28.5.18
Relámpago
Mirá, en algún momento de tu vida adulta, digamos alrededor de los treinta años. Puede ser a los 28 pero no a los 25, puede ser hasta los 33. Somos todos diferentes desde ya, aunque no tanto.
En algún momento de tu vida adulta entonces, decía, te vas a dar cuenta que la vida no tiene sentido. Te vas a dar cuenta que no hay adónde ir, pero tampoco tenés adónde volver. Pusiste lo mejor de vos en la moto que arrancaste a patada en la carrera de la vida que consiste en estudiar y trabajar y casarse y tener hijos y comprar un auto y veranear en una playa donde el agua debería ser turquesa y las palmeras de cerca nunca son como en las fotografías, algo es diferente.
Pero te vas a dar cuenta que la vida no tiene mayor sentido. Vas como una valija en una cinta transportadora que no conduce a ninguna parte, y ni siquiera sabés demasiado bien por qué.
Llega el relámpago entonces, el reconocimiento, sos envuelto en una manta polar hecha de la futilidad más pura.
Una vez ocurrido el reconocimiento puede suceder las más variadas cosas. Puede que intentes comprar un auto descapotable de color clarito, puede que te quedes mirando a la jovencita en cuatro patas que se arquea de esa manera tan particular mientras aguarda recibir la tarifada poronga, puede que te den ganas de conocer sitios exóticos, caminar por el centro de Tokio a las dos de la mañana buscando un lugar donde tomar un whisky decente, puede que tengas ganas de sentarte a la orilla del Ganges mientras quizás demasiado cerca un barbudo se pone en cuclillas y comienza a defecar.
Sigo. Puede que quieras ser gerente intergaláctico de algo o ir a un gimnasio a practicar el entrenamiento de los Seals, puede que quieras tomar cursos de fotografía o aprender a surfear.
Lo que hay que entender es que todas esas cosas son maniobras distractivas. Lo importante es no romper demasiado las pelotas, no hay escape.
21.5.18
Medio corcho
Si vivís en una ciudad, cualquier ciudad del occidente capitalista civilizado, bueno, estás hecho mierda. No depende de tu voluntad, no, no importa si vas a yoga dos veces por semana, si tomás yogures para cagar como un colibrí.
Vivís en la ciudad y estás arrasado por el twister hecho de idioteces multimedia y correr, siempre correr, siempre apurado para poder llegar a un lugar al que no sabés demasiado bien para qué fuiste y del que te gustaría irte apenas llegás pero tampoco tenés muy en claro adónde volver.
Hasta que algo cede, algo se rompe, fatiga de materiales podríamos decir. Se suelta una costura de tu atribulado ser y te empezás a descascarar. Empieza el plano inclinado, la escalera mecánica de la vida que va siempre para abajo y te va a ganar.
Bueno, lo que tenés que hacer es llevar medio corcho encima. Sí, medio corcho, compraste una botella de vino cualquiera para la cena, y te guardás el corcho. No lo tirás.
Al día siguiente, cuando tenés que salir a la calle para seguir con esa cadena de errores que podríamos denominar ‘tu vida’. Agarrás el corcho y lo cortás, con un cuchillo, por la mitad. En realidad puede ser menos de la mitad, entre la mitad y un tercio es lo ideal. Y te guardás el pedazo de corcho, la mitad del corcho, en un bolsillo. Puede ser un bolsillo del pantalón, o un bolsillo de la campera, te vas a ir dando cuenta con el tiempo dónde lo tenés que llevar.
El corcho tiene propiedades que no se conocen. Tiene la capacidad de absorber los rayos Wilkinson y las ondas de Tupolev, toda la mierda que se genera en la biósfera. Para que entiendas, sólo para dar un ejemplo. Si vas a un hospital, si vas a visitar a alguien que está en terapia intensiva y te sentás en la sala de espera. Se te pega, se adhiere a vos toda la tristeza de la gente que estuvo llorando ahí cuando le dieron las malas noticias sobre sus familiares. Y eso se te mete en la sangre, como el polonio, y un buen día te largás a llorar como un chico mientras estás comprando doscientos gramos de salchichón primavera en la fiambrería y no podés entender por qué. Así funciona.
Pero si llevás medio corcho entonces no te pasa nada. El corcho hace de pararrayos de la tristeza y a vos no te pasa nada. Te permite continuar lo más bien.
Listo, eso es todo. Llevás medio corcho encima y la locura pasa de largo, la tristeza patina como si estuvieras hecho de teflón, el sinsentido de la vida no logra averiguar dónde estás para darte la definitiva piña.
El corcho amortigua el odio del otro, repele toda la mierda que envuelve el planeta como una nube (de mierda), es, por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo, el escudo de he-man. Vas a flotar.
14.5.18
Variaciones sobre el arte de ayudar
La chica era una chica chiquita, siete años o nueve. Y le tenía miedo a la oscuridad. Vivía en un pueblo a unos quinientos kilómetros de la capital federal, con sus padres, con su hermana mayor. Podríamos decir que su vida todavía no había comenzado. Iba al colegio, segundo grado, no sé, todo muy tranquilo. Su padre trabajaba, la madre mantenía la casa andando, se reunía la familia a comer todos los domingos. Tenía hermana, algunas amigas, un perro, un par de primos.
La chica le tenía miedo a la oscuridad, terror, pero eso ya lo dije. Le dejaban una luz prendida en el pasillo cuando se acostaba en la cama, hasta que se quedara dormida. No podía quedarse sola, y si se quedaba sola porque su hermana había ido al baño o a su cuarto con una amiga, prendía la televisión de inmediato, para sentirse de algún modo acompañada.
Cuando tenía que subir a su cuarto, o si iba al baño, la niña, primero metía la mano manteniendo todo el resto del cuerpo fuera, pegada a la pared del pasillo se estiraba, hasta que lograba prender la luz y ahí entonces sí, una vez que había luz, podía ingresar a la habitación.
Y su padre decidió curarla del susto. A su manera, claro, un hombre rústico que tenía una camioneta y trabajaba haciendo reparto de lácteos por los pueblos de la zona. Le gustaba el juego, el alcohol, las prostitutas, las tres cosas juntas.
Habían cenado, era sábado. Y el hombre sabía que su hija al ratito nomás iba a su cuarto a buscar sus cosas para jugar. El hombre se puso de pie con lentitud, apestando a vino barato y al fastidio de siempre. ‘Salgo un rato’, dijo. Su mujer ni lo miró, sabía que los sábados su marido salía y se lo traerían con suerte de madrugada, borracho, perdido.
Pero el hombre no salió. Subió y se escondió en el cuarto de la niña, pegado a la pared, a oscuras. Cuando la niña subió se detuvo junto a la puerta entreabierta, dio un par de pasitos cortos, apenas, estirando el brazo hacia adelante tanto como le era posible para palpar el interruptor. Y entonces el padre, desde adentro, le agarró la mano a la niña, y dio un tirón.
La niña estuvo casi dos años sin hablar, pálida como un fantasma, había que ayudarla a comer, el perro no se le despegaba un instante, la seguía por toda la casa. Le quedó también un problema para caminar, cada cuatro o cinco pasos daba un saltito y giraba la cabeza, como si la hubieran llamado desde atrás. Logró terminar la escuela primaria, trabaja en una panadería. Le gustan los animales y las películas antiguas, cocina bien.
7.5.18
Así me gusta a mí
Me gusta cuando las cosas no salen como vos pensás, ya te dije.
28.4.18
El sueño que te estoy contando
Supongo que fue corto, el sueño, pero viste cómo es. La dimensión temporal, por decirlo de algún modo, se altera. Quizás vos pensás que estuviste escapando a través de la selva, no sé, una semana, y el sueño duró tres minutos. Quizás vos sentís la muerte, que te caés de una terraza y te morís, y lo estuviste soñando, el episodio, cuatro horas.
Para mí el sueño fue corto, aunque tampoco podría asegurarlo. Y parecía, lo que te voy a contar, parte de otro sueño, de un sueño más grande que no recuerdo.
Lo que recuerdo del sueño, o sea el sueño, el sueño que te quiero contar, era más o menos así.
Sentí algo, algo como un pinchazo en una mano. Más precisamente en el borde, en el canto exterior de mi mano izquierda. Iba caminando por la calle, era de noche, y sentí eso.
Me miro la mano, en el sueño, para ver qué me pasa.
Raro. Primero me parece un insecto, pero no es un insecto. Es un tiburón, un tiburón con la cabeza más ancha, como más cuadrada, como un tiburón tigre. Pero chiquitito. Voy caminando por la calle, y tengo prendido a mi mano izquierda un tiburoncito que debe tener, no sé, quince centímetros de largo como mucho, por tres centímetros o cinco centímetros, de ancho.
Eso es lo que me duele, la mano, porque el tiburoncito me está mordiendo. Yo voy caminado por la calle, y el tiburoncito va prendido ahí, a mi mano, moviéndose apenas, acompañando de algún modo el movimiento que hace mi brazo al caminar.
No, ya sé, no cierra nada con nada, pero es un sueño, el sueño que te estoy contando. Ya sé que si es un tiburón, un tiburoncito, y no está en el agua, debería morirse. Pero no se muere. Muerde, sigue mordiendo, y no hay forma que me suelte la mano.
Algunas otras cosas del sueño.
Intento que el tiburoncito me suelte la mano, pero no suelta. Si tiro de la cola, me duele más, es peor. Sacudo la mano, pero nada. El tiburoncito está prendido de mi mano y no hay manera de quitarlo. También descubro que, en medio del dolor, aunque duele, es un dolor manejable. Puedo soportarlo.
Finalmente, me agacho, pongo una rodilla en el piso, me saco un zapato. Después, pongo la mano, la mano izquierda, sobre la vereda. Apoyo la palma. Y le empiezo a pegar, con la otra mano, al tiburoncito, violentos taconazos de mi zapato. Varias veces, como si estuviera rematando un insecto, una araña.
Logro el cometido. El tiburoncito, desfalleciente, afloja la mordida, logro liberar la mano. Me pongo de pie. Ha quedado el cuerpo del maltrecho y minúsculo animal, sobre la vereda. Hay también salpicaduras de sangre.
Falta algo más. Ya estoy de pie, nuevamente. Pongo la mano a la altura de mi cara, para poder observar, con cierto detalle, el daño. Me miro, de cerca, el canto de la mano, para lo cual tengo que hacer una extraña torsión del brazo.
Nada, es como si hubiera un agujero rectangular. Puedo mirar a través de mí, de mi mano, y veo el paisaje, la calle, los árboles, porque no hay nada. Allí donde me mordía el tiburoncito, hay un espacio. Se ve lo que hay del otro lado.
Listo, ese es el sueño. No, no tengo la más puta idea qué significa. Pero da toda la impresión que vos no vas a querer ir a coger, y tampoco tenés mucho para decir. Ya casi no queda vino, los ravioles estaban buenísimos. Si querés podés ir yendo, yo pago.
21.4.18
Eso de lo que estamos hechos
Si sos centrífugo, tu esencial característica es la expansividad. Creés que valés mucho, que estás para más. Querés conocer gente, hacer esquí acuático, tirarte en paracaídas, viajar. Te gustaría hacer un safari y ver cagar a un elefante detrás de un árbol, andar en canoa, correr maratones, ir a fiestas electrónicas. Te parece que tenés algo interesante para decir sobre prácticamente cualquier tema, tu opinión vale, irías sin inconvenientes a las reuniones de consorcio para discutir sobre el horario en que conviene encender la caldera del edificio, qué marca de escobillones conviene comprar, te gusta chatear.
Si sos centrípeto, entonces dudás. Sobre vos mismo, más que nada. Te molesta estar con mucha gente, escapás de los recitales y de los espectáculos deportivos. Te puede parecer que todos son más jóvenes que vos, más flacos, más felices. Te parece bien quedarte quieto, hacer meditación o a lo sumo yoga, en un asado en familia se olvidan de preguntarte si querés otra porción de mollejas, o de matambre. No le darías un beso a tu novia en un colectivo, te parece que las demostraciones de afecto corresponden al ámbito privado.
Si sos un masculino centrífugo, por la ley de los opuestos, te atraerá una chica centrípeta, te parecerá que es buena o dulce, que prende incienso o sabe cocinar. Si sos una femenina centrípeta, te deslumbrará un muchacho centrífugo. Alguien que te lleve a coger a la terraza o que tome whisky o cocaína (o las dos cosas, taco y punta). Porque le aporta aventura a tu vida, algo divertido, velocidad. Se entendió, y la recíproca también se aplica, masculino centrípeto con femenina centrífuga. No hace falta insistir.
Hay una característica más, algo que define tu precario paso por la tierra. Un rasgo que subyace, que todo lo abarca y lo contiene, se impone por sobre los distintivos factores que acabo de detallar.
Es lo boludo que sos. Independientemente si preferís moverte o quedarte quieto. Tu boludez es un mar.
*en la última oración, donde dice ‘boludo’ se puede escribir ‘boluda’, donde dice ‘quieto’, quieta. el sentido del texto permanece inalterado.
14.4.18
A trabajar
Teníamos programado un desayuno con Martín. Martín conocía a la secretaria de un diputado. Se la estaba cogiendo, eso también es conocerse. La secretaria le había conseguido una reunión, a Martín, con el diputado. Necesitábamos una habilitación para poner un puesto de panchos. Me había contado la idea, Martín, y me había contado cuánto dejaba un puesto de panchos. Me había pedido la mitad de la plata para poner el puesto, o quizás algo más. El conseguía la habilitación, él tenía los contactos.
Salió todo como el culo, la fuerza de la costumbre. Martín se había peleado con la secretaria, la secretaria del diputado, o se la había cogido mal, sin el debido énfasis, y la secretaria le había cancelado la reunión. O el diputado pedía ahora una comisión comparable con lo que debía dejar el puesto de panchos durante los primeros quince años. Imposible.
Me llamó Martín y me dijo que se había caído la reunión, y que él se iba con la secretaria, otra secretaria, la secretaria de su dermatóloga en esta oportunidad, a Pinamar. No, no quería poner un consultorio de nada, quería coger y dormir en el departamento de la secretaria y que le reventaran los granitos de la espalda. Bien por Martín.
Era lunes y era temprano todavía, caminé para el centro. Entré en Los 36 Billares, me pedí un café, una medialuna de grasa, y pensé si debía leer el libro que tenía encima o si me daría más satisfacción mirar por la ventana. Distintas clases de ficción.
Tenía que ir a trabajar, pero tenía más de una hora todavía. Lejos había quedado el tiempo en que soñaba con tener una vida para mí. Una hora por día estaba muy bien, no te quejes, un trato justo.
Entra el tipo, muy flaco, jeans y una camisa verde agua. Huesudo, peinado para atrás con gel. Rayban imitación, un maletín en la mano.
–Hola, Toti –se sentó, dejó el maletín, me dio la mano–. Soy Ángel.
Justo estaba tomando un sorbo de café, pero con la mano libre lo saludé. No hay cosa más difícil que no darle la mano a alguien que, justamente, te da la mano.
–Es sencillito, todo bien sencillito –el tipo no se sacó los lentes–. El Mago ya te lo explicó. Esperamos que abra el banco, y diez y media entramos. Todo dura tres minutos. Va a estar justo estacionado el camión de caudales en la puerta, y atrás un Renault 19 rojo. Está todo arreglado, uno de los guardias es nuestro, es el que dice ‘tengo familia’ ni bien sacamos las armas. Agarramos las bolsas. Enfrente hay un auto más, un Vento nuevito, recién afanado. Maneja un pibe que podría ser piloto de Fórmula 1. Cargamos las bolsas, nos subimos y nos vamos. Un palo por cabeza mínimo, cinco minutos de trabajo.
–Pero –dije.
–Preguntá, preguntá lo que quieras –el tipo levantó una mano y pidió una tónica–. Se nos enfermó Gomesito ayer y El Mago habló maravillas de vos, por eso te habilitamos. Te respeta mucho, dice que sos el mejor ladrón de bancos que conoció en su vida. Dice que cuando fuiste en cana te la bancaste como un campeón, y eso que te molieron a palos. Un gusto trabajar con vos, che.
–Me gustaría decir algo –dije.
–Lo que quieras –vino el mozo, el tipo pagó–. Preguntá lo que quieras y vamos yendo, están los pibes en el auto. Traje una escopeta recortada que mete miedo. ¿Vos? ¿45? ¿Glock .40?
–No soy Toti.
–¿Qué?
–No soy Toti. Me llamo Juan. No conozco a ningún Mago. Jamás estuve en la cárcel. Debo tener 250 pesos en el bolsillo. No soy ladrón de bancos.
–¿Me estás jodiendo?
–No.
–Uh –sacó un celular–. Pará.
Marcó un número. Esperó. Sonó un teléfono que no fue mi teléfono, sonó el teléfono de un tipo peinado con raya al costado que tomaba un café y miraba por la ventana, más cerca de la puerta, a unas tres mesas de distancia.
–Entré y me mandé de una –el tipo se puso de pie, me volvió a dar la mano–. Estaba seguro que eras vos, disculpame.
–No pasa nada –dije–. Y suerte, lo que se diga en estos casos.
7.4.18
Sistema nervioso
–¿Eh?
–Si sufren las arañas. Si vos pensás que sufren cuando las pisan, por ejemplo. Cuando un chico, jugando, les arranca una pata.
No sé de dónde me vino la pregunta, el razonamiento. Estábamos acostados en la cama, con Mariana, los dos boca arriba. Habíamos cogido, como solíamos hacer los jueves. Habíamos cenado también, antes de coger, en un restaurante italiano bastante pedorro pero que a ella le gustaba. Lo que le gustaba en realidad era una entrada. Una especie de lasaña de berenjenas, eso comía, nada más. Yo me pedía unos agnolottis de ricota y nuez, o unos fusilli con brócoli y ajo y trataba de tragarme la botella de vino entera. Mariana tomaba medio vaso nomás, para acompañar. Yo lo que precisaba era aturdirme, no pensar. Pero sabía que aunque me limpiara el tubo de vino y después me tomara un par de whiskys en casa, igual me iba a costar dormir.
–No sé –dijo Mariana, reclinada sobre un almohadón para poder fumar. Miraba la televisión pero sin volumen. Miraba pero si le hubieran preguntado qué miraba no hubiera podido responder. Miraba pero no miraba.
–Es importante, entendeme. Las personas sufren, eso está claro. Ahora un perro atropellado aúlla de dolor. Un caballo que se rompe una pata le duele, no hay más que ver su mirada. ¿Pero hay sufrimiento? Es muy complejo el tema.
–Sí, claro –dijo Mariana, pitó.
–Mezclamos dolor con sufrimiento –seguí–. Porque el dolor está siempre, pero el sufrimiento es opcional. Quiero decir, el sufrimiento es un adhesivo, un sticker que agregamos por encima del dolor. Y para eso tenemos que tener conciencia de nosotros mismos, la noción de ‘yo’, la ‘yosoidad’ podríamos llamarlo. Eso, conciencia de uno mismo, característica por excelencia del ser humano, con la que le agregamos sufrimiento al dolor. Porque el animal le duele, claro que le duele. Pero no tiene la pregunta ‘¿por qué?’, adosada, ni tampoco ninguna otra pregunta. Para el animal lo que sucede es parte de una totalidad. No existe lo que ‘le’ pasa, existe, simplemente, lo que pasa. Ahí está la clave para no sufrir. Una vez leí un filósofo jesuita que decía que la iluminación era ‘cooperación absoluta con lo inevitable'. Se aplica a lo que estamos hablando, hay dolor pero no hay sufrimiento.
–Ehh, sí. Puede ser –se rascó debajo de una teta, Mariana, con un meñique.
–Yo creo que con los mamíferos nos identificamos y nos parece que sufren, estaríamos dispuestos a jurar que sufren. Ahora más allá de los mamíferos no sé –dije, gargajeé–. Porque a un perro vos ves que le duele lo que le pasa y le adosás sufrimiento, pero a una araña no sé. ¿Cuál es la diferencia entre el sistema nervioso de una araña y un perro? ¿Y un mosquito? ¿Y un gusano?
–Mirá, no sé –dijo Mariana–. Y tampoco sé por qué me preguntás todas estas cosas.
–Debe ser porque me aburro mucho con vos –dije–. No te soporto.
28.3.18
Desde aquí
Prendo la televisión, entonces, están los noticieros o los programas de espectáculos, con panelistas, alguien intentando ser gracioso o divertido, ahora es todo lo mismo.
Y ponele que muestran imágenes de un maremoto en Japón con olas de sesenta y seis metros de altura que se devoran edificios enteros como si fueran de hojaldre mientras la gente grita (en japonés) del más puro espanto.
O se escapan tres leones de un zoológico en Minneapolis o en Minnesota y los leones entran a las casas y se comen un bebé con papas españolas y la gente grita y hay francotiradores que se suben a los techos de los edificios mientras los leones van y entran a un supermercado y se puede ver la sangre desparramada sobre el piso junto a la góndola de los quesos.
O entrevistan a alguien, alguien que apenas puede hablar del susto que tiene. Alguien que iba por la ruta a Rosario y era medianoche y se le apareció una nave espacial de frente y se bajaron tres marcianos medio panzones con cabezas en forma de huevo y ojos fosforescentes y le dijeron que venían a colonizar el planeta tierra y que les gustaban mucho las papas fritas en tubo con dulce de batata. Y se lo garcharon.
Y así, más o menos así son las noticias. Un delivery de tragedias. Pero yo sonrío, pongo el agua para los ravioles, me fijo si me queda queso rallado. Trabajé más de diez años en oficinas, a mí no me asusta más nada.
21.3.18
Espejito, espejito
Entonces, lo que hago. No hago nada, apretás pausa. Lo único que hacés es levantar la vista, un poco, unos catorce o diecisiete grados quizás. Y tratás de sentir un punto. Un punto en vos, la palma de una mano, debajo del ombligo, detrás de la cabeza. Puede ser la planta de los pies. Tenés que encontrar ese punto donde te resulte cómodo anclar la atención.
Y listo. Hacés eso. Metés esa pausa mientras tu atención va a ese punto, ahí te quedás. No respondés, no decís más nada. Pueden ser cinco segundos, o diez, no hace falta más.
Y vas a ver cómo la persona se desmorona por completo. Se ríe o se disculpa, se desdice, puede que agregue ‘la verdad que siempre me pareciste un tipo único, una persona genial’. Puede que la persona se vaya prácticamente corriendo, me ha pasado también que alguien me diga ‘no puedo más’ y se largue a llorar.
Es esa pausa sin reacción, donde vos te corrés como si supieras que estabas de algún modo obstruyendo un espejo. Como si viniera un chorro de luz, desde atrás y desde arriba, y vos lo dejaras pasar. Y entonces la persona, el ocasional interlocutor tiene aunque sea por un instante la oportunidad de verse, algo que quizás jamás había hecho. El horrendo monstruo que lo habita, y no lo puede soportar.
14.3.18
Pasa el tren
Iba caminando, tenía que ver a un amigo de Martín que quería comprar un auto, y yo vendía mi auto. El tipo vivía por zona norte y se volvía del centro, me dijo que tomáramos un café en Selquet
Así que bajé por Olleros, se me ocurrió que todavía era temprano, tenía tiempo así que pensé que podía dar una vuelta por Palermo, estirar las piernas. Después ir a Selquet, mostrarle un par de fotitos del auto al tipo, decirle el precio a ver si estaba interesado. Yo no me iba a comprar otro auto, no necesitaba otro auto, no tenía adónde ir. Necesitaba guita eso sí, aunque más no fuera para quedarme quieto. Si no conseguía algo de guita pronto no iba a poder dormir nunca más en mi vida.
Llegué a Libertador, crucé Libertador. Entonces escuché el sonido, vi las barreras bajas, arrancaba el tren que iba para el centro.
Me sonó el teléfono. Moni, quejándose tal era su costumbre. Que había llamado el propietario porque debíamos tres meses de alquiler, que yo le había prometido que la iba a llevar el sábado al teatro pero era viernes y ni siquiera había sacado las entradas, que el domingo tenía el cumpleaños de su hermana y ella quería llevar una torta y yo había dicho que la llevaba a comprar la torta pero que no iba a a hacer un pomo, como de costumbre. Puteaba, Moni, le encantaba putearme mientras se quejaba. Decía ‘forro’ muchas veces, decía ‘qué pelotudo’.
Entonces dejé de escuchar, con el teléfono todavía en la mano, y miré. No podés escuchar y mirar al mismo tiempo, lo había leído en una revista científica, te parece que sucede todo al mismo tiempo pero no es al mismo tiempo, estaba estudiado. Así como tampoco se puede tener más de un pensamiento a la vez, es secuencial.
Un perro, sí, un perro. Atorrante, bigotudo, de los perros que suelen andar por ahí, por las vías del tren. Pensé ‘¿es sordo? ¿cómo puede ser que no se vaya?’, porque el tren ya había arrancado y agarraba velocidad. Debía estar, el perro, en el medio de las vías, a unos treinta metros de distancia.
Y vi. El perro levantó la cabeza y me di cuenta que estaba enganchado. De una pata, se había quedado trabado en las vías. Tiraba un poco pero le dolía y no podía porque el dolor te quita la voluntad, todo su ser preso de un temblor, la exoftálmica mirada, la desesperación más pura.
Sonó la bocina, más fuerte. Pero era inútil, el perro no podía moverse, el tren no podía parar. Miré, grité algo y miré.
–¡Eh!
Pero el conductor que también había visto al perro se agarró la cabeza con una mano, esperando el mínimo e inevitable impacto.
Y entonces, como en las películas, como si todo transcurriera en cámara lenta, pensé.
Pensé si hay un Dios, si existe algún Dios, una fuerza superior, algo, entonces el perro no va a morir. Porque no, el tren no lo va a atropellar, el perro va a lograr soltarse la pata.
Eso pensé, limpio y claro como un pomelo, en ese preciso instante.
Y mientras escuchaba el aullido del perro pulverizado por el metal, sentí el toque. Un chiquito me arrancó el teléfono de la mano, pasó justo por detrás del tren y corrió a toda velocidad para el lado del bosque.
Quién dijo que el orden universal tiene algo que ver con tu conveniencia personal, con lo que vos creés que debería ocurrir, como vos pensás que deberían ser las cosas. Seguí.
7.3.18
Un asunto filosófico
Era viernes a la mañana. Íbamos, firmábamos, y volvíamos al otro día.
Conducía el auto de mi difunto padre, un Ford Escort viejo sin dirección hidráulica que probablemente jamás había sido lavado. Yo acababa de divorciarme y le había tenido que dejar mi auto a Mónica.
Después de Dolores nos paró un control policial. Me tiré a la derecha, me detuve.
–Buenos días, señor –dije al oficial, algo excedido de peso y con la cara picada de viruela.
–Registro, seguro, cédula verde –dijo.
–Sí –dije y miré a mi madre mientras sacaba mi registro del bolsillo de la campera.
Me miró, mi madre, con esa mirada transparente tan bonita que siempre había tenido. Me miró y sonrió, apenas. En su mundo. No tenía un solo papel, no tenía idea de qué le estaba hablando. No debía pagar patente ni seguro desde la muerte de mi padre, y mi padre había muerto hacía varios años. Pagar las boletas era algo que hacía mi padre, y mi madre simplemente había considerado que todo lo que hacía él, mientras vivía, debía seguir haciéndolo de algún modo después de muerto.
–Oficial –dije, bajé del auto–. Tengo mi registro, pero no tengo los papeles del auto. El auto es de mi madre, bueno, en realidad es de mi padre, y acaba de fallecer su padre, el padre de mi madre, o sea mi abuelo. Estoy yendo a enterrarlo, a mi abuelo, en Pinamar.
–No tiene los papeles del auto –dijo el oficial, y se tocó, casi, apenas, la gorra.
–Mi madre tiene alzheimer –dije, la señalé. Mi madre miraba por la ventana, sonrió y nos saludó–. Se olvida de las cosas.
–Si no tiene los papeles del automóvil no puede circular –miraba mi registro–. Es una infracción grave.
–Escuche –dije–. Tengo que llevar a mi madre a Pinamar, voy a un entierro –hice una cinematográfica pausa–. Tiene que haber una forma de arreglar esta situación.
Levantó la vista, me miró. Todo lo que había que saber para sobrevivir en el planeta tierra estaba en esa mirada. Quizás ser argentino sea esa mirada y no mucho más que eso.
–Yo no le pedí nada –dijo.
–No, ya sé –dije–. Usted no me pidió nada y yo no le ofrecí nada. Ahora, lo que tenemos que averiguar es cuánto es nada.
Busqué la billetera.
–Suba al auto –dijo–. Me lo da cuando le devuelvo el registro.
Saqué trescientos pesos. Se los pasé por la ventanilla. El oficial me dijo que espere y se alejó a hablar con otro que parecía estar a cargo. Volvió y se inclinó sobre la ventanilla para hablarme otra vez.
–Disculpe –dijo–. Pero van a tener que ser dos nadas, usted entiende.
Le di trescientos pesos más. Me saludó con una venia. El resto del viaje no revistió mayores dificultades.
28.2.18
Sin título
Así que decidí que era primordial tener alguna suerte de rutina. Me despertaba a la mañana, me vestía, tomaba un café y bajaba como si fuera un día más. Iba a caminar al parque, daba una vuelta al Parque Centenario y me sentaba a fumar un cigarrillo. Me quedaba sentado, no, no pensaba, pensar es el demonio. La idea era estar, existir, conciencia sin pensamiento.
Después iba a hacer un trámite, cualquier cosa, y con eso cortaba la mañana. Y después llamaba a algún amigo y lo pasaba a visitar, y ya estaba en el almuerzo. Lo importante era salir de casa, a la mañana, vencer esa centrípeta fuerza que amenazaba con hacerme moco. Llamalo supervivencia, llamalo como quieras.
Sentía que algo se ordenaba, ahí sentado en el parque, después de fumar un cigarrillo.
Me llamó la atención, un lunes. Estaba fresco y era bien temprano, por lo que sacando a los corredores matinales de locura infinita, y un par de personas que paseaban a sus adormilados perros, el parque estaba de lo más agradable, vacío.
Apareció una mujer, joven, menos de treinta años. Era bonita, con ojotas y medias, un jogging, como recién levantada. Llevaba una bolsita, y una palita como las palitas que se usan para jugar en la playa, pero no de plástico, de metal.
Fue la mujer hasta un árbol que debía estar a unos treinta metros de donde yo estaba sentado. Se puso en cuclillas, junto al árbol, y comenzó a cavar. La construcción del pequeño pozo le debió haber llevado menos de cinco minutos. Puso el contenido de la bolsa en la tierra, tapó el pozo. Se puso de pie, pareció mover los labios como si murmurara una plegaria. Después se fue.
Me olvidé del tema. Dejé que pasaran los días.
Pero me volvió toda la escena a la cabeza, de inmediato, cuando la vi aparecer al lunes siguiente. Debían ser las ocho de la mañana. Mismo procedimiento, bolsita, palita, pocito. Murmuró algo, la mujer, recién levantada, con el cabello todavía húmedo. Y se fue.
Volvía de una fiesta, jueves a la noche. Me habían invitado a un asado, había tomado una botella de vino y después me sirvieron un whisky nacional que calificaba sin dificultad como artículo de limpieza, como lustramuebles, en fin. Bajé del taxi, debían ser las tres de la mañana. Iba a subir a casa y se me vino el asunto a la cabeza. La mujer que plantaba algo junto al árbol para la posteridad, o que enterraba su pajarito, no sé.
Me dio curiosidad. Encendí un cigarrillo y crucé en dirección al parque. Nadie, una parejita manoseándose con adolescente entusiasmo, un mendigo más borracho que dormido. Fui hasta el árbol.
No me costó encontrar las marcas, la tierra removida. No tenía nada con qué cavar, así que usé las manos. Total me daba un baño antes de acostarme a dormir y listo.
Grité. No pude evitarlo, me salió un grito y caí hacia atrás, perdí el equilibrio. Me quemé el pecho con el cigarrillo.
Una pija, una poronga, era lo que había enterrado la mujer.
Usé una rama para escarbar al lado. Otra. Otra poronga, más reciente, todavía bien conservado el prepucio, y los huevos. Como si hubiera sido arrancada, con quirúrgica precisión, de su portador.
Tapé todo y salí corriendo. Vomité antes de cruzar Ángel Gallardo. Estuve en la ducha un rato largo, refregándome con jabón blanco. Me costó dormir.
El domingo después de almorzar fui a hacer las compras al Disco de Aráoz. Estaba decidiendo si llevar Casancrem o Mendicrim, esas suelen ser las existenciales cuestiones que me atormentan.
–Disculpá –Me rozó con el brazo y se le cayó un yogur, pero quedó claro que el movimiento había sido irreal, actuado. Se agachó dejando a la vista una buena porción de tetas–. Se ve que ando distraída.
Era ella. ¡Era ella! La mujer del parque, la de los lunes, la de las porongas.
–Qué calor hace –dijo, su voz era suave, sonrió–. Los domingos no se terminan nunca. Creo que ya nos vimos alguna vez por el barrio. Me llamo Tamara, vivo acá cerquita.
21.2.18
Mirada cargada
Ella se acomodó en la silla, algo nerviosa. Yo bebí medio vaso de cerveza, de un trago, dejé el vaso sobre la mesa. Hice una pausa antes de continuar.
–No importa la religión –seguí–, no importa la raza, ni las características antropomórficas. No importa la edad. Miro a una mujer a los ojos durante treinta segundos, y la mujer no se puede contener. La mujer necesita sentir una pija en su interior, o que le chupen las tetas, que le metan los dedos, que la hagan acabar. Es algo tan fisiológico como repentino, comparable, quizás, con la necesidad de fumar, de encender un cigarrillo, o de cagar. Aunque intente oponerse desde lo actitudinal, racionalizarlo, la mujer no puede. Es un imperativo categórico, una pulsión que se ha desatado y no puede ser frenada. La mujer precisa que la garchen, de inmediato.
Terminé mi vaso de cerveza, comí un puñado de maníes. Ella negó, de manera casi imperceptible, con la cabeza. Pero escuchaba con atención.
–Cuando me di cuenta de lo que ocurría, decidí verificarlo. He mirado fijo durante cuarenta segundos a la esposa de un amigo en una cena familiar y vi cómo cruzaba las piernas, una y otra vez, y se sonrojaba mientras se le erizaban los pezones. Lo he probado, he mirado a una adolescente en el colectivo y se empezó a frotar la cola contra el respaldo de un asiento, miré a una cajera de supermercado mientras me cobraba, la miré fijo y no pudo reprimir un jadeo de excitación, comenzó a salivar como un felino ante la presencia de un apetitoso churrasco. Las mujeres bajo mi mirada, casi sin darse cuenta, tienen la pulsión de tocarse la vagina, o se aprietan una teta, se frotan el cuello o las axilas y se van al baño, sienten un ingobernable calor en la parte interna de los muslos. Lo he probado yendo a ver ancianas internadas en algún geriátrico, en la sala de espera de terapia intensiva de los hospitales. Lo he probado con prostitutas avezadas e inconmovibles luego de diez o quince años de profesión. Les decía que se sienten menos de un minuto y las miraba a los ojos. Me decían, azoradas, ‘es la primera vez que me pasa, me agarraron ganas de coger’.
–Mirá –dijo ella, y levantó la vista de la mesa, dejó de revolver lo que quedaba de su jugo–. Ahora te estoy mirando, y a mí no me pasa nada.
–Justamente eso te quería decir –sonreí, apenas–. Se nota que estás mal.
14.2.18
No es lo que vos creés
Cuando estás en el dentista, transpirando como un chancho pecarí que oye los ladridos de la jauría de perros y corre por su vida, y el dentista dice ‘bueno, abra bien la boca’, y ves, aunque tenés los ojos cerrados pero ves, aunque no querés ver pero ves, el tamaño de la aguja, y sentís el pinchazo, la encía cede y el metal cumple su función. Y todavía no se duerme nada, todavía persiste el dolor como un rayo cruzando la noche en medio del mar. Cuando duele, cuando sigue doliendo y uno descubre que quizás tu ser no fue del todo bien diseñado para el dolor, bueno, no importa porqué al tipo se le ocurrió dar marcha atrás sin mirar por el espejo retrovisor y hubo ruido de cristales rotos y te bajaste del auto y no podías creer lo que veías, con lo que te costó juntar la plata para comprar ese automóvil, cómo quedó el capot.
Cuando estás sentado, y te das cuenta que sentado se te nota más todavía la panza, que hay un espejo de costado en alguna pared, y te ves el pelo, lo que le pasó a tu pelo, a tu rostro, lo que hizo la vida con vos. Cuando el médico levanta la radiografía o los análisis o el estudio, y se acomoda los lentes o niega de manera casi imperceptible, pero niega con la cabeza y dice ‘mmm’, o ‘ajá’, o ‘vamos a tener que ver’. Bueno, entonces no importa demasiado si te echaron del trabajo porque el salame de Ostolaza quería darle la subgerencia a la piba que se estaba cogiendo, si al toque de mudarte a ese departamento en Villa del Parque se pusieron a construir una torre que te dejó más encerrado que un hámster en una caja de zapatos, si no nevó ni un solo día cada vez que fuiste a Bariloche, y llovió todos los días que pasaste en Buzios.
Cuando te parece que estás en peligro, cuando sentís que te vas a morir o cuando te duele algo, ahí te das cuenta que tu vida, aquello que podríamos denominar tu vida, los hechos que la definen y la marcaron, carecen de relevancia.
Quizás sea el objetivo de las desgracias. Su justificación.
7.2.18
Nociones de balística
Busco una metáfora y pienso, no sé, en arcos y flechas, en catapultas, en conceptos como ‘retropropulsión’. Tampoco tengo nociones de balística.
Adónde voy con todo esto. Ah, sí. Lo que te sale mal, lo que querés evitar, el fracaso por llamarlo de algún modo, que te asusta y te molesta desde que sos chico. Desde siempre. Bueno. La longitud de onda, tu vuelo más alto, lo que serás capaz de ser, depende de eso. Tu éxito, lo mejor de tu vida o lo mejor de vos, llamalo como más te guste, depende y se alimenta de ese combustible basal, intrínseco. De tu fracaso.
Por eso te decía lo del arco y la flecha, como si lo que lograra tensar el arco, hacia atrás, fuera justamente lo que te permitirá llegar más lejos. Más alto.
El fracaso es la llamarada del cohete, lo que te impulsa, la energía, el motor. Lo contrario, para que lo entiendas, para que te ubiques, es lo que sucede tan a menudo, en Hollywood. Lo que podríamos denominar el ‘Síndrome Culkin’, por aquel niñito que se hizo famoso con películas como ‘Mi pobre angelito’.
Si sos un niño prodigio, si tenés once años o doce y brillás como un sol, bueno. No hay otro remedio, será breve, pasada la adolescencia nomás te volverás un imbécil rematado, absoluto. Se te caerá un reflector en la cabeza que te dejará tonto, o te picará un escorpión en el baño de tu casa. En los huevos, claro, y te dejará los huevos como dos damascos. Puede que se te desate una alergia a las milanesas que te haga crecer las orejas hasta los hombros.
No hay manera, no tenés el fuego del cohete que te impulse. No podés llegar a ningún lado. Ocurrió todo demasiado pronto, fue casualidad.
También puede suceder, lo admito y merece ser tenido en cuenta, que acumules fracasos, uno tras otro, que tengas la energía para llegar a la luna en patineta y aún así tu nave no despegue. Que fracases y vuelvas a fracasar, que nada bueno suceda con tu vida. Nunca.
Pero en cualquier caso, como si se tratara de un caso de abstinencia sexual no deseada (mi especialidad, por cierto), conviene ir por ahí pensando que uno tiene el arma cargada. Que ni bien se presente la oportunidad serías capaz de partir azulejos con la garompa. Para qué pensar que nadie te quiere abrazar desde hace quién sabe cuánto tiempo. Que quizás seas un repugnante ser y eso sea todo. Un asco.
28.1.18
Delfín de peluche
Mariana baja todas las tardes a hacer las compras para la cena. Juan Pablo suele llegar a casa a eso de las ocho. Lo espera Mariana, Lucía, que es su sol, y una cena caliente.
Mariana va por la calle a la pescadería. Empuja el carrito con Lucía, que balbucea, señala algo que le llama la atención, y ríe también.
Lucía tiene un pequeño peluche en forma de delfín. Lucía no suelta ese pequeño peluche ni para dormir. El delfín se llama ‘Pepo’, o quizás sean esas las sílabas que Lucía consigue pronunciar.
Va Mariana, por la calle, empuja el carro con Lucía, presta atención al tránsito, algún bocinazo. Está por llover.
Lucía se distrae, algo llama su atención. La calle, los ruidos, los olores, el movimiento. Al bajar un cordón de la vereda, a Lucía se le cae Pepo, su delfín de peluche. Y ni lo advierte, así va ella, entusiasmada por el mundo que ve. Mariana, con tantas cosas en la cabeza, todavía debe volver y bañar a Lucía antes de la cena, ha dejado las papas en el horno, debe llamar a su mamá, en fin. No advierte que a la niña se le ha caído su peluche.
Una mujer, que espera para tomar un colectivo, deja pasar diez segundos. Toma el peluche, y lo guarda en su cartera.
El diariero, que ha visto la escena, la secuencia, al igual que la mujer, le dice algo.
–Es de la nena, se le cayó –dice el diariero, y señala a Mariana, al carrito donde va Lucía, que ha seguido avanzando y está, pongamos, a escasos diez metros.
–Sí –dice la mujer. Y sube al colectivo con el peluche en su cartera, el delfín llamado Pepo. Y se va.
Yo estoy sentado en un bar y acabo de ver toda la escena desde el ventanal. Sé, con inusual claridad, que el mundo no tiene mayor sentido. No hay posibilidad de redención, estamos perdidos.
El mozo desde la barra me mira y se pregunta qué carajo hago ahí todas las tardes, sentado con un cuaderno y una birome. Estos boludos que no tienen nada para hacer.
21.1.18
Derechito al futuro
¿Cuál es la idea? Ah, sí, me distraje. Disculpame.
Cada salto tecnológico tiene su accidente específico. Esa es la idea, una genialidad que roza la tautología y quizás por eso, por ser tan evidente, no se percibe.
Sería de lo que no se habla, mientras todo el mundo se lanza a devorar las maravillas de lo inventado, a usarlo o a ganar dinero con eso, a sentir que ahora sí todo va a ser mejor. Distinto.
Por ejemplo, se inventan los aviones. Una verdadera revolución en lo que se refiere al transporte, a recorrer distancias, una maravilla. Pero junto con los aviones, mirá vos, se inventan los accidentes de aviones. Quiero decir, los aviones se caen, se pueden caer. Parece tonto decirlo pero, mientras no existían los aviones, no se caían. No se filmaba la película ‘aeropuerto’. No había que pensar cómo hacer para darle de comer, a la gente, en el aire. Y que pudieran cagar, sí, también en el aire, por supuesto.
Otro ejemplo. Antes querías decirle algo, algo a alguien que vivía en otra parte, y le mandabas una carta. La carta tardaba tres días, una semana. Llegaban, las cartas, del otro lado alguien las leía, las contestaba, pasaban otros tres días. Ahora mandás un mail, chateás online, con camarita y todo, ves a la otra persona del otro lado del planeta, la conversación sucede. Y en cinco minutos exprimiste lo que antes sucedía no sé, en tres meses. Eso lleva a que digas una tira de imbecilidades y que te contesten y que creas que estás conectado y que chequees el mail setenta y cuatro veces por día y que twittees una foto de la gorda que trota en la cinta al lado tuyo o de tu perro Ulises rascándose el culo y que no entiendas nada de nada. Ni lo que preguntaste ni lo que te respondieron. La comunicación es como un aire acondicionado que funciona mal. Ruido, básicamente.
Y así podríamos seguir, si querés, doscientos o trescientos años para atrás. Cada salto tecnológico, cada nuevo accidente específico. Pero si te fijás bien hay algo que subyace, algo que no cambió y se mantuvo constante a lo largo del tiempo. Es la insondable boludez humana. Todo lo demás no ha sido otra cosa que acelerar las partículas, las moléculas. Los protones.
14.1.18
Así como te lo estoy contando
del mecanismo
y ya está.
es la cuerda del reloj
es la tapa del frasco de
mayonesa
del amor.
lo que funciona deja de funcionar
lo que funciona deja de funcionar
y es tan triste. no busques explicación.
perdiendo la gracia
podríamos decir.
7.1.18
No me lo esperaba
Viajar en subte es la muerte desde ya, es el horror de estar vivo, es todo lo malo de este mundo y es un poco más y tenés que entender que te lo merecés porque bueno, porque no sabés hacer nada y punto.
Lo que hacía yo, durante el viaje en subte, era tratar de cerrar los ojos por dos estaciones o tres, respirar, sentir la respiración. Había leído libros que decían que eso, respirar y nada más, lograba calmar la mente. Pero a mí no me calmaba un pomo, pensaba, pensaba todo el tiempo en qué esquina de la vida había doblado tan mal para que todo se fuera al mismísimo carajo.
Abrí los ojos, estábamos en la estación Pueyrredón y se me ocurrió mirar, justo antes que arrancara el subte. Miré, desde una punta del vagón, hacia la otra punta del vagón. Todos, la gente, los que viajaban, cada uno metido en su teléfono. Estaban la tribu de los adoradores del candy crush, las chicas que miraban fotos, fotos de playas y tragos servidos en grandes copones con sombrillitas, fotos de perros y gatos y más chicas en bikini, ellas mismas o quizás otras chicas, haciendo trompita con la boca en paraísos con artificiales palmeras o terrazas con módicas pelopinchos. Estaban los que cabeceaban, epileptoides movimientos al ritmo de la inimaginable mierda musical que les reventaba los oídos a través de modernos auriculares con o sin cables, estaban los que sacaban la lengua o sonreían mientras tipeaban mensajitos plagados de emoticones que al parecer lograban expresar lo que ellos no sabían sentir ni mucho menos escribir, y así.
Me sonó la campanita, hubo un click. En el ahora, en el momento real, en el presente por decirlo de algún modo hecho de espacio y de tiempo y de la más pura nada, no había quedado nadie. Todo el mundo se había ido pantallita mediante a otra parte. La vida se había vuelto tan intolerable que la gente no había tenido más remedio que escapar.
Podría haberme desnudado ahí y frotarme el torso con un pedazo de trescientos gramos de dulce de membrillo, o bajarme los pantalones y ponerme a defecar en cuclillas, nadie se hubiera dado cuenta. No había más nadie, todos se habían ido a Multimedialandia.
Salí a la calle, caminé por Florida y era lo mismo. Había cuerpos, sí, pero como objetos, como cosas, la gente estaba enchufada a algo, la mirada vacía, no había nadie adentro, no estaban ahí.
Y me empecé a sentir genial, después de tanto tiempo. Me di cuenta que el momento presente se había vuelto el lugar más cómodo del mundo, tranquilo y apacible, como caminar en invierno por la playa y meter las patitas en el mar.
28.12.17
Algunas cosas que tenés que saber antes de salir a la calle
La billetera buscala donde la perdiste.
No me cuentes tu vida. No le cuentes tu vida a nadie, salvo que te pregunten. Tu vida tiene la relevancia de un pedo en una tormenta eléctrica.
Cada tanto, en medio de una conversación sobre cualquier tema, podés decir ‘la naturaleza no tiene ángulos rectos’, o ‘el universo no fabrica ángulos rectos’. Eso te transformará de inmediato en una persona interesante.
Entre los problemas de la abundancia y los problemas de la escasez, prefiero los problemas de la abundancia.
No confundas conveniencia personal con orden universal, no jodas más con eso.
No trates de tener razón, todo el mundo tiene excelentes motivos para hacer lo que hacen. Así funciona el planeta tierra.
El subte viene lleno.
Todo lo que te parecía importante en algún momento dejará de serlo. Y cuando llegue ese momento no lo vas a poder creer, yo sé lo que te digo.
No existe un ránking de tragedias.
El criterio es la alegría.
*ah, y que nos vaya bien a todos.
No me cuentes tu vida. No le cuentes tu vida a nadie, salvo que te pregunten. Tu vida tiene la relevancia de un pedo en una tormenta eléctrica.
Cada tanto, en medio de una conversación sobre cualquier tema, podés decir ‘la naturaleza no tiene ángulos rectos’, o ‘el universo no fabrica ángulos rectos’. Eso te transformará de inmediato en una persona interesante.
Entre los problemas de la abundancia y los problemas de la escasez, prefiero los problemas de la abundancia.
No confundas conveniencia personal con orden universal, no jodas más con eso.
No trates de tener razón, todo el mundo tiene excelentes motivos para hacer lo que hacen. Así funciona el planeta tierra.
El subte viene lleno.
Todo lo que te parecía importante en algún momento dejará de serlo. Y cuando llegue ese momento no lo vas a poder creer, yo sé lo que te digo.
No existe un ránking de tragedias.
El criterio es la alegría.
*ah, y que nos vaya bien a todos.
21.12.17
La búsqueda del tesoro
A veces voy al subterráneo, temprano, entre las ocho y las nueve de la mañana. Bajo al andén, en cualquier estación, del lado de enfrente al que está todo el mundo. La gente va para el centro. Me siento en el andén, en un banco o en el piso, apoyo la espalda contra la pared. Me quedo quince o veinte minutos viendo pasar los subtes. Llega más gente, enfrente, y más gente, es la hora pico. Yo enciendo un cigarrillo, una vez se me acerco alguien, otro pasajero supongo, y me dijo ‘señor, no se puede fumar acá’. No le dije nada, ni lo miré, seguí fumando.
A veces voy a la cancha de River o al club Obras Sanitarias, un sábado a la tarde. Antes leí en el diario que hay un recital, que vino a la Argentina AC DC o Luis Miguel o un hiphopero portorriqueño que usa el pelo muy cortito y como pegoteado a la cabeza y dice muchas veces ‘pana’ o ‘broder’ o ‘vaina’ y canta canciones donde dice todo lo que le va a hacer a una determinada mujer, pero lo que exuda, lo que transmite, es que quiere ser sodomizado por un chino, por un negro, por un enano, por un chino negro enano de ser posible. Dicen que es el recital del año. Me pongo en la fila, tres o hasta cinco horas antes, me apretujo con la gente bajo la lluvia, las chicas gritan por cualquier cosa, alguien se agarra a trompadas con otro alguien, hay olor a faso. Me quedo un par de horas y cuando finalmente estoy por llegar a la puerta, cruzar el control, me aparto como si estuviera esperando a una persona o me hubiera olvidado de comprar papel higiénico.
A veces voy algún domingo a la mañana a Palermo, donde está anunciada una maratón, miles de persona echando humito por la boca. El chuic chuic de las zapatillas preparándose para masticar el asfalto. Hay saludos, una clase de furia contenida, algunos africanos que deben tener las porongas del tamaño de antebrazos humanos, chicas en calzas, casi puedo imaginar el olor de esos culos transpirados, esas chicas dispuestas a correr 21 kilómetros pero que serían incapaces de traerte un vaso de agua a la cama. Voy con ropa deportiva, me vuelvo a atar los cordones de las zapatillas, estiro un poco. Y me quedo sentado a un costado, al rato me voy a desayunar.
Y no, la verdad que no lo he logrado, lo admito, no pude encontrar nada que me interese, ni un poquito, en la vida. Pero no hacer nada de lo que hacés vos, no tener casi punto de contacto con vos, eso sí me sirve. Algo es algo.
14.12.17
Hacia el azul
Debía escapar, una sensación que no podía ni necesitaba ser verbalizada. Tenía que escapar, tan angustiante, tan indefectible. Me dolían los pies, los desnudos pies, y sobre todo las rodillas.
Correr porque en eso te va la vida, correr y al mismo tiempo saber que no vas a poder, que tu esfuerzo no será suficiente. Que en algún momento, en algún cada vez más cercano momento vas a desfallecer, vas a caer, exhausto, exánime, famélico, y entonces todo habrá sido en vano.
Insistir, seguir, con esa terquedad que iba más allá de toda explicación. La obstinación de ser, de seguir siendo, ‘la tentación de existir’, había escrito alguna vez Cioran. Se me vino la frase a la mente, qué buen título.
Pero no podía, ya no podía. En el borde exacto de mis fuerzas, sentí un pinchazo, la espalda, justo en la base de la columna, me desinflé de un prolongado, lastimero suspiro. De rodillas, las manos hundiéndose en la fangosa superficie, bajé la cabeza.
Entonces abrí los ojos. No, no estaba durmiendo, qué durmiendo. Estaba cogiendo, con vos. Supe que no iba a poder completar la faena. Vos estabas ahí, echada sobre la cama. Era la muerte, era tan triste.
7.12.17
Café con leche con medialunas y tantas pero tantas maneras de contarlo
Había arreglado con el tipo de la inmobiliaria a las once, era viernes. Me había ido a pinamar el jueves, y pensaba quedarme hasta el lunes. Volver con el departamento vendido y la cabeza despejada.
Me desperté temprano, caminé por la playa. Me fui a desayunar a Innsbruck, el mundo no podía ser tan malo.
Pedí un café con leche con medialunas de manteca, hacía un frío del carajo y había algunos vivos que habían logrado escapar de la ciudad y vivían refugiados. Saben que no sos de ahí y te miran raro.
Entró una mujer, menos de treinta años. Con calzas de gimnasia y buzo cerrado hasta el cuello. Morocha, con lentes de sol, se notaba que estaba bárbara. Flaca, flequillito Stone, debía venir de hacer una clase de algo.
Se sacó los lentes como si buscara algo, una revista, una mesa, un conocido. Vino directo hacia mí.
–¿Juan? –Asentí–. Permiso –dijo y se sentó. Pidió un café, me pareció que el mozo la conocía. Se abrió un poco el cierre del buzo, parecía recién bañada y olía a perfume, algo floral y sutil, algo japonés, eso pensé.
–Qué decis, Juan. Acá estamos.
–Ehh –dije–. Disculpame, no sé quién sos.
–Mirá –dijo–. Pasaba y te vi y dije ¡no puede ser, Juan! En la secundaria nos conocimos. En un baile en la casa de Miguel. Nos miramos y supimos, como sólo dos adolescentes pueden saberlo, que éramos el uno para el otro. Nos fuimos al balcón, ¿te acordás? Nos besamos, compartimos un cigarrillo. Después viste cómo es, me fui a vivir a Entre Ríos, nos dejamos de ver, la vida. No me digas que te viniste a vivir a Pina porque me muero de alegría. Mirá dónde nos venimos a encontrar.
–Mirá –dije, tomé un sorbo de café con leche–. No sé. Estás bárbara, te invito a cenar, a vivir conmigo, lo que quieras. Pero lo que me estás contando no sucedió, no sé quién es Miguel. Si te hubiera dado un beso alguna vez te juro que me acordaría.
Se hizo una pausa, me tocó una mano por encima de la mesa.
–Bueno, tenés razón –dijo–. La verdad que ayer chocaste en la ruta, estás muerto. Terminá de desayunar y nos vamos, tenés que venir conmigo.
28.11.17
Una curiosa flor, una particular fragancia
Pero me curé. Te cuento cómo me curé.
Empecé a ir a un bar, a la mañana, a las nueve de la mañana más o menos. Un bar de barrio, un bar cualquiera. El asunto, entonces, es que iba a un bar y me pedía un café. Y me quedaba más de media hora, pero menos de una hora, cuarenta minutos ponele. Sin hacer un pomo, probaba un sorbo de café.
Y prestaba atención, que no es mirar. A la gente que entraba al bar, las otras mesas. La parejita abrazada o que discutían casi a los gritos, el hombre de la notebook y la planilla de cálculos soñando con millonarios negocios, el hombre con el crucigrama robado que no le salía nunca, la mujer que se maquilla para la entrevista, la chica con auriculares leyendo ‘el perseguidor’.
Listo, eso es todo lo que hacía, de lunes a viernes. Media hora, en un bar cualquiera. Y va sucediendo algo, se te va impregnando como una mancha. Te das cuenta que no te soportás, a vos, que tu vida es una verdadera mierda, un asco. Pero al mismo tiempo entendés que sería imposible, no sabrías cómo, no podrías ser ninguno de todos los demás.
21.11.17
Algo atípico
Están aquellos sujetos más primitivos, faltos quizás de cierto refinamiento. Seres que se mueven por encima de la animalidad más pura pero no mucho más que eso. No poseen mayor inquietud artística, transitan la dureza de lo real. No desean tocar el piano ni el violín, y si vieran un Pollock se burlarían, preguntarían quién fue el bobo al que se le volcó la pintura. Son sujetos que carentes de dichas aptitudes y apetitos, sin embargo saben hacer asado, incluso matar a un jabalí. Saben cambiar las ruedas del automóvil y los cueritos de las canillas y todo tipo de lamparitas también. A falta de crear, saben hacer. Saben conducir una motocicleta y hacer la mezcla para pegar ladrillos y todo lo demás que pueda hacer falta para deambular por la curiosa superficie de la materialidad.
Después tenés otra clase de sujetos. Han conseguido cambiar de pantalla en el jueguito de la vida. Han advertido que la vida no puede ser sólo lo que parece ser, lavarse los dientes, pagar el gas. Esos sujetos componen sinfonías, escriben, tocan el violín. Vuelan por encima del resto de los mortales, el arte es su motor. Cantan o pintan o van al Colón a ver Ballet. Son sujetos que se han alejado de lo básico, les cuesta hacer un trámite bancario o estacionar un automóvil. Se pierden en los aeropuertos y se ponen nerviosos cuando deben comprar zapatos. Desearían que exista un mundo más amable y más sutil, más acorde con su sensibilidad.
Y después estoy yo. Me cuesta ir a una estación de servicio a cargar nafta, y no sabría ni cómo agarrar una guitarra. Pero me gusta el whisky y te puedo chupar la concha con una energía bien parecida al entusiasmo, eso sí.
14.11.17
Maestro Wu
Pero yo estaba triste, me había venido grande y parecía como si todas las posibilidades se hubieran ido como una luz debajo de una puerta. Mónica me había dejado, se había vuelto a su pueblo a trabajar con su hermana en la heladería de la familia. El trabajo era lo mismo, como viajar en tren por un paisaje desértico, las mismas caras en el subte, la comida en el centro con sabor a fracaso. Un día fui a comprar empanadas y cuando el pibe del mostrador me preguntó de qué gusto las quería le dije ‘da lo mismo flaco, las de carne son de pollo’, y me largué a llorar como un chico ante la atónita mirada de los que esperaban en la fila.
Fui a un psicólogo que me recomendaron, hablé un rato. El psicólogo usaba una camisa a cuadros bastante vieja y lentes gruesos. Me escuchó y me dijo ‘¿y usted qué cree que le pasa?’. Estoy triste, pelotudo, eso es lo que me pasa, le dije y no volví más.
Pasé un día por la puerta de una casa vieja, por Almagro, vi caracteres en chino. Daban clases de chi kung, empecé a ir. Era eso que hacen los chinos en los parques, se quedan quietos, con las piernas apenas flexionadas, o abrazando un imaginario árbol, o levantan un brazo. Y vos los ves y pensás ‘qué forros’, pero no. Parece que están lobotomizados, pero yo los veía y me transmitían una paz. Porque los veías y te dabas cuenta que habían entendido algo, que estaban tranquilos.
Empecé a ir, todo sencillito. Pocas explicaciones, cosas simples, los chinos tienen eso. Te enseñaban una posición y te tenías que quedar parado así, sin moverte, sin pensar, sintiendo la energía.
Y por curioso que parezca, a los tres meses me sentía un poco mejor. Me volvieron las ganas de coger, me había vuelto a reír.
Además el profesor, que era un chino bajito con la cabeza rapada, podía tener veinte años o mil, terminaba las clases con una frase, alguna semblanza. Y yo me volvía a casa energizado, tratando de entender el significado de las palabras que el profesor había dicho. Me calentaba algo en el hornito eléctrico, me tomaba media botella de vino y dormía como un bendito.
Terminaba el año, los alumnos organizaron un asado en la casa de una mujer que vivía en San Antonio de Padua. Tenía una casa con jardín, todos tenían que llevar algo, un ambiente de sana camaradería. Alguien fue a buscar al profesor, le preguntaron cuál era su plato preferido cuando vivía en su China natal. El profesor, como toda respuesta, se limitó a sonreír.
Ahí fuimos, había gaseosas y vino tinto. Una linda casa, las ensaladas sobre la mesa. Habían agregado a los bancos de madera una sillas de plástico. Una mujer había venido con el marido, otra con su pequeño hijo, éramos como veinte.
Primero empezaron a sacar unos sánguches de chorizo. La gente conversaba, alguien pidió un aplauso para la dueña de casa por recibirnos.
Los encargados del asado dijeron que ya estaba todo listo, que ya salía.
Alguien le pidió al maestro que dijera unas palabras.
Se puso de pie, el maestro Wu. Delgado y bajo, vestido con esas camisas de cuello mao tan características.
Nos miró a todos y después perdió la vista en algún lugar, más alto y más lejos. Sonrió apenas.
–El criterio es la alegría –dijo. Tenía un choripán en la mano, dio un mordisco.
7.11.17
Another Pereyra
La cosa fluía, ella estaba divorciada, yo me quería pegar un tiro en las pelotas como de costumbre. Se quedaba a dormir en casa los jueves, nos llevábamos bien.
Le dije que necesitaba descansar, quedarme mirando un lago y ver si se me lavaba un poco el bocho. Le pregunté si se podía tomar unos días en el trabajo, la invité, dijo que sí.
Reservé en un buen hotel en Villa la Angostura, la idea era hacer un par de caminatas, había estado varias veces y conocía buenos lugares para comer. Puede que Villa la Angostura fuera mi lugar en el mundo, o quizás fuera simplemente un lugar donde me sentía bien.
Avión a Bariloche, hotel de primera línea, buena comida, coger un poco. Al segundo día empecé a dormir siesta, para alguien que había tenido la crisis de los cuarenta a los once era una buenísima señal.
Pedí un taxi para que nos llevara hasta la base del cerro Bayo. La idea era subir al cerro, ver las cosas desde arriba, respirar un poco, pasear. Hacer tiempo hasta el mediodía para elegir adónde ir a comer.
Vino el auto, nos subimos. Le dije al conductor que nos llevara al Bayo. Salió a la ruta, era un precioso día de comienzos de Diciembre. Poca gente, todo fine.
–Disculpame –vi que el conductor me miraba por el espejito retrovisor. Me hablaba, a mí– ¿Juan?
–¿Eh? –Lo miré.
–Sí, sos Juan. Claro que sos Juan –dijo y golpeó el volante con una mano–. Soy Pereyra.
Lo miré.
–¡Pereyra! –Se rió–. Nos sentamos cerca en primer año de la secundaria. Hipólito Vieytes de Caballito. Después me cambié de colegio, nos fuimos a vivir a Entre Ríos.
–Pereyra –asentí–. Mirá vos.
–Sisi –dijo, aceleró–. Las vueltas de la vida, Juan.
–Increíble, la verdad –Le palmeé un hombro.
–Me acuerdo las clases de gimnasia. ¿Te acordás cómo nos rateábamos de física para ir a jugar al pool?
–Genial –dije–. Y comprábamos esos cigarrillos de mierda.
–¡Siii! –dijo Pereyra–. No sabíamos ni cómo fumar.
–Qué locura –dije yo.
–¿Y cuando nos íbamos a pelear contra los del Huergo?
–Sí –dije–. Había que pelearse, eh. No podías arrugar.
–Las peleas que se armaban –se reía, Pereyra, se pasó la mano por el pelo–. Todos contra todos, no sabías ni a quién le estabas pegando.
–Una barbaridad –dije–. Lo importante era pelearse. Después nos sentíamos genial.
Agarró una rotonda, Pereyra. Al rato dobló a la derecha, volvió a doblar.
–Bueno –dijo–. Llegamos.
–Bueno –le pagué, amagó con no aceptar–. Por favor, estás trabajando. Una alegría verte.
–Mirá dónde nos venimos a encontrar –dijo Pereyra. Ya habíamos bajado los dos del auto. Le di la mano a través de la ventanilla–. Cómo pasa el tiempo.
–La verdad –dije.
Se fue por el camino por el que nos había traído. Por suerte andaban los medios de elevación para subir al cerro. Arriba la vista era bellísima, te parecía que el aire te pinchaba los pulmones. Cuando mirás la naturaleza, algo que no haya sido tocado por la mano del hombre, te parece que la vida no es tan mala, que todavía tenés alguna posibilidad.
Al mediodía, mientras almorzábamos en una parrilla cerca del centro, Mónica me dijo.
–Qué loco, cómo te reconoció el conductor del taxi. Las vueltas de la vida.
–No lo conozco -dije, terminé mi vino de un trago–. No sé quién es, la verdad.
28.10.17
Chocolate suizo
La miré, nunca había sido linda y definitivamente no sería joven. Antes de probar los primeros dos sorbos de café yo no decía palabra, era parte de la rutina. Hacía cinco años que vivíamos juntos, quizás más.
–Te miro –dije, pero no la miraba, miraba la ventaba que daba al contrafrente donde se veía del otro lado del decorado de la vida, húmedo, desprolijo, forever gris–, pero no se me ocurre ningún motivo por el cual deberíamos seguir juntos. Quiero decir que no nos interesa el sexo, es un mecanismo nomás que ejecutamos lo más rápido posible, como quien revisa antes de bañarse que el piloto del calefón continúa encendido. Y no hablamos, no tenemos absolutamente nada para decirnos, quizás nunca lo tuvimos.
Ella puso el queso untable y otra mermelada (la que comía yo) sobre la mesa, el olor del café llenó por un instante el vacío de la cocina. Gran cosa, el café. Seguí.
–No hay nada atrás que me interese en particular recordar, alguna noche en Pinamar quizás, en el casino cuando salió el ‘28’, el día que nació Ramirito. O el domingo ese que comimos helado de chocolate suizo y se me ocurrió tocarte con la cuchara un antebrazo. Y te reíste.
Sirvió el café, se sentó. Yo a la mañana comía una rebanada de pan con mermelada, a veces dos. Iba cambiando el sabor de la mermelada, cuando se acababa la de naranja, abría una de frutilla o de ciruelas, y así. Hizo ruido al apoyar un plato sobre la mesa.
–Y hacia adelante no hay nada –dije–. Veo el mismo trabajo de siempre, cada viaje en subte me mastica el alma, si se inventara una forma de poder revisar el alma, su estado. El doctor me diría que mi alma es una bolsa de esas que te dan en el supermercado, polietileno arrugado. Sólo queda esperar la vejez y la muerte, las desgracias que irán aumentando en intensidad hasta taparnos, hasta pasarnos por encima. Sabemos que la nariz del avión se puso para abajo y sólo queda esperar que se acelere la pendiente, la velocidad de caída. Como te dije, no se me ocurre ningún motivo por el cual deberíamos seguir juntos. Voy a ver si averiguo algo para alquilar, un departamentito por Chacarita o por Almagro, después pasaré a buscar mis cosas. Mi idea es pasar a ver a Ramiro los sábados así podés ir a ver a tu hermana, o tenés tiempo para salir con tus amigas.
–A la noche voy a hacer pastas –dijo ella–. Vos preferís los agnolottis, pero ayer en La Juvenil vi que había promoción de sorrentinos.
–Está buenísimo –dije–. Está muy bien.
21.10.17
Lo que me gustaría
yo quiero ser feliz y no me sale yo quiero ser feliz pero no puedo yo quiero ser feliz perdí la llave me atropelló el flechabus de los recuerdos.
yo quiero ser feliz como un conejo como una liebre una jirafa y dar consejos.
no ir arrastrando los huevos como dos garrafas. ya estoy viejo.
14.10.17
Todos los fuegos el fuego y dame dame fuego
M. y F. soñaban con cambiar el auto, con ir de vacaciones a Brasil, tener es lo más parecido que se inventó a ser, mientras todos somos llevados por la cinta transportadora de la vida hacia la mismísima mierda sin excusas. Después de todo algo tenés que hacer mientras estás vivo, no se debe juzgar con excesiva dureza.
Debía ser martes.
Eran más de las ocho de de la mañana pero no las nueve todavía. M. ya se había ido a trabajar, F. tomaba un par de tibios mates mientras empezaban a despertarse los chicos, había que arrancar con la rutina de todos los días. La señora de la limpieza había empezado con los baños.
Y entonces F. sintió olor a quemado. Podía ser algo sin importancia, pero no, abrió el ventanal y se asomó al balcón. Humo, humo negro, el contrafrente se teñía de un gris oscuro. Alguien de otro piso gritó ‘¡Fuego!’. Venía de arriba, costaba respirar.
F. se asustó. Abrió la puerta del departamento, pero era peor. Venía humo del pasillo, de todos lados. Se oyó un portazo y más gritos, F. se dio cuenta que estaba asustada. Llamó por celular a M. Gritaba. Un incendio, le decía, no sé qué hacer. Y M. le preguntó por los chicos.
F. le dijo que los chicos estaban bien, que todavía dormían, que iba a intentar bajarlos a la calle por las escaleras y esperar en la vereda, porque el fuego parecía venir de arriba.
Y entonces F. se dio cuenta que no había escuchado bien, porque mientras iba y venía por el departamento, mientras se terminaba de poner un jean volvía a escuchar que M. le preguntaba por los chicos, por los chicos, pero no.
–¡Los cheques! –gritaba M. del otro lado de la línea– ¡Bajá los cheques!
7.10.17
Leo no suelta
No, no te puedo decir a qué gimnasio iba, tres o cuatro veces por semana. Quería usar remeras ajustadas, que las chicas me miraran cuando iba a bailar, si no podía ser querido ser al menos temido. En fin.
Llegaba al gimnasio a las seis de la tarde, tenía fuerza y tenía el objetivo. Tenés que entender que los gimnasios de antes, no sé, hace veinte años, no estaban plagados de depilados maricas como ahora. Ni la gente se empastillaba hasta que los testículos les quedaran del tamaño de arvejas. La gente iba, saludada, hacían pesas, miraban el culo de alguna chica que hacía bicicleta fija.
A la hora que iba al gimnasio había poca gente. La gente más grande, la gente que trabajaba llegaba a partir de las siete de la tarde, y yo a más tardar a las ocho me iba. Así que nos conocíamos, los que llegábamos en el horario de la tarde. Un par de jugadores de rugby, un tipo de bigotes tirando a gordo y con el pelo teñido de un color inadmisible, un pibe en cueros muy atlético que hacía sólo ejercicios con el peso de su propio cuerpo, flexiones, barra, paralelas para los tríceps, decían que era luchador.
Y estaba Leo. Leo era un chico con síndrome de down, pero no era un chico. Debía tener treinta años o más, imposible saberlo. La expresión tan particular en el rostro, tan característica, algo de espuma en la boca, la mirada perdida. Empastillado, bajado en vueltas, la madre venía al club a hacer alguna clase de gimnasia y lo dejaba tirado ahí por un par de horas. Los profesores lo dejaban sentarse en la entrada, le daban galletitas. Cada tanto, Leo imitaba a alguien que hacía un ejercicio, hablaba pero costaba entenderlo, se le trababa la lengua. Todos los que llegaban lo saludaban, y si Leo preguntaba algo le tenían paciencia. Era parte del elenco estable, lo querían.
Sucedió, lo que quería contar, un día cualquiera, ponele un martes, en el gimnasio había más gente que de costumbre, era verano. El profesor había ido hasta la pileta a merendar con el guardavidas y ver chicas en malla.
Yo estaba acostado haciendo abdominales, escuché gritos. Era Leo. Gritaba, aullaba de dolor, no decía nada específico. Tardé en incorporarme, fui al sector de donde provenían los gritos.
Entonces lo vi.
Estaba colgado, Leo, de la barra para hacer dorsales. Con ambas manos, como podía. Debía haber visto a alguien haciendo el ejercicio y lo había imitado. Pero. No podía soltarse.
Alto, alto, el asunto era más complejo. Colgado de la barra debía estar, como mucho, sus pies, a treinta centímetros del piso. Lo único que tenía que hacer era soltarse, abrir las manos, no había forma que se lastimara. La altura que lo separaba del piso era la altura de un par de escalones, pero entonces entendí. Leo no podía procesar la orden. Le dolían las manos, le dolía todo el cuerpo por el esfuerzo, y no lograba entender que si abría las manos de pronto aparecería otra vez sobre el piso.
Se habían juntado dos o tres personas.
–¡Bajate, Leo!
–¡Soltate! ¡Abrí las manos!
La escena era horrible y graciosa a la vez. Al final, lo agarraron entre dos, le sostuvieron el cuerpo abrazándolo, y un tercero subido a un banquito logró abrirle los dedos para que soltara la barra, uno por uno.
Lograron ponerlo otra vez sobre el piso, Leo dejó de gritar.
Al rato nos olvidamos de Leo, alguien le dio un vaso con Coca Cola y le limpió la cara con una toalla. Cada uno siguió con lo suyo.
Pero yo me quedé pensando que la situación había sido de lo más curiosa, todo el problema, porque Leo no había entendido que debía soltarse. Soltarse y nada más. Años después nos tocaría darnos cuenta que todos haríamos, de algún modo, lo mismo. Que todos seríamos tarde o temprano una clase de Leo, con el tiempo vas entendiendo.
28.9.17
El secreto de la felicidad
Estábamos tomando algo en un bar sobre la calle Paraná. Ella se había pedido un daiquiri de frutilla, yo fui al whisky. Debían ser casi las diez de la noche y ella había preferido ir a tomar algo en lugar de ir a cenar. Dijo que no tenía hambre, a mí me daba igual.
–La mente va hacia delante –dije–. La mente corre hacia delante como si el futuro existiera, como si el momento por venir pudiera de algún modo ser más satisfactorio que el actual. Es un mecanismo de escape, involuntario por cierto, pero te hace moco. De ahí brota el stress, la ansiedad en cualquiera de sus formas. Y el miedo a lo desconocido, por supuesto.
Ella tenía buenas tetas, se veía por debajo de su camisa que había unas tetas firmes, no excesivas. Se podía percibir el contorno de los pezones, gruesos, en relieve, unos pezones gorditos quizás de un rosa pálido, muy pálido, entre el rosa y el beige. Unos pezones que ya casi no se fabrican.
–La mente marcha hacia atrás –dije–. La mente se pega un loop hacia atrás, todo el tiempo. Va y revuelve el inmodificable pasado como una rata metiendo el hocico en una bolsa de residuos. El pasado te trajo hasta acá, claro que sí, pero el pasado no sos vos, como si miraras algo que fue escrito en el agua. Confundirse con el propio pasado es creer que eso te define, que el pasado va a levantar la mano para reclamarte tal o cual cosa, ahí tenés una verdadera tragedia. Eso genera baldazos de angustia, nubarrones de tristeza que parece que no se van a ir nunca. Una ducha de melancolía.
Ella probó un dadito de queso. Jugó, con la yema de un dedo anular, a pescar la cascarita de un maní. Tenía piernas largas, y buenos tobillos. Le quedaba bárbaro andar así, como si se hubiera puesto cualquier cosa, un gastado jean. Como si no prestara demasiada atención a su aspecto, la belleza de la displicencia. Culito compacto, cabello corto peinado al descuido.
–Por eso hay que lograr parar la mente –dije–. Ahí está el secreto de la felicidad. Entender de una buena vez que la mente no es un objeto, es una acción. Entendés eso y tu vida cambia. Ni pasado ni futuro, estar acá, forever acá, en esta intersección de espacio-tiempo hecha del más puro presente.
Terminé mi whisky. Miré por la ventana. La ciudad aflojaba un poco su caudal de locura. Un tipo pasó con su perro. Tironeaba de la correa y le recriminaba algo al animal, algo relativo a su comportamiento. El animal lo miraba como si quisiera entender.
–Me encanta lo que decís –djjo ella–. Pero ni sueñes que me vaya a coger con vos. No me gustás, Juan.
21.9.17
Este asqueroso mundo
Palpé los bolsillos, tenía la billetera, bien. Encontré el celular, apagado, sin la batería. Me faltaba el reloj, también, y tenía algo de sangre reseca en la frente, como si me hubieran cruzado la cara de un rasguño. Quizás había peleado con alguien por algún motivo que no lograba recordar y que sería igualmente válido ni bien lo recordara. Siempre había motivos para pelearse con alguien, de eso se trataba estar vivo.
Tenía hambre. Estaba a media cuadra del Imperio. Decidí ir, comer dos porciones de fugazzeta, tomar una cerveza, irme a dormir. Tener un plan me hizo sentir mejor, muchísimo mejor. ¿Tenía las llaves? Decidí no fijarme hasta estar de vuelta en la puerta de mi casa, para no amargarme. Haber sido un fantástico jugador de ajedrez durante la adolescencia me había dejado el triste don de preocuparme por anticipado, tratar de ver tres movidas adelante, no mucho más que eso. Primero la pizza, después ya vería.
Entré, fui a la barra, pedí, Isenbeck de litro, dos porciones de fugazzeta, una fainá, el mundo comenzaba a ordenarse.
Un hombre entró y salió. No, está mal dicho, el hombre ya estaba adentro, comiendo en la barra también, cerca de mí. Salió y entró, con la porción que estaba comiendo en la mano, masticando. Me fijé. El hombre había dejado encadenado a su perro, afuera, a un poste de luz. El perro ladraba, hacía una especie de lobuno aullido que se iba apagando. El hombre había salido y se había quedado de pie, a un metro del animal, con un dedo en alto.
–¡Chsss! –Había dicho el hombre, y había dado un mordisco a su porción de napolitana. El perro miraba la pizza y aullaba de perruno dolor, casi al borde del estrangulamiento por la correa que le impedía avanzar, muerto de hambre.
El hombre volvió a entrar, indiferente, masticando. Llegó a la barra y bebió su vaso de vino en dos tragos. Me pareció que sonreía.
Me enfurecí. Ese tipo dejaba a su perro afuera, con frío, con hambre, y seguía comiendo, devorando una porción de pizza en tres bocados.
Agarré una de mis porciones de fugazzeta y salí, con la porción rebosante de delicioso queso apoyada sobre la palma de la mano.
–Hola, picho –me puse en cuclillas, el perro movió la cola–. Qué vida de mierda ¿no? Tomá.
Puse la porción de pizza sobre la vereda.
El perro la olió, luego la ignoró por completo. Retrocedió un paso.
–No le gusta la pizza –de atrás me hablaba el tipo, con la boca llena–. Pero si le das un pedacito de alfajor por ahí lo come. También la gusta la provoleta y las achuras, ni pastas ni pollo. Si le ofrecés pollo te mira como si le hubieras dado una patada en el hocico. Y helado come solo de vainilla. Es raro.
14.9.17
El peral y la nube
El hombre se llamaba G. Va al médico, y en los análisis le cantan la vacía. Enfermedad de las terribles, tiene la papescu. No hace falta entrar en detalles, pero se tenía que operar primero, rayos después, ver cómo seguir. Entrás en la maquinola de los médicos como un lobo que aúlla y aúlla pero que sabe que le va a costar volver a mover esa pata.
Y por trabajo, con la intervención programada para el mes siguiente, tuvo que viajar a la provincia de Mendoza. Como después de las reuniones y de atender algunos clientes no tenía nada para hacer y la tristeza lo tapaba como una manta polar, antes de volver al hotel a dormir tomaba un café, caminaba un poco.
Ve una casa antigua, que también era un museo. No, no puedo decir el nombre del museo y tampoco importa. Y ve un cuadro. No sabe por qué, jamás tuvo la más puta idea de pintura, carecía de la menor inquietud artística.
Pero se detiene ante un cuadro. El cuadro se llamaba ‘El peral y la nube’, de Fader. Algo lo atrapa, mira el cuadro, se queda allí, frente al cuadro, unos diez o quince minutos. Descubre que hay belleza en el universo sin importar lo que a uno le pase. Frente al cuadro, G. llora.
Después, corre la cinta transportadora de la vida. G. se opera, G. se aplica rayos, G. se hace análisis y le dicen que no quedan rastros de la enfermedad. La vida continúa.
Y ha pasado más de un año pero menos de dos. G. decide ir en auto a Mendoza, llevar de paseo a su familia. A su mujer, y a sus dos hijas ya adolescentes.
Les ha contado a los suyos que además de ir a una moderna cabaña, a visitar las bodegas y andar a caballo, van a pasar por un museo. Les ha contado la historia de ‘El peral y la nube’ ante el cual lloró cuando pensó que se moría. Hizo una promesa aquella vez: si se salvaba, volvería.
Y ha vuelto. Le dice a su mujer y a sus hijas que bajen, él estaciona el auto y vuelve. Se agarra la cabeza, sonríe.
Cuando deja el auto y vuelve lo aguarda su familia en la puerta del museo. Le dicen entre risas que el cuadro no está más. Él no les cree, piensa que le están haciendo un chiste. Pregunta en un mostrador, pide hablar con un superior. Logra que lo atiendan.
Le explican que el cuadro fue vendido a una colección privada. No, no saben quién lo compró. No se podrá ver, el cuadro, nunca más.
Entonces G. le dice a su familia que lo esperen un momento, que se olvidó algo en el auto, la billetera, el celular.
Vuelve al auto, G., y se va. Sale de la ciudad, vuelve a la ruta, a cualquier ruta hacia cualquier parte. Tira el celular por la ventanilla, G. Se va.
7.9.17
Y sí
–Te odio, hijo de puta –me dice la mujer, los puños apretados, un feo rictus le tuerce un poco el rostro–. Me arruinaste la vida.
O se me acerca un señor, algo mayor, tiene el marco de los anteojos, una de las patillas, pegada con cinta adhesiva, y lleva un gastado maletín.
–Qué tipo hijo de puta sos –me dice–. Cómo nos cagaste a todos.
Los demás encuentros, en un bar mientras tomo un aguachento café, o en el andén del subte, son variaciones por el estilo. Alguna mujer que se larga a llorar a moco tendido, alguien que me larga una desprolija trompada o una enfática escupida.
Y yo no los conozco, la verdad, tengo buena memoria, sé que jamás los vi en mi vida. Pero ni me molesto en decir nada, no hay mucho que aclarar. De seguro me recriminan cosas que alguna vez he pensado hacer.
28.8.17
JC deja la filosofía
El asunto es que mi amigo JC había querido ser filósofo. Y contaba, al respecto, una anécdota.
Mi amigo JC estudiaba filosofía. Iba a la facultad con alegría, con interés, la filosofía era su pasión. Leía a los filósofos de la antigüedad. Leía a Sócrates y a Platón, a Spinoza, a Kant. Leía a Heiddeger, soñaba con cruzarse en la calle con Foucault.
Y mientras estudiaba trabajaba en una librería, iba a sus clases, leía, leía todo lo que podía como si se tratara de un animal con sed. Quería ser filósofo, esa era su vida.
Hasta que. Estaba cursando una materia, no, no sé qué materia. Ya tenía más de tres años de carrera adentro. La materia que estaba cursando era genial, le abría un mundo tan anhelado como nuevo. Y la profesora era una mujer que parecía saberlo todo. Tenía las respuestas, lo guiaba. Le mostraba nuevos caminos dentro de las procelosas aguas del saber.
La materia que estaba cursando finalizaba con una investigación, un trabajo. El trabajo tenía una fecha de entrega. Así suelen funcionar las cosas cuando uno estudia, filosofía o cualquier otra carrera.
Y JC sintió que en esa materia, en ese trabajo final, se jugaba su destino. Se aplicó, escribió, investigó tanto, que se quedó sin tiempo. Quería mostrar todo lo que tenía para dar, lo serio que era para él el asunto. Así que le dijo a la profesora, que había dicho que los trabajos debían ser entregados el siguiente miércoles, que no le alcanzaba el plazo.
La mujer lo venía estudiando en su comportamiento, reconoció la llama más genuina. Le dijo que no se preocupara, que le alcanzara el trabajo a su casa, a la casa de ella, el sábado a la mañana, o el domingo. JC anotó la dirección, agradecido.
El domingo a la mañana, con el trabajo prolijamente ensobrado, JC fue a la dirección que le había dado la profesora. Era poco más de las diez de la mañana, tocó timbre.
La dirección era en un precario edificio por el barrio de Constitución. En la puerta había un sujeto semidesmayado, con pinta de haber recibido un botellazo en la cabeza. La entrada del edificio estaba cubierta de vómito, y había un penetrante olor a pis.
–Ah, sí –dijo la mujer por el portero eléctrico–. Ahí bajo a abrirte.
Y bajó. Estaba con unas chancletas y medias de lana, un camisón bastante sucio. Despeinada, los lentes caídos sobre la nariz. La mujer lo hizo pasar, le ofreció té.
Ahí termina la historia. Pero no termina todavía.
Contaba JC que lo que vio esa mañana, la cocina con los azulejos verde agua resquebrajados, la canilla que goteaba, un despanzurrado sillón en el comedor. Los libros con los lomos destrozados, parte de la dentadura de la mujer en un vaso, platos sin lavar. El camisón al que le faltaban un par de botones permitía atisbar el azulado pecho. JC vio todo eso, vio, por decirlo de algún modo, el otro lado de la filosofía. Y el lunes largó la carrera. No fue más. Decidió, aunque la palabra, el verbo, no era decidir, sintió que no iba a ser filósofo. No era eso lo que quería.
Podría uno seguir la línea argumental, hacer comparaciones. Como por ejemplo, el remanido caso del pibe que ve a la madre de la novia y se da cuenta, bueno, que la dulce niña que le gusta se convertirá en algo así. Y decide que no podrá soportarlo.
Pero mucho más importante es entender que algún tiempo después, siempre algún tiempo después, estarás en un lugar que jamás imaginaste. Hubieras estado dispuesto a jurar que tu vida jamás se convertiría en algo así.
21.8.17
Para resumir
Lo expliqué tantas veces que no me cuesta nada explicarlo de nuevo. Tampoco tengo un pomo para hacer, lavarme los dientes, pagar el gas.
En la vida te va a pasar alguna desgracia. No, no me comí una gitana con papas españolas. Sucede así, es lo que se estila. Vas viviendo como podés, como te sale, y te sucede una desgracia de mayor o menor intensidad.
Ahí empieza el partido, te pasó una desgracia, una tragedia, un imprevisto, llamalo como quieras. Aquí se abren dos caminos. O la desgracia te despabila, en medio del dolor te obliga a volantear un poco el destartalado camión de tu existencia, te volvés más reflexivo, más bueno, entendés cosas que antes no entendías. Aceptación en sus múltiples sabores. O no. Te ponés a empujar, querés atropellar la desgracia como si fuera una pared. Lo que querés es seguir siendo lo que sos, que no se te cruce nada en el camino. Que no te jodan.
Bueno. Si estás en el primer grupo, empieza una deliciosa etapa de perplejidad, de confusión, nada es como vos creías que era. Vas a navegar las turbulentas aguas de no saber.
Si pertenecés al segundo grupo no hay demasiado que pueda hacerse. Y es de lo más sencillo por cierto, te hace falta más.
En la vida te va a pasar alguna desgracia. No, no me comí una gitana con papas españolas. Sucede así, es lo que se estila. Vas viviendo como podés, como te sale, y te sucede una desgracia de mayor o menor intensidad.
Ahí empieza el partido, te pasó una desgracia, una tragedia, un imprevisto, llamalo como quieras. Aquí se abren dos caminos. O la desgracia te despabila, en medio del dolor te obliga a volantear un poco el destartalado camión de tu existencia, te volvés más reflexivo, más bueno, entendés cosas que antes no entendías. Aceptación en sus múltiples sabores. O no. Te ponés a empujar, querés atropellar la desgracia como si fuera una pared. Lo que querés es seguir siendo lo que sos, que no se te cruce nada en el camino. Que no te jodan.
Bueno. Si estás en el primer grupo, empieza una deliciosa etapa de perplejidad, de confusión, nada es como vos creías que era. Vas a navegar las turbulentas aguas de no saber.
Si pertenecés al segundo grupo no hay demasiado que pueda hacerse. Y es de lo más sencillo por cierto, te hace falta más.
14.8.17
In fraganti
Me contó todo Martín. Me dijo, me llamó y me dijo de vernos, y entonces me contó. Me dijo que no sabía cómo, cómo contarme, y que cuando lo había consultado con su mujer su mujer le había dicho que no me contara nada, que no se metiera.
Pero nos conocíamos desde la adolescencia, y aunque la vida se había encargado que dejáramos de vernos salvo para los cumpleaños de alguno de los pibes, bueno. Nos conocíamos de toda la vida, éramos amigos.
Me contó, Martín, que había visto a Mónica.
–¿Y? –Le dije.
–No, boludo –dijo él.
Y me contó que se había jodido la cintura jugando al fútbol. Y le habían recomendado un japonés que hacía acupuntura, por San Cristóbal. El japonés era un mago.
–¿Y? –Dije otra vez.
El japonés atendía en un pequeño departamentito sobre la calle Venezuela. Y él estaba haciendo tiempo porque había pedido el primer turno, a las nueve de la mañana. Había entrado a un barcito a tomar un café. Y entonces la había visto, a Mónica.
–¿Y?
Con un tipo. Un tipo de más o menos treinta años, flaco, de barbita. Estaban dándose la mano por encima de la mesa. Y se besaron.
–No puede ser –dije. Pero podía ser. Los martes Mónica daba clases, se iba bien temprano. Ah, Mónica erar mi mujer, mi novia, mi pareja. Llamalo como quieras, vivíamos juntos hacía más de dos años.
Martín me dijo que Mónica no lo vio, para nada. Y se fue. Me dijo que pensó en fijarse al otro martes. Me dijo que pasó por el bar y los volvió a ver.
Se fue, Mónica, el martes bien temprano, mientras yo tomaba el segundo café para despabilarme. Te llamo al mediodía, me dijo. Yo tenía que ir al laburo pero podía llegar tarde, a nadie le importaba.
Me bañé, me vestí, me puse el traje. Tenía la dirección del bar.
Estaba, Mónica, de espaldas a la puerta, con el pibe. Lo medí, un pibe flaquito, podía sentarlo de una piña sin inconvenientes. Iba a entrar y decirle a ella lo puta que era, lo trastornada y mala mujer que había resultado. Cómo tiraba por la borda todo lo vivido, los planes compartidos, las alegrías. Sentí rabia, furia, ganas de pegarle a ella también, ganas de llorar y decirle que me había lastimado y que la herida era imposible de soportar, muy profunda.
Entonces, todavía en la puerta del bar, di un paso atrás. Como si me hubiera confundido de dirección. Retrocedí otro paso, media vuelta, me fui.
A pesar de lo que acababa de ver, sabía que Mónica había sido lo mejor que me había pasado en la vida. Que después de ella todo lo que vendría para mí sería sombrío y triste.
Aunque durara quince minutos más, o dos días, lo mejor era seguir.
7.8.17
Chupo la concha
Abrí un blog. Era fácil la verdad, tenés que tener una casilla de correo y completar dos boludeces. No, qué escribir, no tengo nada para decir, tampoco me saco fotos en cueros frente a un espejo poniendo cara de ganso.
‘Chupo la concha’, puse. Eso nada más, y mi dirección de correo electrónico.
Listo, eso fue todo. Después me olvidé del tema.
A la semana me acordé de chequear mis mails, tengo una hermana que vive en Canadá. Cada tanto nos escribimos para ver como estamos.
Tenía 147 mails. Mails y más mails, mujeres. Mujeres de todos lados, de Capital Federal, del gran Buenos Aires. Mujeres de otras provincias. Desesperadas.
Me decían que por favor me querían ver, que cómo hacían para sacar turno, que cuánto cobraba. Había mujeres que me decían tener algún defecto físico evidente, una renguera, una obesidad mórbida. Había mujeres jóvenes que me mandaban fotos desnudas abriéndose la vagina con un par de dedos quizás de manera algo excesiva, mirando a la cámara con lascivia. Mujeres que me pedían por favor verme lo antes posible.
Las empecé a citar en un bar de Cabildo, tomaba un café y las llevaba a un hotel. Les chupaba la concha diez o doce minutos, no cogía, no hacía nada más. Ese era el servicio.
Se corrió la voz. No daba abasto. Atendía entre cinco y diez mujeres por día. Empecé a tener problemas en las cervicales, tuve que consultar a un traumatólogo y a un especialista en reiki. Cuando me preguntaban cuál era mi profesión no sabía qué responder.
Subí los precios pero la demanda no paraba de crecer. Averigüé cuánto cobraban los psicólogos que atendían pacientes particulares en los barrios más caros de la ciudad y pedía el doble, después el triple. Tenía turnos dados hasta con tres meses de anticipación.
Tuve que empezar a contratar gente. Tres o cuatros personas, un pibe que había venido a hacer un trabajo de plomería, un tucumano flaquito y callado. Un amigo de la secundaria que se había divorciado y no tenía cómo ganarse la vida.
Anuncié todo en la página. Había mujeres que preferían esperar, pagar más pero seguir atendiéndose conmigo.
A los dos años había juntado dinero para vivir sin trabajar el resto de mi vida. Le vendí la empresa a un grupo inversor y me desentendí del tema. Puse un maxikiosco en Villa Urquiza y compré un barcito en Acassuso. Me fui a vivir a Pinamar, recuperé el sabor en las comidas, volví a jugar al ajedrez.
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