2)Maradona resucitó, cualquiera puede darse cuenta.
3)La Biblia tiene, entonces, un error de tipeo. Debiera decir: ‘y al tercer día, adelgazó’.
Entro a un negocio. El negocio vende, entre otras cosas, camisas. Entro a comprar una camisa.
Elijo una camisa.
El vendedor me pregunta si me quiero probar la camisa.
–No, no quiero –respondo.
El vendedor me observa con profundidad de entomólogo.
–¿Es para vos? –pregunta.
Miro a los costados, a ver si alguien me acompaña sin mi autorización. Conozco gente que se halla en tal situación desde hace diez o quince años.
–Sí, es para mí –respondo.
–Deberías probarla –insiste–; me parece que te puede quedar chica. Tengo talles más grandes; tengo otros colores.
–No –digo–. No quiero probarla. Ni siquiera pienso usarla. Sólo quiero comprarla; desde hace un tiempo me hace bien comprar. Así que cobráme, por favor.
Yo: Cuando publique mi libro de poemas, se va a llamar ‘Todos quieren todo’.
Ella: ¿Me explicás porqué?
Yo: ¿Ves?
En la calle. Un amigo de la época en la que concurrí al colegio secundario. Han pasado, mucho me temo, años.
Mi amigo ha mutado. Eso es lo que veo. Se ha implantado cabello. Se ha hecho no una, sino, según me comenta, dos cirugías de nariz. Se ha operado las bolsas que suelen formarse debajo de los ojos. Se ha puesto colágeno en el labio superior. Hace pesas cinco veces a la semana. Me cuenta, entre sonrisas, que cuando compra un par de pantalones, debe ser de talle de mujer o de niño, ya que el talle más pequeño de pantalones para hombres, le queda holgado.
Nos despedimos haciendo ridículas promesas de volver a vernos para tomar un café.
De la cantidad de enemigos a disposición en la vida de un humano adulto, habitante del planeta tierra, me sorprende que alguien elija combatir contra el tiempo.
Cuando sucede un terremoto, cuando ocurre un huracán, viene a mi mente la imagen de un elefante que, afectado por lo que podría ser un leve fastidio, decide sacudirse, ocasionando consecuencias impredecibles.
Así como el castigo debe ser desmesurado en relación a la falta, la manifestación de malestar debe ser en extremo desproporcionada con respecto a su origen.
En ambos casos, la desmesura tiene para mí un idéntico y cristalino mensaje.
El mensaje es: no jodan.
Disculpen si parezco trivial e infantil, pero las citas a ciegas son una de las pocas cosas que me han devuelto ese palpitar adolescente, ese no saber qué sucederá durante los próximos cinco minutos, ese peculiar frenesí de ser sólo presente, tan solo presente.
Y tal vez el precio que tenga que pagar sea encontrarme con usted. Maldita gárgola.
*)no, no es con usted.
**)le juro que no es con usted (aunque el bueno de Borges diría 'no jures, porque todo juramento es un énfasis').
***)usted sabe que no es con usted.
****)esto es un chiste privado. es para que sonría. sonría, por favor, si es tan amable.
*****)bonita sonrisa. gracias.
La definición de salud mental es estar capacitado para tomar parte en la economía de consumo, dice el libro.
La falta de ganas de gastar dinero se convierte en síntoma de una enfermedad que requiere una medicación carísima, dice el libro.
El argumento es de una pureza exquisita; me alegra la mañana. Me alegra la semana. Si le damos las debidas condiciones de presión y temperatura, me alegrará el año, estoy seguro.
En cualquier caso, basta con saber que mientras se consuma, las probabilidades de ser considerado ‘loco’ se reducen de manera significativa.
Cuando veo a alguien con un tic nervioso, cualquiera, veo alguien a quien el cuerpo, al menos una parte por ínfima que sea, se le ha rebelado. Una ceja, por ejemplo, ha decidido manifestarse con las herramientas que le fueron dadas, como sólo una ceja podría hacerlo, desobedeciendo un orden, un mandato superior.
Esto es para los que creen que el mundo puede ser simplificado, para su entendimiento, al arbitrio de la voluntad, al esfuerzo y punto.
me quemo.
y mientras me quemo
me prendo fuego
para estar seguro.
y mientras estoy seguro
llamo a un médico
sólo quiero que me confirme
la gravedad del daño.
y mientras me confirman la gravedad del daño
pido más fuego
y digo que ya sé.
*no soy de andar mostrando mi vena poética. me parece, no sé, que es como andar mostrando las várices. pero hoy tuve ganas. y yo todavía creo en las ganas (gánico, diría Federico Peralta Ramos, y yo me pondría de pie).
Los juegos de azar han sido diseñados para que las probabilidades jueguen en contra, siempre en contra del iluso participante.
Esto, lejos de ser casual, contribuye a la esencia misma del juego. El sujeto sabe que va a perder; el sujeto decide recostarse en la suerte en cualquiera de sus manifestaciones.
Lo descripto deja en evidencia la perversa naturaleza de los juegos de azar.
Lo interesante es que la vida, sin tantas precisiones de carácter estadístico, suele ser mucho más cruel.
El desconocimiento de leyes básicas de disciplinas tradicionales, por ejemplo las matemáticas o la física, puede resultar un severo condicionante a la hora de interactuar con otras personas.
No quiero con esto decir que uno deba ir por la vida repasando conocimientos tan abstrusos como los relacionados con la dinámica de los fluidos, a la hora de tomar un café. Un mundo así sería en extremo dificultoso, árido, frío.
Pero sí creo que uno debiera conocer, por ejemplo, los rudimentos de la ley de gravedad.
Debería usted entonces, tal vez, aprovechar estos conocimientos elementales para abandonar esa inconcebible dosis de soberbia con la cual se dirige a mi persona.
Lo que quiero decir es que se le han caído a usted las tetas de una manera más que evidente.
Hablo con una mujer; me dice que una de las pocas cosas en las que cree es en el esfuerzo. ‘Creo en el esfuerzo’, me dice.
Me cuenta que la hace feliz salir el fin de semana con un grupo de amigos. Pedalean sus bicicletas entre seis y ocho horas por día. Cruzan ríos peligrosos, desconozco el cómo. Duermen al aire libre, a merced de las serpientes y de los osos. Se alimentan de lo que pueda proveerles la naturaleza.
Suele volver, cansada y feliz, dispuesta a insistir, la próxima vez, con un esfuerzo mayor.
Extrapolar la lógica del esfuerzo a otros ámbitos, puede ser el afectivo, puede ser el arte, es una de las cosas más tristes que se me ocurren en este momento. En un mundo donde todo pudiera ser resuelto por la voluntad, ¿qué triste rincón quedaría para el talento?
Cuando suena mi teléfono celular, me maravillo ante el progreso tecnológico. No puedo menos que reverenciar el milagro de la comunicación. Alguien desea transmitir un mensaje a alguien, a una distancia inconcebible, y existe un adminículo que lo permite.
La inteligencia en estado puro, aplicada a resolver una necesidad. Y de pronto algo inesperado, algo que antes no podía hacerse, puede hacerse. Un giro copernicano.
Por lo general, los llamados que recibo son para comunicarme idioteces de diverso tenor. Esa situación poco feliz no debiera invalidar nada de lo expuesto.
Cuando conozco a alguien que ingiere alimentos cocinados en un microondas, siento una honda pena.
Por los alimentos, no por la persona.
Los alimentos, sometidos a ese curioso proceso, quedan transformados en un extraño material, de compleja definición; en cualquier caso se trata de algo no apto para el consumo humano.
La persona en cuestión, la imbecilidad que exuda, viene de un pretérito difícil de precisar. No es justo asignarle toda la responsabilidad a un diabólico electrodoméstico.
Busco trabajo. Consigo trabajo. Dentro de las formalidades previas, debo sacarme sangre, llevar una muestra de orina, pasar un examen psicológico.
Concentrémonos en el análisis psicológico. El análisis de orina parece un procedimiento mucho más específico, menos difuso.
Concurro al análisis psicológico. Me recibe una mujer. Hablamos de trivialidades. Me siento. Al revés, al revés: primero me siento, luego hablamos de trivialidades.
Me dice que me va a hacer un test de manchas. El test consiste en que me muestran cartones con manchas diversas. Yo debo decir qué veo en cada cartón. Libremente. Ante mis comentarios sobre cada mancha, ella hace algunas preguntas, y algunas anotaciones.
Pasadas algunas manchas, vuelve a mostrarme el primer cartón, con la primer mancha. Es la mancha donde he visto un monstruo, un insecto, un murciélago.
Reproduzco el diálogo que tuvo lugar:
Yo: Un monstruo.
Ella: ¿Qué más ve?
Yo: Un insecto, un murciélago, un bicho.
Ella: Ajá (anota algo, suspira, piensa). ¿Qué más?
Yo: Sí. Veo una hamburguesa con jamón, queso, tomate y huevo. También veo mayonesa. No; no es mayonesa. Es mostaza. Una generosa dosis de mostaza.
Ella: (No dice nada. En su rostro veo algo de estupor, de duda. Veo que lamenta estar tan lejos de la puerta. Veo que está calculando sus posibilidades de llegar a la puerta sin que yo la atrape. Está intentando recordar si hay gente en la sala contigua. Está pensando si alcanzará con gritar; si un buen grito será suficiente).
Yo: Es que es algo tarde, y no almorcé. Disculpe.
Compro un ramo de flores. Rosas. Rojas. Y camino una buena media hora por el microcentro de la Ciudad de Buenos Aires, Capital de la República Argentina.
Soy observado, con mayor inquietud y resquemor que si caminara con una ametralladora.
No sé si se entiende lo que quiero decir.
Al acostarme sobre el pasto, soy picado por una hormiga. Reprimo mi instinto de zanjar la cuestión de la manera más inmediata posible. No la mato.
La coloco sobre la yema del índice de mi mano derecha, y me paso unos buenos quince minutos preguntándole el porqué de su accionar.
Conozco algunas chicas que me dirían que sí, que hice bien, que voy mejorando.
En verano, por lo general, tengo calor. En invierno, la mayoría de las veces, tengo frío.
Existen un montón de situaciones en las cuales es menester patear y morder para modificar la realidad. Y otras donde lo único necesario es limitarse a un curioso ejercicio de aceptación.
Si uno se empeña en modificar lo que debiera aceptar, y en aceptar lo que debiera modificar, su vida será un completo desastre.
Si no se comete tan primitivo error, la vida será un desastre. También. Pero existen altas chances de estar un poco más cómodo, no me atrevería a utilizar el término ‘relajado’.
Cuando llega el calor, concurro a un parque, los domingos por la mañana, con el único objetivo de observar a las chicas que andan en bicicleta. Veo dientes apretados, empeño, dedicación, exigencia del propio cuerpo más allá de cualquier criterio de racionalidad, sudor.
Me gusta verlas; es la energía, la alegría, las ganas.
No puedo evitar pensar que si a cualquiera de estas amazonas se les solicitara, por ejemplo, que preparen un café, en el marco de una escena doméstica más o menos tradicional, se fastidiarían lo indecible.
La energía mal canalizada, la energía fuera de foco, es una de las cosas que pueden hacerme llorar.
He estado comiendo frutos secos todas las mañanas, en el desayuno. Nueces, almendras, bellotas, avellanas, y hasta maníes. Me han dicho que los frutos secos tienen un alto contenido en fósforo. Y el fósforo es de vital importancia para la actividad cerebral.
Pasado un mes, mi actividad cerebral continúa con su embotamiento acostumbrado. No consigo percibir cambios sustantivos en mi caudal de ideas. Sin embargo, mis erecciones han mejorado de manera sensible, tanto en calidad como en cantidad. La potencia de mi eyaculación se ha vuelto inusitada.
No dejo que el estado actual de situación me sorprenda ni me intimide.
Uno se pasa la vida buscando algunas cosas. Y hallando otras.
Bajo a correr al parque, con el objetivo de moverme. Cuando uno tiene dudas sobre su propia existencia, una de las cosas más recomendables es moverse.
En el parque hay puestos, donde algunos individuos se dedican a vender chucherías sin importancia, muñequitos de plástico, zapatos usados, ceniceros, candelabros, collares, esas cosas.
A mi paso, un sujeto se dedica a acomodar su puesto, bajo la atenta mirada de otro sujeto. De alguna forma, son socios. Uno acomoda y vuelve a acomodar artículos sin importancia, para lograr una mejor exhibición de los mismos, mientras el otro toma mate.
Es entonces cuando tiene lugar el diálogo que detallo a continuación.
El sujeto que acomoda las cosas, en adelante, es el sujeto 1. El sujeto que toma mate, es el sujeto 2.
Sujeto 1: Ya está. Listo. Terminé.
Sujeto 2: No. Todavía no terminaste.
Sujeto 1, algo desconcertado: ¿Cómo que no? ¿Qué falta?
Sujeto 2: Todavía no acomodaste tu dolor.
Quien esto escribe, en adelante ‘yo’, se detuvo. Dejó de correr.
En las películas de cowboys nunca ganan los indios.
No consigo recordar si la frase es de mi autoría, si la decía un personaje en una película, o si la escuché hace algunos años en medio de una conversación.
Sé que la frase me parece importante, aunque desconozco su utilidad específica.
Dice la frase, tanto en lengua inglesa como castiza, que no se debe llorar sobre la leche derramada.
Pero yo me pregunto porqué no. Que limpie otro.
El deporte denominado ‘fútbol’, consiste, para resumir y no extenderme en las explicaciones, en once jugadores por bando. Hay dos arcos, uno en cada extremo longitudinal del campo. Hay una pelota, un balón. El objetivo del juego consiste, para cada equipo, en introducir el balón en el arco contrario. La tarea, que exige importantes dosis de coordinación y energía, debe ser llevada a cabo, principalmente, con los pies. Dicho de otra forma, no se puede transportar la pelota con la mano. Se puede emplear los pies, principalmente como dije, y la cabeza. Pero no las manos.
Hay una función específica que cumple un jugador de cada equipo, denominado ‘arquero’, y que consiste más que el resto de sus compañeros en defender, custodiar, el arco propio. Ese jugador puede usar las manos, y los ya mencionados pies, con los citados fines de proteger su valla, su arco.
Cuando un equipo logra introducir la pelota en el arco contrario por el procedimiento descripto, tal evento se denomina ‘gol’, y es un punto, un tanto.
Cuando el juego termina, por lo general al cabo de noventa minutos divididos en dos tiempos de cuarenta y cinco, el equipo que ha marcado más tantos es el que resulta vencedor.
Comer un sándwich de mortadela requiere por lo general de una bocha de mortadela de cuatrocientos gramos, ésa es su unidad de medida. Deben cortarse rebanadas de mortadela más bien gruesas (un centímetro de espesor). Hacen falta dos rebanadas de pan negro por cada sándwich. El pan debe ser untado, en una de sus caras, con una generosa dosis de manteca. Se coloca entonces las rodajas de mortadela sobre la capa del pan untado con manteca. Se usa la otra rebanada de pan para cubrir la mortadela.
Para comer el sándwich, se deben utilizar ambas manos.
Los turistas, en su amplia mayoría, suelen mostrarse, por decirlo de alguna forma, en un estado de ánimo ‘expansivo’. Se los oye gritar, se los oye reír. Usan gorros, usan prendas de vestir multicolores. Todo parece generar en ellos una sorpresa grata, una sana alegría.
Una vez devueltos a su lugar de origen, todas y cada una de las cualidades mencionadas desaparecen de inmediato, casi como por arte de magia.
El sujeto en cuestión vuelve a ser lo que es, recupera su acostumbrado, y porqué no anodino, gris.
‘Quedan las fotos’, dirá cualquiera de ellos, ‘quedan las fotos que prueban lo que vi, lo que hice’.
‘Quedan las fotos’, digo yo también. Y no diré nada más.
Escribo un poema por año, durante diez años. Y creo, sin pecar de soberbio, que hay algo bueno en mí. Pongamos un diez por ciento. De esta forma, al cabo de diez años, podríamos estar casi seguros que habré escrito un poema digno.
Dichoso con lo creado, decido insistir, decido repetir el procedimiento, por otros diez años más. Y obtengo otro poema. Ahora son dos poemas.
Con la mezcla de lucidez y reflexividad que suele otorgar la edad adulta, y tal vez los prolegómenos de la vejez, vuelvo a practicar. Diez años más. Un poema más.
Mientras vos vivías tu vida, yo he escrito tres poemas. Son para vos; te los dejo arriba de la mesa.
En el canal de televisión de la National Geographic muestran un documental sobre hipopótamos. Esto capta mi atención de inmediato, ya que jamás, que yo recuerde, he tenido la oportunidad de conversar con un hipopótamo.
La parte que me sorprende es que los hipopótamos conviven con los cocodrilos en el mismo río. Desconozco los motivos específicos, pero los cocodrilos no se meten con los hipopótamos. Los cocodrilos lo saben; los hipopótamos lo saben. Está escrito en la naturaleza.
Tal es así que en determinado momento del documental, un hipopótamo se acerca a un cocodrilo por detrás, y lo mordisquea, lo empuja, para obligarlo a soltar una parte de la cebra que el cocodrilo está comiendo.
El cocodrilo, obligado por las circunstancias, se limita a compartir parte de su presa.
El documental sigue por horas; me duermo antes. Lo que me preocupa es que el documental ha generado en mí un mayor interés que las últimas cinco películas de W. Allen que fui a ver al cine.
Cuando se tiene una mascota, más precisamente un perro, la utilización de una correa para portar al animal me parece algo inapropiado, improcedente y de pésimo gusto.
Despojado del artilugio el animal se verá en ejercicio de la potestad de acompañar al humano en cuestión, o de abandonarlo si ésa es su voluntad.
Como arma de negociación, en lugar de correa, se le puede mencionar al animal que en caso de seguir su propio camino, se procederá a cancelarle la extensión de la tarjeta de crédito.
Creo que el aburrimiento mata más gente que los accidentes de tránsito, aunque me cueste dilucidar alguna utilidad en dicha afirmación.
Ella sufre lo indecible el hambre en Etiopía, pero no es capaz de ceder a un ínfimo requerimiento de naturaleza íntima. Algo que hace a una relación sexual entre dos adultos, y algo que, en tanto el requerimiento es de mi autoría, preferiría no mencionar.
Se me ocurre pensar que la gente que elige preocupaciones grandilocuentes lo hace para no tener que involucrarse en cosas que, bueno, en cosas que prefiero no detallar.
Cuando ocurre una catástrofe natural, cuando hay una tragedia, cuando hay un terremoto, cuando cae un avión, cuando chocan los trenes, la pregunta es siempre la misma. ¿Por qué?
Idéntico cuestionamiento me ha visitado con la caída del cabello, sepan disculpar.
Cada vez que puedo, no dejo pasar la oportunidad de mencionar todo el sufrimiento que experimenté siendo niño. La frase, invariable y utilizable en cualquier contexto es: ‘sabés lo que sufrí yo de pibe’.
A decir verdad, cuando pienso en el asunto, no consigo recordar peculiaridades ni detalles del sufrimiento mencionado. Esto me hace pensar, la ausencia de especificidades, que tal vez el sufrimiento no haya existido.
Pero invariablemente la frase en cuestión tiene un efecto beatificador en el interlocutor de turno. Particularmente, cuando el interlocutor es del sexo femenino.
Ante la mención de mi sufrimiento pretérito, el interlocutor, en adelante ‘la interlocutora’, se muestra más permeable a escuchar mis argumentaciones. Muestra una mejor predisposición hacia mi persona. Y hasta puede manifestar deseos de coger.
Cuando uno ingresa a un hospital descubre que todo aquello que suceda fuera del hospital, carece de importancia dentro del hospital.
Cuando uno ingresa a un hospital tiene la facultad de percibir que aquello que uno podría considerar su propia vida, no es más que una maquinaria defectuosa, no es más que mercancía de dudosa utilidad.
Cuando uno ingresa a un hospital tiene la espléndida oportunidad de entender lo que debe sentir una vaquillona antes de transformarse en media res, o una prostituta que viaja en subterráneo, rumbo a su jornada de trabajo.
Me explican con claridad soberana, que el sentido del humor puede ser, ni más ni menos, una reacción fisiológica contra la frustración, una reacción fisiológica contra el miedo.
Comulgo con el argumento de inmediato. Es la primera vez que lo escucho. A decir verdad, lo desconocía, y jamás se me hubiera ocurrido.
Eso quiere decir, entonces, que cada vez que he apelado al sentido del humor en los últimos años, bueno. No sé de qué se ríen.
Si uno se queda contemplando, pasados siete minutos, un humeante plato de ravioles con oliva, pimienta, y un vaso de vino rojo de calidad media, no se obtendrá la misma consideración y respeto que si uno se queda contemplando, pongamos siete minutos, un Magritte en el Museo Reina Sofía, en Madrid.
Tal vez mi módico talento consista en encontrar belleza donde puedo. Disculpáme.
Observo durante cinco horas un partido de tenis. Cuando la mujer que me acompaña se despierta y me pregunta cómo van, respondo que no sé. Desconozco el tenis, los rudimentos de su reglamento y más aún, en qué consiste el juego. Jamás he tocado una raqueta en mi vida.
La mujer me mira, entre risueña y sorprendida. Le explico que, sin la peculiaridad de portar gorritas y shorts, me es dado ver gente que deja sus mejores esfuerzos en cosas que desconozco, cosas irrelevantes o que no me interesan, casi todos los días.
En lo personal, lamento lo indecible no tener gestas heroicas para contar. Pero toda gesta heroica requiere, en primera instancia, de un héroe.
Después de la práctica sexual, la mujer sugerirá la conveniencia de pedir helado, pedido al que Ud. accederá de inmediato.
Se pedirán dos cuartos de helado. Es importante que se pidan porciones separadas; lo que comerá ella por un lado, lo que comerá usted por otro.
Ella elegirá, por ejemplo, granizado de dulce de leche y chocolate, como los sabores para su porción. Los gustos que usted elija para su propio cuarto no son de relevancia alguna.
Aquí viene la parte interesante: usted irá a pedir el helado por teléfono a otra habitación. A la cocina, tal vez.
Usted cometerá un error. El error consistirá en pedir dulce de leche en lugar de dulce de leche granizado. O chocolate en lugar de chocolate con almendras. Un error, que no altere la esencia del pedido, pero un error. Uno solo.
Vendrá el helado. Usted cumplirá con el sagrado rito de pagar.
Usted le llevará entonces, el cuarto de helado correspondiente a ella, con su correspondiente cuchara, a la cama.
Ella, desnuda, en la cama, probará el helado. En la primer cucharada, es evidente, notará el error.
¡Ahora es el momento! Olvide la capacidad amatoria y/o intelectual de la mujer en cuestión. Olvide el tamaño de los pechos, o si posee conocimientos de violín. Olvide el poder adquisitivo, la bondad, las várices.
La mujer tiene en su mano el cuarto de helado, y ha percibido el error.
Ahora es el momento. Preste atención.
En el bar, la mujer me jura que me ama, que debemos seguir juntos, que haría cualquier cosa por mí.
Así que llamo al mozo y le pido que traiga un plato, un cuchillo, un tenedor.
Le pido, también, el trapo rejilla.
Pongo el trapo sobre el plato.
–Cométe el trapo –le digo.
Ella me mira, sonríe, me dice que no sea tonto.
Si tan sólo hubiera comido un bocado. Si hubiera hecho el intento de cortar, como si de una milanesa se tratara. Pero no lo hizo. Se quedó mirándome; se arregló el escote; encendió un cigarrillo.
Pero no tocó el plato ni los cubiertos ni el trapo. No lo hizo.