30.11.14

Para qué fui puesto sobre la faz de la tierra


Nunca me gustó mucho el tema, nunca lo entendí. Tampoco es mi especialidad, aunque, para decir la verdad, si me preguntaran cuál es mi especialidad, tendría dificultades para responder.
La carga genética. Quiero decir, siempre se me antojó como dogmático. Injusto además, ajeno a la voluntad, como si Dios se cagara en el ‘libre albedrío’. No hay nada que uno pueda hacer al respecto, tenés rulos, o sos petiso. No sé, fijate.
Pero después fui descubriendo, con asombro, con fastidio, que era verdad. Es cierto.
Ha pasado el tiempo y me descubro, no soy mucho más que la acumulación de defectos de mi madre y de mi padre. Tengo la ansiedad de mi madre, la panza de mi padre, el insomnio de mi madre, la hipertensión de mi padre, las dificultades mentales de mi madre, el torpor de mi padre, las cancerígenas propensiones de mi madre, la psoriasis de mi padre, la anímica fragilidad de mi madre, la eterna preocupación de mi padre, y así podría seguir. Hasta aburrirlos. Hasta cansarme.
Me toca preguntarme entonces, si no soy mucho más que una curiosa y particular combinación de todo lo malo, de los negativos atributos de esas dos personas, qué he hecho yo, cuál ha sido mi aporte, mi distintivo rasgo, lo que le da sentido a mi errática existencia.
Ah, sí, te lo estoy contando.

24.11.14

Reflejo condicionado


Te cuento cómo curamos a la gente de las adicciones, el método único que aplicamos en el instituto.
Primero los escuchamos, claro, la gente por lo general necesita que la escuchen. Vienen, los tipos, y hablan. Explican, a su manera, por qué se hicieron alcohólicos o fumadores, obesos, comedores compulsivos de hamburguesas o dulces, cocainómanos, fundamentalistas de la marihuana, en fin.
Hablan, de cómo empezaron a consumir, tal o cual experiencia generalmente situada en la adolescencia y que siguió después, lo que sintieron, qué les alivió, si son medicamentos para dormir después de una jornada de trabajo, si es el whisky antes y después de haber engañado a una esposa, si fuman después de la comida o esperando un colectivo que nunca llega, por qué creen que lo necesitan, por qué creen que esa sustancia los hace felices, si les genera placer mental o físico. O las dos cosas.
Vienen y hablan, una vez por semana, entre cinco y nueve sesiones. Los escuchamos, claro, hacemos alguna pregunta, tomamos notas de ciertos patrones de conducta.
Luego, en lo que vendría a ser la última sesión aunque el paciente todavía no lo sabe, se lo recibe como de costumbre. Se le dice que después de lo que podríamos denominar ‘la parte teórica’, ese día será una sesión algo diferente. Vendría a ser la ‘práctica’. 
Se lo recibe, al paciente, y se lo hace pasar a un cuarto, a otro cuarto. En el cuarto no hay nada, una mesa. Sobre la mesa está la sustancia, exacta, precisa, lo que el sujeto sufre como adicción. Aquello que le encanta y lo destroza a la vez. Se sabe, con precisión, la marca exacta de aquello que el sujeto consume, el detalle de lo que le fascina, en parte para eso han sido las charlas previas. 
Se le explica, al paciente, que debe hacer lo siguiente. Debe consumir, un poco, de la sustancia. Se lo dejará solo en el cuarto y debe consumir, porque es preciso analizar algunas reacciones. Para eso, luego de los preparativos, se apagarán las luces del cuarto. La oscuridad debe ser total. Lo único que tiene que hacer, es consumir. No se ve nada, está, el sujeto, en la oscuridad de su circunstancia. Asimismo se le indica que debe estar de pie, ya sea fumar o tomar cocaína o comer una hamburguesa. Eso es todo.
El paciente muestra cierta curiosidad, pero ninguna resistencia. Revisa, eso sí, que esté aquello que es objeto de su adicción, al detalle, sobre la mesa. Puede incluso decir que precisa un vaso más ancho, o que suele usar un encendedor diferente, o que para tomar cocaína preferiría estar sentado, pero bueno.
–Comenzamos entonces –Digo. El sujeto ha quedado de pie, junto a la mesa. Apago las luces del cuarto. Doy unos pasos, abro y cierro la puerta. Pero no me he ido. Estoy ahí, en silencio.
Cuando oigo que el sujeto ha llenado a tientas el vaso de whisky y lo levanta, o a mitad de una aspirada de cocaína, o comiendo un puñado de papas fritas. Justo ahí, tomo una pequeñísima carrera, de dos o tres pasos como máximo, y desde atrás, le doy una patada. Una patada en el culo, con todas mis fuerzas. Si se lo agarra bien de abajo, es posible patearle, a un masculino, las pelotas, desde atrás, salvo que use jeans muy ajustados. A la mujer también, si la patada es certera, se le puede patear la concha, la patada debe ser corta, como una patada de chancho, pero de abajo hacia arriba. Es una patada que entrenamos mucho, nos toman examen, de esa patada, dos veces al año. 
Es normal que el sujeto se caiga, doblado en dos. Se le vuele el cigarrillo a la mierda, o el vaso, lo que tenga en la mano. De inmediato se encienden las luces.
–¡Pero qué hacés, pelotudo! –Puede decir el paciente, o alguna variación del estilo. A veces le cuesta incorporarse, o aúlla de dolor, si la patada fue en extremo precisa. Ha habido casos de mujeres que han vomitado.
Se retira, el paciente, por lo general indignado. Tampoco importa eso, se le ha cobrado al comenzar el tratamiento.
Lo importante es que cada vez que vuelva a intentar consumir aquello que le gusta, recordará la dolorosa sensación, el dolor de huevos, la patada en la concha. Eso hará que, instintivamente, tenga que darse vuelta, para cerciorarse que no está por recibir otra patada. Es un reflejo condicionado, una ínfima grieta del tiempo que permite recordarle que, eso que está haciendo, no está bien. Eso que le gusta puede hacerle daño.

18.11.14

Setenta y dos huevos o más


El hombre se baja de una camioneta. Ha detenido la camioneta, sobre Cabildo, se baja. Abre la puerta posterior de la camioneta. Mete los brazos, seis docenas de huevos. Apiladas, en esas cajas tan particulares de cartón, que se utilizan, justamente, para transportar huevos. Las cajas parecen incluso más grandes, cuadradas, y no tienen ‘techo’. Quizás sean más huevos, sí, porque las cajas son cuadradas y de un solo piso, como si fueran de 5x5, huevos, o de 6x6. Puede que cada caja tenga veinticinco huevos, treinta y seis. 
Es un repartidor supongo, entrega productos de granja, por distintos bares de la zona. Es de mañana, bien temprano.
El hombre, con los brazos ocupados, hace un diestro movimiento para cerrar, al menos parcialmente, la puerta trasera de la camioneta. Con el lateral, el flanco, de su cuerpo. Y entonces se dispone a emprender la breve caminata que lo separa de la puerta de entrada del bar.
Pisa justo con uno de sus zapatones de goma el filo del cordón, quizás la calle está todavía húmeda de rocío, es verano en Buenos Aires, y verano en Buenos Aires es, básicamente, boludos y humedad. El pobre pisa mal.
Hace una voltereta, un giro, es el involuntario movimiento para conservar, antes que nada, la vida, la propia, aunque no es para tanto, pero sí por no perder la vertical. Y se le caen, las cajas, las seis cajas de huevos, setenta y dos huevos o más.
–¡Uh, no!
Pero ya es tarde. Caen los huevos y es un enchastre, se rompen, se tiñe la vereda con las viscosas y transparentes claras, el ingobernable amarillo de las yemas. Cáscaras, cáscaras de huevos partidos. Se deben haber roto, los huevos, todos. Quizás se hayan salvado dos o tres, aprisionados por los cartones, de casualidad.
Yo, que justo estoy ahí, pasando por ahí, me detengo. Hay una meditación de lo más extraña y reveladora que suelen practicar los monjes tibetanos. Consiste en contemplar un cadáver, nada más que eso. Ver, en silencio, durante un par de días, un cuerpo muerto. Ver qué queda después de tanto esfuerzo, la muerte, la cáscara vacía, los gusanos, la putrefacción. El objetivo de la meditación tan tremenda es ver que todo termina, todo fracasa, contemplar la impermanente naturaleza de las cosas. Resulta liberador. Y encuentro una particular analogía con lo que acaba de suceder. Sé que estoy en presencia de algo importante. Puedo acercarme al insondable misterio de la existencia.
–¿Qué mirás, forro? –el tipo me lanza una trompada que me alcanza de lleno en el oído izquierdo, me caigo– ¿Te divierte la desgracia ajena, no?

12.11.14

Poderes


Entré al bar, me senté, pedí un café y una medialuna de grasa.
Volvió el mozo, con mi pedido.
Levanté una mano, sostuve la palma en alto, como si lo estuviera deteniendo, al mozo, con la palma de mi mano, a una corta distancia. Cerré por un instante los ojos, fruncí el ceño, yendo más y más adentro mío.
–Usted se llama Ernesto Garismendi –dije–. Tiene cincuenta y siete años. Es casado, tiene cuatro hijos.
El mozo negó con la cabeza, sonreía.
–Es increíble, increíble –se acercó un poco–. Acertó todo. ¿Es mentalista, no? Tiene poderes. Hace poco vi un documental por televisión. Había un tipo capaz de doblar una cuchara con la mirada. Otro hablaba con los delfines. 
Asentí, apenas. Miré a otro mozo, que llevaba un pedido a otra mesa.
–El señor es…  –me puse dos dedos de la mano derecha, índice y mayor, apenas apoyados sobre el entrecejo–… Sebastián Irusta, sí. Treinta y seis, no, treinta y nueve años. Divorciado, sin hijos. Tiene un problema en una pierna. Algo que ver con una flebitis, sí…
–¡Increíble, genial! –el mozo dio un saltito–. Vení un momento, Sebastián, este tipo es un genio.
Le explicó, el mozo, al otro mozo. Que no creía, que dudaba.
–A ver, la chica de la caja –dijo Irusta.
Me di vuelta, la miré, estaba de pie, detrás de la barra.
Ahora me puse dos dedos, los mismos dos dedos, en la sien. Di un sorbo al café. Cerré los ojos por espacio de diez o doce segundos.
–La chica se llama Josefina Barralde –dije–. Tiene veintisiete años, está acá desde hace poco. Vive en Villa Adelina. 
–¿Viste, viste? –le palmeó un hombro, Garismendi, a Irusta–. Es genial. Nos podría decir algo, no sé, qué número va a salir en la quiniela esta noche. ¿No?
Dudé por un instante.
–No, bueno, eso no puedo –me puse de pie–. Lo que sí les puedo decir es que el bar se vendió, están todos despedidos. Me mandan del estudio de abogados, traje las liquidaciones de sueldos.

6.11.14

Palabras tan llenas de sentido


Ando por el centro. Me pidió mi madre que le cobre la jubilación, pero viste cómo es. Entrás a un banco y no salís más, te piden un certificado que demuestre que te diste la antivariólica a los tres años, y un espermograma, no, de cuando tenías tres años no, de ahora, fresquito, de una paja que te hayas hecho en las últimas dos horas. Siempre falta algo. 
Salí del banco bastante caliente, no pasa nada. Le tengo que decir a mi madre que el trámite es personal, y no, no importa si está en silla de ruedas, si estás en silla de ruedas podés venir, andando, con la silla, por Corrientes, enganchada del paragolpes de un 24 así hacés menos fuerza y de paso vas mirando el paisaje. Si hay boludos que andan en patineta, por qué no vas a poder andar vos en silla de ruedas, tiene que ser más cómodo. Y no, tampoco importa si está en un geriátrico con un alzheimer fulminante, cualquier cosita la traés en pelotas, así le pregunta al cajero si no es Anthony Quinn o Berugo Carámbula, qué suerte que estén filmando la remake de ‘zorba el griego’ o de ‘los bañeros se divierten’, justo acá en el banco.
Iba por Alem, hasta Córdoba, a tomarme un taxi para volver. Miré la hora, la una y veinte. Tenía hambre, claro, por lo general yo almuerzo a las 12, como los bebés. No, por nada en particular, porque me agarra hambre.
Por un momento pensé en entrar a un bar y pedirme un pebete de salame y manteca,  y una tónica, pero mejor no. Mejor rajar del centro, lo antes posible. Sobre el centro flota una nube, una nube de frustración y de tristeza que se te mete en la sangre y te hace moco. Ni aunque te frotes los huevos con una esponja mortimer cuadriculada, no se te va más.
Justo lo vi. Había un puesto, parapetado casi contra la metálica persiana de un negocio cerrado o clausurado. Un hombre, algo mayor por cierto, abrigado para protegerse del rigor del invierno.
Vendía garrapiñada, no me gusta la garrapiñada. Pero tenía un cartel, pintado sobre un cartón, un cartel que decía ‘garrapiñada, y garrapiñada especial: almendra, maní japonés’. 
Miré, sí, claro, tenía el cuenco de cobre sobre un calentador, donde revolvía con su cucharón de madera. Y a un costado el producto, las bolsitas apiladas que había ido preparando. Acá viene lo importante. 
Tenía la materia prima. Unas bolsas más grandes, con maníes, con almendras, con maní japonés.
–Eh, master –me acerqué, le hablé, le dije–. Vendeme un poco de maní japonés, así, solo. Tengo ganas de comer maní japonés.
–No –dijo el tipo. Y me miró feo.
Pensé que quizás había escuchado mal por el ruido de los autos, pero no. El tipo siguió con lo suyo,  revolviendo, haciendo garrapiñada. Llenaba las bolsitas delgadas como pequeños tubos con una cuchara.
–¿Cómo? –me acerqué un paso.
–No –dijo el tipo, y se acomodó el gorro de lana sobre la cabeza.  Llevaba guantes con los dedos cortados, sucesivas capas de ropa para protegerse del frío–. No vendo maníes, vendo garrapiñadas. No robo, no soy ladrón, y no pido, no soy mendigo. Conseguí este trabajo y me gano la vida, trabajo diez horas parado en esta esquina. No importa si llueve o si el sol me revienta la cabeza. Junto la plata para cuidar a mi familia –me miró, le temblaba, apenas, el labio superior. Su emoción era genuina–. El pastor Eduardo siempre nos dice que el trabajo es una bendición. Y yo vendo garrapiñadas, eso es lo que hago.
Me conmoví. Una dura lección. Las palabras del hombre tan ciertas, tan llenas de sentido.
–¿Cuestan diez? –saqué un billete de veinte–. Dame dos paquetes de garrapiñada, por favor. Una común, una de almendra.
Sonrió, apenas. Tomó el billete, me dio los dos paquetes. Estaban calentitos.
Las tiré tan lejos como pude. Delante de su cara. Hice el movimiento, como si fuera un saque de tenis aunque yo no sé jugar al tenis, y tiré las garrapiñadas a la mierda. Cayeron en el medio de Alem. Les pasaron por encima los colectivos primero, los autos después.
–Me encanta lo que me contaste –me toqué, con la mano derecha, el corazón–. Pero lo que yo quiero comer es maní japonés, no tu garrapiñada de mierda. Ah, y podés mandarle saludos míos al Pastor Eduardo.

30.10.14

Lenguaje de Dios


Hay una ley física, funciona de la siguiente manera. Cuanto más irrelevante sea tu rol en el planeta tierra, mayores serán tus ganas de hablar al respecto. Así de sencillo.
Por ejemplo, si vos sos una retardada que anda en calzas y lo único que pudiste hacer es estudiar educación física, entonces, cuando alguien te invite a tomar algo, bueno. Empezarás, a los gritos, a contar ‘soy perrrsonal trainerrr, porque la gente está mal hidratada, y eso tiene severas repercusiones en las mitocondrias y en la contracción de los cuádriceps…’. Cuando lo cierto es que no hacés otra cosa que sacar a pastorear a un par de viejos por el rosedal, que suelen pedorrearte en pleno rostro mientras los ayudás a elongar por unas pocas monedas.
Por ejemplo, si sos un muchacho con barba candado que usa trajes muy claritos y vende semanas de ‘tiempo compartido’ en Buzios, y tu mayor precupación es que, pasada esa semana, el supervisor descubra que los ocasionales turistas se han robado desde el champú del baño hasta las cubeteras del freezer. Entonces podrías ponerte a hablar con tu chica, de solemne manera, en un restaurante de barrio donde las ensaladas son libres aunque no tan libres porque tenés que ir y servírtelas vos, así que son libres pero no vienen solas. Dirás cosas como ‘la demanda turística tiene una estacionalidad que no sólo depende de las lluvias y los vientos, sino, también, del estado anímico de la población. Es un fenómeno multicausal’.
Sucede, entonces, de esta forma. No importa lo que creas que estás haciendo, el estúpido rol que consideres te fue asignado en este mundo. Lo que tenés que saber es que las cosas importantes suceden en silencio.

24.10.14

Amor amor


–Llevá si querés plata para el taxi, hay arriba de la mesa –dije desde el cuarto, mientras terminaba de ponerme las zapatillas.
–No soy una puta –me dijo ella. Se asomó al marco de la puerta, acomodaba cosas en su bolso, una revista, una remera. Me miró feo.
–Yo no dije eso. Simplemente no quería que te vuelvas en colectivo, vas para Flores, y son las dos de la mañana. En algún momento comentaste que andás corta de dinero. Quizás me expliqué mal, no quise ofenderte.
–No hace falta que te disculpes –dijo ella.
–¿Te querés quedar a dormir? –dije, me puse de pie– No te insistí porque me dijiste que tenías que arrancar muy temprano, pero a mí no me molesta en absoluto.
–De ninguna manera, Juan, no te confundas –dijo ella, mirándose un pie, un dedo gordo que asomaba de su sandalia–. No soy tu novia.
–No, claro –me puse la camisa–. Pero podríamos desayunar juntos, hacer otra vuelta.
–A la mañana no desayuno, a veces tomo un té –caminamos por el pasillo–. No me gusta tener que hablar con nadie cuando me despierto. A la mañana por lo general estoy enojada y me molesta que me pongan la mano encima.
–Comprendido –me puse una camperita, agarré las llaves, terminé un vaso en el que había quedado medio dedo de whisky–. Te bajo a abrir.
–¿Me estás echando? –ella había encendido un cigarrillo– ¿Ya me la pusiste y ahora me echás como si fuera un perro?
–Tomatelás, pelotuda –Le puse un empujón de atrás, intenso, en un hombro. Descubrí que había cerrado el puño, a punto estuve de pegarle una trompada. Se encendió, de milagro, una lucecita, alguna clase de freno inhibitorio–. Te voy a dar una patada en la concha que van a tener que venir de médicos sin fronteras para ayudarme a sacar el zapato. Me cansaste.
Bajamos en el ascensor, sin hablar. Abrí la puerta de calle.
–Bueno, llamame –dijo, se acercó, me dio un beso–. La pasamos bien juntos, estuvo bueno.

18.10.14

Curso de capacitación


Lo leí por internet y quizás por eso no lo recuerdo con exactitud, puede que se me escape algún detalle. Igual, lo leí mientras vos seguro veías pornografía o bajabas doce mil trescientas veinticuatro canciones o no parabas de tuitear estupideces. Yo por lo menos lo leí, dame algo de crédito. Quedate con la idea general que es lo que importa.
En una universidad norteamericana pusieron un buzón, un pequeño buzón en la entrada y una nota en la cartelera. Pedían, a los estudiantes, que donaran un dólar, apenas un dólar. Había, para la donación, para el destino de la donación, tres opciones. Si elegías la opción a), querías que tu dólar fuese utilizado para combatir el hambre en Etiopía. Si elegías la opción b), querías que tu dólar se lo dieran al gobierno de los Estados Unidos (te recuerdo que la universidad estaba en los Estados Unidos), para que fuera utilizado, por el gobierno, en gastos de defensa, para proteger al país ante la eventualidad de un ataque extranjero. Si elegías la opción c), querías que el dólar donado se usara para comprar una fotocopiadora nueva, para que la utilicen los estudiantes de la universidad. 
Eso era todo, dejaron el buzón, dejaron las instrucciones en la cartelera, dejaron los sobres. Y esperaron tres meses.
Los resultados fueron, más o menos, así. Más del sesenta por ciento de los alumnos donó un dólar. Luego. De los que donaron el dólar, el 90% lo donó para que compraran la fotocopiadora, el 8% lo donó para los gastos de defensa del país, y el 2% lo donó para combatir el hambre en Etiopía.
Entonces. Si te dedicás a mendigar, si pedís plata en el subte, mi recomendación sería que no digas que tenés sida ni chagas, ni botulismo, que  no digas que necesitás comprar pañales o leche para tus diecinueve hijos, que ni te molestes en decir que tenés una pata de palo o un ojo de vidrio, que de chiquito tus padres te quemaron el rostro con una plancha. No intentes mostrar las muletas, las cicatrices, los muñones.
Lo único que tenés que hacer es entrar al vagón y decir que si no te dan dinero te vas a tirar un pedo. Un rotundo pedo, y que acabás de desayunar un huevo duro, una empanada de carne vieja de tres o cuatro días, medio paquete de bizcochos Don Satur húmedos, y un vaso de Mirinda tibio. Tenés que decir que te vas a tirar un pedo y te vas a quedar ahí, parado en el vagón, hasta el final del recorrido.
Y vas a ver cómo en seguida la gente te ayuda. Porque a veces todos andamos en otra cosa, apurados, distraídos. Pero yo te aseguro que la gente es buena.

12.10.14

Tiburón Carlitos


En una oportunidad estaba mirando por televisión el canal de la National Geographic. Lo he dicho alguna vez, todo lo que tenés que saber sobre el comportamiento humano, lo podés aprender, ponele, en tres meses. Viendo, una o dos veces por semana, la National Geographic. Hacés eso, hacés lo que yo te digo, y vas a saber más sobre las personas que si hubieras estudiado psiquiatría en Düsseldorf. 
El fastidio del león después de coger, las ganas de rajarse de una, de irse a tomar un whisky a cualquier lado. La organización de las hienas para afanarse algo, algo que cazó otro, distraerlo y afanarle parte del botín. La vigilancia de dos o tres elefantas a una cría para que no se ahogue al cruzar un río, el acuerdo entre el rinoceronte y el pajarito, donde el pajarito consigue protección y el rinoceronte consigue que le saquen los parásitos, que lo rasquen. Todo está ahí, en la naturaleza, todo lo que vas a ver en una oficina o cuando tengas que vivir en pareja. No hay más que prestar atención. 
En aquella oportunidad la cosa sucedía en el fondo del mar. Estaban estudiando la vida de los tiburones blancos.
El asunto, lo que quiero contar, ya llego. Estaban estudiando a un tiburón, llamalo si querés ‘Carlitos’, si querés ‘Tiburón A’, como lo quieras llamar. De pronto, surge una escena de conflicto. Alguien, otro tiburón, llamalo ‘Facundito’, llamalo ‘Tiburón B’, se metía en una zona que no correspondía, o se quería comer un churrasco, un churrasco que también quería el tiburón ‘Carlitos’, o se quería encarar a la misma tiburona que le gustaba a Carlitos.
Acá viene lo interesante. Cuando en medio del programa los que estaban relatando esperaban lo peor, cuando todos esperaban lo inevitable, la crueldad, lo despiadado y puro al mismo tiempo, violencia natural. Bueno, no.
Lo que hacía, Carlitos, era acercarse a Facundito, acercarse. Y por un instante, empardarlo. Quiero decir, se ponía, lateral contra lateral, de lado, a menos de un metro de distancia. Lo que hacían era medirse. Así ambos tiburones advertían, sin dificultades, que el tiburón Carlitos era más largo, más corpulento, que Facundito. Y entonces, sin decir nada, no, ya sé, los tiburones no hablan. Sin pelear, Facundito se retiraba.
Una fantástica lección de la naturaleza.
Y está todo bien con vos, linda. Pero me mostraste quizás demasiadas fotos de tu viaje al norte de Brasil. Es bien probable que hayas estado con varios de esos negros que te abrazan en las fotografías, que sonríen. Se percibe, claramente, en tus facciones, que parte de la diversión ha sido comerte algunas de esas notables vergas de temibles proporciones. Y entonces me va a dar un poco de cosa ponerme en pelotas, quizás lo mejor sea que me vaya.

6.10.14

Una anécdota de mi padre


Recuerdo una anécdota, una anécdota de mi padre. No, ya sé, no te importa, además no conociste a mi padre. Mi padre murió, de hecho empecé a escribir estas estupideces cuando murió mi padre. Sabía que me iba a tapar un maremoto de tristeza, la tristeza más alta y más profunda que yo jamás hubiera experimentado. Me pareció que si escribía, que si tenía algo para hacer cada mañana, un lugar donde dejar cucharaditas de mi alma, bueno, eso podía llegar a ser una suerte de antídoto. Me equivoqué, la tristeza igual me pasó por encima. Me estoy yendo del tema.
La anécdota, lo que te quiero contar, de mi padre. Fue más o menos así.
Llegaba mi padre de trabajar, a eso de las ocho de la noche. De traje y corbata, andaba siempre con un maletín, cargado de papeles.
Era verano, hacía calor, un calor del carajo, no teníamos aire acondicionado ni nada que se le parezca. El sol pegaba toda la tarde en la cocina, la casa hervía.
Llegó mi padre, de trabajar. Hecho sopa. Era gordito, le apretaba la corbata, se notaba que sufría el calor. Le caía agua de la cabeza, de la frente. Besó a mi madre, se sacó el saco. La camisa estaba empapada, como si hubiera estado combatiendo en Vietnam, tan metafórico como cierto. La mesa ya estaba puesta. Lo esperábamos para cenar temprano, esa era la rutina.
–¡Estás empapado! –dijo mi madre.
–¡Estás todo mojado! –dijo mi hermana.
Yo en ese entonces ya estaba preocupado por mis temas. Estuve preocupado desde que puedo recordar, desde siempre. Sabía que mi vida iba a ser un desastre, lo presentía. Te diría que yo la crisis de los cuarenta la tuve a los once. Así que no le daba mucha bola al mundo en general, ni a mi padre en particular. Seguí con lo mío, no dije nada.
No sé, quizás mi madre hizo un risueño comentario, mientras le servía un vaso de agua fría (mi madre quería a mi padre, eso lo recuerdo bien, estoy seguro). Mi hermana le sugirió que se cambiara, que se pusiera un short para estar más cómodo. O que antes de cenar se diera un baño. Viste qué calor que hace. 
Mi padre fue a su cuarto, que estaba al final del pasillo y a la derecha. Mi madre comenzó a servir la cena. Volvió, mi padre. 
Iba igual que como había llegado, vestido. Con zapatos, pantalón de traje, camisa, corbata. Había sacado del placard un acolchado. Era un acolchado de los de antes, relleno de plumas, para una cama de dos plazas. Se había envuelto, él, con el acolchado. Como si fuera un poncho.
Y se sentó, muy tranquilo, a la mesa.
Lo miramos. Quizás mi madre se rió, o le dijo que estaba loco, o le preguntó qué hacía.
–Tengo frío –dijo. Y se puso a comer, asomando apenas las manos por debajo del acolchado, veía el noticiero, como si fuera un esquimal en medio del hielo. Como si fuera la cosa más normal del mundo. Le caía agua de la cabeza, sobre el plato.
Esa es la anécdota que más recuerdo de mi padre. Y es quizás todo lo que hace falta saber sobre cómo enfrentar la adversidad, a lo largo de la vida. Sí, estoy llorando, no, no me pasa nada.

30.9.14

En la tecla


Pasé a ver a Nancy. Una amiga muy puta, o una puta muy amiga, no sé cuál sería la manera más apropiada de decirlo.
Trabajaba, Nancy, de puta. Esa era su profesión. La había conocido de esa manera, ella ejerciendo su trabajo, yo buscando aliviar mis necesidades, calmar mis ingobernables apetitos.
Nos habíamos hecho amigos. Ella no me cobraba, yo le hacía regalos. Cada tanto íbamos a cenar, o al cine. A ella le gustaban las películas de acción, hablábamos de la vida.
La llamé, le dije que andaba cerca de donde atendía. Me dijo que pasara después de las siete.
Esperé en un bar, tomé una cerveza mirando a través del vidrio la ciudad hecha de indómita locura, después fui.
Seguía trabajando pero poco, ella, dos o tres tipos por día. Tenía una clientela que le era fiel, y había hecho algún dinero. Ya no tenía la obligación de trabajar de puta, pero era lo que sabía hacer. Tenía ahorros, auto, y una casita en la costa, su pequeña hija, Iris, iba a un colegio privado. No le había ido tan mal en la vida, eso decía.
Me quedé en calzoncillos, ella estaba con una bata, nos sentamos a ver un poco la televisión, en la cocina.
–Pará –dijo. Abrió un regio vino que le había traído un cliente. 
Era nuestro privado ritual. Un poco de cotidianeidad, no forzado, sin todo lo malo que la cotidianeidad suele traer aparejado. Conversábamos un poco, mirábamos cualquier cosa en la televisión. Después ella se arrodillaba y me la chupaba, o me llevaba de la mano a la cama.
–Mirá –me dijo–. Aprendí algo nuevo, jamás se me hubiera ocurrido.
–A ver –dije.
Entonces ella se metió el control remoto, del televisor, en la vagina.
–Decime qué canal querés ver –dijo. 
–¿Eh? 
–Qué canal. Vas a ver.
Dije el 58. Ella, sentada, hizo un movimiento, apenas, con la parte inferior del abdomen. Apareció el 58 en la pantalla.
–Fue casualidad –dije–. A ver, 39.
Se movió, como si se acomodara en la silla. La televisión cambió de canal. Al 39. 
–¡Es increíble! –Dije, porque era absolutamente increíble.
–Pará, mirá –se sacó el control remoto de la vagina, se metió su teléfono celular–. Decime tu número.
Se lo dije. Ella se movió un poco, cruzó una pierna. Mi teléfono comenzó a sonar.
–Nooo –dije–. Es genial, absolutamente genial. ¿Podés mandar mensajitos?
–Sí –dijo–. Lo que quieras. Puedo escribir cualquier cosa.
No le creí. Hicimos la prueba. Funcionaba a la perfección. Tuvo una falta de ortografía, pero era porque ella creía que la palabra se escribía así.
–Es genial, de verdad. No sé qué decirte.
Ella se sacó el teléfono de la vagina. Se puso de pie, vino hasta mí. Se me sentó encima.
–¿Vamos a la cama, o preferís que te la chupe un poquito? –Y mientras yo le acariciaba con las yemas de los pulgares esos magníficos pezones, siguió– Todos tenemos algún don, eso es lo fantástico de este mundo.

24.9.14

El arte de ayudar


A veces espero que se haga de noche. Tampoco tan tarde, después de cenar, a eso de las diez. Ponele que es invierno, ponele que hace frío. Voy a un Starbucks, y compro un par de capuchinos. Me los llevo.
Entonces camino unas cuadras, voy, busco algún mendigo. Alguien que esté hecho mierda, o como se dice ahora, ‘en situación de calle’. Alguien que esté durmiendo, justamente, en la calle, muerto de frío.
–Hola –le digo–. Buenas noches.
Me paro junto a él. Tomo mi café con leche, de a pequeños sorbos. Sale humito, el vaso es térmico pero igual quema un poco los dedos.
–Está caliente –digo–. Está rico.
Agarro el otro café con leche, quito la tapa del recipiente. Y vuelco, lentamente, muy lentamente, el contenido, el café con leche, sobre la vereda.
También se puede hacer, lo he hecho, con comida. Si detectaste un mendigo que está famélico, que te parece que está muerto de hambre, vas con un par de hamburguesas completas de Mc Donald’s. Te parás frente a él, y te ponés a comer. Con ahínco, con énfasis, masticás grandes bocados de tu hamburguesa doble con jamón, con queso, con tomate, con huevo. Después podés ponerte en cuclillas y darle un poco de la hamburguesa a un perro que pasa, o te bajás los pantalones y pishás, la otra hamburguesa, la pishás toda y la tirás a un tacho de basura.
El amor es una fuerza poderosa. Tanto se ha dicho al respecto desde tiempos remotos, de la biblia hasta Lennon. Pero a veces, yo sé lo que te digo, para salir del fondo, lo que necesitás es odiar. Lo que te va a mover es el odio.

18.9.14

Fue bueno mientras duró


–Dejame hablar –estoy sentado, al costado de la cama, desnudo. Termino el whisky de un trago. Me gusta tomar un whisky, desnudo, después de coger, sentado al costado de la cama, como si contemplara lo sucedido, mi obra. Me gusta tomar whisky vestido también, sentado en la cocina o en el comedor, o en un bar. Me gusta tomar whisky, básicamente–. No me interrumpas por tres o cinco minutos. Porque siento que te tengo que decir lo que me pasa. Y me cuesta, decir las cosas. Entre hablar y escribir, prefiero escribir. Y todavía más prefiero ni hablar ni escribir, prefiero coger o caminar, tomar café con leche o mirar por la ventana.
Ella se incorporó un poco, contra los almohadones. Dudó por un instante si encender un cigarrillo, pero no tenía demasiadas ganas de fumar, era más que nada para dejar de tocarse el cabello, tener las manos ocupadas.
–Me cuesta decir las cosas –apoyé el vaso en el piso–. Me han dicho que soy hermético, pero me parece importante decirte esto, dejame hacer el intento. Porque yo seré muchas cosas, egoísta, malhumorado, fóbico, pero no soy de mentir. Y menos a las personas que me interesan, a las personas que quiero. Mentir en un trabajo, mentir por dinero, eso no es mentir, eso es otra cosa. Por eso, a vos, no te quiero mentir.
Prendió el cigarrillo nomás, Miriam, pitó. Todo su cuerpo pareció relajarse mientras exhalaba. 
–No sé cómo empezar –me rasqué, con el revés de un pulgar, la panza–. Mirá, bueno. Estuve pensando y no sé, me parece que lo nuestro, la relación, se ha ido agotando. Es como si ya supiéramos lo que va a pasar, lo que vamos a hacer. Qué plato vas a elegir para cenar, qué botón hay que apretar, para coger. Y yo no sé como hace otra gente, pero a mí la rutina me mata, siento como si un hámster me fuera masticando, despacito, el alma. Repetir una y otra vez las cosas y esperar que el resultado sea diferente, locura diría Einstein. Me cuesta, me pone mal todo esto, porque empiezo a sentirlo, me conozco, una sensación de generalizada incomodidad, y aunque diga que no, aunque luche contra eso, no puedo. Se impone el fastidio, y entonces me parece que te lo tengo que decir, para que no sigas perdiendo el tiempo conmigo. Fue bueno mientras duró, debiéramos poder recordar las cosas buenas, despedirnos sin excesivo rencor. La relación está agotada, y no es culpa de nadie, a veces no es culpa de nadie. Las cosas se acaban, digamos que de muerte natural, la decadencia y caída de cualquier proceso. No tiene sentido hacernos daño, prolongar el sufrimiento, la agonía. Te lo tenía que decir, dejé todo en la relación, puse lo mejor de mí, hice mi mejor esfuerzo. A mí también me duele, claro que me duele. Pero igual, bueno, te lo dije. Ahora me siento mejor.
–Qué decís, Juan –Miriam apaga el cigarrillo en el cenicero que está sobre la mesita de luz, se sienta en la cama–. Si nos conocimos el viernes pasado, esta es la segunda vez que cogemos.

12.9.14

Viviending


Toda categorización es arbitraria, desde ya, el lenguaje es una limitada herramienta para comunicarnos, pero es lo que tenemos. Sería todavía más difícil si fuéramos ñandúes.
Están los que quieren, quieren algo, cualquier cosa, y no lo tienen. El deseo está ahí, brillante como un tomate, sin poder ser satisfecho. Es el grupo más numeroso de seres humanos, por razones obvias. Querer y no tener provoca un ejército de frustrados.
Después están lo que quieren, y tienen. Categoría atípica por cierto, lábil, inestable en su duración temporal. Los que tienen lo que quieren están llamados a descubrir que ahora que tienen, que tienen lo que querían, bueno, no es como ellos pensaban que era. Esa mujer, ese auto, ese puesto de trabajo que tanto anhelaste, ahora te asesina. El problema es tan angustiante como sofisticado, porque si tenés lo que querías tener, y descubrís que eso tampoco te satisface, bueno. La tristeza te puede tapar como un mar. Cómo hacer para seguir sin motivaciones, sin motivos.
También están los que tienen, tienen incluso aquello que no querían. Situación incómoda desde ya, cómo no sentirte mal. Te preguntás el por qué de las cosas, si la vida ha decidido ponerte a prueba. Es probable que no puedas disfrutar de lo que tenés, por el simple hecho que parece haber intervenido la pura casualidad, la suerte. Vas a querer escapar, de aquello que tenés y no quisiste tener, cambiar, ser otro, dedicarte a la espiritualidad o a la filantropía. Torcer tu destino.
Y están los que no quieren ni tienen. Seres bastante básicos por cierto, en un estado de curiosa animalidad, primitivos. Gente que se sube al colectivo, y si tarda cuarenta minutos el viaje está bien, si tarda cincuenta y cinco minutos, está bien también. Gente que va en verano a Mar del Plata y se acuesta bajo el sol junto a otro millón de personas y eso les parece normal. El mundial de fútbol es cada cuatro años, mientras tanto tenés la Copa Libertadores, la UEFA, la Champions. La Copa Virutita Gómez.
Ah, vos querés una moraleja, una semblanza. Bueno, no va a poder ser, yo no tengo moralejas, no soy La Fontaine, esto no es ‘la zorra y las uvas’. Después te venís grande, eso sí. Después te morís.

6.9.14

Pequeño, agridulce, delicado fruto


Estoy en un bar, un bar de barrio, antiguo, histórico podríamos decir, venido a menos. Un bar sin detalles que merezcan ser mencionados en este momento. Son casi las nueve de la mañana. Sobre la mesa hay un pocillo de café, y un vaso con agua. Eso es lo que he pedido, café, eso es lo que estoy tomando. Hay más gente, en el bar, algunas personas que miran por la ventana o desayunan o ambas cosas.
Entra una mujer, no mucho más de treinta años, prolijamente vestida. Elegante. Cabello a la altura de los hombros. Algo robusta, quizás excedida de peso, pero no gorda. No todavía.
Viene hasta mi mesa. Se sienta.
–¡Forro! –dice, su tono de voz es elevado, gesticula. Deja la cartera junto a sus pies, al costado de la silla– ¡Así que ahora te diste cuenta que no me querés más! ¿Y mientras tanto qué hacías, cogías con alguna otra pibita mientras yo hacía las compras? ¡Mientras yo te preparaba la cena! Sos un mal tipo, Juan. Y además sos un pelotudo. Sos muy pelotudo.
Se levanta, la mujer. Agarra su cartera. Se va.
Casi de inmediato, con menos de un minuto de diferencia, entra otra mujer. Es más joven, delgada, usa un gastado jean y remera. Tiene tan poco busto que no precisa usar corpiño. Lleva carpetas, apuntes, cuadernos. Se nota que viene o va de la facultad, esa es su actividad principal, a eso se dedica.
Viene a mi mesa. Se sienta.
–¡No puedo más! –dice, y se larga a llorar– ¡No te podés ir, Juan! ¡No te podés ir! –hace una pausa. Se suena la nariz con unas servilletas de papel y las aprieta, las hace un bollo–. Te quiero, Juan. No te vayas. La podemos remar, estas cosas pasan. Pensá en todo lo que vivimos juntos. Los momentos compartidos.
No respondo. No me muevo.
–Pensalo, Juan. Pensalo y me llamás –dice. Se va. Vuelve, se había olvidado sus cuadernos. Agarra sus cosas, y por un momento me acaricia el pelo, o el lugar donde debería estar el pelo, porque yo tengo poco pelo. Entonces sí, se va.
Pasa un minuto. Entra una tercera mujer. Viene hasta mí, se saca los lentes de sol. Se la ve solvente, conocedora de su belleza. Mundana, desenvuelta. Me acomoda un sonoro cachetazo. Cae una cucharita de metal (las cucharitas suelen ser de metal, salvo en las heladerías, donde son de plástico) al piso.
–Qué tipo de mierda que sos, Dios mío. No te quiero volver a ver en mi vida –amaga con tirar otro cachetazo, pero yo encojo el cuello, levanto un antebrazo, es un involuntario gesto de defensa. Siento cómo me late la mejilla.
–Mierda, sos la mierda pura–dice ella–. Para tu entierro van a tener que contratar extras que quieran llevar el cajón. El tiempo que me hiciste perder, basura.
Lanza un grito. No, no es un grito, es una especie de aullido. Se pone los lentes oscuros, se va.
Pasa un rato, un rato pequeño. Un ratito.
–Señor –me habla, un hombre, desde otra mesa cercana, me habla a mí–. disculpe, pero no entiendo. Conté tres mujeres, y hay cuatro o cinco más afuera, esperando para entrar. Disculpe otra vez, pero no entiendo qué pasa.
–Le comento –digo–, le explico. Sin dudas usted conoce gente, amigos, o gente del trabajo, quizás usted mismo. Gente, decía, que alguna vez fue a coger con una prostituta. Sin hacer juicio moral ni estético alguno, se trata, supongo, que el hombre va y paga por un servicio. Lo que más le gusta de la relación con una mujer, lo que desea. Lo que en verdad le interesa, podríamos decir. Bueno, lo que a mí me gusta son las despedidas.

30.8.14

Solo


Soy todo lo que no me salió. Estoy hecho de todo lo que no fui. Si te fijás bien, cada vez que no me quisieron abrazar, cada lento que no bailé. Me sostienen mis fracasos, la partida de ajedrez que no gané, el examen que reprobé, el libro que no escribí. Cada vez que te esperé en esa esquina, y no viniste. El delicioso encanto de lo no sucedido, los sueños rotos, todo lo que me hubiera gustado que pasara, y no pasó. Curiosa sustancia la mía, lo que me define, los materiales que componen el magma de mi atribulado ser.
No tengo nada para mostrar, no hay logros ni trofeos ni nada que justifique mi precario paso por la tierra. Pero también descubro que la ventana no es mucho más que ausencia de pared. Te invito a mirar a través de mí.

24.8.14

Natural


De acuerdo a la naturaleza de tu vicio, de acuerdo con la composición, la estructura molecular de tu vicio, es fácil comprender aquello que te atormenta.
Como todo el mundo sabe, como vos sabés, en la naturaleza la materia puede hallarse en tres estados: sólido, líquido, y gaseoso.
Si tu vicio es la comida, entonces, claro está, tu vicio es sólido. Eso trae aparejado, hay una línea directa, con tu modo de ver la vida, lo que te preocupa por ende, podríamos decir, lo que te define. Lo que sos. Si tu vicio es sólido, lo que precisás son certezas. Te gustaría entender el funcionamiento del universo en general, de aquello que lo compone en particular. Tenés contundentes puntos de vista, sobre todo. Creés que no hace falta ir de vacaciones a Río de Janeiro porque el agua está muy fría, si la arena es igual en San Bernardo. Estás seguro que no hay vida después de la muerte, y que no hace falta ponerle nafta súper al auto, creés que la Coca Cola es un invento de las multinacionales para tener esclavizados a los pueblos, y que el colesterol es un chamuyo de los médicos para poder cobrarte algún estudio. Sos, básicamente, un boludo con opiniones.
Si tu vicio es la bebida, entonces tu vicio es líquido. Eso implica que lo que te complica la vida es  no fluir. Te matan las aglomeraciones, los embotellamientos de tránsito, la gente que te empuja y ni siquiera dice ‘perdón’, o ‘disculpe’. Podrías quedarte mirando el mar un largo rato, sin problemas, y preferirías andar en bicicleta que jugar al fútbol. No te molesta conversar, pero elegirías mejor conversar en un bar que dentro de un departamento, porque mientras conversás en un bar, podés mirar por la ventana. Entendés que en la vida sos arrastrado, casi todo el tiempo, por fuerzas muy superiores a tu capacidad de comprensión y raciocinio, hay que tratar de llevarse lo mejor posible con todo aquello que desconocemos, con el misterio. Además, te cuesta recordar, cuando eras chico, qué era lo que tenías pensado, lo que te hubiera gustado ser, cuando fueras grande.
Si tu vicio es el cigarrillo, entonces, no hace falta ser ninguna luminaria para decirlo, tu vicio es gaseoso. No pudiste hallar nada que en verdad te apasione, aprendiste a moverte bien en el difuso territorio de lo indefinido. No te molesta estar casado, pero estabas cómodo cuando eras soltero. Nunca pensaste en coger con tipos, pero te podrías dejar tirar de la goma por un travesti sin mayores inconvenientes. Cuando te preguntaban si querías más a tu mamá o a tu papá vos sonreías, apenas, pero no contestabas. Tuviste un perro durante algún tiempo, y también, después, tuviste un gato. Te interesa lo sobrenatural, podrías pasarte horas mirando documentales sobre la India, o sobre China, en Discovery Channel. Te gusta viajar en avión, pero tenés miedo que se caiga (el avión, los aviones). Leés los horóscopos, creés en la suerte y en la energía. Podés estar triste los domingos, pero se te pasa. Quiero decir, mientras puedas seguir fumando, no te suicidarías.
También hay otros vicios. Está el sexo y las drogas, pero cuando uno los analiza en detalle, caen dentro de alguna de las tres categorías anteriores. Depende de cómo cogés, depende qué droga tomás.
Y están los que no tienen vicios. Sujetos munidos de una supina irrelevancia. Demasiado pelotudos para ser incluidos en el presente informe.

18.8.14

Canción de amor que te recuerda


Compuse una canción. Una canción de amor. Empezó como un poema, creo, pero sin causa, sin motivo aparente, se transformó en canción. Sentí cómo iba llegando la música.
Es una canción que habla de vos, claro. Una canción que te recuerda. Una canción que habla del tiempo que estuvimos juntos. Cosas cotidianas, que uno no ve, precisamente, mientras las vive, porque esa misma cotidianeidad hace creer que son situaciones normales y duraderas. Pero después, cuando todo termina, esas cosas son las que te faltan. Un domingo a la mañana, cualquiera, de invierno, esas cosas, te sorprenden como si un chancho pecarí te diera una patada en el centro del pecho. Y vos pensás que no vas a poder respirar con normalidad, nunca más, pensás que te va a doler para siempre.
Tenía que ir a una cena, me di un baño. Se me ocurrió cantar, mientras me bañaba, la canción. La canción de amor que te compuse, la canción de amor que habla de vos.
–¡Callate, forro! –escuché que gritaba algún vecino. El baño tiene una pequeña ventana que da al pulmón del edificio. 
–¡Era una puta, boludo! –gritaron de otro piso– ¡Le tocaba las bolitas a mi perro, lo trataba de pajear! ¡Era una recontraputa!
–¡Tenía halitosis! –ahora una voz de mujer, creo que del séptimo B– ¡Tenía vaginitis! –carcajadas, fuertes carcajadas que fueron interrumpidas por un acceso de tos. Luego, un contundente gargajo. 
Entonces recordé, el tiempo de nuestra relación donde te viniste a vivir aquí, conmigo. Los vecinos te veían en la calle, seguro, entrar y salir del edificio, o en el ascensor.
Quiero decir, de algún modo, también te conocían.

12.8.14

Seres de luz


Fue estudiado, hace como mil ochocientos años, por los indios. No, creo que está mal dicho, por los hindúes. Sí, claro, por los hindúes, de ahí salió el yoga, la meditación, de ahí salió todo lo que tiene valor, la verdadera sabiduría. ¿De dónde querés que salgan las cosas importantes, de la Universidad de Palermo?
Los tipos se dieron cuenta, mientras buscaban lo real, la trascendencia, la vida eterna, llamalo como quieras, como más te guste.
Se dieron cuenta que el ser humano derrama lo más importante, casi la totalidad de su energía, como si fuera la cosa más natural del mundo. El ser humano no se da cuenta y va perdiendo lo más sagrado. A través de los sentidos.
Calculá, más o menos, ponele que el 90% de la energía se te va a través de la vista. Sí, claro, vos no te das cuenta, ni lo pensás, pero estás mirando. Todo el tiempo. A través de los ojos, viendo, viendo todo, te vas quedando sin alma, embotado, aturdido. Te vas muriendo.
Si hicieras la prueba, si te fueras una semana a Pinamar, en invierno, y te pasaras esa semana con los ojos vendados. Cerrados y vendados, sin ver. Bueno, rejuvenecerías entre diez y quince años de un saque. Estamos enchastrados, embrutecidos de tanto ver, de todo lo que vemos. Lo único que tenés que hacer es dejar de ver, por una semana, y te transformarías en un semidios, tu vida cambiaría.
Después viene lo que escuchás, y si querés, al mismo tiempo más importante todavía, lo que hablás. Si hacés el ejercicio, el experimento, de dejar de hablar, por una semana, te cargarías como una pila Varta. Podrías trepar a los árboles como si fueras un chimpancé, la energía que desperdiciás al hablar te permitiría hacer proezas, elevarte, alcanzar alturas del conocimiento que son, hasta ahora, para vos, tan inconcebibles como desconocidas. Una semana sin hablar, es todo lo que necesitás para que cambie por completo el sentido de tu precario paso por la tierra.
Sí, también está la energía sexual, se ha escrito mucho al respecto. La energía sexual es la naturaleza en estado latente, puro, lo primario y primitivo, pulsión de vida. No es tan directo e inmediato como las anteriores, lo que se pierde al mirar, al hablar, pero si pudieras estar sin tener actividad sexual, ponele, por dos meses, y pasados esos dos meses te hicieras un chequeo, bueno, tu médico se quedaría sin palabras. Te diría que te dieron los resultados de los análisis clínicos de otra persona. De un adolescente, alguien recién salido a la vida.
Y si probaras estar sin ver, sin hablar, y sin coger, todo junto, bueno, no. Las cosas no suelen ser tan lineales, los fenómenos que te estaba explicando son mucho más complejos y van más allá de tu capacidad de comprensión, de raciocinio. A lo que vos te referís es a estar casado.

6.8.14

En el Ministerio


Ministerio. Interior de un antiguo edificio. Tarde, casi las siete de la tarde. Interminable y ancho y desierto pasillo. Piso de baldosas negras y blancas, rombos podría decirse, según cómo se las mire. Frente al ascensor, un hombre de más o menos treinta años. De traje, peinado hacia atrás con gel. El traje es azul oscuro, la corbata es azul, pero más clara. Camisa blanca, zapatos con suela de goma recién lustrados, o nuevos. Estamos en el quinto piso del ministerio. El hombre será el ‘Hombre 1’ (H1), espera el ascensor. Vuelve a tocar el botón. Duda por un instante si meter las manos en los bolsillos del pantalón.
Quien se acerca es un hombre de unos cincuenta años, semicalvo y bronceado. Usa un saco sport, camisa rosa pálido, pantalón pinzado. Usa unos lentes muy finos, sin marco. Será, en adelante, el ‘Hombre 2’ (H2). Se acerca al H1, tiene la intención de abordar el mismo ascensor. 
Como ha terminado el horario laboral, en el pasillo hay algo menos de luz. Una persona con uniforme de limpieza, a lo lejos, arrastra un gigantesco escobillón con ondulantes movimientos y pasmosa lentitud, como si estuviera obligando a dar pequeños pasos a un caprichoso animal.
H2: Hola.
H1: Hola, qué tal.
H2: El Subdirector se cruzó mal con el Director. Pero mal.
H1: ¿Por?
H2: El Subdirector le dijo al Director ‘a mí no me importa a qué Diputado le chupaste la pija. Yo estoy en planta hace treinta años, acá tus contactos no corren’.
H1: ¡Uh! Le fue directo a la yugular.
H2: Sí, pero el Director le dijo ‘vos te cogías a la de Presupuesto, si no no estarías acá. Eso lo sabe todo el mundo’.
H1: ¿La de Presupuesto? Para mí le daba a la vieja de Logística. Cuando todavía era cogestible, digo.
H2: Nooo, Logística no. Presupuesto y Logística tienen un pacto. Nadie se puede coger a nadie cruzado. Fue acordado hace mucho, esas cosas se respetan.
H1: ¿Y Planeamiento?
H2: Planeamiento solamente tiene contacto con Desarrollo, desde que los cambiaron de piso.
H1: Y desde que la Gerente de Informática corrió con un cuchillo al capo de Legales. Lo corría por el pasillo y le gritaba ‘¡Te pensás que nos podés trabar el expediente, hijo de puta!’.
H2: Acá la papa es lo que dicen los Regionales. Si los Regionales dicen que no se jode, te imaginás que de Proveedores hacen buena letra.
H1: Pero mirá que el Gerente de Proveedores se la juró al Jefe de Sistemas.
H2: Sí, pero después se reunieron los Directores, y pidieron hablar con el Jefe de la Oficina Nacional. El Jefe de la Oficina Nacional les dijo: ‘Pónganse de acuerdo porque si no los echo a los dos, y ustedes en la calle no vuelven a ganar estos sueldos en la puta vida. Manga de forros’.
H1: ¿Y?
H2: Se quedaron mudos. Se tuvieron que dar la mano. Hasta prometieron ir a almorzar juntos.
H1: No me los imagino almorzando. Salvo que vaya también el Director de Provincias. O si obligan a ir también a los Jefes de Área, para matizar un poco.
H2: Sí, los Jefes de Área por lo menos arman algún partido de fútbol cada tanto en las canchitas de Salguero. Para que los pibes se conozcan, interactúen. 
H1: Igual hay que ver qué pasa después de las elecciones. A los Subdirectores se les suele pedir la renuncia. Los Diputados que renuevan necesitan lugares donde meter a su gente.
H2: Che, ¿vos sos asesor de Ramírez, de Proyectos, no?
H1: No, yo estoy con Suárez, en Control de Gestión. Me efectivizaron hace poco. 
Se escucha el ruido del ascensor, como si aterrizara una oxidada y exánime nave espacial.
H2: Qué suerte, ahí vino.
H1: Me dijeron que para la noche está anunciado lluvia.