30.1.14

El mundo es una mierda pero


         Paso por la puerta de un hospital. No son, todavía, las siete de la mañana. Pasé la noche en la casa de Paola. Hubo una época en que pasar la noche en la casa de Paola era suficiente motivo para estar contento con 48 horas de anticipación. Pero ahora es un fastidio, Paola, escucharla durante la cena mientras me atraganto de vino barato, justamente, para no escucharla, para que su voz sea apenas un sonido más entre tantos. Y después abre las piernas, Paola, o se pone en cuatro patas, y lanza un cada vez más fastidiado suspiro. Y cogemos como podemos hasta que  nos vence el sueño, y cada uno sueña con todo lo que no le salió, con todo lo que no va a poder ser.
         Vuelvo a casa, quiero ducharme para ir a trabajar. El otoño en Buenos Aires es maravilloso, pero antes de las ocho de la mañana, y después de las diez de la noche. El resto del día está la gente, como un virus, como la peste, y entonces no importa ni el clima ni nada. Entonces es todo en defensa propia.
         –¡Ey! –me están hablando a mí, sé que me están hablando a mí, pero prefiero que no me estén hablando a mí. En la calle, a las siete de la mañana, de qué me pueden hablar.
         Miro, no quiero mirar, tengo mis asuntos que atender, pero miro. Conviene mirar para saber si uno tiene que tirar una trompada o correr.
         En la puerta del hospital, un hombre. Bastante mayor, más de setenta años. Está despeinado, los pocos pelos que le quedan, y con la bata puesta, es un paciente, un enfermo que ha llegado casi hasta la calle. Trata de ocultarse, de guarecerse detrás de una columna, pero no lo consigue. Asoma la cabeza, agita un billete de diez pesos, en la mano con la cual me dice que me acerque. Está descalzo, se le ven las frágiles rodillas.
         –Qué pasa, señor –digo.
         –Me comprás un café con leche –me señala un puesto callejero, un carrito junto a un árbol, donde un  boliviano dormido espera la llegada del personal del hospital, es demasiado temprano para visitas–. Con tres facturas, por favor. Dale.
         Me quiero ir. Últimamente no me importa nada de lo que le suceda al resto de la humanidad, con la curiosa excepción de los perros. Me quiero ir, le indico a mis piernas que sigan, que caminen, pero las piernas no me obedecen.
         –Qué –digo, mantengo unos tres pasos de distancia, pero está claro que el hombre no puede hacerme ningún daño–. Qué necesita.
         –Tres facturas, bolas de fraile –tose, se toma el pecho, escupe sobre el piso, su escupida es gris–. O churros rellenos… Con dulce de leche. Y café, café con leche.
         Agarro los diez pesos de su mano con dedos como garras. Un tipo de limpieza continúa baldeando el frente del hospital con los auriculares puestos, sin llevarle el apunte a nada ni a nadie.
         El hombre me mira, su mirada es traslúcida y ausente, como si tuviera cataratas y me mirara desde un lugar muy lejano, desde quizás ninguna parte. Tiene la cabeza, el cráneo, moteado de lunares, amarillentas manchas, la canosa barba crecida. Se apoya en la columna, se esfuerza en respirar.
         Voy. Le compro las facturas y un aguachento café con leche en vasito de plástico. Agrego diez pesos yo. Vuelvo con el pedido. Abre la bolsa de papel madera, se mete un churro en la desdentada boca. Muerde, mastica, se mancha el mentón con dulce de leche. Bebe un sorbo del café con leche. Cierra los ojos. Muerde otra vez, como puede, mastica.
         –Ahhh … –exhala–. Ahhh… –vuelve a exhalar, y me parece que está llorando. Lagrimea, en silencio.
         –Señor –digo–. Qué le pasa. ¿Quiere que llame a un médico? ¿Se siente mal? –Hacer preguntas pelotudas quizás sea la más democrática de las especialidades.  
         –Me operan, pibe –chupa el azúcar de la bola de fraile que acaba de sacar de la bolsa de papel–. Del corazón, a las tres de la tarde. No creo que salga, no sé, tengo un mal presentimiento.
         –Pero no –digo–. Qué tiene.
         –Todo, pibe, tengo todo –mastica–. La vida. Pero si me muero esta tarde, igual quería desayunar. Café con leche, facturas. El mundo es una mierda, pibe, el mundo es cruel y es una mierda, y la gente es una mierda. Pero desayunar es genial.
         Le deseo suerte. Le digo que me diga su nombre o el número de su habitación, para pasar a ver cómo le fue. Toma un sorbo del café con leche y luego sigue masticando, me hace un gestito con la cabeza, indicándome que no quiere seguir hablando conmigo, que me vaya.
         Y yo sé que con el 2% de esa actitud sería capaz de mover montañas, de partir azulejos con la pija, de seguir adelante sin pensar tanto. Sin importar lo que me pase.

24.1.14

El don de conmover


        La chica que me atiende en el bar donde estoy desayunando los domingos a la mañana, está mal. No, no puedo decir el bar, imaginate si venís a romperme las pelotas justo un domingo a la mañana. Esa hora donde me tengo que olvidar de todo lo que me sucedió la semana anterior, y tengo que cargar nafta para la semana que vendrá. No.
         He intentado ser amable sin parecer baboso ni nada por el estilo. Pido mi desayuno con corrección y respeto, dejo el doble de propina de lo que corresponde. He intentado hacer un comentario ingenioso, decir algo divertido. Nada. La chica viene a mi mesa a tomar el pedido con un desprecio que roza lo infinito. Tuerce la boca, como si la totalidad de mi ser estuviera constituido de excremento. Se queda de pie, con la bandeja sostenida con tres dedos, como una suerte de escudo protector, a la altura del estómago, mientras yo le pido un café con leche con una medialuna de manteca, o un café con una medialuna de grasa, según el día. Me mira como vos mirarías a un vendedor ambulante que intenta venderte un par de medias, y que ha puesto las medias dentro de tu plato, encima del bife que te estás comiendo. Su repugnancia es total.
         Todo lo hace así, va entre las mesas, sirve, cobra, se respira su odio a la humanidad por lo que le ha tocado en suerte.
         Y la verdad es que no debo cambiarme de bar, porque las mesas están bien separadas y hay poca gente y se ve una fantástica esquina a través del ventanal. Siempre consigo lugar para estacionar el auto, además.
         Así que el domingo se me ocurrió hacer algo. Compré una maravillosa lata de bombones que son una delicia. Los compré el jueves, por el centro, en una bombonería clásica que vende el mejor chocolate de la ciudad.
         Llegó el domingo. Me senté en el bar, ella vino, arrastrando sus pies, a tomar mi pedido. Legañosa, con los rulos algo sucios, el existencial fastidio tatuado en el rostro.
         –Tomá –le dije ni bien llegó a la mesa, sin hacerle ni siquiera mi pedido. Alcé la bolsa que venía con un pequeño y delicado moño–. Esto es para vos.
         Se quedó mirando. Pareció que por un momento dudaba entre avanzar un paso o retroceder. No hizo ninguna de las dos cosas. Tampoco tomó la bolsa con el regalo.
         –Aceptame este regalo –dije–. Son bombones. Hace un par de meses que vengo a desayunar acá y siempre te veo enojada. Disculpame que te lo diga, pero exudás un existencial fastidio, desprecio hacia el universo todo. Quizás las cosas no te salieron como vos querías, eso nos pasa a todos. Pero si estás tan enojada es peor, te envenenás por dentro, si cambiás un poco la actitud vas a ver que las cosas mejoran.
         Me seguía mirando. Por un momento pensé ‘quizás fui demasiado elocuente, se va a largar a llorar’. Después de todo lo mío siempre fue la poesía, tengo el don de conmover, esa es la verdad.
         –Escuchame una cosa, forro –dijo inclinándose un poco hacia delante, como si estuviera acomodando algo de la mesa–. Nosotros cogimos en Villa Gesell, hace como diez años. Me acabaste adentro, quedé embarazada. Cuando te fui a buscar para contarte me sacaste de una patada en el culo, estabas borracho y me dijiste que ya que estaba te hiciera una paja ahí, en la calle, detrás de un árbol. Tuve que abortar, no tenía un mango. Me hicieron un desastre. Por culpa de ese aborto mal realizado tuve una septicemia que casi me muero, quedé con dificultades para respirar de por vida. Al poco tiempo me tuvieron que extirpar el útero. ¿Te traigo café con leche y una de manteca, no? Mirame bien, estoy un poco más gorda, un poco más vieja. No, parece que no te acordás.

18.1.14

Anestesia local


         Lo explico porque me parece que la monada todavía no lo entiende. Pero yo cada vez tengo menos ganas de andar por ahí, explicando cosas. Tengo que pagar las expensas, lavarme los dientes, ir al supermercado a comprar latas de atún La Campagnola en oliva y fideos Don Vicente. Así que lo explico una vez y no lo explico más.
         A ver, cuantas más cosas virtuales te pasan, menos cosas reales te pasan. A más virtualidad, menos realidad. Es una ley poética, pero también física. Quiero decir, funciona así.
         Pero qué cara de boludos que tienen todos, mamita. Bueno, agrego un poco, digo algo más.
         El invento no es malo, alguien se dio cuenta lo que estaba pasando, lo que se venía, y lo inventaron. El invento es perspicaz por cierto, me atrevería a decir que estamos en presencia de una perversa genialidad.
         Se dieron cuenta, si quieren primero en las ciudades del occidente capitalista civilizado, pero casi inmediatamente después en otras partes. Se dieron cuenta que vivir se volvió imposible, vivir perdió la gracia.
         Multitudes, hordas, empujando, desplazándose, tratando de llegar a alguna parte, corriendo detrás de algo, para después tener que volver, a sus casas, adonde puedan, hasta que no den más.
         El mundo se llenó de cosas, tampoco los voy a aburrir con eso. No hay más espacio, se cogieron hasta las nubes del cielo, cagaron en los ríos, pusieron antenas de teléfonos celulares en el culo de los delfines, y así. La materia tiene horror al vacío, creo que dijo Spinoza (o Didier Drogba), y seguro que ni sabía lo que estaba diciendo aunque ahí está, es parte del problema. De la enfermedad.
         Entonces se inventó algo, otra cosa, otro mundo. Virtual.
         Y vos pasaste a sentir que en verdad estás acompañada, que tenés doscientos treinta y siete amigos en el facebook, cuando tu marido no te dirige la palabra durante la cena. Detesta tu cara, la forma que tenés de mordisquear esa patética y acartonada milanesa de soja como si fueras un marsupial.
         O te hacés llamar ‘Jirafa Luminosa’, en el twitter, y te siguen, y seguís, pero si festejaras tu cumpleaños, o te murieras, no lograrías que vengan más de cuatro personas. No te conoce nadie, no interesa lo que te pase, si te compraste una remera o te cortaste el pelo, si juntás fotos de playas con aguas color turquesa o te tirás un pedo. Lo mismo da.
         Listo, entonces. Eso. Tenés que saber que no importa cuánta virtualidad seas capaz de agregar a tu vida, tu realidad no se modificará un ápice. Seguirás siendo la misma retardada de siempre, el mismo alérgico bobo amante de la pornografía y las bebidas saborizadas.
         Son carriles paralelos, vibran en diferentes planos. Lo virtual no modifica lo real. Y no, no sé qué tenés que hacer al respecto. Podés comprarte un perro, un perro práctico, un perro más o menos pequeño, o hacer un curso, un curso de algo, un curso de cualquier cosa. Podés no hacer nada, tampoco te daba para mucho más.

12.1.14

El orden de prioridades


         Pienso en coger. O sea, quiero coger. Quiero coger, y pienso en coger, todo el día. En este momento estoy pensando en coger, porque quiero coger, claro. Lo único que me interesa es coger, debe ser, supongo, por todo lo que no cogí de chico. Escuela de la carencia, podríamos denominarlo. No puedo parar de pensar en coger, por todo lo que me gusta coger, y por todo lo que no cogí. Como si mis ganas de coger pero no de ahora, de siempre, estuvieran junto a mí, envolviéndome como una frazada. Mis ganas de coger forman mi aura.
         Quiero coger. Mientras desayuno en un bar quiero coger, mientras espero que llegue el subterráneos quiero coger con alguien, con cualquiera, en el andén, mientras me arreglan una muela pienso en coger, con la dentista, mordisquearle un poco los pezones con mis cariadas muelas.
         Quiero coger. Con chicas jovencitas que trotan por el parque usando calcitas apretadas. Cogerlas, meterles la nariz en las vaginas y olerlas por dentro un rato largo. Irme después, lleno de olor a concha, a tomar una cerveza o a comer un sándwich de mortadela y manteca en pan negro (puede ser con morrones en conserva, también. Queda bárbaro).
         Quiero coger. Con chicas que la van de intelectuales, y acabarles en la cabeza, en el pelo, y peinarlas un poco, con dulzura, peinarles el cabello hacia atrás o hacia un costado pero mejor hacia atrás, con mi esperma.
         Quiero coger. Con gordas, gordas que se relamen y se ponen un poco bizcas mientras miran el cucurucho que acaban de comerse en la heladería, miran el fondo del cucurucho a ver si quedó algo de helado, muy de cerca. Apoyarles la poronga contra sus cremosas tetas, con esos pezones grandes como hamburguesas, ponerlas después en cuatro patas y subirme y tirarles del pelo y gritar ‘¡arre!’.
         Quiero coger. Con veteranas que están de vuelta de todo y no tienen problemas en meterse un turrón en el culo o que se meten los dedos, ellas mismas, mientras las cogés, porque ni con tu pija envuelta en un trapo rejilla les alcanza.
         Quiero coger. Con enanas, con rengas, con mujeres deprimidas o muy perturbadas, mujeres a las cuales no se cogería nadie. También podría coger, llegado el caso, con delicados muchachos de lampiños culitos que sepan chupar bien la pija, cogería con ovejas desde ya, con mamíferos medianos, con pedazos de maniquíes rotos, cogería con patos de madera, con un delfín en Mundo Marino delante de las delegaciones de los colegios, con una mochila Jansport roja o verde clarito, cogería con una tira de asado, con una muerta, con un suricato de moteado pelaje.
         Por eso, sí, puede ser, quizás no presto demasiada atención en general, o a vos, lo que me estás contando. Porque lo que yo quiero es coger, a mí qué carajo me importa lo que te pasa.

6.1.14

Quien puede lo más


         El asunto fue que el perro de mi amigo, de mi amigo Martín, enfermó. Martín es mi amigo desde la adolescencia, lo que equivale a decir desde siempre. Y tiene a ese perro desde que lo conozco, o sea desde toda la vida.
         Urko, se llama el perro, aunque Martín nunca explicó por qué. Debe ser porque es atorrante, o con carucha de matón supongo, pero no lo sé.
         Lo que sí te puedo contar es que Urko es un perro de esos perros que no llaman demasiado la atención. Un perro atorrante como ya dije, mediano, mezcla de cualquier cosa, bigotudo. Es el perro más inteligente que vi en mi vida. Sólo le falta hablar, como se suele decir. Te mira, entiende, se sentaba al lado de Martín a ver la televisión, o lo miraba, se lo quedaba mirando para que Martín le diera algo, un poco, el último pedazo del cucurucho con helado de dulce de leche. Sin ladrar, sin saltar ni romper las pelotas, lo miraba a Martín como diciendo ‘dale, loco, yo también quiero un poco de helado’.
         Dormía junto a la cama de Martín, en el piso, lo esperaba que Martín volviera del colegio primero, de la facultad después, para ir a dar una vuelta al parque. Martín se sentaba en el parque, a fumar, mientras Urko iba y cagaba o se peleaba o boludeaba un poco con una perra, se la encaraba, la invitaba a salir.
         Debía tener unos doce años, Urko. Y se enfermó. Se había venido viejo, se movía menos, pero cuando Martín vio que el perro dejaba comida, que ni siquiera mostraba demasiado interés por el helado, bueno, estaba todo dicho.
         La veterinaria dijo que el perro tenía un cáncer fulminante. Le hicieron un par de estudios que confirmaron el diagnóstico. Le dieron medicamentos para que no sufriera, pero la veterinaria le dijo a Martín que lo mejor iba a ser dormirlo. Así se lo dijo, y Martín se largó a llorar como un chico.
         Sigo. Martín me pidió un favor. Me dijo que tenía que llevar a Urko a la veterinaria, el lunes a la mañana. Para que lo durmieran.
         Me dijo, Martín, que él no iba a poder hacerlo, sencillamente no era capaz. Además, Urko me conocía, yo a veces lo sacaba a pasear, habíamos hasta ido de vacaciones juntos con Martín y el perro. Urko no iba a sospechar nada. Iba a venir, conmigo, sin problemas.
         Acepté. Pasé a buscar a Urko el lunes por la mañana, me lo bajó la hermana de Martín, Lucila. Me dijo que Martín, después de despedirse de Urko como si tal cosa, se había ido el domingo a Pinamar, para ni siquiera estar cerca. Me dijo, Lucila, que Martín estaba destruido.
         Urko me movió la cola, como siempre. Caminaba un poco más lento, y con la cabeza abajo, como si estuviera concentrado. La veterinaria quedaba a unas siete cuadras de la casa de Martín.
         Llegué. Me atendió una piba macanuda que estaba al tanto de todo. Me hizo pasar a un consultorio donde las paredes eran de azulejos verde agua, tipo quirófano. Había una camilla, también, y ese olor que hay en los hospitales. Ese olor a limpio y a miedo y a muerte. Ese olor tan terrible.
         La cosa se puso mal de entrada. Cuando la chica quiso alzar a Urko, el perro la mordió de una. Se sacudió, Urko, con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Ladraba, mostraba los dientes, puro miedo. Sabía que algo estaba mal, se refugió bajo mis piernas. Temblaba.
         –Dejame a mí –le dije a la chica–. Decime dónde va la inyección. O guiame vos, con la mano. Cuando yo te diga.
         Le dije a la chica que retrocediera, que se quedara afuera del consultorio, la puerta apenas abierta.
         –Venga para acá, Urko querido –dije, y lo alcé. Temblaba un poco, pero ya estaba más tranquilo, me lamió la mano–. Ahora te voy a acostar en la camilla.
         Lo paré, en la camilla, le rasqué arriba de los ojos, la frente. Le apreté el cuello con una mano y tiré apenas hacia arriba, como si fuera el mordisco de una madre a su cachorro. Lo puse de costado, lo obligué a acostarse. Respiraba con dificultad, muerto de miedo.
         –Urko, no pasa nada, papá –lo acaricié, tenía el vientre hinchado, unas feas protuberancias, le hice un guiño a la doctora–. Ahora te van a sacar sangre, apenitas. Y nos vamos, Urko, es un pinchazo y ya nos vamos a  buscar a Martín.
         Le tapé los ojos con una mano. La doctora entró, y lo pinchó en una pata. En el momento del pinchazo, Urko gimió. Movió la cabeza, y me mordió la mano. Yo dejé la mano. Y él mordía pero no mordía, mordía sin morder, como hacen los perros cuando te conocen. Cuando te quieren. Cuando están jugando.
         Mordía, Urko, mordía y me miraba.
–Ya está, Urko, ya está. Un pinchacito nomás. No duele nada.
Al ratito se durmió. Quedó ahí, sobre la camilla.
La doctora me acompañó fuera del consultorio.
         –No sufrió –me dijo, y me dio un vaso con agua.
         Te cuento la historia para que veas que le mentí a un perro. Le mentí a un perro que confiaba en mí. Dejé que lo mataran.
         Esa es la clase de persona que soy. No sé qué más te puedo decir de mí. Vos querés saber si estuve con alguna otra chica mientras te fuiste de vacaciones. Era eso lo que me preguntabas.

30.12.13

Calesita


te hice reír
en la calle.
te hice gritar
en la cama.
te hice cantar
en la ducha.

y ahora que te vas,
lloro, aprendo.

24.12.13

Lo que dice tu remera


         Mi amigo P. me vino a ver. Me vino a ver, mi amigo P. Siempre tenía ideas, P., no tiene nada de malo tener ideas. Las ideas de P., todas las ideas, eran para salir de pobre. P. quería dejar de una buena vez las privaciones, vivir alquilando, laburos de mierda con sueldos de mierda. P. quería tener plata.
         Olvidé decir que todas las ideas de P. no eran, no habían sido nunca, buenas. Las ideas de P. fracasaban.
         Había probado poner un local de venta de panchos, P. Me había pedido plata prestada, y me había pedido que se me ocurriera el nombre, para el local. ‘Pancho Palace’, había sido el nombre que le sugerí. El local, que debía transformarse en un ícono del pancho, como el local donde iba Anthony Bourdain a comer hot dogs en New York, fracasó, sin atenuantes, en menos de tres meses.
         Después había probado fabricar alfajorcitos de maicena, P. En el garage de la casa de un tío que vivía en Wilde. Para inundar los quioscos de la Argentina con alfajorcitos de maicena artesanales. Dijo que tenía un maestro pastelero amigo, un científico del alfajor. El maestro pastelero, el científico del alfajor, el amigo de P., se fugó con los materiales, con el azúcar, con la harina, con el horno que le hizo comprar, y con algo de plata.
         Después había probado fabricar limoncello, P. Tenía una receta maestra. Compró cien kilos de limones en el mercado central, y azúcar, y bidones de alcohol. Utilizaba, para la fabricación, la bañadera de su departamento. Fabricó las primeras botellas. Decidió hacer una prueba, le regaló una botella al vecino del noveno ‘c’, un jubilado que tenía un simpático perro salchicha  llamado Wilson y que tomaba (él, no el perro salchicha) entre tres y cinco damajuanas de vino por semana.
         Murió, el vecino, de un fulminante ataque al hígado. Tuvimos que cargar las botellas de limoncello en el baúl de mi auto, durante varias noches, y tirarlas al río. Todavía hoy si uno va a visitar a P. y pasa al baño a hacer pis, hay un olor, entre pis de gato y desinfectante, que te provoca mareos. Es un milagro que P. no haya ido preso por asesinato.
         Bueno, me fui del tema. P. vino y me dijo que tenía una idea. Iba a fabricar remeras, me dijo, remeras estampadas. No se le había ocurrido a nadie, me dijo. La clave estaba en la inscripción que tuvieran las remeras. Ahí estaba el gancho.
         –Vos que te hacés el escritor –me dijo P.–. Escribime algunas frases para las remeras. Siento que estoy ante la oportunidad de mi vida, Juan.
         Así que me senté el viernes a la noche, con una botella de un digno malbec y unas empanadas que tenía en la heladera desde hacía dos o tres días. Y le escribí las frases en una hoja de papel.

*Remera 1 / inscripción al frente.
         Yo ya fracasé.
         La frase resulta muy útil para los adolescentes del sexo masculino que van a bailar. La frase avisa, al acercarse por ejemplo el portador de la remera, a una chica, que ella no debe disfrutar en exceso el rechazar la invitación del sujeto portador de la remera. El sujeto ya ha fracasado en general,  y puede volver a fracasar en lo particular sin mayores inconvenientes.

*Remera 2 / inscripción al frente.
         Ya dimos.
         La frase avisa, al ocasional interlocutor, lo que el portador de la remera tiene pensado responder ni bien le pidan dinero, ni bien le pidan cualquier cosa, ni bien le pidan algo. Y el 97% de los interlocutores, lo único que quieren es pedirte algo.

*Remera 3 / inscripción al frente.
         No corrás, que es peor.
         La frase es para una remera que debe ser utilizada cuando uno baja a caminar, por un parque, o por una plaza, o a fumar un cigarrillo. La frase hace que el corredor que te cruza, justamente corriendo, abra la boca, haga una mueca de la más profunda contrariedad, mientras descubre que ha estado poniendo su energía las últimas 1.528 mañanas en una actividad carente del más mínimo sentido.

*Remera 4 / inscripción en la espalda
         Ya sé.
         La frase explica que el portador de la remera ya sabe, ya sabe que es pelado, o que su novia es renga, o que pisó un chicle, o que está en medio de una tormenta eléctrica. El portador de la remera no desea que le avisen nada.

*Remera 5 / inscripción al frente
         Tengo miedo.
         La frase explica que el portador de la remera tiene miedo. Tiene miedo a los terremotos y a las catástrofes aéreas y a los ladrones de bancos y a viajar en colectivo y a los boludos en general. Es una remera para alguien que sabe el mundo en el que le ha tocado vivir, y aún así intenta continuar adelante.

         Le di la hoja, a P. Le dije que el viernes siguiente le iba a preparar cinco inscripciones más, para cinco remeras más.
         Te la hago corta. El proyecto fracasó. P. hizo mil remeras de cada una. No vendió ni quince. Para mí que la gente no entendió, no estaban preparados, me pasa lo mismo con mis poemas. P. me escribió el otro día, se fue a vivir a lo de una prima, en Canadá. Trabaja en una panadería.

18.12.13

La japi adentro


         Lo explico para ayudar, como siempre. Quién hubiera dicho que lo mío iba a ser ayudar, yo estaba seguro que lo mío era escribir. No se dio, es algo que en verdad lamento.
         Para todas esas pobres chicas que quieren saber, si el tipo con el que están, con el que están cogiendo básicamente, las quiere.
         Porque coger tenemos que coger todos, qué le vamos a hacer, y para la mujer, ya lo he dicho alguna vez, la pija es destino. Quiero decir, pichona, si no cogés, no vivís. Pero no es eso lo que la mujer quiere saber, no es eso de lo que estamos hablando, en esta curiosa ocasión, en esta particular oportunidad.
         Porque el tipo te coge, el tipo te pone quizás en cuatro patas y te matraquea, te jadea desde atrás como un chancho cimarrón. O te levanta las patas, vos estás recostada de espaldas y el tipo te levanta las patas, bien alto, un poco más alto, eso está muy bien también. Te aprieta las tetas, o te mete un pulgar en la boca, o te tira del pelo. Está bien, claro que está bien, si te coge, si te quiere coger, es que lo calentás, que de algún modo estás buena. Pero no es el tema.
         Lo que tenés que saber, lo que tenés que prestar atención, estar atenta, es lo que te digo a continuación (escénica pausa).
         El tipo eyaculó. Acabó. Terminó. Decilo como quieras, con o sin forro (no estamos discutiendo eso, ya sé que hay temas de profilaxis, de enfermedades, de higiene. Decímelo a mí, que he chupado cada concha en mal estado, conchas que era como meter el hocico en una lata de paté vieja, con botulismo y quién sabe qué más, ingles que tenían gusto a pilas sulfatadas, no me hagas acordar). Acá empieza la cuestión. El tipo eyacula, se vacía en vos, tres o cinco latigazos dependiendo de la edad y el estado físico del portador de la garompa, en ningún caso más de siete. Son leyes de la física.
         Y. Entonces. Ahora. Es importante lo que pasa.
         La pija debe quedar adentro. Esa es la clave. No importa si vos estás en cuatro patas y el tipo se aferra a tu cintura, o si vos estás recostada y el tipo se te cae encima, sudoroso, agitado, te aprieta, te aplasta.
         Repito, la pija debe quedar adentro. A-d-e-n-t-r-o. Con o sin forro, viva o muerta, palpitante o exánime.
         No importa nada más, no importa lo que te pase, lo que sientas, las ganas que tengas de tomar agua o de ir a bañarte, si el tipo eructa o se pedorrea o se rasca.
         La pija debe quedar adentro, unos treinta y tres segundos. Entre treinta segundos y un minuto. Así que podés ponerte a contar, seguro sabés contar, mentalmente, terminaste la primaria, como pudiste, eso quise decir. Si el tipo saca la pija antes de los treinta y tres segundos, porque dice que le aprieta el forro, porque le pica el culo, o porque quiere traer de la heladera un vaso de Fanta o quiere chequear si le entraron mensajitos en el celular o no se acuerda dónde dejó las llaves del auto. Porque empieza el partido del Manchester, porque quiere fumar.
         Si el tipo saca la pija antes de los treinta y tres segundos, sí, te cogió, claro que te cogió, mal o bien, necesitaba coger. Pero ni sueñes que se quiera quedar con vos. No te aguanta.

*ya sé lo que me vas a preguntar. para cualquier otra cavidad, se aplica también.

12.12.13

Cul-de-sac


         El mejor operativo de prensa del mundo, la mejor campaña de marketing que yo pueda recordar.
         Le hicieron creer, a la gente, que se puede ser feliz. Con eso alcanza, con eso es más que suficiente para tenerlos, embotados y aturdidos, por el lapso de tiempo que dura aquello que se ha dado en llamar, de alguna manera hay que llamarlo, vida.
         Es como si les mostraran alguien con el alma photoshopeada. Aunque lo sientas lejano, aunque dudes, la imagen te pega y no se te va más. De nada sirve que un par de años después alguien publique una foto donde vos ves que a Jennifer López le tienen que llevar el culo en un carrito de supermercado, entre dos asistentes. Cuando se cae el decorado, cuando se corre el velo, vos ya te pasaste tus buenos años combatiendo contra la absurda realidad. Armaste un plan de vida hecho a base de esfuerzo y tratamientos para lograr algo que, sencillamente, no existe. La imaginaria zanahoria para el burro real.
         Lo mejor que podrían hacer es explicarle a los chicos, en la escuela primaria, que la felicidad no existe, no vinimos para eso. No persigan amores imposibles, ni sueñen con millonarios premios de lotería. No aspiren a playas del Caribe ni automóviles descapotables, ni dulces indiecitas con la piel té con leche y tetitas puntiagudas.
         La distancia entre lo que sos y lo que querés ser te va a masticar el alma como un hurón en camiseta. Tomate un vaso de vino, comete un pedazo de dulce de membrillo, cogete algo que se mueva. No insistas con la felicidad, no jodas con eso.

6.12.13

Magia negra


         Fui a ver a una curandera. Sí, ya sé, te parezco un pelotudo, a mí también me daba una vergüenza enorme. Pero el asunto es que no me salía una, había entrado en una racha negativa. Sin entrar en detalles, me estaba yendo para el culo en todos los grandes rubros del horóscopo. No me salía nada, cuando me despertaba a la mañana, antes de abrir los  ojos, de pronto venía todo, llamalo la conciencia de mí, de saber quién soy, dónde estaba, lo que me pasaba. Y no quería abrir los ojos, sencillamente no quería tener que arrancar.
         A la curandera me la recomendó una amiga con la que cogía de vez en cuando, Mariana. Me dijo que ella había ido cuando habían tenido que operar a su pequeña hija de urgencia, y le había ido bárbaro. Se había sacado la angustia de encima, la tristeza, en fin.
         Me insistió, Mariana, que fuera, me dijo que ella me pedía un turno para el jueves, y después nos veíamos el viernes, para coger, y de paso le contaba. Me dijo que iba a ver cómo me volvían las ganas de vivir, de hacer cosas, y me dijo que me iba a chupar la pija (ella, no la curandera). Buenísima, Mariana, había logrado sobreponerse de temas bien chivos, el marido la molía a golpes, un tío la violaba cuando era una nena de doce años, y ella había logrado seguir, avanzar con su vida. Se juntan los pedazos y se sigue, solía decir y se reía, con una sonrisa algo tristona. Tenía buen pelo, un pelo para meter los dedos y apretar.
         El asunto es que fui, a la curandera. Un minúsculo departamentito en Once, en un edificio sobre la calle Larrea donde parecía que no tenías más que golpear una puerta al azar para comprar cocaína berreta o coger con alguna puta en caída libre. Los coreanos habían derrotado a las judíos en su momento por el control territorial de la zona, y ahora los peruanos y los bolivianos los empujaban a ellos. Guerra todo el tiempo, diría el viejo Buk.
         Me recibió una mujer algo excedida de peso, vestida como una gitana o alguien que acabara de volver de la India, de pasarse un par de años en un ashram cantando boludeces. Tenía un pañuelo fucsia en la cabeza, y muchas pulseras en ambas manos. Usaba chinelas con medias de toalla, unas pantuflas como las que solía usar mi abuelo.
         El comedor estaba casi a oscuras, apenas dos o tres velas encendidas, las persianas bajas. Había un escritorio con dos sillas, una biblioteca repleta de libros de esoterismo, y una camilla.
         Me hizo sentar y me dio un té, en un vasito de plástico.
         –Bueno –me dijo, tomándome una mano por encima del escritorio–. Te escucho.
         Hablé un poco. Le expliqué que no me salía una. Que mi mujer me había dejado por un compañero de trabajo, que mi hija no me daba ni bola, que mi trabajo era una mierda. Le dije que la rutina me estaba comiendo el alma, me había venido grande y sentía que la vida no tenía sentido. Tenía, todo el tiempo, esa horrible sensación, esas ganas de correr, de salir corriendo, y de saber al mismo tiempo que no había adónde escapar.
         –Estoy harto de ser yo –dije, y me terminé el té.
         Me hizo desvestir. Me dijo que me quedara en calzoncillos y me acostara, boca arriba, en la camilla. Me tocó los pies, las plantas de los pies, dejó sus manos sobre las plantas de mis pies un rato largo, hasta que sentí calor.
         Después me hizo un asterisco gigante, con una cuchara cargada con mayonesa Hellmann’s que trajo de la cocina, sobre el torso. Me dijo que cerrara los ojos, la dejé hacer.
         Después trajo una paloma del cuarto, una paloma gris, común y silvestre, de las que se ven en las plazas. Le arrancó la cabeza de un mordisco, y apoyó la cabeza de la paloma, todavía latiendo, sobre mi corazón pintado de mayonesa. Lanzó conjuros, gritó. Después comenzó a pasarme por todo el cuerpo una rama con hojas, parecía una rama de eucalipto, no lo sé, las hojas secas me pinchaban la piel. Se hizo un buche con alcohol y escupió sobre mí.
         –¡Aham! –gritó– ¡Soham!
         Y listo. Al rato me dijo que me podía sentar. Me dio un desteñido toallón para que me limpiara en un mohoso bañito de pálidos azulejos. Me volví a vestir.
         Le pregunté cuánto le debía. Trescientos cincuenta pesos. Se los di. Me dijo que todas las curanderas cobran antes, antes de dar el servicio, pero ella no. Las que cobran antes son como las prostitutas que temen que el cliente no quede conforme.
         –¿Le parece que voy a mejorar? –dije. 
         –No sé –dijo–, no creo. Pero no me digas que todo lo que hice no estuvo bueno. La mayoría de las veces lo que la gente necesita es sentir que todavía tienen alguna posibilidad.

30.11.13

Yo sé


         Yo sé que hay algo bueno para nosotros, en alguna parte.
         Yo sé que hay una esquina donde nos vamos a encontrar, y va a estar lloviendo, y vamos a estar tan contentos de estar ahí, sólo de estar ahí. De vernos.
         Yo sé que hay una pizza que nos espera en alguna curva de la vida. Donde la muzzarella nos acariciará el alma, nos calentará el corazón como la caricia de una madre y nos dirá que nada fue en vano, que un par de risas bien pueden derrotar a la muerte.
         Yo sé que vamos a caminar de la mano por alguna playa, muy temprano, metiendo los piecitos en el agua. Va a ser invierno y va a haber un perro peludo, también. Y el mundo nos va a parecer un lugar mucho más amable.
         Yo sé que un día lloverá whisky o café con leche y voy a pisar una baldosa que me va a salpicar de ganas de hacer, esas ganas que tenía cuando me parecía que la felicidad era posible.
         Yo sé que hay algo bueno para nosotros. En alguna parte.

24.11.13

Asado con familia


         Fui a visitar a mi prima Milena. Tengo una prima que se llama Milena, desde chicos, desde siempre. Y aunque nos vemos poco y nada por diversas circunstancias de la vida, nos queremos. Es la prima a la que más quiero.
         Siempre la admiré, a Milena. Porque de chiquita ella quería ser bailarina clásica, y alguna vez la vi ensayar en puntas de pie, con el cabello tirante recogido y el cuerpo tan pulido, tan perfecto. Después se cansó del baile y estudió yoga muchos años. Fue instructora, daba clases por todo el país, cuando nos veíamos me enseñaba alguna postura para mi dolor de espalda. O para mi crónica tristeza.
         Se casó, Milena, tuvo dos hijos, vivió casi diez años en Londres. Se divorció, ahora vive con su nueva pareja en Vicente López. Pinta, pero no pinta un jarrón o una naranja por hobby. Pinta de verdad, expone sus acuarelas, las vende.
         Me dijo que me quería ver, me dijo que hacía mucho que no nos veíamos, me dijo que fuera a visitarla. El sábado al mediodía. Ian, su nueva pareja, haría un asado. Ella me dijo que quería conocer a mi novia, que fuera con Romina.
         En fin. Fuimos. Vicente López, una regia casa, la hija de Milena, Sofía, que ya debía tener quince años, estudiando para el colegio, el menor, Guillermo, no estaba porque se había quedado a dormir en la casa de un amigo y tenía partido de fútbol.
         Ian le debía llevar a Milena unos doce o quince años, bohemio, canchero, macanudo. Una casa bárbara con un jardín para tirarse a dormir la siesta. Árboles, sí, cinco o siete árboles de cien años, un álamo, un fresno.
         Estábamos en otoño pero no hacía demasiado frío. Ian insistió en mostrarme la cava de piedra, construida bajo la tierra, como si fuera un refugio atómico. Subimos con varios vinos. Ian insitía en que probáramos un Syrah australiano. Riquísimo. Romina se entendió al toque con Milena, la ayudaba a preparar las ensaladas.
         –¿Y éste cómo se llama? –pregunté, palmeando a un Collie atorrante, cariñoso, con pinta de no bañarse muy seguido.
         –Vito –me dijo Milena desde la cocina–. Le falta hablar, solamente. Es el mejor perro que tuve en mi vida. No sabés cómo cuida a los chicos.
         Trajeron unos platitos con salame y queso cortado en cubitos. Ian me sirvió un whisky de apertura. Era francés, de Bretaña,  editaba una revista de arte que marcaba tendencia en Europa. Fanático del asado y de los paisajes que podía recorrer en bicicleta, estaba encantado con la Argentina.
         Quería chequear mis mails. No hacía falta, pero estaba esperando que me  mandaran una presentación, corregida, para una charla que debía dar el lunes, y el teléfono me andaba para el culo. Soy consultor, me gano la vida hablando, digo un par de boludeces, hago reír a la gente mientras les explico qué hacer con su dinero, finanzas, no es una mala vida.
         Le pregunté a Milena si me dejaba consultar mis mails en cualquier computadora. Sólo un minuto.
         –Subí al cuarto de Sofía –me dijo Milena–. Tiene dos computadoras, además de su ipad,  y su iphone. En serio, no le molesta. Andá y pedile una de las netbooks.
         Subí, con el vaso de whisky en la mano. La puerta del cuarto de Sofía estaba entreabierta. Golpeé, dije ‘permiso’.
         Nada, silencio. Se debía estar bañando, se oía el ruido de una ducha, proveniente del baño situado a mitad del pasillo.
         Había pósters, un osito de peluche sentado entre los almohadones de la cama, lo clásico. Me senté frente a la computadora.
         Fue un error, fue un error, no debí hacerlo, lo sé, lo admito. Toqué el teclado, ahí estaba, en la pantalla, el cielo celeste de fondo, las nubecitas, los íconos. Pensé, es un segundo, chequeo el mail y me quedo tranquilo. Clickeé para abrir el explorador, miro si recibí el mail y bajo a limpiarme un tubo de vino con la picada. Pero el navegador tardó en abrir. Quizás la conexión era lenta, no lo sé.
         Debí levantarme e irme, no anda, listo. Pero di un sorbo al whisky, y abrí, al azar, una carpeta ubicada en el ángulo inferior izquierdo de la computadora. En la carpeta decía, debajo, ‘Vito’.
         Hice doble clic al voleo, eran cientos de fotos. Se abrió una foto. Al principio no entendí bien, pero después sí, después entendí perfectamente. Una foto del Collie, de Vito, sentado, con la pija parada, muy parada, casi púrpura. Las manos de la nena, de Sofía, una mano sosteniendo la pija, la otra los huevos. El perro miraba a la cámara algo aturdido, con la lengua afuera. La nena, en bombacha y corpiño, también miraba a la cámara. Con lascivia. Sonreía.
         Abrí otra foto, la de al lado. Ahora Vito estaba de pie (de pie, para los perros, es en cuatro patas), y Sofía, a su lado, en cuatro patas también. Muy agachada, como si estuviera buscando algo debajo de la cama. Pero no, estaba metiéndose el pito de Vito en la boca. La nena hacía casi una contorsión para mirar a la cámara, desde abajo, con el pito del perro en la boca. El perro parecía despreocupado, tranquilo.
         Abrí una más, una foto más. Sofía acostada de espaldas sobre la alfombra de color celeste, las piernas abiertas. Sí, claro, con Vito encima. La toma debió exigirle algunos ajustes, pero estaba bien lograda. Se veía, claramente, la penetración. La chica tenía puestas unas botas cortas que le quedaban muy grandes, se agarraba, con ambas manos, los tacos en punta, las piernas bien arriba.
         Cerré las fotos, cerré la carpeta, y bajé. En el pasillo todavía se escuchaba la ducha. Volví al jardín, me senté, terminé mi whisky de un trago. Ian  acomodaba el carbón con el atizador, para que el fuego diera más de lleno en las tiras de asado.
         –Tomá, probá esto –me pasó un tenedor con un pedacito de salchicha parrillera–. Decime si ya está bien.
         Me pareció que Vito me miraba. A mí, no la comida.

18.11.13

Qué hiciste con tu vida


         –¿Tuviste un hijo?
         –¿Eh?
         Me había quedado dormido, y la pregunta me despertó. Debían ser las dos de la mañana, más o menos. Porque habíamos ido a cenar, antes de venir a mi casa. Claro, a coger.
         –Si tuviste un hijo, Juan –ella se había incorporado contra los almohadones, y miraba la televisión, sin volumen. No era fea, aunque tampoco era linda. Y definitivamente no era joven.
         –No sé –dije–, no entiendo.
         –No es tan difícil, Juan, la pregunta. Si tuviste un hijo.
         Existen dos tipos de charlas, de conversaciones, entre un hombre y una mujer. Las charlas antes de coger, y las charlas después de coger. Las charlas que suceden antes de coger son charlas donde el hombre piensa cómo hacer, cuánto falta, para ir a coger. Las charlas que suceden después de coger son charlas donde el hombre piensa cómo hacer, de qué forma escapar, antes de volver a necesitar coger.
         –No –gargajeé, se me había secado la garganta–. No tengo hijos. Por ahora. Que yo sepa. Quiero decir, no me consta.
         Se hizo una pausa. Ella miraba en la televisión un programa japonés donde los participantes hacían absurdas piruetas mientras un desorbitado público se reía a carcajada limpia y aplaudía. Los participantes, con cascos y pecheras rojas o azules, se tiraban por inflables toboganes, o hacían una guerra con tortas de crema, imbecilidades por el estilo. Era evidente que los japoneses habían quedado mal del bocho después de Hiroshima, no tenían la más puta idea de cómo divertirse.
         –¿Y plantaste un árbol? –dijo ella.
         –¿Qué? –Hice fuerza para sentarme en la cama, pero sentí un pinchazo justo en la base de la columna, producto de algún mal movimiento durante la fornienda, y sobrepeso, claro.
         –Si plantaste un árbol, Juan –ella encendió un cigarrillo.
         –No, no planté un árbol –resoplé, tratando de descifrar si el dolor iba a ser benévolo conmigo, o si me llevaba, de la mano, hacia la invalidez sin atenuantes–. Tampoco sé distinguir entre un caballo y una vaca. Soy un tipo de ciudad, con todo lo que eso implica.
         Otra pausa. Ahora, en el televisor, setenta o noventa japoneses de ambos sexos luchaban sobre una resbalosa superficie, se amontonaban, chocaban unos con otros intentando mantenerse en pie, se caían. Eran dos equipos, pero era imposible entender el juego, la consigna, lo que hubiera que hacer. La gente, el público, deliraba de la risa.
         –¿Escribiste un libro, Juan? –dijo ella, y bebió gaseosa de la lata, de una lata que había junto a la cama, sobre el piso. Por un instante, mientras echaba la cabeza hacia atrás y bebía gaseosa con satisfacción, con deleite, cerró los ojos y el cabello le cayó sobre los hombros, y fue bonita otra vez.
         –No, pichona, no escribí ningún libro –dije–. No sólo no escribo, sino que prácticamente no leo. Creo que la literatura es una actividad perimida.
         –¿Ves? –dijo mientras se rascaba delicadamente la base de una teta con la punta de un meñique–. No tuviste un hijo, no plantaste un árbol, y no escribiste un libro. No hiciste nada de nada, quiero decir, nada trascendente con tu vida.
         –No sé –dije, logré sentarme en la cama, apoyé los pies sobre el parquet, junté fuerzas–. Pero tiene que haber algo más. Estoy seguro que tiene que haber algo más. Algo que tampoco es coger con vos, desde ya. Si no, esto no es vida.

12.11.13

Pescadito


         Se llamaba Martín Pedrazzi, pero le decían ‘Pescadito’.
         Yo trabajaba en una casa que vendía todo tipo de envases de plástico, artículos de cartón, bolsas de polietileno, un local que quedaba sobre la calle Velasco. Viste cómo es, estás todo el día ahí, doce horas, te terminás conociendo con todos. Los pibes que laburan de cadetes en otros negocios, las chicas que atienden en los mostradores y salen a fumar, alguna que va al kiosco a comprar un alfajor y se queda a charlar un poco.
         Pescadito estaba siempre ahí, sentado en la calle, desde muy temprano. Podía ser un mendigo, y de hecho estaba en el límite, pero no era un mendigo. No pedía.
         El pibe estaba ahí, prolijo, muy prolijo, parecía recién bañado, con el cabello húmedo peinado con raya al costado. Flaco, desgarbado, con los hombros un poco echados hacia delante. Los ojos como salidos de las órbitas, pero apenas, una suerte de exoftalmia. La cristalina mirada observándolo todo, como si en verdad algo interesante estuviera sucediendo.
          Respetuoso, con la voz muy bajita, apenas un murmullo, se ofrecía para hacer algo, cualquier cosa. Se ofrecía a lavarle el auto al dueño de la farmacia, se ofrecía a ayudarte a descargar el camión que llegaba con la mercadería, se ofrecía a ir al bar y traer los almuerzos, se ofrecía para hacer trámites bancarios.
         A fuerza de estar, de insistir, se había ido ganando un lugar. En el barrio lo conocían todos, sabían que cuando llegaran al negocio ya iba a estar ahí, en el edificio de mitad de cuadra, sentado en los escalones. Esperando.
         –Qué hacés, Pescadito –le decía el mozo del bar–. Alcanzale este café a Salomón, que no se te caiga.
         –Eh, Pescadito, tomá. Traeme dos alfajores Fantoche triples del kiosco, de chocolate, y pilas para el control remoto. Quedate con el vuelto.
         –Pescadito, ¿me lustrás los zapatos que están hechos un asco? Y fijate si en la zapatería no tienen cordones.
         Y allá iba, Pescadito, a cumplir con el encargo. Inmutable, con una semisonrisa tatuada en los labios, lento el andar.
         Acá viene el asunto, ya llegamos. Le decían ‘Pescadito’, a Pescadito, porque el tipo de la pescadería una vez había salido a la vereda, y le había preguntado al muchacho qué quería para el almuerzo. La intención, claro estaba, era darle comida, alimentarlo. En la pescadería, que se llamaba Ultrafish, tenían de todo. Vendían filetes de merluza ya hechos, a la milanesa, ensaladas de frutos de mar, latas de palmitos también, calamaretis fritos, no sé, brótolas, besugos, abadejos. Rabas.
         –No sé –había respondido Pescadito–. Pescado.
         Así que el dueño de la pescadería que se llamaba Ramón, había salido con un pescado, una brótola entera, con cabeza y todo, sosteniéndola de la cola, y la había puesto a la altura de la cabeza de Pescadito. Era una broma, claro.
         –Gracias –había dicho Pescadito. Había agarrado el pescado con las dos manos, y se puso a comerlo. Daba pequeños mordiscos sobre el lomo del pescado crudo, ante la atónita mirada de Ramón que pensaba que el muchacho le había seguido la broma y lo estaba cargando.
         Pero no, Pescadito siguió comiendo, despacio, concentrado.
         Corrió la noticia, se supo enseguida. Todas las mañanas, Ramón le daba a Pescadito alguna tarea, acomodar las bolsas de hielo, cargar los desperdicios en el camión que pasaba a retirarlos, ir a pagar algo. Y al mediodía, Ramón le daba al chico algo de comer. Algo que podía variar pero siempre era crudo. Pescado.
         Y Pescadito, que para ese entonces ya había sido bautizado Pescadito, comía sentado en el cordón de la vereda, alguien le ofrecía un vaso de gaseosa o un poco de jugo, él también lo aceptaba.
         Algunos de los muchachos cada tanto le preguntaban, cómo podía comer eso, pescado crudo, pero Pescadito se los quedaba mirando. No contestaba.
         Era un enigma. Pescadito estaba sano, sonriente, tenía fuerzas, parecía más o menos normal, hablaba poco, siempre dispuesto a realizar cualquier tarea. Con entusiasmo. Lo único que comía era pescado crudo. No mucho, un par de pejerreyes, una merluza, trillas, a veces, una porción de salmón blanco.
         Y entonces vino el día. Un diluvio. Diciembre en Buenos Aires, un calor imposible, más de treinta y cinco grados. Estaba terminando de ordenar unas cajas, el cielo se puso negro. Se largó a llover mal, viste como es. La ciudad se inunda, sube el agua a las veredas, la gente se pone más fastidiosa que de costumbre, creen que va a granizar, que se les va a hacer moco el auto. Les meten presión en las noticias, les dicen que viene un tifón o un tornado, hay que llenar el espacio con algo.
         Llovía y llovía y parecía que no iba a parar nunca. El agua rebalsaba de las alcantarillas, subía a la vereda, el cielo había bajado la cortina, como si fuera de noche.
         Con el pretexto de evitar que el agua entrara al negocio, agarré un secador de piso y salí del local, a fumar un cigarrillo. Me gustaba ver llover desde que era chico, lo que equivalía a decir desde siempre. Me sigue gustando.
         Entonces lo vi, a Pescadito. Mi primera sensación fue que se había tropezado, porque estaba como acostado, boca abajo, en el medio de la calle. Temí que se hubiera lastimado.
         –¡Eh, Pescadito! –dije, y ya estaba por ir a ayudarlo a levantarse. Pero me di cuenta que no, que no se había caído. Porque se estaba moviendo, como si ondulara, sumado a laterales movimientos de su cuerpo, ágiles y precisos. Nadaba, Pescadito, iba nadando entre los autos.

6.11.13

La vida continúa


         Murió el papá, el papá de Mariana.
Mariana era mi novia, vivía conmigo hacía casi seis meses, así que las cosas pronto tendrían que empezar a fallar. Lo bueno dejaría de ser tan bueno, lo malo se volvería muchísimo más malo. Lo normal, la vida.
         Pero por el momento Mariana vivía conmigo, y nos gustaba coger y quedarnos después de la cena juntos, despiertos, mirando cualquier cosa por la televisión mientras terminábamos el vino. Desayunábamos en silencio. Un rato, durante la noche, dormidos, nos abrazábamos.        
         El papá de Mariana tenía setenta y ocho años, hacía mucho, más de diez años, que vivía en Ostende. Le gustaba andar en bicicleta, y tenía un perro, un ovejero alemán que se llamaba Walter. Había sido (el papá de Mariana, no el perro) marino mercante.
         Acompañé a Mariana al velatorio, lo habían traído, al hombre, a Buenos Aires. Tenía cáncer de pulmón, y prefirió no tratarse, eso me había contado Mariana. Prefiero seguir fumando, había dicho el hombre, alguna vez, cuando le preguntaron. Y se había quedado en Ostende, jugando al dominó con sus amigos, yendo a pasear con Walter cada mañana.
         La sala de velatorios era una clásica sala de velatorios. Al papá de Mariana lo velaban en el primer piso, había otro velatorio en planta baja. Hasta cuando te morías te tocaba estar con gente que no conocías, compartir el espacio. No sé por qué pero eso fue lo que pensé, no pude evitarlo.
         Había venido gente a despedirse, claro. La ex esposa del papá de Mariana, o sea la mamá de Mariana. Los cuatro hermanos de Mariana, tres mujeres y un varón, con sus familias, menos la más jovencita que estaba sola y parecía fumada, aunque podía bien ser el efecto de la tristeza. Había parientes, más parientes, algún amigo, primos. Como treinta personas, tratando de no moverse mucho dentro de la pequeña sala.
         Mariana se había puesto de pie y había entrado por un momento a la salita contigua, donde estaba el cajón. Se había quedado ahí, con una mano sobre el féretro. En silencio.
         –¡A ver, todos! –dijo, se asomó, se afirmó bajo el marco de la puerta, aplaudió, dos veces– ¡Quiero decir unas palabras!
         No la tenía en esa faceta, pero eso era normal también. Ante el contacto más o menos directo con la muerte, están quienes se ponen locuaces o particularmente melancólicos, algunos tienen arrebatos  de euforia, otros caen sentados por sus propios recuerdos, como si hubieran recibido una trompada. Ante el enigma de la muerte, ante lo que no podemos explicar ni conocemos, todo vale.
         Alguien tosió. Dos o tres personas se pusieron de pie. Alguien que fumaba en el pasillo dio la última pitada y asomó la cabeza en la sala.
         –Están acá –dijo Mariana–, para despedir a Alberto. Mi padre.
         Se hizo un silencio, Mariana pareció juntar fuerzas, tomar aire.
         –Hay algo que nunca conté, porque me prometí no contarlo –dijo Mariana–. Mi papá, Alberto, el hombre que todos ustedes conocen, era un hijo de remil putas. Alberto me violó, cuando yo era una nena, cuando mi papá era para mí la persona más importante del mundo y yo no podía defenderme. Me violó cuando yo tenía nueve años, y siguió violándome, regularmente, los domingos, durante años.
         –Vos dormías la siesta, mamá –dijo Mariana y señaló a su madre–. Mientras Alberto me manoseaba, me metía los dedos, me obligaba a que se la chupe. Después me cogía. Yo me tenía que dejar para que él no te pegara a vos. Para que no las viole a ustedes, me amenazaba –apuntó, con el mentón, al sector donde estaban sus hermanas.
         –Pero no puede ser –dijo un señor de lentes, con bastón. Era el hermano de Alberto.
         –¡Callate, pelotudo, vos no sabés nada! –dijo Mariana. El hombre pareció sentirse mal, trastabilló. Tuvo que sentarse.
         –¡Así que ya saben! Este hombre que ustedes están recordando con cariño, era una basura, un pervertido que me cagó la vida. Me cogía y después me daba una palmadita, me decía ‘muy bien, muy bien, vos sos mi preferida’. Por eso se fue a vivir a la costa, porque cuando crecí no pudo soportar tener que mirarme a la cara. Nunca lo dije, cargué con esto. Siguió la vida. Ahora ya está, ahora ya no importa. Ahora lo saben.
         Tuvo un sollozo, Mariana, un acceso de llanto. Fui a su encuentro, me abrazó. Alguien gritó ‘¡no!’, se cayó una silla. La mamá de Mariana se agarraba la cabeza con las dos manos, como si tuviera miedo que la cabeza se le pudiera caer y rodara por el piso.  
         –Necesito fumar un cigarrillo –me dijo al oído–. Llevame abajo.
         Estábamos en la calle, Mariana pitaba. Le pasé la mano por la frente, le acaricié el pelo.
         –No sabía –dije, apoyado contra el lateral de un automóvil, los brazos cruzados–. Jamás dijiste nada. Qué tremendo.
         –Es todo mentira –dijo Mariana, sonrió. Tiró el cigarrillo y me apretó, por un momento, con dos dedos, con los internos y flexionados laterales de los dedos mayor e índice de la mano derecha, la nariz. Y dio un pequeño tirón, como si me estuviera acomodando, la nariz, en la cara.
         –¿Eh?
         –Es mentira –repitió, lanzó un soplido–. Pero mi papá tenía un regio departamento en Pinamar, debe haber varios en la cola para repartirlo. Con esto me van a tener en cuenta, el viejo lo hubiera entendido perfectamente. Algo me van a tener que tirar, no se van a poder hacer los pelotudos.

30.10.13

Si estás triste


         No vayas a la India, no, no hace falta.
         Si llegás a tomar un vaso de agua de la canilla, en la India, te vas a cagar encima una semana.
         No te cojas a tu prima. De ninguna manera, aunque esté divorciada.
         Si te cogés a tu prima te vas a arrepentir, y ella se va a arrepentir. Y se van a tener que seguir viendo en Navidad, en los cumpleaños de los hijos. Se van a sentir siempre basuras sin alma.
         No te hagas socio de un gimnasio. En los gimnasios la gente está más triste que vos, en los gimnasios la gente se quiere matar, mientras transpiran. Correr en cinta es estar muerto, es peor que estar muerto, es estar muerto y seguir transpirando. Ball and chain, el hámster en la ruedita.
         No te pongas tetas, si sos una chica, no te pongas pelo, si sos un muchacho. Y no te pongas tetas, si sos un muchacho, ni te pongas pelo si sos una chica, eso sería todavía peor.
         No hagas cursos de fotografía, no hagas cursos de pintura. No vayas a talleres literarios, no estudies teatro. Jamás tuviste nada para decir, la más mínima vocación artística. De chiquito, en el colegio, odiabas a la profesora de piano.
         No compres un perro, no compres un gato.
         No planees vacaciones donde tenés pensado ser otro, si vas a esquiar te romperás una rótula, ya sé que en el Caribe el mar es turquesa, pero te está esperando un aguaviva que te va a dejar los huevos como dos damascos.
         Si estás triste sentate en un bar, a la mañana, bien temprano. Pedí un café con leche y mirá por la ventana. Ahí estás vos, eso es la vida. Lo demás lo vamos viendo.