. Pero R. y M. me habían insistido, fin de semana largo. Íbamos a Madariaga, donde R. conocía a unos baqueanos que lo dejaban cazar en un campo de por ahí. Venían con nosotros, los tipos, y traían los perros. R. y M. llevaban unas Glock .40 y un fusil con mira telescópica. Después, si algo fallaba, entraban los baqueanos a cuchillo. Y los perros, claro, unos perros no demasiado grandes, de raza indefinida. Perros nobles que se dejaban acariciar y dormían al lado tuyo, pero de pronto se transformaban en pirañas. Lo seguían al jabalí herido le mordían las patas, las orejas. Los testículos.
La idea era cazar dos o tres jabalíes, el sábado comeríamos violento asado, y después nos íbamos para Pinamar. Ese era el plan.
Había que estar escondido, en silencio, esperando que aparecieran los jabalíes. Que a decir verdad tampoco eran jabalíes, eran chanchos cimarrones que tenían una tremenda fuerza pero no tenían colmillos, así me lo explicaron.
Pero nada. Debían ser las doce de la noche. Hacía más de una hora que estábamos quietos. Se me había acalambrado una pierna, estaba aburrido, me estaban comiendo los mosquitos. La naturaleza no es como la ves por televisión, lamento informar que la naturaleza está más photoshopeada que el culo de jennifer lopez.
M. seguía arriba del árbol, justo por donde tenía que venir el jabalí que no era jabalí. R. parapetado detrás de unas piedras, con la glock .40 en una mano y una Taurus brasileña en la cintura. Los baqueanos, habían venido tres, echados sobre el pasto, con los perros, con sus afilados cuchillos.
Nada. Se oía el zumbar de los insectos, y la lluvia.
–¡Ehhh! –me habían dado un .38 corto bastante viejo pero efectivo, pegué un salto, comencé a tirar– ¡Aeee!
Tiraba contra todo, contra mis amigos, contra los perros que se alborotaron y ladraban como poseídos, contra los árboles, contra la superficie de la pequeña laguna. Tiré, gesticulando, saltando en cualquier dirección. Hasta que escuché el click click.
–¡Qué pasa, qué pasa! –M. casi se cae del árbol– ¿Dónde?
–¡Cuidado, loco! –gritó un baqueano–. Le diste al Urko.
Efectivamente, un perro lanzaba un lastimero quejido, arrastraba una pata.
–Pará, Juan –se acercó R. Me puso una mano en el hombro, me quitó el arma–. Ya está, se debe haber ido. ¿Por dónde lo viste?
–¿Eh?
–Por dónde lo viste –guardó su Glock atrás, en la cintura–. Al chancho.
–No, no vi ningún jabalí –dije. R me miraba feo, ladraban los perros. De pronto me había cuenta que no quería cazar ningún jabalí. Estaba tan hinchado las pelotas, lo que necesitaba era tirarle a todo, al mundo en general.

10.4.20

Flacos, felices


Tanto se ha escrito sobre la materia, para que la gente fracasara tanto también. Tanta frustración, tanto pararse y avanzar unos pocos metros para volver a caer. Y como es un tema tan importante para el occidental adulto más o menos civilizado que habita en una gran ciudad. Porque si vivís en Somalía, bueno, no es tan importante. Ni si sos un pigmeo de la Guinea Ecuatorial.
El tema de las dietas, claro. El vano intento por ser flaco, por adelgazar. Como si adelgazar se hubiera vuelto un particular sinónimo de la felicidad.
Y allá van, luchando, frustración sobre frustración como fetas de jamón cocido. Los que cuentan las calorías como si fueran hámsters en una ruedita, los que se hacen veganos, los que creen que podés comer proteínas pero hidratos no, los que creen que debés apartarte del azúcar como si fuera satán, o del alcohol. Hay quienes enloquecen del todo y se la pasan tomando yogur para cagar más y mejor, quienes creen que debés pasarte varios días de la semana comiendo sandía o melón.
Todos sufriendo sin lograr el deseado resultado, víctimas de una absurda confusión.
Lo cuento, lo digo una vez y no lo digo más, lo que hay que hacer. Para ser flaco, claro.
Se trata de cambiar la polaridad, como si hubieras puesto mal la pila en un control remoto. Lo que comías a la noche lo comés a la mañana, y lo que comías a la mañana, lo comés a la noche.
Nada más, eso es todo.
Vos te levantás, a la mañana, vas y te hacés unos ravioles con boloñesa, o un bife de costilla con papas al horno. Sí, podés tomar media botella de vino, sin problema. Son las siete de la mañana, ya sé. O te comés una milanesa de pollo con arroz, y te tomás dos cervezas. Te comés, de postre, un flan con dulce de leche, y te vas a trabajar.
Y a la noche, a eso de las nueve de la noche, te hacés un café con leche con dos tostadas, o unas galletitas con mermelada. Te tomás un yogur con cereales. Y te vas a dormir. O te tomás un mate cocido con un par de medialunas y listo.
Lo que comías de noche lo comés de día, y al revés. De eso se trata la cuestión, es todo lo que hay que hacer.
¿Qué? ¿Vos querés saber si vas a bajar de peso si hacés lo que te estoy diciendo? Mirá, la verdad que igual sos horrible, un asco de persona. Quiero decir, no importa, no sé.

30.3.20

Lección de vida podríamos decir


Los domingos empecé a ir a tomar café a una heladería. Una heladería que además de helados vendía café, claro. No es que me gustara mucho, ni el local ni el café que hacían, pero el lugar me quedaba cómodo. Caminaba un poco y después tomaba un café, miraba cómo mi vida se iba a la mismísima mierda semana tras semana sin que tuviera la menor idea de cómo revertir lo que me parecía ser un inexorable proceso. Hacía tiempo hasta el mediodía, pasaba a saludar a mi hermana.
Tomaba mi café, leía una revista, miraba por la ventana. A veces la vida no es gran cosa, quizás no te avisaron.
Noté algo. Más allá de los matrimonios hartos de tener que soportarse un larguísimo domingo, o una parejita de maricas demasiado afectados fingiendo que lo que les sucedía era la cosa más entretenida del mundo pero mirando en todas direcciones para confirmar que sí, que era verdad, que eran observados. Entraba al local una mujer. De unos treinta años, quizás. Hacía todo en cámara lenta, tenía una dificultad para moverse, todo su lado derecho, brazo y pierna. Bien vestida, usaba un gorro en la cabeza, esos gorros que popularizara el ‘Capitán Piluso’. Llegaba, la mujer, caminando, lento, muy lento. Se sentaba y tomaba un café con leche con el que apenas lograba maniobrar. Luego, pasado un rato, se iba.
Parecía como si hubiera tenido una apoplejía, un ataque. Pero no. Me contó una moza que la mujer vivía a la vuelta del local. Una chica de una familia bien, había tenido un accidente practicando equitación cuando era casi una nena. Se había caído del caballo y había tenido una tremenda lesión en la espalda. Su vida a partir de entonces había tenido un drástico vuelco, dejándola con una severa invalidez.
Todos los domingos, despacio, muy despacio, llegaba la mujer, daba su vuelta manzana, luchaba por tomar un café con leche. Siempre sola, ni un familiar ni un perro, nada.
Sucedió que un domingo llegué al bar más tarde. Se me había ocurrido lavar el auto. Cuando estaba estacionando la vi. La mujer, avanzando como podía, un tremendo esfuerzo a cada paso, casi pegada a la pared. Se bamboleaba, parecía a punto de caer pero no se caía. Luchaba por avanzar, el ejercicio de la voluntad por seguir como fuera.
Me acerqué, ni lo pensé.
–Hola –dije–. Te veo todos los domingos en la heladería. ¿Precisás ayuda?
Me miró, levantó la vista y sentí que me miraba desde muy lejos, desde alguna otra parte.
–Puede ser –dijo, se detuvo–. Vivo a media cuadra. Vamos a mi departamento y me chupás la concha. Después me cogés. Me podés hacer lo que quieras. Te pago.
–Eh, no –pensé que había entendido mal, pero había entendido bien–. Yo quise decir.
–Me preguntaste si necesitaba ayuda –sonrió, apenas–. Lo que necesito es coger, sentir que soy objeto de deseo para un hombre. La verdad, eso me vendría bárbaro. ¿Qué pensaste, que te iba a pedir que me ayudes a cruzar la calle?

20.3.20

El hombre que hablaba con los autos


Todos los domingos iba a tomar mate con un amigo que volvió de Londres. Era ingeniero, mi amigo G., pintaba para campeón. Lo habían contratado de Unilever. Sueldo del carajo, vivía en Londres, andaba en Alfa Romeo. Pero le dio un estresazo, casi se queda seco. Se dio cuenta G. que no quería ser ejecutivo ni dar vueltas por el mundo viajando en primera, ni le hacía falta esquiar en Aspen. Lo que quería G. era bajar a caminar el domingo a la mañana, fumar un cigarrillo después de almorzar en una fonda, cogerse alguna piba de vez en cuando. No mucho más que eso, y tener guita para poder seguir haciendo eso desde ya, pero me fui de tema.
G. se había vuelto a vivir a Vicente López. Yo iba los domingos a la tarde, después de almorzar con mi madre. Jugábamos un poco al ajedrez, o veíamos un par de capítulos de alguna serie americana. Tomábamos un par de gin tónics.
Yo agarraba Cabildo, para ir a lo de G. Y paraba en una estación de servicio. Antes de Lacroze, creo que era Olleros. Olleros o Gorostiaga, no, Olleros.
–Llenalo de super, por favor –decía yo–. Sí, revisale agua y aceite, y limpiame los vidrios.
Y me iba. Dejaba el auto y me iba a comprar algo al pequeño autoservicio. Cigarrillos, caramelos, a veces una Coca Cola.
Acá viene el punto, acá estamos.
Volvía. Al auto. El tipo que atendía usaba un uniforme amarillo y rojo, y la gorrita hasta los ojos. Parecía reírse, tenía una bobalicona semisonrisa tatuada en el rostro. Y tenía un tic, como si inclinara la cabeza, todo el tiempo, apenas, en repetición. ‘Gracias, gracias, muchas gracias’, decía cuando le dejaba veinte pesos de propina.
Una vez me pareció que se había movido, el auto. No sé por qué, fue una sensación. No había prestado atención cuando lo dejé, pero el auto no estaba en la posición que yo lo había dejado.
Entonces vino otro domingo, con la indolencia que tiene el paso del tiempo cuando te parece que vos, que aquello que podríamos denominar tu vida carece de la menor relevancia.
Fui a almorzar a lo de mi madre, había arreglado que iba a lo de G. a charlar, a jugar al ajedrez, a tomar algo.
Paré en la estación de servicio de siempre. No había nadie. Tres y pico de la tarde, domingo, Enero, un calor del carajo.
Dejé el auto, saludé. Me fui a hacer pis, a comprar algo. Antes dije.
–Llenalo de super, por favor.
Fui. Volví.
Algo estaba mal. El muchacho me estaba terminando de limpiar los vidrios, pero algo estaba mal.
Porque yo había dejado el auto en el segundo surtidor, contando desde cabildo, de eso estaba seguro. Y el auto estaba en el primer surtidor.
–Oíme –Le dije al chico que se había bajado la gorra más que de costumbre–. Algo está mal.
–¿Eh? –el chico se quedó a una distancia prudencial, medio de perfil. Tenía el pequeño secador para limpiar los vidrios en una mano.
–Yo dejé el auto en el otro surtidor –dije–. No en éste. ¿Lo moviste vos?
El muchacho hizo silencio.
–¿Lo moviste vos? –Me acerqué, el chico me esquivaba la mirada–. No pasa nada, pero justo me llevé las llaves. No sé cómo hiciste, ¿lo empujaste?
Nada, el pibe cabeceaba un poquito. Le toqué un hombro.
–Sólo quiero saber cómo lo hiciste –dije–. No sé, para mí que lo dejé en el otro surtidor. Estoy seguro, quizás me estoy volviendo loco.
–Les hablo –susurró, el chico. Un hilito de voz.
–¿Eh?
–Les hablo –dijo–. Los trato bien, los autos me quieren. Son como los perros. Si uno les habla bien, te hacen caso.
–Me estás jodiendo –dije. Pero el pibe no se reía–. A ver, mostrame.
Dudó. Se puso un poco nervioso, pero ahora estaba en juego su reputación, su palabra. Se fijó que no hubiera nadie demasiado cerca. Negó con la cabeza.
–Es mentira –insistí–. Lo arrancás, debés tener una llave maestra, no sé cómo lo hacés.
Negó con la cabeza otra vez. Varias veces.
–Dale, mostrame –dije–. No se lo voy a decir a nadie.
–Bueno –dijo. Miró el auto, mi pobre auto–. Vamos, bicho.
Nada. Se hizo un pausa.
Y el auto se movió. ¡El auto se movió! Despacito, muy despacito. El auto se movió. El chico lo guiaba con una mano en alto. Lo hizo avanzar, primero, retroceder después. Luego avanzar otra vez, le hizo dar una vuelta al surtidor, despacito, bien despacito. Yo quería decir algo, juro que quería decir algo. Pero no me salió nada.
–Bien, Picho, muy bien –le palmeó el guardabarros derecho–. Los autos son buenos, sólo hay que saber hablarles.